miércoles, 26 de marzo de 2014

Reto de Escritoras Únicas: Marguerite Yourcenar




Marguerite Yourcenar se llamaba en verdad Marguerite Cleenewerck de Crayencour, empezó a utilizar Marguerite Yourcenar (Yourcenar es un acrónimo de Crayencour) como seudónimo y cuando se nacionalizó en EEUU lo adoptó como nombre oficial.

Marguerite nació un 8 de junio de 1903 en Bruselas (Bélgica), su madre falleció a los diez días de su nacimiento, así que su educación corrió exclusivamente a cargo de su padre, de familia aristocrática, Michel-René Cleenewerck de Crayencour, quien le enseñaría latín a los 10 años de edad y griego clásico a los 12. Cuando latín y griego importaban, claro. Tampoco le daría mucho miedo a Marguerite, que a los 8 años leía a Jean Racine y a Aristófanes. La refinada educación de su aventurero padre sentó las bases del amor de Yourcenar por los viajes y por la cultura, especialmente la cultura griega y oriental, no obstante, su padre siendo muy culto, era también de vida alegre, así que se puede decir que Marguerite fue bastante autodidacta y se creó (o se inventó) un poco a sí misma.

                                                                                   Michel-René Cleenewerck de Crayencour con Yourcenar y Barbe (la criada) 
Alexis o el tratado del inútil combate fue la primera novela que le publicaron, en 1929. Diez años después, en 1939, es invitada por su amiga, la traductora Grace Frick, a Estados Unidos, para huir del ambiente bélico que había en Europa. En Nueva York daría clases de Literatura comparada y obtendría la nacionalidad en 1947.

Yourcenar era también traductora (tradujo obras de Henry James, Yukio Mishima, Constantin Kavafis..), y así es como conoció a Virginia Woolf:

El 23 de febrero de 1937, Virginia Woolf anota en su diario que, el día anterior, la traductora al francés de su novela Las olas había venido a consultarle: "No tengo ni tiempo ni espacio para describir a la traductora, salvo para decir que llevaba unas lindas hojas de oro en su vestido negro; es una mujer que supongo oculta algo en su pasado; dada al amor; intelectual; vive la mitad del año en Atenas; es parte del grupo de Jaloux [el influyente crítico francés]; de labios rojos; tenaz; una francesa trabajadora; amiga de los Margerie; prosaica". Se trata, agrega Woolf apresuradamente, de "una señora o señorita Youniac (?) No es ése su nombre".

Su nombre (o el nombre que había elegido) era Yourcenar. Por razones económicas, había aceptado traducir la novela de Woolf; el encargo le brindaba la excusa de conocerla. Años más tarde, Yourcenar describiría aquel encuentro "en las tinieblas, en un salón iluminado apenas por el fulgor del hogar", donde las dos novelistas se hablaron por primera y única vez. Para Yourcenar, la mujer "con cara de joven Parca" era sin duda "uno de los cuatro o cinco virtuosos de la lengua inglesa"; para Woolf, la joven entusiasta era poco más que una interrupción en su ajetreado día. Es posible que la disparidad de sus respectivos recuerdos de aquel encuentro reflejen algo más profundo: dos visiones fundamentalmente distintas del quehacer literario.

(texto extraído del artículo de El País Una francesa trabajadora)

En 1951 publicó una de sus obras más conocidas Memorias de Adriano, una obra pionera dentro de la novela histórica.

En 1980 fue nombrada miembro de la misógina Academia Francesa ¡la primera mujer! (Ya pertenecía desde 1970 a la Academia belga). Parece que Marguerite decía que en un momento de su vida dejó de ser una mujer que escribía para convertirse en un escritor que ocasionalmente era una mujer. De hecho se la “elogiaba” porque su obra no parecía estar escrita por una mujer. Iba a discrepar, porque lo que he leído de esta autora me parece de una sensibilidad muy femenina, pero claro, eso llevaría implícito negar a los hombres la posibilidad de esa sensibilidad. Y me consta que no es así.

