jueves, 26 de febrero de 2015

El nadador en el mar secreto (William Kotzwinkle)



Título original: The Swimmer in the Secret Sea
Traductor: Enrique de Hériz
Páginas: 96
Publicación: 1975 (2014)
Editorial: Navona
ISBN: 9788416259007
Sinopsis: Tras diez años de matrimonio, Laski y Diane están a punto de tener un hijo. La noche en que ella rompe aguas marca el inicio de un período de extrañeza, donde acciones tan comunes como calentar el motor de la camioneta o recorrer la carretera entre su cabaña y la ciudad, cobran una resonancia especial, fruto de la urgencia pero también por integrarse en una experiencia que cambiará sus vidas. Ya en el hospital, descubren que el bebé llega de nalgas...


Qué razón tiene Galeano. Galeano y sus frases (envolviendo caballitos de mar, historias mágicas y sorprendentes). Yo no seré historia, no haré historia, pero estoy hecha de historias. Muchas. Y este libro tiene, también, la suya. Y es por eso que una lectura que normalmente hubiera finalizado de una sentada, la hice en dos. La vida a veces es una metáfora de sí misma: ha sido como cruzar un precipicio en dos saltos. Algo que define muy bien mi momento personal. Un precipicio. Dos saltos. El batacazo es inevitable. Pero ¿cómo evitar la caída? Con la verdad del corazón. Y con tiempo.

Ella también ve dentro de mí; quizá vea la inquietud de mis días, como veo yo la suya. Sintió que estaban juntos, entonces, en un nivel nuevo, más viejo, más sabio, con el dolor como nexo de unión.

Hoy, bastantes días después, me levanté decidida a terminar el libro. Página 49. Hasta ahí la sensación lectora era “qué vacío”. Eso pensé y escribí cuando dejé la lectura en ese punto. Yo qué sabía... Pero la historia continuó. Y como dice mi niña del faro, “tuvo un final (siempre lo hay), pero la historia fue más allá de su propio final (siempre es así)”.

Y lo terminé. Joaquín Sabina dixit: “Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”. La vida no se detiene. Nunca. Aunque la tuya lo haga. Comentaba en La orilla del mar que me costaba leer últimamente porque lo que leía siempre me decía algo a mí, a la persona, no solo a la lectora (aunque somos la misma). Y El nadador en el mar secreto también tenía algo que contarme. Dos historias. La que contenía en el interior y la que transcurría en el exterior.

Crujido.
Él sólo reconocía las olas que volvían a llevárselos a un lugar en el que estaban solos en un amor y una tristeza que nadie más podía compartir, solos y cada uno aferrado al otro en aquella realidad…

Historias… Kotzwinkle nos cuenta una historia en 96 páginas. En menos, pero quién necesita más... La escribió después de enterrar a su hijo, con lágrimas en los ojos desde la primera hasta la última página. Una historia triste. Un momento de su vida. Lo hace de forma sencilla y bella a la vez, quizás como es un poco el dolor, ese que transcurre por dentro, en el regazo de la intimidad. ¿Acabo de decir que el dolor es bello? Lo es, en cierta forma, cuando es puro, personal, profundo y honesto, cuando surge de la pérdida de aquello que se ama. Y digo que es bello porque el amor está ahí. El amor al hijo. El amor. Las lágrimas de Kotzwinkle se deslizan entre mis dedos y humedecen la lectura. Cuando el alma duele las lágrimas dignifican y limpian. Purifican.

Dolor y mar. El mar como umbral entre inicio y fin. Un fin sin final. Utilizar el mar como metáfora del amor, de la esperanza, los sueños, la alegría y el dolor parece un recurso fácil. Lo es. El mar da tanto juego… Pero que sea fácil no supone necesariamente que se haga bien. Kotzwinkle lo hace bien. Su lenguaje es evocador y sugerente. Sin tretas. La verdad de los sentimientos no las necesita. De alguna forma frases sencillas, escuetas, que te encuentras en muchas lecturas (“Todo irá bien”. “¿Quieres algo? –No, sólo a ti”. “Yo sólo quería estar contigo, Diane, los dos viviendo juntos sin problemas”) consiguen removerme. Eso enlentece mi lectura, así que tomo asiento en mi propio mar interior y secreto, mientras que con una mano acaricio las paredes de mi faro imaginario. Y leo.

El viento te hace libre. Los vientos y el sol te hacen grande.

Cuando empecé a leer el libro no sabía de qué iba. Órdenes son órdenes y yo (a veces) soy obediente. Una vez que lo tuve en mis manos (...) las pistas no eran muchas, salvo las del corazón. Nada más empezar ya sabes qué te va a contar. Así que la curiosidad se desplaza del qué al cómo. Por ahí me tenía que ganar. Y es fácil ahora ganarme, que hasta las comas y los acentos me sugieren y evocan… todo.

Me gusta contar historias, me fascina que me las cuenten. Kotzwinkle me cuenta la suya. Una de las muchas que tendrá y le harán, como todas las personas. Podría ser un cuento sin hadas, brujas ni titiriteras. Aunque sí con un lobo feroz: la muerte. Contar la muerte no es tarea fácil. Contar la de un hijo que se va cuando apenas ha llegado es… tremendo y desgarrador. Contarlo con la dulzura con que lo hace Kotzwinkle es un arte. Quizá la clave está en que cuenta la historia desnudando su alma. Y eso me gana. Siempre.

Ha sido una sensación muy fuerte y estoy intentando fluir con ella.

No es un libro que al terminar deje una sensación agradable. Pero sí una sensación humana. Quizás esté sobrevalorado. Puede ser. Pero la fuerza de una lectura está en lo que sugiere y provoca a cada lector. Yo soy carnaza ahora mismo. Termino pensativa, movida, tocada, frágil… O quizás es que así empecé la lectura. En cualquier caso, por la historia interior del libro, o bien por la exterior, ha sido una lectura especial.

