lunes, 15 de octubre de 2018

Verde agua (Marisa Madieri)

Título original: Verde Acqua
Traductora: Valeria Bergalli
Páginas: 203
Publicación: 1987 (2000)
Editorial: Minúscula
Sinopsis: Este relato-diario ha sido definido por la crítica italiana como un pequeño clásico contemporáneo. El hilo conductor de la narración es el éxodo de los italianos de Fiume, ciudad que en 1947 pasó a Croacia, dentro de la antigua Yugoslavia. Marisa Madieri vuelve a encontrar en la memoria los episodios trágicos y cómicos que marcaron su infancia, las personas con las que creció —como la inolvidable abuela Quarantotto— y el ambiente del Silos de Trieste, «un paisaje vagamente dantesco, un nocturno y humeante purgatorio», en el que vivió junto con otros refugiados hasta hacerse adulta.
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La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa; cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente
No se me ocurre mejor manera de definir de qué trata este libro que con la cita anterior. Decía Proust que no hay nada ingrato ni desagradable en el pasado, puesto que el tiempo redime los hechos vividos, por muy trágicos que hayan sido, ya que los recuerdos (especialmente los de la infancia) se adornan con un brillo que los embellece. Abordar los recuerdos con esa conquista del presente, de la vida viviéndose en el aquí y ahora, es el fulgor con que Madieri afronta sus recuerdos

Según iba leyendo Verde agua sentía que tenía entre las manos algo bello y poderoso y, al mismo tiempo, delicado y tierno como un pájaro pequeño al que siento palpitar entre mis dedos y que tengo que cuidar, no quebrar, alimentar y dejar volar, agradeciendo el recuerdo imborrable que dejará en mí.

Marisa Madieri, en forma de diario, alterna una mirada hacia atrás, a través de unos recuerdos personales e históricos, con los sentimientos y reflexiones de su presente. Mientras que a través de los recuerdos evoca hechos, acontecimientos, lugares, personas, sin embargo cuando cuenta en su presente aparecen sobre todo sensaciones y reflexiones, yo diría que aprendizajes, la realidad del alma después de un tiempo vivido.

El exilio sufrido por Madieri y su familia no deja de ser una metáfora de los exilios internos del alma, expulsados de nosotros mismos o de los otros, de lo que nos rodea, destierros silenciosos, los vacíos de quienes se van, de quienes nos desalojan de ellos mismos, la expulsión de paraísos inexistentes, las fronteras invisibles y delimitantes. El exilio como una parábola de la vida humana.
En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de los otros, hay algo precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible.
En un momento dado de su vida, con la enfermedad que acabaría con su vida ya presente, y con la perspectiva que aporta una edad, Madieri evoca su vida desde la reflexión, el sosiego, la claridad. Una forma de corresponder y quedar en paz con una misma y con la vida, atender el pasado, ponerle orden, limpiarlo. Agradecerlo. Para alguien que vivió el exilio, recordar es una forma de encontrar un espacio al que pertenecer. Y ese espacio será el presente, el cual habitará gracias a esa mirada consciente, honesta, tranquila, al pasado.

Con la misma mirada, concordia y precisión con que describe personas, objetos, paisajes, el mar y las islas, Madieri va dando forma a su pasado, como si lo dibujara para hacerlo nítido, adquiriendo una forma reconocible, o al menos una forma con la que reconciliarse sin descuidar ninguna línea, nudo, arabesco, decoración, todos los trazos están ahí, con los colores que aportan la memoria y los años.

Quizás uno de los aciertos de Madieri a la hora de transitar por el paisaje de sus recuerdos es no ocultar nada (el carácter de su abuela materna y el de su propio padre, la violación de su tío a su mujer y sus hijas, la pobreza, el exilio…) pero tampoco juzgarlo. Ni siquiera esconde cómo la naturalidad y espontaneidad de la infancia le hace inconsciente y ajena a la guerra y la miseria que le rodea, la inocencia infantil como protección contra la brutalidad de un mundo cruel. Será el paso a la adolescencia lo que sitúe el dolor y la extrañeza en el centro de la vida misma.
Quisiera un tiempo que no pasa, la hora de la “persuasión”, porque sé que no me espera nada más hermoso que el presente que vivo.
Sucinta, lacónica incluso, pero contundente en su estilo preciso, descriptivo y elegante, Madieri busca en sus raíces para anclarse al presente, cuando el paso del tiempo necesita definir los perfiles de la memoria y de lo actual, el aquí y ahora, constatar su tamaño, entender sus fronteras, construir una cartografía amable en la que encontrarse, como una  brújula que esquive un futuro impreciso, ligeramente temido por voluble y transformador. 

Fraguando el pasado, dándole consistencia cuando aún está caliente en la memoria, para que pierda su plasticidad y su olvido, Marisa Madieri consigue construir un relato directo, íntimo, alcanzando lo universal desde lo personal. Y, así, Verde agua va adquiriendo una corporeidad delicada y liviana, etérea, con toda la fuerza y belleza vital de quien ha conseguido conquistar su presente.

En pocas páginas Madieri condensa una vida entera, una parte de la historia de Europa, y nos la ofrece con una agudeza descriptiva entrañable. Al igual que Maya Angelou (que convirtió su dramática historia en coraje y supervivencia desde la inocencia, la bondad y la ternura) Marisa Madieri supo reconvertir el sufrimiento y las sombras en bondad, generosidad y agradecimiento y ofrecérnoslo como un regalo tan inesperado como hermoso y afable en forma de esta pequeña joya, que no puede tener mejor broche que el posfacio (inteligente y sensible) escrito por su marido, Claudio Magris, en el año 2000, ya viudo.

Libros que te reconcilian con las personas.
Hoy no me encuentro en armonía conmigo misma y desearía poder alejarme de mí.

lunes, 8 de octubre de 2018

El entenado (Juan José Saer)

Páginas: 192
Publicación: 1982 (2015)
Editorial: Rayo Verde
Sinopsis: El grumete de una expedición española al Río de la Plata, a principios del siglo XVI, es capturado y adoptado por los indios colastinés. Conoce así unas tradiciones y rituales que lo enfrentan a nuevas percepciones de la realidad. ¿A qué se debe la costumbre de la tribu, por lo demás pacífica, de celebrar anualmente una orgía de sexo y canibalismo? ¿Por qué el grumete no corre la misma suerte que sus compañeros?
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Lo desconocido es una abstracción; lo conocido, un desierto, pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación.
Este libro me ha ido creciendo entre las manos hasta el punto de hacerse tetradimensional: tiene profundidad, es atemporal, tiene altura (lírica) y tiene anchura (estructural). Voy a intentar empezar por lo fácil. Podría decir que es una novela de aventuras, o de formación, unas crónicas de Indias... Pero, sin mentir, mentiría. 

