viernes, 24 de abril de 2015

Carta de una desconocida (Stefan Zweig)

Título original: Brief einer unbekannten
Traductora: Berta Conill
Páginas: 72
Publicación: 1922 (2002)
Editorial: Acantilado
ISBN: 9788495359476
Sinopsis: La historia gira en torno a R., un famoso escritor que recibe en su casa una misteriosa carta que le remite una mujer desconocida. En ella le confiesa su amor, un amor que resistió el paso del tiempo y el desdén del propio escritor, que jamás se percató de su existencia. A través de sus palabras, la desconocida nos revela los momentos más relevantes de su vida, condicionada por ese amor desde que por primera vez cruzó su mirada con la del escritor, cuando ella no era más que una niña.
Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora.

Stefan Zweig… Siempre me ha seducido más su vida que su obra. No voy a flagelarme por eso. Lo que había leído suyo, algún relato suelto, me había encantado, pero me parecía predecible y con cierta querencia por el folletín, aunque siempre escrito de forma magnífica. Alguien tan querido en la blogosfera y yo poniéndole peros. Qué ocurrencias. Pero también sabía quién era Zweig, cómo escribía y que tendría que encontrarme con él. Definitivamente. Mendel, la desconocida, el ajedrez… dudaba. Pero ante una carta no puedo resistirme. Y menos si es de una desconocida. Alea jacta est, será Carta de una desconocida el libro que definitivamente me ponga de rodillas ante Zweig.

Y lo cierto es que ganas, lo que se dice ganas, de hablar de las sensaciones que me ha producido esta lectura no tengo muchas. Como que quiero quedármelas para mí. Pero tener un blog que se llama Lo que leo, lo cuento tiene su peaje.

No es una carta de amor. Dicho queda. No es amor, es obsesión. Amor unidireccional. Y además no parece que él se lo merezca ni vislumbro nada que pueda provocar y sobre todo mantener ese amor desinteresado, generoso, obcecado, platónico, hermoso, de la desconocida. Salvo que cuando se enamoró era una niña de 13 años. Ahí sí cabe ese sentimiento que todo lo desborda, inexplicable, arrasador, injustificable casi. La razón por la que persiste a lo largo de los años en ese amor es indescifrable para mí. Es así. También está que necesitamos amar y que nos amen, y si no es el caso, nos lo inventamos. Pero condicionar casi toda una vida a una ficción… No.
Todas las vías de desprecio, de frialdad, de indiferencia, todas me las había representado en visiones apasionadas, pero justamente ésta no me había arriesgado a considerarla ni en mis momentos más pesimistas, ni en los momentos en que tenía la conciencia más extrema de mi inferioridad, porque esto era lo peor que podía suceder: que no me reconocieras en absoluto.

Que quien amas no te reconozca. El olvido. Qué dolor. Me cruje todo. En este caso no es metafórico, realmente él no reconoce a la desconocida en los distintos encuentros que tienen, salvo quizás en algún rincón de su alma, tan lejos y tan dentro tan dentro tan dentro que ni él mismo alcanza a verlo.

Porque a ti, ciertamente, sólo te gustan las cosas fáciles, juguetonas, nada pesadas, tienes miedo de inmiscuirte en un destino ajeno. Lo que quieres es entregarte a todos, al mundo, no quieres ninguna víctima.

Pese a mi incomprensión sobre ese amor incondicional, terco y enfermizo, y pese a que los dos últimos párrafos de esta joya me sobran, debo decir que la forma de escribir de Zweig es realmente hermosa, delicada, bella, maravillosa y todos los adjetivos bonitos que existan en el diccionario. Me rindo al cómo lo cuenta, así sí, así sí. Sin afectación ni ñoñerías, ni fáciles requiebros al corazón. Limpio como una campana de cristal, transparente. Lúcido y sensible en lo íntimo, honesto en lo superfluo.

Y que nadie diga que no es de relatos. No ante Carta de una desconocida. Ssshhhhhh.
No te culpo, te quiero tal como eres, ardiente y distraído, olvidadizo, entregado e infiel, te quiero así, sólo así, como siempre has sido y como aún eres.

Carta a una desconocida

Sólo quiero hablar contigo. Contarnos por primera y última vez. Y explicarte que ahora vivo en un paréntesis.

(Aquí vivo yo)

Intento hacerlo habitable. Tal vez quieras extender tu mano, meterla en el paréntesis y acortar la distancia que ahora nos define y zarandea a esa complicidad que se inventó a sí misma.

Tengo a buen resguardo la memoria de quien fuimos, está en una nube propia, a la espera de adquirir forma definida, sin límites que la hagan diluviar. Fuiste un paso necesario. No el último. Sin irte ni quedarte.

¿Qué habrá sido de aquella locura en la que hasta las matemáticas tuvieron cabida? Ahora todo parece tan lejano que incluso hay eco entre tú y yo. ¿Lo oyes? Es el tiempo, que todo lo termina. Pero añoro estar loca, jodidamente loca, crepuscularmente loca. Ahora la vida me desconcierta y me diluye. Me devora. Me merezco volver a estar loca y que me partas el alma. Devuélveme la vida. Sólo quiero hablar contigo.

Imagina que todo fue verdad. No sólo yo. Todo. Admitamos entonces lo increíble. Y así, imaginando y admitiendo, en la frontera de la madrugada hago del más allá un más acá. Acá. Aquí. Contigo. Y me quedo, en la utopía del tú y yo.

Resumiendo, te quiero.
(©AnaBlasfuemia)

martes, 21 de abril de 2015

Susanna (Gertrud Kolmar)


Título original: Susanna
Traductor: Ivan de los Rios
Páginas: 112
Publicación: 1939 (2010)
Editorial: Errata Naturae
ISBN: 9788493788926
Sinopsis: Susanna es el recuerdo del inquietante encuentro entre dos mujeres. Una institutriz judía, que está esperando el permiso para poder salir de Alemania y huir de la amenaza del nazismo, rememora los días que pasó junto a su alumna, una bellísima joven mentalmente perturbada. La narradora, una mujer adulta, razonable, aparentemente ajena e insensible a los asuntos del corazón, debe hacerse cargo de un ser antojadizo y maravilloso, una suerte de animal festivo, fuera del tiempo… La joven conoce el amor por primera vez -un amor desaforado, temerario y enajenado- y su institutriz tiene que enfrentarse entonces con sus propios sentimientos e incapacidades.


