viernes, 19 de enero de 2018

Vinieron como golondrinas (William Maxwell)

Título original: They came like swallows
Traductora: Gabriela Bustelo
Páginas: 203
Publicación: 1937 (2006)
Sinopsis: Para el niño de ocho años Bunny Morison su madre es una presencia angelical sin la cual nada parece tener vida; para su hermano mayor, Robert, su madre es alguien a quien debe proteger, especialmente desde que la gripe ha comenzado a asolar su pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano; para su padre, James Morison, su mujer Elizabeth es el centro de una vida que se desmoronaría sin ella. A través de los ojos de estos tres personajes, Maxwell retrata a una familia y a la mujer sobre la que ésta se sostiene.
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Cada uno vivimos metidos en nuestra propia pesadilla.
Partiendo de una experiencia personal que le marcó profundamente (su madre falleció por la gripe española a principios del siglo XX) Maxwell (que entonces tenía diez años) escribe Vinieron como golondrinas, en donde se describe un período concreto en la vida de una familia. Para ello, conoceremos los puntos de vista de tres personajes: los dos hijos de Elizabeth y su marido. No sabremos el punto de vista de la propia Elizabeth (que es un pilar emocional para todos aquellos que la rodean), pero el alcance de su figura (y de su hermana Irene) se nos hará patente a través de esas tres voces narrativas.

Maxwell habla de lo cotidiano y doméstico cuando lo cotidiano se vuelve extraordinario, en este caso por el impacto de la gripe española en la familia (todos ellos enfermaron, aunque todos sobreviven excepto la madre).

Sobre la incomprensión y el vacío que se te queda clavado dentro cuando fallece alguien que supone para ti un eje importante en tu vida es sobre lo que escribe Maxwell, si bien para ello no necesita acudir al drama ni al sentimentalismo. La sencillez aparente de su narrativa es su propia grandeza. La construcción de los personajes es impecable, así como su armazón emocional, y la importancia de Elizabeth en sus vidas queda claramente expuesta sin necesidad de ser explícito ni desarrollar un discurso extenso ni grandilocuente. Basta con los detalles, el perfil invisible de los pequeños gestos y los grandes silencios.
Lo tenía delante, pero no conseguía alcanzarlo, porque se hallaba dentro de las palabras.
He agradecido la forma de narrar de Maxwell, esa extraña y compleja simplicidad con la que nos presenta escenas complicadas, conjurando toda la carga emocional y los excesos sentimentales para presentárnosla sin estruendos y con una cadencia tan perfecta como eficaz. La economía del lenguaje utilizado no supone ningún obstáculo para percibir la intensidad de lo que cuenta, y ahí radica su elegancia.

Vinieron como golondrinas es un libro tranquilo, calmo, amable, profundo pese a su aparente sencillez. Con una capacidad para describir la frágil naturaleza humana de forma sutil y reconocible, para relatar la aceptación de la pérdida con una facilidad pasmosa, Maxwell construye un libro perdurable e imperecedero.

El perfil psicológico y emocional de los personajes, el clima familiar tan hábilmente reflejado, el fiel retrato de una época y una sociedad, la tensión sostenida en el punto adecuado (ni excesiva ni frívola), la prosa precisa, respetuosa y sensible, todo ello configura una lectura de apariencia discreta pero de mimbres convincentes y sólidos. 
Además, lo que importaba era la intención de las personas, no los resultados de sus actos.

jueves, 11 de enero de 2018

En estado salvaje (Charlotte Wood)

Título original: The Natural Way of Things
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 256
Publicación: 2015 (2017)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Son diez, y al despertarse una mañana descubren el horror: alguien las ha drogado y trasladado a un lugar siniestro en medio de la nada. Están encerradas en barracones oscuros, llevan unas túnicas de algodón basto, unas botas viejas y el pelo rapado. Van atadas como animales, caminan sin descanso a las órdenes de sus captores, y al volver les esperan un cuenco de papilla amarillenta y un vaso de agua sucia. No hay luz en el barracón ni conexión alguna con el mundo exterior. Son diez, diez mujeres jóvenes que fueron muy hermosas. Hace poco seguían las últimas tendencias de la moda, y ahora intentan saber qué pasó, dónde están y cómo salir de esta pesadilla. Preguntan, intentan averiguar, seducir a quien haga falta, pero la verdad tarda en llegar. ¿Vale la pena esperar?
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Esa tarde en que las empujaron aquí dentro y cerraron las puertas con candado y ellas se sentaron en las camas, duras con las sábanas descoloridas y pensaron que morirían esa noche, y luego desearon haber muerto.
Son diez, son mujeres, jóvenes y hermosas. Han sido secuestradas, drogadas y encerradas en un espacio en medio de la nada: sin luz, agua ni posibilidad de conectarse con el mundo exterior. Dos hombres y una mujer las vigilan. De esa vigilancia que no protege ni cuida sino que veja con desprecios, humillaciones y violencia.

