viernes, 8 de enero de 2016

Thérèse e Isabelle (Violette Leduc)

Título original: Thérèse et Isabelle
Traductor: Delfín G. Marcos
Páginas: 128
Publicación: 1954 (2015)
Editorial: Mármara Ediciones
ISBN: 9788494391323
Sinopsis: El internado ha sido el escenario en el cual autores tan relevantes como Robert Musil, Fleur Jaeggy o Robert Walser han ambientado sus obras y dado a conocer sus experiencias de juventud. Con «Thérèse e Isabelle» Violette Leduc viene a incrementar ese elenco de autores; entre las cuatro paredes de un internado descubrió por primera vez la amistad, el amor, el sexo y los prejuicios sociales.



Supe entonces que había estado privada de ella desde antes de conocerla.
Isabelle llegó del país de los meteoros, de las conmociones, de las catástrofes, de los estragos.
Ufff… Suspiro. Resoplo. Suspiro.

¿Qué me has hecho, Violette Leduc? Termino de leer Thérèse e Isabelle y tiemblo. He temblado en cada página. He llorado al llegar a las dos frases finales, mientras decía ¡mierda, mierda, mierda…!

Este libro me ha agitado de principio a fin. Y me ha excitado. Sí, eso ha hecho. El cuerpo, la piel y las entrañas.

El escalofrío es a la caricia lo que el relámpago a la noche.
A ver, vamos a situarnos, y así dejaré de temblar. ¿Quién era Violette Leduc? Una pionera, sin duda. Una mujer, como tantas otras, a quien la historia no hace justicia porque vivió en un tiempo que no le correspondía. Se adelantó. Y eso la sociedad no lo perdona. Adelantarte a tu época, siendo mujer además, ¿a quién se le ocurre? Precursora, exploradora de tiempos por venir, habitante del futuro. Decía de ella misma que era un desierto que monologa. Yo me tatuaría esa frase: soy un desierto que monologa. Porque es de las que contiene todo. Me contiene a mí. Tomo nota. Cuando done mi cuerpo a la ciencia se encontrarán con que el cuerpo en cuestión es un libro lleno de frases y cicatrices que me cuentan.

Violette Leduc fue la protegida de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre. Ahí es nada. Gracias a ellos, que la animaron a escribir (y a Mármara Ediciones), podemos disfrutar hoy en día de una autora de gran calidad, que escribe desnuda, sin protección ni cortapisas, hablando de sí misma, de sus relaciones sexuales, de su dramática vida familiar, sus miedos, sus obsesiones… Valiente Leduc. Admiro (sí, admiro) a personas así. Y cómo sufren, maldita sea. Qué vida más injusta.

Thérèse et Isabelle es un texto que formaba parte originalmente de Ravages, pero la censura (ay, la censura) se cargó directamente gran parte de su contenido por sus escenas eróticas. Ese texto censurado es el que compone Thérèse e Isabelle.

Seguíamos estrechándonos, nos queríamos engullir. Nos habíamos liberado de  nuestra familia, del mundo, del tiempo, de las certezas. La estreché contra mi pecho, contra mi corazón abierto en canal: quería que Isabelle entrase. El amor es una invención agotadora.
Así que sí, estamos ante un libro erótico. Vaya, vaya. Y a fe que lo es. Es erótico, bello, poético, excitante, demoledor… Agitó mi cuerpo, mi piel, mi sexo, mi alma. Me agitó de arriba abajo, de dentro a afuera. Y viceversa.

¿No está de moda la literatura erótica? Pues pasen y lean. Literatura. Erótica. Nivel: categoría “te quedas boquiabierta”. Abierta te quedas.

No necesita preámbulos Leduc. Frases cortas. Zas, zas, zas… Enseguida deja clara la mirada de Thérese (que es la mirada de Leduc, puesto que estamos ante un texto autobiográfico). Y Thérese mira a Isabelle. Concretamente a su escote. Y yo deslizo la mía también por escotes, espaldas, las curvas y las líneas de las nalgas, los pechos, las manos, hombros, cuello, vientre, pubis, lengua… No hay un centímetro del cuerpo que no recorra ni me recorra.

Lo hicimos de memoria, como si ya nos hubiésemos acariciado en otro mundo antes de nacer, como si volviésemos a encajar las piezas de un engranaje. La mano de Isabelle, la que me turbaba la cadera, era la mía; mi mano sobre el costado de Isabelle era la suya. Se reflejaba en mí, me reflejaba en ella: dos espejos se amaban.
Brava Leduc. Bella y valerosa. El deseo sin concesiones, sin barreras. La pasión desbordada, sentida, derramada. Erotismo lírico. Con las palabras hace poesía sin perder de vista la pasión, la sensualidad, el deseo, la fantasía, el sexo... Hasta ahora creo que sólo Anaïs Nin conseguía estremecerme así, de deseo (aunque Nin me hace estremecer por muchísimas más razones). Y Leduc sube a mi olimpo particular como un águila dorada en esplendoroso vuelo, centelleante. Me ha hecho vibrar. No se le puede hacer esto a mi imaginario, Leduc. No.

Me volvía loca anotando, subrayando (“Te veo en todo lo que miro”, “Ella no sabrá jamás lo que me ha entregado”, “Habríamos hecho grandes cosas juntas: nos bastaríamos”, “La palabra que había pronunciado era demasiado grande”, “- ¿Qué tienes? - Ganas de ti”, “He deseado tanto nacer en sus ojos”, “Ella daba tantas palabras como callaba”, “Cuando se ama siempre se está en el andén de la estación”, “Yo estaba enamorada: no tenía abrigo”, “Respiré, me reconocí, me abandoné”, “Conectamos tanto que desaparecimos”, “Eres preciosa, no quiero perderte”, “Ella ignoraba desde qué lugar la amaba”, “Tuve ganas de deshacerlo todo y recomenzar”, “Al conocerte, mi abismo cobró sentido”, “Veo el mundo, sale de ti”...) Vale, paro… podría seguir, podría reseguir cada línea de este libro con mis dedos, con mi mirada, una y otra vez, una y otra vez. Y volvería a sentirme viva, volvería a sentir, volvería a llenarme de fascinación, de deseo, de amor, de dolor. Sublime y brillante Leduc.