Marguerite era bisexual y de hecho ella y Grace Frick (que sería la traductora de Yourcenar al inglés) fueron amantes hasta el fallecimiento de Grace por un cáncer de mama en 1979. No obstante, Marguerite nunca hablaría abiertamente de esta relación y se refería a Grace como “mi amiga”, incluso se mostraba bastante irritable cuando le preguntaban por esta relación (odiaba la palabra homosexual), quizás por ello acabe declarando en una especie de quiebro para que le dejaran de preguntar que: “En fin es algo muy sencillo: primero una pasión; después una costumbre, y al final, sólo una mujer que cuida a otra mujer enferma”.


Cuando Grace muere, un hombre, Jerry Wilson, un fotógrafo de 28 años, entra en la vida de Yourcenar consiguiendo sacarla de la reclusión y acompañándola en diversos viajes como secretario y tal vez como amante. Ella tenía 75 años. Una historia ambigua, puesto que poco antes de que falleciera Jerry lo hacía el amante de este, Maurice, víctima del Sida, enfermedad de la que también falleciera el propio Jerry. Hay quien dice que contagiaría a la propia Yourcenar, pero cuando ni siquiera se sabe si llegaron a tener relaciones sexuales, sería muy arriesgado afirmar tal cosa. En cualquier caso Jerry no fue precisamente un compañero ideal, por mucho que Marguerite le justificara continuamente. Y a mí que me da que en el fondo a Yourcenar le aterraba la soledad…

 Jerry Wilson

Parece que Marguerite Yourcenar era una mujer de grandes pasiones, yo diría que de pasiones elevadas, y afectos complejos y universales. Poco dada al yo, su alma era más propensa a lo universal, quizás por eso protegió su privacidad y sus emociones con esmero.

Marguerite Yourcenar fue una persona austera, que al igual que el protagonista de Alexis o el tratado del inútil combate, se sintió durante toda su vida victima de la pasión y, por tanto, excluida de la felicidad. Los diarios de Yourcenar y su correspondencia amorosa no serán públicos, por expreso deseo de ella, hasta el 2037. Han de pasar, pues, 23 años todavía para conocer la verdad de Marguerite Yourcenar que con tanto empeño se ha esforzado en borrar y postergar. No sé yo si estaré para esos trotes… No deja de ser curioso, en cualquier caso, que quien quiso escribirlo todo y dejar testimonio de tantas cosas, preservara tan fervorosamente su propio testimonio personal.

Obviamente lo que aquí cuento es una aproximación, pequeña y modesta, a la figura de esta gran mujer que fue Marguerite Yourcenar. Una mujer de gran inteligencia y cultura que es una imprescindible en el panorama de la LITERATURA (en mayúsculas). Una mujer fascinante y, seguramente, fascinadora. Lo que he estado mirando durante estos días, más lo que conocía (tengo en casa, leída hace mucho, una biografía de Josyane Savigneau “Marguerite Yourcenar. La invención de una vida”) me ha aportado mucho, porque además de gran escritora fue también una persona con ideas muy interesantes y nada propensa a la vacuidad. A quien quiera y pueda le recomiendo profundizar en la vida y obra de Yourcenar.. y esperar a lo que el 2037 nos depare (podemos hacer una quedada para ese día en que Marguerite Yourcenar se nos desvele ¿no? … y comentamos…)


http://loqueleolocuento.blogspot.com.es/2013/12/reto-escritoras-unicas.html


domingo, 23 de marzo de 2014

Un padre de película (Antonio Skarmeta)



Páginas: 147
Idioma: Español
Publicación: 2010
Editorial: Planeta

Categoría: Narrativa Contemporánea
ISBN: 9788408095408
Sinopsis: En una aldea del sur de Chile, la vida del joven Jacques se verá marcada por la marcha de su padre. Profesor en la escuela, entabla una relación muy especial con un alumno, quien por su cumpleaños le pide que le acompañe a la ciudad vecina para perder la virginidad.