Necesitaba un relato corto, una lectura rápida entre libro y libro, y Susanna, de la siempre interesante editorial Errata Naturae, me venía como anillo al dedo. Un libro que hace años fue recomendado por Vila-Matas (sí, hago bastante caso a sus recomendaciones…)

No, yo no soy poeta. Si fuera poeta, escribiría una historia. Escribiría un cuento precioso con principio y final sobre las cosas que sé.

Quizás la narradora no sea poeta, pero Gertrud Kolmar sí lo era y por tanto sí puede escribir ese cuento con principio y final sobre las cosas que sabe. Y es lo que hizo, escribir Susanna.

Susanna es de esos libros en los que es necesario conocer la vida de la autora para apreciar todo su valor y su brillo. Al igual que Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar perdió su vida (más bien debiera decir que le arrebataron su vida) en un campo de concentración, probablemente Auschwitz, a los 49 años de edad. Escribió Susanna en apenas dos meses, en el invierno de 1939 durante las noches, en un apartamento colectivo para judíos.

Estas vidas perdidas, estas obras que no pudieron continuar, se merecen que lo que ha conseguido sobrevivir a la ignominia sea leído, una especie de justicia, poética pero necesaria. Leer la obra que nos han dejado es nuestra forma de ejercer esa justicia, de darles la victoria a quienes se la merecen y no a quienes la pretendieron.

No va el libro, si habéis mirado la sinopsis, sobre el nazismo ni el sufrimiento judío. No obstante, entre líneas sí podemos percibir la atmósfera en la que fue escrita esta pequeña historia y quizás desentrañar las metáforas y alusiones que se esconden detrás.

Hay palabras que se pueden coger con las manos. Y algunas se pueden llegar a oler…

Y a través de las palabras también puedes huir de la realidad, reflejarla, disfrazarla, testimoniarla, iluminarla, incluso manipularla…

Dos personajes acaparan este relato: Susanna, el corazón, la fantasía, la imaginación desbordada y alocada; y su institutriz, la narradora, racional, contenida, prosaica, sometida. Dos realidades contrastadas, luz y oscuridad. No oscuridad negativa, sino triste, como una realidad deformada por la autocensura y la contención. Ambas conforman dos miradas diferentes porque perciben el mismo escenario desde diferente lado de la naranja. Y así, donde una sólo ve nieve, blanca y fresca, la otra ve arena de playa, emblanquecida por la luz de la luna, mientras caminan hacia el fondo del mar.

Susanna es un relato que va de menos a más. Un comienzo dubitativo, casi infantil, que va creciendo, o más bien abriéndose como una rosa de Jericó al contacto con el agua. En un relato corto, ese ir de menos a más podría ser un lastre, y sin embargo en este caso se convierte en una virtud. Comienzas a leer distanciada, casi escéptica y sin embargo cuando terminas de leerlo algo aletea en el corazón, ligeramente inquieto y con el poso que dejaría una rosa ofrecida en medio de la oscuridad. Una rosa bella y con espinas. Así es esta breve lectura, que sigue creciendo por dentro después de haberlo terminado, posiblemente hasta que alcance el valor de un rubí.

martes, 14 de abril de 2015

La plaza del diamante (Mercè Rodoreda)



Título original:
La plaça del Diamant
Traductor: Enrique Sordo
Páginas: 256
Publicación: 1962 (1965)
Editorial: Edhasa
ISBN: 843501536X
Sinopsis: La novela narra la historia de Natalia, la "Colometa", una mujer que representa a muchas otras a las que les tocó vivir un periodo de la historia de España especialmente duro y cruel: la Guerra Civil y la posguerra. Al igual que otras mujeres, Colometa verá partir y morir a sus seres queridos, pasará hambre y miseria y se verá muchas veces incapaz de sacar adelante a sus hijos. Hundida en un matrimonio que no le proporciona felicidad y unida a un hombre egoísta, Natalia renuncia a su propia identidad cediendo todo el protagonismo a su esposo, aceptando los convencionalismos de una época. Pero la vida y las circunstancias de la época obligan a Colometa y al resto de los personajes a crecer, a transformarse.

Hace tiempo que quiero releer algunos libros para poder llevarlos directamente a mi sección de prefes y hacerlo con argumentos actualizados. La plaza del Diamante era uno de ellos. Así que crucé la calle, fui a la biblioteca y cogí no uno, sino dos, dos libros de Rodoreda, porque tengo una mano muy alegre y una biblioteca demasiado cerca. Y por cosas del destino y/o las casualidades y el coincidir. Pero primero, releer.
La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no.

Así empieza el libro. Y cuando has leído las cinco primeras páginas, el primer capítulo, te preguntas ¿cómo puede volar ya tan alto Rodoreda? Y crees que no podrá mantener el vuelo durante todo el libro. Pero sí. Lo hace. Vuela, planea, gira, cambia, revolotea, se desliza sobre el cielo literario sin perder ni un ápice de altura. Azul. El cielo azul. Arriba, arriba. Muy alto.

Recordaba sensaciones de este libro, entre ellas una que volví a sentir ipso facto en cuanto empecé a (re)leer: la sensación de que Rodoreda me sentaba a su lado, arrimaba sus labios a mi oído y empezaba a contarme la historia de Colometa, como si una abuela contara a su nieta un cuento. Una historia. Entre susurros, como la caracola que Colometa se arrima a su oreja para escuchar el mar. Así me contó, otra vez, Rodoreda. Y pasaba su brazo por encima de mis hombros. Y yo queriendo escucharla, una y otra vez, sin poder/querer levantarme, casi cerrando los ojos.