Al terminar la lectura acudí a un artículo sobre este libro de Rosa Regás que en su momento no leí para llegar a la primera página sin nada previo. Qué cosas. Leo: "Mientras leía este extraordinario libro, pensé que nada ha de ser más reconfortante, nada más emocionante que conocer un episodio fundamental de nuestra vida si nos lo narra la persona que amamos, la que puede decir igualmente que es su propia historia la que está en juego". Amén, Rosa, amén. Cuéntame una historia y no me sentiré sola.

Sólo hemos de seguir adelante, con los ojos abiertos, contemplando con atención lo que hacemos, sin pensar en nada ajeno a la tarea. Entonces, fluimos con la noche.

Sabré hacerlo. Gracias por el libro. Y por esto, por aquello, por lo otro y por todo.

****************
¿Vuelvo? Nunca me he ido, no del todo, como casi siempre que me voy algo (poco o mucho o todo) de mí se queda. Los libros siempre me han dado, vuelvo a ellos para encontrarme. Y contarlo. Y contarme. Quiero dar las gracias a todas y cada una de las personas que habéis dejado cariñosos mensajes de apoyo y ánimo hacia mí en el blog o en mi correo. Todo suma. Gracias de corazón.

miércoles, 28 de enero de 2015

Ana Blasfuemia, la titiritera


Hoy me escondo en una ecuación de silencios porque es una forma de hablar. Mañana hablaré sin silencios, porque es una forma de callar. Si sabes escuchar, y no sólo oír, pasa, tengo algo que contarte.

A veces sueño con que el silencio y las palabras son marionetas en mis manos. Abro y cierro el telón a mi antojo, monto el teatrillo en la plaza y acuden los niños. Los puros. Los que saben jugar de verdad. La bruja descansa porque su marioneta aún no está en el baúl de mi yo titiritero. Pero pronto los niños gritarán y aplaudirán, porque la bruja estará en el baúl y será una más de las historias que quiera contar. O callar.

Es fácil, cómodo, permanecer en silencio… siempre que la conciencia se quede tranquila. Claro que las miserias humanas son frecuentes (¡aterradoramente frecuentes!), y hasta la injusticia más nimia ahoga nuestras voces. Pero si no tengo miedo, al menos seré dueña de mis palabras. Y también de las tuyas. Sí, también de las tuyas, porque por eso soy la titiritera, manejo los hilos, los muevo a mi antojo, no lo oculto, no hay nada vergonzante en ello… Yo también me dejo manejar sin sonrojo. No por cualquiera. Pocos son los escogidos, muchos los que pasan de largo.

Hay un mundo que no es el de los felices. Ellos también forman parte del teatrillo… la vida es muy cabrona… ¿cómo lo entenderán los niños? Escuchad, niños, la vida da vueltas de campana y se columpia al más pintado. La vida está en cada esquina, con su cara y con su cruz. Mirad bien, porque la bruja también es de este mundo. Ahora preguntaros ¿quién maneja los hilos, ella o tú?.

Tenemos brujas, princesas, malvadas, hadas, sirenas… Están todas. Ella también. Está toda la lista completa. A Pew no se le escapa nada.


Quiero ver vuestros rostros, vuestra mirada desnuda, vuestra alma, esa que se muestra al desahuciado. El arlequín ahoga mis sinsabores y hasta me da esperanza. Nunca vi a nadie que se partiera tanto la cara por su vida, por la vida. Hace que yo me parta la mía. Quizás queráis verla. Esta rota. Y sonríe.


El arlequín me enseñó que el uso de la dialéctica no siempre está de parte del que lleva la razón. Que una cosa es ser lista y otra ser honesta. Yo era tonta. Todavía lo soy. Escogí ser honesta. Y empecé entonces a manejar en el teatrillo a títeres en los que la bruja era una malvada con don de palabra, que utilizaba la inteligencia, el raciocinio y la dialéctica para humillar. Era la suya la cara del traidor, del que te mata por nada, por puro placer. Sí, hay gente así.


Y mientras, el arlequín defendía lo suyo, porque amar no es ningún crimen. Y muestra también la cara de la inmundicia para que escojamos, en cada esquina, la cara de la vida. La vida, la de verdad, es sólo para valientes. Como el amor (el de verdad, ese desconocido)...

 
En este teatro de títeres, el arlequín cruza el espejo, no cuantifica expectativas, sabe que es un todo o nada, un cielo o infierno. Cree en la justicia, la honradez y el ajedrez (dos palabras que riman). Cree en el amor, en ese amor al que los demás miran como si fuera un bicho raro.


Fuera del teatrillo la vida real me mira y me exige un talento diferente, quizá me pida hipocresía o utilizar palabras que todos entiendan. Pero aquí, en este teatrillo de titiritera de tres al cuarto una no habla, sino que se comunica, experimenta, juega, es una puerta a la imaginación porque imagina y verás…. Me siento libre aquí porque nadie manda, aunque lo intente. Prefiero estos laberintos de títeres y marionetas, de geografías por conquistar, en donde las personas se asoman, miran y eligen si se quedan o si se van. Una puerta peligrosa, me susurra alguien… ¿Quieres pasar? ¿Y quedarte? Es un todo o nada, recuerda… Cielo o infierno.


Juegos de palabras, que quizás (sólo quizás) turben, impulsen, emocionen, conmuevan o al menos muevan. No hay límites en el teatrillo. Todas las marionetas se muestran desnudas. Pasen, vean y participen si es que se quieren arriesgar. El miedo se queda fuera. Si me quieres y te atreves, sígueme. Mi mano no va a soltar ningún hilo aunque le corten los dedos. Decirte que… aquí está, aquí sigue, Ana Blasfuemia, la titiritera.

