miércoles, 13 de abril de 2016

El hueco del tiempo (Jeanette Winterson)

Título original: The Gap of the Time
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 256
Publicación: 2015 (2016)
Editorial: Lumen
ISBN: 9788426402806
Sinopsis: En el 400º aniversario de la muerte de Shakespeare, Lumen se une al proyecto internacional iniciado por Hogarth en Reino Unido, en el que diversos escritores ilustres revisitarán las obras del dramaturgo, para reinventarlas con su pluma y sello personal.
Jeanette Winterson traslada Cuento de invierno a nuestros días. Combinando diferentes microhistorias con personajes extravagantes, El hueco del tiempo constituye una formidable metáfora sobre el deseo universal de cambiar el pasado para deshacer lo ocurrido.
A la luz del siglo XXI, los personajes de Shakespeare renacen en las manos de Winterson y nos invitan a una magnífica reflexión sobre la memoria, el tiempo, la identidad, la culpa, el perdón y las pasiones y debilidades que nos asaltan: Xeno, un joven que juega a ser un Superman capaz de volar al pasado para salvar a Lois Lane. Perdita, una muchacha fruto de un matrimonio truncado que dice no haber conocido a su madre. Leo, un hombre obsesionado con la supuesta infidelidad de su ex mujer y que se niega a reconocer a su hija, incluso cuando la evidencia de un test genético demuestra su paternidad.


Se necesita muy poco tiempo para cambiar toda una vida y toda una vida para comprender el cambio.
No.

Tengo que encontrar una explicación a todo esto. Encontrarle un sentido. Y me da una pereza abrumadora hablar de este libro. 

Jeanette Winterson me contó. Contó quién era yo en La niña del faro. Pew y Silver empezaron a restituirme. Yo no lo sabía, pero además La niña del faro fue un principio. El principio de algo asombroso. Y en El powerbook Winterson lo volvió a hacer y volvió a contarme. Y me contó el final de ese principio.

Wintersoniana hasta la muerte. Nadie como ella zarandea tanto mi vida al leerla.

Inesperadamente me encuentro con El hueco del tiempo. ¿Cómo? ¿y este libro? Así, surgido de la nada. Zas, lo cogí. E incluso se adelantó a todos los libros de Winterson pendientes de leer.

Joder, Winterson. Podrías habértelo ahorrado. No hacernos esto. No hacértelo a ti. De verdad, no era necesario. No lo necesitas.

Todos los libros tienen su historia. Este también la tiene. Comenzó siendo una lectura con, junto a, otra wintersoniana. Leer a Winterson con alguien que lee similar, y a quien Winterson también remueve. Fantástico. Prometedor.

Empezamos la lectura. Y el asombro es mayúsculo. ¿Dónde está Winterson? Desconcierto. El lápiz permanece inalterable al lado del libro. ¿Estoy leyendo a Winterson y no encuentro nada que subrayar? Hay citas que parecen sacadas de un mercadillo de todo a un euro y para encima Winterson parece haber cogido alguna especie de oferta tipo “cien frases por diez céntimos”. Toc, toc, toc… ¿Winterson, estás ahí? ¿Dónde están tus grandes citas, esas que me hacen tambalear, tus aforismos, tu estructura no lineal, tu escritura bella y poética, tus personajes ambiguos? ¿Cómo puedo estar leyendo un libro tuyo lleno de lugares comunes y personajes tan masculinos?

Seguí leyendo el libro rabiosa. Entre el cabreo más absoluto y el aburrimiento. No entendía nada. Carajo, si es que hasta hay una persecución en coche, a dos ruedas y todo. En este punto, aplazamos la lectura. El mar y este libro de Winterson son incompatibles. Del aplazamiento pasamos al abandono. Yo decido terminarlo por una única razón: venir aquí y advertir a quien espere encontrar la sensibilidad de Winterson en este libro: ¡vade retro! Este libro no lo ha escrito Winterson. Digan lo que digan. NO es Winterson.