Colometa, diminutivo de coloma, en castellano significa palomita. No es casual, como nada lo es en este magnífico libro. Porque Colometa no se llama así. Su nombre es Natalia. Nace Natalia, la convierten en Colometa y volverá a ser Natalia. Será el Quimet quien la rebautice, llamándola Colometa. El Quimet, que escoge a Natalia para casarse con ella. No será ella quien escoja, aunque crea hacerlo. Y ahí, en ese preciso momento, Natalia empieza a ser anulada. Pero ya lo sabemos desde el minuto cero: ella era así, sufría si alguien le pedía algo y tenía que decirle que no. Sumisión se llama. Y otras cosas. Y tú diciéndole ¿dónde vas con el Quimet, Natalia? Porque lo ves venir, y sufro como nadie cuando una persona se desdibuja, se anula, no es quien en verdad es. Cuando se pierde la esencia de quien se es.
Y la señora Enriqueta me había dicho que teníamos muchas vidas, entrelazadas unas con otras, pero que una muerte o una boda, a veces, no siempre, las separaba, y la vida de verdad, libre de todos los lazos de vida pequeña que la habían atado, podía vivir como habría tenido que vivir siempre si las vidas pequeñas y malas la hubieran dejado sola. Y decía, las vidas entrelazadas se pelean y nos martirizan y nosotros no sabemos nada como no sabemos del trabajo del corazón ni del desasosiego de los intestinos.

¿Es malo el Quimet? Esto de si alguien es bueno o malo, que si el bien, que si el mal, siempre me recuerda a Dostoievski (“El bien es conveniencia, el mal es elección”). ¿Qué es la maldad? Creo que la moral es algo personal, que nace de la persona, y por lo tanto el concepto del bien y del mal también lo es. Personal. A veces el mal se disfraza del bien, y al revés. No siempre es fácil distinguirlos. Y muchas veces conviven (incluso dentro de la misma persona). Posiblemente en esa moral, absolutamente personal, pesen muchas cosas, ahí está la losa de la educación judeo-cristina para dar fe. No. Quimet no es malo. Es egoísta. Y es hijo de su tiempo, de su educación, de su madre. Es hijo del daño pernicioso y nocivo que hacen algunas ideas, la (mala) educación, ciertos valores. Hijo del mal. Si unes a un hombre así con una mujer como Natalia, Colometa, tenemos a una mujer destrozada de forma sibilina y silenciosa. Absolutamente desmembrada. Da miedo. Pero es así. Y hablo de personas, aunque diga hombres y mujeres.

Y si todo esto sucede además en torno a la Guerra Civil y la posguerra entonces el panorama es absolutamente demoledor. Y nos lo cuenta Mercè Rodoreda, no lo olvidemos, de una forma magistral. Con una escritura sencilla, sí, casi infantil de tan tierna, llana, directa, cercana, dulce, sensible. Pero también como si en ese brazo que te pasa por los hombros su mano sujetara una afilada y fina cuchilla hecha de aire y fuera rasgando poco a poco tus venas. Y sangras.
Y se empezaron a oír unas voces que venían de lejos, como si saliesen medio apagadas de gargantas cortadas, de labios que no podían decir palabras.

Lo que esta mujer hace con el lenguaje, con las palabras, es grandioso. Qué arte. Con esos símiles, esa simbología y esas frases cortas pero incisivas que crean imágenes taaaaan contundentes… sientes, sientes a Colometa. Te asomas a su alma. La ves, su inocencia, su candidez, su ternura, su sensibilidad, su acatamiento. Su lucha. Su dolor. Y te desgarra. Porque su historia es una historia cruda. Crudísima. Y sin embargo no hay sensiblería en la forma de contarlo de Rodoreda, no hay fullerías ni engañifas, sólo palabras colocadas y combinadas de forma precisa y coloquial para sentir lo que (y cómo) siente y vive Colometa, sentir incluso que eres capaz de ir con ella, de ser ella yendo a comprar aguardiente y matar a sus hijos y matarse a ella misma.
Y por fin entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho… porque yo era de corcho. No porque fuese de corcho sino porque me hice de corcho y el corazón de nieve para poder seguir adelante, porque si en vez de ser de corcho con el corazón de nieve hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te hace daño, no hubiese podido pasar por un puente tan alto y tan largo.

Y las putas palomas. Que te asfixian. Te angustian. No, Colometa no es rebautizada así por casualidad. Nada es casual en esta ingeniería literaria magnífica y perfecta que construye Rodoreda; todo está en su sitio, las imágenes, las frases, las palomas, los huevos, el embudo, el cuadro de las langostas, las luces azules, la caracola, la columna, la balanza… tanta simbología, tan transparente, tan bien cimentada, combinada y entretejida. Majestuosa y espléndida Rodoreda.
Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.

Vuela Colometa, vuela. Porque al fin, no es sólo una historia de sumisión, inseguridades, frustración, angustia, miseria, humildad, pobreza, guerra y posguerra. Es, también, la historia de una mujer que se libera. Imprescindible y realista, un soberbio testimonio de una época y una mujer. Una heroína con una fuerza inusitada, que sin ruido ni algarabía ni militancias no se doblega ante nada. Dignidad se llama. Y así, hubo, y hay, muchas mujeres. Vuela Natalia, vuela.
Respiré como si el mundo fuera mío.

Y yo aplaudí como si no hubiera mañana.

Una relectura en la que una y otra vez vuelves a apreciar la riqueza y el esplendor de este libro, encontrando nuevos matices, nuevos sentidos, nuevas imágenes, nuevos simbolismos. Un universo. El universo de Rodoreda. Con qué gusto, con qué ganas, con qué placer, me llevo por fin este libro a la sección de joyas, ¿dónde mejor iba a estar un diamante así?

He de ir a la plaça del Diamant. Y darle un abrazo a la Colometa. Por la espalda. Palabrita de Ana Blasfuemia. Algún día, algún mes, algún año, alguna vida.



viernes, 10 de abril de 2015

Astrid y Veronika (Linda Olsson)

Título original: Astrid and Veronika
Traductora: Gemma Moral Bartolomé
Páginas: 224
Publicación: 2005 (2009)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788498382433
Sinopsis: Para enfrentarse en soledad a una pérdida reciente, Veronika, una joven escritora, se instala en una casita de campo en una zona boscosa del interior de Suecia. En ese enclave donde reinan la paz y el silencio, su único contacto con el mundo es Astrid, una mujer taciturna que habita la única casa de los alrededores y con quien apenas intercambia un saludo de vez en cuando. En apariencia, las dos mujeres tienen poco en común: Veronika ronda la treintena, ha recorrido medio mundo y ahora busca la reclusión; Astrid, por el contrario, es anciana, nunca ha salido de su pueblo y no tiene quien la visite. Y sin embargo, a partir de una circunstancia imprevista, ambas inician una frágil relación que, a medida que el invierno deja paso a la primavera, va creando entre ellas un espacio de intimidad que les permite hablar de su pasado y sus recuerdos. Con la llegada de las primeras fresas silvestres, los secretos que atormentan a cada una de ellas saldrán a la luz, y su profunda y sincera amistad dará nuevo sentido a sus vidas.