(©AnaBlasfuemia)



jueves, 1 de enero de 2015

La orilla del mar (Véronique Olmi)

Título original: Bord de mer
Traductor: José Luis Sánchez-Silva
Páginas: 112
Publicación: 2001 (2002)
Editorial: Lengua de Trapo
ISBN: 9788489618978
Sinopsis: Ella vive sola con sus dos hijos de 9 y 5 años y por primera vez los lleva de vacaciones. Van a ver el mar en lo que debería ser una escapada festiva. Nada más normal. Sólo que no están de vacaciones y no tienen ni un céntimo. Sólo que es invierno y llueve continuamente. Sólo que los niños están desconcertados y quieren volver a casa. ¿Qué hacen pues en el hotel más miserable de una ciudad inhóspita? ¿Qué esperan de ese mar ingrato? ¿Por qué acechan los sueños de los demás? Todo se va resquebrajando mientras aparece el caos interior de una madre incapaz de enfrentarse a la realidad. De cualquier modo, mañana ya nada tendrá importancia.

A veces la felicidad depende de bien poco, algo de calor después de la lluvia y parece que la vida te sonríe

Me cuesta leer últimamente porque todo lo que leo parece decirme algo a mí, a Ana. No a la lectora, sino a la persona. Como siempre, en definitiva. Pero ahora más. Y esto es lo que me ha dicho este libro y esto es lo que os cuento.

Esa soy yo, cuando me siento sola creo que la gente desaparece.

Brutal.

No me voy a andar con rodeos: Una lectura tan cruel como bella.

Por dios, qué libro más angustioso, qué desazón, qué tristeza, qué bien descrito y qué bien escrito todo. Cálmate Ana, serénate un poco. Intenta explicar por qué con este libro te desangras y, sin embargo, es necesario leerlo.

Si además está claro. Lees la sinopsis y ya sabes qué te va a contar. No hay engaños. No esperas otra cosa que lo que lees. Lo que no esperas es el cómo. Cómo vas leyendo cada página, una, otra, una detrás de otra, se te encogen las tripas, gimes leyendo y, sin embargo, no paras. Te desangras en cada página, una sangre blanca, la sangre del alma, que se va extendiendo a tus pies y que al finalizar la lectura está toda fuera de tu cuerpo. Negro por dentro, blanco por fuera. Sin sangre en el cuerpo. Sin la sangre del alma.

El pensamiento es un mal bicho, a veces preferiría ser un perro. Seguro que los perros nunca se preguntan cuál es su sitio ni a quién tienen que seguir.

Véronique Olmi ha escrito este libro con una sensibilidad tan precisa como sobrecogedora, una ternura intensa y cruel. Como es la vida. Como es la verdad. Intensa. Cruel. La vida y sus caras. Y Olmi nos muestra una de ellas, una cara que nos cuesta ver, que nos duele ver. Y lo cuenta de una forma fascinante. No es que te de una bofetada, es que te da una hostia en toda la cara y encima le das las gracias. Por abrirte los ojos, por crecerte la mirada. Porque nunca me había pasado que terminara de leer un libro y la lluvia me empapara de esta manera, calada hasta los huesos, todas mis entrañas sumergidas en lluvia, el pelo empapado, el frío húmedo en los dedos, lluvia en los ojos. Arrasada (que parece un estado natural en mí últimamente).

Así es como hubiera debido pasar el resto de mis días, en la cama con mis hijos, mirando el mundo como se mira la tele: de lejos, sin ensuciarse, con el mando a distancia en la mano, lo hubiéramos apagado a la primera putada.

Véronique Olmi apunta directamente al centro de la verdad. Quita capas de una cebolla que nos mantiene fuera, cómodamente fuera, y nos mete en el centro del alma de una madre. Y nos cuenta su verdad. Esa verdad que nos angustia y no queremos mirar. Y nos removemos inquietos durante la lectura, viendo venir la dentellada y a la vez sin resistirse a ella.

Hay que leer este libro porque nos señala con el dedo. Precisamente por eso. Te señala con el dedo justo cuando corres presta a mirar a otro lado, alegremente, después de que tú hayas señalado con el dedo y soltado sentencia. Entonces viene Véronique Olmi, retuerce tu dedo y mete el suyo en tu ojo. Te lo abre y dice ¡mira!.

No juzgar, JAMÁS, a una madre.
Hay frases mágicas.

viernes, 19 de diciembre de 2014

84, Charing Cross Road (Helene Hanff)

Título original: 84, Charing Cross Road
Traductor: Javier Calzada
Páginas: 128
Publicación: 1970 (2002)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433969828
Sinopsis: En octubre de 1949, Helene Hanff, una joven escritora desconocida, envía una carta desde Nueva York a Marks & Co, la librería situada en el 84 de Charing Cross Road, en Londres. Apasionada, maniática, extravagante y muchas veces sin un duro, la señorita Hanff le reclama al librero Frank Doel volúmenes poco menos que inencontrables que apaciguarán su insaciable sed de descubrimiento. Veinte años más tarde, continúan escribiéndose, y la familiaridad se ha convertido en una intimidad casi amorosa. Esta correspondencia excéntrica y llena de encanto es una pequeña joya que evoca, con infinita delicadeza, el lugar que ocupan en nuestra vida los libros... y las librerías.

Este debiera ser el comentario de una lectura conjunta. Entiéndase por lectura conjunta el leer exactamente a la vez. Dos personas que aman los libros y que leen, sienten y viven igual.

¿Empezamos?
¿Hasta qué página?
¿La 42?
Vale, perfecto.

Y así todas las páginas. En tres días. A la vez. Lectura conjunta. Con. Junto a.

Así fue leído este libro. Así nos encontramos a una Helene que nos enamoró con su fuerza, su vitalidad, su inteligencia, su soltarlo todo así… brrrruuuummmm… Y con un Frank al que nos parecía que le faltaba un hervor, tan contenido y reservado. Tan distintos ambos, tan iguales en su amor por los libros.