Es un libro de encargo. No sé si con esto lo digo todo o no digo nada. Una versión del Cuento de invierno de Shakespeare en el que la imaginación ha sido devorada por el espíritu de un conejo muerto a manos de la propia Winterson. Y además está escrito en el año en el que Winterson se casó con su mujer. Estaba pensando en otras cosas, seguro. Siendo un poco generosa diré que en la última parte del libro Winterson parece tomar conciencia de sí misma y como que se deja ver. Demasiado tarde.

Es curioso. Este libro gustará. Gustará a quienes no hayan leído nada de Winterson, y más aún a quienes haya leído algo suyo y no comulguen con ella. Es triste, más que curioso, pero así es.

Pero Winterson nunca me deja vacío. La no lectura con, junto a, de este libro terminó por llevarme a otra lectura, que ha dado lugar a muchas más conexiones. Al final, queriendo o sin querer, Winterson siempre me vincula con alguien.

El amor. Su dimensión. Su escala. Inconcebible. Inmenso. El amor que sentías por mí. El amor que sentía por ti. El amor que nos profesábamos. Real. Sí. Aunque me abra paso en la oscuridad con una linterna. Soy testigo y prueba de lo que sé: este amor.
El átomo y el ápice de mi vida.
(©AnaBlasfuemia)

jueves, 7 de abril de 2016

Hacia otro verano (Janet Frame)

Título original: Towards another summer
Traductor: Aleix Montoto
Páginas: 272
Publicación: 1963 (2008)
Editorial: Seix Barral
ISBN: 9788432228407
Sinopsis: La escritora Grace Cleave acepta la invitación de un matrimonio con dos hijos para pasar un fin de semana lejos de Londres, en una casa en el norte de Inglaterra. Mientras lucha por combatir un bloqueo creativo, Grace se siente cada vez más como un pájaro migratorio, y escucha con obsesiva intensidad la llamada de Nueva Zelanda, su tierra natal. Insegura de su capacidad para habitar el mundo, Grace finge ser capaz de ocupar un lugar en la sociedad.


Durante mucho tiempo había notado que no era humana, y sin embargo, era incapaz de sentirse cercana a una especie alternativa; ahora había hallado la solución: era un pájaro migratorio.
Lo que sabía de Janet Frame: una infancia dramática, un diagnóstico erróneo de esquizofrenia, una timidez aterradora, una lectora voraz, un extraño intento de suicidio (¡con aspirinas!). Internada en varios psiquiátricos se libró de una lobotomía (qué salvajada) gracias a que su primer libro de relatos (“The Lagoon and Other Stories”) recibió un premio y el neurocirujano decidió, en un milagroso ataque de sensatez, cancelar la operación. Candidata en varias ocasiones al premio nobel de Literatura, la directora Jane Campion llevó a las pantallas Un ángel en mi mesa, una adaptación de la autobiografía de Janet Frame (y que es la única novela, junto con Hacia otro verano, traducida al castellano). De Hacia otro verano, escrito en 1963, sabía que Janet Frame prohibió que se editara en vida porque consideraba que era demasiado personal y no sería hasta el 2007 que viera la luz. Falleció de leucemia en el 2004.

Con estos mimbres, absolutamente irresistibles para mí, me dispuse a leer Hacia el otro verano. Y cuando llevaba página y media tuve que detenerme. Y tuve que hacerlo porque si quería fluir por este libro era necesario adaptar mi mirada, mimetizarme con el pensamiento de la protagonista, porque Frame no edifica su estilo literario desde una arquitectura tradicional, no hay una disposición reconocible cuando se plasma el pensamiento en palabras, ni siquiera su patrón de reflexiones es el habitual. Las frases y conexiones de pensamiento de Frame son líquidas, aéreas, vaporosas, poéticas, volátiles… Frame es un ave migratoria. Tengo que ser su pensamiento, sus sensaciones, sus imágenes, sus metáforas, sus emociones. Tengo que ser, yo también, ave migratoria. Ya lo he sido antes. Y eso supone renunciar a mis propias barreras. Quedarme indefensa. ¿Quién dijo miedo? Migremos. Volemos. Ir y luego regresar con cada palabra, con cada línea, con cada página. 