¿Por qué están allí? ¿Por qué ellas? ¿Cómo escapar? ¿Qué tienen en común? ¿Cuáles son las normas? ¿Morirán? ¿Qué deben de hacer para vivir? ¿Matarán a sus carceleros? ¿Sus carceleros las matarán a ellas?

No os equivoquéis: En estado salvaje no es un thriller. Es un alegato feminista tan brutal, salvaje y descarnado como directo. De los que escuece. Y Wood, que no está dispuesta a disculparse, crea para ello un clima asfixiante y claustrofóbico que vamos a visualizar como si fuéramos una de las diez mujeres encerradas. O de los hombres (o la mujer) que las vigilan.
Por lo visto, hacer que los muertos descansen, como fregar, alimentar y dar a luz, es tarea de mujeres.
En estado salvaje es una lectura bronca, áspera y tremendamente incómoda. Con un lenguaje directo, descriptivo, contundente y sin rodeos, Wood construye una alegoría cargada de un simbolismo fascinante en el que disecciona, llevándolo a un extremo brutal, la fibra de la que está hecha el músculo del machismo. Wood no juega con las emociones del lector, le basta con exponernos a una situación que, aunque disfrazada de situación poco probable, sin embargo está construida con todos los elementos de la realidad que vivimos hoy, ahora, aquí, allí y que, de forma más o menos transversal, está en absolutamente todas las sociedades del siglo XXI.

Las diez mujeres se encuentran en esa situación porque todas ellas se han visto envueltas en escándalos sexuales de más o menos notoriedad social. Curiosamente, cada uno de los diez casos tienen su correlato en la realidad, y basta para ello tener memoria o revisar la prensa internacional. Victimas que son señaladas como culpables… por ser mujeres. Por eso están encerradas ahí. No desvelo nada que no se sepa, ni en la vida real ni en el propio libro, ya que pronto queda despejada esta incógnita. No es el porqué las llevan allí, sino qué pretenden al mantenerlas encerradas. Algo que nunca llegaremos a saber.

Ese es el punto de partida: castigar a la víctima. Culpabilizar a la víctima. Eres mujer, eres joven, eres bella, eres puta… Cuando te despojan de todo lo que te visibiliza como mujer… sigues siendo mujer. Cuando te despojan de todo aquello que te dignifica como persona… sigues siendo mujer. 

Charlotte Wood reviste de metáforas esta parábola que supone En estado salvaje  y el lector, desde su posición de espectador, no podrá evitar entrar en la salvaje prisión que supone para estas diez mujeres su encierro involuntario. No somos espectadores pasivos, porque te ahogas. Presión y prisión son dos palabras que en castellano sólo se distinguen por una vocal, y seguramente sin pretenderlo, Wood consigue un juego entre ambas palabras que es realmente espeluznante, cuando hablamos de la presión de ser mujer y de la prisión que supone ser mujer en una sociedad que te condena aunque seas víctima. Presión y prisión. Externas e internas.
… incluso su cuerpo tan problemático había sido olvidado excepto para esto: andar, sentir dolor, hambre y sed, comer, dormir, mear, cagar y sangrar.
En una lectura tan cargada de simbolismo como de sutilezas, vamos reconociendo no solo aquellos dardos envenenados que convierten a la mujer en una persona despojada de derechos, sino que también asistimos a cómo las propias las mujeres asimilamos ciertos axiomas con tintes machistas de forma inconsciente, fruto de muchos años de (mala) educación, y nos cuesta desprendernos de micromachismos e ideas que nos perjudican a nosotras mismas.

Cuando se ha sexualizado tanto el cuerpo de la mujer, parece imposible desprenderte de todo aquello de lo que te has venido empapando durante muchos años hasta llevarnos al punto de que si tienes un cuerpo espectacular acaba suponiendo tan estigma como si no lo tienes.