Cuando el mundo te incomoda, la miseria te arrasa, eres huérfano y el mar te llama ¿qué haces? Responder a la llamada del mar. Irte. Sin destino, sin puerto al que llegar. Solo quieres alejarte. Y eso es lo que hace, hablamos del siglo XVI, nuestro narrador, un grumete de 15 años (del que nunca llegamos a conocer el nombre y esto es tan solo uno más de los muchos y muy inteligentes recursos que utiliza Saer) es retenido por una tribu (los indios colastinés) en el Río de la Plata. Permanecerá con ellos durante 10 años. Y nos contará esos años (y los posteriores) 60 años después.

Hasta aquí lo fácil. Ahora viene lo difícil, hablar de esta maravilla de libro, porque tiene una complejidad tan perfecta y maravillosa que podría extenderme lo que no está tácitamente acordado en un blog. 
No se sabe nunca cuándo se nace: el parto es una convención. Muchos mueren sin haber nacido; otros nacen apenas, otros mal, como  abortados. Algunos, por nacimientos sucesivos, van pasando de vida en vida, y si la muerte no viniese a interrumpirlos, serían capaces de agotar el ramillete de mundos posibles a fuerza de nacer una y otra vez, como si poseyesen una reserva inagotable de inocencia y de abandono.
Voy a intentar explicar la esencia de la genialidad que pone en marcha Saer en El entenado: Poner un envoltorio fácil, accesible, a un contenido profundo. Según la RAE la filosofía es el conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano. Pues Saer hace un tratado de filosofía y le da la apariencia de novela. La fluidez narrativa es evidente y ayuda a avanzar entre la compleja elaboración de la verdadera intención de Saer, que no es otra que dotar de trasfondo filosófico toda esa complejidad formal, donde todos los elementos narrativos se interrelacionan entre sí.

Pero lo hace de tal forma que habrá quien lo lea como una novela, unas crónicas de Indias, y se quede ahí, y además lo disfrute. Y habrá quien, como a mí, este cubo de Rubik tetradimensional (como poco) le tenga días girando párrafos y párrafos, yendo hacia atrás, hacia delante, conectando ideas, reflexiones, mezclando todos los elementos hasta atisbar (conmovida, maravillada) todo el conjunto. Y asombrarse por la elaborada e inteligente estructura creada por Saer, que construye con precisión cirujana toda una arquitectura narrativa de la humanidad. 
En eso se revelan iguales muerte y recuerdos: en que son, para cada hombre, únicos y los hombres que creen tener, por haberlo vivido en la proximidad de la experiencia, un recuerdo común, no saben que tienen recuerdos diferentes y que están condenados a la soledad de esos recuerdos como a la de la propia muerte.
El protagonista, un eterno extranjero, será la voz que nos guíe, de forma inevitable, hacia su concepción de la vida humana y de la (ir)realidad. Una voz que nos habla desde la memoria y los recuerdos. Y ahí está otro de los elementos que maneja Saer: la memoria es el depósito distorsionado de nuestros recuerdos. Los recuerdos y sus desviaciones, ese teñirse de neblina, borrosa y deformada, una especie de miopía de lo vivido. La imposibilidad de que el recuerdo sea una imagen precisa, estática, una fotografía exacta de lo sucedido, sino más bien una interpretación subjetiva. Ni siquiera el recuerdo de un hecho es prueba de que ese hecho haya sucedido realmente. Y la imposibilidad de compartir recuerdos, tener recuerdos comunes con alguien, de la misma forma que no se pueden compartir percepciones ni vivencias iguales con nadie porque todo está impregnado de lo individual, lo subjetivo.

Las distintas estructuras que conforman El entenado, el juego de los elementos narrativos, el uso de las comas, la ausencia de espacios en blanco… son múltiples los recursos utilizados por Saer para hacernos reflexionar, entre otras cosas, sobre lo mutable de nuestras percepciones y lo incierto de nuestra memoria, puesto que el recuerdo añade y multiplica percepciones de la realidad recordada.
La mera presencia de las cosas no garantiza su existencia.
Contra lo que está oculto no puedes crear estrategias de afrontamiento, contra esa intemperie invisible no tienes armas, solo contra lo conocido puedes resistir y luchar. Lo que permanece en la oscuridad, en la negrura, si no sale a la luz seguirá causándonos un terror contra el que no podemos lidiar. ¿Por qué la tribu de indios colastinés retiene a nuestro protagonista durante 10 años para finalmente liberarle? Porque necesitaban que fuera su narrador, un amanuense de su existencia. Necesitaban de su presencia y su atención. Porque se necesita del otro para existir. 

La realidad no existe sino hasta que alguien la observa. El resto es irrealidad. Y eso lo sabían bien los indios colastinés. Por eso necesitaban un observador. Bien es verdad que hablamos de la inexistencia de una realidad objetiva. Así entonces, la única realidad (realidades, porque no podemos hablar de una única realidad) posible es subjetiva. Se puede decir que hay tantas realidades como personas. Pero los indios colastinés querían existir, querían ser.
Hay dos clases de sufrimiento: en una, se sabe que se sufre y, mientras se sufre, una vida mejor, cuyo gusto persiste todavía en la memoria, es escamoteada; en la otra, no se sabe, pero el mundo entero, hasta la más modesta de sus presencias, se presenta, para el que la atraviesa, como un lugar desierto y calcinado. 
No basta la mera presencia para existir. Lo que percibimos de la realidad es como miles de lucecitas que se multiplican, desaparecen, se transforman caprichosamente. ¿Cómo hacer para retener, perdurar, existir…? ¿cómo? Necesitamos exteriorizarnos, como una forma de mostrarnos, ser observados para poder existir. Ese esfuerzo constante por pertenecer, por no ser extraños, extranjeros, ajenos… y que a veces lleva a un agotamiento vital extremo y exacerbado (muchos dirían depresión) es reflejado con gran acierto por Saer. La desolación de la tristeza, los deseos de abandonarse.