Nada era sencillo, conocido, seguro, creíble, identificable. Los límites no eran posibles cuando nada tenía fin, las formas eran circulares y no había principio alguno.
La escritura de Frame es innovadora, creativa, mágica, muy potente. Modifica mi forma de leer, me exige. Y me gusta. Salvo ese dubitativo inicio (por mi parte, no por la suya) y una vez que acepto los pasadizos y los desvíos que me ofrece, leer a Frame es una delicia extraordinaria. Cuando llevo leídas tan solo cuatro páginas, cuatro, tengo que volver a detenerme porque me he llenado de imágenes, de sensaciones, de una prosa incomparable, guapa, compleja y exquisita. Estoy tan despojada de todo, que con esas cuatro páginas quise detenerme y paladear cada impresión, cada huella agitada, cada presentimiento percibido, como si fuera un regalo. Y lo hice consciente de querer recrearme en algo que está aún por venir.

Y lo que vino fue un auténtico goce. Si al principio pensaba que Frame me quería expulsar de las páginas, en cuanto me crecieron las alas y me convertí en pájaro migratorio el libro resulto ser una sinfonía, una canción de cuna que te protege y tranquiliza a la vez. Así me sentí en esta lectura, acogida.

Curioso, porque en realidad de lo que habla Frame es de la extrañeza, de las personas que buscan refugio en la soledad porque no saben cómo comportarse con los demás, qué decir, qué hacer, cómo ser. Personas para las que cada frase que le dirigen desencadena indecisiones, dudas, temores, y hasta bloqueo. Códigos distintos que conviven en un mismo mundo y que hay que descifrar para que no queden al margen. Pero no lo hacemos, intentar descifrar ese código. La minoría es la que tiene que hacer el esfuerzo de adaptarse, siempre (no es lo que yo pienso, es la realidad).

Lo que hizo (entre otras razones) que me sintiera en un espacio confortable, que disfrutara tanto de Hacia otro verano es cómo emite Frame. Emitir en el sentido de arrojar, echar hacia fuera. Y eso hace Frame, echar hacia fuera sus pensamientos, arrojarlos. Puede parecer que en esa expulsión hay cierta violencia, cierta rabia, y sin embargo lo que hay es una cadencia especial, un vuelo sostenido, un espectáculo lleno de metáforas, descripciones, sensaciones… 

No quiero habitar el mundo humano bajo premisas falsas. Es un alivio haber descubierto mi identidad después de la confusión al respecto durante tantos años. ¿Por qué la gente habría de tener miedo si confío en ellos? Pero la gente siempre tendrá miedo y celos de aquellos que finalmente descubren su identidad; es algo que les lleva a considerar la suya, a recluirla, a mimarla, temerosos de que alguien la tome prestada o interfiera en ella, y cuando están enfrascados en el acto de protegerla sufren una conmoción al descubrir que su identidad no existe, que se trata de algo que han soñado y que nunca han llegado a conocer.
Identidad. He aquí el eje, la esencia (una vez más). El epicentro de todo. Identidad. Determinar cuál es tu propia identidad, comprobar que no encaja, luchar por mantenerla o construirte un disfraz. Pero ¿es posible disfrazar tu auténtica identidad? ¿y si te atrapa el disfraz en lugar de liberarte? No encajas. Entonces, o te disfrazas, o te aíslas. El disfraz, la máscara, es algo que no se plantea la protagonista de Hacia otro verano. Intenta conectar, pertenecer, y cada intento es un sufrimiento, un esfuerzo. Elige entonces, una y otra vez, la soledad. Porque cada conversación, cada situación social, es una lucha agotadora. Un fin de semana conviviendo con un matrimonio y sus hijos. Esa es la situación por la que tiene que pasar Grace Cleave. Cómo nos traslada esa situación Janet Frame, cómo desnuda su mente, ese “lugar privado”, es realmente impresionante. Una preciosidad.

