martes, 14 de abril de 2015

La plaza del diamante (Mercè Rodoreda)



Título original:
La plaça del Diamant
Traductor: Enrique Sordo
Páginas: 256
Publicación: 1962 (1965)
Editorial: Edhasa
ISBN: 843501536X
Sinopsis: La novela narra la historia de Natalia, la "Colometa", una mujer que representa a muchas otras a las que les tocó vivir un periodo de la historia de España especialmente duro y cruel: la Guerra Civil y la posguerra. Al igual que otras mujeres, Colometa verá partir y morir a sus seres queridos, pasará hambre y miseria y se verá muchas veces incapaz de sacar adelante a sus hijos. Hundida en un matrimonio que no le proporciona felicidad y unida a un hombre egoísta, Natalia renuncia a su propia identidad cediendo todo el protagonismo a su esposo, aceptando los convencionalismos de una época. Pero la vida y las circunstancias de la época obligan a Colometa y al resto de los personajes a crecer, a transformarse.

Hace tiempo que quiero releer algunos libros para poder llevarlos directamente a mi sección de prefes y hacerlo con argumentos actualizados. La plaza del Diamante era uno de ellos. Así que crucé la calle, fui a la biblioteca y cogí no uno, sino dos, dos libros de Rodoreda, porque tengo una mano muy alegre y una biblioteca demasiado cerca. Y por cosas del destino y/o las casualidades y el coincidir. Pero primero, releer.
La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no.

Así empieza el libro. Y cuando has leído las cinco primeras páginas, el primer capítulo, te preguntas ¿cómo puede volar ya tan alto Rodoreda? Y crees que no podrá mantener el vuelo durante todo el libro. Pero sí. Lo hace. Vuela, planea, gira, cambia, revolotea, se desliza sobre el cielo literario sin perder ni un ápice de altura. Azul. El cielo azul. Arriba, arriba. Muy alto.

Recordaba sensaciones de este libro, entre ellas una que volví a sentir ipso facto en cuanto empecé a (re)leer: la sensación de que Rodoreda me sentaba a su lado, arrimaba sus labios a mi oído y empezaba a contarme la historia de Colometa, como si una abuela contara a su nieta un cuento. Una historia. Entre susurros, como la caracola que Colometa se arrima a su oreja para escuchar el mar. Así me contó, otra vez, Rodoreda. Y pasaba su brazo por encima de mis hombros. Y yo queriendo escucharla, una y otra vez, sin poder/querer levantarme, casi cerrando los ojos.

Colometa, diminutivo de coloma, en castellano significa palomita. No es casual, como nada lo es en este magnífico libro. Porque Colometa no se llama así. Su nombre es Natalia. Nace Natalia, la convierten en Colometa y volverá a ser Natalia. Será el Quimet quien la rebautice, llamándola Colometa. El Quimet, que escoge a Natalia para casarse con ella. No será ella quien escoja, aunque crea hacerlo. Y ahí, en ese preciso momento, Natalia empieza a ser anulada. Pero ya lo sabemos desde el minuto cero: ella era así, sufría si alguien le pedía algo y tenía que decirle que no. Sumisión se llama. Y otras cosas. Y tú diciéndole ¿dónde vas con el Quimet, Natalia? Porque lo ves venir, y sufro como nadie cuando una persona se desdibuja, se anula, no es quien en verdad es. Cuando se pierde la esencia de quien se es.
Y la señora Enriqueta me había dicho que teníamos muchas vidas, entrelazadas unas con otras, pero que una muerte o una boda, a veces, no siempre, las separaba, y la vida de verdad, libre de todos los lazos de vida pequeña que la habían atado, podía vivir como habría tenido que vivir siempre si las vidas pequeñas y malas la hubieran dejado sola. Y decía, las vidas entrelazadas se pelean y nos martirizan y nosotros no sabemos nada como no sabemos del trabajo del corazón ni del desasosiego de los intestinos.

¿Es malo el Quimet? Esto de si alguien es bueno o malo, que si el bien, que si el mal, siempre me recuerda a Dostoievski (“El bien es conveniencia, el mal es elección”). ¿Qué es la maldad? Creo que la moral es algo personal, que nace de la persona, y por lo tanto el concepto del bien y del mal también lo es. Personal. A veces el mal se disfraza del bien, y al revés. No siempre es fácil distinguirlos. Y muchas veces conviven (incluso dentro de la misma persona). Posiblemente en esa moral, absolutamente personal, pesen muchas cosas, ahí está la losa de la educación judeo-cristina para dar fe. No. Quimet no es malo. Es egoísta. Y es hijo de su tiempo, de su educación, de su madre. Es hijo del daño pernicioso y nocivo que hacen algunas ideas, la (mala) educación, ciertos valores. Hijo del mal. Si unes a un hombre así con una mujer como Natalia, Colometa, tenemos a una mujer destrozada de forma sibilina y silenciosa. Absolutamente desmembrada. Da miedo. Pero es así. Y hablo de personas, aunque diga hombres y mujeres.

Y si todo esto sucede además en torno a la Guerra Civil y la posguerra entonces el panorama es absolutamente demoledor. Y nos lo cuenta Mercè Rodoreda, no lo olvidemos, de una forma magistral. Con una escritura sencilla, sí, casi infantil de tan tierna, llana, directa, cercana, dulce, sensible. Pero también como si en ese brazo que te pasa por los hombros su mano sujetara una afilada y fina cuchilla hecha de aire y fuera rasgando poco a poco tus venas. Y sangras.
Y se empezaron a oír unas voces que venían de lejos, como si saliesen medio apagadas de gargantas cortadas, de labios que no podían decir palabras.

