viernes, 17 de noviembre de 2017

La librería (Penelope Fitzgerald)

Título original: The Bookshop
Traductora: Ana Bustelo
Páginas: 181
Publicación: 1978 (2010)
Editorial: Impedimenta
Sinopsis: Florence Green vive en un minúsculo pueblo costero de Suffolk que en 1959 está literalmente apartado del mundo, y que se caracteriza justamente por «lo que no tiene». Florence decide abrir una pequeña librería, que será la primera del pueblo. Adquiere así un edificio que lleva años abandonado, comido por la humedad y que incluso tiene su propio y caprichoso poltergeist. Pero pronto se topará con la resistencia muda de las fuerzas vivas del pueblo que, de un modo cortés pero implacable, empezarán a acorralarla. Florence se verá obligada entonces a contratar como ayudante a una niña de diez años, de hecho la única que no sueña con sabotear su negocio. Cuando alguien le sugiere que ponga a la venta la polémica edición de Olympia Press de Lolita de Nabokov, se desencadena en el pueblo un terremoto sutil pero devastador. 
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ

Quería empezar de nuevo –dijo Florence-. Creí que podría hacerlo.
Con la versión cinematográfica, de manos de Isabel Coixet, ya en la gran pantalla, me pareció buen momento para leer previamente el libro. ¿He dicho leer? Pues no: resulta que es relectura. Nada más abrir el libro me encuentro con una anotación (Leído/Septiembre-2010). ¿He leído el libro? ¿No me acuerdo de haber leído el libro? Pues no, no lo recuerdo, no recuerdo la historia, no recuerdo si en su momento me gustó o no. Y este detalle es parte del problema del libro: que es fácilmente olvidable. En cualquier caso, volví a leerlo, quería saber la razón por la que no me dejó ninguna huella y, sin embargo, había conservado el libro.
Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida y, como tal, no hay duda de que debe ser un artículo de primera necesidad.
La librería es un libro engañoso porque con ese título y sabiendo que se trata del proyecto de una mujer para abrir una librería en un pueblo en el que no existía ninguna, lo que una espera encontrar es, cuanto menos, amor por los libros, pasión por los libros. Pero no es exactamente eso con lo que nos encontramos.

La pequeña, delgada, insignificante y viuda Florence quiere reivindicarse, quiere ser visible, empezar de nuevo (y pocas cosas hay más motivadoras e ilusionantes que empezar algo: una vida, una relación, un aprendizaje…) Para ello decide abrir una librería en el inhóspito, húmedo y cínico pueblo de Hardborought. ¿Por qué una librería? Pues no por amor a los libros, aunque querer los quiere, pero de una forma desapasionada (desde mi punto de vista): abre una librería porque hace tiempo trabajó en una y tiene esa experiencia previa. También, es verdad, porque en Hardborought no hay ninguna librería. Y todos los sitios necesitan tener una librería por lo menos. 
La valentía de ella, al fin y al cabo, no era otra cosa que su determinación por sobrevivir.
Quizás me excedo en decir que Florence no tenía amor por los libros. Sí lo tiene, y quiere que las personas tengan acceso a los libros. De hecho, aunque eso no beneficia a su negocio, abre una biblioteca e incluso regala libros a los niños de primaria. Así que sí, me excedo y rectifico: ama los libros. Pero no siente pasión por los libros. O Penelope Fitzgerald no me transmite esa pasión.

Y esa es la razón por la que olvidé el libro, y posiblemente la razón por la que vuelva a olvidarlo: que le falta fuerza emocional. Pese a la correcta, elegante y precisa prosa de Penelope, los personajes me son ajenos, su comportamiento me resulta distante e incluso incomprensible en muchos casos.

Antes decía que La librería es un libro engañoso. No sólo por el tema de la débil presencia de la pasión por los libros (apenas se mencionan algunos y el hecho de que decida vender la primera edición de la controvertida Lolita, de Nabokov, resulta ser un acontecimiento poco explotado dentro de la historia, a mi modo de ver), sino porque en realidad la librería es una excusa (no casual, es cierto, pero tampoco tan central) para poner sobre el tapete el comportamiento cínico, chismoso y clasista de la pequeña sociedad de un pueblo donde las apariencias, los convencionalismos y los espacios de poder son muy importantes.
Florence tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir.
Florence, ciertamente, es una persona bondadosa, posee esa heroicidad innata de las buenas personas que se resisten a dejar de serlo y no conciben otra forma de ser y actuar. En ese sentido, la conclusión no es precisamente optimista: no basta con ser buena persona, no basta con las buenas intenciones. Parece que los rencores, las envidias y las luchas de poder tienen más adeptos que la bondad.

Es verdad que La librería carece de sentimentalismo, pero lo hace hasta el exceso, poniendo demasiada distancia entre los personajes y el lector. No es menos cierto que en literatura la sutileza es un activo a tener muy en cuenta y yo suelo valorarla mucho. Pero el equilibrio entre la sutileza y la implicación del lector no lo es menos. La complicidad. En este caso el trecho entre los protagonistas, la historia y la que aquí cuenta lo que lee ha sido demasiado amplio como para que me tocara la fibra, alguna fibra, aun reconociendo que se lee con fluidez y facilidad, que no carece del típico (y casi tópico) humor inglés, que es un fiel retrato de la sociedad de un pequeño pueblo inglés de aquella época, que es una lectura sencilla y agradable, que refleja hábilmente esa contención tan inglesa y las convenciones de la época, que Penelope Fitzgerald es tan aguda observadora como hábil y sutil describiendo los pequeños y decisivos detalles del comportamiento humano. Pero.

Pero aún y con todo eso, será una buena lectura que, pasado un tiempo, habré vuelto a olvidar.
La fuerza de voluntad es inútil si no se va a algún lado.
Estoy convencida de que Coixet, en su adaptación cinematográfica habrá incorporado esas emociones más a flor de piel y me aproximará más a Florence y a otros personajes de lo que ha hecho el libro. O eso espero/deseo.