Hace ya un tiempo (qué rápido pasa) Meg reseñó este libro, con el que no logró conectar y estaba bastante enfadada con la sinopsis que aparece en la contraportada (y que en su comentario podéis ver). Como soy rara, me entraron ganas de leer el libro para comprobar por mí misma los motivos de su frustración. Y yo soy paradójica, pero Meg es generosa, así que tardó cero coma en decirme “toma, el libro para ti”. Y me lo mandó (gracias, Meg). Y por fin hoy, bastante tiempo después, he decidido leerlo.

De entrada puedo decir que estamos ante un relato inflado convenientemente por la editorial con su letra grande y sus márgenes descomunales para venderlo como novela. He decidido poner otra sinopsis, menos engañosa, porque ya sabemos, las editoriales a veces son un poco exageradas. Y es verdad que en la sinopsis que aporta Meg la editorial se ha columpiado a base de bien. El viejo truco de no contar nada de lo que vas a leer (claro, a poco que cuente, ya cuenta todo) y vender clichés a mansalva que apelen a nuestro corazoncito lector.

Este libro aparece en la biografía del autor como novela. No lo es, es un relato. No entiendo muy bien la razón de pretender venderlo como novela porque en realidad le hace flaco favor. Como cuento o relato tendría un pase, como novela… pues no.

De la sinopsis que he puesto, de la cual he prescindido de una parte porque contaba más de lo que debía, me llama la atención el asunto de que nuestro protagonista acompañe a un alumno a un burdel para perder la virginidad. No es que ese hecho se me haga raro, lo que me resulta curioso es saber que el propio autor, Antonio Skarmeta, frecuentó algún que otro burdel porque lo enviaba allí su abuela. Vamos, que en este aspecto sabía de lo que hablaba.

Nuestro protagonista es maestro. Maestro, con 21 años y poca experiencia sentimental. Y como a la fuerza ahorcan, tendrá que madurar a base de esos sopapos que da la vida de cuando en cuando para que espabiles. Tiene 21 años pero parece tener bastantes menos y sobre todo parece más un alumno que un maestro. Cómo y porqué de repente se convierte en adulto, es lo que descubriremos en esta lectura.

Esta historia de iniciación que Skarmeta nos cuenta podría haber sido una buena y entrañable historia si, tal vez, se lo hubiera propuesto. Pero por alguna razón prefirió contarlo con rapidez, sin profundizar mucho ni en los personajes ni en la trama. O la historia no le llegó a él mismo para mucho más. Y le salió esta especie de culebrón, bien contado eso sí, porque Skarmeta es un buen escritor pero a mi esta lectura me transmitió dejadez, prisas... Y así no te llega, no. Se queda a medio camino, en tierra de nadie.

Se lee en un ratito, y tiene destellos de calidad, pero es prescindible como lectura en la que invertir un dinero. Su sitio ideal sería en alguna sala de espera, entre las revistas de corazón, una distracción previa a que te saquen una muela o te hagan un peinado imposible.

Ya veis que de este libro no tengo mucho que decir...

jueves, 20 de marzo de 2014

Por un puñado de pipas



Hace tiempo os conté que mi abuela tenía un quiosco y que eso, junto a otras pequeñas y grandes cosas, marcó mi infancia. Uno de mis primeros recuerdos, de esos que la memoria atrapa empecinada y que corresponde a recuerdos inaugurales (porque pertenece a cuando tendría entre 3 o 4 años de edad), tiene que ver con el quiosco.



Durante unos días, en mi casa estuvieron de obras, así que mi hermano y yo dormíamos, junto con mi abuela, en el quiosco. Aunque había dos habitaciones, sólo ejercieron como tal durante esos días, porque siempre se utilizaron de almacén de juguetes y chuches. Mi hermana no debía de haber nacido aún, tal vez estaba haciéndose, o era tan pequeña que no se separaba de mamá y no se quedó con nosotros. En cualquier caso, no está en este recuerdo (pero estás en otros muchos).