Y llego a la última página. Y antes de leerla me pregunto cómo puede terminar el libro ahí, no puede pasar nada en tan sólo una página, me quedo sin aliento pensando que lo va a terminar mal, así, sin más. ¿O le faltan páginas a mi libro? Qué imbécil soy a veces. Llevaba páginas y páginas admirada, asombrada, emocionada y excitada y no sé cuántas cosas más… ¿cómo iba a terminar mal Leduc? Sólo necesita dos frases, las dos últimas frases para que todo se convierta en bocanadas por coger aire y lágrimas que brotan sin nada que se lo impida. Y el libro me estalla dentro. Y me arrasa.

Llenarse de siempres, de jamases, de siemprementes, de nuncas, de promesas. Y vaciarse. Devastador. Cruel.

Hablamos. Una pena. Cosa que decimos, cosa que asesinamos. Las palabras que no medren, que no embellezcan, acabarán marchitándose en el interior de nuestros huesos.
(No, no son estas las últimas frases del libro. Hay que leerlo todo, cada página. Y llegar a las dos últimas frases. Y romperse).

PD: Tengo muchas dudas sobre este blog y su futuro. Sobre si seguir o no en este cuarto propio en el que tanto me cuento a través de lo que leo y lo que escribo. Me leo a mí misma, en cada entrada, en cada lectura que cuento, en cada blasfuemiada, incluso en los comentarios, y me asusta lo que veo. Es posible que me tome un tiempo, un paréntesis, en el blog y en las redes. Estoy indecisa y ligeramente desnortada. Quizás un período de reflexión sea necesario. Y tomar decisiones.


Le debo muchas cosas buenas a "Lo que leo lo cuento". Le debo lo mejor que hay en este mundo: personas. Personas que han llegado a mí. Personas maravillosas que nunca hubiera conocido si no hubiera sido por este blog. Algunas de ellas (que no necesito nombrar) son auténticos faros en mi vida, me iluminan y evitan que me golpee contra acantilados y rocas. Nunca agradeceré lo suficiente en esta vida todo lo que me ha dado este cuarto propio, pese a lo que también me ha quitado.

Un abrazo agradecido a todos y cada uno de los que por aquí pasen y lean, porque sin vosotros, tanto si comentáis como si no, si os identificáis como si no, nunca hubiera sido posible este blog.

Leed, leed, leed por encima de todo. No dejéis de leer. Lo que queráis y como queráis. Los libros nunca, jamás, fallan. Jamás. Que seguiré leyendo cada día es la única certeza que tengo.

Siempre me encontraréis en blasfuemia@gmail.com

*(Comentad del libro, no quiero que esta PD distraiga de lo importante: Violette Leduc y su Thérèse e Isabelle. Es sólo que de vez en cuando me gusta pensar a tecla alzada y en letra alta.) 

(©AnaBlasfuemia)

domingo, 3 de enero de 2016

La campana de cristal (Sylvia Plath)

Título original: The bell jar
Traductora: Elena Rius
Páginas: 272
Publicación: 1963 (1982)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435003773
Sinopsis: Esther es una joven universitaria que recibe un premio consistente en vivir unos meses en New York y conocer los entresijos del mundo editorial (publicaciones de cuentos o libros, revistas de moda...). En esos meses vive una vida regalada, con lujos y atenciones. Pero de entre esas primeras páginas surge Esther con su apabullante y tenaz vida interior. Su vida es una sucesión de tensiones morales, sociales, de imposiciones escritas y no escritas; de tabúes sexuales; de costumbres rurales en un mundo cambiante; de sueños incumplidos; de necesidades vitales apartadas; de anhelos desesperados; de miedo, de mucho miedo por la vida. Cuando acaba su estancia en New York y vuelve a su pueblo caerá sobre ella todo el peso de la realidad cierta o no.
Es como contemplar París desde el furgón de cola de un expreso que va en dirección contraria: a cada segundo la ciudad se hace más y más pequeña, sólo que sientes que eres tú misma la que se hace más y más pequeña y más y más sola, alejándose a mil kilómetros por hora de aquellas luces y aquel jolgorio.
Leí por primera vez La campana de cristal con 22 o 23 años, si no recuerdo mal. Aquella lectura me fascinó. Y más. Subrayé mucho. Qué descubrimiento, qué sacudida fue este libro. Unos años después volví a leerlo. Subrayé, re-subrayé, escribí en los márgenes… Alguien cogió aquel libro y se lo llevó. Poco después lo vendió, en un momento en el que todo lo que pudiera venderse, se vendía. Era el único valor que tenía todo, el del dinero; el precio que pagaran por lo que fuera, poco o mucho, no importaba. Dinero envenenado.

Mucho tiempo después volví a comprar el libro. Porque era como una carencia que tenía. Me hice con una edición del Círculo de Lectores. Y volví a leerlo por tercera vez. No lo subrayé. Sólo lo hice con la mirada. Como si el libro que tuviera delante fuera aquel otro, leído, releído, sentido, sacado de casa y vendido.

Y ahora, por cuarta vez, me puse con él de nuevo. Dispuesta a subrayarlo. Porque además ahora así quiero que se queden mis libros. Que algún día cuando yo ya no esté y alguien reciba mis libros, los lea y me encuentre ahí, en cada subrayado y cada nota al margen. Que no deje de encontrarme. Será una forma de permanecer en una mirada, en un corazón. Permanecer. Cuando ya no esté.

Cosas que pasan, estábamos en la misma página. Así que no ha sido (y ha sido) una lectura con, junto a… Ha sido (y no ha sido) una lectura a la vez que… Un capítulo aquí, otro allá, ahora te espero, ahora estoy aquí, ahora en silencio, ahora una imagen, ahora otra, ahora vete tú a saber, más silencio... Así como todo lo nuestro, con un ritmo distinto a todo lo conocido, desajustado, que sólo se acompasa porque es el que existe para ti y para mí. Diferente. Un ritmo que únicamente se hace unísono debajo de nuestra campana de cristal, de nuestro cuarto propio. Tan real como ficticio, tan verdad como mentira, volando de una cosa a la contraria.
Si ser neurótica es querer dos cosas mutuamente excluyentes a un mismo tiempo, entonces soy una neurótica perdida. Volaré de una cosa excluyente a otra y otra para el resto de mis días.
El párrafo anterior contiene (parte de) la esencia de la propia Sylvia Plath. Los contrarios, las contradicciones, el deseo de vivir sin renunciar a nada, porque la vida no excluye ni deja fuera nada. Parece fácil. No lo es. De eso habla este libro.