¿Por qué conservé el libro?: Porque las ediciones de Impedimenta son una preciosidad.

martes, 12 de septiembre de 2017

Un mal secreto (Ann-Marie MacDonald)


Título original: Adult Onset
Traductor: Ana Mata Buil
Páginas: 536
Publicación: 2014 (2017)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Hay semanas que resumen una vida entera y nos cuentan de nosotros más de lo que querríamos saber. Un mal secreto arranca un lunes cualquiera, mientras Mary Rose MacKinnon está sentada en la mesa del desayuno de su casa, y acabará en domingo, pero en estos siete días el caos del día a día y los recuerdos de infancia se irán trenzando para dar la imagen de un mundo donde caben la comedia y el drama. Bien mirado, Mary Rose algo de responsabilidad tiene en todo eso; es ella quien ha decidido dejar de lado su carrera para dedicarse a sus hijos, Maggie y Matthew, dos criaturas que tendrá que cuidar sola mientras su compañera Hilary está de viaje por trabajo. En general, todo parece dispuesto para lo mejor, pero hay detalles que duelen: ¿nadie se ha fijado en la abolladura de la nevera?, ¿cómo es posible que Maggie aparezca de repente con unas tijeras en la mano?, ¿dónde está el maldito mando del coche...?

No preguntes por quién parpadea el cursor…
Estoy tan removida por tantas cosas (que no son “cosas”) que se me hace difícil comentar esta lectura. Pero tengo una cita ineludible con mi yo del futuro, que acudirá aquí algún día a recordar cómo ha (he) llegado a dónde sea que esté. Manos a la obra, pues.
Los malos tiempos terminaron de forma abrupta y todos siguieron adelante como si no hubiese ocurrido nada; pasaron página. Sin embargo, desde hace un tiempo se pregunta si lo que hicieron fue quemar el libro.
Este libro llegó a mí de forma inesperada, y sin saber muy bien con qué me iba a encontrar. Las lecturas siguen entrelazándose entre sí de una forma que se me empieza a escapar de las manos, como quien encuentra señales por todos los lados. Sé qué me quieren decir. Lo que no sé es por qué tanta insistencia.

Siete días. Siete días en la vida de Mary Rose. Días normales, cotidianos. Tan sólo en apariencia. Porque los días no transcurren en el vacío de las rutinas. Los pensamientos nos asaltan constantemente, detalles insignificantes pueden desencadenar tempestades emocionales. Y todo transcurre dentro de nosotros. Y, así, en esos siete días Mary Rose intenta desentrañar su propia historia. 
Es imposible saber qué palabras nos van a desmoronar.
Otra vez el apego feroz: relación madre-hija, la maternidad encima de la mesa. La familia. La familia de la que vienes y la que has creado tú misma. La mochila en la espalda llena de piedras y que a cada paso parece hacerse más pesada hasta el punto en el que mover un pie y luego otro parece una tarea descomunal que nos produce una inmensa fatiga. 

¿Hay alguna familia que no guarde dentro de sí un secreto, tal vez varios? Mary Rose intenta trepar en sus recuerdos hasta encontrar uno en concreto. Sabe que está. Pero no lo recuerda. Y sus padres ya son mayores, su memoria es frágil, juguetona, incluso cruel. No pueden devolverle ese recuerdo que se le escapa de las manos. El microcosmos familiar, ese universo lleno de enredos, nudos, recuerdos… y olvidos.
¿Cómo te cuentas algo que ya sabes? Si has logrado evitar algo con éxito ¿cómo sabes que lo has evitado? Hay minas antipersona hechas de rabia, restos de alguna guerra olvidada, y puedes pisar alguna por casualidad. Hoyos de depresión repentinos, de los que sales a cuatro patas. […] Trincheras desdibujadas por la maleza, pero visibles desde el espacio, cinturones verdes, cicatrices que cuentan una historia. Aprietas.
¿Y qué sucede cuando el odio y la rabia no pueden ser, no pueden suceder? La madre de Mary Rose, maltratadora psicológica e incluso física de sus hijos, es ya, con una edad avanzada, una persona desmemoriada, extrovertida e incluso divertida. Complicado dirigir el rencor a una madre a quien la ancianidad la convierte en una niña pequeña, vulnerable, desesperante… y casi que hasta tierna.

Cada día de los siete, Mary Rose se construye, se devasta y se vuelve a reconstruir. Y, con ella, el recuerdo de su familia, especialmente de su madre, maltratadora sí, pero… ¿tal vez también maltratada?
Víctima de una víctima…
[…] ¿Es eso lo que se esconde detrás de un trauma?
(Esta cita es brutal)

Dolly, la madre de Mary Rose, padeció ese lado oscuro de la maternidad: abortos, hijos muertos, depresión posparto ¿Cómo enfrentarse a la maternidad?, ¿qué manual, dónde está cuando ser madre te deshace en mil esquirlas? Pero la maternidad de Mary Rose no es menos mezquina en su día a día, la angustia, la ansiedad, el miedo, la paciencia a punto de quebrarse… ¿Qué pasa, y porqué, cuando la maternidad te debilita?
¿Cómo se cura el tiempo?
Y luego está el dolor, el físico, real o recordado, el dolor del alma materializándose en el cuerpo, los huesos… El estrés del día a día con dos niños pequeños que te desbordan, un hermano del que (pre)ocuparse, una madre desmemoriada y disparatada que tal vez tenga signos de que la edad va a pasarle factura, un padre al que siempre has adorado pero no eres capaz de comunicarte con él, una rabia acumulada que no sabes dónde dirigir… En algún momento, quizás a lo largo de siete días, intentas poner orden a todo eso, encontrar el equilibrio, el aire para respirar, la grieta por la que entre la luz. ¿Dónde carajo está la luz?