Ni mi hermano ni yo sabíamos aún leer y no recuerdo que mi abuela nos contara cuentos. Así que mirábamos los dibujos de los tebeos y cuentos, cogíamos chuches y utilizábamos algún que otro juguete que pudiéramos devolver a la estantería como si no se hubiera usado nunca. Lo más interesante de esos días, además de corretear por el pasillo entre las chuches y las piernas de mi abuela y de mi madre, era que mi abuela nos pelaba pipas con más frecuencia de la habitual, puesto que pasábamos allí parte de la tarde y toda la noche. Especialmente por la noche, cuando cerraba la tienda, tenía el tiempo y la paciencia de hacernos un montón de pipas peladas a cada uno, que dejaba al lado de la cocina de carbón.



Para mí este recuerdo es importante, porque además de ser posiblemente el primero que conservo, marca lo que sería la pauta fraternal a lo largo de nuestras vidas: mi abuela siempre hacía un montón más grande para mi hermano. Ante mis furibundas y airadas quejas y lamentos, mi abuela siempre se justificaba diciendo que mi hermano era el mayor, era hombre y necesitaba comer más. Que cuando yo tuviera un año más me daría un montón más grande. Pero claro, mi hermano siempre tendría un año más que yo. Así que ese desigual trato de favor se mantendría irremediablemente para siempre. Aunque por aquel entonces yo esto aún no lo sabía, ni sabía que iba a ser una de esas injusticias cotidianas con las que tendría que apechugar toda mi vida.



El montón de pipas peladas de mi hermano fue, especialmente durante esos días, el objeto de mi ambición de una forma terca y casi obsesiva. Diseñé y perpetré varias estrategias para conseguir aquel montón de pipas peladas, para igualar la balanza y restaurar la justicia en el minimundo fraternal. Desde intentar convencer a mi abuela para que comenzara a pelar las pipas antes de cerrar la tienda (con lo que había más momentos de distracción en los que yo podría meter mano en los montones de pipas), hasta intentar aprender a pelar yo misma las pipas con una rapidez inusitada para poder añadirlas a mi montón. Métodos honestos y métodos deshonestos.



Una noche mi abuela nos preparó nuestras pipas peladas, las repartió en dos montones calculadamente desiguales y nos llamó. Mi hermano y yo estábamos en las habitaciones de arriba. Las escaleras que separaban las habitaciones de arriba del quiosco eran estrechas, empinadas y llenas de obstáculos (sacas de chuches, juguetes, cajas de tabaco…). Una de mis estrategias, que intentaba desarrollar obstinadamente, consistía en llegar antes a la cocina para, en un rápido movimiento, poder coger distraídamente el montón más grande y metérmelo con rapidez diabólica en la boca. La bronca posterior me resbalaba si conseguía mi objetivo.



El caso es que cuando mi abuela nos llamó mi hermano tomó la delantera escaleras abajo. Yo sabía que no iba a poder adelantarle porque no había forma de sortear cajas, sacas y hermano. No cabíamos todos en la escalera. Así que una fracción de segundo tomé la decisión: bajar por el pasamanos. Dicho y hecho. O pensado y hecho. Lo que no calculé es que aun así no cabríamos todos por la escalera y que al llegar con mi culo a la altura de mi hermano el choque iba a ser inevitable. Y efectivamente, no se pudo evitar. Impacté con mi hermano y como la ley de la gravedad es impepinable, yo volqué hacia el lado exterior de la escalera, dando con mi rubia y redonda cabeza contra la barandilla de la cocina. Muy cerca, por cierto, de los dos montones de pipas peladas. Porque ese es el último recuerdo que tengo, la última imagen de mi caída: la imagen fugaz de dos montones de pipas, especialmente desiguales ese día, antes de que se me apagara la luz.


El accidente fue más aparatoso que grave, prueba de ello es que aquí estoy contándolo. Una discreta cicatriz debe ser la causante de que este recuerdo siga latente tanto tiempo después. Fue el primero de muchos otros golpes y caídas, la primera de muchas otras carreras por conseguir algo que nunca llegué a conquistar ni poseer, la primera de otras muchas cicatrices. Pero también fue el primero de muchos otros aprendizajes malévolos y perversos: cuando desperté y durante al menos los dos o tres días posteriores a mi caída tuve, por fin, el montón de pipas más grande que el de mi hermano.

(©AnaBlasfuemia)