lunes, 29 de septiembre de 2014

El bigote (Emmanuel Carrère)



Título original: La Moustache
Traductora: Esther Benitez
Páginas: 184
Publicación: 1986 (2014)
Editorial: Anagrama
ISBN: 97884339790108
Sinopsis: Un hombre se afeita el bigote que lleva años luciendo. Lo hace en secreto, para darle una sorpresa a su mujer. Pero cuando aparece ante ella con su nueva imagen, la esposa no reacciona. No parece ver en esa cara con que lleva años conviviendo cambio alguno. No parece percatarse de que su marido se ha afeitado. Es más, cuando éste le muestra su perplejidad ante la falta de reacción, ella le asegura que él nunca ha llevado bigote. Un gesto en principio sin mucha trascendencia –afeitarse el bigote– se convierte en el punto de partida de una pesadilla kafkiana para el protagonista de esta novela. ¿Es víctima de un juego, de una broma de su entorno más próximo? ¿Se ha vuelto loco y realmente nunca llevó bigote? ¿El mundo se ha confabulado contra él para ponerlo a prueba? ¿Afeitarse el bigote puede lanzarlo a uno al abismo?




¿Se puede escribir una novela sobre un bigote? Es más, ¿se puede escribir una novela sobre el hecho, pueril y nimio, de afeitarse el bigote? La respuesta parece evidente: sí, se puede. Claro, diréis, se puede escribir sobre cualquier cosa. Cierto, tendría que decir yo, poder se puede. Ahora bien ¿puede mantenerse una trama alrededor de un bigote (o su ausencia) y que la historia te atrape y te haga leer sin parar? ¡Ah!... ahí os quería ver yo. Se puede, claro, pero no está al alcance de cualquiera. Salvo que ese “cualquiera” se llame Emmanuel Carrère.

No es nada fácil conseguir la atención del lector. Ni siquiera la del lector más avezado. Pero claro, hay quien tiene el don. Esa capacidad para poner una palabra detrás de otra y que la mirada lectora vaya detrás de ellas, recorriéndolas como si fueran hormigas en fila, encaminándose a su hormiguero. Embobada mirando, ajena al tiempo y a lo que te rodea. Sólo mirando las palabras, arremolinándose en frases, mientras esa fila de palabras adquiere sentido, interés y te lleva a algo más grande que las propias palabras. En este caso las palabras, juntas, no son grises y anodinas como pudiera parecer lo son las hormigas. Son, más bien, un arte. Escribir sobre cómo un hombre decide afeitarse el bigote, atraer tu atención desde las primeras palabras y desarrollar una historia kafkiana.

Es la primera vez que leo a Emmanuel Carrère, aprovechando que Anagrama recuperaba esta novela de ficción, una de las primeras escritas por Carrère. Y no va a ser la última, porque me ha ganado para la causa. No parecía fácil que un bigote lo hiciera, la verdad, que reconozco haberme acercado a esta historia con cierta desconfianza. Pero desde el principio me vi atrapada en el retorcido, rítmico, ágil y atrapante discurso del protagonista.

Un hombre se afeita el bigote con la idea de sorprender a su mujer, con la que lleva casado cinco años. Y la sorpresa se la llevará él cuando ella no sólo no se sorprende, sino que niega que él haya tenido bigote en algún momento. No sólo ella, es que sus amigos tampoco parecen sorprendidos de verle sin bigote ¿es que lo ha tenido alguna vez?. Lo que en principio parece una elaborada y compleja broma, a la que tan dado es el matrimonio, se convierte poco a poco en un descenso a la locura. Pero ¿quién está loco? ¿él? ¿ella? ¿tú? ¿yo?.

Narrada en primera persona, por lo que vamos conociendo todos y cada uno de los pensamientos de Marc, el protagonista, no parecería fácil dar congruencia y lógica a una situación tan absurda. Y sostenerla durante más de cien páginas. Sin embargo, Carrère sostiene la coherencia de los derroteros mentales de una persona cuyo pensamiento transcurre como un péndulo de un lado a otro, oscilando entre la locura y la cordura, la razón y la sinrazón. Se anticipa a cualquier agujero negro en el que pudiera deslizarse la trama y los va tapando uno a uno, conduciendo ineludiblemente al lector a seguir los argumentos y razonamientos del protagonista sin que podamos atisbar una puerta de salida, una solución al enredo psicótico y delirante que se nos plantea.

Los múltiples recursos sintácticos utilizados por Carrère consiguen un efecto quinestésico en el lector que se ve sumergido en el vaivén emocional al ritmo que nos va marcando, con sensaciones que oscilan desde la sonrisa inicial a la desazón final. Porque será inevitable que no seas partícipe del discurrir mental de Marc, no puedes ser un espectador pasivo de lo que sucede, entras en la lógica planteada e intentas razonar, cuestionar, encontrar resquicios que inclinen la balanza a un lado u otro. Participas porque estamos acostumbrados al raciocinio, a la explicación lógica y coherente de lo que sucede, porque nos cuesta enfrentarnos a una mente que encadena razonamientos tan aparentemente convincentes y que, sin embargo, podría ser una mente enferma. Y angustia comprobar qué fina es la frontera entre la razón y la locura.

