martes, 28 de abril de 2015

La calle de las Camelias (Mercè Rodoreda)



Título original: El carrer de les Camèlies
Traductor: José Batlló
Páginas: 274
Publicación: 1966 (2000)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435016520

Sinopsis: La calle de las Camelias supone la culminación de la técnica realista que Mercè Rodoreda iniciara con inusitado éxito en La Plaza del Diamante. En esta ocasión combina las relaciones amorosas de Cecilia con el conmovedor sentimiento de soledad y nostalgia que caracteriza a sus personajes para ofrecer al lector una obra inolvidable.


Mirando la sinopsis me quedé pensando en lo poco que sé de técnicas realistas en literatura, o de culminaciones en la obra de una autor o autora. Lo que sí sé es que una vez que volví al universo Rodoreda, quise permanecer un poco más. Y por eso, después de La plaza del Diamante, continué mi paseo dirigiendo los pasos a La calle de las Camelias.

Mercè Rodoreda era un misterio. Celosa de su intimidad, de sí misma, pocos podrían decir que conocieron su vida privada. No se expuso, no se mostró. Hermética. Gabriel García Márquez, devoto admirador de Rodoreda, lo contaba en este artículo. Así pues parece que para acercarse al interior de Rodoreda, hay que hacerlo a través de sus personajes. Personas así, tan misteriosas, tan guardianas de sí mismas, son magnéticas para mí. Siempre me creo que lo que ocultan es justo aquello que yo busco. Además ¿cómo no sentirse hechizada por alguien que hizo de un palomar su cuarto propio?

Y seguir leyendo a Rodoreda es volver a constatar lo fantástica escritora que fue. Con ese lenguaje tan engañosamente sencillo y natural que parece llevarte de la mano desde la primera línea. Un paseo, piensas. ¡Ja!... una travesía, más bien.

“¿Qué has hecho en la vida?” Estuve a punto de decirle que me la había pasado buscando cosas perdidas y enterrando enamoramientos

Estuvo a punto de decirlo, pero no lo dice. Porque Cecilia calla muchas cosas. Se calla a sí misma. El miedo siempre se mueve entre silencios. No es lo que Cecilia dice (ni nos dice) el eje sobre el que girará esta novela, sino lo que calla, y sobre todo lo que hace, cada pequeño gesto, aparentemente trivial, insignificante y quizás extraño a ojos de los demás, pero que sin embargo la definen y nos la definen.

Y yo, en broma, puse mi mano sobre su pecho y le pregunté: ¿Encima de qué? Me contestó medio dormido que una mano hermosa sobre un pecho. No, le dije, una mano sobre todo el sol de un hombre. Le puse la mano encima del corazón y le pregunté: ¿Encima de qué? Y me repuso que una mano pequeña encima de un corazón. No, le dije, una mano extendida sobre un dolor.

Y es que Cecilia, como parece habitual en las protagonistas de Rodoreda, es una mujer que observa lo que le rodea. Y dentro de ese aparente estar y ser silencioso e introvertido sin embargo transcurre un imaginario interior extraordinario y rico. Ese imaginario en las mujeres protagonistas de Rodoreda es una de las cosas que más me atraen. Mujeres inquietas. Mujeres que se aburren. Cecilia se aburre mucho, y como se aburre, entonces busca, curiosa, libre, sin normas, sin barreras.

¿Sin barreras? No hay murallas más infranqueables que aquellas que alzamos nosotros mismos delante de nuestras propias narices. Cecilia es insegura, le pesa (también) la culpa, el miedo, la soledad. Y tiene carencias, carencias afectivas. Colometa no tenía madre, casi que tampoco tenía padre. Cecilia no sabe quiénes son los suyos. Podríamos pensar que Rodoreda tuvo esa carencia, y no. Pero escribió desde el exilio. Esa carencia sí la tuvo: la falta de raíces, las que dan la pertenencia a un lugar. Pertenecer. A algo, a alguien. Y ahí, en el exilio de quien se ve obligado a vivir lejos de sus raíces y el exilio de quien se ve obligado a vivir sin ellas porque las pierde a la vez que su origen, es donde empiezo a tirar del hilo que me lleva al alma de Rodoreda, a través de ellas, las mujeres sobre las que escribe.

Todo era distinto y me parecía que el amor era la diferencia que existe entre todo lo que es lo mismo.

Cecilia parece incapaz de amar. O al menos de que el amor le dure más allá de ese espacio que hay entre el desearlo y el obtenerlo. Quizás porque más que amar lo que necesita es que la amen. Que la cuiden. O quizás porque huye. O porque sólo lo inmediato es lo que importa. Su moral es la moral del superviviente. Aquí. Ahora. Quiéreme. Así. Ya. Adiós.