No es Mary Rose un personaje con el que te sientas cómoda. Ella misma es consciente de lo difícil que es ser su amiga. Pero el mérito de Ann-Marie MacDonald está en que no necesita que empatices con la protagonista, ni siquiera las más de 500 páginas son un inconveniente cuando el manejo de los personajes, de la historia, de los diálogos, el uso nada truculento del lenguaje, hace que avances reconociendo lo que te está contando. No desgarra, pero eres consciente de es una historia sólida, bien contada y con ingredientes que identificas y reconoces: el entramado de las familias, cómo nos convertimos en lo que no queríamos, las relaciones de pareja, las materno-filiales, los secretos, lo que callamos y nos callan, el barro que vamos acumulando en los pies, la indefensión…
El amor es ciego. El perdón es tuerto.
Aunque pueda parecerlo, no hay exceso de drama, no más allá de esos microdramas (macrodramas) cotidianos y reales. No hay regodeo en ello. Pese a tanto acontecimiento turbulento en la vida de Mary Rose y su familia, hay cierto poso de esperanza, de conseguir avanzar.

No es un libro que vaya a dejarme un recuerdo imborrable, pero ha sido una lectura equilibrada, respetuosa, reflexiva y muy interesante. Está bien escrito, no carece de humor, no agrede aunque tampoco abraza. Me ha aportado mucho, en verdad.

Justo después de terminarlo, supe que era un libro que tenía mucho de autobiográfico y entonces entendí mejor muchas cosas, la siguiente cita entre otras:
- No tiene que ser perfecto. Basta con que sea sincero.
- Escribo obras de ficción.
- La ficción no es incompatible con la sinceridad.
El odio no es incompatible con el amor.
- No puedo
El miedo sí.
El miedo, el miedo, el miedo...
El miedo es incompatible con tantas cosas. 

lunes, 4 de septiembre de 2017

El chal (Cynthia Ozick)

Título original: The Shawl
Traductora: Eugenia Vázquez Nacarino
Páginas: 104
Publicación: 1992 (2016)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Un trapo que gotea leche, el sabor extraño de un dedo en la boca, un lugar sin piedad envuelto en alambres y tres nombres que estallan en la oscuridad: Rosa, Stella y Magda. Fueron los tiempos sin sentido en un campo de concentración donde el horror se repartía a granel, pero hubo quien logró sobrevivir, llevar su tragedia lejos e hilvanar un futuro. 
Stella ahora está en Nueva York y se ha inventado una vida nueva. Magda... Magda era muy niña cuando todo pasó. Rosa ha ido rodando como un botón maltrecho hasta las costas de Florida, y cultiva su extravagante cordura por las calles de Miami. Para ella no hay futuro porque todo es pasado y la memoria, terca, insiste en devolverle aquel chal sucio con sabor a leche y saliva....
Stella, fría, fría, la frialdad del infierno.
Hacía tiempo que no me sumergía en una de mis temáticas preferidas: la IIGM. Y qué mejor que hacerlo de la mano de Cynthia Ozick, que posee una mirada dilatada, crítica e inteligente.

Aunque la mirada de Ozick es amplia, sin embargo condensa en tan solo las cinco páginas que abarcan el relato de El chal todo el horror despiadado de los campos de concentración. Con un lenguaje poderoso que recrea sin sentimentalismos ni artificios una de tantas posibles historias ocurridas, consigue que el libro te tiemble en las manos como si, pese a esa distancia descriptiva que Ozick deposita en el relato, el golpe asestado estuviera fuera de control.

Y es que Ozick pone ese control en el lenguaje, pero éste tiene consecuencias, y esas son las que saltan de las páginas. Ozick hace lo suyo, la historia hace el resto. Y el lector se revuelve porque es difícil permanecer impasible. Y he puesto “difícil”, en lugar de “imposible” por no caer en un “imposible permanecer impasible”. Que no estoy como para juegos de palabras. Quede constancia de que no hay ni un ápice de manipulación emocional por parte de Ozick, recurso muy utilizado (y que personalmente detesto) en otros libros sobre el holocausto (léase El niño con el pijama de rayas, por poner un ejemplo).
En América los gatos tienen nueve vidas, pero nosotros… nosotros somos menos que los gatos, así que tenemos tres. La vida de antes, la vida de durante, la vida de después.
El libro está compuesto por dos relatos: El chal y Rosa. Publicados inicialmente por separado, finalmente han sido reunidos en un mismo volumen. En realidad, Rosa es la continuación de El chal, y pese al posible debate sobre si es mejor que estén editados juntos o por separado, yo he preferido leerlos así, uno al lado del otro, uno después de otro.

Porque eso es este libro: la vida de antes, la vida de durante, la vida de después. ¿Qué sucede cuando alguien (sobre)vive una experiencia atroz, inhumana, desgarradora? No voy a hacer un listado de situaciones crueles que puede vivir un ser humano. Pero, sin duda, de todas ellas hay una especialmente atroz y despiadada: la que es infligida por otro ser humano. Supongo que tendría que entrecomillar “ser humano” cuando hablamos de nazis u otros especímenes, pero creo que se me entiende porque todavía está reciente el último estremecimiento.

La identidad es un tema transversal en los escritos de Ozick y que también he encontrado en muchos otros autores. Si en un contexto más favorecedor ya puede ser toda una odisea la construcción de tu propia identidad y poder mantenerla en el tiempo ¿qué sucede en un entorno que destruye todos los pilares sobre los que puedas sostenerla? Y, sobre todo ¿cómo reconstruir esa identidad después?

He quedado fascinada sobre la cantidad de temas que Ozick pone encima de la mesa, más allá del espanto de los campos de exterminio, en torno no sólo a la identidad, sino también a la pertenencia, a las etiquetas, al lenguaje, a la supervivencia.