La densidad y cadencia narrativa en tan pocas páginas, el clima paranoico y de indefensión, la agitación inducida, la capacidad de Carrère para provocar desasosiego y socavar el ánimo tranquilo del lector a ritmo de frases cortas, rápidas, cotidianas… me ha dejado rendida al autor, de la que estoy por declararme fan con tan sólo esta inquietante y brillante lectura.

¿Para qué limpiar los instrumentos del crimen si el cadáver se ve a la legua? 

En 2005 el propio Emmanuel Carrère dirigiría la versión cinematográfica de El bigote, interpretada por Vincent Lindon y de la que os dejo el tráiler (no tengo noticias de si ha sido doblada o subtitulada en español).

                              
 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Reto Escritoras Únicas: George Sand

“Lo verdadero es siempre sencillo, pero solemos llegar a ello por el camino más complicado.” (George Sand)
George Sand es el seudónimo de Amandine Aurore Lucile Dupin, baronesa Dudevant (1804-1876). Nació en Paris, en una familia aristocrática, aunque fue criada por su abuela en Nohant. En el año 1822 contrae matrimonio (con 18 años) con el barón Casimir Dudevant, hombre acaudalado de quien tuvo dos hijos y del que se separó (por aburrimiento) en 1830. Como curiosidad, comentar que, con consentimiento de su marido, durante el matrimonio tuvo muchos amantes y que de uno de ellos, Jules Sandeau, tomó su seudónimo.

Fue republicana en una Francia entonces monárquica, en coherencia con sus ideales feministas y su preocupación por los problemas humanos. Su personalidad se refleja en sus prolíficas obras (más de 140 novelas y varios artículos), que pueden dividirse en cuatro etapas:

1) Novelas idealistas y románticas, en las que defendía un amor libre de las trabas y ataduras del matrimonio
2) Novelas en las que refleja sus ideales sociales y políticos
3) Novelas escritas cuando fue a residir a su casa en Nohant, y que giran en torno a la vida rural y campestre
4) Novelas que suponen una vuelta a su compromiso político y social, abarcando una gran variedad de temas y que suponen su producción de más calidad

Una de las características más conocida de George Sand es su lucha contra los convencionalismos, vestía como hombre, tuvo múltiples amantes, fumaba puros, coqueteó con la política, fue beligerante con la Iglesia…

En 1838 conoció al que fue uno de sus grandes amores, Fréderic Chopin, con quien vivió durante nueve años y del que, cuando se acabó el amor, se despidió a través de una carta que decía “Adiós, mi amigo”. Sería con Chopin con quien visitó Mallorca y allí escribiría Un invierno en Mallorca.
“Amad. Es el único bien que hay en la vida.” (George Sand)
Falleció en 1876, víctima de cáncer gástrico, rodeada de sus nietos y sus muchos amigos, porque quien da amor, recibe, por lo que pudo irse acompañada de sus seres queridos.

Como veis esta vez no os he traído una autora atormentada y con muerte trágica, pero sí con un rasgo común a todas las autoras del reto: una luchadora en una época en la que cualquier lucha de la mujer era impensable. A mí me parece una mujer excéntrica, honesta, valiente y muy admirable.
“Te amo para amarte y no para ser amado, puesto que nada me place tanto como verte a ti feliz.” (George Sand)

Cada vez queda menos para la finalización del reto, AQUÍ podéis ver quiénes han participado hasta ahora. En breve daremos a conocer a qué premios optan los participantes.


martes, 23 de septiembre de 2014

Diez gansos blancos (Gerbrand Bakker)



Título original: De Omweg
Traductor: Julio Grande
Páginas: 240
Publicación: 2010 (2013)
Editorial: Rayo Verde
ISBN: 9788415539629
Sinopsis: Una mujer extranjera alquila una solitaria granja en Gales. Dice que su nombre es Emilie. En la granja encuentra diez gansos que van desapareciendo sin que sepa la causa. Poco a poco conoceremos a la protagonista y querremos saber más. ¿De qué huye? ¿Por qué no echa el desconocido que aparece en la granja? ¿Qué hará cuando el marido la encuentre?



Diez gansos

Llegué a este libro hace tiempo, porque me traía el recuerdo de una película de la que no recuerdo el nombre pero sí una sensación agradable, íntima. Reseñas y comentarios que fui viendo le pusieron las lucecitas necesarias. La sensación de que me iba a encontrar a una protagonista abatida, probablemente golpeada por algún puñetazo de la vida, y encerrada en una soledad buscada, hizo el resto.

Nueve gansos

Poco a poco, en un cuentagotas continuo y medido, vamos conociendo a la protagonista, quien dice ser Emilie. Como Emily Dickinson, con quien tiene una extraña fijación, en una suerte de juego de espejos. Una relación de admiración y rechazo, reflejo de la imagen que Emilie tiene de sí misma y su sensación de ser culpable de todo. La culpa es una mala compañera de viaje.