Es difícil encontrar tu espacio, tu lugar en el mundo, tu identidad, cuando la búsqueda es a la desesperada, cuando la inquietud te hierve por dentro y buscas ser libre en un mundo que no lo es. Esa búsqueda errática es Cecilia, incapaz de dejar de mirar atrás pero deseando ir hacia adelante. No avanza, huye. Queriendo ser libre a la vez que buscando ataduras, vínculos, el cordón umbilical del amor. No parecía un paseo, no. Más bien una travesía. La travesía del salmón, a contracorriente, como nadan los desesperados.

Pude aguantar más de dos años y cuando casi me había acostumbrado me desesperé de estar acostumbrada.

Colometa era un personaje entrañable. Cecilia es un personaje más complejo, más desolador, quizás menos adorable, resulta más difícil entenderla, esa desgana, esa incapacidad para amar… Es un personaje en el margen. Me atrae siempre lo que está en los laterales, en los márgenes, invisible casi para quien transita por el centro, donde la mayoría se camufla bajo la etiqueta de normalidad y cotidianidad. Será que también me aburro. Sin embargo ambas, Colometa y Cecilia, tiene más en común de lo que parece. Lo que más les une, sin duda, Barcelona y sus calles. Y la forma de vivir esa ciudad: paseando, callejeando, observando, sintiendo. Sin ir a ningún lugar, únicamente andar por la ciudad y sus calles. Vivir una ciudad.

Y la soledad, y las flores, y los jardines, y los ángeles, y los sueños, y Barcelona… El universo Rodoreda. Todo está ahí, y ella combina esto y aquello y lo otro y nos da una poción de buena literatura. Yo me he tomado la poción a borbotones, ahora me dosificaré antes de llegar a Espejo roto, el libro de Rodoreda más recomendado por muchos comentaristas en este blog.

viernes, 24 de abril de 2015

Carta de una desconocida (Stefan Zweig)

Título original: Brief einer unbekannten
Traductora: Berta Conill
Páginas: 72
Publicación: 1922 (2002)
Editorial: Acantilado
ISBN: 9788495359476
Sinopsis: La historia gira en torno a R., un famoso escritor que recibe en su casa una misteriosa carta que le remite una mujer desconocida. En ella le confiesa su amor, un amor que resistió el paso del tiempo y el desdén del propio escritor, que jamás se percató de su existencia. A través de sus palabras, la desconocida nos revela los momentos más relevantes de su vida, condicionada por ese amor desde que por primera vez cruzó su mirada con la del escritor, cuando ella no era más que una niña.
Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora.

Stefan Zweig… Siempre me ha seducido más su vida que su obra. No voy a flagelarme por eso. Lo que había leído suyo, algún relato suelto, me había encantado, pero me parecía predecible y con cierta querencia por el folletín, aunque siempre escrito de forma magnífica. Alguien tan querido en la blogosfera y yo poniéndole peros. Qué ocurrencias. Pero también sabía quién era Zweig, cómo escribía y que tendría que encontrarme con él. Definitivamente. Mendel, la desconocida, el ajedrez… dudaba. Pero ante una carta no puedo resistirme. Y menos si es de una desconocida. Alea jacta est, será Carta de una desconocida el libro que definitivamente me ponga de rodillas ante Zweig.

Y lo cierto es que ganas, lo que se dice ganas, de hablar de las sensaciones que me ha producido esta lectura no tengo muchas. Como que quiero quedármelas para mí. Pero tener un blog que se llama Lo que leo, lo cuento tiene su peaje.

No es una carta de amor. Dicho queda. No es amor, es obsesión. Amor unidireccional. Y además no parece que él se lo merezca ni vislumbro nada que pueda provocar y sobre todo mantener ese amor desinteresado, generoso, obcecado, platónico, hermoso, de la desconocida. Salvo que cuando se enamoró era una niña de 13 años. Ahí sí cabe ese sentimiento que todo lo desborda, inexplicable, arrasador, injustificable casi. La razón por la que persiste a lo largo de los años en ese amor es indescifrable para mí. Es así. También está que necesitamos amar y que nos amen, y si no es el caso, nos lo inventamos. Pero condicionar casi toda una vida a una ficción… No.
Todas las vías de desprecio, de frialdad, de indiferencia, todas me las había representado en visiones apasionadas, pero justamente ésta no me había arriesgado a considerarla ni en mis momentos más pesimistas, ni en los momentos en que tenía la conciencia más extrema de mi inferioridad, porque esto era lo peor que podía suceder: que no me reconocieras en absoluto.

Que quien amas no te reconozca. El olvido. Qué dolor. Me cruje todo. En este caso no es metafórico, realmente él no reconoce a la desconocida en los distintos encuentros que tienen, salvo quizás en algún rincón de su alma, tan lejos y tan dentro tan dentro tan dentro que ni él mismo alcanza a verlo.