De la misma forma que los colastinés infundían realidad a los lugares y a las cosas, porque con su presencia los materializaban y les daban forma, necesitaban también refutar su propia existencia con la presencia tanto de esos lugares o cosas, como de alguien externo, alguien que fuera su mirada exterior. Un círculo vicioso realmente angustiante.

Un círculo vicioso del que no se salva quien se supone que tiene que ser esa mirada externa, porque él mismo está contaminado de lo incierto, dudoso e interpretable de los propios recuerdos, con lo cual es posible que tampoco esos recuerdos sean ciertos (Ya no se sabe dónde está el centro del recuerdo y cuál es su periferia).
Es, sin duda alguna, mil veces preferible que sea uno y no el mundo lo que vacila.
Los indios colastinés se esforzaban porque todo fuese lo más inmovible posible, lo más idéntico a sí mismo, en un intento de mantener inalterable el mundo (el espacio que habitamos) para dar una apariencia de realidad, de existencia, de cierto control. Hay quien opina que al final Saer repite conceptos e ideas. Y así es. Quizás como algo deliberado, porque precisamente en esa repetición consigue perdurar, de la misma forma que los indios intentaban mantener inalterable el entorno y su propia existencia con lo que de repetición implica la inalterabilidad. 

Dejo muchas cosas en el tintero: el lenguaje, los sueños, la religión, los nacionalismos, civilización versus lo “salvaje”, la otredad… Son muchas los temas que aborda El entenado, muchas las inquietudes que me ha avivado, y mucha (muchísima) la admiración que me ha provocado este libro que voy a revisitar muchas veces, muchos días. Para existirme.
De la negrura que nos rodea, la virtud nos salva. Si sorteamos, valerosos, una noche, otra más grande, un poco más lejos, nos espera.

jueves, 4 de octubre de 2018

El mar (John Banville)

Título original: The Sea
Traductor: Damián Alou
Páginas: 224
Publicación: 2005 (2016)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Tras la reciente muerte de su esposa después de una larga enfermedad, el historiador de arte Max Morden se retira a escribir al pueblo costero en el que de niño veraneó junto a sus padres. El pasado se convierte entonces en el único refugio y consuelo para Max, que rememorará el intenso verano en el que conoció a los Grace (los padres Carlo y Connie, sus hijos gemelos Chloe y Myles, y la asistenta Rose), por quienes se sintió inmediatamente fascinado, y en el que se inició a la vida y sus placeres –la amistad y el amor– pero también, al dolor y la muerte. Premio Man Booker 2005.
¿Es posible que tengamos una voz que nunca utilizamos?
Siempre he mirado de reojo a John Banville, su desdoblamiento en Benjamin Black me producía cierta desconfianza. Esa capacidad como escritor para escindir su voz me desconcertaba, era una bipolaridad curiosa la suya, pensaba. Pero las referencias sobre este libro eran inevitables, así que aun en la convicción de que ciertamente tenemos voces que nunca utilizamos, y otras que usamos pero no se escuchan, presté mi atención a la de Banville, concretamente a esta voz.
Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea.
Los inicios de un libro siempre son importantes, y a fe que la primera frase de El mar, con esa extraña marea, me hicieron acomodarme en el sofá. Iba a prestar, decididamente, mucha atención a lo que leía, a lo que Banville contaba. O, siendo más exacta, a cómo lo contaba.

Porque pronto me queda clara una cosa: qué forma de contar. Que prosa. Qué descripciones. Qué imágenes. No me esperaba que Banville fuera tan poético, tan incisivo y profundo. Hay que joderse con las ideas previas. 
En la orilla del mar todo son estrechas franjas horizontales, el mundo reducido a unas cuantas líneas largas y rectas que se aprietan entre el cielo y la tierra.
Tenemos a Max Morden, el protagonista absoluto de la novela. Hay otros personajes, que en realidad le sirven para construirse a él, para que podamos atisbar esos pliegues que tal vez nos puedan pasar inadvertidos a la hora de conocer a Max. Pero él es el centro de todo, el personaje que se extiende ante nosotros. Nuestro interlocutor, porque ese papel quiere tener (Pero esperad, no, no es eso. Estoy siendo falso…

Max Morden piensa para nosotros, incluso por nosotros, consciente de que hay un público, quiere que seamos partícipes de sus reflexiones. Quiere contarnos algo. ¿Quiere hablarnos de su mujer, recientemente fallecida? ¿De lo ocurrido con los Grace en aquel verano de su adolescencia? No. Subterfugios, aunque necesarios. No es de eso de lo que quiere hablar. Algo que resulta evidente cuando vas comprobando que esas historias de su pasado remoto y de su pasado más reciente, son resueltas casi con desaire. Son un instrumento ¿dónde nos quiere llevar Banville entonces?
Buscábamos escapar de un presente intolerable en el único tiempo verbal posible, el pasado, es decir, el pasado remoto.
Ciertamente no es la trama el gran atractivo de este libro, algo que Banville no se molesta en ocultar, el interés está en la comprensión de los nudos de los que estamos hechos las personas, en la reflexión sobre temas que a todos nos afectan: la memoria, los recuerdos, el amor, la convivencia, las aspiraciones, las motivaciones, las pérdidas, el envejecimiento… De eso es de lo que quiere hablar Banville, esa es la auténtica trama.

De los recuerdos es de lo nos quiere hablar. De la liviana y maleable textura de los recuerdos. Con un lirismo impresionante. La memoria como un viaje en el que se avanza y se retrocede, en una suerte de marejada rítmica, siempre igual y siempre diferente. También de la pérdida, pero no solo de la pérdida de las personas a las que hemos querido. Sino de las pérdidas, las micropérdidas (aparentemente pequeñas, estruendosamente grandes) que sufrimos en nuestro interior, las aspiraciones en nuestra vida que se pierden por el camino, aquello que nos va haciendo vivir la vida que vivimos y alejándonos de la que queríamos vivir…
Experimenté una sensación casi de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue dando su propia forma. […] El pasado, me refiero al pasado real, importa menos de lo que pretendemos.
El pasado real y el pasado recordado. Qué impacto, cuando aquello que recordamos, cómo lo recordamos, se confronta con el recuerdo real, no ese que hemos ido ajustando en nuestro imaginario, dándole una forma necesaria para que no nos sintamos desleales con nosotros mismos. El recuerdo hecho a medida de nuestra zona de confort.