De las diez mujeres, serán dos a quienes más conoceremos, Yala y Vera (no es tanto un libro de personajes sino de tendencias, de la inclinación que hay a interpretar ciertas situaciones desde la perspectiva patriarcal). Ellas (y, en cierta forma, también Hetty) son las únicas capaces de aprender, reaprender y también (y no menos importante) de desaprender. De desprenderse del cascarón de su cuerpo. De hacer un recorrido, distinto en cada caso, que les lleve a liberarse de la doble prisión/presión a las que se ven sometidas: la externa y la interna. No podrán escapar si primero no lo hacen de su propia prisión/presión.  

Tampoco penséis que es un libro en el que todos los hombres son malos malísimos y todas las mujeres buenas, valientes e inteligentes. Aunque es cierto que los hombres no salen bien parados, también Wood nos muestra cómo las mujeres tampoco somos unas santas. En cualquier caso, lo que pretende es que nos cuestionemos, intenta incluso incomodarnos, que asumamos responsabilidades, tomemos decisiones, no nos victimicemos y que seamos conscientes de las intrincadas raíces de la misoginia y el machismo.

No esperéis un nudo, desarrollo y desenlace. El gran acierto de este libro es que la interpretación libre de cada lector/espectador tenga su protagonismo. No esperéis tampoco una historia al uso, no interpretéis lo que las 10 mujeres hacen como algo imposible, planteándote lo que harías tú en esa situación (tú -yo- intentarías escapar, claro). Wood nos muestra una historia en una especie de salvaje escaparate que no podemos evitar observar, porque quiere mostrarnos algo. El final no es un final, es un principio que se inicia en cada lector. Abre un debate en el que esparce un raudal de preguntas y cuestiones que cada cual tendrá que contestarse. Mi interpretación, que solo he podido apuntar aquí por no destripar demasiado, me ha dejado como cuando te dan un mordisco y ni pestañeas, atónita y consciente de la dentellada que te acaban de arrear.
Es posible renovarse.

miércoles, 3 de enero de 2018

La vida sumergida (Pilar Adón)


Páginas: 240
Publicación: 2017
Editorial: Galaxia Gutenberg
Sinopsis: Los personajes de los trece relatos que conforman La vida sumergida aspiran a estar constantemente en otro sitio y a ser lo que no son, conscientes de que, al final, tendrán que dar con la mejor manera de sobrevivir. Para ellos es más incitante el camino que la llegada y más gratos los preparativos de un evento que su auténtica celebración. Comparten la vocación de apartarse y recluirse en casas que son lugares de encierro pero también de libertad, al constituir el espacio perfecto para imaginar, recordar, fantasear y, en definitiva, huir. Pero la vida acecha siempre en todas partes.

Así que pidió a Brígida que se muriera. La única manera de conseguir una identidad personal.
Y días después, Brígida estaba muerta.
Ya está aquí, de nuevo, Pilar Adón. Porque no puede evitar escribir, porque le urge escribir. Porque Las efímeras era un caleidoscopio con múltiples espejos y algunos de ellos tenían vida propia más allá de Ruche. Y de aquellos colores y formas que le revolotearon mientras escribía Las efímeras, nacen los relatos de La vida sumergida.

Un título muy acertado, por cierto (nunca deja nada al azar), puesto que de lo sumergido precisamente nos hablan los 13 relatos de La vida sumergida, de lo insondable, de lo anegado de líquido amniótico, protegido de miradas externas, pero vivo, muy vivo en nuestro interior.
El privilegio supremo de la elección.
Cada vez me cuesta creer más en nuestra capacidad de elección. Cuando trabajaba con niños con distintas problemáticas les enseñaba a los padres el truco de la falsa elección. Si un niño, por ejemplo, era muy selectivo con su alimentación, les pedía que hicieran una lista con los alimentos menos frecuentes en el menú de su hijo/a. Y luego les pedía que ofrecieran a su hijo la posibilidad de elegir entre el alimento que más detestara y el que menos. No fallaba: elegían el que menos le gustaba. Estaban eligiendo algo que en realidad no querían pero que ellos decidían, y así poco a poco se introducía más variedad en la alimentación.