Tener una conciencia profunda de una misma, de los funcionamientos internos que nos mueven y a la vez nos paralizan. Sentir de forma tan abrumadora cómo te rompes y haces añicos. Y ser capaz de plasmarlo como lo hace Frame. Grande.

Entremezclados con el fin de semana, acuden, migrando, recuerdos de la infancia de Grace, de una Nueva Zelanda lejana que la reclama. Es en estos recuerdos donde especialmente Frame despliega un léxico fuera de lo común, dispersa metáforas, juegos de palabras, descripciones, humor y una sensibilidad que me ha cautivado. Y que seguramente no se lo ha puesto nada fácil a la magnífica traducción realizada por Aleix Montoto.

Algo especial tiene este libro. No habla de algo cómodo. Su prosa no es de lectura fácil o relajada (en muchas ocasiones tienes que volver atrás, releer, pero lo haces complaciéndote de leer así, como en pliegues, hacia adelante y hacia atrás). Es tan íntimo que sientes que te estás asomando, sin permiso, al alma de Janet Frame. Tu propia timidez (identidad) se reconoce en algunos pasajes de la lectura. Y sin embargo terminas el libro y querrías seguir en él. Quizás sea porque ahora es en los libros, en ciertos libros, donde encuentro acomodo y refugio. 

Encontré mi lugar cuando tenía tres años. Es un recuerdo tan profundo en mi memoria que siempre y nunca cambia... Miré arriba y abajo, a un lado y a otro, y no había nadie. Este es mi lugar, pensé, mientras permanecía de pie, escuchando. El viento gemía en los cables del telégrafo, el polvo blanco se arremolinaba en el camino y yo seguía en mi lugar sintiéndome más y más sola porque los setos de tojo y sus flores eran míos, el camino polvoriento era mío, y también el viento y los gemidos que hacía en los cables del telégrafo. No puedo describir la sensación de soledad que sentí cuando supe que me encontraba en mi lugar; todavía era pronto para ser consciente de la carga que supone la posesión, poseer algo que no se puede regalar o a lo que no se puede renunciar, que se tiene que guardar para siempre.
Nunca, jamás, ni nadie había descrito tan bien y tan preciso lo que se agitó en mí, siendo una mocosa, la primera vez que vi un faro y sentí que los faros eran mi lugar.

Leer a Frame ha sido un desafío, un desafío de los que merece la pena y el riesgo. Un libro para enmarcar.

(©AnaBlasfuemia)


martes, 29 de marzo de 2016

Reseñas Express (10)

La ocupación  (Annie Ernaux)

Título original: L’occupation
Traductora: María Teresa Gallego Urrutia
Páginas: 96
Publicación: 2002 (2008)
Editorial: Herce
Sinopsis: “Había dejado a W. unos meses antes, él me dijo que se iba a ir a vivir con una mujer, pero no quiso decirme su nombre. A partir de ese momento fui presa de los celos. La imagen y la existencia de la otra mujer no dejaban de obsesionarme, como si ella hubiera entrado en mí. Esta ocupación es la que describo”


Hay tres cosas que me han gustado de este libro:

1) El título: Porque en realidad lo compré por la autora, tenía ganas de leer algo suyo y antes de llegar a su más reciente y conocida La mujer helada, quise dar un rodeo con este relato, La ocupación. No sabía de qué iba pero en principio interpreté el título como apropiarse de algo, más en sentido territorial que otra cosa. A saber por qué. Pero el libro va sobre los celos, sobre cómo una mujer ocupa, literalmente, la mente de la protagonista. Me gustó ese concepto, esa descripción. Una forma curiosa de hablar de una obsesión.

