lunes, 8 de octubre de 2018

El entenado (Juan José Saer)

Páginas: 192
Publicación: 1982 (2015)
Editorial: Rayo Verde
Sinopsis: El grumete de una expedición española al Río de la Plata, a principios del siglo XVI, es capturado y adoptado por los indios colastinés. Conoce así unas tradiciones y rituales que lo enfrentan a nuevas percepciones de la realidad. ¿A qué se debe la costumbre de la tribu, por lo demás pacífica, de celebrar anualmente una orgía de sexo y canibalismo? ¿Por qué el grumete no corre la misma suerte que sus compañeros?
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Lo desconocido es una abstracción; lo conocido, un desierto, pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación.
Este libro me ha ido creciendo entre las manos hasta el punto de hacerse tetradimensional: tiene profundidad, es atemporal, tiene altura (lírica) y tiene anchura (estructural). Voy a intentar empezar por lo fácil. Podría decir que es una novela de aventuras, o de formación, unas crónicas de Indias... Pero, sin mentir, mentiría. 

Cuando el mundo te incomoda, la miseria te arrasa, eres huérfano y el mar te llama ¿qué haces? Responder a la llamada del mar. Irte. Sin destino, sin puerto al que llegar. Solo quieres alejarte. Y eso es lo que hace, hablamos del siglo XVI, nuestro narrador, un grumete de 15 años (del que nunca llegamos a conocer el nombre y esto es tan solo uno más de los muchos y muy inteligentes recursos que utiliza Saer) es retenido por una tribu (los indios colastinés) en el Río de la Plata. Permanecerá con ellos durante 10 años. Y nos contará esos años (y los posteriores) 60 años después.

Hasta aquí lo fácil. Ahora viene lo difícil, hablar de esta maravilla de libro, porque tiene una complejidad tan perfecta y maravillosa que podría extenderme lo que no está tácitamente acordado en un blog. 
No se sabe nunca cuándo se nace: el parto es una convención. Muchos mueren sin haber nacido; otros nacen apenas, otros mal, como  abortados. Algunos, por nacimientos sucesivos, van pasando de vida en vida, y si la muerte no viniese a interrumpirlos, serían capaces de agotar el ramillete de mundos posibles a fuerza de nacer una y otra vez, como si poseyesen una reserva inagotable de inocencia y de abandono.
Voy a intentar explicar la esencia de la genialidad que pone en marcha Saer en El entenado: Poner un envoltorio fácil, accesible, a un contenido profundo. Según la RAE la filosofía es el conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano. Pues Saer hace un tratado de filosofía y le da la apariencia de novela. La fluidez narrativa es evidente y ayuda a avanzar entre la compleja elaboración de la verdadera intención de Saer, que no es otra que dotar de trasfondo filosófico toda esa complejidad formal, donde todos los elementos narrativos se interrelacionan entre sí.

Pero lo hace de tal forma que habrá quien lo lea como una novela, unas crónicas de Indias, y se quede ahí, y además lo disfrute. Y habrá quien, como a mí, este cubo de Rubik tetradimensional (como poco) le tenga días girando párrafos y párrafos, yendo hacia atrás, hacia delante, conectando ideas, reflexiones, mezclando todos los elementos hasta atisbar (conmovida, maravillada) todo el conjunto. Y asombrarse por la elaborada e inteligente estructura creada por Saer, que construye con precisión cirujana toda una arquitectura narrativa de la humanidad. 
En eso se revelan iguales muerte y recuerdos: en que son, para cada hombre, únicos y los hombres que creen tener, por haberlo vivido en la proximidad de la experiencia, un recuerdo común, no saben que tienen recuerdos diferentes y que están condenados a la soledad de esos recuerdos como a la de la propia muerte.
El protagonista, un eterno extranjero, será la voz que nos guíe, de forma inevitable, hacia su concepción de la vida humana y de la (ir)realidad. Una voz que nos habla desde la memoria y los recuerdos. Y ahí está otro de los elementos que maneja Saer: la memoria es el depósito distorsionado de nuestros recuerdos. Los recuerdos y sus desviaciones, ese teñirse de neblina, borrosa y deformada, una especie de miopía de lo vivido. La imposibilidad de que el recuerdo sea una imagen precisa, estática, una fotografía exacta de lo sucedido, sino más bien una interpretación subjetiva. Ni siquiera el recuerdo de un hecho es prueba de que ese hecho haya sucedido realmente. Y la imposibilidad de compartir recuerdos, tener recuerdos comunes con alguien, de la misma forma que no se pueden compartir percepciones ni vivencias iguales con nadie porque todo está impregnado de lo individual, lo subjetivo.