Pese al simbolismo y el realismo mágico, el mensaje es claro, los temas subyacentes también: el horror, la lucha “después de”, la obsesión, la culpa del superviviente, reconstruirse, los otros, la soledad… 

Lo más aterrador de todo es la vigencia. Aquellos supervivientes del holocausto son los refugiados que hoy en día mantenemos confinados en fronteras físicas y mentales. Lejos, eso sí, no nos vayan a contagiar algo (lo que sea).
- ¿Qué clase de persona es usted, que todavía tiene miedo?
- La clase de persona que ve.
Escalofriante. Más escalofriante aún leerlo hoy. Tanto tiempo después de aquellos hechos que narra. Y con tanta vigencia. Mentiría si no dijera que yo… sí tengo miedo.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Vida con mi amigo (Bárbara Jacobs)

Páginas: 112
Publicación: 1994
Editorial: Alfaguara
Sinopsis: A través de una serie de conversaciones que poco a poco nos van revelando el mundo interior y profundo de una pareja ligada ante todo por el amor, Vida con mi amigo nos conduce a la literatura por distintos viajes, tanto literarios, como geográficos y espirituales. Con una prosa clara y sólida, Jacobs pretende devolver a la literatura el carácter de territorio para iniciados que tiene lo sagrado. Vida con mi amigo retoma el diálogo como pretexto para compartir con el lector su biografía y permitirle entrever la intimidad de una relación tan imaginativa como real.
A lo largo de los años en que fui escribiendo “Vida con mi amigo” me pregunté qué forma final habría de darle, si de relato, que abre tantas puertas, o de ensayos cortos, que suele cerrarlas.
Curioso cómo algunos libros pueden quedar sin leerse tanto, tantísimo tiempo. Me traje este libro estas navidades pasadas, en la última incursión por mi tierra asturiana. Cuando voy siempre me traigo algún libro de los que me dejé allí. La mayoría son libros ya leídos. Pero alguno, como este, permanecía sin leer. Asombroso. Cuando vi la dedicatoria (Que continúe la vida con todos tus amigos, amiga…), y quién me lo regaló, casi me hago el harakiri pensando en cómo es posible que dejara este libro tanto (tantísimo) tiempo en la invisibilidad de las estanterías que tengo a cientos de kilómetros.

Y pienso también en que, es curioso (o no tanto) cómo las personas que han pasado por mi vida y que estarán siempre (siempre, siempre, siempre) en mi corazón, eran (son) unos lectores feroces, sabios. Y sabían regalarme libros. Los libros siempre han estado en mi vida… y también en la vida de quienes he amado y me han amado.

Qué delicia de libro, qué generoso, qué regalo para el lector. Y qué desconocido. Posiblemente muchas personas no conozcan a Bárbara Jacobs. Pero sí a su amigo, al que se refiere el título: Augusto Monterroso, célebre por su microrrelato (Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí). Augusto y Bárbara eran tan amigos que se casaron. 
Lamentaría que “Vida con mi amigo” fuera un libro de lectura fácil.
Y, sin embargo, es una lectura fácil y agradable. Y difícil a la vez. Fácil porque para ciertos lectores la maravilla de transitar por estas páginas será un mágico asombro, un paseo junto a Bárbara y su amigo por esas rutas literarias que todos soñamos (las casas, los cafés, los paisajes que vivieron y recrearon célebres autores, también los cementerios en los que reposan); difícil porque para aquellos que busquen lecturas superficiales, que no empujen a la reflexión, a cuestionarse y cuestionar, a seguir indagando… pues este no será su libro, no. Y así quiere que sea Bárbara, una lectura no fácil. No porque no lo vaya a ser. Sino porque tiene una conciencia intensa y lúcida de que hay un tipo de lector que no ayuda a la literatura, que no accederá a libros como este, que no le interesan este tipo de libros:
Se lamenta un escritor melancólico cuando ve cómo libros que no tocan fondo, que no reflejan experiencia, que transmiten quizás cultura pero no saber verdadero, que no hacen dudar ni reflexionar, que no conmueven, que no divierten; libros no elaborados que no aportan nada a la literatura, van de mano en mano, de boca en boca, invaden el mundo, los libreros, las mentes que quedan con ellos o sin ellos igual de vacías.
Y no, cuando Bárbara escribió el párrafo anterior (solo por él ya merece la pena leer este libro, pero hay más así, muchos más, que te hacen reflexionar, conmover, dudar… pensar) no se había escrito aún Cincuenta sombras de Grey, El código Da Vinci, o esas interminables series, tetralogías, pentalogías, hexalogías… que tan de moda están.

Es decir, hay un mal que viene de antiguo aunque quizás ahora, más que nunca, está inoculado (¿letalmente?) en la escasa sociedad que lee. El virus que convierte a una sociedad pensante en una sociedad con mentes vacías y no reflexivas es arcaico, pero ahora está más extendido que nunca. Por eso, bendigo a esas nuevas librerías y pequeñas editoriales que nacen ahora dispuestos a ser el antídoto que rescate a la literatura de las grandes superficies, de las grandes editoriales y de la gran sociedad que llena las mentes de vacíos en los que no cabe ni la lucha, ni la belleza, ni la empatía, que fomenta la superficialidad, que no provoca la curiosidad, la lucha, el conocimiento…

Vuelvo de los cerros (de Úbeda) y me centro. Perdón.

Steinbeck, Cortázar, Hemingway, Flaubert, Woolf, Mansfield, McCullers, Kafka, Joyce, Wilde, Capote,… son numerosos los autores que aparecen en estas páginas. Muchas reflexiones en torno al compromiso del escritor, a su melancolía, a su renuncia, también a sus envidias, a su rivalidad, los plagios… Y los lectores no estamos al margen, aunque al final acuerden que, si nos ponemos del lado del escritor, no hay libro malo. 
Cada pueblo tiene los lectores que merece, y los editores que merece. Dar perlas a los cerdos ya sabemos a dónde nos lleva.
Nos lleva a amar las perlas.
En pocas páginas, Bárbara Jacobs se posiciona sobre el oficio de escribir y sobre la literatura. Y lo hace desde ambos lados: como escritora y como lectora y a través de un viaje literario lleno de razonamientos, argumentos, divagaciones y pensamientos. 