Porque a ti, ciertamente, sólo te gustan las cosas fáciles, juguetonas, nada pesadas, tienes miedo de inmiscuirte en un destino ajeno. Lo que quieres es entregarte a todos, al mundo, no quieres ninguna víctima.

Pese a mi incomprensión sobre ese amor incondicional, terco y enfermizo, y pese a que los dos últimos párrafos de esta joya me sobran, debo decir que la forma de escribir de Zweig es realmente hermosa, delicada, bella, maravillosa y todos los adjetivos bonitos que existan en el diccionario. Me rindo al cómo lo cuenta, así sí, así sí. Sin afectación ni ñoñerías, ni fáciles requiebros al corazón. Limpio como una campana de cristal, transparente. Lúcido y sensible en lo íntimo, honesto en lo superfluo.

Y que nadie diga que no es de relatos. No ante Carta de una desconocida. Ssshhhhhh.
No te culpo, te quiero tal como eres, ardiente y distraído, olvidadizo, entregado e infiel, te quiero así, sólo así, como siempre has sido y como aún eres.

Carta a una desconocida

Sólo quiero hablar contigo. Contarnos por primera y última vez. Y explicarte que ahora vivo en un paréntesis.

(Aquí vivo yo)

Intento hacerlo habitable. Tal vez quieras extender tu mano, meterla en el paréntesis y acortar la distancia que ahora nos define y zarandea a esa complicidad que se inventó a sí misma.

Tengo a buen resguardo la memoria de quien fuimos, está en una nube propia, a la espera de adquirir forma definida, sin límites que la hagan diluviar. Fuiste un paso necesario. No el último. Sin irte ni quedarte.

¿Qué habrá sido de aquella locura en la que hasta las matemáticas tuvieron cabida? Ahora todo parece tan lejano que incluso hay eco entre tú y yo. ¿Lo oyes? Es el tiempo, que todo lo termina. Pero añoro estar loca, jodidamente loca, crepuscularmente loca. Ahora la vida me desconcierta y me diluye. Me devora. Me merezco volver a estar loca y que me partas el alma. Devuélveme la vida. Sólo quiero hablar contigo.

Imagina que todo fue verdad. No sólo yo. Todo. Admitamos entonces lo increíble. Y así, imaginando y admitiendo, en la frontera de la madrugada hago del más allá un más acá. Acá. Aquí. Contigo. Y me quedo, en la utopía del tú y yo.

Resumiendo, te quiero.
(©AnaBlasfuemia)

martes, 21 de abril de 2015

Susanna (Gertrud Kolmar)


Título original: Susanna
Traductor: Ivan de los Rios
Páginas: 112
Publicación: 1939 (2010)
Editorial: Errata Naturae
ISBN: 9788493788926
Sinopsis: Susanna es el recuerdo del inquietante encuentro entre dos mujeres. Una institutriz judía, que está esperando el permiso para poder salir de Alemania y huir de la amenaza del nazismo, rememora los días que pasó junto a su alumna, una bellísima joven mentalmente perturbada. La narradora, una mujer adulta, razonable, aparentemente ajena e insensible a los asuntos del corazón, debe hacerse cargo de un ser antojadizo y maravilloso, una suerte de animal festivo, fuera del tiempo… La joven conoce el amor por primera vez -un amor desaforado, temerario y enajenado- y su institutriz tiene que enfrentarse entonces con sus propios sentimientos e incapacidades.


Necesitaba un relato corto, una lectura rápida entre libro y libro, y Susanna, de la siempre interesante editorial Errata Naturae, me venía como anillo al dedo. Un libro que hace años fue recomendado por Vila-Matas (sí, hago bastante caso a sus recomendaciones…)

No, yo no soy poeta. Si fuera poeta, escribiría una historia. Escribiría un cuento precioso con principio y final sobre las cosas que sé.

Quizás la narradora no sea poeta, pero Gertrud Kolmar sí lo era y por tanto sí puede escribir ese cuento con principio y final sobre las cosas que sabe. Y es lo que hizo, escribir Susanna.

Susanna es de esos libros en los que es necesario conocer la vida de la autora para apreciar todo su valor y su brillo. Al igual que Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar perdió su vida (más bien debiera decir que le arrebataron su vida) en un campo de concentración, probablemente Auschwitz, a los 49 años de edad. Escribió Susanna en apenas dos meses, en el invierno de 1939 durante las noches, en un apartamento colectivo para judíos.

Estas vidas perdidas, estas obras que no pudieron continuar, se merecen que lo que ha conseguido sobrevivir a la ignominia sea leído, una especie de justicia, poética pero necesaria. Leer la obra que nos han dejado es nuestra forma de ejercer esa justicia, de darles la victoria a quienes se la merecen y no a quienes la pretendieron.

No va el libro, si habéis mirado la sinopsis, sobre el nazismo ni el sufrimiento judío. No obstante, entre líneas sí podemos percibir la atmósfera en la que fue escrita esta pequeña historia y quizás desentrañar las metáforas y alusiones que se esconden detrás.