Verte llegar fue como esa primera luz tras una larga oscuridad. Observé tu esbelta silueta en el haz de los faros del coche mientras descargabas tu equipaje. Me quedé junto a la ventana hasta mucho después de que hubieras cerrado la puerta. Vi apagarse las luces una tras otra. Y creo que supe que la vida había regresado.

El libro estaba en casa. Necesitaba de lecturas menos viscerales, más amables con mis heridas, que necesitan cicatrizarse a la luz mientras mi sangre puede seguir su alocado caudal, sin salirse de las venas por algún orificio. Además me llaman la atención los autores nórdicos, especialmente si abordan historias alejadas de la novela negra. Le había llegado el momento a Astrid y Veronika.

Y a ver cómo cuento. Porque este libro gustará a mucha gente. Es una lectura agradable, tranquila, cómoda, bondadosa… Un buen refugio para la mayoría de lectores.

Pero. Pero llega Ana Blasfuemia y saca su repertorio de porompomperos. Pero.

Y es que me ha gustado mucho, muchísimo, lo que Olsson quiere contar. Lo que pretende contar, la intención. Pero la ejecución. El cómo. Ay.

Me encanta, repito, me encanta, la historia que pone en la mesa Olsson. Un encuentro de dos mujeres heridas, una joven y una anciana, y que ambas se cuenten la una a la otra, ahuyentando la soledad y el dolor a través del mágico conjuro de la amistad. Contarse. ¿Hay algo más bonito en la vida que contarse a otra persona y que se te cuenten a ti? Pocas. La idea me parecía atractiva. Mucho.

¿Dónde está el problema? Que hay que hilar fino, sensible, preciso, para poder tejer bien el entramado emocional de un encuentro entre dos personas que parecían destinadas a mostrarse el alma la una a la otra desde mucho antes de conocerse. Y por ahí, como que no. Le falta solidez y argumento a ese andamio emocional, a la construcción de una amistad en la que te desnudas por dentro, sin red y a tumba abierta.

¿Lo hacen? ¿Se cuentan? ¿Desnudan su alma? Sí. Pero de una manera… artificial. Se cuentan sus historias como si no se hubieran escuchado mutuamente, una especie de “ahora tú, ahora yo” en la que se deja de lado lo que siente una al escuchar a la otra. Como si tuvieran tantas ganas de contarse que no se escucharan. Y así, es difícil de entender ese lazo afectivo que les une. Se supone, se da por hecho, pero no se transmite. Eso es, no transmite cómo se construye la relación entre Astrid y Veronika.

En El Powerbook leí: “Un desconocido es un lugar seguro. A un desconocido puedes contarle lo que quieras”. Pues ese lugar seguro, cómo se construye, es lo que nos roba Olsson. Convierte a dos desconocidas en dos amigas, con una amistad profunda, honesta, especial, pero nos deja huérfanos del cómo se produce. Lo intenta, sí, pero lo da por hecho muy pronto, en su afán de que ambas se cuenten, privándonos de lo más bonito de una relación (la que sea): su cimentación, sus inicios, su confección. Ese entramado es precioso, siempre. Y es por eso que muchas veces no percibía diálogo entre Astrid y Veronika, sino monólogos que se sucedían en riguroso turno.

No todo va a ser candela. Además de ese contarse mutuamente, también me ha gustado mucho la idea de las casas como seres vivos, más allá de cuatro paredes que nos acogen. La casa como un hogar que respira al unísono de quienes la habitan. Una piel de quienes viven en su interior, transmutándose a la vez que sus habitantes.

Es un libro tranquilo y agradable, sin sobresaltos, que se lee con sosiego y una ligera emoción en sus últimas páginas (en la carta de Astrid a Veronika), lo que evita una última sensación lectora cercana a la decepción. Como he comentado, gustará (más) a muchos lectores. Conmigo no se ha portado mal, ha sido una lectura relajada, pero ya puestos a contar una historia bonita, hubiera preferido que me la contara mejor, que no me mantuviera tan alejada. Que me atravesara la piel, que me agitara. No lo hizo. Pero no me tengáis en cuenta. Leed lo que os plazca, no dejéis de leer. Nunca.
Me gustaría que pensaras en mí de esa manera, sabiendo que siempre estaré contigo, aunque quizá no te sea posible recordar mi cara.

lunes, 6 de abril de 2015

Una mujer de recursos (Elizabeth Forsythe Hailey)


Título original: A Woman of Independent Means
Traductora: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Páginas: 344
Publicación: 1978 (2015)
ISBN: 9788416213207
Sinopsis: A comienzos del siglo XX, cuando la independencia de las mujeres era muy relativa, Bess Gardner es ya una mujer de recursos: una joven llena de voluntad y ambición que, además, acaba de recibir una pequeña herencia. La novela narra la vida de Bess desde principios de siglo hasta la década de los sesenta a través de su correspondencia a distintos destinatarios a lo largo de los años. En estos escritos descubrimos a Bess mientras soporta los golpes y las alegrías de la vida con una valentía inquebrantable y un espíritu indómito; sus cartas nos revelan los sacrificios que el amor le exige de vez en cuando, los problemas y las recompensas del matrimonio, las complejas relaciones con sus hijos y, sobre todo, su clara voluntad de desafiar a su entorno social.


Libros del Asteroide me lo puso fácil: ¿quién no quiere conocer a una mujer de recursos? Una mujer decidida, inquieta, rebelde, fuerte, con ideas, resolutiva, desafiante… ¡Yo quería conocerla! Así que zambullirme en las páginas de este libro me pareció una buena opción en estos momentos, así, sin hacerla esperar.
Estamos ante una novela epistolar. No es autobiográfica, aunque Elizabeth Forsyte Hailey se inspiró en la vida de su abuela y yo además me tomo la libertad (porque leer es una actividad absolutamente libre) de pensar que muchas de las reflexiones esparcidas a lo largo de las páginas coinciden milimétricamente con lo que será la forma de pensar de la autora en ciertas cuestiones.
 