Primer ganso que se me cae de la partida: referencias a un tío que luego no parece tener relevancia. O si la tiene yo no la entendí. Excepto si entiendo que ambos son vulnerables y se encuentran en un callejón sin salida. Dos personas sin esperanzas, quizás sin ánimo de luchar.

Ocho gansos

Emilie está desorientada y confusa. Yo también. Pero quiero saber, necesito saber, qué lleva a esa mujer a su huida, aparentemente enfadada con el mundo, ligeramente borde, oscuramente obsesiva y que fuma y bebe como pocas veces he visto en un libro. Constato que estoy leyendo lo que estoy leyendo, porque mis impresiones no coinciden con las referencias que tenía del libro. Hasta parece que Emilie no es la Emilie que los demás han visto. Un misterio más que hace que siga avanzando.

Siete gansos

Una elegante forma de escribir, unos diálogos ágiles, facilitan que siga transcurriendo por la mente y el comportamiento de Emilie. Bakker no nos da nada masticado, qué va, como mucho te abre un sendero con múltiples probabilidades y el interés suficiente para que lo explores, si quieres, y observes cada detalle y recoveco del paisaje. Que además lo comprendas o no ya será otro cantar.

Seis gansos

Vale, acepto reto como animal de compañía lectora. Pero tengo la sensación de que, con todo lo que me gusta la naturaleza y los paisajes laberínticos de la mente humana, no me vale con mostrar, apuntar, señalar… Necesito algo más. Y Emilie, no me veo. La veo, pero no me veo. Autoaislamiento. La ausencia de comunicación entre los distintos personajes. Lo veo. Pero algo, o todo, se me escapa. Laberíntico, metafórico, intencionadamente complejo.

Cinco gansos

Me gustan los matices, desentrañar lo que se nos muestra de forma implícita. Bakker es muy sutil, pero en esa frontera entre lo etéreo y lo realista, hay meandros sinuosos en los que me he perdido. Bakker deja demasiado por adivinar al lector, da información, sugiere.. pero creo que deja demasiado al lector, demasiado críptico, y conste que me gusta escudriñar en textos que esconden entre líneas, que sugieren, enigmáticos. Así que seré yo, no encontré el hilo que me guiara ni una Ariadna que me lo diera. Bakker 1 – Ana Blasfuemia 0

Cuatro gansos

Me quedo con cuatro gansos, esas bestias que ignoraste pero no te ignoraron. Con que huiste de lo prescindible y escondiste y protegiste lo imprescindible. ¿Me gustó? No. Sí. He encontrado muchos elementos que normalmente disfruto: una creación de ambientes magistral, astucia en la narración, profundidad en los comportamientos y pensamientos, ambientación y entorno necesario para captar el espíritu de la protagonista y la historia, escritura inteligente y a la vez diferente, laberintos que recorrer… Muchas cosas. Y sin embargo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Y tú... ¿a qué hueles?

No tengo olfato. Nada de nada. Así como os lo cuento. Me sucede desde hace unos siete años. Un día me levanté y una especie de barrera sensorial me separó definitivamente de los olores. No huelo la colonia que uso (no sé a qué huelo), no huelo el mar, no huelo el café recién hecho, ni mi propio sobaco (ni el ajeno, todo hay que decirlo), no huelo el campo, los libros o las flores. No huelo ni la caca de la vaca.

Se llama anosmia.

Me repatea la frase de "ya me lo olía yo", y tantas otras que hacen mención a mi minusvalía sensorial. Cuando la gente se entera de mi déficit intenta animarme diciéndome que el mundo huele mal. Que apesta. Pero esa peste me la imagino bien, no necesito una nariz para intuir esa basura. Y en cualquier caso, siempre intento recordar los olores que me gustan. No me importaría olfatear hedores, tufos y pestilencias varias si a cambio pudiera oler a las personas, la papaya verde, la humedad, la comida, el mar, el sexo. Si pudiera volver a oler sabría cuándo toca echar a lavar la ropa, podría escoger mi propia colonia, snifar el campo en un día de lluvia y hasta aspiraría con placer la fritanga del vecino cuando llego del trabajo.

Pero no huelo. Y el que se huele algo, las ve venir. Así que ahí me las dan todas, desprevenida porque nunca me huelo nada.

Sí, es duro vivir sin olfato. Los recuerdos unidos a los aromas se van borrando poco a poco, los veo apagarse en mis conexiones cerebrales como una bombilla fundida. Veo irse esos recuerdos sin poder retenerlos, arena en las manos, agua entre los dedos, así se van escurriendo y desapareciendo. Recuerdos aromáticos que no tienen cabida en quien padece tal ceguera nasal.



Y es que el olor es supervivencia, deleite y también identidad. No sé a qué huelo. No sé a qué hueles tú. Me desdibujo y os veo a los demás borrosos, sin un aroma que os identifique. Sois esos seres sin olor que me rodean. Por eso a veces me siento extraña, fuera de lugar, porque no huelo.