Hay palabras que se pueden coger con las manos. Y algunas se pueden llegar a oler…

Y a través de las palabras también puedes huir de la realidad, reflejarla, disfrazarla, testimoniarla, iluminarla, incluso manipularla…

Dos personajes acaparan este relato: Susanna, el corazón, la fantasía, la imaginación desbordada y alocada; y su institutriz, la narradora, racional, contenida, prosaica, sometida. Dos realidades contrastadas, luz y oscuridad. No oscuridad negativa, sino triste, como una realidad deformada por la autocensura y la contención. Ambas conforman dos miradas diferentes porque perciben el mismo escenario desde diferente lado de la naranja. Y así, donde una sólo ve nieve, blanca y fresca, la otra ve arena de playa, emblanquecida por la luz de la luna, mientras caminan hacia el fondo del mar.

Susanna es un relato que va de menos a más. Un comienzo dubitativo, casi infantil, que va creciendo, o más bien abriéndose como una rosa de Jericó al contacto con el agua. En un relato corto, ese ir de menos a más podría ser un lastre, y sin embargo en este caso se convierte en una virtud. Comienzas a leer distanciada, casi escéptica y sin embargo cuando terminas de leerlo algo aletea en el corazón, ligeramente inquieto y con el poso que dejaría una rosa ofrecida en medio de la oscuridad. Una rosa bella y con espinas. Así es esta breve lectura, que sigue creciendo por dentro después de haberlo terminado, posiblemente hasta que alcance el valor de un rubí.

martes, 14 de abril de 2015

La plaza del diamante (Mercè Rodoreda)

Título original: La plaça del Diamant
Traductor: Enrique Sordo
Páginas: 256
Publicación: 1962 (1965)
Editorial: Edhasa
ISBN: 843501536X
Sinopsis: La novela narra la historia de Natalia, la "Colometa", una mujer que representa a muchas otras a las que les tocó vivir un periodo de la historia de España especialmente duro y cruel: la Guerra Civil y la posguerra. Al igual que otras mujeres, Colometa verá partir y morir a sus seres queridos, pasará hambre y miseria y se verá muchas veces incapaz de sacar adelante a sus hijos. Hundida en un matrimonio que no le proporciona felicidad y unida a un hombre egoísta, Natalia renuncia a su propia identidad cediendo todo el protagonismo a su esposo, aceptando los convencionalismos de una época. Pero la vida y las circunstancias de la época obligan a Colometa y al resto de los personajes a crecer, a transformarse.

Hace tiempo que quiero releer algunos libros para poder llevarlos directamente a mi sección de prefes y hacerlo con argumentos actualizados. La plaza del Diamante era uno de ellos. Así que crucé la calle, fui a la biblioteca y cogí no uno, sino dos, dos libros de Rodoreda, porque tengo una mano muy alegre y una biblioteca demasiado cerca. Y por cosas del destino y/o las casualidades y el coincidir. Pero primero, releer.
La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no.

Así empieza el libro. Y cuando has leído las cinco primeras páginas, el primer capítulo, te preguntas ¿cómo puede volar ya tan alto Rodoreda? Y crees que no podrá mantener el vuelo durante todo el libro. Pero sí. Lo hace. Vuela, planea, gira, cambia, revolotea, se desliza sobre el cielo literario sin perder ni un ápice de altura. Azul. El cielo azul. Arriba, arriba. Muy alto.

Recordaba sensaciones de este libro, entre ellas una que volví a sentir ipso facto en cuanto empecé a (re)leer: la sensación de que Rodoreda me sentaba a su lado, arrimaba sus labios a mi oído y empezaba a contarme la historia de Colometa, como si una abuela contara a su nieta un cuento. Una historia. Entre susurros, como la caracola que Colometa se arrima a su oreja para escuchar el mar. Así me contó, otra vez, Rodoreda. Y pasaba su brazo por encima de mis hombros. Y yo queriendo escucharla, una y otra vez, sin poder/querer levantarme, casi cerrando los ojos.

Colometa, diminutivo de coloma, en castellano significa palomita. No es casual, como nada lo es en este magnífico libro. Porque Colometa no se llama así. Su nombre es Natalia. Nace Natalia, la convierten en Colometa y volverá a ser Natalia. Será el Quimet quien la rebautice, llamándola Colometa. El Quimet, que escoge a Natalia para casarse con ella. No será ella quien escoja, aunque crea hacerlo. Y ahí, en ese preciso momento, Natalia empieza a ser anulada. Pero ya lo sabemos desde el minuto cero: ella era así, sufría si alguien le pedía algo y tenía que decirle que no. Sumisión se llama. Y otras cosas. Y tú diciéndole ¿dónde vas con el Quimet, Natalia? Porque lo ves venir, y sufro como nadie cuando una persona se desdibuja, se anula, no es quien en verdad es. Cuando se pierde la esencia de quien se es.
Y la señora Enriqueta me había dicho que teníamos muchas vidas, entrelazadas unas con otras, pero que una muerte o una boda, a veces, no siempre, las separaba, y la vida de verdad, libre de todos los lazos de vida pequeña que la habían atado, podía vivir como habría tenido que vivir siempre si las vidas pequeñas y malas la hubieran dejado sola. Y decía, las vidas entrelazadas se pelean y nos martirizan y nosotros no sabemos nada como no sabemos del trabajo del corazón ni del desasosiego de los intestinos.