Lo que esta mujer hace con el lenguaje, con las palabras, es grandioso. Qué arte. Con esos símiles, esa simbología y esas frases cortas pero incisivas que crean imágenes taaaaan contundentes… sientes, sientes a Colometa. Te asomas a su alma. La ves, su inocencia, su candidez, su ternura, su sensibilidad, su acatamiento. Su lucha. Su dolor. Y te desgarra. Porque su historia es una historia cruda. Crudísima. Y sin embargo no hay sensiblería en la forma de contarlo de Rodoreda, no hay fullerías ni engañifas, sólo palabras colocadas y combinadas de forma precisa y coloquial para sentir lo que (y cómo) siente y vive Colometa, sentir incluso que eres capaz de ir con ella, de ser ella yendo a comprar aguardiente y matar a sus hijos y matarse a ella misma.
Y por fin entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho… porque yo era de corcho. No porque fuese de corcho sino porque me hice de corcho y el corazón de nieve para poder seguir adelante, porque si en vez de ser de corcho con el corazón de nieve hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te hace daño, no hubiese podido pasar por un puente tan alto y tan largo.

Y las putas palomas. Que te asfixian. Te angustian. No, Colometa no es rebautizada así por casualidad. Nada es casual en esta ingeniería literaria magnífica y perfecta que construye Rodoreda; todo está en su sitio, las imágenes, las frases, las palomas, los huevos, el embudo, el cuadro de las langostas, las luces azules, la caracola, la columna, la balanza… tanta simbología, tan transparente, tan bien cimentada, combinada y entretejida. Majestuosa y espléndida Rodoreda.
Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.

Vuela Colometa, vuela. Porque al fin, no es sólo una historia de sumisión, inseguridades, frustración, angustia, miseria, humildad, pobreza, guerra y posguerra. Es, también, la historia de una mujer que se libera. Imprescindible y realista, un soberbio testimonio de una época y una mujer. Una heroína con una fuerza inusitada, que sin ruido ni algarabía ni militancias no se doblega ante nada. Dignidad se llama. Y así, hubo, y hay, muchas mujeres. Vuela Natalia, vuela.
Respiré como si el mundo fuera mío.

Y yo aplaudí como si no hubiera mañana.

Una relectura en la que una y otra vez vuelves a apreciar la riqueza y el esplendor de este libro, encontrando nuevos matices, nuevos sentidos, nuevas imágenes, nuevos simbolismos. Un universo. El universo de Rodoreda. Con qué gusto, con qué ganas, con qué placer, me llevo por fin este libro a la sección de joyas, ¿dónde mejor iba a estar un diamante así?

He de ir a la plaça del Diamant. Y darle un abrazo a la Colometa. Por la espalda. Palabrita de Ana Blasfuemia. Algún día, algún mes, algún año, alguna vida.



viernes, 10 de abril de 2015

Astrid y Veronika (Linda Olsson)

Título original: Astrid and Veronika
Traductora: Gemma Moral Bartolomé
Páginas: 224
Publicación: 2005 (2009)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788498382433
Sinopsis: Para enfrentarse en soledad a una pérdida reciente, Veronika, una joven escritora, se instala en una casita de campo en una zona boscosa del interior de Suecia. En ese enclave donde reinan la paz y el silencio, su único contacto con el mundo es Astrid, una mujer taciturna que habita la única casa de los alrededores y con quien apenas intercambia un saludo de vez en cuando. En apariencia, las dos mujeres tienen poco en común: Veronika ronda la treintena, ha recorrido medio mundo y ahora busca la reclusión; Astrid, por el contrario, es anciana, nunca ha salido de su pueblo y no tiene quien la visite. Y sin embargo, a partir de una circunstancia imprevista, ambas inician una frágil relación que, a medida que el invierno deja paso a la primavera, va creando entre ellas un espacio de intimidad que les permite hablar de su pasado y sus recuerdos. Con la llegada de las primeras fresas silvestres, los secretos que atormentan a cada una de ellas saldrán a la luz, y su profunda y sincera amistad dará nuevo sentido a sus vidas.

Verte llegar fue como esa primera luz tras una larga oscuridad. Observé tu esbelta silueta en el haz de los faros del coche mientras descargabas tu equipaje. Me quedé junto a la ventana hasta mucho después de que hubieras cerrado la puerta. Vi apagarse las luces una tras otra. Y creo que supe que la vida había regresado.

El libro estaba en casa. Necesitaba de lecturas menos viscerales, más amables con mis heridas, que necesitan cicatrizarse a la luz mientras mi sangre puede seguir su alocado caudal, sin salirse de las venas por algún orificio. Además me llaman la atención los autores nórdicos, especialmente si abordan historias alejadas de la novela negra. Le había llegado el momento a Astrid y Veronika.

Y a ver cómo cuento. Porque este libro gustará a mucha gente. Es una lectura agradable, tranquila, cómoda, bondadosa… Un buen refugio para la mayoría de lectores.

Pero. Pero llega Ana Blasfuemia y saca su repertorio de porompomperos. Pero.

Y es que me ha gustado mucho, muchísimo, lo que Olsson quiere contar. Lo que pretende contar, la intención. Pero la ejecución. El cómo. Ay.

Me encanta, repito, me encanta, la historia que pone en la mesa Olsson. Un encuentro de dos mujeres heridas, una joven y una anciana, y que ambas se cuenten la una a la otra, ahuyentando la soledad y el dolor a través del mágico conjuro de la amistad. Contarse. ¿Hay algo más bonito en la vida que contarse a otra persona y que se te cuenten a ti? Pocas. La idea me parecía atractiva. Mucho.

¿Dónde está el problema? Que hay que hilar fino, sensible, preciso, para poder tejer bien el entramado emocional de un encuentro entre dos personas que parecían destinadas a mostrarse el alma la una a la otra desde mucho antes de conocerse. Y por ahí, como que no. Le falta solidez y argumento a ese andamio emocional, a la construcción de una amistad en la que te desnudas por dentro, sin red y a tumba abierta.

¿Lo hacen? ¿Se cuentan? ¿Desnudan su alma? Sí. Pero de una manera… artificial. Se cuentan sus historias como si no se hubieran escuchado mutuamente, una especie de “ahora tú, ahora yo” en la que se deja de lado lo que siente una al escuchar a la otra. Como si tuvieran tantas ganas de contarse que no se escucharan. Y así, es difícil de entender ese lazo afectivo que les une. Se supone, se da por hecho, pero no se transmite. Eso es, no transmite cómo se construye la relación entre Astrid y Veronika.