Reconozco que nunca me sentía bien con este “truco”, aplicable a muchas situaciones y actividades. Pero solía funcionar. Al niño/a se le daba la posibilidad de elegir en lugar de imponerle algo sí o sí. La sensación de que eres tú quien eliges es muy poderosa. Pero es una falsa elección. Y quizás este truco se nos presente no tan intencionadamente pero sí con más frecuencia de lo que creemos en nuestro día a día.
Ella había deseado vivir sola, saberse sola, transformarse sola. Sin más obediencia ni más resignación ante los caprichos de nadie.
Los protagonistas de La vida sumergida han elegido, la mayoría de ellos han tomado decisiones, no viven la vida que quieren vivir, no están donde quieren estar (¿a qué me sonará esto?). Las decisiones pueden ser varias: huir, abrazarse a la naturaleza, desear que alguien se muera, optar por seguir siendo sumisa, desligarse de la realidad, encerrarse, rebelarse... Sí, deciden, actúan, levitan… pero ¿qué sucede si aquello de lo que huyes, si aquello que te impide vivir la vida que quieres vivir… está dentro de ti? ¿somos nosotros nuestro mayor obstáculo? ¿somos capaces de desanudarnos de aquello que nos ata, incluso de las ataduras externas? ¿tenemos que aislarnos por completo para conseguir encontrar nuestro lugar en el mundo?

Ah, sí… Si algo hace Pilar Adón es justamente eso: que terminas de leer sus libros, en este caso sus relatos, y de repente tienes un saco con un montón de preguntas. Ya no temo al hombre del saco. Temo al saco. Y mira que busco respuestas en muchas lecturas, pero cuando me dejan repleta de interrogantes también lo valoro sobremanera, porque de repente sé la textura que tienen las cosas que me inquietan, aunque vengan en forma de interrogaciones. Las propias preguntas son una respuesta en sí mismas.
Las tres reglas de oro para lograr sobrevivir en un mundo ajeno: primera, que no todo lo que flota es inmaterial; segunda, que también el sol se muestra en el ánimo; tercera, que se puede sentir una presencia a la espalda cuando ya no se espera.
Hace muchas cosas Pilar Adón cuando escribe, entre ellas crear atmósferas y mundos en los que recrea aquello que le desasosiega y le provoca marejadas internas. Ella no huye: busca. 

Como una buena chef literaria, pone todos los ingredientes a nuestra disposición. Pero, ah, poner la mesa, mantel, vajilla, decoración, música ambiental e incluso combinar los ingredientes, el punto de cocción o elaboración y sobre todo masticarlos y digerirlos… eso ya es cosa nuestra. Es una proveedora de elixires y nutrientes, verduras, legumbres, carnes, lácteos, frutas, cereales, azúcares… Nos apunta alguna receta, alguna posibilidad, pero el resto ya está en manos de nuestra libertad.

Porque libertad es lo que proporciona: necesitamos que nuestra mente quede libre después de cada relato, libre de obstáculos y limitaciones, de narraciones explícitas y masticadas, libre de señales unidireccionales, de literatura del sometimiento de lo fácil y plácido. En esas atmósferas y escenarios cerrados y aislados que construye tan admirable como eficazmente, lo que hace es liberar nuestra mente, porque sólo desde ahí, desde una amplitud mental sin cortapisas captas la naturaleza de los personajes, los paisajes y las situaciones que nos plantea Pilar Adón.
No debemos acostumbrarnos a la presencia de nuestras cosas ni a la presencia de otras personas porque aferrarse implica depender.
Vivimos en comunidad. Somos seres interactivos. Y aunque a veces no te aferres, igualmente dependes. Te aíslas en un espacio, tal vez en la naturaleza, intentas liberarte de sumisiones y ataduras, buscando mundos quiméricos, sueños creados por nuestras cabezas. Buscando la libertad. Es necesario reflexionar, sumergirnos en nosotros mismos, palpar y dar forma a lo que no la tiene.
Con la belleza al alcance de la mano. La auténtica belleza. La que no exigía comprensión ni entendimiento ni la intervención de la razón. Solo aceptación.
Leer a Pilar oprime en ese espacio vacío que de vez en cuando utiliza recursos propios para recordarte que está ahí. Pilar moviliza agujeros negros, espacios ocultos, aires invisibles. Espejea. Y eso… es vida. Vida sumergida.

Ya comenté en su momento que Pilar Adón tiene la bondad de tratar a sus lectores como personas inteligentes. Y la virtud de escribir como pocos escritores en nuestro panorama nacional. Que no sea una escritora considerada comercial, que sea tan coherente con ella misma, con su ritmo narrativo, con los mundos externos e internos que crea y recrea, con una forma de contar con mucha base poética y una cadencia casi musical, que no escriba para una gran masa de lectores, que sea consciente de ello y que no se doblegue, solo hace que aumente mi admiración por una escritora galáctica (y no lo digo porque publique en Galaxia Gutenberg) y una persona muy generosa. Ella solo quiere escribir. Y yo solo quiero seguir leyéndola.
Los seres salvajes no han nacido para ser felices.