¿Es malo el Quimet? Esto de si alguien es bueno o malo, que si el bien, que si el mal, siempre me recuerda a Dostoievski (“El bien es conveniencia, el mal es elección”). ¿Qué es la maldad? Creo que la moral es algo personal, que nace de la persona, y por lo tanto el concepto del bien y del mal también lo es. Personal. A veces el mal se disfraza del bien, y al revés. No siempre es fácil distinguirlos. Y muchas veces conviven (incluso dentro de la misma persona). Posiblemente en esa moral, absolutamente personal, pesen muchas cosas, ahí está la losa de la educación judeo-cristina para dar fe. No. Quimet no es malo. Es egoísta. Y es hijo de su tiempo, de su educación, de su madre. Es hijo del daño pernicioso y nocivo que hacen algunas ideas, la (mala) educación, ciertos valores. Hijo del mal. Si unes a un hombre así con una mujer como Natalia, Colometa, tenemos a una mujer destrozada de forma sibilina y silenciosa. Absolutamente desmembrada. Da miedo. Pero es así. Y hablo de personas, aunque diga hombres y mujeres.

Y si todo esto sucede además en torno a la Guerra Civil y la posguerra entonces el panorama es absolutamente demoledor. Y nos lo cuenta Mercè Rodoreda, no lo olvidemos, de una forma magistral. Con una escritura sencilla, sí, casi infantil de tan tierna, llana, directa, cercana, dulce, sensible. Pero también como si en ese brazo que te pasa por los hombros su mano sujetara una afilada y fina cuchilla hecha de aire y fuera rasgando poco a poco tus venas. Y sangras.
Y se empezaron a oír unas voces que venían de lejos, como si saliesen medio apagadas de gargantas cortadas, de labios que no podían decir palabras.

Lo que esta mujer hace con el lenguaje, con las palabras, es grandioso. Qué arte. Con esos símiles, esa simbología y esas frases cortas pero incisivas que crean imágenes taaaaan contundentes… sientes, sientes a Colometa. Te asomas a su alma. La ves, su inocencia, su candidez, su ternura, su sensibilidad, su acatamiento. Su lucha. Su dolor. Y te desgarra. Porque su historia es una historia cruda. Crudísima. Y sin embargo no hay sensiblería en la forma de contarlo de Rodoreda, no hay fullerías ni engañifas, sólo palabras colocadas y combinadas de forma precisa y coloquial para sentir lo que (y cómo) siente y vive Colometa, sentir incluso que eres capaz de ir con ella, de ser ella yendo a comprar aguardiente y matar a sus hijos y matarse a ella misma.
Y por fin entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho… porque yo era de corcho. No porque fuese de corcho sino porque me hice de corcho y el corazón de nieve para poder seguir adelante, porque si en vez de ser de corcho con el corazón de nieve hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te hace daño, no hubiese podido pasar por un puente tan alto y tan largo.

Y las putas palomas. Que te asfixian. Te angustian. No, Colometa no es rebautizada así por casualidad. Nada es casual en esta ingeniería literaria magnífica y perfecta que construye Rodoreda; todo está en su sitio, las imágenes, las frases, las palomas, los huevos, el embudo, el cuadro de las langostas, las luces azules, la caracola, la columna, la balanza… tanta simbología, tan transparente, tan bien cimentada, combinada y entretejida. Majestuosa y espléndida Rodoreda.
Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.

Vuela Colometa, vuela. Porque al fin, no es sólo una historia de sumisión, inseguridades, frustración, angustia, miseria, humildad, pobreza, guerra y posguerra. Es, también, la historia de una mujer que se libera. Imprescindible y realista, un soberbio testimonio de una época y una mujer. Una heroína con una fuerza inusitada, que sin ruido ni algarabía ni militancias no se doblega ante nada. Dignidad se llama. Y así, hubo, y hay, muchas mujeres. Vuela Natalia, vuela.
Respiré como si el mundo fuera mío.

Y yo aplaudí como si no hubiera mañana.