"A veces creo que es esa misma frustración con la vida, tal y como la vivimos día a día, lo que me empuja a escribir estas cartas tan largas a personas que rara vez responden de la misma manera, y eso si es que responden. Es como si, al condensar y redactar los sucesos que he vivido, les infundiera una fuerza dramática que en realidad no tenían, pero, por extraño que parezca, lo que recuerdo años más tarde no es el suceso tal y como lo viví, sino como lo conté en una carta. He descubierto que el propio acto de escribir transforma la realidad en ficción."

El género epistolar me atrae mucho. Muchísimo. Ese contarse una misma a otra(s) persona(s) a través de las palabras escritas me parece absolutamente delicado y bello. Porque no hablamos como escribimos, ni decimos en voz alta lo que somos capaces de plasmar por escrito. Es curioso ver cómo muchas barreras que rodean nuestra propia intimidad son saltadas alegremente cuando escribimos, incluso cuando escribimos a alguien. Paradójicamente, se puede mentir con más facilidad al escribir, cierto, pero también puedes desnudar tu alma con la misma comodidad. Mirada a mirada (y sosteniéndola) se miente quizás con menos alegría pero puedes (si quieres) mantener tu alma bien vestida, sin dejarla a la intemperie.

Desde 1899 hasta 1968 Bess Gadner escribe cartas, notas y telegramas. Eso es lo que vamos a conocer, su punto de vista. Por tanto no sabemos cómo viven los demás aquello que cuenta, salvo por las reacciones que provoca en la propia Bess. Una mujer de recursos es Bess, lo que vive, cómo lo vive, la persona que es. A pesar de reflejar una época convulsa y de grandes cambios a nivel histórico, Bess pasará por ellos de puntillas. No olvidemos que es norteamericana, y por tanto vivió ambas guerras mundiales desde la distancia, como se viven las guerras cuando los kilómetros alejan los crueles acontecimientos de nuestra realidad y los aproximan a la indiferencia. Por supuesto, menciona estos hechos y cómo repercuten en la economía y la sociedad de su país, pero no olvidemos que la protagonista única de esta lectura es Bess Gadner, así que sólo refleja lo que ella vive de forma directa.

Sí que conocemos la sociedad norteamericana de principios del siglo XX a través de Bess, especialmente a la alta sociedad, pero principalmente es la propia personalidad de la protagonista lo que conocemos. Que no es poco.

¿Por qué insiste la sociedad en que compartamos todas las experiencias de la vida con la misma persona? Somos muchísimo más complicados de lo que nos permitimos aparentar ante los demás.

Últimamente tiendo a quedarme colgada de algunas frases de los libros que leo. Esta ha sido una de ellas, quizás porque siempre he pensado que, además de ser más complejos de lo que nos mostramos, nunca nos damos al cien por cien a (casi) nadie, no nos desnudamos con tanta impunidad, lo que los demás ven son partes (más o menos extensas, más o menos detalladas) de lo que somos. Quizás si cada persona que conocemos juntara con las demás las partes nuestras que tienen, conseguirían una imagen completa de quien somos. Quizás. Puede incluso que no. Es por eso que darse por entero a alguien puede ser tan nocivo. Un gesto y te destroza. Mientras que quien tiene únicamente una parte, sólo podrá destruir un pedazo de ti. Tendrás las demás piezas intactas para recomponerte.

Eso por no hablar de cuántas formas de amar y compartir hay… a la vez.

Aun así siempre hay riesgos que merece la pena correr (ya lo decía Napoleón Bonaparte: Lo difícil se consigue, lo imposible se intenta).

Ah, que esto no es una blasfuemiada, retomo, retomo.

Ninguna turbulencia es comparable a la agonía de la calma chicha, sin viento a la vista.

Bess es una mujer normal, reconocible, lo que nos cuenta lo vemos incluso hoy en día a nuestro alrededor. Heroínas del día a día doméstico y familiar. Mujeres que desean vivir la vida, fuertes, independientes (mujeres que leen…), que conciben la vida como una aventura. Mujeres a las que la familia les ata y, sin embargo, se sacrifican por sus seres queridos. Con sus virtudes, sus defectos, sus pasiones, sus luchas, sus desdichas y alegrías… La vida, al fin. 

Bess es golpeada por desgracias muy duras (todos lo somos en algún momento de nuestra vida), las sufrirá, se hundirá… y volverá a levantarse de nuevo. Es una heroína, ya lo he dicho (todo el que se levanta, es un héroe). Y como todas las heroínas no es perfecta, de hecho hay muchas cosas que me desconectaban de ella (en el sentido de que no me identificaba, no de que no me la creyera como personaje real): es una mujer muy decidida a la que le gusta organizar no sólo su propia vida (¡hasta deja escrita su propia nota necrológica!) sino también la de los demás, incluso de una forma ligeramente agresiva, invasiva cuanto menos. Esa parte me ponía nerviosa, lo confieso, porque a mí no me gusta que me organicen la vida. Dudo incluso de que me guste la organización, así en general.

A momentos la sensación de que Bess se preocupaba en exceso de su estatus social y de cuestiones materialistas también me incomodaba, porque no lo comparto, pero es cierto que estas imperfecciones, o estos puntos de desencuentro la hacían más real y creíble. Esos contrastes de superficialidad junto con reflexiones que me parecían interesantes y profundas terminaron por conquistarme como lectora. Y su espíritu rebelde y poco convencional, cómo no.

A lo largo de la lectura hubo momentos en los que pensé que ciertas cartas o fragmentos eran innecesarios, pero una vez terminada y ligeramente reposada, me doy cuenta que no sobra nada porque Bess en definitiva es el conjunto de todo lo que escribe. Y el conjunto de cartas, notas y telegramas dan la perspectiva justa y adecuada para conocer a esta protagonista de armas tomar.

Es verdad que la vida de Elizabeth era una vida acomodada, adinerada, pero no es menos cierto que pasa por momentos de infortunio económico, y que la vida le golpea duro con la pérdida de personas queridas. Y también es verdad que cierta frialdad emocional en algunas situaciones resultan incomprensibles o al menos no fui capaz de estar de acuerdo con ella. Pero eso no quita que estemos ante una personalidad peculiar, diferente a muchas mujeres de su época y clase social y, por tanto, una protagonista atractiva para el lector.