Las distintas estructuras que conforman El entenado, el juego de los elementos narrativos, el uso de las comas, la ausencia de espacios en blanco… son múltiples los recursos utilizados por Saer para hacernos reflexionar, entre otras cosas, sobre lo mutable de nuestras percepciones y lo incierto de nuestra memoria, puesto que el recuerdo añade y multiplica percepciones de la realidad recordada.
La mera presencia de las cosas no garantiza su existencia.
Contra lo que está oculto no puedes crear estrategias de afrontamiento, contra esa intemperie invisible no tienes armas, solo contra lo conocido puedes resistir y luchar. Lo que permanece en la oscuridad, en la negrura, si no sale a la luz seguirá causándonos un terror contra el que no podemos lidiar. ¿Por qué la tribu de indios colastinés retiene a nuestro protagonista durante 10 años para finalmente liberarle? Porque necesitaban que fuera su narrador, un amanuense de su existencia. Necesitaban de su presencia y su atención. Porque se necesita del otro para existir. 

La realidad no existe sino hasta que alguien la observa. El resto es irrealidad. Y eso lo sabían bien los indios colastinés. Por eso necesitaban un observador. Bien es verdad que hablamos de la inexistencia de una realidad objetiva. Así entonces, la única realidad (realidades, porque no podemos hablar de una única realidad) posible es subjetiva. Se puede decir que hay tantas realidades como personas. Pero los indios colastinés querían existir, querían ser.
Hay dos clases de sufrimiento: en una, se sabe que se sufre y, mientras se sufre, una vida mejor, cuyo gusto persiste todavía en la memoria, es escamoteada; en la otra, no se sabe, pero el mundo entero, hasta la más modesta de sus presencias, se presenta, para el que la atraviesa, como un lugar desierto y calcinado. 
No basta la mera presencia para existir. Lo que percibimos de la realidad es como miles de lucecitas que se multiplican, desaparecen, se transforman caprichosamente. ¿Cómo hacer para retener, perdurar, existir…? ¿cómo? Necesitamos exteriorizarnos, como una forma de mostrarnos, ser observados para poder existir. Ese esfuerzo constante por pertenecer, por no ser extraños, extranjeros, ajenos… y que a veces lleva a un agotamiento vital extremo y exacerbado (muchos dirían depresión) es reflejado con gran acierto por Saer. La desolación de la tristeza, los deseos de abandonarse.

De la misma forma que los colastinés infundían realidad a los lugares y a las cosas, porque con su presencia los materializaban y les daban forma, necesitaban también refutar su propia existencia con la presencia tanto de esos lugares o cosas, como de alguien externo, alguien que fuera su mirada exterior. Un círculo vicioso realmente angustiante.

Un círculo vicioso del que no se salva quien se supone que tiene que ser esa mirada externa, porque él mismo está contaminado de lo incierto, dudoso e interpretable de los propios recuerdos, con lo cual es posible que tampoco esos recuerdos sean ciertos (Ya no se sabe dónde está el centro del recuerdo y cuál es su periferia).
Es, sin duda alguna, mil veces preferible que sea uno y no el mundo lo que vacila.
Los indios colastinés se esforzaban porque todo fuese lo más inmovible posible, lo más idéntico a sí mismo, en un intento de mantener inalterable el mundo (el espacio que habitamos) para dar una apariencia de realidad, de existencia, de cierto control. Hay quien opina que al final Saer repite conceptos e ideas. Y así es. Quizás como algo deliberado, porque precisamente en esa repetición consigue perdurar, de la misma forma que los indios intentaban mantener inalterable el entorno y su propia existencia con lo que de repetición implica la inalterabilidad. 