Si algo es La campana de cristal es autobiografía pura y dura. Plath sabía bien de qué hablaba cuando describía el intento de suicidio de Esther, la protagonista de este libro. Esther, su alter ego. De esta forma, leer La campana de cristal es desentrañar a la propia Plath. Y de rebote, desentrañarse una misma.
El silencio me deprimía. No se trataba del silencio del silencio. Era mi propio silencio.
Se da duro Plath: inteligente, cínica, sensible, bella, celosa, fría, intensa, intolerante, rebelde, exigente, confundida, mentirosa, insegura… No se oculta. Ni siquiera oculta su imaginario, libre, grandioso, profundo. Y traidor. Hay gritos silenciosos que no entiendes que no sean oídos. Hay silencios que duelen como un alfiler clavado en un ojo.

La escritura de Plath es tan sutil como detallista. Pura belleza (poeta por encima de todo). Mira desde fuera pero alcanza lo más dentro. Generosa en metáforas y creadora de imágenes absolutamente líricas y sensibles sin recargar de más. Con el bisturí de su observadora mirada hace una incisión en la superficie de lo que le rodea para llegar a las entrañas, donde está la realidad, descarnada. Jamás se queda en lo superficial, cada gesto importa, incluso la carencia de gestos, como delatores de la realidad: la que le rodea y la suya propia. Gestos (o ausencia de gestos) que son como guillotinas. Nada es vacío ni desde el vacío. Ni lo que se hace ni lo que no se hace. Plath construye paisajes desde lo aparentemente insignificante. Contundente y estremecedora.
Me sentía muy rígida y muy vacía, de la misma manera que debe de sentirse el ojo de un tornado, moviéndose pesadamente en medio del tumulto circundante.
Esther (Plath) buscando su lugar en el mundo. Y eso me suena y resuena tanto... Cómo todo lo que te rodea vive y siente y cómo vives y sientes tú. Desconexión. En ningún momento se acoplan ambos caminos haciéndose uno sólo. Y entonces sucede: las etiquetas. Depresión, trastorno obsesivo, anorexia, neurosis, trastorno bipolar… bla, bla, bla, bla… Electroshocks. Intento de suicidio. Internamiento.

Querer morir por querer vivir. No hay contradicción más cruel. Volar del deseo de vivir al deseo de morir. Sin que se excluyan. Porque lo que quieres, lo que deseas más que nada, es vivir. VIVIR. Pero hay una grieta entre lo que la sociedad espera de ti y lo que sientes que la vida ha de ser. Y la grieta va creciendo, y sangras por ella, y te encuentras sobreviviendo. Hasta que no puedes más.

Lean este texto. Másquenlo. Digiéranlo:
Vi que mi vida se ramificaba ante mí, como la verde higuera del cuento. De la punta de cada rama, como un enorme higo morado, un maravilloso futuro me hacía señas y me guiñaba el ojo. Un higo era un marido, un hogar feliz e hijos; otro, era una famosa poeta; y otro higo era una profesora brillante; y otro higo era E Ge, la sorprendente directora literaria; otro higo era Europa, África y Sudamérica; otro higo era Constantin y Sócrates y Atila y un montón de amantes con raros nombres y raras profesiones; otro higo era una remera olímpica; y más allá, por encima de todos aquellos higos, había muchos más que no acababa de distinguir.
Me veía sentada en la bifurcación de aquella higuera, muerta de hambre, sólo porque no podía decidir qué higo escoger. Los quería todos y cada uno, pero elegir uno significaba perder el resto y, sentada allí, incapaz de escoger, los higos empezaban a arrugarse y a ennegrecer y, uno a uno, caían silenciosamente al suelo, a mis pies.
Sylvia Plath escribe como el agua: cristalina, profunda, salvaje, libre, inasible. Para ella la lluvia son gotas como platos de café y no cae sino que se escurre, siseante. Es brutal. Leerla es contener la respiración. Todo se detiene. Son sus palabras, ella y yo y (casi) nada más. Un vacío alrededor. Sylvia Plath. Yo. Dentro de la campana. Sin aliento.
Un mal sueño.
Para la persona encerrada en la campana de cristal, en blanco y detenida como un bebé muerto, el mundo en sí mismo es un mal sueño.
Un mal sueño.
Recuerdo que tengo que respirar y acompaso mi respiración con la de Plath. Fácil y ligera, respiro deslizándome por sus palabras, por ella. Me bombea la sangre. Me aniquila, eso hace Plath. Como hizo la primera vez, y la segunda, y la tercera. Y ahora otra vez. Aniquilada.

Y vuelvo a recordar porqué este libro me fascina: porque me destroza. Sylvia Plath sólo necesitaba PERTENECER.
Soy, soy, soy.

martes, 22 de diciembre de 2015

Secuelas de una larguísima nota de rechazo (Charles Bukowski)

Título original: Aftermath of a Lengthy Rejection Slip
Traductora: María José Chuliá García
Páginas: 29
Publicación: 1983 (2008)
Editorial: Nórdica
ISBN: 9788493669522
Sinopsis: Secuelas de una larguísima nota de rechazo es el primer relato que, con 24 años, escribió Charles Bukowski y fue publicado en Story Magazine. Como todos sus textos, este relato es claramente autobiográfico. De hecho, al poco tiempo de escribirlo se desilusionó con el proceso de publicación y dejó de escribir durante una década. Cuenta de manera magistral los sentimientos de un escritor que continuamente ve cómo son rechazados los originales que envía a revistas y editoriales.

Aprender a leer y leer todo lo que había a mi alrededor fue todo uno. Y a mi alrededor había mucho que leer. Mucho. Y nadie me puso ninguna barrera, ningún freno, nadie me dijo “esto no es para una mocosa como tú”. Afortunadamente. Así que empecé a leer muy fuerte. Sin medida. Todo. Nunca agradeceré lo suficiente a quienes me rodeaban esa ausencia de filtro.

Cuando llegué a Bukowski ya me limpiaba los mocos sola, eso es verdad. De hecho, tendría unos 19 años. La máquina de follar y Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones cayeron en mis manos. El desparpajo morboso, la degradación, el vacío existencial… Unas lecturas muy apropiadas para una adolecente que ya andaba perdida por este mundo desde hacía años. A estas alturas ya ni os cuento lo perdida que estoy. De aquellas lecturas recuerdo especialmente haberme encontrado una deliciosa sensibilidad que subyace, subterránea, a todo lo soez que sugerían los títulos. Por debajo de la piel. O sea, por dentro.

Cuando pude, años después, me empapé de la poesía de Bukowski, pasando muchos de sus poemas a formar parte de mi guarida de lecturas en las que me encuentro y soy capaz de abrazar, literalmente, cada vez que vuelvo a ellas.