Ah, y el sexo. No señor, no señora. No es lo mismo. El sexo tan aséptico olfativamente me irrita, consciente de esa ausencia erótica el juego no viene siendo igual. Y que el otorrino(etc) no lo entienda. Que no entienda lo importante que es oler la piel ajena y desnuda, antes, durante y después. Que ya no es lo mismo. Que no.

(©AnaBlasfuemia)


martes, 16 de septiembre de 2014

En el lado de Canaán (Sebastian Barry)


Título original: On Canaan's side
Traductora: Laura Vidal
Páginas: 272
Publicación: 2011 (2013)
Editorial: Alba
ISBN: 9788484288541
Sinopsis: Cuando Lilly Bere empieza a contar su historia tiene ochenta y nueve años y Bill, su nieto, acaba de morir. Su memoria vuelve a su juventud cuando, hija de un policía leal a la Corona inglesa, tuvo que huir con su novio desde Dublín hacia los Estados Unidos del final de la Primera Guerra Mundial porque ambos estaban amenazados de muerte por el Ejército Republicano Irlandés. La novela trata por una parte de la relación de Lilly con los hombres de su vida y su destino a ratos terrible y a ratos sorprendente, y por otra, de la violencia y la inseguridad del siglo XX y de cada una de sus grandes guerras: las dos guerras mundiales, la de Vietnam y la del Golfo y cómo esos conflictos pesan sobre la vida particular de una mujer sencilla y valiente.
Premio Walter Scott de novela histórica 2012
Finalista del Man Booker Prize 2011
Bill se ha ido.
¿Cómo sonará un corazón de ochenta y nueve años al romperse? Es posible que casi no suene, y desde luego será un ruido pequeño, leve.
Qué libro más bonito, qué libro más bonito (bis). Y el caso es que cuando empecé a leerlo, las primeras hojas, tuve la sensación, tenue pero real, de que quizás esta lectura no me iba a llegar lo suficiente. Y que había muchas palabras. No muchas páginas, no que hubiera párrafos innecesarios. Que había muchas palabras, no sé explicarlo de otra forma. Y sin embargo… qué libro más bonito.

A esta lectura llegué por una curiosa coincidencia de portadas. En la Feria del Libro de este año lo vi y, zas, a la mochila. Quería saber si la mujer de la portada va o viene. Quería conocer a Lilly Bere. Y ha merecido la pena.
Y pensar, recordar. O intentarlo. Cosas difíciles y oscuras, historias ocultadas como calcetines viejos en viejas fundas de almohada. Sin estar ya muy segura de cuánto tienen de verdad. Y cosas que he dejado estar mucho tiempo, por el bien de mi felicidad, o al menos de la serenidad diaria de la que un tiempo, creo, fui dueña.
Lilly Bere, 89 años. Su nieto acaba de fallecer. Desde el dolor de perder un nieto, a su edad, decide recordarlo todo para dejar de recordar. Ha tomado una decisión (dos, en realidad): escribir todos los recuerdos porque necesita explicar su desesperanza. Recordar para que los recuerdos dejen de doler, desandar el camino de la memoria para comprender porqué Lilly, una mujer que siempre supo dar pasos hacia delante, decide detenerse. Porque hay muchas maneras de enfrentarse al dolor, y recordar es una de ellas.

Recordar no es un proceso fácil. Nos pasamos tanto tiempo intentando olvidar, sujetando recuerdos, dulcificando otros, casi disfrazándolos. Cuestión de equilibrio. Pero Lilly tiene una edad y unas vivencias que la sitúan en el oportuno momento de hacer recuento de todos esos recuerdos. Ya es libre.
Existen muchas formas de libertad y ésta es una de ellas, ser tan vieja que puedo enorgullecerme de aquellos a quienes amé sin que inconscientemente mi mente trate de justificar, borrar, ocultar.
Cierto, ya no necesita ocultar, justificar ni borrar. Porque Lilly es una persona vital, buena y valerosa, cuya suerte ha decidido mostrarle las dos caras: la buena y la mala. Y la suerte (azar, destino, póngale el nombre que quieran) no se anda con chiquitas con ella, nada de medias tintas. Cuando decide golpearla lo hace con la palma de la mano bien abierta.
Quizás en aquel momento, cuando Irlanda se agitaba como una enorme criatura marina y cambiaba de posición, deberían habernos cogido a todos y pegarnos un tiro, en un gesto de amabilidad, de eficacia.
En ese recorrido por la vida de Lilly, atravesamos el siglo XX y varias guerras. Y dos sociedades convulsas: la irlandesa y la estadounidense. Barry no entra en los detalles de los acontecimientos históricos, pero nos muestra sus consecuencias, esa mano alargada de las guerras y sociedades estremecidas por las mismas que agarra a las personas que no las causan ni las provocan ni las buscan, pero las sufren. Victimas silenciosas y anónimas a las que Barry da voz.

Conoceremos a las personas que forman la red emocional de Lilly a lo largo de su (larga) vida: Tadg, la señora Wolohan, Cassie, Joe Kinderman, el señor Dollinger, el señor Nolan, Mike Scapello… Todos ellos, cada uno a su manera, son una cara u otra de la suerte o el destino de Lilly.