En El Powerbook leí: “Un desconocido es un lugar seguro. A un desconocido puedes contarle lo que quieras”. Pues ese lugar seguro, cómo se construye, es lo que nos roba Olsson. Convierte a dos desconocidas en dos amigas, con una amistad profunda, honesta, especial, pero nos deja huérfanos del cómo se produce. Lo intenta, sí, pero lo da por hecho muy pronto, en su afán de que ambas se cuenten, privándonos de lo más bonito de una relación (la que sea): su cimentación, sus inicios, su confección. Ese entramado es precioso, siempre. Y es por eso que muchas veces no percibía diálogo entre Astrid y Veronika, sino monólogos que se sucedían en riguroso turno.

No todo va a ser candela. Además de ese contarse mutuamente, también me ha gustado mucho la idea de las casas como seres vivos, más allá de cuatro paredes que nos acogen. La casa como un hogar que respira al unísono de quienes la habitan. Una piel de quienes viven en su interior, transmutándose a la vez que sus habitantes.

Es un libro tranquilo y agradable, sin sobresaltos, que se lee con sosiego y una ligera emoción en sus últimas páginas (en la carta de Astrid a Veronika), lo que evita una última sensación lectora cercana a la decepción. Como he comentado, gustará (más) a muchos lectores. Conmigo no se ha portado mal, ha sido una lectura relajada, pero ya puestos a contar una historia bonita, hubiera preferido que me la contara mejor, que no me mantuviera tan alejada. Que me atravesara la piel, que me agitara. No lo hizo. Pero no me tengáis en cuenta. Leed lo que os plazca, no dejéis de leer. Nunca.
Me gustaría que pensaras en mí de esa manera, sabiendo que siempre estaré contigo, aunque quizá no te sea posible recordar mi cara.

lunes, 6 de abril de 2015

Una mujer de recursos (Elizabeth Forsythe Hailey)


Título original: A Woman of Independent Means
Traductora: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Páginas: 344
Publicación: 1978 (2015)
ISBN: 9788416213207
Sinopsis: A comienzos del siglo XX, cuando la independencia de las mujeres era muy relativa, Bess Gardner es ya una mujer de recursos: una joven llena de voluntad y ambición que, además, acaba de recibir una pequeña herencia. La novela narra la vida de Bess desde principios de siglo hasta la década de los sesenta a través de su correspondencia a distintos destinatarios a lo largo de los años. En estos escritos descubrimos a Bess mientras soporta los golpes y las alegrías de la vida con una valentía inquebrantable y un espíritu indómito; sus cartas nos revelan los sacrificios que el amor le exige de vez en cuando, los problemas y las recompensas del matrimonio, las complejas relaciones con sus hijos y, sobre todo, su clara voluntad de desafiar a su entorno social.


Libros del Asteroide me lo puso fácil: ¿quién no quiere conocer a una mujer de recursos? Una mujer decidida, inquieta, rebelde, fuerte, con ideas, resolutiva, desafiante… ¡Yo quería conocerla! Así que zambullirme en las páginas de este libro me pareció una buena opción en estos momentos, así, sin hacerla esperar.
Estamos ante una novela epistolar. No es autobiográfica, aunque Elizabeth Forsyte Hailey se inspiró en la vida de su abuela y yo además me tomo la libertad (porque leer es una actividad absolutamente libre) de pensar que muchas de las reflexiones esparcidas a lo largo de las páginas coinciden milimétricamente con lo que será la forma de pensar de la autora en ciertas cuestiones.
 
"A veces creo que es esa misma frustración con la vida, tal y como la vivimos día a día, lo que me empuja a escribir estas cartas tan largas a personas que rara vez responden de la misma manera, y eso si es que responden. Es como si, al condensar y redactar los sucesos que he vivido, les infundiera una fuerza dramática que en realidad no tenían, pero, por extraño que parezca, lo que recuerdo años más tarde no es el suceso tal y como lo viví, sino como lo conté en una carta. He descubierto que el propio acto de escribir transforma la realidad en ficción."

El género epistolar me atrae mucho. Muchísimo. Ese contarse una misma a otra(s) persona(s) a través de las palabras escritas me parece absolutamente delicado y bello. Porque no hablamos como escribimos, ni decimos en voz alta lo que somos capaces de plasmar por escrito. Es curioso ver cómo muchas barreras que rodean nuestra propia intimidad son saltadas alegremente cuando escribimos, incluso cuando escribimos a alguien. Paradójicamente, se puede mentir con más facilidad al escribir, cierto, pero también puedes desnudar tu alma con la misma comodidad. Mirada a mirada (y sosteniéndola) se miente quizás con menos alegría pero puedes (si quieres) mantener tu alma bien vestida, sin dejarla a la intemperie.

Desde 1899 hasta 1968 Bess Gadner escribe cartas, notas y telegramas. Eso es lo que vamos a conocer, su punto de vista. Por tanto no sabemos cómo viven los demás aquello que cuenta, salvo por las reacciones que provoca en la propia Bess. Una mujer de recursos es Bess, lo que vive, cómo lo vive, la persona que es. A pesar de reflejar una época convulsa y de grandes cambios a nivel histórico, Bess pasará por ellos de puntillas. No olvidemos que es norteamericana, y por tanto vivió ambas guerras mundiales desde la distancia, como se viven las guerras cuando los kilómetros alejan los crueles acontecimientos de nuestra realidad y los aproximan a la indiferencia. Por supuesto, menciona estos hechos y cómo repercuten en la economía y la sociedad de su país, pero no olvidemos que la protagonista única de esta lectura es Bess Gadner, así que sólo refleja lo que ella vive de forma directa.

Sí que conocemos la sociedad norteamericana de principios del siglo XX a través de Bess, especialmente a la alta sociedad, pero principalmente es la propia personalidad de la protagonista lo que conocemos. Que no es poco.