Hacía mucho que no leía ningún relato o novela de Bukowski, aunque siempre tengo su poesía a mano, y en la biblioteca vi este pequeño relato, ilustrado por Thomas M. Müller. De la mirada a las manos en un zasca. Veo que es su primer relato. Demasiado tentador como para dejarlo pasar, además un vistazo a las ilustraciones terminarían por decidirme (ya lo estaba, decidida).

Y me encontré… a Bukowski. Joven, sí (24 años), pero el Bukowski que recuerdo: desolador, satírico, oscuro, idealista, desgarrado, instintivo… Sin la insolencia que luego fue más constante en sus escritos (sobre todo en sus novelas), pero ese Bukowski estaba ahí, su fuerza inusitada, siempre alejado de la mirada más racional. Bukowski y sus entrañas. Desde lo cotidiano a lo absurdo. La mirada sarcástica, atenta a las minucias y los detalles.

29 páginas que se leen de una sentada (una sentadita, ideal para culos inquietos como el mío). Las imágenes de Müller y las que crea con sus palabras Bukowski te introducen con facilidad en ese ambiente de desilusión, de optimismo rechazado. Se aprecia ya en este relato el personaje que fue construyendo de sí mismo, ya sabéis, el Bukowski mujeriego, borrachín, jugador, reaccionario, libre… Un curioso relato del siempre genial Bukowski.

Es verdad, adoro a Bukowski. No soy objetiva con él. Pero nunca he querido ser objetiva con quienes amo. Quizás la objetividad esté sobrevalorada. O el amor. Pero ¿cómo ser objetiva con alguien que ha escrito (entre otras muchas cosas) un poema como este?:


Pájaro azul (Charles Bukowski)

Hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro,
no voy a permitir que nadie te vea.

Hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que está ahí dentro.

Hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo,
¿es que quieres hacerme un lío?
¿es que quieres mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

Hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
Le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas triste.

Luego lo vuelvo a meter,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar a un hombre,
pero yo no lloro,
¿lloras tú?

Y con Bukowski quiero cerrar el año en el blog. Adiós 2015. Aunque ahora cuando ya agonizas has intentado recomponer tantos días infames, te pateo el culo y te digo adiós. Bienvenido 2016. El 16 es mi número preferido. Y es un año bisiesto. Le recibiré con los brazos abiertos y mirada de faro. Sigo leyendo. Siguen los libros. Siguen las lecturas. Os deseo a quienes por aquí pasáis que la vida y los libros os den amor, equilibrio, salud, latidos... Que la vida os dé VIDA. Y que nada se interponga.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Anexo (Nelson Galtero Barchetta)

Título original: Anexo
Páginas: 72
Publicación: 2013
Edición: Toni Segarra
Sinopsis: Un hombre pasa unos días en un pueblo. Tiene que hacer un informe sobre las características de un terreno. La empresa para la que trabaja quiere levantar un hotel. De este informe no leemos ni una palabra. El libro empieza en el anexo, que cuenta algunas cosas extrañas del pueblo. Por ejemplo, que todos los días muere alguien. Que algunos días después reaparece, pero para volver a morir, y a reaparecer. En el anexo el hombre explica que las muertes van a espantar a los turistas, pero que por pocos que sean los que se animen, luego no podrán salir, y van a necesitar un hotel donde dormir. Que podrían pedir lo que les diera la gana por una noche de sábanas limpias y un buen desayuno por la mañana. En un momento el hombre quiere volver a casa, pero está enredado en unos cuantos asuntos con el alcalde. Y tampoco sabe muy bien cómo salir de ahí. En esta historia todos pelean por lo suyo, pero algunos pelean con más fuerza que otros.


A mí el sarcasmo me parece un trasto victoriano. Pierdes el tiempo decodificando un adorno envenenado, dulce por fuera, lleno de mierda por dentro.
Este libro llegó a mí porque Nelson Galtero supo entender que yo leía lo que me daba la gana y cuando me daba la gana. O cuando le da la gana a los libros. Y el libro se armó de paciencia en la estantería. Pequeño. Negro. Casi escondido. Me atrae lo invisible, lo que no se ve tiene más verdad que lo que se ofrece descaradamente a la mirada. Así que lo rescaté pronto de la estantería. Nelson, su Anexo, supo tentarme sutilmente.

Me gusta leer a ciegas, sin saber qué me voy a encontrar. ¿Qué me encontré en Anexo? Al principio en mi cabeza aparecían, como puestas en sordina, las imágenes de una película que me fascina y que tengo por película fetiche, de lo mejor de nuestra cinematografía: Amanece que no es poco. Esa mezcla de humor y situaciones absurdas, el surrealismo, las situaciones disparatadas, el esperpento… Y todo ello con el semblante serio. Vamos, lo más normal del mundo, que nazcan hombres en los bancales, que llueva arroz, que se den clases de ciencias a ritmo de espiritual negro, que se mantenga un monólogo con una calabaza (impagable: «Calabaza, se acaba un nuevo día y, como todas las tardes, quiero despedirme de ti. Quiero despedirme y darte las gracias una vez más por seguir con nosotros. Tú, que podías estar en la mesa de los ricos y de los poderosos, has elegido el humilde bancal de un pobre viejo para dar ejemplo al mundo. Yo no puedo olvidar que en los momentos más difíciles de mi vida, cuando mi hermana se quedó preñada del negro o cuando me caparon el hurón a mala leche, sólo tú prestabas oídos a mis quejas e iluminabas mi camino. Calabaza, yo te llevo en el corazón…»)

Y así, no menos disparatado, en Anexo todos los días muere alguien, pero resucitan y vuelven a morir, cada vez con edades distintas; un personaje que parece imprescindible (Grossman) resulta totalmente inaccesible; un fiscal resuelve los casos con la imaginación… Se enlazan unas situaciones con otras, todas ellas disparatadas, pero bien amalgamadas, como si Nelson Galtero modelara con cerámica una figura elaborada a partir de materiales inverosímiles.

Mientras que en Amanece que no es poco los forasteros que llegan al pueblo pueden irse, en este pueblo recreado por Nelson Galtero no. Hay puerta de entrada, pero no de salida. Y eso ya dice mucho, un pequeño enigma a resolver ¿cómo salir? Inteligente y sutil Nelson…

La lectura me atrapó, y creo que lo hizo por algo de lo que el propio Nelson es muy consciente (pese a lo que diga en el Prólogo): su magnetismo. Tiene ese don. Es un hechizador hipnótico con las palabras, el ritmo que les imprime, las frases que deja caer, por aquí, por allá. Como si leyeras en dos planos: 1) las palabras que estás leyendo, su significado más inmediato. 2) Lo que subyace entre líneas. Lo invisible. Lo que sugiere sin decir, diciendo. Incluso podríamos encontrar otro tercer plano, el de la alegoría. O tal vez todos los planos sean el mismo, porque están amasados con sutileza e inteligencia.