Tras esas páginas iniciales (fueron poquitas) la lectura empezó a fluir hasta llegar a ese punto en que el libro no se te despega de los dedos, buscar tiempo para volver a él, no desear que termine, disfrutar de la lectura y leerlo casi del tirón. Porque más allá de la historia de Lilly, Sebastian Barry escribe cabal y precioso, la forma en que se envuelve lo que nos cuenta es encantadora y delicada, dulce sin empalagar, dura sin dramatizar, imprevisible sin sacarse trucos de la chistera y sin dejar flecos sueltos. Una prosa poética en el sentido más bello y conmovedor de la poesía. Me ha llamado poderosamente la atención que se pudiera escribir de una forma tan poética usando palabras sencillas, no recargadas, pero combinadas de forma tal que consiguen un efecto impactante. Los momentos álgidos de la historia de Lilly (que son varios) tienen un tempo maravilloso, intenso, perfecto, que te hace casi alzarte del asiento. Será inevitable que cada vez que vea un autorretrato de van Gogh me acuerde de Tadg… 


Un libro que puedo recomendar, que debo de recomendar, sin matices ni dudas. Con la certeza que se disfrutará del talento de Barry para narrar, de forma incluso que en los momentos de mayor dramatismo mantiene al lector a la distancia adecuada, ni muy lejos ni muy cerca.
Recordar produce en ocasiones gran dolor pero, una vez se ha recordado, lo que viene después es una curiosa sensación de paz. Porque ya has logrado plantar la bandera en la cima de tu dolor. Has llegado a la cumbre.

jueves, 11 de septiembre de 2014

¡Vivir! (Yu Hua)

Título original: Huozhe
Traductora: Anne-Hélène Suárez Girard.
Páginas: 240
Publicación: 1992 (2010)
Editorial: Seix Barral
ISBN: 9788432228735
Sinopsis: Después de gastar toda la fortuna de su familia en el juego y en burdeles, el joven Fugui, único heredero de la familia Xu, no tiene otra solución que convertirse en un honesto granjero. Obligado por el Ejército a separarse de su familia, es testigo de los horrores de la Guerra Civil. Años después, tiene que hacer frente a las penurias de la Revolución Cultural. Con un buey como único compañero en sus últimos días, Fugui consigue sobrevivir gracias a su amor por la vida. Esta novela celebra la inalterable voluntad de vivir por encima de las desgracias y los golpes del destino.


Hace tiempo que tenía ganas de estrenarme con este autor. Varios de sus libros me llamaban la atención y si elegí este para empezar es porque me consta que ha sido llevada al cine por Zhang Yimou, un director con un puñado de películas que me han gustado mucho, especialmente en su etapa más crítica con el régimen chino. Y si quería ver la película, considerada una de las obras maestras de este director, lo suyo era leer primero el libro.
 
Yo de joven era un cabronazo hijo de puta.
Lo dice el propio Fugui, no yo. Y me ha venido bien, porque andaba buscándole adjetivos calificativos (truhan, golfo, egoísta, gandul, engreído, machista de mierda, juerguista,  sinvergüenza…) que se ajustaran a esa norma no escrita de no soltar tacos en el blog y ser políticamente correcta. Con lo que a mí me cuesta y lo que me repatean las normas no escritas (y las escritas). Pero como lo dice él, yo lo reitero: de joven Fugui era un cabronazo hijo de puta. Ya me siento mejor, qué alivio.

Te cabreas con Fugui, claro, so tonto. Y, obvio, al principio no te encuentras en él ni empatizas. Pero eso no impide que la lectura fluya gracias al lenguaje utilizado por Yu Hua: ameno y muy sensorial, visual, sonoro. Y no he dicho “fluya” de forma casual, es que mi sensación era de ir deslizándome por la lectura como si navegara por ella. Sin necesidad de remar, cómoda. Y cuando digo que el lenguaje utilizado es sonoro no es una forma de hablar, Yu Hua salpica el relato de onomatopeyas: clic, ptu, catapun, pupum, plis plas, tris tras, patapum, pimpan, mee… Que vistas así seguidas pueden parecer un exceso, pero no, están donde tienen que estar, creando el efecto que quiere crear.

No hay nada casual en este libro, está construido como un reloj suizo, cada pieza en su sitio para construir una historia que te va envolviendo poco a poco hasta que estás dentro. Y no lo esperabas, no. Es una cultura ajena, un tiempo ajeno. Todo lejano. ¿Cómo diantres de repente todo se hace tan real y te toca de forma tan cercana?

Me ha fascinado de este libro dos cosas: que por muy cabronazo que sea Fugui no puedes evitar reírte con él, que no de él. Y es que hay una fusión de drama y comedia en este libro que me ha cautivado de forma insospechada. Porque al principio ese revestimiento divertido, esa despreocupación aparentemente inofensiva en cómo se cuenta todo parece desdramatizar la realidad que nos está describiendo. Y sin embargo, cuando te quieres dar cuenta te estás emocionando como un niño al que acaban de arrebatar su mascota más preciada. Hasta hice pucheros.