Dejo muchas cosas en el tintero: el lenguaje, los sueños, la religión, los nacionalismos, civilización versus lo “salvaje”, la otredad… Son muchas los temas que aborda El entenado, muchas las inquietudes que me ha avivado, y mucha (muchísima) la admiración que me ha provocado este libro que voy a revisitar muchas veces, muchos días. Para existirme.
De la negrura que nos rodea, la virtud nos salva. Si sorteamos, valerosos, una noche, otra más grande, un poco más lejos, nos espera.

11 comentarios:

  1. Ay, Ana. Qué buena lectura de El entenado, qué ganas de volver a él y a todo Saer, que para mí es autor de culto. Un abrazo desde la ciudad de Saer

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    1. Desde luego al menos este libro es para volver a él, aunque sea para recordar párrafos, conceptos, ideas... Yo lo he dejado a mano ;)

      Un abrazo

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  2. Pues creo que en el momento actual si lo leyera me quedaría en esa superficie de la que hablas y que es interesante, pero no me llama demasiado. Para ir a lo profundo y hacer una lectura tan estudiada y trabajada como la tuya y sacarle todo el jugo no me da la cabeza.
    Lo dejo pasar.
    Un abrazo

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    1. Desde luego a este tipo de lecturas te tienes que enfrentar sabiendo qué te vas a encontrar y queriendo leer algo así, que ha sido mi caso, aunque me he encontrado con mucho más de lo que esperaba. Necesito lecturas así para que no se me duerman las neuronas que tienden a hibernar :)

      Un abrazo

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  3. Quiero ser muchimillonaria, dedicarme nada más que a viajar para sacar ideas para escribir y a tumbarme a la bartola en playas paradisíacas para leer todos los libros que me voy a comprar, más los que tengo, eso si no me compro tres o cuatro autores para mí sola para que me escriban todo lo que yo quiera 😁 y entonces leer, leer y leer y en una de esas playas desgranar y disfrutar esta novela con tiempo y sin prisas... Porque de no ser así 😣 jo, ¿Porque no seré muchimillonaria? 🙄

    Gran reseña.
    Besitos 💋💋💋

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    1. :) Yo quiero tener vida para leer todo lo que tengo. Con eso ya me vale ;) Y si es a leerlo al ladito del mar pues mira, ya no aspiro a más...

      Un abrazo

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  4. Pues habrá que echarle un vistazo.
    Besos

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    1. Es una lectura entre la novela de aventuras y el ensayo, para que te hagas una idea. Si te gusta ese tipo de lecturas con trasfondo filosófico, entonces te gustará.

      Un abrazo

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  5. Gracias, Ana, por destinar semejante reseña a un libro al que le he cobrado cariño, porque fue el primero de Saer que he leído, regalo de un amigo de entonces, hace casi quince años. Yo no conocía sus letras, pero gracias a éste me he vuelto devoto del turco Saer.
    Nadie mejor que tú para expresar las mejores percepciones acerca del libro; me ahorras la reseña, aunque no la relectura.
    Cuando puedas, anímate a leer 'Glosa' del mismo autor. El estilo del mejor Saer, en mi opinión.
    Un gran abrazo.

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    1. Que me he enamorado de Saer, Marcelo, vaya tela que tiene. Me encanta su complejidad, sus reflexiones y su forma de escribir sobre todo esto. Aparecerá más veces Saer por aquí, claro que sí, a este tipo de escritores no los dejo pasar de largo. Me hacen.

      Un abrazo grande.

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  6. Creo que para ahora mismo es una lectura complicada para mí. Estoy en una época en la que necesito lecturas más sencillitas y ligeras. Pero tomo nota, para cuando mi cabeza me diga que está preparada para una lectura como ésta.
    Besotes!!!

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En este blog NO se hacen críticas literarias ni mucho menos reseñas. Cuento y me cuento a partir de lo que leo. Soy una lectora subjetiva. Mi opinión no convierte un libro en buen o mal libro, únicamente en un libro que me ha gustado o no. Gracias por comentar o, simplemente, leer