Morden se toma su tiempo, se recrea en los recuerdos, en las luces, los reflejos, los olores. Con la languidez de un atardecer derramándose sobre el espejo del mar, Max Morden avanza por su memoria, la real y la construida, con estupor, desvelándose sin prisas, sin pausas, con cierto egocentrismo incluso.
Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotable, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por el estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de, sí, lo admito, un rincón acogedor.
Y qué es la vida, sino aceptar la imperfección, la imperfección de los recuerdos, pero también de lo vivido, de quienes somos, de la vida misma. Aceptar nuestra propia impostura, querer ser otra persona que no somos.

Pues sí, he disfrutado intensamente de esta lectura y de la potente lírica de Banville, pese a que en ocasiones raya el exceso, ya que se alambica en las descripciones y está a punto de engolarse, de complicarse en la búsqueda de la exquisitez en el lenguaje, en algunos elaborados y casi barrocos párrafos. Pero solo a punto. Por los pelos, pero mantiene el equilibrio narrativo necesario, y eso me reconfortó durante toda la lectura.
Y de hecho no había pasado nada, una memorable nada, tan solo otro de esos grandes encogimientos de hombros con que el mundo manifiesta su indiferencia.
(Y así fue: al final nada. Una memorable nada…)

jueves, 27 de septiembre de 2018

La canción de los vivos y los muertos (Jesmyn Ward)

Título original: Sing, Unburied, Sing.
Traductor: Francisco González López
Páginas: 260
Publicación: 2017 (2018)
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: Jojo, de trece años, y su hermana menor Kayla viven con sus abuelos negros en una granja en la costa del Golfo de Misisipi, con la compañía siempre esporádica de su madre, Leonie, una mujer que desearía ser mejor madre de lo que es, atormentada y en ocasiones reconfortada por las visiones de Given, su hermano asesinado cuando era adolescente. Cuando el padre de Jojo y Kayla, un hombre blanco, va a salir de prisión –Parchman Farm, la misma penitenciaría en la que el abuelo de Jojo cumplió una condena injusta durante su juventud–, Leonie insiste en ir a recogerlo con los niños. Durante el azaroso viaje, Jojo, Kayla y Leonie deberán aprender a relacionarse como familia, y Jojo conocerá a Richie, otro niño con quien descubrirá el legado de la esclavitud y la importancia de reconciliarse con el pasado
La memoria es algo vivo, también en tránsito. Pero durante el instante que dura, todo lo recordaado se une y cobra vida: los viejos y los jóvenes, el pasado y el presente, los vivos y los muertos (“One Writer’s Beginnings”, Eudora Welty)
La cita anterior es una de las tres con las que se inicia La canción de los vivos y los muertos. Me demoré un tiempo en ella cuando la leí y volví a ella después de terminar la lectura del libro, ya sabiendo que la intuición se había transformado en certeza: en esa cita está uno de los muchos filamentos que en este libro consiguen generar una luz radiante y eléctrica; uno de esos hilos largos y delgados, como hilos de galaxias que forman estructuras grandiosas. Porque la estructura de La canción de los vivos y los muertos es sencilla y compleja a la vez, abarca tanto y tan bien que permite al lector quedarse con aquello que decida o capte, con una parte o con la totalidad. Tiene para todos. Para todos los gustos.
Me gusta creer que sé lo que es la muerte. Me gusta creer que es algo a lo que podría mirar de frente.
Hay primeros párrafos que conmocionan. Los hay de una belleza lírica apabullante. Y los hay que en una pocas líneas te han cogido por los hombros y te han sumergido instantáneamente dentro del libro: estás allí, con el personaje, en sus miedos, en sus luchas, en sus temores, extrayendo músculos, tripas, órganos… El primer párrafo de La canción de los vivos y los muertos es de estos últimos. Y ya no puedes, ni quieres, dejar de leer. No quieres salir de la historia, de los personajes, de las palabras, de las emociones, porque todo lo que lees te reclama, te implica.

El protagonista tiene 13 años, es mestizo. Yo tengo 13 años, soy mestiza. La protagonista es una mujer negra y drogadicta. Yo soy una mujer negra y drogadicta. El protagonista es un chaval negro y está muerto y se aparece a los vivos, a algunos vivos. Y yo soy un chaval negro y estoy muerto y me aparezco a los vivos, a algunos vivos. Todos quieren reconciliarse con el pasado, con ellos mismos. Yo también quiero reconciliarme con el pasado, conmigo misma.
¿Al hacerme mayor se me torcería la boca por el sabor amargo de lo que me tocaría comer en el festín de la vida: hojas de mostaza y caquis crudos aderezados con promesas incumplidas y pérdidas?
Está Jojo, está Leonie, está Richie. Pero no están solos: está Pa, y Ma, y Kayla. Y también Given. Hay más personajes. Pero estos, esta familia, es a la que abrazas, a quienes quieres proteger y que a la vez te protejan, ellos son a quienes quieres mantener en el centro del huracán, justo allí donde está la quietud mientras todo gira violentamente alrededor, en la calma chicha del ojo del huracán. Aspirar su dolor, el legado que no han elegido, la carga genética y racial que marca esa diferencia aterradora entre ser el amo o el esclavo, la deshonra o el privilegio que nunca debiera de existir por pertenecer a una raza u otra.
Hay cosas que mueven a un hombre. Como corrientes internas de agua. Cosas que no puede evitar […] hacerse mayor significaba aprender a manejar esas corrientes: aprender cuándo agarrarse fuerte, cuándo echar el ancla, cuándo dejar que te lleven.
Este libro rezuma calidad por todos los costados. Consigue ese equilibrio nada fácil de conseguir entre todos sus elementos: la historia, los personajes, la sintaxis, las voces narrativas, el lirismo, la estructura narrativa, las metáforas, las imágenes, el realismo, las comparaciones, los temas que aborda (muchos y muy cercanos), las descripciones, la fantasía, las palabras exactas…