Yo sabía que seguir engañándola tampoco era una solución, pero no podía hacer otra cosa: un día era un día, aunque fuera de engaño
Y como consecuencia de esa evolución en la implicación lectora viene la segunda razón: acabas queriendo a ese cabronazo de Fugui. Que parecía que no, que era imposible. Pero le coges aprecio, a él y a toda su extraordinaria familia, sufres con su sufrimiento, te alegras con sus alegrías, luchas con su lucha, sientes húmeda la nuca…. Acabas siendo un miembro más de la familia Xu. Sus inquietudes serán las tuyas, su hambre la tuya. Y su mirada siempre positiva por encima de toda adversidad, acaba siendo la tuya.

Mientras éramos gente del pueblo llano, los asuntos de Estado no es que no nos importaran, pero no los entendíamos. Nosotros obedecíamos al jefe de equipo, y el jefe de equipo obedecía a sus superiores. Lo que dijeran los superiores era lo que nosotros pensábamos y hacíamos.
Y esta es otra grandeza del libro: atravesar la historia de China de la mano del pueblo llano. Con una sencillez nada fácil, y desde el lado de las familias y gentes más humildes, nos pone ante el espejo del sufrimiento de los campesinos. Y el mérito está precisamente en que de esa forma aparentemente simple, Yu Hua no cuenta una historia tan tierna como dura y humana. Y sobre todo (o pese a todo) esperanzadora. Porque ¡Vivir!, vivir, VIVIR, es tener esperanza siempre. Y Fugui siempre encuentra una razón de vida, siempre. Y te conmueves con su fe en la vida, en la ilusión que siempre encuentra, en ese amor por la vida que no es correspondido. Quizás porque amar la vida ya es vivir, o quizás porque el amor, sin más, es así.

El propio autor, Yu Hua, dice que cada vez que ha releído su propio libro no ha podido contener las lágrimas y que no sabe cómo ha sido capaz de escribir un libro como este… ¿Qué voy a añadir yo?

Un libro maravilloso y lleno de ternura que, con vuestro permiso, e incluso sin él, me llevo a mi sección preferida.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

El martirio del obeso (Henri Béraud)



Título original: Le martyre de l'obèse
Traductora: Verónica Fernández Camarero
Páginas: 140
Publicación: 1922 (2013)
Editorial: Tropo
ISBN: 9788496911611
Sinopsis: Esta es la historia de un martirio amoroso. Una historia que arranca con una mujer que abandona a su marido, al sorprenderlo en brazos de otra, y arrastra en su huida al "buen gordo". Henri Béraud la escribió en dos semanas y ganó en 1922 el prestigioso Goncourt, el galardón literario más importante de Francia. El martirio del obeso describe los sinsabores diarios, el desprecio de los hombres bien formados y la indiferencia de las mujeres. Sus páginas son una reivindicación de la necesidad de reírse de uno mismo y de las circunstancias de la vida como herramienta para alcanzar la felicidad.


Si es que a veces no hay que buscar los libros, hay que dejar que ellos nos encuentren. En mi torpe verano lector a veces me he forzado en buscar lecturas que encajaran en mi termostato emocional: disperso, pizpireto, perezoso, inquieto, saltarín. Y sin un ápice de concentración. Y, como casi siempre que busco, no encuentro o encuentro mal. Así que recurrí al viejo truco de dejarse llevar. Y así llegué a este libro, ubicado en las novedades de mi biblioteca.

Nuestro protagonista es gordo. Muy gordo. Si ahora se levantara de su tumba, él mismo se la volvería a cavar para meterse de un brinco viendo el culto al cuerpo existente en nuestra sociedad actual, donde el cuerpo masculino perfecto se mide en “tabletas de chocolate” y el de la mujer pasa por un 90-60-90. A partir de ahí, ya se es panzón o gordo. Y la obesidad, no seamos hipócritas, no está bien vista. Forma parte de esas leyes no escritas que la mayoría cumple a rajatabla: entre tener una pareja con “tipín” y una con “tripón”, nuestra libido se decanta ineludiblemente hacia el cuerpo mejor formado… Que sí, que lo importante es el interior y todo eso. Bah, no seamos hipócritas, siempre nos halaga más que le gustemos a alguien con buen cuerpo que a una persona con más de cien kilos de peso. Y 107 kilos es lo que pesa nuestro hombre.

No conocemos el nombre de nuestro protagonista, ni casi el de sus interlocutores, a quienes dirige un largo, trepidante y divertido monólogo, y que le sirven de excusa para contarnos tanto su historia, su martirio amoroso, como sus disquisiciones sobre lo que le supone ser una persona obesa.