Pero el libro va más allá, porque no es estrictamente un ensayo, es además autobiografía y también sobre la bella relación entre ella y Monterroso. Las últimas páginas, más centradas en su relación (pero no alejadas de los libros, es imposible entre dos personas que aman leer) son de una belleza sensible, exquisita y emotiva.
-Nadie repite exactamente las mismas lecturas que otro; las circunstancias que te llevan a determinados libros no son nunca iguales –me ha repetido, pero yo quiero seguirlo: en las mismas lecturas, en tantas de las mismas experiencias, haberlo seguido, retrospectiva, imposiblemente.
Sí, un libro pequeño en páginas, inmenso en contenido. Hermoso, evocador, provocador y magnífico. Y, me temo, descatalogado…
Quién soy, en dónde estoy, qué está sucediendo, eran preguntas que se hacía, que me hacía, que se contestaba, que me pedía contestarme a mí misma.Salimos en busca de nosotros mismos, dimos vueltas, nos perdimos, nos reencontramos.
(Quiénes somos, dónde estamos, que sucedió, qué está sucediendo. 
Dimos vueltas, nos perdimos, nos reencontramos, te perdí, me perdí, nos reencontramos, no me encontré... 
-autocensurado-)

(©AnaBlasfuemia)

martes, 8 de agosto de 2017

Lo raro es vivir (Carmen Martín Gaite)


Páginas: 232
Publicación: 1997
Editorial: Anagrama
Sinopsis: La protagonista y narradora es una chica de 35 años que acaba de perder a su madre y que tras una etapa en la que cultivó el rock y se enfrascó en amores tempestuosos, se entrega ahora, para huir de sus propios enigmas, a investigar los de un extravagante aventurero dieciochesco, pesquisa a la que se une otra más íntima sobre su infancia, sus padres y los sentimientos que la unen al arquitecto con el que convive.


No soy objetiva ni imparcial con Carmen Martín Gaite, una autora que, como ya comenté aquí, está unida de una forma indeleble a una ciudad que llevo en el corazón: Salamanca. Y una autora más de las que me hizo lectora y casi que hasta persona, que me ha puesto voz y me ha dado palabras y con la que estaba en deuda, y ya era hora de traer aquí, a mi cuarto propio, para que me acompañara en este viaje personal que llevo haciendo desde hace un tiempo. He acudido a una relectura, porque creo que hay pocos libros suyos que no haya leído ya. Y, otra vez, por el título. 
A mí no me extraña. Es que todo es muy raro, en cuanto te fijas un poco. Lo raro es vivir. Que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga, poner una frase detrás de otra sin mirar ningún libro, que no nos duela nada, que lo que bebemos entre por el camino que es y sepa cuándo tiene que torcer, que nos alimente el aire y a otros ya no, que según el antojo de las vísceras nos den ganas de hacer una cosa o la contraria y que de esas ganas dependa a lo mejor el destino, es mucho a la vez, tú, no se abarca, y lo más raro es que lo encontramos normal.
Cuando este libro llegó a mis manos, yo había abandonado hacía tiempo Salamanca y también a una persona a la que había amado de una forma que creí indestructible. Y lo era, por eso lo autodestruí. Me encontraba en una ciudad de La Mancha de cuyo nombre quiero olvidarme y de la que quiero huir. Por aquel entonces vivía perpleja, pensando que esto del vivir era muy raro, o que quizás yo lo era. Así que cuando Carmen Martín Gaite volvió a mí, con un libro que se titulaba Lo raro es vivir, no pude menos que leerlo con fruición, como si me rescatara de algo. Y ahora he vuelto a él, porque esto del vivir sigue siendo muy raro, y porque ya sé que nada ni nadie me rescatará. Es tan raro. Vivir.
Echaba de menos la luz, aunque fuera fugitiva, de un momento extraordinario.
Cualquier libro de Martín Gaite seguirá siendo actual, independientemente de cuándo lo haya escrito y de cuándo sea leído. Porque al fin y al cabo sus libros hablan de algo que no tiene fecha de caducidad: la existencia. El existirse.

Águeda, 35 años, acaba de perder a su madre. Pero los apegos feroces no terminan con el fallecimiento de una de las partes, así que a Águeda, propensa a las metáforas, la fantasía y las mentiras, no le quedará otra que enfrentarse al escenario interior del que siempre ha estado huyendo/esquivando. Los recuerdos son inevitables y con ellos vienen las verdades del barquero, una vez desprovistos de la ensoñación y las quimeras.
A veces pienso que se miente por incapacidad de pedir a gritos que los demás te acepten como eres. Cuando te resistes a confesar el desamparo de tu vida, ya te estás disfrazando de otra cosa, le coges el tranquillo al invento y de ahí en adelante es el puro extravío, no paras de dar tumbos con la careta puesta, alejándote del camino que podría llevar a saber quién eres.
El mundo de la fantasía siempre ha estado muy presente en toda la obra de Martín Gaite, por eso no es extraño que sus personajes tengan una imaginación desbordante y compartan sus sueños diluyendo la frontera entre la realidad y la irrealidad. Águeda no es una excepción, siendo una auténtica especialista en distraerse de sí misma con mentiras, improperios, alegorías y ensoñaciones. 

En ese evitarse a sí misma todo vale, incluso indagar en la vida de un aventurero del s. XVIII y su criado, sin saber que resolver enigmas ajenos no evitará, finalmente, tener que desentrañar los propios.
A mí, cuando viajo en metro, siempre me da por pensar mucho, pero además con chasquidos de alto voltaje, relámpagos que generan preguntas sin respuesta y desembocan en la propia pérdida, en los tramos umbríos de ese viaje interior donde se acentúa la desconexión entre la lógica y los terrores.
[…] Yo a esos viajes en metro los llamaba “bajar al bosque”, aunque no supe hasta más tarde que aquella metáfora, como todas, tenía poder para conquistar otros territorios.
Esta imagen de “bajar al bosque” me fascinó desde el primer momento que la vi. No me hacía falta viajar en metro, siempre he tenido mis espacios para descender al bosque, tantas veces que al final vivo en él. Pero le debo a Martín Gaite el concepto, como tantas otras cosas.