Un libro que arranca ahí arriba, en lo alto, y que de forma increíble va in crescendo, creciendo en intensidad, en matices, en una mezcla maravillosa de fuerza y suavidad. El uso de las distintas voces narrativas (las de Jojo, Leonie y Richie) que van conformando tanto la historia como el conjunto de personajes está extraordinariamente construido. Y aunque Jojo nos roba el corazón hasta desangrarnos, mi admiración se dirige a lo que Jesmyn Ward hace con Leonie: un personaje de esos a los que no quieres querer pero con el que Ward despliega con habilidad todos los nudos que llevan a alguien como Leonie a ser la persona que es, con todo el peso de su pasado oprimiendo su presente, sus decisiones, su manera de querer y amar, su maternidad, su papel como hija, mujer, negra, sus pérdidas…
Pierdo el lenguaje, pierdo las palabras. Me pierdo a mí misma en ese sentimiento, el sentimiento de ser deseada y tocada y acunada, y al mismo tiempo estoy maravillada por el hecho de que quien lo hace es quien lo desea, quien lo necesita, quien toca, quien ve.
La canción de los vivos y los muertos es un retrato hábilmente trazado de la sociedad del sur de EEUU, del racismo del que la sociedad actual no consigue desprenderse y que genera miedo, miedo por el color de tu piel, por lo que la gente hará contigo por tu color. Pero también es un retrato de familias (des)hechas por las cicatrices de la vida, desestructuradas, de las relaciones maternofiliales, la maternidad, la muerte (los vivos muertos, los muertos vivos…), la pobreza, los miedos, las inseguridades, las decisiones…

Y Jesmyn Ward lo borda, lo borda utilizando las palabras adecuadas, el ritmo propicio, sin abusar de ningún recurso, sino simplemente utilizándolos en la medida justa, sin caer en el exceso de lirismo, de metáforas, de florituras, la mesura perfecta entre realismo y fantasía, sin recargar su sintaxis pero consiguiendo la emoción que nos implique, que nos haga rezumar empatía y comprensión.
El hogar no siempre tiene que ver con un lugar […] El hogar tiene que ver con la tierra. Si la tierra se abre para ti. Si tira de ti tan fuerte que el espacio entre tú y ella se funde y sois sólo uno y late como si fuera tu corazón. Al mismo tiempo.
La vida lo va devorando todo, mordisqueando ese punto por el que definitivamente nos rompemos, pero está la inercia y el instinto de seguir caminando, de alcanzar la paz con el pasado, con los vivos, con los muertos, con los que te precedieron y con aquellos a los que tú precedes. Y de alguna manera, sales a flote, vuelves a coger aire, emerges de aguas dulces y de aguas saladas, te sumerges en la tierra, emerges, respiras y entonces en algún momento escuchas la canción de los vivos y los muertos, 

La vida es lucha, lucha constante. Hay mucho dolor en este libro, pero también una gran ternura. Ward no es condescendiente con sus personajes, pero los ha dotado a todos de una psicología real, reconocible y cercana que nos posibilita una empatía casi insoportable.
El dolor, la gran llama que lo inmola todo.
La canción de los vivos y los muertos es una novela majestuosa, de esas que tardas en olvidar, que probablemente no olvidarás. Y como libro equilibrado que es, la historia se cierra perfecta, por qué no, consiguiendo cerrar el círculo con suavidad, como una mano querida que se deposita en la cicatriz con delicadeza.

No todos los buenos libros gustan a todo el mundo. Pero La canción de los vivos y los muertos pondrá de acuerdo a todo tipo de lectores, a los más exigentes y a los menos, a los que bucean y se implican y se esfuerzan en las lecturas y a los que les gustan las lecturas más relajadas. Puedes atravesar todas las capas que propone Ward o quedarte en una de ellas, la que elijas, en ambos casos no querrás terminar el libro. Y cuando lo hagas, cuando lo termines, querrás no haberlo leído para poder volver a la primera página y dejarte aferrar de nuevo por la prosa envolvente de Ward, por los personajes, emocionarte y sentir que estar vivo es también esto: escuchar la canción de los vivos y los muertos.
Hay tanto cielo vacío donde antes se alzaba un árbol.
(Hay tanto cielo vacío donde antes te alzabas tú)

(©AnaBlasfuemia)

viernes, 21 de septiembre de 2018

Los hermosos años del castigo (Fleur Jaeggy)


Título original: I beati anni del castigo
Traductora: Juana Bignozzi
Páginas: 120
Publicación: 1989 (2009)
Editorial: Tusquets
Sinopsis: En el Bausler Institut, un internado femenino situado en el cantón más retrógrado de Suiza, el Appenzell, se respira una densa atmósfera de cautiverio, sensualidad inconfesada y demencia. En estos parajes por los que paseaba el escritor Robert Walser, y donde se suicidó tras permanecer treinta años en un manicomio, se desarrollan la infancia y la adolescencia de la narradora, quien las rememora desde la madurez.
Buscaba la soledad y tal vez el absoluto. Pero envidiaba al mundo.
Quería estrenarme con Jaeggy, a la que hacía esperar como quien espera la lluvia después de una larga sequía. Y quería hacerlo con este libro, que fue el primero suyo que adquirí hace tiempo ya. Pero reconozco que después de Thérèse e Isabelle, de Violette Leduc, me resistía a leer libros que transcurrieran en un internado femenino porque me parecía que Leduc había dejado el listón muy alto. Pero Jaeggy me dijo “ahora”.

En el primer párrafo mis reticencias se fueron al carajo directamente. Ambos libros pueden convivir en mí perfectamente: la lírica pasión de Leduc y la sutileza del deseo de Jaeggy se hermanan a la perfección. El bello erotismo de Thérèse e Isabelle y la pulida melancolía de Los hermosos años del castigo no se quitan espacio sino que lo amplían.
Aún pensaba que para obtener algo había que ir derecho al objetivo, cuando solo las distracciones, las vaguedades, la distancia nos acercan al blanco, el blanco es el que nos alcanza.
He quedado rendida a Jaeggy, a quien algunos pueden calificar de “fria” si no se traspasa la engañosa superficie de escarcha que puede aparentar su forma de contar. Basta tocar el rocío en la yerba para darse cuenta de que el frío no existe, aunque exista la sensación del frío. 