Y para contarnos ambas cosas, martirio y disquisiciones, utiliza (además del monólogo) una de las herramientas que, bien usada, más aprecio en la literatura: el humor. Además, es lo que se espera de una persona obesa, de un gordo, que tenga sentido del humor. Es el cliché existente: las personas obesas no suponen una amenaza, son simpáticas, sanas, campechanas, bonachonas, inofensivas, con buen humor…

Además del humor, inteligente, destaca también la prolijidad, así en general: en kilos, en palabras, en anécdotas, en prosa (de la buena)… y también en amor. Porque no sólo de obesidad va este libro. Y es que los gordos también se enamoran. Y es que, oh sí, tienen corazón. Y tan sensible como el de cualquiera. Y un corazón además de latir tiene otras funciones: enamorarse, sufrir…
Pues sí, sufro, tiene razón, mi aire vanidoso no ha logrado engañarle, si me río lo hago en realidad como el niño fanfarrón que se traga sus lágrimas delante de sus compañeros de clase, pero oculto bajo mis bromas subyace un dolor orgulloso.
Muchas veces me pregunto qué convierte un libro en un buen libro. Porque el que a mí un libro me guste mucho no lo convierte en un libro excelente (ni el que no me guste en un libro malo). La mayoría de las veces me contesto lo mismo: el tiempo. El paso del tiempo es el que dictamina la calidad de un libro. Ya lo dice el refrán: el tiempo da y quita razones y pone a cada uno en su lugar. Pues este libro lleva el paso del tiempo muy bien, y su lugar sigue siendo el que le ha llevado en su momento (1922) a ganar el prestigioso premio Goncourt: el de la élite, el de un libro que leído casi cien años después mantiene frescura, profundidad, humor, verdad…

Cierto que algunos aspectos relacionados con su relación amorosa tienen que verse enmarcados en la época que ha sido escrita, aunque no los referidos a las emociones provocadas por la situación que vive, y mucho menos los relacionados con su obesidad, que mantiene toda su vigencia.

Tengo que decir que en este caso indagar sobre la vida del autor me ha servido para recordar que a veces es mejor separar al autor de su obra… Imaginar la grandilocuencia y los floridos recursos verbales de este escritor al servicio de su antisemitismo me ha dado escalofríos, pero si me ciño únicamente a la lectura, he disfrutado a base de bien de su prosa locuaz y fecunda.
Y nunca se ría de los gordos…
Y no, al final no nos reímos. Una lectura inesperada, divertida (hay pasajes desternillantes) y saboreada.
(©AnaBlasfuemia)

lunes, 1 de septiembre de 2014

Carol (Patricia Highsmith)

Título original: The price of salt
Traductores: Isabel Núñez y José Aguirre
Páginas: 320
Publicación: 1952 (1991)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433911469
Sinopsis: Therese, una joven escenógrafa que trabaja eventualmente como vendedora, se encuentra fortuitamente con Carol, una elegante y sofisticada mujer, recientemente divorciada, que entra en la tienda a comprar una muñeca para su hija. Este encuentro cambiará para siempre la vida de Therese, sumida desde ese momento en una apasionada fascinación por la joven vendedora.
Esta novela fue publicada en 1952 con el seudónimo de Claire Morgan y bajo el título de El precio de la sal (The price of salt). Los críticos trataron al libro con una mezcla de desconcierto y respeto, pero el éxito de público fue inmediato y se vendieron más de un millón de ejemplares. La novela no volvió a editarse, hasta que en 1984 reaparece con el título Carol, que originalmente le había dado su autora y firmada por ésta con su verdadero nombre, Patricia Highsmith. Carol es una novela de amor entre mujeres (de ahí la decisión de publicarla bajo el seudónimo, para no ser clasificada como una escritora lesbiana), que se lee con la misma fascinada atención que las novelas policiacas de su autora. Higsmith concibió Carol en 1948. Se empleó durante una temporada en la sección de juguetes de unos grandes almacenes, y un día, una elegante mujer rubia envuelta en visones entró a comprar una muñeca, dio un nombre y una dirección para que se la enviaran y se marchó. Patricia Higsmith se fue a casa y escribió de un tirón el argumento completo de Carol.

Miro al exterior y veo el calor. Sí, lo veo, lo noto y lo siento. Así como el calor distorsiona el horizonte, también deforma mi capacidad lectora, la retuerce y (perdón) la encabrona. Por eso llevo un verano lector raro, muy errático con mis opciones. Supongo que por eso decidí releer este libro. Carol lleva muchos años conmigo y me ha acompañado en dos o tres mudanzas. Lo cierto es que tenía un recuerdo difuso de su contenido, aunque más nítido de las sensaciones. Así que ante este revoltoso verano lector, me decidí por traer (creo que por primera vez) una relectura, y poder comprobar qué es lo que había hecho que este libro fuera insistentemente guardado en la maleta, junto con otros que tenía más claro el porqué no quise desprenderme de ellos.