¿Por qué insiste la sociedad en que compartamos todas las experiencias de la vida con la misma persona? Somos muchísimo más complicados de lo que nos permitimos aparentar ante los demás.

Últimamente tiendo a quedarme colgada de algunas frases de los libros que leo. Esta ha sido una de ellas, quizás porque siempre he pensado que, además de ser más complejos de lo que nos mostramos, nunca nos damos al cien por cien a (casi) nadie, no nos desnudamos con tanta impunidad, lo que los demás ven son partes (más o menos extensas, más o menos detalladas) de lo que somos. Quizás si cada persona que conocemos juntara con las demás las partes nuestras que tienen, conseguirían una imagen completa de quien somos. Quizás. Puede incluso que no. Es por eso que darse por entero a alguien puede ser tan nocivo. Un gesto y te destroza. Mientras que quien tiene únicamente una parte, sólo podrá destruir un pedazo de ti. Tendrás las demás piezas intactas para recomponerte.

Eso por no hablar de cuántas formas de amar y compartir hay… a la vez.

Aun así siempre hay riesgos que merece la pena correr (ya lo decía Napoleón Bonaparte: Lo difícil se consigue, lo imposible se intenta).

Ah, que esto no es una blasfuemiada, retomo, retomo.

Ninguna turbulencia es comparable a la agonía de la calma chicha, sin viento a la vista.

Bess es una mujer normal, reconocible, lo que nos cuenta lo vemos incluso hoy en día a nuestro alrededor. Heroínas del día a día doméstico y familiar. Mujeres que desean vivir la vida, fuertes, independientes (mujeres que leen…), que conciben la vida como una aventura. Mujeres a las que la familia les ata y, sin embargo, se sacrifican por sus seres queridos. Con sus virtudes, sus defectos, sus pasiones, sus luchas, sus desdichas y alegrías… La vida, al fin. 

Bess es golpeada por desgracias muy duras (todos lo somos en algún momento de nuestra vida), las sufrirá, se hundirá… y volverá a levantarse de nuevo. Es una heroína, ya lo he dicho (todo el que se levanta, es un héroe). Y como todas las heroínas no es perfecta, de hecho hay muchas cosas que me desconectaban de ella (en el sentido de que no me identificaba, no de que no me la creyera como personaje real): es una mujer muy decidida a la que le gusta organizar no sólo su propia vida (¡hasta deja escrita su propia nota necrológica!) sino también la de los demás, incluso de una forma ligeramente agresiva, invasiva cuanto menos. Esa parte me ponía nerviosa, lo confieso, porque a mí no me gusta que me organicen la vida. Dudo incluso de que me guste la organización, así en general.

A momentos la sensación de que Bess se preocupaba en exceso de su estatus social y de cuestiones materialistas también me incomodaba, porque no lo comparto, pero es cierto que estas imperfecciones, o estos puntos de desencuentro la hacían más real y creíble. Esos contrastes de superficialidad junto con reflexiones que me parecían interesantes y profundas terminaron por conquistarme como lectora. Y su espíritu rebelde y poco convencional, cómo no.

A lo largo de la lectura hubo momentos en los que pensé que ciertas cartas o fragmentos eran innecesarios, pero una vez terminada y ligeramente reposada, me doy cuenta que no sobra nada porque Bess en definitiva es el conjunto de todo lo que escribe. Y el conjunto de cartas, notas y telegramas dan la perspectiva justa y adecuada para conocer a esta protagonista de armas tomar.

Es verdad que la vida de Elizabeth era una vida acomodada, adinerada, pero no es menos cierto que pasa por momentos de infortunio económico, y que la vida le golpea duro con la pérdida de personas queridas. Y también es verdad que cierta frialdad emocional en algunas situaciones resultan incomprensibles o al menos no fui capaz de estar de acuerdo con ella. Pero eso no quita que estemos ante una personalidad peculiar, diferente a muchas mujeres de su época y clase social y, por tanto, una protagonista atractiva para el lector.

Elizabeth Forsythe Hailey, a partir de la estructura epistolar como recurso literario, construye una novela alrededor de una protagonista que se define a sí misma y su vida a través de las cartas que escribe, y que a la vez permite una lectura fluida sin necesidad de que medien diálogos para sustentar el interés y la atención.

El amor propio viene de dentro, no de fuera.

Aviso para navegantes y adictos a series: tengo entendido que la NBC hizo una miniserie de seis horas basada en el libro.

viernes, 20 de marzo de 2015

Reloj no marques las horas


En casa de mi madre, al lado de una falsa chimenea, hay un reloj de péndulo. Y es curioso, porque a nadie de mi familia nos gustan los relojes ni los despertadores, pero en nuestras casas siempre hay varios, silenciosos y tímidos pero efectivos.

Este reloj de péndulo es especial. Era EL RELOJ, el único válido, el que nos daba la hora y marcaba nuestros tiempos. Mi padre se encargaba cada noche de darle cuerda y revisarlo con pulcritud. Recuerdo con nitidez inmisericorde el sonido al marcar las horas, sonaba como una campana, de ahí vendrá mi fijación por ellas (las campanas). Ecos auditivos de otros tiempos y lugares.

Este reloj era nuestra referencia, si se retrasaba todos llegábamos tarde a nuestras citas. Si se adelantaba, éramos los primeros en llegar. Siempre nos sobraba el tiempo cuando se adelantaba el reloj de péndulo. Y siempre sabíamos qué hacer con el tiempo que nos sobraba. Y buenas excusas cuando nos faltaba.


Pero un día el reloj se paró. Ya nadie le dio cuerda. Hace muchos años, demasiados, que marca siempre la misma hora, las 5:52 h. Al principio parecía que el tiempo había dejado de existir, que en nuestro mundo sólo había las cinco horas cincuenta y dos minutos de la mañana o de la noche. Una especie de tiempo sin tiempo, un segundo durando una eternidad o una eternidad condensada en un segundo, dependiendo del cuerpo de cada cual. Pero siempre esa hora bruja: 5:52. Dos veces al día el reloj marcaba con acierto la hora. Y así un día y otro, un año y otro, una vida y otra.