Y Águeda también tendrá que bajar al bosque, no podrá evitar más ese voltaje que supone enfrentarse a los propios terrores. Es tan inevitable como que los inviernos suceden.
Culpas no hay, además, sólo causas.
En todos los libros de Martín Gaite está ella, detrás, transmitiendo su fuerza y sus ganas de vivir (con mayúsculas y mayúsculamente), sus miedos e inseguridades, sí, pero también su pujanza, su arrolladora personalidad. Ante las adversidades nunca cedió, inquieta, inteligente y libre. Águeda tiene su porcentaje de su propia creadora (la autoficción no se inventó ahora, no), quizás por eso, pero sobre todo (creo) por las tremendas ansias de vida (por raro que sea esto del vivir) es porque finalmente Águeda sobrevive (porque siempre se hace) a sus propios fantasmas y sus propios apegos feroces. 
¿Verdad que cuando nos conocimos te gusté porque divagaba y cosía la verdad con hilos de mentira?
Escribía tan bonito Carmen Martín Gaite, con su ironía, su humor, su facilidad para mostrar confusiones, jeroglíficos personales, claves internas… Parecía imposible, pero encontré nuevos huecos que subrayar y en los que emocionarme y encontrarme.

Los libros se unen a mis momentos vitales con un hilo inexplicable pero inasequible a la puntada. Lo raro es vivir ya está cosido (con doble puntada además) a mi biografía. Siempre libero algún monstruo cuando leo a esta magnífica escritora.
Y cuando yo, totalmente desorientada, murmuré “no te entiendo”, me volvió a acompañar al sofá, me tapó con la manta y sonreía: “Yo a quien no entiendo”, dijo, “es a la gente parecida a mí. Buenas noches.”

miércoles, 2 de agosto de 2017

El tamaño de una bolsa (John Berger)

Título original: The Shape of a Pocket
Traductora: Pilar Vázquez
Páginas: 272
Publicación: 2001 (2017)
Editorial: Alfaguara
Sinopsis:«La bolsa en cuestión es una pequeña bolsa de resistentes. Una bolsa se forma cuando dos o más personas se ponen de acuerdo y se unen. Se unen para resistir contra un nuevo orden económico mundial que no puede ser más inhumano. Nos reunimos tú -el lector-, yo y todos aquellos de quienes se habla en los ensayos que contiene este libro: Rembrandt, los pintores de las cuevas rupestres, un campesino rumano, los antiguos egipcios, un experto en la soledad de ciertas habitaciones de hotel, unos perros en la media luz del crepúsculo, un locutor de radio. Y este intercambio refuerza inesperadamente nuestra convicción de que lo que está sucediendo hoy en el mundo es perverso y que las explicaciones que se nos suelen ofrecer al respecto son un montón de mentiras. Nunca he escrito un libro con mayor sensación de urgencia».
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ

Lo que vemos habitualmente nos confirma.
Lo importante no es el tamaño de la bolsa. Es su contenido. Esa combinación de ensayo y narrativa, de belleza y compromiso, de análisis y prosa, de conocimientos y resistencia, de arte y vida, de cultura y sensibilidad. Ese contenido tan valioso es la bolsa que nos regala John Berger. Porque leer este libro ha sido un regalo.
Este silencioso arte que detiene todo lo que se mueve.
Siempre que voy a un museo me estalla el deseo de que desaparezca la gente a mi alrededor, poder disponer de todo el espacio y todo el tiempo para mí sola. Sentarme en el suelo a mirar cada cuadro, cada escultura, cada fotografía sin escuchar más comentarios que los que aquello que contemplo me quiera contar. Cuéntame una historia, pienso. Como cuando abro un libro o conozco a alguien. Poder ver.

John Berger ha perfeccionado mi mirada, porque la suya es inquisitiva, excepcional y generosa. Seguiré deseando que me dejen encerrada en un museo a solas, pero ahora estaré acompañada de la visión de Berger, de su sabiduría, de su tarannà.
Vivimos en un espectáculo de ropas y máscaras vacías.
Berger comienza haciéndonos una advertencia necesaria: Lo visible no es lo único que existe. Que parece una perogrullada, pero no. Porque no solo lo que vemos puede no ser exactamente real o verdadero, sino que además están “los intersticios existentes entre las diferentes gamas de lo visible”. Y las imágenes, en forma de fotografía, dibujo, escultura… nos abren la cancela a ese espacio que aparece inesperadamente entre lo visible.
Ya no se comunica ninguna experiencia. Lo único que se comparte es el espectáculo, ese juego en el que nadie juega y todos miran. Ahora cada cual tiene que intentar situar por sí solo su propia existencia, sus propios sufrimientos, en la inmensa arena del tiempo y del universo.
Berger nos habla de arte, principalmente de pintores, como una metáfora, un vehículo para explorar y profundizar sobre la vida, la sociedad, las convenciones, las ideas… Mirar no es ver. Berger quiere que veamos. Y yo, que quiero ver, me he sentido afortunada por cada página de este libro.

No todo lo que vemos nos agita, nos convulsiona. No todo lo que vemos está vivo ¿qué hace que una imagen, un cuadro, una escultura, nos sacuda, nos haga estremecer, llame nuestra atención?, ¿qué hace que una obra sea singular? Para Berger es una cuestión de distancia: si el artista no tiene el coraje de acercarse a aquello que quiere retener en su obra, no palpitará la vida en ella. ¿Y qué significa acercarse?:
Acercarse significa olvidar la convención, la fama, la razón, las jerarquías y el propio yo. También significa arriesgarse a la incoherencia, a la locura incluso.
Las distancias están para romperlas y no sirven los trucos (quien tiene magia no los necesita). Qué magnífica alegoría sobre la vida y las relaciones... Acercarse es la respuesta. Si  no te acercas, te quedas en la superficie, no ves. Hay que romper distancias, sí, aunque acercarse sea, también, un riesgo. Somos receptores de lo que la vida nos da.