Y así, de la mano y sin soltarnos, fuimos leyendo esta historia de amor (amor a los libros, amor a las personas), de amistades sólidas, de personas que se encuentran sin encontrarse, de afectos llenos de ternura. Poco a poco Frank se va haciendo querer. Constatamos que, bendita sea, ahora las distancias se acortan gracias a las nuevas tecnologías. O eso pensábamos en ese momento, que las distancias son más cortas…

Pero no son las distancias, son los afectos. El cariño, el amor. Que sea a la vez, como un baile acompasado, da igual que el ritmo cambie, los pasos siempre van a la vez…. Eso es lo que se carga las distancias. No los correos, ni los aviones ni los trenes ni los barcos ni toda la tecnología actual… Es que sea a la vez. Al mismo paso. No uno delante y otro detrás. Sino a la vez, ella vehemente, él prudente. Dos formas distintas, un amor común (los libros), el mismo caminar milimétrico.

Helene y Frank van de la mano, aunque parecen ir con tiempos distintos. Ella impetuosa, irónica, rápida, directa, sin filtros. Él despacio, frío incluso, sin perder el norte, comedido, ¡¡los libros, los libros!!…. Parecían dos pasos distintos. Y no lo eran. Eran el mismo. Y en ese encuentro mágico en torno a los libros se van sumando personas (eso sí que es sumar): la propia mujer de Frank, sus compañeros de trabajo… 20 años de intercambio epistolar sin llegar a tocarse… ¡¡20 años!!

¿Quieres leer un rato conmigo?
Claro. Página 82.
Hasta el final.
Hasta el final.
(mierda)
Me he quedado de una pieza
Terminamos?
Sí.

Todo encaja, lees… leemos… y de repente… nos quedamos sin aire. A la vez. Allí y aquí. ¡No puede ser!. (No nos pasará, no nos pasará…). La fragilidad de las cosas. Todo parece sólido, atado, indestructible. Y se nos olvida que todo es quebradizo. Un instante y, zas, todo cambia. Todo acaba y todo empieza en un instante. La vida es impredecible. La solidez de lo aparentemente nimio y la fragilidad del… ser.

Es curioso. Creo que la grandeza de este libro está en lo que pone el lector de su parte. En la ternura de lo que no se ve en las palabras escritas. En lo que nos llega de esa relación sin verla, sin leerla en verdad. Es el calorcito por dentro de las relaciones bellas entre las personas, que intuimos, que sentimos. Esa calidez. El encuentro de almas. El amor por los libros.

Luego, la vida, pone lo suyo. O lo quita.

Cuando Helene finalmente pudo viajar a Inglaterra la librería de Frank ya había cerrado. El encuentro con la familia de Frank parece que fue bastante decepcionante, según transmite una de las hijas de Frank y la propia Helene. Qué triste, la cálida amistad no perseveró lo suficiente…

El libro es hermoso. La lectura conjunta lo hizo aún más hermoso si cabe.

Luego, la vida…

Este es el último libro que leí. Hace semanas. No he vuelto a leer. Sólo poesía, ensayos, cosas sueltas. Sobre todo mucha poesía, ese lugar de la literatura al que se llega y se vuelve con el alma desnuda. Y como estoy así, con el alma desnuda, es por lo que este blog también lo está.

Decirte que... ¡¡los libros, los libros!!

(©AnaBlasfuemia)


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domingo, 30 de noviembre de 2014

Reto de Escritoras Únicas: Zelda Fitzgerald


Zelda Fitzgerald (Montgomery, Alabama, Estados Unidos, 1900 - 1948)… ¿Quién es Zelda? ¿Qué hace aquí?. Zelda Fitzgerald, nacida Zelda Sayre fue una escritora estadounidense. ¿Escritora? ¡Pero si sólo escribió un libro, Ana!. Pues yo digo que un libro ya hace a una escritora. Incluso ninguno. Pero como Zelda escribió uno, opté por incluirla en la lista de Escritoras Únicas. Una escritora única que escribió un único libro.

Que no se me olvide deciros que fue esposa y musa de Francis Scott Fitzgerald, escritor que espero sea más conocido por los visitantes de este blog. Relación que, inevitablemente, marcó su vida. La de ambos.

Zelda fue una mujer única también, moderna y adelantada a su tiempo, a sus tiempos, vivió y reivindicó la vida desenfadada de los años 20: fiestas, bailes, alcohol, literatura, jazz, viajes, pintar, creatividad… Una vida vivida a tope, cada día una aventura. Sin freno. No fue él el infiel. Fue ella. ¿Infidelidad? Cuántas cosas se podrían decir de lo que significa ser fiel o infiel. En cualquier caso, sería el amante quien deja a Zelda y Scott Fitzgerald el que la acoge de nuevo, disculpándola. Y retoman su ritmo frenético de fiestas, peleas, escándalos, alcohol…
Zelda era una mujer llena de energía, energía que necesitaba ser liberada y vivida. Y eso hace: vivir al día, como si no hubiera mañana. No lo hay. No hay futuro. Con 30 años sufre una depresión. Más tarde, le diagnosticarían esquizofrenia. Tuvo dos intentos de suicidio: el primero cuando la abandona su amante. El segundo cuando, celosa de la estrecha relación entre Scott y Hemingway, acusa a su marido de homosexual y de tener el pene pequeño… Scott se acuesta con una prostituta para demostrar lo hombre que es y Zelda se tira por unas escaleras (no se rompe nada, el corazón ya lo llevaba roto).

La depresión de Zelda cada vez es más grande, comienza a ingresar en psiquiátricos. Le diagnostican esquizofrenia. Curiosamente la enfermedad y los sucesivos ingresos despiertan su creatividad. Escribe Resérvame el vals, el único libro que escribió. Algo que no sentó nada bien a Scott Fitzgerald, porque el libro de Zelda (autobiográfico) contiene mucho material del que él estaba usando para escribir Suave es la noche. Scott la obliga a eliminar capítulos y la ayuda a reescribirlo. Aunque, digo yo, si ambas novelas eran autobiográficas y hablaba de ellos ¿no es normal que hablaran de lo mismo?. Pues no lo sé. Habrá que leer ambos libros para saber. En cualquier caso, una vez que Scott dio el visto bueno a la novela de Zelda, él mismo escribiría a su editor: “Aquí está la novela de Zelda. Ahora es una buena novela, quizá una muy buena novela. Tiene los defectos y las virtudes de una primera novela… Se trata de algo absolutamente nuevo.