A veces, cuando mis emociones se arriman a los extremos, desde la distancia que dan los kilómetros y el tiempo, soy capaz de visualizar el reloj con todos los detalles, veo en mi mente la esfera de cristal, el péndulo, las agujas del reloj marcando una y otra vez la misma hora, oigo las campanas a las horas en punto, el sonido al darle cuerda. Y entonces la magia hace lo suyo y el tiempo se detiene.

Un tiempo sin tiempo, mi vida por ese reloj. Si decidiera cambiar los relojes por pájaros de cristal quizás volaría por la vida en intensos e infinitos círculos o en ágiles zig-zag fuera del tiempo y el espacio.

Deshacer la trama del tiempo es una buena apuesta: no luchar contra él, sino confundirlo, ignorarlo, como innoble que es.

La libertad puede tener muchas caras, pero estoy segura de que no tiene la cara de un reloj, ni siquiera la cara de un reloj de péndulo, ni su voz es el inapelable tic-tac que tanto me fatiga y fatiga mi memoria.

Si el tiempo es un invento, inventemos ahora el destiempo, el a-tiempo, el tiempo sin tiempo. Un tiempo vacío, para el que se va, para el que vuelve, para el que se queda, para el que olvida y para el que recuerda. Un tiempo con amnesia para que la sangre desemboque en el océano, entre el abandono y el encuentro, un mordisco a la memoria.

Un tiempo sin tiempo para remontar la vida y, desnuda, llegar a la cumbre y abrazar la luz mansa al encontrar unas raíces en el cielo abierto. Y desplegar las alas y volar, privada de experiencias y recuerdos.

Acaso la vida tenga a bien hacer que mis alas tracen un vuelo hasta el manantial de un tiempo sin tiempo mientras la esperanza me alcanza. O tal vez la vida era esto, el transcurrir del tiempo, una tregua sin descanso entre un tic y un tac.


Si alguien me regala un tiempo sin tiempo le querré todo el tiempo. Lo que viene siendo… un siempre.

Acaso la vida.

(©AnaBlasfuemia)


lunes, 16 de marzo de 2015

El Powerbook (Jeanette Winterson)


Título original: The Powerbook
Traductora: Ángels Gimeno-Balonwu
Páginas: 288
Publicación: 2000 (2004)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435008907
Sinopsis: El powerbook de Jeanette Winterson combina la gran tradición narrativa universal con las posibilidades abiertas por la informática, y particularmente por internet. Y no sólo por el hecho de que el argumento gire en torno a un cruce de mensajes entre dos personajes que ocultan su verdadera personalidad, sino sobre todo porque la sensación de fugacidad, de inmediatez y de distancia está muy bien logrado mediante el empleo de diálogos rápidos, esquemáticos y contundentes, tan ambiguos y espontáneos como los que pueden leerse en un foro de internautas.


Winterson. ¡Pues claro! La autora que me trajo La niña del faro. Que me gusta a mí hacerme esperar. Y no iba a ser La pasión, La mujer púrpura, El guardián del tiempo, Escrito en el cuerpo, Fruta prohibida… no iba a ser cualquiera de sus libros más conocidos y recomendados (y que adquirí de forma compulsiva después de La niña del faro). No. Que a una no le gustan las líneas rectas, así que… El Powerbook. Venga, Ana, dale. Comienzo a leer:

Para evitar que me descubran, sigo huyendo. Para ser yo quien descubre, sigo incansable.

Me detengo durante un laaaargo tiempo en esta primera frase. Sonrío. La releo varias veces. Vuelvo a sonreír. Una y otra vez. Vaya manera de comenzar un libro. Sé que no estoy ante La niña del faro, pero tengo claro que Winterson es una autora especial para mí, que fluyo entre sus palabras como pez en el agua, como agua en el arroyo, como arroyo en el cauce, como cauce en el valle. Sé que esta extraña escritora me resulta transparente (o quizás soy yo transparente para ella), que me empapo de todas y cada una de sus historias, que su personal, diferente y peculiar forma de contar es un espejo en el que veo con nitidez cada detalle, cada línea, cada puntada, cada imagen. Tengo la sensación de que Jeanette Winterson escribe para mí. Como si le encargara historias a medida. Qué bien, qué bien.

Historias y verdades. O no. O historias y mentiras. Las dos cosas (porque una cosa y su contraria no se excluyen: malviven pero conviven). Lo comentaba hace poco: estamos hechos de historias. Así que crearlas, contarlas y que me las cuenten, es pura vida para mí. Convertir momentos en historias. Historias sin fin ni final. Winterson es una ingeniosa y hábil narradora de historias, en las que me siento como dentro de un traje que se adapta a mi cuerpo a la perfección, quizás como si fuera la piel de mi propia alma.

Las historias son mapas

Las. Historias. Son. Mapas.

Cuatro palabras combinadas adecuadamente son suficientes para que dentro de mí broten historias y mapas, cartografías imposibles y geografías probables, afluentes en dirección contraria, bifurcaciones, caminos sin peaje, atajos quiméricos… Cuatro palabras y miles de posibilidades. Cuántas cosas ha inspirado y movido dentro de mí esta frase: Las historias son mapas. Pues aplaudo, ¡qué le voy a hacer si no llevo sombrero y no me lo puedo quitar!

- Esto no es más que una historia.
- Yo a esto lo llamo una historia verdadera.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo sé porque yo estoy en ella.