Una relectura en la que una y otra vez vuelves a apreciar la riqueza y el esplendor de este libro, encontrando nuevos matices, nuevos sentidos, nuevas imágenes, nuevos simbolismos. Un universo. El universo de Rodoreda. Con qué gusto, con qué ganas, con qué placer, me llevo por fin este libro a la sección de joyas, ¿dónde mejor iba a estar un diamante así?

He de ir a la plaça del Diamant. Y darle un abrazo a la Colometa. Por la espalda. Palabrita de Ana Blasfuemia. Algún día, algún mes, algún año, alguna vida.


viernes, 10 de abril de 2015

Astrid y Veronika (Linda Olsson)

Título original: Astrid and Veronika
Traductora: Gemma Moral Bartolomé
Páginas: 224
Publicación: 2005 (2009)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788498382433
Sinopsis: Para enfrentarse en soledad a una pérdida reciente, Veronika, una joven escritora, se instala en una casita de campo en una zona boscosa del interior de Suecia. En ese enclave donde reinan la paz y el silencio, su único contacto con el mundo es Astrid, una mujer taciturna que habita la única casa de los alrededores y con quien apenas intercambia un saludo de vez en cuando. En apariencia, las dos mujeres tienen poco en común: Veronika ronda la treintena, ha recorrido medio mundo y ahora busca la reclusión; Astrid, por el contrario, es anciana, nunca ha salido de su pueblo y no tiene quien la visite. Y sin embargo, a partir de una circunstancia imprevista, ambas inician una frágil relación que, a medida que el invierno deja paso a la primavera, va creando entre ellas un espacio de intimidad que les permite hablar de su pasado y sus recuerdos. Con la llegada de las primeras fresas silvestres, los secretos que atormentan a cada una de ellas saldrán a la luz, y su profunda y sincera amistad dará nuevo sentido a sus vidas.

Verte llegar fue como esa primera luz tras una larga oscuridad. Observé tu esbelta silueta en el haz de los faros del coche mientras descargabas tu equipaje. Me quedé junto a la ventana hasta mucho después de que hubieras cerrado la puerta. Vi apagarse las luces una tras otra. Y creo que supe que la vida había regresado.

El libro estaba en casa. Necesitaba de lecturas menos viscerales, más amables con mis heridas, que necesitan cicatrizarse a la luz mientras mi sangre puede seguir su alocado caudal, sin salirse de las venas por algún orificio. Además me llaman la atención los autores nórdicos, especialmente si abordan historias alejadas de la novela negra. Le había llegado el momento a Astrid y Veronika.

Y a ver cómo cuento. Porque este libro gustará a mucha gente. Es una lectura agradable, tranquila, cómoda, bondadosa… Un buen refugio para la mayoría de lectores.

Pero. Pero llega Ana Blasfuemia y saca su repertorio de porompomperos. Pero.

Y es que me ha gustado mucho, muchísimo, lo que Olsson quiere contar. Lo que pretende contar, la intención. Pero la ejecución. El cómo. Ay.

Me encanta, repito, me encanta, la historia que pone en la mesa Olsson. Un encuentro de dos mujeres heridas, una joven y una anciana, y que ambas se cuenten la una a la otra, ahuyentando la soledad y el dolor a través del mágico conjuro de la amistad. Contarse. ¿Hay algo más bonito en la vida que contarse a otra persona y que se te cuenten a ti? Pocas. La idea me parecía atractiva. Mucho.

¿Dónde está el problema? Que hay que hilar fino, sensible, preciso, para poder tejer bien el entramado emocional de un encuentro entre dos personas que parecían destinadas a mostrarse el alma la una a la otra desde mucho antes de conocerse. Y por ahí, como que no. Le falta solidez y argumento a ese andamio emocional, a la construcción de una amistad en la que te desnudas por dentro, sin red y a tumba abierta.

¿Lo hacen? ¿Se cuentan? ¿Desnudan su alma? Sí. Pero de una manera… artificial. Se cuentan sus historias como si no se hubieran escuchado mutuamente, una especie de “ahora tú, ahora yo” en la que se deja de lado lo que siente una al escuchar a la otra. Como si tuvieran tantas ganas de contarse que no se escucharan. Y así, es difícil de entender ese lazo afectivo que les une. Se supone, se da por hecho, pero no se transmite. Eso es, no transmite cómo se construye la relación entre Astrid y Veronika.

En El Powerbook leí: “Un desconocido es un lugar seguro. A un desconocido puedes contarle lo que quieras”. Pues ese lugar seguro, cómo se construye, es lo que nos roba Olsson. Convierte a dos desconocidas en dos amigas, con una amistad profunda, honesta, especial, pero nos deja huérfanos del cómo se produce. Lo intenta, sí, pero lo da por hecho muy pronto, en su afán de que ambas se cuenten, privándonos de lo más bonito de una relación (la que sea): su cimentación, sus inicios, su confección. Ese entramado es precioso, siempre. Y es por eso que muchas veces no percibía diálogo entre Astrid y Veronika, sino monólogos que se sucedían en riguroso turno.