Scott y Zelda seguirían teniendo encuentros y desencuentros. Ella intentaría volver a pintar. Entra y sale de psiquiátricos. Entra y sale de la vida de Scott. En 1940 fallece Scott, víctima de un infarto. Zelda no acudirá a su entierro. Sus ataques e ingresos a los psiquiátricos cada vez son más frecuentes. En 1948 en el hospital psiquiátrico en el que está ingresada se produce un incendio. Fallecieron 9 personas, Zelda era una de ellas.

Y como diría mi madre: así se escribe la historia.

Con Zelda Fitzgerald termina mi lista del Reto de Escritoras Únicas. Todas ellas mujeres, escritoras y únicas. Para mí ha sido un lujo y un placer conocer más a alguna de ellas y mejor a otras que ya conocía. Cualquiera de las 30 escritoras en total (de las tres listas), todas, deben de ocupar un lugar en nuestras estanterías.

Nota: Tengo el blog ligeramente en standby. Y, os habréis dado cuenta (o lo mismo no…), que no visito vuestros blogs ni, por tanto, os comento. Iré retomando poco a poco. Ahora las manecillas del reloj son de plastilina y el tiempo tiene otro compás. Volveré. A ritmo de plastilina.



lunes, 17 de noviembre de 2014

Mortal y rosa (Francisco Umbral)





Páginas: 256
Publicación: 1975 (2008)
Editorial: Planeta
ISBN: 9788408081333
Sinopsis: En Mortal y rosa el poeta Francisco Umbral gira y gira en la trituradora de una impotencia y de una pena descabelladas: está mirando la lenta muerte de su hijo. El escritor, el poeta, tambaleándose en los territorios de la calamidad, rebotando contra los paredones de un destino completamente despiadado, descifrando con los ojos desamparados el abecedario de lo absolutamente indescifrable, habitante ya para siempre en el abismo al que abrazó cuando resolvió convertir en palabras su humillación y su pena de nacido en este planeta desalmado, le dice a la ausencia de un niño: "... quién eras, quién eres, a quién hablo, qué escribo...". Estaba tan aturdido de dolor que no se daba cuenta de que escribía un monumento a la literatura.


A este libro llegué primero por una reseña de U-topia. Confío en ella y en su mirada lectora, así que pese a la antipatía que me despertaba Paco Umbral, lo anoté. Y anotado se quedó. Quién sabe cuánto tiempo hubiera permanecido ahí, en esa lista tan larga de lecturas probables que todos tenemos. Necesitaba un empujón. Y me lo dio alguien que hasta cuando te empuja lo hace con un abrazo. Sé que siempre podré contar con esos empujones y sus abrazos. Y más.

A veces confundes obra y autor. Piensas que son lo mismo. Que hay quien no puede captar y transmitir belleza y ternura porque no forma parte de ellas, al menos en tu cabeza no forma parte de ellas. Si me hubieran dicho que iba a leer a Paco Umbral, que iba hasta llorar leyendo tanta belleza, tanto dolor, su alma desnuda, poética e intensa, no me lo hubiera creído. Me encanta saber que tengo mucho que aprender, mucho que reaprender, y que podré rectificar no con rencor, sino con alegría y admiración.
Si no hay transparencia no hay escritura.
Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído.
Nunca dudé de la prosa de Umbral. Pero la tirria que le tenía nunca me dejó valorarle como escritor, no me encontraba con él, no me sentía cómoda en sus libros, casi hasta me irritaba, aunque admiraba su sabiduría, su manejo de las palabras. Y qué magnífica lección he aprendido. Quién diría que fuera Umbral el que me la iba a dar.
Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.
Así empieza este Mortal y rosa. Y, caray, no puedo estar más de acuerdo con él. Hace mucho (y muchas veces) que he mandado a la mierda a Freud. Y no hace menos que he dejado de interesarme por los sueños, los sueños del dormir (bueno, algunos me interesan…). Los otros, los sueños del vivir son irreductibles y los necesito como el respirar. Soñarlos y convertirlos en realidad, como quien da forma al barro, despacio, con paciencia, con mimo y delicadeza. Y así, desde el primer párrafo, Umbral me ganó, y consiguiendo sortear las esquinas laberínticas en las que siempre está esa mirada obsesiva de Umbral por el sexo, la mujer y el erotismo, encuentro una mirada sobre su dolor, su dolor como padre, que converge con la mía (que no soy madre).
Un niño es una lámpara de vida. Un niño es un aceite inextinguible.
Umbral, en este libro, se nos muestra como un hombre desnudo. Un padre desnudo. Deja atrás al egoísta lírico y nos enseña sus cicatrices, esas imborrables que dejan la muerte de un hijo. De su hijo. Resigue con palabras el camino trazado por el amor, la vida, la enfermedad, la pérdida y el dolor. Lo hace con una honestidad brutal y sin concesiones, digna de quitarse el sombrero, con el impudor que le caracterizaba, desgarrador y tierno a la vez. Un Umbral transparente, bello (sí ¡bello!), con una mirada valiente hacia sí mismo justo cuando su epicentro es el desgarro.
Qué torpe para lo sencillo, qué hábil para lo inesperado. Crueldad y ternura son en él una misma cosa, y destripa el mundo porque lo ama.
Y así, Umbral se destripa a sí mismo porque amaba a su hijo. Nos ofrece sus tripas y el lector, donde hay entrañas, ve la belleza de ese ofrecimiento. Él se reencuentra con su hijo a través de este libro y nosotros nos reencontramos con el escritor, con el hombre, con el padre. No hay atajos, no hay caminos cortos, todos son sinuosos, los paisajes cambian, pero igualmente haces el recorrido con él.
Estoy oyendo crecer a mi hijo.
A lo largo de las páginas, Umbral entra y sale, va y viene, porque el dolor, la muerte, necesita de rodeos para mirar a la cara, la muerte como ausencia irreparable y desgarradora tiene pocos caminos que se transiten en línea recta. Y nos cuenta todo, no sólo la enfermedad y la muerte del hijo. Y yo, que estoy en un momento en el que tengo todos los sentidos a mil (hasta el olfato se esfuerza, encomiable, en estar a la altura), entro y salgo con Umbral, le sigo sin rechistar, oyendo como él mismo crece palabra a palabra. Viendo cómo mis propios ojos han cambiado su mirada reconociendo un espejo que parecía imposible a priori.
La imaginación es el vuelo de un sentido a través de todos los otros. La imaginación es la sinestesia, el olfato que quiere ser tacto, el tacto que quiere ser mirada.
No basta con mirar. Hay que sobremirar, sobrever.
No basta con mirar, no. Sobremirar, sobrever, sobreleer, sobrevolar, es así como se alcanza a ver dentro, adentro… Este libro es de una belleza inusitada, inesperable de encontrar en un espacio de dolor y derrumbe. Enferma el hijo y enferma el padre. No es una novela, no es un ensayo, es un poema íntimo, un desgarro hacia fuera, no hay dramatismo, es la desnudez de Umbral, su raíz, su tronco y sus ramas en el otoño de su vida. ¿Un monólogo intimo? Eso dicen… Yo lo veo como un diálogo, fluido y desordenado (como lo son todos los diálogos del alma), de Umbral con él mismo, con su hijo, con la vida, con cada cosa que le rodea, con lo vivido, con lo sentido, con lo amado, con lo cotidiano…. Y no pude hacer otra cosa que escucharle y darle las gracias por su desgarradora y sensible pureza.
La risa de mi hijo. He perdido la risa de mi hijo.
Ya, lo sé... ¿Duele leerlo? Sí. Rotundamente sí. Duele. Pero dolería más no leerlo. No voy a hacer un debate sobre los libros que duelen y qué hacer con ellos. Cada cuál sabrá cuándo y si transitar por este libro. Cada cuál sabe cómo enfrentarse y cómo aprender del dolor. Es una lectura que deja huella, conmueve, te rasga, te desgarra, pero también te ilumina. Yo lo he leído y lo he contado, que es lo único que sé hacer. Contar. A mi manera.
Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú
Gracias por el empujón. Y por el abrazo. Y por existir(se). Y por todo.
(Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio...y coincidir.)