Quieta. Os preguntaréis qué nos cuenta Winterson en este libro. Que nos gusta saber qué tenemos entre manos. Habla del amor. De disfraces. De verdades y mentiras. De lo real y lo virtual. De historias (¿de qué otra cosa iba a hablar Winterson?). La protagonista (o el protagonista, deliberadamente ambiguo, marca de la casa de la autora), Alix, es una escritora, una e-escritora, que desde su ordenador, vía e-mail, ofrece “libertad por una noche”; es decir, te escribirá una historia hecha a medida. ¿El problema? Que las historias son seres vivos que pueden atraparte, engullirte, y cuando quieres darte cuenta ¡zas! formas parte de la historia que estás contando y entonces la delgada línea entre realidad y ficción, lo real y lo virtual, se vuelve estremecedora e impresionantemente fina. O directamente salta en mil pedazos. Un riesgo que todo creador de historias y momentos tiene que correr. Y asumir. Patapúm. Jugar con fuego y quemarte. O no. ¿Quema lo vivido aunque lo vivido no sea verdad? Fuego con fuego no se queman, pero se apagan. Pero hasta entonces... arden.

Vivo en un mundo material, aparentemente sólido, y el peso de éste ya es suficiente. Los otros mundos que puedo alcanzar necesitan mantener su ligereza y su velocidad de la luz. Lo que yo traigo desde esos mundos a mi propio mundo es otra oportunidad.

Al igual que en La niña del faro la estructura narrativa habitual o esperable por lectores en zona de confort es inexistente. No hay línea argumental, pero Winterson es tan valiente como reconocible, libre en su forma de contar. El esquema es muy similar: una historia (más o menos) central y fábulas, leyendas, personajes históricos, reflexiones, que se mezclan constantemente, todas ellas reencarnando una y otra vez la historia de amor entre la narradora y la mujer que le solicita “libertad por una noche”...

Soy alguien que desea lo mejor de los dos mundos.
Una historia es una cuerda floja entre dos mundos.

Alix bien podría ser Silver, nuestra niña del faro, que ya adulta hará aquello que heredó y aprendió de Pew: contar historias. Pero como los tiempos corren que es una barbaridad ya no será a la manera tradicional, de boca en boca, sino acorde a los tiempos modernos: en el ciberespacio.

No hay amor que no perfore las manos y los pies.

Sólo he leído dos libros de Winterson, aunque me parece haber estado buscándola toda la vida, pero la sensación es que la columna vertebral de sus historias es el amor. Amor, nostalgia, soledad. Pasión. Límites. Mitología. Mundos privados. Identidad. Emociones. Historias. Vida. Oportunidades. Contado a su manera. Y su manera no es lineal, ni mucho menos una línea recta. Está llena de meandros y recovecos varios. No esperéis entonces un final cerrado, ni siquiera un final. Los finales no existen. Es cierto que sus reflexiones tienden a ser aforismos, cerrados y ligeramente adoctrinantes, pero en cualquier caso comulgo con su forma de sentir, aunque no siempre con su forma de pensar. Sentir y no pensar.

No puedo dar mi posición con exactitud. Las coordenadas cambian. No puedo decir “dónde”, sólo puedo decir “aquí”, y tener la esperanza de trazarlas para ti, átomo y sueño.

Las múltiples perspectivas y alternativas de Winterson, su mirada poliédrica (y poética), me resulta tremendamente atractiva, potente, sugerente, cercana e inspiradora. Mil veces me cuente la misma historia de mil formas distintas, mil veces terminaré un libro de Winterson con la certeza de que me reconozco entre sus páginas y me toca el alma como pocos autores. Me (con)mueve y motiva. Creo que he subrayado en este libro hasta el índice (que no tiene).

Cuéntame una historia, Winterson. Y ella va y me la cuenta. ¡ A mí! La historia. No una, sino varias. O no varias, sino una. Así da gusto. Y como ya no confío en los hechos ni en las palabras, sino en el tiempo, le agradezco profundamente el que ha dedicado a contarme (sí, a mí) El Powerbook. Y a vosotros os agradezco el tiempo que dedicáis a leerme. Gracias. Tiempo es lo que tenemos.
Me sentí como si hubiese entrado atolondradamente en la vida de alguien por azar, hubiese descubierto que quería quedarme y entonces, dando tumbos, sin una pista, ni un indicio, ni una manera de terminar la historia, hubiese vuelto a la mía.

Gracias, Winterson. 

Si os gustó La niña del faro, os gustará este libro. Si no os gustó, seguir de largo. O darle una (otra) oportunidad. Si no sabéis si sí o si no, pues quién sabe. Lo que el corazón os diga. Siempre. El corazón (y no el algodón) no engaña. ¿O sí?

Nota: No me agrada, pero debo de decirlo. La edición y la traducción dejan bastante que desear. Una lástima, siempre me parece una falta de consideración al lector las ediciones atropelladas y descuidadas. 

lunes, 9 de marzo de 2015

Mis amigos (Emmanuel Bove)



Título original: Mes amis
Traductor: Manuel Arranz Lázaro
Páginas: 152
Publicación: 1924 (2003)
Editorial: Pre-Textos
ISBN: 9788481915501
Sinopsis: Con unas pocas pinceladas de genialidad, Emmanuel Bove nos presenta a Batôn, herido de guerra que recorre el París de principios del s. XX, y a "sus amigos", aquellos que su imaginación ansía y proyecta en todo aquel que se cruza en su camino, pero cuya felicidad constituye, a la vez, la mayor de las ofensas. La búsqueda del alienado Batôn, abocada al fracaso, resulta sin embargo cercana y reconocible. Una novela por descubrir que será particularmente apreciada por los solitarios y los perplejos.

Me resulta curioso mirar atrás y ver mi recorrido lector durante los últimos años. Es como si viera una senda por la que he caminado y veo imágenes no sólo de lo leído, también de lo vivido. Nadie como yo misma sabe bien cuántas historias hay detrás de los libros que aquí he comentado y de las blasfuemiadas deslizadas entre libro y libro. ¿Cómo iba a abandonar este blog que es… mi cuarto propio? Una campana bajo la cual me muestro a la vez que me escondo. Una cosa y la contraria. O sea, yo.