Elizabeth Forsythe Hailey, a partir de la estructura epistolar como recurso literario, construye una novela alrededor de una protagonista que se define a sí misma y su vida a través de las cartas que escribe, y que a la vez permite una lectura fluida sin necesidad de que medien diálogos para sustentar el interés y la atención.

El amor propio viene de dentro, no de fuera.

Aviso para navegantes y adictos a series: tengo entendido que la NBC hizo una miniserie de seis horas basada en el libro.

viernes, 20 de marzo de 2015

Reloj no marques las horas


En casa de mi madre, al lado de una falsa chimenea, hay un reloj de péndulo. Y es curioso, porque a nadie de mi familia nos gustan los relojes ni los despertadores, pero en nuestras casas siempre hay varios, silenciosos y tímidos pero efectivos.

Este reloj de péndulo es especial. Era EL RELOJ, el único válido, el que nos daba la hora y marcaba nuestros tiempos. Mi padre se encargaba cada noche de darle cuerda y revisarlo con pulcritud. Recuerdo con nitidez inmisericorde el sonido al marcar las horas, sonaba como una campana, de ahí vendrá mi fijación por ellas (las campanas). Ecos auditivos de otros tiempos y lugares.

Este reloj era nuestra referencia, si se retrasaba todos llegábamos tarde a nuestras citas. Si se adelantaba, éramos los primeros en llegar. Siempre nos sobraba el tiempo cuando se adelantaba el reloj de péndulo. Y siempre sabíamos qué hacer con el tiempo que nos sobraba. Y buenas excusas cuando nos faltaba.


Pero un día el reloj se paró. Ya nadie le dio cuerda. Hace muchos años, demasiados, que marca siempre la misma hora, las 5:52 h. Al principio parecía que el tiempo había dejado de existir, que en nuestro mundo sólo había las cinco horas cincuenta y dos minutos de la mañana o de la noche. Una especie de tiempo sin tiempo, un segundo durando una eternidad o una eternidad condensada en un segundo, dependiendo del cuerpo de cada cual. Pero siempre esa hora bruja: 5:52. Dos veces al día el reloj marcaba con acierto la hora. Y así un día y otro, un año y otro, una vida y otra.

A veces, cuando mis emociones se arriman a los extremos, desde la distancia que dan los kilómetros y el tiempo, soy capaz de visualizar el reloj con todos los detalles, veo en mi mente la esfera de cristal, el péndulo, las agujas del reloj marcando una y otra vez la misma hora, oigo las campanas a las horas en punto, el sonido al darle cuerda. Y entonces la magia hace lo suyo y el tiempo se detiene.

Un tiempo sin tiempo, mi vida por ese reloj. Si decidiera cambiar los relojes por pájaros de cristal quizás volaría por la vida en intensos e infinitos círculos o en ágiles zig-zag fuera del tiempo y el espacio.

Deshacer la trama del tiempo es una buena apuesta: no luchar contra él, sino confundirlo, ignorarlo, como innoble que es.

La libertad puede tener muchas caras, pero estoy segura de que no tiene la cara de un reloj, ni siquiera la cara de un reloj de péndulo, ni su voz es el inapelable tic-tac que tanto me fatiga y fatiga mi memoria.

Si el tiempo es un invento, inventemos ahora el destiempo, el a-tiempo, el tiempo sin tiempo. Un tiempo vacío, para el que se va, para el que vuelve, para el que se queda, para el que olvida y para el que recuerda. Un tiempo con amnesia para que la sangre desemboque en el océano, entre el abandono y el encuentro, un mordisco a la memoria.

Un tiempo sin tiempo para remontar la vida y, desnuda, llegar a la cumbre y abrazar la luz mansa al encontrar unas raíces en el cielo abierto. Y desplegar las alas y volar, privada de experiencias y recuerdos.

Acaso la vida tenga a bien hacer que mis alas tracen un vuelo hasta el manantial de un tiempo sin tiempo mientras la esperanza me alcanza. O tal vez la vida era esto, el transcurrir del tiempo, una tregua sin descanso entre un tic y un tac.


Si alguien me regala un tiempo sin tiempo le querré todo el tiempo. Lo que viene siendo… un siempre.

Acaso la vida.

(©AnaBlasfuemia)


lunes, 16 de marzo de 2015

El Powerbook (Jeanette Winterson)


Título original: The Powerbook
Traductora: Ángels Gimeno-Balonwu
Páginas: 288
Publicación: 2000 (2004)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435008907
Sinopsis: El powerbook de Jeanette Winterson combina la gran tradición narrativa universal con las posibilidades abiertas por la informática, y particularmente por internet. Y no sólo por el hecho de que el argumento gire en torno a un cruce de mensajes entre dos personajes que ocultan su verdadera personalidad, sino sobre todo porque la sensación de fugacidad, de inmediatez y de distancia está muy bien logrado mediante el empleo de diálogos rápidos, esquemáticos y contundentes, tan ambiguos y espontáneos como los que pueden leerse en un foro de internautas.


Winterson. ¡Pues claro! La autora que me trajo La niña del faro. Que me gusta a mí hacerme esperar. Y no iba a ser La pasión, La mujer púrpura, El guardián del tiempo, Escrito en el cuerpo, Fruta prohibida… no iba a ser cualquiera de sus libros más conocidos y recomendados (y que adquirí de forma compulsiva después de La niña del faro). No. Que a una no le gustan las líneas rectas, así que… El Powerbook. Venga, Ana, dale. Comienzo a leer:

Para evitar que me descubran, sigo huyendo. Para ser yo quien descubre, sigo incansable.

Me detengo durante un laaaargo tiempo en esta primera frase. Sonrío. La releo varias veces. Vuelvo a sonreír. Una y otra vez. Vaya manera de comenzar un libro. Sé que no estoy ante La niña del faro, pero tengo claro que Winterson es una autora especial para mí, que fluyo entre sus palabras como pez en el agua, como agua en el arroyo, como arroyo en el cauce, como cauce en el valle. Sé que esta extraña escritora me resulta transparente (o quizás soy yo transparente para ella), que me empapo de todas y cada una de sus historias, que su personal, diferente y peculiar forma de contar es un espejo en el que veo con nitidez cada detalle, cada línea, cada puntada, cada imagen. Tengo la sensación de que Jeanette Winterson escribe para mí. Como si le encargara historias a medida. Qué bien, qué bien.