martes, 11 de noviembre de 2014

Suite Francesa (Irène Némirovsky)

Título original: Suite Française
Traductor: José Antonio Soriano Marco
Páginas: 480
Publicación: 2004 (2005)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788478889822
Sinopsis: Novela excepcional escrita en condiciones excepcionales, Suite francesa retrata con maestría una época fundamental de la Europa del siglo XX. Imbuida de un claro componente autobiográfico, Suite francesa se inicia en París los días previos a la invasión alemana, en un clima de incertidumbre e incredulidad. Enseguida, tras las primeras bombas, miles de familias se lanzan a las carreteras en coche, en bicicleta o a pie. Némirovsky dibuja con precisión las escenas, unas conmovedoras y otras grotescas, que se suceden en el camino: ricos burgueses angustiados, amantes abandonadas, ancianos olvidados en el viaje, los bombardeos sobre la población indefensa, las artimañas para conseguir agua, comida y gasolina. A medida que los alemanes van tomando posesión del país, se vislumbra un desmoronamiento del orden social imperante y el nacimiento de una nueva época. La presencia de los invasores despertará odios, pero también historias de amor clandestinas y públicas muestras de colaboracionismo.

¿Por dónde empezar? Por el principio, Ana. Irène Némirovsky es una de las autoras del Reto de Escritoras Únicas, concretamente está en la lista de Marilú. Quería acercarme a Némirovsky con este libro, por la historia especial que le rodea y que todo el mundo conoce: Se trata de una obra que fue concebida inicialmente como una composición en cinco partes, de las que Némirovsky sólo consiguió escribir dos antes de ser llevada al campo de exterminio de Birkenau, donde sería asesinada el 17 de agosto de 1942. Las dos partes que consiguió escribir son Tempestad en junio y Dolce. Se completa Suite Francesa con Notas manuscritas de Irène Némirovsky y Correspondencia 1936-1945.

De entrada nos encontramos con un Prólogo de Myriam Anissimon que, aleluya, es realmente un prólogo, no destripa nada, pero cumple magníficamente su función de ubicarnos en cuanto a la espeluznante situación que convirtió esta Suite Francesa en una obra inconclusa. Por un lado hace una breve pero atinada biografía de Irène Némirovsky, con atinadas reflexiones de en qué situación emocional fue escrita esta Suite Francesa; y por otro, conocemos también las no menos excepcionales circunstancias que provocaron que este libro no fuera publicado hasta 2004.

El Prólogo tiene la gran virtud de, con brevedad y precisión, conseguir ponernos la piel de gallina y empezar a leer con el espíritu necesario para que esta lectura sea excepcionalmente cercana y emotiva. Crea el clima adecuado para adentrarte en el libro.

Tempestad en junio es fundamentalmente un lienzo, con diversas imágenes de la huida de los franceses de los bombardeos alemanes, el retrato de un éxodo, pinceladas de una huida caótica, una crónica probablemente sesgada y parcial (porque al fin y al cabo sólo tenemos una visión parcial de aquello que vivimos) en la que Némirovsky pone en marcha su ironía y no escatima nada al mostrarnos la miserable naturaleza humana haciendo aparecer la frivolidad en medio del drama, vanidad fruto del egoísmo y del “sálvese quien pueda”. Podría habernos mostrado el lado más solidario, empático y valiente, la imagen del luchador y del resistente, pero decide hacerlo del más mezquino, posiblemente porque es lo que había a su alrededor.