Y, claro, así, lees del tirón. Y ves que, en un corto espacio, un relato breve, aparecen destellos (no por breves menos intensos) de muchos temas, esos que están ahí latiendo en una sociedad que prefiere las adaptaciones de la verdad antes que la propia verdad. Una mirada irónica la de Nelson, que me hizo recordar a Paul Auster. No me preguntéis porqué, que una no es experta en nada, sólo me muevo a nivel de sensaciones, no siempre racionales y explicables en mi caso.

¿Encontraréis la puerta de salida?

Yo aquí sólo veo gente que quiere irse y no puede.
Anexo termina con un intrigante epílogo que aumenta mi fascinación por este libro, pequeño en tamaño y generoso en contenido.

No sé ir despacio, tengo que correr. Quizás odio a la gente.
(@AnaBlasfuemia)

jueves, 10 de diciembre de 2015

El año del pensamiento mágico (Joan Didion)

Título original: The year og magical thinking
Traductor: Javier Calvo Morales
Páginas: 190
Publicación: 2005 (2015)
Editorial: Literatura Radom House
ISBN: 9788439729075
Sinopsis: Este libro memorable ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo. En él, la escritora Joan Didion, una de las autoras norteamericanas más reputadas de finales del siglo XX, narra con una fascinante distancia emocional la muerte repentina de su marido, el también escritor John Gregory Dunne. Este libro tan breve como intenso es, por consiguiente, una reflexión sobre el duelo y la crónica de una supervivencia.
Puedes empezar a leer AQUÍ


La vida cambia deprisa.
La vida cambia en un instante.
Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.
La cuestión de la autocompasión.
Esto va a ser difícil. Y largo. Así que tomen asiento o lean en vertical.

Hace tiempo que estoy removida. Arrasada, diría yo. Así que no leo libros fáciles, libros que me entretengan, me distraigan, me alejen del centro del tsunami emocional y vital en el que estoy. Al contrario, busco libros que le den sentido a todo lo que estoy viviendo y sufriendo. Libros faro. Faros que iluminen en medio de la tormenta. Es por aquí, por aquí… dice la luz parpadeante de los faros.

Yo estaba leyendo otro libro con la misma temática que este. Ya hablaré de él. Pero la vida, ay, la vida, también juega sus cartas. Y sacó un as de la manga. Lo hizo en forma de libro: El año de pensamiento mágico. Y más concretamente aún, lo hizo en forma de una lectura conjunta, con Querida Juliet.

¿He dicho lectura conjunta? Pues he dicho mal. No. No hago lecturas conjuntas. Leo con. Leo junto a. Se hace como se puede. Pero se hace. Es distinto. Cualquier lectura con, junto a, intensifica la lectura porque lo haces con alguien que a) lee como tú, desde las vísceras; b) significa mucho para ti; c) lees a la vez, comentas según vas leyendo. En definitiva, más que leer el libro, lo sientes. Lo vives.

Y así, leí este libro. Junto a. El otro (libro) siguió siendo leído al mismo tiempo y (anticipo) quedó noqueado por la enorme Didion.

Como un tranvía. Así pasó este libro por encima de mí. El tema del que habla no es un tema cómodo: el duelo, la pérdida de un ser querido. No es fácil de vivir, no es fácil hablar de ello, no es fácil gestionar todo lo que provoca. Y para explicar lo que quiero explicar tengo que contar una anécdota personal (ya les dije: tomen asiento o lean en vertical o directamente no lean).

Hace no mucho estuve con dos buenas amigas. Dos seres de luz. Estuvimos por ahí por el monte, como las cabras. Y en un momento dado (en muchos) me detuve a hacer una foto. No recuerdo si era a una flor, una seta, una hormiga, un rayo de luz que ponía el acento en una brizna de hierba… El caso es que estuve un tiempo largo peleándome con el zoom, tenía que aproximarme mucho a lo que quería fotografiar, la imagen que buscaba tenía que ser tan próxima que pareciera acariciar con la mirada, pero cuánto más zoom metía, más se desenfocaba. Claro, tenía que retirarme hacia atrás para meter el pedazo de zoom que quería. Tenía que alejarme para poder acercarme. Al alejarme, el zoom me acercaba con más nitidez. Luego, al comentarlo, nos dimos cuenta del sentido tan grande y potente que tenía lo de alejarse para acercarse. En ese momento saqué de la mochila mi libreta y, en el suelo, escribí la frase, la idea, el concepto: alejarse para acercarse. Algo (mucho) saldrá de ahí. Y así me hicieron una fotografía a la que he cogido mucho cariño (Escribo, es como una enfermedad). Agradezco infinito a Beatriz su mirada, que sepa verme como lo hace y haya captado ese momento que tanto me define.



Y ¿por qué todo este rollo? Pues por un lado porque me apetece enrollarme en esta entrada, pero sobre todo, porque esa es una de las claves de este libro. Didion se aleja para acercarse. ¿Y cómo lo hace? Tomando la distancia justa. Nada de drama. Todo desde fuera. Y desde esa distancia, desde ese alejamiento, mete el zoom y hace un análisis brutal y sutil de todo el proceso de duelo. Mete el dedo en la llaga, en su llaga, sin escarbarse de más (ni de menos), sujetándose las heridas a la vez que no pierde de vista ningún agujero por el que está sangrando. ¿Tapona las heridas? ¿Las cicatriza? No. Las heridas sangran. Las cicatrices tardan en cerrarse. No desaparecen. Una cicatriz nunca es invisible. Es un recuerdo: tuve esa herida. Y dejó de sangrar.

Somos seres mortales imperfectos, conscientes de esa mortalidad incluso cuando la apartamos a empujones, decepcionados por nuestra misma complejidad, tan incorporada que cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos, para bien o para mal. A quienes éramos. A quienes ya no somos. Y a quienes no seremos definitivamente un día.
Pero en medio de todo ese dolor que supone perder a un ser querido, taaaan querido, como lo era su marido, intenta encontrar un equilibrio. Equilibrio. Eso es inteligente. Y necesario. No intentar taponar heridas que necesitan sangrar. No intentar esconder o evitar la cicatriz. No se puede. Pero se puede encontrar un equilibrio. Un sentido a todo. Perfer et obdura; dolor hic tibi proderit olim (“Se paciente y duro, algún día este dolor te servirá”).