La trama se desarrolla en un internado femenino, una indisimulada cárcel en la que la narradora (de la que no llegamos a saber el nombre) intenta que algo suceda, que su aprendizaje personal no se contamine del ritmo prusiano y férreo del Bausler Institut. La anónima narradora nos cuenta los hechos ya adulta (y recordemos que es un libro autobiográfico, lo que viniendo de alguien tan discreta respecto a sí misma como Jaeggy es como para leerlo con lupa, intentando desentrañar la personalidad de una autora considerada de culto), desplegando en lo acontecido hacia atrás lo que contiene el presente para la narradora.
Mis pensamientos estaban suspendidos en el aire, tenía la impresión de que acechaba un peligro, el peligro de vivir lo que no existe.
En ese micromundo que es un internado femenino, Jaeggy desarrolla con elegante firmeza un ambiente asfixiante: tenso, indiferente, ordenado y rígido y en el que parece no suceder nada, que se mueve por códigos no escritos pero con rango de ley. Quedarse con que Los hermosos años del castigo narra una relación entre dos mujeres adolescentes sería desperdiciar el caudal de elementos con los que juega la autora.

Jaeggy cuenta sin contar, cuenta ese deseo adolescente, esa atracción sensual entre dos mujeres, una tensión que no se concreta ni materializa, pieles que no se abrazan ni se rozan. Y no cuenta, pero cuenta, sobre cómo llegamos a ser quienes somos, sin poder evadirnos de nosotros mismos, lo irremediable de ser quienes somos. Cuenta sin contar sobre esa dolorosa nada que es la melancolía, la infelicidad que nace de la distracción de los demás y del exceso de atención sobre todo lo que te rodea; sobre cómo una herida intima, profunda y sigilosa puede llevar a la locura, esos contornos desdibujados que te sitúan a un lado u otro de algún trastorno. Cómo todo sucede sin parecer que está sucediendo nada.
Pasé el tiempo con sufrimiento, que también es una forma de pasarlo. 
No sé muy bien cómo explicar la tremenda calidad de esta autora, cómo transmitir que su prosa es meticulosa, delicada, precisa y sugerente. Cómo detrás de un párrafo puede haber un torrente de sensaciones, cómo basta combinar con aparente facilidad un conjunto de palabras para que una frase tenga una contundencia que dinamite esa aparente gelidez. 

Jaeggy o el arte de usar el argumento como metáfora de todo un abanico de elementos: la melancolía, la transgresión de las normas, lo disfuncional, la espiritualidad y lo amoral, las desilusiones, las marcas indelebles del desánimo, la imposibilidad de rescatar un pasado que solo existe en la memoria (no se sabe si del todo fiable), los nada livianos abismos personales, el nihilismo inherente a algunas personas (nihilismo casi como un poder con el que no se sabe qué hacer)…

La economía de palabras con las que construye todo es tan abrumadora como admirable. Su prosa no necesita de ornamentos para ser tan cristalina como volcánica. Se puede ser austera y a la vez ardiente y profundamente incisiva, reverberar como un eco profundo y abismal. Se puede ser breve y concisa pero afilada como una guadaña, diseccionando con la precisión de un bisturí la materia de la que están hechas las desilusiones, las obsesiones, la soledad, la vida misma.
Allí arriba me sentía en un estado que podría llamarse de malafelicidad. Exigía la soledad, era un estado de ebrio y tranquilo egoísmo, una venganza feliz. Me parecía que esa ebriedad era una iniciación, y el malestar de la felicidad se debía a un aprendizaje mágico, a un rito. Luego se estropea.
Aunque la voz narrativa está deliberadamente controlada, la intensidad de sus emociones traspasa e impulsa la lectura a través de un calculado cinismo y una intimidación latente que nunca llega a mostrarse de forma burda. Toda esa trabajada economía en la prosa, esa distancia calculadamente aséptica, no hace más que provocar una tensión bellamente elaborada para sumergirnos en los conflictos personales que transcurren detrás del aparentemente nimio acontecer de la vida.

Siempre me ha fascinado la brecha que existe entre lo que transcurre en el exterior y lo que realmente sucede en el interior de las personas. El orden de lo externo y el caos de lo interno. El equilibrio fuera, el abismo dentro. Y Jaeggy se asoma a esa brecha y casi sin despeinarse nos lo cuenta desde dentro, con la elegancia de la sencillez y la metáfora cogidas de la mano. 

Me he vuelto fan de Jaeggy ya desde la maestría del primer párrafo, con esa mención a Robert Walser, sus años en el manicomio y cómo murió en la nieve mientras paseaba. Una mención nada anecdótica y sí muy sugerente de lo que nos va a hablar realmente en Los hermosos años del castigo, dejando en manos del lector que entremos en esa brecha que separa lo exterior de lo interior o que nos quedemos en la superficie. Compleja Jaeggy, me ha ganado como lectora con la conciencia de que hay que leerla y releerla porque ofrece mucho más de lo que parece y eso nos lleva a la introspección y la reflexión, tanto de la lectura como de una misma.
Casi parecía verdad; y le agradecía el casi, leve esencia que atenúa toda brusca oposición entre verdadero y falso.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Agua viva (Clarice Lispector)

Título original: Agua viva
Traductora: Elena Losada
Páginas: 114
Publicación: 1973 (2013)
Editorial: Siruela
Sinopsis: ¿Dónde están los límites del lenguaje? Agua viva es una vivencia –no una reflexión– sobre esos límites. Para avanzar más allá, en busca de la «entrelínea», la voz femenina que nos habla deberá pedir auxilio a la música y sobre todo a la pintura para acercarse al it, ese punto central de lo vivo que Clarice Lispector persiguió en todas sus obras. Vaga epístola a un destinatario mudo, Agua viva supera en todo momento las fronteras de esa amplia familia de las cartas de desamor a la que en parte pertenece. Más allá de la pasión, el texto apunta –con todas las armas: palabra, color y nota– al centro de la vida y desafía a la muerte con su defensa de la alegría.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ
Confío en mi incomprensión que me ha dado una vida libre del entendimiento, he perdido amigos, no entiendo la muerte. Horrible deber es el de ir hasta el fin. Y no contar con nadie. Vivirse a uno mismo. Y para sufrir menos embotarme un poco. Porque no puedo cargar más con los dolores del mundo. ¿Qué hacer cuando siento totalmente lo que otros son y sienten? Los vivo pero ya no tengo fuerzas.
¿Por qué leo? Por momentos como este: vuelve Clarice Lispector, me clava el cuchillo de Agua viva en el centro de mi corazón, me abre en canal y por ese desgarro se escapan como duendes liberados todo lo enclaustrado, lo silenciado, lo no pronunciado, lo sintiente, lo doliente. Y Lispector atrapa todo lo que emana de mí y le va dando forma, palabras, poniéndome voz, vocablo, imágenes, entrelíneas, sentido. Y yo, os lo juro, lloro hasta la extenuación de agradecimiento. De amor. Por eso leo.