2) La cita de Jean Rhys con la que se inicia el libro y de la que me quedé colgada durante mucho tiempo:

Con la conciencia de que, si tenía el valor de ir hasta el final de lo que sentía, acabaría por descubrir mi propia verdad, la verdad del universo, la verdad de todas esas cosas que nunca acaban de sorprendernos y de hacernos daño.
3) El inicio del relato:
Siempre quise escribir como si no fuera a estar cuando publicaran lo escrito. Escribir como si fuera a morirme y ya no hubiera jueces. Aunque es posible que sea una ilusión creer que el advenimiento de la verdad depende de la muerte.
Lo cierto es que este arranque inicial, y las primeras páginas, me engancharon hasta el punto de pensar que iba a terminar de leerlo incluso antes de llegar a sentarme en el sofá. Pero según avanzaba me iba dando cuenta que me enfriaba con la lectura, que le faltaba ritmo, dinamismo… algo.

Y entonces recordé. Uno de mis libros de cabecera (y está al caer su relectura) es La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. También habla de celos. Los celos de Teresa por Tomás. Pero el amor de Teresa es visceral, brutal, apasionado, absoluto. Sufres con Teresa. Pero no sufrí con la protagonista de La ocupación. No porque quiera yo sufrir (ojalá tuviera capacidad para no hacerlo). Empatizar, en todo caso (y que me empaticen). Pero eso es lo que falló. Está muy bien escrito, incluso agudamente analizados y explicados ciertos comportamientos, hay reflexiones interesantes y esa “ocupación” (y el desalojo posterior) está descrita de forma bastante atractiva. Pero… que no vibré, vaya.

Con la miel en los labios (Esther Tusquets)

Páginas: 208
Publicación: 1997
Editorial: Anagrama
Sinopsis: En la Barcelona de los últimos años del franquismo, de la gauche divine y el activismo clandestino, dos mujeres mantienen una historia de amor contracorriente, una revolución demasiado transgresora para ser aceptada aun por los corazones y mentes más progresistas.


Aunque escrita casi en el s. XXI, Esther Tusquets nos sitúa en los años 70. Y si lo menciono es por la sensación de que hay libros que ya nacen como viejos, y creo que a este libro es lo que le ha pasado. Que ha nacido viejo y ha envejecido aun muy rápido. Aunque hay un hábil retrato de la época, del ambiente universitario, de la Barcelona de aquellos años, una crítica nada velada a la burguesía catalana… le falta fuerza.

La historia de amor a contracorriente se me queda a medias, la relación entre Inés y Andrea no tiene la intensidad suficiente como para que me la crea y la sienta. No entiendo el comportamiento de ambas, aunque Esther Tusquets recurra a hacerlo explícito a lo largo del relato. Que la relación, el carácter y el comportamiento de ambas tenga que ser mostrado de forma manifiesta y palmaria, provoca que el libro flaquee por el lado de la lectura entre líneas.

Me faltó más provocación, más intensidad, más verdad, más sutileza, más pasión, en esta relación. La sensación es que se queda a caballo entre la crítica social y la historia de amor nada convencional (para la época), faltando contundencia, tanto si se entremezclan ambos elementos como si se toman por separado. Y, lo uno por lo otro, la casa sin barrer. 

Di su nombre (Francisco Goldman)
 

Título original: Say her name
Traductor: Roberto Frías
Páginas: 434
Publicación: 2011 (2012)
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: En 2005, el novelista y periodista Francisco Goldman se casó con una radiante y joven promesa de las letras mexicanas: Aura Estrada. Poco antes de su segundo aniversario de bodas, Aura sufrió un terrible accidente nadando en las playas de Oaxaca y murió en un hospital de la Ciudad de México. Devastado por la pérdida, y culpado por la familia de Aura de su muerte, Goldman se sumergió en una espiral de dolor, entre los remordimientos por lo que fue y el anhelo de lo que ya no sería. Di su nombre es tanto una larga carta de amor como un intento desesperado por conservar cada detalle de Aura a través de la pasión compartida de ambos: la literatura.