El dolor es inevitable. Es necesario no sentir la presión a tu alrededor, empujándote para que el dolor desaparezca, porque oye, mira que incomoda el dolor, eh. Pero sobre todo incomoda a quienes ven que te duele. Normal. Nadie desea ver sufrir a alguien que quiere. Nadie quiere estar cerca del sufrimiento durante demasiado tiempo (¿cuánto es "demasiado" tiempo?). Ni siquiera a alguien que no sienta afecto por ti. Ea, fuera dolor, fuera tristeza. No vaya a ser contagioso.

Pero no. Si quieres que la cicatriz se cierre, si quieres sanar, tienes que dejar que el dolor haga lo suyo. Nunca podrás curar una enfermedad que no reconoces tener. Nunca sanarás un dolor si lo niegas. Seguirá ahí y te estallará, algún día. Por eso, Didion toma las riendas y la distancia, mira desde fuera, se mira, escucha su dolor, escucha sus miedos. Los identifica. Inteligente, lúcida, brillante. Identifica las heridas, las brechas abiertas: tengo estos miedos, esta autocompasión, estas culpas, este vacío, este autoengaño, este dolor, esta necesidad, esta contradicción, esta debilidad...

La vida cambia en un instante. Un instante normal.
Todo parecía tan normal. Y de repente. La conciencia hasta las entrañas de que todo es tan normal y de repente… es brutal. Te atraviesa. Sabe que no es algo que tiene que olvidar. Que no puede olvidar ese y de repente

Durante mucho tiempo, Didion tendrá un pensamiento mágico: John (su marido) volverá. Por eso no se deshace de sus zapatos. Los necesitará para caminar, cuando vuelva. Durante mucho tiempo, Didion se moverá entre comportamientos prácticos, superficiales, y sentimientos de irrealidad (el pensamiento mágico). Intenta buscar el equilibrio. Se desliza y se protege a la vez. Inteligente. Como bien sabe y dice mi querida Juliet: cambia de rama cuando tengas la siguiente bien enraizada, si no corres el riesgo de caer y no poder levantarte. Es la única forma de volar sin alas. Así se mueve Didion en este proceso de duelo. No coge la siguiente rama hasta que no esté bien enraizada, bien asentada y segura. Espera, piensa, observa, aprende. No se cae. Se duele, sufre, sufres con ella. Pero no se cae.

Estás a salvo.
Estoy aquí.

Esto le dice Didion a su hija. No voy a desvelar cuándo ni porqué. Es una frase que aparece varias veces en el libro. Cada vez que la leía a mí todo se me rasgaba por dentro. Tardé en darme cuenta de la razón de ese desgarro. Quería que alguien me lo dijera a mí.

Mi forma de escribir es mi forma de ser.
Entonces, tu forma de ser es admirable, honesta, generosa, querida Didion.

Podría seguir contando más de esta lectura. Mucho más. Tiene muchas cosas que subrayar, enmarcar, resaltar, comentar. Pero ya lo hice. Porque lo leí junto a. Gracias, querida Juliet. Ha sido mágico. Y necesario.

Equilibrio.

Disfruten, quienes quieran, de esta joya de libro. Yo ya lo he hecho. Y en muy buena compañía.

Yo os digo que no viviré dos días.
(©AnaBlasfuemia)

martes, 8 de diciembre de 2015

Mi maravillosa librería (Petra Hartlieb)

Título original: Meine wundervolle buchhandlung
Traductor: Manuel Laguillo
Páginas: 240
Publicación: 2014 (2015)
Editorial: Periférica
Sinopsis: Petra Hartlieb tiene ahora una gran familia, un perro y una librería. Diez años atrás, estando de vacaciones en su Viena natal supo de una bonita librería de barrio que cerraba sus puertas y estaba a la venta. Lo que en principio se planteó como una especie de broma (¿por qué no la compramos nosotros?), provocó en pocas semanas un cambio radical de vida, de ciudad y de oficio. Pero no fue fácil, tuvo que luchar contra un sinfín de contratiempos; no estaba preparada para convertirse en empresaria, y tampoco lo estaba para ser al mismo tiempo librera, esposa y madre.
A cada momento cambiamos de opinión. Vaya idea magnífica. Todo es un delirio. Irrealizable. Nuestro futuro. Nuestra ruina.
Libros sobre libros, un tema al que la mayoría de los que tenemos la enfermedad de la lectura no nos podemos ni queremos resistir. Libros sobre librerías, un peldaño más en el anzuelo para los que leer nos cura. Somos muchos los que no sólo leemos, sino que queremos prorrogar nuestra bibliofilia convirtiendo un sueño en realidad: abrir una librería, hablar de libros todo el día, contar historias rodeada de libros, crear todo un mundo en un espacio atestado de libros, construir un universo cultural alrededor de los libros, escribir rodeada de libros y lectores... En definitiva, ser propietaria de la librería a la que te gustaría ir, la librería que tienes en tu imaginario y que, por supuesto, aún no existe, aunque las haya que se aproximen a ese ideal de librería que te ronda una y otra vez.

Dicho esto está claro que: a) Sí, soy de las ilusas que sueña con abrir mi propia librería b) Este libro tenía que leerlo sí o sí.

Mi maravillosa librería es una buena dosis de realidad que puede hacer tambalear cualquier sueño librero que tengamos. Terminas el libro agotada, al igual que la propia Petra Hartlieb, ligeramente desesperanzada pero finalmente volviendo a revivir porque, en el fondo, la pasión por los libros puede con todo.

No comparto con Hartlieb sus gustos lectores (Daniel Glattauer y T.C. Boyle no están entre mis autores favoritos) pero sí la pasión por los libros y por contar historias. Esa pasión es lo que hará que Hartlieb sobreviva a la odisea de abrir una librería y sacarla adelante. Es verdad que parece tener mucha suerte en algunos aspectos: siempre hay gente que la ayuda en los momentos que más lo necesita; la librería parece estar llena desde el primer día, clientes continuamente pasando por la allí hasta verse desbordados (¿es posible algo así en este país, en plena crisis de librerías?).

Más allá de la pasión por los libros, del trato directo y familiar con los clientes, de la simpatía que desbordan, del buen ambiente entre quienes trabajan en la librería, de las recomendaciones “personalizadas”, de satisfacer las demandas de los clientes en el menor tiempo posible… hay algo en el éxito de la librería (en diez años no sólo prospera, es que abren otra…) que se me escapa, y que posiblemente tenga mucho que ver con la cultura de aquel país (Austria) y la ¿cultura? de este en el que vivo. También, sin duda, con el tesón y el titánico trabajo de todos los implicados.