Si bien estamos hablando de un libro de ensayos no es en absoluto un libro con un poso académico, técnico ni arduo. La prosa de Berger, suave como un abrazo, descriptiva y acariciando lo poético, hace que lo contemples más como un desplazamiento hacia la luz, esa que ilumina las sombras o como un viaje guiado hacia la belleza. Su sabio, profundo, delicado y cuidadoso trato del arte, los artistas, las personas y la vida en general, hacen de esta lectura una delicia.

Indispensable leer este libro con conexión a Internet a mano (y un lápiz si también subrayas: es un no parar) para conocer más de algunos artistas de los que habla y para tener más presente las obras sobre las que reflexiona.
La capacidad de sentir dolor es la primera condición de los seres sensibles.
Al texto que habla sobre Frida Kahlo llegué como quien llega a un buen postre, después de paladear deliciosos y exóticos platos y sabiendo que después del postre todavía quedaba café, copa y hasta puro.
Cuando el dolor es mucho, no se puede compartir. Pero sí se puede compartir el deseo de compartirlo. Y en esa forma de compartir inevitablemente inadecuada reside la resistencia.
De alguna forma, es un libro que deja un poso de esperanza, de posibilidad: caer en la belleza. Una gozada.

miércoles, 26 de julio de 2017

A través de la noche (Stig Sæterbakken)

Título original: Gjennom natten
Traductores: Cristina Gómez-Baggethun y Oyvind Fossan
Páginas: 296
Publicación: 2011 (2017)
Editorial: Mármara
Sinopsis: La peor pesadilla del dentista Karl Meyer se hace realidad cuando su hijo, Ole-Jacob, se quita la vida. Esta tragedia es el punto de partida para que el narrador, en una especie de genealogía de la culpabilidad, comience a plantear preguntas esenciales sobre la experiencia humana: ¿Qué hacer para mitigar el dolor de una persona?, ¿cómo se puede vivir con el dolor ocasionado por una pérdida insoportable?, ¿hasta cuándo puede un hombre soportar el sufrimiento causado por la muerte de su hijo?



El título del primer capítulo y el primer párrafo es tan abrumador y potente que me hizo entrar en apnea, aferrada a mi lápiz como si fuera una baliza, un faro salvador en medio de la tormenta. No solté el lápiz ni siquiera cuando terminé la última página. Pero en ese momento ya no me aferraba a él, sino que directamente lo mordía a dentelladas. Cuando terminé el libro lo primero que salió por mi boca, literalmente y por este orden fue: hostia, joder, uauuu…

Un libro que empieza así es una luz de advertencia, un cartel luminoso que te está informando de qué te vas a encontrar. Es una especie de tamiz. El lector peligroso (el que busca lugares secretos, íntimos y oscuros en los libros) pasará la criba, cruzará el Rubicón asumiendo el riesgo. Y se encontrará con un libro de los que te re(requetere)enamoran de la literatura, de los que te dan ganas de besar en la boca a estas pequeñas editoriales (Mármara Ediciones en este caso) que nos descubren a estos autores y libros que no estarán nunca en las mesas de novedades de las grandes superficies ni las grandes editoriales, pero que son las que sostienen a los lectores ávidos de buena literatura, de la que perdura, la no pasajera ni novedosa ni olvidadiza.
Lo estoy viendo todo. Y no me entero de nada.
Pero volvamos al principio, a la apnea con el inicio de A través de la noche, después de la cual pasé a dar brazadas ligeras, rítmicas y constantes, a flote todo el tiempo, la fosa abisal tirando de mí hacia la profundidad del océano. A veces me sumergí hasta tocar con la punta de los pies el Abismo de Challenger. Pero volvía a salir a flote. Mis apneas en el sofá me han proporcionado una dilatada experiencia…

Sé que este símil oceánico tiene mucho que ver con la resonancia de un libro leído y comentado aquí hace año y medio: El nadador en el mar secreto, un libro que habla también del fallecimiento de un hijo. En ambos el dolor, el duelo, la pérdida, el amor al hijo. Hasta ahí las coincidencias, porque El nadador en el mar secreto es un libro que su autor, Kotzwinkle, escribió cuando su primer hijo nació muerto. Pero A través de la noche es una ficción en la que el hijo del protagonista se suicida (no desvelo nada, es el punto de partida del libro)…
Cuando decides quitarte la vida, estás solo en el mundo -continuó Caroline-. No tienes dónde meterte. Es una decisión que se toma mucho antes de llevarla a cabo. Un día pasa algo y decides morir.
¿Ficción? Tengo muchas dudas sobre cuánto hay de ficción y cuánto de biográfico en este libro. Vale, no me consta que Stig Sæterbakken (Stig a partir de aquí…) tuviera hijos, no sé nada de su vida familiar. Solo sé que se suicidó apenas un año después de que se editara este libro. Poco más. Ni menos.

Pero Stig era hábil, muy habilidoso escribiendo, un escritor enorme, y te hace sentir lo que siente su protagonista, transmite tan bien, tan fácil, tan lúcido; su prosa es tan áspera, intensa y directa, que sientes todo, comprendes todo, llega todo.
El dolor es un regalo. Las personas que no son infelices no tienen nada que decir.
El suicidio del hijo de Karl, el protagonista, no es, en sí mismo, el tema sobre el que gira el libro. Y a la vez sí. Porque después del suicidio de alguien no solo viene el dolor. Viene la culpa, los interrogantes, los recuerdos, las razones, las causas… Karl inicia un recorrido hacia atrás y luego hacia delante (eso nos parece inicialmente). El recorrido de la cobardía y la culpa. Un magnífico juego con los recuerdos, qué recordamos y cómo, qué hacemos con los recuerdos.