En este momento elegir lecturas no era tarea fácil para mí. El por qué escogí Mis amigos es un misterio. Estaba ahí y eso ya cuenta. Necesitaba coger ritmo lector, no abandonar una actividad que me acompaña desde siempre y que me ha dado tanto. He tenido momentos de bajón lector, pero nunca me había pasado como hasta ahora, que mis vivencias inhabilitaran de esta manera mi capacidad de leer. Sabía que si conseguía seguir leyendo recuperaría algo absolutamente valioso en mi vida, pero también que sería un paso necesario para rescatarme a mí misma.

Y sin embargo, escogí un libro que en principio no parecía sanador (no lo es). Pero que en la sinopsis pusiera que es una novela que será apreciada por solitarios y perplejos me dio el empujón. Porque si algo estoy en estos momentos es perpleja. También solitaria, pero más como una elección puntual en este proceso de curarme que como una realidad. Así que fue por el lado de la perplejidad que quise saber qué me iba a contar Emmanuel Bove, concretamente el personaje protagonista, Batôn.

A cambio de un poco de afecto, compartiría todo lo que poseo: el dinero de mi pensión, mi cama. Sería muy cariñoso con la persona que me ofreciera su amistad. No la contradiría nunca. Sus deseos serían los míos. Como un perro la seguiría a todas partes. No tendría más que decir una gracia, y yo me reiría; cuando estuviera triste yo lloraría con ella.

Lo cierto es que al empezar a leer Batôn no me caía bien. No me inspiraba lástima, sino rechazo (el mismo que termina provocando en los que intenta que sean sus amigos). Pocas cosas hay más patéticas, dramáticas y turbadoras que mendigar afecto. Creía haberme equivocado de libro, no iba a ser este el que me metiera en vereda otra vez. Pero de repente… clic.

Todos sabemos que no son sólo los libros, sino cómo los leemos. Yo empecé a leer Mis amigos malamente, desde un plano inadecuado. Y era como que no. Pero de repente lo vi: tenía que ver a Batôn no como un personaje real, con el que me pudiera identificar, sino como una especie de compendio, de caricatura, de esperpento, de pantomima, una representación. Alguien que contiene todos los matices, absolutamente todos, de la paradójica sociedad en la que vivimos: ¿por qué hay tanta gente sola?. Sí, claro, nos juntamos. Unos al lado de los otros. Pero nuestra campana, bajo la que nos cobijamos, permanece intacta. De soledad, del deseo de no ser solos (digo ser, no estar), de incomunicación, de matices, de errores, de interpretaciones, de gestos, de necesidades… De todo eso va este libro. Pero de una forma peculiar.

Para ello, Bove no trata de contarnos una historia, sino de mostrarnos algo a través del cómo. Es decir, no hay un hilo conductor, una trama con inicio, nudo y desenlace. Es un tapiz, nos muestra varias imágenes, un espejo, traza un esperpento sarcástico para dar cabida a todas las tonalidades (grises) en un personaje grotesco, en momentos, en anécdotas y situaciones aparentemente fragmentadas… Y ¡alehop!, el débil y patético Batôn termina por mostrarnos nuestras propias miserias. Me encanta, qué le voy a hacer. En el cómo Bove también pone en marcha el juego sensorial, todos los sentidos en alerta gracias a la capacidad del autor para describir la realidad exterior con mínima pero contundente precisión, mientras parodia la interior. Percepciones en funcionamiento, que solemos ignorar pero que forman parte del paisaje, matizan y complementan la forma en que miramos y vivimos.

Una lectura atípica, como lo es la soledad y todo lo que la rodea. Sí, sí, la soledad es atípica. Cuántas cosas se hacen buscando no estar ni ser solos. La búsqueda de Batôn es patética, enternecedora, muy turbadora, contradictoria, pero es lo que todos buscamos: amigos, amor. Compañía. Sobre todo… encontrarnos. Y sin embargo en esa búsqueda hay tantos gestos equivocados, tantas interpretaciones erróneas, tantos malos entendidos, tanta desesperanza que me pregunto, una y mil veces ¿por qué lo hacemos tan difícil? Porque no somos fáciles. Bove nos da algunas respuestas, cada cual que encuentre la suya. Yo tengo varias.

Algunos hombres fuertes no están solos en la soledad, pero yo, que soy débil, estoy solo cuando no tengo amigos.

Un libro que me ha hecho reflexionar mucho y que, sin ser un libro en el que me haya encontrado, sí que he detectado alguna que otra clave. He aprendido y eso me lleva de nuevo a lo que aprecio y valoro: seguir leyendo. Además este libro tiene otra cualidad: es diferente, sorprende, esconde más de lo que muestra y sin embargo lo que esconde termina por pasar a un primer plano de forma tan imperceptible como contundente.

No es un libro para cualquier momento ni siquiera para cualquier lector. Pero cada cual sabe qué libro, cuándo y qué busca en las lecturas. Yo lo que leo, lo cuento. Y he leído, y contado, Mis amigos, de Emmanuel Bove. Y sigo leyendo ¿qué más puedo decir?

jueves, 26 de febrero de 2015

El nadador en el mar secreto (William Kotzwinkle)



Título original: The Swimmer in the Secret Sea
Traductor: Enrique de Hériz
Páginas: 96
Publicación: 1975 (2014)
Editorial: Navona
ISBN: 9788416259007
Sinopsis: Tras diez años de matrimonio, Laski y Diane están a punto de tener un hijo. La noche en que ella rompe aguas marca el inicio de un período de extrañeza, donde acciones tan comunes como calentar el motor de la camioneta o recorrer la carretera entre su cabaña y la ciudad, cobran una resonancia especial, fruto de la urgencia pero también por integrarse en una experiencia que cambiará sus vidas. Ya en el hospital, descubren que el bebé llega de nalgas...


Qué razón tiene Galeano. Galeano y sus frases (envolviendo caballitos de mar, historias mágicas y sorprendentes). Yo no seré historia, no haré historia, pero estoy hecha de historias. Muchas. Y este libro tiene, también, la suya. Y es por eso que una lectura que normalmente hubiera finalizado de una sentada, la hice en dos. La vida a veces es una metáfora de sí misma: ha sido como cruzar un precipicio en dos saltos. Algo que define muy bien mi momento personal. Un precipicio. Dos saltos. El batacazo es inevitable. Pero ¿cómo evitar la caída? Con la verdad del corazón. Y con tiempo.