Habla Lispector en este libro del soplo de vida, ese boca a boca que se hace a alguien que ha dejado de respirar. Se une boca con boca, se sopla y esa boca respira. Un soplo de vida. Y dice que ese intercambio de respiración es lo más bello y deslumbrante que conoce. Pues bien, desde ya lo digo: eso hace Lispector conmigo, ese soplo de vida. Me mata y me revive. Muerte y resurrección. Belleza y deslumbramiento. 
Yo soy antes, yo soy casi, yo soy nunca. Y todo eso lo he obtenido al dejar de amarte.
La parte sencilla sería decir que Agua viva es una carta que una mujer, tal vez Lispector, escribe a un alguien que amó, pero que también la dañó. Pero eso no solo sería sencillo: sería también un embuste. Esa es la apariencia, digamos el hilo conductor. Un intento de trama para un libro destramado. Es la excusa, la excusa para liberar a Lispector, para captarse a sí misma, para fijar el it (la esencia de las cosas), el núcleo de los instantes-ya, lo inasible del tiempo, el presente que se escabulle constantemente, sin dejarse atrapar, sin poder retenerlo.

Lispector profundiza en las palabras, las quiere, las esboza, las mira, las experimenta y respeta, se deja poseer por ellas. No juega con las palabras sino que se es (a sí misma) a través de ellas. Se encarna y libera en las frases, en las entrelíneas, entrechocando sílabas, palabras y frases.
Antes de organizarme tengo que desorganizarme del todo. Para experimentar el primer y pasajero estado primario de libertad. De la libertad de errar, caer y levantarme.
Escribir como lo hacía Lispector es un milagro y Agua viva, al igual que Un soplo de vida, son de una generosidad que estremece, pues en ella despliega su paisaje interior, una acuarela íntima, delicada, profunda y cicatrizante que acaricia por dentro al lector.

En Agua viva Lispector quiere captar el presente, el instante-ya, el it (eso) que es la esencia de la vida. Pero como el agua, esa que está viva y en continuo fluir, no puedes asirla con las manos, es inaprensible. Inasible como la vida, por movimiento y flujo constante. Pero ella es maga y la moldea con palabras. Crea una cuarta dimensión. Está la incapacidad humana para experimentar esa cuarta dimensión, pero está la magia de Lispector para recrearla, hasta abrir con palabras una puerta tetradimensional. Bienvenidos/as al universo único de Clarice Lispector.
La vida difícilmente se me escapa, aunque me asalte la certeza de que la vida es otra y tiene un estilo oculto.
Lispector rompe todos los cánones habituales en la literatura, así que no se puede esperar (ni desear) una estructura narrativa tradicional, ni siquiera lineal. Agua viva es una deriva exploratoria en donde la palabra adquiere toda su resonancia y magnitud, también su certeza. No hay más trama que la de un alma sintiendo, observándose, y plasmándolo todo en un fluir de párrafos y espacios en blanco en donde todo es exacto y refulgente. Escribe tan poderosamente…, es palabra y su eco, luz y reverberación. 

Aunque pueda resultar extraño, esa desestructura que propone, en la que se desdibujan todas las fronteras posibles e incluso las imposibles, convierte Agua viva en una lectura tan indefinible como deslumbrante. Sus reflexiones y descripciones de las flores son para llorar de belleza, al igual que cuando habla de los animales, el ropero, el espejo. Brillante y deslumbrante como el sol reflejado en el mar.

Puede desconcertar a muchos lectores la salvaje e insólita creatividad de Lispector, pero en pocos libros como en los suyos te sumerges en un mundo de percepciones, sensaciones, emociones, revelaciones. Visceral, intensa y sensible, Lispector siempre reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre una misma y los demás. En su búsqueda de sí misma, yo me encuentro una y otra vez en Lispector.
No voy a morir, ¿me oyes, Dios? No tengo valor, ¿me oyes? No me mates, ¿me oyes? Porque es una infamia nacer para morir no se sabe cuándo ni dónde. Voy a estar muy alegre, ¿me oyes? Como respuesta, como insulto. Una cosa te garantizo: nosotros no tenemos la culpa. Es necesario entender mientras estoy viva, ¿me oyes?, porque después será demasiado tarde.
Y si alguien se pierde a la hora de leer a Lispector, concretamente este Agua viva, ella misma nos dice cómo hacerlo: no de cerca, sino sobrevolando por sus líneas y entrelíneas y silencios y espacios en blanco para poder percibir el juego de las islas y los canales y mares. No como un libro con principio y final, sino como una continuación. Lo que te estoy escribiendo no es para leer; es para ser. Desprovista de trama y convenciones, Agua viva es libertad.

Decía Lispector que era una persona muy ocupada porque cuidaba del mundo y que era responsable de todo lo que existe. Ojalá más personas cuidaran del mundo. Ojalá más Lispector en este mundo y su increíble capacidad de introspección hacia ella misma y todo lo que le rodeaba. Es mi diosa, con ella mi ceguera se cura, me recuerda lo importante, el alma se vuelve evanescente y todo es más liviano y bello. Nunca he visto unos textos tan vivos como todo lo escrito por Lispector. Vida, muerte, resurrección, nacer y renacer, sufrir y vivir, alegría e intensidad. La multivida: vida creando vida a cada instante-ya.
Voy a hablar de lo que se llama la experiencia. Es la experiencia de pedir socorro y de que el socorro nos sea dado. Tal vez valga la pena haber nacido para implorar un día calladamente y calladamente recibir.

martes, 11 de septiembre de 2018

Persona (Ingmar Bergman)