No todo va a ser candela. Además de ese contarse mutuamente, también me ha gustado mucho la idea de las casas como seres vivos, más allá de cuatro paredes que nos acogen. La casa como un hogar que respira al unísono de quienes la habitan. Una piel de quienes viven en su interior, transmutándose a la vez que sus habitantes.

Es un libro tranquilo y agradable, sin sobresaltos, que se lee con sosiego y una ligera emoción en sus últimas páginas (en la carta de Astrid a Veronika), lo que evita una última sensación lectora cercana a la decepción. Como he comentado, gustará (más) a muchos lectores. Conmigo no se ha portado mal, ha sido una lectura relajada, pero ya puestos a contar una historia bonita, hubiera preferido que me la contara mejor, que no me mantuviera tan alejada. Que me atravesara la piel, que me agitara. No lo hizo. Pero no me tengáis en cuenta. Leed lo que os plazca, no dejéis de leer. Nunca.
Me gustaría que pensaras en mí de esa manera, sabiendo que siempre estaré contigo, aunque quizá no te sea posible recordar mi cara.

lunes, 6 de abril de 2015

Una mujer de recursos (Elizabeth Forsythe Hailey)


Título original: A Woman of Independent Means
Traductora: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Páginas: 344
Publicación: 1978 (2015)
ISBN: 9788416213207
Sinopsis: A comienzos del siglo XX, cuando la independencia de las mujeres era muy relativa, Bess Gardner es ya una mujer de recursos: una joven llena de voluntad y ambición que, además, acaba de recibir una pequeña herencia. La novela narra la vida de Bess desde principios de siglo hasta la década de los sesenta a través de su correspondencia a distintos destinatarios a lo largo de los años. En estos escritos descubrimos a Bess mientras soporta los golpes y las alegrías de la vida con una valentía inquebrantable y un espíritu indómito; sus cartas nos revelan los sacrificios que el amor le exige de vez en cuando, los problemas y las recompensas del matrimonio, las complejas relaciones con sus hijos y, sobre todo, su clara voluntad de desafiar a su entorno social.


Libros del Asteroide me lo puso fácil: ¿quién no quiere conocer a una mujer de recursos? Una mujer decidida, inquieta, rebelde, fuerte, con ideas, resolutiva, desafiante… ¡Yo quería conocerla! Así que zambullirme en las páginas de este libro me pareció una buena opción en estos momentos, así, sin hacerla esperar.
Estamos ante una novela epistolar. No es autobiográfica, aunque Elizabeth Forsyte Hailey se inspiró en la vida de su abuela y yo además me tomo la libertad (porque leer es una actividad absolutamente libre) de pensar que muchas de las reflexiones esparcidas a lo largo de las páginas coinciden milimétricamente con lo que será la forma de pensar de la autora en ciertas cuestiones.
 
"A veces creo que es esa misma frustración con la vida, tal y como la vivimos día a día, lo que me empuja a escribir estas cartas tan largas a personas que rara vez responden de la misma manera, y eso si es que responden. Es como si, al condensar y redactar los sucesos que he vivido, les infundiera una fuerza dramática que en realidad no tenían, pero, por extraño que parezca, lo que recuerdo años más tarde no es el suceso tal y como lo viví, sino como lo conté en una carta. He descubierto que el propio acto de escribir transforma la realidad en ficción."

El género epistolar me atrae mucho. Muchísimo. Ese contarse una misma a otra(s) persona(s) a través de las palabras escritas me parece absolutamente delicado y bello. Porque no hablamos como escribimos, ni decimos en voz alta lo que somos capaces de plasmar por escrito. Es curioso ver cómo muchas barreras que rodean nuestra propia intimidad son saltadas alegremente cuando escribimos, incluso cuando escribimos a alguien. Paradójicamente, se puede mentir con más facilidad al escribir, cierto, pero también puedes desnudar tu alma con la misma comodidad. Mirada a mirada (y sosteniéndola) se miente quizás con menos alegría pero puedes (si quieres) mantener tu alma bien vestida, sin dejarla a la intemperie.

Desde 1899 hasta 1968 Bess Gadner escribe cartas, notas y telegramas. Eso es lo que vamos a conocer, su punto de vista. Por tanto no sabemos cómo viven los demás aquello que cuenta, salvo por las reacciones que provoca en la propia Bess. Una mujer de recursos es Bess, lo que vive, cómo lo vive, la persona que es. A pesar de reflejar una época convulsa y de grandes cambios a nivel histórico, Bess pasará por ellos de puntillas. No olvidemos que es norteamericana, y por tanto vivió ambas guerras mundiales desde la distancia, como se viven las guerras cuando los kilómetros alejan los crueles acontecimientos de nuestra realidad y los aproximan a la indiferencia. Por supuesto, menciona estos hechos y cómo repercuten en la economía y la sociedad de su país, pero no olvidemos que la protagonista única de esta lectura es Bess Gadner, así que sólo refleja lo que ella vive de forma directa.