Ella también ve dentro de mí; quizá vea la inquietud de mis días, como veo yo la suya. Sintió que estaban juntos, entonces, en un nivel nuevo, más viejo, más sabio, con el dolor como nexo de unión.

Hoy, bastantes días después, me levanté decidida a terminar el libro. Página 49. Hasta ahí la sensación lectora era “qué vacío”. Eso pensé y escribí cuando dejé la lectura en ese punto. Yo qué sabía... Pero la historia continuó. Y como dice mi niña del faro, “tuvo un final (siempre lo hay), pero la historia fue más allá de su propio final (siempre es así)”.

Y lo terminé. Joaquín Sabina dixit: “Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”. La vida no se detiene. Nunca. Aunque la tuya lo haga. Comentaba en La orilla del mar que me costaba leer últimamente porque lo que leía siempre me decía algo a mí, a la persona, no solo a la lectora (aunque somos la misma). Y El nadador en el mar secreto también tenía algo que contarme. Dos historias. La que contenía en el interior y la que transcurría en el exterior.

Crujido.
Él sólo reconocía las olas que volvían a llevárselos a un lugar en el que estaban solos en un amor y una tristeza que nadie más podía compartir, solos y cada uno aferrado al otro en aquella realidad…

Historias… Kotzwinkle nos cuenta una historia en 96 páginas. En menos, pero quién necesita más... La escribió después de enterrar a su hijo, con lágrimas en los ojos desde la primera hasta la última página. Una historia triste. Un momento de su vida. Lo hace de forma sencilla y bella a la vez, quizás como es un poco el dolor, ese que transcurre por dentro, en el regazo de la intimidad. ¿Acabo de decir que el dolor es bello? Lo es, en cierta forma, cuando es puro, personal, profundo y honesto, cuando surge de la pérdida de aquello que se ama. Y digo que es bello porque el amor está ahí. El amor al hijo. El amor. Las lágrimas de Kotzwinkle se deslizan entre mis dedos y humedecen la lectura. Cuando el alma duele las lágrimas dignifican y limpian. Purifican.

Dolor y mar. El mar como umbral entre inicio y fin. Un fin sin final. Utilizar el mar como metáfora del amor, de la esperanza, los sueños, la alegría y el dolor parece un recurso fácil. Lo es. El mar da tanto juego… Pero que sea fácil no supone necesariamente que se haga bien. Kotzwinkle lo hace bien. Su lenguaje es evocador y sugerente. Sin tretas. La verdad de los sentimientos no las necesita. De alguna forma frases sencillas, escuetas, que te encuentras en muchas lecturas (“Todo irá bien”. “¿Quieres algo? –No, sólo a ti”. “Yo sólo quería estar contigo, Diane, los dos viviendo juntos sin problemas”) consiguen removerme. Eso enlentece mi lectura, así que tomo asiento en mi propio mar interior y secreto, mientras que con una mano acaricio las paredes de mi faro imaginario. Y leo.

El viento te hace libre. Los vientos y el sol te hacen grande.

Cuando empecé a leer el libro no sabía de qué iba. Órdenes son órdenes y yo (a veces) soy obediente. Una vez que lo tuve en mis manos (...) las pistas no eran muchas, salvo las del corazón. Nada más empezar ya sabes qué te va a contar. Así que la curiosidad se desplaza del qué al cómo. Por ahí me tenía que ganar. Y es fácil ahora ganarme, que hasta las comas y los acentos me sugieren y evocan… todo.

Me gusta contar historias, me fascina que me las cuenten. Kotzwinkle me cuenta la suya. Una de las muchas que tendrá y le harán, como todas las personas. Podría ser un cuento sin hadas, brujas ni titiriteras. Aunque sí con un lobo feroz: la muerte. Contar la muerte no es tarea fácil. Contar la de un hijo que se va cuando apenas ha llegado es… tremendo y desgarrador. Contarlo con la dulzura con que lo hace Kotzwinkle es un arte. Quizá la clave está en que cuenta la historia desnudando su alma. Y eso me gana. Siempre.

Ha sido una sensación muy fuerte y estoy intentando fluir con ella.

No es un libro que al terminar deje una sensación agradable. Pero sí una sensación humana. Quizás esté sobrevalorado. Puede ser. Pero la fuerza de una lectura está en lo que sugiere y provoca a cada lector. Yo soy carnaza ahora mismo. Termino pensativa, movida, tocada, frágil… O quizás es que así empecé la lectura. En cualquier caso, por la historia interior del libro, o bien por la exterior, ha sido una lectura especial.

Al terminar la lectura acudí a un artículo sobre este libro de Rosa Regás que en su momento no leí para llegar a la primera página sin nada previo. Qué cosas. Leo: "Mientras leía este extraordinario libro, pensé que nada ha de ser más reconfortante, nada más emocionante que conocer un episodio fundamental de nuestra vida si nos lo narra la persona que amamos, la que puede decir igualmente que es su propia historia la que está en juego". Amén, Rosa, amén. Cuéntame una historia y no me sentiré sola.

Sólo hemos de seguir adelante, con los ojos abiertos, contemplando con atención lo que hacemos, sin pensar en nada ajeno a la tarea. Entonces, fluimos con la noche.

Sabré hacerlo. Gracias por el libro. Y por esto, por aquello, por lo otro y por todo.

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¿Vuelvo? Nunca me he ido, no del todo, como casi siempre que me voy algo (poco o mucho o todo) de mí se queda. Los libros siempre me han dado, vuelvo a ellos para encontrarme. Y contarlo. Y contarme. Quiero dar las gracias a todas y cada una de las personas que habéis dejado cariñosos mensajes de apoyo y ánimo hacia mí en el blog o en mi correo. Todo suma. Gracias de corazón.