Después de unas primeras páginas brutales y desgarradoras, Karl nos ofrece el cuento que inventó para su hijo Ole-Jakob cuando era pequeño, El príncipe Sinsaberlo, que a mucha gente le puede parecer prescindible pero que a mí me pareció muy tierno, significativo y, tengo que decir, me hizo reír a momentos, con lo que me encontré a mí misma preguntándome ¿cómo puedo estar sonriendo después de que las primeras páginas me convulsionaran de una forma tan bestia?
Y luego, la certeza de que lo que lograba recordar no representaba más que una parte ínfima del pasado, nada en comparación con todo lo que había olvidado.
Karl nos muestra y reflexiona sobre la infidelidad, recordando la primera vez que abandonó a su mujer y sus hijos, buscando razones y motivos, dando explicaciones, especulando, justificando. Luego vuelve con su familia para posteriormente volver a abandonarlos (otra vez la alquimia del abandono)

Quizá para mí una clave de este libro sea precisamente los tiempos que maneja Stig: ahora despacio y reflexivo, incisivo, ahora un zasca, ahora brutal, ahora descarnado, ahora tierno, ahora inteligente, ahora un asombro, ahora un escalofrío, ahora unos aguijones, ahora todo a la vez…
Yo quería vivir y ahogarme al mismo tiempo.
[…] Una mitad solo quería ahogarse, la otra solo quería vivir. ¿Volvería alguna vez a estar entero?
La muerte siempre nos parte en dos. Pero también la vida. La muerte de su hijo, las razones de su suicidio, dejan a Karl sumido en la ambigüedad de desear permanecer sumergido en el dolor y a la vez vivir. Vivir tranquilo, vivir sin sufrimiento. Y en ese querer vivir, se desliza hacia otra ambigüedad: vivir en el equilibrio, restando intensidad a la propia vida, perdurando sin más; o vivir… peligrosamente. Vivir con riesgo, pero sin ahogarse. Vivir sin intensidad, pero ahogándose.

Y en un momento de la lectura volví a sentir cómo de nuevo dos libros se conectaban entre sí. La sombra de La vegetariana ha resultado ser más larga de lo que sospechaba. Lo que me llevó a leer el libro de Han Kang fue el texto en su portada: Hay una mujer, un ser humano que ya no quiere formar parte de la humanidad. Un ser que pone en juego su vida para no dañar a nadie ni a nada, un ser a quien un día deja de importarle en absoluto vivir o morir. Yo quería (quiero) desaparecer, busco formulas. Estoy en ello. Han Kang me ofreció una alternativa, lo que no sospechaba es que Sting me iba a dictar, sin desviarse una letra de mi sentir actual, otra alternativa a mi dilema:
Y de nuevo me asaltó aquella vieja idea, ese viejo sueño inalcanzable de dejarlo todo, de abandonar lo que se tiene entre las manos y marcharse a algún sitio, de convertirse en otro, de comenzar desde el principio, de dejarlo todo atrás, de empezar de cero sin ataduras, sin conservar un solo vínculo con lo anterior. No desaparecer sin dejar rastro, sino aparecer de la nada. […] Romper con todas las ataduras y llegar a algún lugar como un forastero desarraigado, arrancado de todas tus penas, de todo lo que te pesa y te mantiene subyugado, con el propósito de renacer en la rejuvenecedora luz del nuevo mundo.
Esto es lo que se dice encontrarse brutalmente con una misma en un texto. O cuando un libro hace su función de espejo, deletreándote palabra a palabra y frase a frase lo que te bulle dentro.

Stig se pregunta en este libro (o a través de él) lo mismo que se preguntaba Virginia Woolf en Al faro: ¿Qué sentido tiene la vida? Una pregunta peligrosa (ambos se suicidaron) si no encuentras las respuestas adecuadas. O si las encuentras.

La parte final del libro (después de unas páginas en las que la altura alcanzada en la primera parte desciende ligeramente, manteniéndose aun así en cotas elevadas) es magnífica, brillante, y a la vez desconcertante e inquietante. Exquisita y tensa nos sumerge, en un giro asombroso, en el terror. Un terror tan humano, tan cercano y reconocible, que resulta pavoroso. Pone el foco en ese lugar íntimo y personal que mantenemos entre bambalinas, a oscuras, con esa venda autoimpuesta que nos permite vivir en un ensueño, que nos permite vivir.
Puedo hacer lo que quiera, pero tampoco mucho más. Todo aquello en lo que he creído y en lo que he participado, no han sido más que mis propias ilusiones, creadas para cubrir el vacío con el que he vivido, un vacío en el que no había nada, en el que nunca hubo nada más que lo que no me quedó más remedio que imaginarme para soportarlo. Fantasmas, no eran más que eso, fantasmas que podrían haber sido sustituidos por otros sin que cambiara nada. Mi pensamiento es libre, yo mismo puedo elegir cómo quiero que sea el mundo. Pero eso es todo. Se queda dentro de mí. Todo se queda dentro de mí. El mundo está en mi interior. Vive y muere conmigo. De la misma manera que vive y muere dentro de los demás, sin que lo que hay dentro de mí y lo que hay dentro de los demás llegue nunca a relacionarse. Vivimos por separado. Cuando creemos que compartimos la vida con alguien, nos equivocamos, en realidad vivimos solos, rodeados por otros que también viven solos. Nada de lo que hay en mí pasará jamás a formar parte de los demás. Lo que tienen ellos nunca será mío. Eva, Ole-Jakob, Stine, nunca los alcancé y ellos nunca me alcanzaron a mí, no éramos más que imágenes en los sueños de los demás, los sueños sobre cómo queríamos que fueran las cosas.
De verdad hay libros como este de los que no quiero hablar, solo quiero quedarme con ellos dentro mientras miro a algún lugar indeterminado del horizonte sobre el mar. Pero algún día, si me vuelvo a perder, revisaré mi vida acudiendo aquí, releyendo lo que escribí de los libros que leí, y volveré a recordar lo que no quiero olvidar.