He tenido un problema con este libro que ha provocado que tal vez no vaya a ser justa con él. Cuando iba a mitad de la lectura, se cruzó Joan Didion y El año del pensamiento mágico. Y empecé a leerlos a la vez. Y Didion noqueó a Goldman. Abordando ambos el mismo tema (el fallecimiento de sus parejas), Goldman apenas aguantó un par de asaltos a Didion. Mientras que recordaré toda mi vida la lectura de El año del pensamiento mágico, la de Di su nombre solo la recordaré como el libro derrotado por Didion y el propio Goldman.

El amor entre Goldman y Aura es incuestionable. Impregna cada página del libro. El dolor ante su pérdida es atroz. Teniendo además que lidiar con las acusaciones de la familia de Aura. El problema de Goldman es el exceso, el exceso de páginas, el exceso de querer mostrar a Aura. Termina por faltarle naturalidad y por sobrarle páginas. Mientras que resulta conmovedor al mostrarnos su tristeza, sin embargo su empeño en mostrar una determinada imagen de Aura resulta forzada, intenta convencernos que sea esa y no otra la imagen que tengamos de ella. Nos la impone. Y eso hace tambalear todo el libro.

El duelo siempre es un proceso íntimo. A veces no porque queramos, tal vez lo que necesitemos sea gritarlo. Pero mostrarlo causa malestar. Tanto Goldman como Didion (y muchos otros autores) utilizan aquello que mejor saben: escribir, escribir para mostrar ese proceso sin invadir ni avasallar a nadie, puesto que los libros no obligan a ser leídos, son siempre una elección de cada lector. Hay muchas cosas del libro de Goldman que me han tocado, me han arañado, y con esas me quiero quedar, por encima del exceso de páginas y del panegírico hacia Aura en que se convierte el libro y que acaba distorsionando a la propia Aura. Porque si algo respeto por encima de todo es el dolor (el propio y el ajeno).

Todo es confuso, no sé cómo resolver este problema, no sé dónde reside lo correcto y lo incorrecto, pero busco respuestas donde suelo encontrarlas, en los libros.
Las vírgenes suicidas (Jeffrey Eugenides)
 

Título original: The Virgin Suicides
Traductora: Roser Berdagué
Páginas: 232
Publicación: 1993 (2006)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: En menos de un año y medio, cinco hermanas adolescentes hijas de una católica ferviente que no las dejaba salir con chicos, se suicidaron. Veinte años después, varios hombres que fueron sus vecinos intentan desentrañar el enigma de esas muertes relacionadas con los misterios de la feminidad y el deseo. Una espléndida primera novela que ha sido llevada al cine con gran éxito por Sophia Coppola.


No sé muy bien qué decir. Frustración total. Empiezo a pensar que soy yo. Tal vez ahora que he retomado el blog va a resultar que son los libros los que se me resisten. Que necesito auténticos cañonazos nucleares para que algo me zarandee. De tan insensible mi coraza y de tan hiperestésica mi imaginación y mi alma. No lo sé. Pero vuelvo a chocar con una lectura que me ha dejado indiferente. Bien escrita, sí. Pero que ya desde el principio me cuenta lo que me va a contar a lo largo del libro. Y como ya está también dejado transparente y cristalino cómo me lo va a contar (con esas descripciones detalladas, ese lenguaje arrimándose a lo poético, ese decir y no decir, esa neblina a través de la que tienes que entrever…) pues me aburrí. A veces lo que leía me parecía una pescadilla mordiéndose la cola. Un bucle. Seré yo. Soy yo, claro.


Escritos 1909-1918 (Egon Schiele)

Traductora: Carla Carmona
Páginas: 160
Publicación: 2014
Editorial: La micro
Sinopsis: Primera edición y traducción al castellano de los escritos de Egon Schiele, compuesta por sus manifiestos, una selección de ocho poemas y 58 cartas dirigidas a amigos, familiares y diversos personajes de la Viena de principios del siglo XX. La edición incluye parte de sus manuscritos originales, retratos de sus destinatarios y obras del artista aludidas literal o conceptualmente en esta correspondencia. Un total de 66 citas ilustrativas que aportan valor documental y visual a la obra.