En Dolce nos encontramos en una Francia ocupada en la que vencederos y vencidos, alemanes y franceses, tienen que convivir. La narración en este caso transcurre en un orden más cronológico en cuanto a personajes y acción, con una estructura narrativa con principio y (casi) final. Bien es verdad que el final se produciría a lo largo de las otras tres partes de esta suite inconclusa, aun así gracias a las notas del manuscrito y a que Dolce era un apartado ya concluido, no da tanto la sensación de quedarse incompleto.

En Dolce se aprecia la maestría de Némirovsky para trazar el perfil psicológico de los personajes, fundamentalmente a través de sus reacciones. La línea que debería de separar a vencedores y vencidos se difumina ante todo aquello que iguala a los seres humanos: amor, miedo, soledad, belleza, deseo… Si fue decisión de Irène Némirovsky hacerlo así porque narrativamente le interesaba más, mostrando el lado humano de los soldados alemanes, o si realmente es así como se vivió es algo que no alcanzo a saber. Se me hace evidente que algunos soldados nazis fueran humanos e incluso hasta buenas personas, pero que Némirovsky decidiera mostrar más la egoísta crueldad y banalidad de los propios franceses es algo que no conseguí entender.

Porque si algo me ha inquietado ligeramente a lo largo de toda la lectura es la distancia que Némirovsky mantiene respecto a lo que nos cuenta. Sólo se me ocurren dos razones para que esa distancia, ese relato casi periodístico de lo sucedido, esté tan presente: por pura supervivencia, la distancia como una muleta que te sostiene y permite sobrevivir; o por pura ignorancia de lo que realmente estaba sucediendo, un desconocimiento cruel de lo que sucedía en los campos de concentración y una ignorancia absoluta de la existencia de los campos de exterminio. De la existencia de los primeros era consciente Némirovsky, puesto que los menciona, aunque tal vez no tuviera un conocimiento real de lo que sucedía en ellos. Y me temo que de los campos de exterminio supo cuando ella misma perdió la vida en uno de ellos.

Suite francesa se completa con unos Apéndices que incluyen una Correspondencia 1936-1945 y unas impresionantes Notas manuscritas de Irène Nemirovsky. Estas notas manuscritas sí que me pusieron los pelos como escarpias, porque nos hacen a Irène terriblemente cercana, especialmente en cuanto a la construcción del proyecto de las cinco partes que debieran de haber compuesto esta Suite francesa. Escalofriante comprobar que esa distancia también está presente en estas notas manuscritas, aunque igualmente transpira miedo, incertidumbre, tanto por su propio porvenir como el de, principalmente, sus hijas.

Además de esa inquietante distancia respecto a lo relatado (no olvidemos que es una ficción a medias, puesto que estaba contando casi en tiempo real sus propias vivencias y aquello de lo que tenía noticia), no cabe duda que la técnica narrativa de Némirovsky era impecable: ambientación, personajes, descripciones, estructura, ritmo… no sobra ni falta nada, todo está donde debe estar y como debe estar. Quizás me ha faltado algo de alma, un relato más sentido y menos testimonial, una distancia más cercana entre lo que Némirovsky cuenta y lo que estaba, realmente, viviendo. Pero también es un testimonio que nos ayuda a entender más y mejor cómo sucedió todo, cómo se vivió, cómo a veces no ves (no quieres ver) las orejas al lobo hasta que te da la dentellada mortal. Las consecuencias de mirar al otro lado, de actuar como si la realidad fuera otra, más benévola y menos cruel… No se puede huir de la realidad por mucho que la disfracemos o metamos la cabeza en un agujero. Es más, esa realidad que quieres evitar escondiéndote, se hace más grande y poderosa cuando se decide ignorarla o dulcificarla.

Una lectura en definitiva impresionante por todo lo que rodea a esta obra inconclusa, por la técnica de Némirovsky como escritora, su agudeza y su ironía. Sin duda, el valor de este libro está en ser en sí mismo un documento histórico de una época, en la que nos muestra no tanto el lado cruel del Holocausto, sino más bien esas historias dentro de la Historia que son claves para entender cómo y porqué sucedió lo que sucedió. E incluso porqué podría volver a ocurrir.



martes, 4 de noviembre de 2014

La inquietante Hester (Anne Douglas Sedgwick)

Título original: Dark Hester
Traductora: Susana Carral Martínez
Páginas: 240
Publicación: 1929 (2014)
Editorial: Rey Lear
ISBN: 9788494159480
Sinopsis: Viuda atractiva y culta, Monica Wilmott ha vivido exclusivamente para su único hijo, Clive, que ha acabado por convertirse en su mejor amigo y confidente. Sólo la I Guerra Mundial ha logrado separarlos y, aunque él ha regresado sano y salvo, una extraña melancolía domina todos sus actos. Su madre duda si la causa obedece a las secuelas de la guerra o una inquietante mujer que su hijo ha conocido recientemente, Hester. La boda entre Clive y Hester convierte a las dos mujeres en rivales, situación que aún se agrava más con el nacimiento de Robin, el primer hijo de la pareja. Monica y Hester chocan continuamente sobre cómo hay que educar al niño, lo que acabará por afectar las relaciones de cada una de ellas con Clive, testigo mudo de esta rivalidad femenina. La inquietante Hester, la obra más popular de Anne Douglas Sedgwick, inédita hasta ahora en España, fue la tercera novela más vendida en Estados Unidos el año de su publicación (1929).
Podéis leer las primeras páginas AQUÍ.