Me ha gustado el estilo cercano, fresco y divertido con el que Hartlieb cuenta su odisea de abrir una librería casi sin querer, y que aborde otros temas como el enfrentamiento entre grandes librerías vs pequeñas librerías, las presentaciones de libros, el trato con los autores, la guerra con Amazon… Sin duda esta forma de contar es uno de los puntos fuertes de Mi maravillosa librería, porque Hartlieb no pierde en ningún momento el sentido del humor y tengo para mí que en eso (junto con la pasión) radica la clave del éxito no sólo del libro, sino también de la librería.

No estamos ante un libro que emocione, ni que literariamente tenga gran valor. Pero es un libro realista contado de forma amena, y muy honesta, sobre un universo que sí, me apasiona, porque los lectores necesitamos de las librerías, de las pequeñas librerías, esas en las que encuentras con facilidad lo que queda sepultado debajo de otros libros que hacen mucho ruido mediático pero no son literatura. Donde encontramos a las editoriales pequeñas e independientes con libros valientes y absolutamente maravillosos.

Esas librerías a las que puedes ir sabiendo que estarás como en tu casa, encontrando esos libros que parecen estar escritos para ti, sólo para ti, y que podrás hablar de ellos allí mismo, mientras alguien a tu lado te recomendará otro y acertará, y hablaréis de esa magia mientras tomas un vino o un té, escuchas a alguien recitar un poema o cantar una canción, y al fondo unos niños escuchan embelesados a un cuentacuentos o dan forma con palabas a sus propias historias mientras sus padres hablan de libros y escritores o escriben leyendas para sus hijos, sin que les importe que en otro rincón alguien esté dibujando e ilustrando un libro que aún no se ha escrito, ni que ese día la librería esté abierta toda la noche celebrando alguna luna llena a la que un gato maúlla desde la escalera que lleva al olimpo de los libros.

Algún día… (mi maravillosa locura)
¿Por qué seguir adelante? Por pasión. Aunque también cabría hablar de locura.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Elizabeth ha desaparecido (Emma Healey)

Título original: Elizabeth is missing
Traductor: Antonio Prometeo Moya
Páginas: 320
Publicación: 2014
Editorial: Duomo
ISBN: 9788415945185
Sinopsis: Maud está convencida de que su amiga Elizabeth ha desaparecido, pero nadie le cree. Tiene setenta años y su contacto con la realidad no es el mismo de antes. Se pierde constantemente e insiste en llevar con ella una nota que le recuerda que busque a Elizabeth, más allá de que quienes la rodean le aseguran que su amiga está bien. Intentar encontrarla se convierte entonces en una obsesión, que la llevará a rememorar un hecho olvidado: la desaparición de su hermana en Londres durante la Segunda Guerra Mundial.

Es bonito que se metan conmigo. Elizabeth lo hace a menudo. Hace que me sienta humana. Porque significa que otra persona me considera lo bastante inteligente para aceptar una broma.
Elizabeth es importante para Maud. Es su amiga. Alguien que le hace sentirse humana e inteligente, justo cuando todo el mundo piensa que está perdiendo la chaveta. Pero Elizabeth ha desaparecido. Así lo dice una de las múltiples notas que rodean a Maud. Su memoria de papel. Porque Maud tiene Alzheimer o simplemente tiene 82 años, senilidad, y sus recuerdos se disuelven como azucarillos, especialmente los recuerdos más inmediatos.

NO es una novela de suspense, un thriller. Si buscáis eso en este libro, iréis mal encaminados. Al final lo que ha pasado con Elizabeth, o con la hermana de Maud no es lo importante, no como misterio a resolver, aunque sí como piezas fundamentales en el caótico puzle mental de Maud. Lo que sostiene esta lectura, donde reside su atractivo, es en su protagonista, Maud, que en primera persona nos irá contando su preocupación respecto a su amiga y sus recuerdos con lo sucedido con su hermana.

Emma Healey ha escrito una muy buena primera novela. Quizás las tramas de la desaparición de Elizabeth o de Suckey (la hermana de Maud) puedan flojear, aunque en verdad están construidas con bastante coherencia. Pero es que Maud se gana el corazón del lector, no sólo por su ternura, sino por cómo nos lleva de la mano por la mente de una persona senil cuya memoria le traiciona. ¿Cómo se siente alguien a quien se le olvida que ha salido a la calle, o que acaba de comer tostadas, o que tiene la despensa llena de latas de melocotón porque no recuerda haberlas comprado… u olvida a su propia hija? Porque las personas que van perdiendo la memoria no pierden su capacidad de darse cuenta de ello. Ni su capacidad de sentir.
Las palabras no me salen bien perfiladas: es irritante, pero el sonido encaja de alguna manera con la textura de mis pensamientos, que son como una masa de hacer pan.
Healey hace buen recurso del lenguaje, sin algarabía consigue profundizar en la compleja mente de Maud y nos transmite tanto su pensamiento como su comportamiento y sus sentimientos. La lógica de la conducta de una persona que se comporta de manera incomprensible, porque está senil y entonces los demás ya no intentamos comprender el porqué de ciertas conductas. Lo achacamos todo a la senilidad, creemos que la persona afectada no se da cuenta (error). Si es que las etiquetas siempre son tan limitantes…

Podría pensarse que es un libro duro, y sin embargo no lo es, porque te ayuda a comprender, porque no hay dramatismo ni tampoco se endulza nada. No empalaga. Mantiene un equilibrio muy interesante y atractivo para abordar este tema sin que te incomode ni te hagas un drama. Sin embargo no está carente (ni mucho menos) de sensibilidad (incluso de humor), y a veces notas un inevitable pellizco en el estómago.
Quiero que Helen llegue. Quiero ver su coche estacionándose, oír el reconfortante chirrido de los neumáticos sobre el asfalto, delante de la casa. No necesito nada. Sólo a ella, a mi hija.
Pero quizá haya venido ya. Y lo he olvidado. Miro la calle vacía. Las lágrimas refractan las luces y levanto una mano para limpiarme los ojos.
Es importante recordar que en todo momento es Maud la que nos cuenta lo que sucede, sus recuerdos, su preocupación por Elizabeth. Eso provoca que a veces sea repetitiva, o que no se entienda que nadie le haya dicho lo que ha sucedido con Elizabeth. Pero es que la memoria de Maud es así: olvida las cosas, y por tanto vuelve a ellas como si fuera la primera vez. Y tal vez alguien le haya dicho lo que ha pasado con Elizabeth. Pero lo ha olvidado y por tanto tampoco nosotros, los lectores, no lo sabemos. Lo que nos cuenta Maud no es fiable porque su memoria tampoco lo es. Maud es vulnerable porque su memoria la deja indefensa.