Historias y verdades. O no. O historias y mentiras. Las dos cosas (porque una cosa y su contraria no se excluyen: malviven pero conviven). Lo comentaba hace poco: estamos hechos de historias. Así que crearlas, contarlas y que me las cuenten, es pura vida para mí. Convertir momentos en historias. Historias sin fin ni final. Winterson es una ingeniosa y hábil narradora de historias, en las que me siento como dentro de un traje que se adapta a mi cuerpo a la perfección, quizás como si fuera la piel de mi propia alma.

Las historias son mapas

Las. Historias. Son. Mapas.

Cuatro palabras combinadas adecuadamente son suficientes para que dentro de mí broten historias y mapas, cartografías imposibles y geografías probables, afluentes en dirección contraria, bifurcaciones, caminos sin peaje, atajos quiméricos… Cuatro palabras y miles de posibilidades. Cuántas cosas ha inspirado y movido dentro de mí esta frase: Las historias son mapas. Pues aplaudo, ¡qué le voy a hacer si no llevo sombrero y no me lo puedo quitar!

- Esto no es más que una historia.
- Yo a esto lo llamo una historia verdadera.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo sé porque yo estoy en ella.

Quieta. Os preguntaréis qué nos cuenta Winterson en este libro. Que nos gusta saber qué tenemos entre manos. Habla del amor. De disfraces. De verdades y mentiras. De lo real y lo virtual. De historias (¿de qué otra cosa iba a hablar Winterson?). La protagonista (o el protagonista, deliberadamente ambiguo, marca de la casa de la autora), Alix, es una escritora, una e-escritora, que desde su ordenador, vía e-mail, ofrece “libertad por una noche”; es decir, te escribirá una historia hecha a medida. ¿El problema? Que las historias son seres vivos que pueden atraparte, engullirte, y cuando quieres darte cuenta ¡zas! formas parte de la historia que estás contando y entonces la delgada línea entre realidad y ficción, lo real y lo virtual, se vuelve estremecedora e impresionantemente fina. O directamente salta en mil pedazos. Un riesgo que todo creador de historias y momentos tiene que correr. Y asumir. Patapúm. Jugar con fuego y quemarte. O no. ¿Quema lo vivido aunque lo vivido no sea verdad? Fuego con fuego no se queman, pero se apagan. Pero hasta entonces... arden.

Vivo en un mundo material, aparentemente sólido, y el peso de éste ya es suficiente. Los otros mundos que puedo alcanzar necesitan mantener su ligereza y su velocidad de la luz. Lo que yo traigo desde esos mundos a mi propio mundo es otra oportunidad.

Al igual que en La niña del faro la estructura narrativa habitual o esperable por lectores en zona de confort es inexistente. No hay línea argumental, pero Winterson es tan valiente como reconocible, libre en su forma de contar. El esquema es muy similar: una historia (más o menos) central y fábulas, leyendas, personajes históricos, reflexiones, que se mezclan constantemente, todas ellas reencarnando una y otra vez la historia de amor entre la narradora y la mujer que le solicita “libertad por una noche”...

Soy alguien que desea lo mejor de los dos mundos.
Una historia es una cuerda floja entre dos mundos.

Alix bien podría ser Silver, nuestra niña del faro, que ya adulta hará aquello que heredó y aprendió de Pew: contar historias. Pero como los tiempos corren que es una barbaridad ya no será a la manera tradicional, de boca en boca, sino acorde a los tiempos modernos: en el ciberespacio.

No hay amor que no perfore las manos y los pies.

Sólo he leído dos libros de Winterson, aunque me parece haber estado buscándola toda la vida, pero la sensación es que la columna vertebral de sus historias es el amor. Amor, nostalgia, soledad. Pasión. Límites. Mitología. Mundos privados. Identidad. Emociones. Historias. Vida. Oportunidades. Contado a su manera. Y su manera no es lineal, ni mucho menos una línea recta. Está llena de meandros y recovecos varios. No esperéis entonces un final cerrado, ni siquiera un final. Los finales no existen. Es cierto que sus reflexiones tienden a ser aforismos, cerrados y ligeramente adoctrinantes, pero en cualquier caso comulgo con su forma de sentir, aunque no siempre con su forma de pensar. Sentir y no pensar.

No puedo dar mi posición con exactitud. Las coordenadas cambian. No puedo decir “dónde”, sólo puedo decir “aquí”, y tener la esperanza de trazarlas para ti, átomo y sueño.

Las múltiples perspectivas y alternativas de Winterson, su mirada poliédrica (y poética), me resulta tremendamente atractiva, potente, sugerente, cercana e inspiradora. Mil veces me cuente la misma historia de mil formas distintas, mil veces terminaré un libro de Winterson con la certeza de que me reconozco entre sus páginas y me toca el alma como pocos autores. Me (con)mueve y motiva. Creo que he subrayado en este libro hasta el índice (que no tiene).

Cuéntame una historia, Winterson. Y ella va y me la cuenta. ¡ A mí! La historia. No una, sino varias. O no varias, sino una. Así da gusto. Y como ya no confío en los hechos ni en las palabras, sino en el tiempo, le agradezco profundamente el que ha dedicado a contarme (sí, a mí) El Powerbook. Y a vosotros os agradezco el tiempo que dedicáis a leerme. Gracias. Tiempo es lo que tenemos.
Me sentí como si hubiese entrado atolondradamente en la vida de alguien por azar, hubiese descubierto que quería quedarme y entonces, dando tumbos, sin una pista, ni un indicio, ni una manera de terminar la historia, hubiese vuelto a la mía.

Gracias, Winterson. 

Si os gustó La niña del faro, os gustará este libro. Si no os gustó, seguir de largo. O darle una (otra) oportunidad. Si no sabéis si sí o si no, pues quién sabe. Lo que el corazón os diga. Siempre. El corazón (y no el algodón) no engaña. ¿O sí?