Y una vez terminada la lectura ya tengo los argumentos, las razones por las que este libro sigue rondando por mi estantería.
Un beso no debe minimizarse, ni una tercera persona debería juzgar su valor.
Muchas personas conocen a Patricia Highsmith como una autora de novelas de suspense, siendo Tom Ripley uno de sus personajes más conocidos. Que era una buena escritora es algo que ya se vio en su primera novela, Extraños en un tren, que fue llevada al cine nada menos que por el señor Alfred Hitchcock. Una primera novela y, zas, una novela clásica del suspense. La personalidad de Highsmith era lo bastante peculiar como para sentirme tentada de abordarla, aunque fuera un poquito. Pero no voy a caer en esa tentación. Y no voy a caer porque sería inevitable que al desmenuzar su vida, cayera sin pretenderlo en etiquetarla. Y si de algo no era muy amiga Patricia era de las etiquetas. Y precisamente para huir del encasillamiento, para evitar que la etiquetaran, escribió este libro bajo seudónimo.

En su momento fueron dos las razones que me llevaron a leer este libro: 1) Que tratara sobre un tema alejado del suspense 2) Conocer el germen de la historia (la mujer rubia a la que atendió cuando trabajó temporalmente en la sección de juguetes de unos grandes almacenes). Lo que conocía hasta entonces de esta autora eran sus obras de suspense, especialmente las protagonizadas por Ripley. Y tenía curiosidad por verla en otro registro diferente, aunque la profundidad psicológica de los personajes de Highsmith ya me daba pistas suficientes. Por otro lado, quería ver cómo de ese encuentro rápido, casual, ordinario, con una mujer a la que vende una muñeca, construye una novela. Una forma de explorar los derroteros mentales de una autora, desde el germen hasta la creación final de la historia.
Vivir contra mi propia naturaleza, eso es degeneración por definición.
¿Qué nos encontramos en Carol? Como bien dice la sinopsis, una historia de amor entre mujeres. Releído ahora ¿resiste el paso del tiempo? Pues sí, y bastante bien además. Resiste hasta una relectura y sigue saliendo triunfante ¿Por qué? Porque Highsmith enfoca el tema de una forma diferente, más diferente en el momento que la escribió, pero que sigue dándole un enfoque especial: no hay melodrama, ni tragedia, ni desdichas porque las dos mujeres se encuentren amándose la una a la otra. El enfoque es ingenuo y sobre todo muy natural, se desgranan emociones y estados de ánimo con mucha precisión, y sobre todo con mucha delicadeza. No hay escenas de sexo escabrosas, no hay remordimientos ni flagelaciones. Hay, como he dicho, naturalidad e incluso cierta candidez.

De una forma muy sutil, pero muy intencionada, Patricia Highsmith nos habla, no tanto de una relación entre mujeres, sino de la fragilidad de las relaciones. No es un libro sobre la homosexualidad, sino sobre la inseguridad y el proceso de madurez cuando amas a otra persona. Porque en ese hermoso período del enamoramiento, toda la gama de emociones se concentran en milésimas de segundo, pasando de la fortaleza del “para siempre” a las dudas del “quién quiere más a quién”. Y ese es un período realmente frágil en cualquier relación, por muy eufórico que sea también.
-¿Hay algo más aburrido que la historia del pasado? –dijo Therese sonriendo.
-Quizá un futuro sin historia
La destreza en el manejo de los diálogos es un pilar también fundamental en este libro, no sólo porque dota a la historia de un ritmo apropiado, sino sobre todo porque lo envuelve de una profundidad necesaria. Patricia Hightsmith es muy hábil construyendo la atmósfera adecuada, con el fin de crear esa sensación de fragilidad, de amenaza, de algo a punto de romperse, y todo ello sin necesidad de ser explícita.
Era muy fácil creérselo todo. Pero también era muy fácil no creer en nada en absoluto
Me ha gustado (¿o debiera decir regustado?) especialmente el lenguaje interior de Therese, que refleja de forma muy eficaz cómo nuestros propios pensamientos nos llevan en un minuto de pasar de una emoción a la contraria, sin que aparentemente haya razón para ello, excepto el devenir de nuestras propias reflexiones, que transcurren en la cabeza muy rápido y que provocan que en un momento sientas una cosa y su contraria, y por tanto puedas tomar (en la misma línea de pensamiento) una decisión y la opuesta, con una lógica contundente a nuestros ojos pero totalmente invisible (e incomprensible) para los ajenos. Quizás por eso a veces Therese nos parece tan inocente e inmadura en ocasiones y en otras tan sólida, consecuente y con criterio. Al fin y al cabo, Therese carece prácticamente de experiencia amorosa y se enfrenta, de forma tan valiente como inocente, a una relación que le exige una madurez de la que, al principio, anda bastante escasa.

Sobria pero corrosiva, con una medida economía de excesos y ternura, y cierta ingenuidad que sobrelleva bien el paso del tiempo, Highsmith construye una historia que te va envolviendo poco a poco, yendo de menos a más, depositando interesantes reflexiones, detalles de cierta profundidad, reflejos que aún perduran, gestos sutiles, diálogos jugosos,…

Carol me ha vuelto a persuadir, seguirá en mi estantería.
Yo creo que las amistades son el resultado de ciertas necesidades que pueden estar completamente ocultas para las dos personas, a veces incluso para siempre.
Patricia Highsmith es una de las autoras incluidas en el Reto de Escritoras Únicas, concretamente en la lista de Meg.