No recuerdo cómo llegué a este libro. Pero sí sé que era una oportunidad magnífica para hacer una lectura conjunta con alguien con quien he compartido unas cuantas lecturas (y las que te rondaré) pero nunca una conjunta. Por eso, este libro, casi un desconocido, bajó de la estantería a mis manos.
“Supongo que la he odiado desde el primer momento en que la vi”, se oyó decir a sí misma Monica Wilmott, al recordar a Hester tal y como la había visto la primera vez.
Así empieza este inquietante libro, Sedwick va al grano, como a mí me gusta que empiecen los libros, enganchándote desde la primera página y poniendo las cartas boca arriba. Lo que no me imaginaba era la cantidad de ases que tenía en la manga Sedwick que no hacía más que sacar cartas y ponerlas encima de la mesa y no me dejaba despistarme de la partida ni un momento.

A ver cómo me cuento y os cuento lo que es esta lectura. En principio tenemos a una madre con una relación posesiva y ligeramente enfermiza con su hijo. Y una nuera. Vaya, un libro sobre la relación madre-hijo, pero sobre todo suegra-nuera. Y además hay que situarse, porque el libro es algo más que esta relación a tres bandas: estamos a principios del siglo XX. De hecho, Monica es el siglo XIX y Hester el siglo XX, una ruptura intergeneracional de narices. Dos modelos sociales enfrentados, uno asentado pero en decadencia y otro aún en pañales pero vigoroso y rebelde. Dos mundos enfrentados. Dos mundos imperfectos, con sus grandezas y miserias, como corresponde a la vida misma, nada es absolutamente desechable o reprobable ni nada absolutamente necesario e importante como para no encontrarle algún pequeño desperfecto. Dos maneras de ver el mundo que supone también dos maneras de ver y vivir la vida. Y en la vida hay sentimientos ¿pueden los sentimientos de dos mundos distintos cogerse de la mano y entenderse?

Un libro sobre soledades, amores, relaciones, renuncias, familia, amistades… esos pilares que componen nuestro discurrir por esta estación de paso que es la vida. Inteligentemente preciso, sorprendentemente profundo y detallado en pensamientos, sentimientos y comportamientos, leer este libro es como mirar en un pozo profundo y oscuro, Sedwick nos pone luz y nos permite ver dentro (de Monica, principalmente). Es más, no es que nos permita, es que nos empuja a mirar, aunque el empujón no era necesario. Una vez que te asomas ya no puedes parar. Como si fuera una novela de misterio, quieres saber qué pasa, quieres decantarte ¿Monica? ¿Hester? ¿Quién es la inquietante?. Porque Hester, a mí, ya en el siglo XXI, no me inquieta, pero Monica…

¿Y Clive? Bueno, Clive está, es necesario en este paisaje lleno de marasmos emocionales, de giros sorprendentes, del transcurrir de sensaciones, un va y viene en el que he sentido que Sedgwick me hacía bailar y girar a una velocidad de vértigo. A Clive lo vemos siempre a través de los ojos de Monica y también de los de Hester, aunque en un momento dado se nos muestra, le vemos circular sangre por las venas, atisbamos su angustia, se le acelera el corazón y el latido. Pero no es un personaje activo de la trama, aunque sea necesario para ella. No son los hombres los personajes fuertes en este libro. Serán ellas, las mujeres: la madre, la mujer, la amiga.

Esto podría ser, y de hecho es, un duelo de mujeres. A un lado del ring, Monica, mujer victoriana en sus valores, recta en su código moral, egoísta en sus emociones (la soledad es una mala compañera de viaje) y altamente manipuladora en sus comportamientos. Muy inteligente. Al otro lado del ring, Hester, mujer del siglo XX, liberal, valiente, con convicciones sociales que la acercan al socialismo. Feminista. Emocional, insegura y también inteligente. Sincera.

¿Quién vencerá en este duelo titánico?. He llegado a la última página del libro y a falta de un párrafo, sólo uno, aún desconocía el final. Sólo por eso ya me quitaba el sombrero ante este libro cuya segunda mitad más que leer, devoré (en una falta de sintonía absoluta con mi partenaire en esta lectura, que se devoró la primera parte). Pero es que además en ese sorprendente último párrafo Sedgwick riza el rizo. En otro libro, este final me hubiera provocado llevarlo de pienso para las gallinas. Pero en La inquietante Hester, ese final lo que ha hecho es hacerme exclamar (sic) ¡jodía Sedgwick! mientras sonreía. Al fin y al cabo ya la había visto manipular los hilos durante toda la lectura, así que no me ha extrañado ese final.

Y sonreí como haría ante cualquier espectáculo y un final así, después de un transcurrir apasionado que me tuvo misteriosamente en vilo página a página, sorprendiéndome en cada capítulo. La inquietante Hester es como una sinfonía, llena de variaciones, movimientos lentos pero intensos, para cambiar rápidamente a otros movimientos más sorprendentes, sin perder profundidad ni inteligencia en ningún momento. No hay un tono menor en esta sinfonía que compone Sedgwick, todo es dinámico y poderoso.

Sedgwick nos arrastra en esta lectura, no importa que la inquietante sea Monica, porque no puedes evitar entenderla cuando así lo quiere Sedgwick, que lleva al lector donde quiere y como quiere (no siempre convence, pero no pierde el pulso). Hace que nuestra capacidad de comprender se explaye, estás con una pero no repudias a la otra, rechazas y aceptas a la vez, me convierte en alguien elástico y mi mente crece y acepta hasta lo que no debiera. Porque en el fondo en todas las relaciones (familiares, amorosas, amistosas) la complejidad está presente, a veces a la vista, y otras veces en el alma de cada cual. Esa complejidad expuesta y desgranada de forma aparentemente fácil y minuciosa es lo que me ha gustado de esta lectura

Un libro ideal para un club de lectura, sin duda. Tengo bajo sospecha la traducción, que me ha dejado la sensación de no ser del todo correcta, pero a falta de posibilidad de contrastar con el idioma original, únicamente lo comento como mera impresión que no obstaculiza la lectura.