Nota: No me agrada, pero debo de decirlo. La edición y la traducción dejan bastante que desear. Una lástima, siempre me parece una falta de consideración al lector las ediciones atropelladas y descuidadas. 

lunes, 9 de marzo de 2015

Mis amigos (Emmanuel Bove)



Título original: Mes amis
Traductor: Manuel Arranz Lázaro
Páginas: 152
Publicación: 1924 (2003)
Editorial: Pre-Textos
ISBN: 9788481915501
Sinopsis: Con unas pocas pinceladas de genialidad, Emmanuel Bove nos presenta a Batôn, herido de guerra que recorre el París de principios del s. XX, y a "sus amigos", aquellos que su imaginación ansía y proyecta en todo aquel que se cruza en su camino, pero cuya felicidad constituye, a la vez, la mayor de las ofensas. La búsqueda del alienado Batôn, abocada al fracaso, resulta sin embargo cercana y reconocible. Una novela por descubrir que será particularmente apreciada por los solitarios y los perplejos.

Me resulta curioso mirar atrás y ver mi recorrido lector durante los últimos años. Es como si viera una senda por la que he caminado y veo imágenes no sólo de lo leído, también de lo vivido. Nadie como yo misma sabe bien cuántas historias hay detrás de los libros que aquí he comentado y de las blasfuemiadas deslizadas entre libro y libro. ¿Cómo iba a abandonar este blog que es… mi cuarto propio? Una campana bajo la cual me muestro a la vez que me escondo. Una cosa y la contraria. O sea, yo.

En este momento elegir lecturas no era tarea fácil para mí. El por qué escogí Mis amigos es un misterio. Estaba ahí y eso ya cuenta. Necesitaba coger ritmo lector, no abandonar una actividad que me acompaña desde siempre y que me ha dado tanto. He tenido momentos de bajón lector, pero nunca me había pasado como hasta ahora, que mis vivencias inhabilitaran de esta manera mi capacidad de leer. Sabía que si conseguía seguir leyendo recuperaría algo absolutamente valioso en mi vida, pero también que sería un paso necesario para rescatarme a mí misma.

Y sin embargo, escogí un libro que en principio no parecía sanador (no lo es). Pero que en la sinopsis pusiera que es una novela que será apreciada por solitarios y perplejos me dio el empujón. Porque si algo estoy en estos momentos es perpleja. También solitaria, pero más como una elección puntual en este proceso de curarme que como una realidad. Así que fue por el lado de la perplejidad que quise saber qué me iba a contar Emmanuel Bove, concretamente el personaje protagonista, Batôn.

A cambio de un poco de afecto, compartiría todo lo que poseo: el dinero de mi pensión, mi cama. Sería muy cariñoso con la persona que me ofreciera su amistad. No la contradiría nunca. Sus deseos serían los míos. Como un perro la seguiría a todas partes. No tendría más que decir una gracia, y yo me reiría; cuando estuviera triste yo lloraría con ella.

Lo cierto es que al empezar a leer Batôn no me caía bien. No me inspiraba lástima, sino rechazo (el mismo que termina provocando en los que intenta que sean sus amigos). Pocas cosas hay más patéticas, dramáticas y turbadoras que mendigar afecto. Creía haberme equivocado de libro, no iba a ser este el que me metiera en vereda otra vez. Pero de repente… clic.

Todos sabemos que no son sólo los libros, sino cómo los leemos. Yo empecé a leer Mis amigos malamente, desde un plano inadecuado. Y era como que no. Pero de repente lo vi: tenía que ver a Batôn no como un personaje real, con el que me pudiera identificar, sino como una especie de compendio, de caricatura, de esperpento, de pantomima, una representación. Alguien que contiene todos los matices, absolutamente todos, de la paradójica sociedad en la que vivimos: ¿por qué hay tanta gente sola?. Sí, claro, nos juntamos. Unos al lado de los otros. Pero nuestra campana, bajo la que nos cobijamos, permanece intacta. De soledad, del deseo de no ser solos (digo ser, no estar), de incomunicación, de matices, de errores, de interpretaciones, de gestos, de necesidades… De todo eso va este libro. Pero de una forma peculiar.

Para ello, Bove no trata de contarnos una historia, sino de mostrarnos algo a través del cómo. Es decir, no hay un hilo conductor, una trama con inicio, nudo y desenlace. Es un tapiz, nos muestra varias imágenes, un espejo, traza un esperpento sarcástico para dar cabida a todas las tonalidades (grises) en un personaje grotesco, en momentos, en anécdotas y situaciones aparentemente fragmentadas… Y ¡alehop!, el débil y patético Batôn termina por mostrarnos nuestras propias miserias. Me encanta, qué le voy a hacer. En el cómo Bove también pone en marcha el juego sensorial, todos los sentidos en alerta gracias a la capacidad del autor para describir la realidad exterior con mínima pero contundente precisión, mientras parodia la interior. Percepciones en funcionamiento, que solemos ignorar pero que forman parte del paisaje, matizan y complementan la forma en que miramos y vivimos.

Una lectura atípica, como lo es la soledad y todo lo que la rodea. Sí, sí, la soledad es atípica. Cuántas cosas se hacen buscando no estar ni ser solos. La búsqueda de Batôn es patética, enternecedora, muy turbadora, contradictoria, pero es lo que todos buscamos: amigos, amor. Compañía. Sobre todo… encontrarnos. Y sin embargo en esa búsqueda hay tantos gestos equivocados, tantas interpretaciones erróneas, tantos malos entendidos, tanta desesperanza que me pregunto, una y mil veces ¿por qué lo hacemos tan difícil? Porque no somos fáciles. Bove nos da algunas respuestas, cada cual que encuentre la suya. Yo tengo varias.

Algunos hombres fuertes no están solos en la soledad, pero yo, que soy débil, estoy solo cuando no tengo amigos.

Un libro que me ha hecho reflexionar mucho y que, sin ser un libro en el que me haya encontrado, sí que he detectado alguna que otra clave. He aprendido y eso me lleva de nuevo a lo que aprecio y valoro: seguir leyendo. Además este libro tiene otra cualidad: es diferente, sorprende, esconde más de lo que muestra y sin embargo lo que esconde termina por pasar a un primer plano de forma tan imperceptible como contundente.

No es un libro para cualquier momento ni siquiera para cualquier lector. Pero cada cual sabe qué libro, cuándo y qué busca en las lecturas. Yo lo que leo, lo cuento. Y he leído, y contado, Mis amigos, de Emmanuel Bove. Y sigo leyendo ¿qué más puedo decir?