Sí que conocemos la sociedad norteamericana de principios del siglo XX a través de Bess, especialmente a la alta sociedad, pero principalmente es la propia personalidad de la protagonista lo que conocemos. Que no es poco.

¿Por qué insiste la sociedad en que compartamos todas las experiencias de la vida con la misma persona? Somos muchísimo más complicados de lo que nos permitimos aparentar ante los demás.

Últimamente tiendo a quedarme colgada de algunas frases de los libros que leo. Esta ha sido una de ellas, quizás porque siempre he pensado que, además de ser más complejos de lo que nos mostramos, nunca nos damos al cien por cien a (casi) nadie, no nos desnudamos con tanta impunidad, lo que los demás ven son partes (más o menos extensas, más o menos detalladas) de lo que somos. Quizás si cada persona que conocemos juntara con las demás las partes nuestras que tienen, conseguirían una imagen completa de quien somos. Quizás. Puede incluso que no. Es por eso que darse por entero a alguien puede ser tan nocivo. Un gesto y te destroza. Mientras que quien tiene únicamente una parte, sólo podrá destruir un pedazo de ti. Tendrás las demás piezas intactas para recomponerte.

Eso por no hablar de cuántas formas de amar y compartir hay… a la vez.

Aun así siempre hay riesgos que merece la pena correr (ya lo decía Napoleón Bonaparte: Lo difícil se consigue, lo imposible se intenta).

Ah, que esto no es una blasfuemiada, retomo, retomo.

Ninguna turbulencia es comparable a la agonía de la calma chicha, sin viento a la vista.

Bess es una mujer normal, reconocible, lo que nos cuenta lo vemos incluso hoy en día a nuestro alrededor. Heroínas del día a día doméstico y familiar. Mujeres que desean vivir la vida, fuertes, independientes (mujeres que leen…), que conciben la vida como una aventura. Mujeres a las que la familia les ata y, sin embargo, se sacrifican por sus seres queridos. Con sus virtudes, sus defectos, sus pasiones, sus luchas, sus desdichas y alegrías… La vida, al fin. 

Bess es golpeada por desgracias muy duras (todos lo somos en algún momento de nuestra vida), las sufrirá, se hundirá… y volverá a levantarse de nuevo. Es una heroína, ya lo he dicho (todo el que se levanta, es un héroe). Y como todas las heroínas no es perfecta, de hecho hay muchas cosas que me desconectaban de ella (en el sentido de que no me identificaba, no de que no me la creyera como personaje real): es una mujer muy decidida a la que le gusta organizar no sólo su propia vida (¡hasta deja escrita su propia nota necrológica!) sino también la de los demás, incluso de una forma ligeramente agresiva, invasiva cuanto menos. Esa parte me ponía nerviosa, lo confieso, porque a mí no me gusta que me organicen la vida. Dudo incluso de que me guste la organización, así en general.

A momentos la sensación de que Bess se preocupaba en exceso de su estatus social y de cuestiones materialistas también me incomodaba, porque no lo comparto, pero es cierto que estas imperfecciones, o estos puntos de desencuentro la hacían más real y creíble. Esos contrastes de superficialidad junto con reflexiones que me parecían interesantes y profundas terminaron por conquistarme como lectora. Y su espíritu rebelde y poco convencional, cómo no.

A lo largo de la lectura hubo momentos en los que pensé que ciertas cartas o fragmentos eran innecesarios, pero una vez terminada y ligeramente reposada, me doy cuenta que no sobra nada porque Bess en definitiva es el conjunto de todo lo que escribe. Y el conjunto de cartas, notas y telegramas dan la perspectiva justa y adecuada para conocer a esta protagonista de armas tomar.

Es verdad que la vida de Elizabeth era una vida acomodada, adinerada, pero no es menos cierto que pasa por momentos de infortunio económico, y que la vida le golpea duro con la pérdida de personas queridas. Y también es verdad que cierta frialdad emocional en algunas situaciones resultan incomprensibles o al menos no fui capaz de estar de acuerdo con ella. Pero eso no quita que estemos ante una personalidad peculiar, diferente a muchas mujeres de su época y clase social y, por tanto, una protagonista atractiva para el lector.

Elizabeth Forsythe Hailey, a partir de la estructura epistolar como recurso literario, construye una novela alrededor de una protagonista que se define a sí misma y su vida a través de las cartas que escribe, y que a la vez permite una lectura fluida sin necesidad de que medien diálogos para sustentar el interés y la atención.

El amor propio viene de dentro, no de fuera.

Aviso para navegantes y adictos a series: tengo entendido que la NBC hizo una miniserie de seis horas basada en el libro.