Título original: Persona
Traductora: Carmen Montes
Páginas: 108
Publicación: 1965 (2018)
Editorial: Nórdica Libros
Sinopsis: La actriz Elisabet Vogler se encuentra en un hospital, después de perder la voz mientras interpretaba Electra en el teatro, y los doctores no encuentran causa aparente de su silencio. Encargarán su cuidado a una enfermera llamada Alma, con quien Elisabet comienza una estrecha relación. "Persona" es una de las obras maestras del séptimo arte y en este libro Bergman nos muestra su enorme potencia literaria. Como señala el propio autor, no se trata de un guion cinematográfico, sino que «se asemeja más al tema de una melodía».
¿Crees que no lo entiendo? El absurdo sueño de ser. No parecer, sino ser. Consciente, alerta cada instante. Y, al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres ante los demás y lo que eres ante ti misma. La sensación de vértigo y la sed constante del desenmascaramiento. De verte por fin descubierta, reducida, quizá aniquilada. Cada tono una mentira y una traición. Cada gesto una falsedad. Cada sonrisa una mueca.
Creo que es necesario empezar recordando algo: La palabra persona viene del latín persona, o sea máscara usada por un personaje teatral. El latín lo tomó del etrusco, phersu y este del griego πρὀσωπον (prósopon = máscara). O sea, que etimológicamente persona significa máscara. Ahí le hemos dado. Seguramente Bergman tenía esto muy presente cuando escribió el guion de la alucinante, enigmática y compleja película Persona. 

Es difícil valorar literariamente un guion, más aún cuando las neuras de Bergman, el vacío y la inquietud existencial que tanto le preocupaba, ha sido abordada desde la literatura por grandes autores. Pero es incuestionable la fuerza de su planteamiento, su base literaria, más aún si combinas la lectura del guion con el visionado de la película. La fusión de ambas (lectura y película) resulta aplastante y brutal. Clarificadora, en cierta forma. No debemos de olvidar que Bergman pensaba en imágenes. Y las de esta película las tenía muy claras.

Las primeras páginas nos dan unas pistas innegables: se trata de ser, no de parecer. Parece fácil ¿no? No lo es.
Puedes enmudecer. Así no mientes. Puedes amurallarte, encerrarte. Así no tienes que representar ningún papel, mostrar un rostro, exhibir gestos falsos. O eso crees. Pero la realidad es un incordio. Tu escondite no es lo bastante hermético. Por todas partes se filtran signos de vida. Y te ves obligada a reaccionar.
Dos personas, Elizabet y Alma. Dos caras de una misma moneda. El reverso y el anverso. Parece que nunca se encontrarían, que estaban condenadas a no verse a sí misma la una en la otra ¿Cuándo la cara de una moneda ve a su reverso y viceversa? Nunca. Pero no estamos hablando de monedas, sino de personas.

Elizabet opta por el silencio, quiere dejar sus papeles, sus máscaras. Quiere ser y no parecer. En principio no sabremos las razones, aunque sabemos que el silencio no es una enfermedad ni una patología, es una decisión, tan personal como enérgica. Alma es la que habla, en principio para desbloquear, para romper el silencio de Elizabet. Pero hablar, cuando alguien te escucha (y no solo te oye), termina por ser una catarsis. Sin saberlo, ambas toman distintos caminos para llegar a un mismo lugar.

No nos engañemos: quien elige el silencio no opta por la indiferencia, opta por la reparación, por la cura, por una introspección brutal. Y quien elige hablar, sintiéndose escuchada, inevitablemente caerá también en un camino de autodescubrimiento.
Tener algo en lo que creer. Llevar a cabo algo, poder pensar que la vida de uno tiene sentido. Eso es lo que a mí me gusta. Mantenerse fiel a algo de forma inquebrantable, pase lo que pase. Eso es lo que pienso que hay que hacer. Significar algo para otras personas.
No solo se trata de alguien que calla y alguien que habla. Hablamos también de escucha. El silencio también es comunicación. El silencio de Elizabet no es neutro, tiene también su efecto mariposa, espejea a Alma inevitablemente. Además Elizabet es también lo que hace, sus gestos, su comportamiento. Todo ello tiene consecuencias en Alma, que pasa de un afecto hondo y profundo por la silente Elizabet a sentirse manipulada y engañada para terminar fusionándose con ella, ambas dos, la una con la otra y la otra con la una.

La presión a que se someten ambas es incuestionable. Pero también la presión que reciben del exterior, porque ciertamente el silencio de Elizabet no la protege de nada, siempre hay grietas por las que se cuela la violencia del mundo exterior.
¿Puede una ser personas totalmente distintas, una al lado de la otra, simultáneamente?
Claro, claro que se puede. Pero tener conciencia de todas esas personas que podemos ser en una, o las distintas capas que nos componen y su profundidad puede ser una revelación despiadada para la que no estamos preparados. Asumirnos con todos los estratos que somos, sumergirse hasta llegar a nuestra propia fosa abisal es una tarea inmensa. Elizabet y Alma lo consiguen, a través del silencio de una y de las palabras de otra, hasta fusionarse ambas en una relación absolutamente vampírica entre una y otra. Alma se irá convirtiendo en Elizabet, a la vez que esta necesita de la voz de Alma. 

La unión final entre ellas no implica semejanza, ni que esa simbiosis entre ambas consiga sortear el estallido de la violencia. He dicho antes que eran el reverso y el anverso de una misma moneda. Pero esa fusión final hacia la que nos lleva Bergman refleja el enmarañado laberinto de quienes somos: seres poliédricos y contradictorios. 

He dicho antes que no era fácil ser y no parecer. Se trata de algo tan complejo como resolver tanto tu propia conciencia individual como el poder de lo externo sobre nuestro comportamiento. Quizás es algo que no podamos hacerlo solos y necesitemos del otro. Pero conseguirlo sin que se produzca esa atroz y a la vez poderosa vampirización entre Alma y Elizabet que propone Bergman parece de una complejidad casi irresoluble.
¿No crees que podemos ser algo mejores si nos permitimos ser como somos?
O quizás sea que queramos pensar que realmente somos quienes parecemos ser. Una forma de autoengañarnos como otra cualquiera. O que el miedo nos impide ver que realmente lo que parecemos no es mejor que quienes somos. Quizás permitirnos ser nosotros mismos nos hará menos populares, pero más honestos.

La textura del alma humana es muy, pero que muy intrincada.