Y aunque aparentemente son personajes secundarios, está Helen, la hija de Maud, y Katy, su nieta. Delicadamente retratadas también, la paciencia de Helen, su (justificada) irritabilidad en ocasiones, su amor. Y Katy, cuya relación con su abuela está llena de simpatía, cariño y ternura, aportando momentos muy divertidos en la lectura. Tanto Helen como Katy (y la propia Maud) se me antojaron muy reales y creíbles y seguramente muchas personas en su situación se verán reflejadas en su comportamiento.

No me parece nada fácil escribir una historia desde la mente de una persona que avanza hacia la demencia senil. Sin embargo Healey consigue hacerlo con muchísima lógica, sensibilidad, e incluso con humor. Una hermosa, conmovedora y (también) divertida forma de abordar un tema que puede resultar tan doloroso. Si no te enfrentas al libro como si fuera un thriller, disfrutarás (y aprenderás) de Elizabeth ha desaparecido, y las punzadas que en ocasiones sientes se verán compensadas también por la dignidad, la simpatía (y empatía), el humor y la exquisitez con la que Healey nos habla de la ancianidad.
Es como siempre creí que sería envejecer.

martes, 1 de diciembre de 2015

Mentiras de mujeres (Liudmila Ulítskaya)

Título original: Skvoznaya liniya
Traductora: Marta-Ingrid Rebón Rodríguez
Páginas: 176
Publicación: 2002 (2007)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433975249
Sinopsis: En este libro, que se presenta como una novela por entregas, la gran novelista rusa Liudmila Ulítskaya nos propone sutiles variaciones sobre la mentira femenina. Pues, según nuestra autora, las mentiras de las mujeres se distinguirían de las mentiras de los hombres, y estarían casi siempre desprovistas de finalidad. Zhenia, el personaje principal, es así confrontada a todo tipo de invenciones.
Puedes comenzar a leer el libro AQUÍ
Si tú no existes, nadie existe. ¡Tú existes! ¡Tú existes! ¡Si tú no existes, eres una mentirosa y una traidora!
No recuerdo cómo llegué a este libro, así que deduzco que ha sido el libro el que ha llegado a mí. Quizás el título tenga mucho que ver: ¿Mentiras de mujeres? ¿Hay mentiras de mujeres y mentiras de hombres? Sí, puede que haya sido por eso. O por las mentiras, sin más.

No hay respuesta a si hay mentiras de mujeres y mentiras de hombres o por qué mienten las mujeres. En verdad tampoco las buscaba (respuestas) porque intuyo que hay tantas como mentiras. Hay historias, historias de mujeres que mienten, y cuya receptora es Zhenia, el hilo común que une las diferentes historias hasta que convergen en ella misma.

En el prólogo, Ulítskaya nos dice:
Así como los hombres mienten de una forma práctica, con un fin, las mujeres lo hacen de pasada, por descuido, sin causa sin motivo, con ardor, de improvisto, poco a poco, sin orden ni concierto, desesperadamente, de modo completamente inmotivado... Aquellas que poseen ese don mienten desde la primera hasta la última palabra que pronuncian.
Así, Ulítskaya considera que la mentira es un don... Y hay cierto tipo de mentira que lo es, implica una creatividad extraordinaria, y además nunca es forzada, provocada. Es vivida como real por parte de quien la crea, sin más. ¿Por qué? ¿Para qué? Para embellecer la realidad, para dar salida a la idiota que se tiene dentro, por mitomanía, por enfermedad, para llenar vacíos, para que te quieran, para crearse y creerse una vida mejor… Robas y te apropias de recuerdos ajenos, los recreas, deformas los propios… te lo crees. Te inventas. En verdad yo tampoco tengo respuestas. Entiendo la creatividad, el adorno, la imaginación, el inventarse y hasta el reinventarse… pero no entiendo las mentiras.

Ulítskaya nos cuenta no una, sino varias historias con un ritmo ágil, ligero, quizás algo carente de profundidad. Presentado como un breve estudio sobre las mentiras de las mujeres, en realidad no busca dar respuestas, encontrar razones ni explicacionesTodos los personajes están creados con cariño e inteligencia, mujeres mitómanas que fabulan y transforman la realidad. A algunas de ellas no puedes evitar adorarlas, aun en la mentira, queriendo que la mentira sea verdad. Mentirosas compulsivas, adictas a la mentira, que se presentan ante los ojos de los demás disfrazando historias y presentando una realidad distorsionada pero más bella, más interesante y atractiva a los ojos de los demás. La mentira no deja de ser, entre otras cosas, una forma de evitar sentirte indefensa. Una forma de ser aceptada y comprendida.

No esperéis dilucidar cómo son las mentiras de las mujeres, en contraposición a las de los hombres. Hay historias, unas más hermosas y emotivas que otras. Hay una creación de personajes muy atractiva y tierna que me llamó (mucho) la atención. Un contar ameno y sugerente. Cierto desequilibrio en las historias. Y muchas mentiras. Y detrás de las mentiras siempre hay un misterio, un jeroglífico que descifrar. Y, probablemente, alguien débil que encuentra en la mentira su propia fortaleza. O quizás es que nos inventamos, sin más. Quién sabe dónde está la frontera entre quienes somos y quienes queremos mostrar a los demás. Juegos. Juegos dañinos en ocasiones.

¿A quién mientes? A uno/a mismo/a. Pero quien recibe las mentiras también se tambalea, como una cobaya que toma conciencia de ser objeto de un experimento, de una manipulación que sobrepasa el entendimiento. La mentira evita la indefensión en quien la vive y la cuenta, pero traslada esa indefensión a quien la recibe. A quien cree que la mentira, es verdad.

La mentira es un círculo vicioso cuyo peor defecto es clavar inesperadas y salvajes aristas en quien la recibe y se la cree. Un juego bello, peligroso y cruel.
Era como si le doliera una pierna amputada: algo que no existía. Un dolor fantasma. Peor aún: algo que nunca había existido.
A ti que, sin querer, me lo diste todo. 
Y, queriendo, me lo quitaste. 
Gracias por lo que de verdad pudo haber habido
y he vivido.