He aquí la joyita. La micro es una editorial muy atractiva, que ha puesto la mirada en lo esplendoroso de lo minúsculo, porque la belleza suele estar en los detalles y no en lo grandilocuente. Todo lo que he visto hasta ahora de La micro son auténticos agasajos. Me encanta la filosofía de esta editorial, que nos invita a detenernos en las pinceladas que pasan desapercibidas, en las eclosiones que transcurren en lo microscópico, ahí donde las miradas se deslizan valorando como insignificante lo que en verdad contiene la perfección.

En esta delicada y sugestiva edición se nos presenta un Schiele que es un reflejo de sus dibujos, entre quebradizo y comprometido. Comprometido con la naturaleza, con el arte, con su propia misión como artista. Su alma bullía y sus más de tres mil dibujos en su corta existencia reflejan su constante indagación de la vida y los estados emocionales. Intenso y a la vez aterrador. Leer a Schiele es leer también sus dibujos, formar parte de cada historia que una imagen cuenta. Vivió poco, vivió rápido, vivió intenso. Vivió. Y dejó una obra libre de miedo, un feminista adelantado a su tiempo, sin miedo a la mujer, el sexo como protección y fantasía.

La angustia espiritual de los genios me fascina. Schiele fue un genio, un talento de la naturaleza para quien el reconocimiento llegó tarde, quizás porque los genios lo son precisamente por eso, por sobrevivir en tiempos que no les corresponden, como agujeros negros en la linealidad del tiempo que navegan buscando su lugar, y su lugar está más allá, mucho más allá.

Soy de los más nobles
el más noble
y de los que devuelven
el que más lo hace.

Soy ser humano, amo
la muerte y amo
la vida.
(Egon Schiele)
PD: Cuando los demás volvéis, yo voy. Es una metáfora, pero también una realidad: me voy unos días. Por fin, los faros y el mar. Respirar el mar, beber el aire, abrazar faros y mirar abismos. Buscar(me).

(©AnaBlasfuemia)

lunes, 21 de marzo de 2016

Los ojos vendados (Siri Hustvedt)

Título original: The blindfold
Traductor: Claudio López de Lamadrid
Páginas: 240
Publicación: 1992 (1994)
Editorial: Circe
ISBN: 9788477650775
Sinopsis: En Los ojos vendados, Iris Vegan, una estudiante de literatura de la Universidad de Columbia, relata sus inquietantes encuentros, con personajes neoyorquinos que el azar y la coincidencia han puesto en su camino. La relación de estos singulares momentos, en los que las fuerzas oscuras pueden cambiar el curso de una vida, permite al lector abordar esta obra como la suma de cuatro episodios independientes pero complementarios a la vez. La presencia constante de Iris, su modo de relacionarse con los demás y el ritmo casi cinematográfico de la narración, confieren a este libro una indudable y fascinante unidad.


No voy a decir que llegué a este libro con los ojos vendados, pero sí un poco a ciegas. Muchas ganas de estrenarme con Siri Hustvedt pero ni idea de con qué me iba a encontrar. Además de saber que Siri es una mujer muy atractiva, que está casada con Paul Auster, que ha escrito varios ensayos y novelas, poca más era la referencia. Si acaso, un pálpito inexplicable de que iba a ser una escritora que me gustaría, quizás por compartir vida con Auster, quizás porque también coincidimos en la atracción por la pintura… No lo sé. Pero a partir de ahí lo que me iba a encontrar con esta autora era todo un misterio.

Ahora me pregunto si no será peligroso asignar un significado a aquello que está esencialmente vacío, pero parecemos incapaces de evitar.
Misterio resuelto. Me encanta Siri Hustvedt. En esta su primera novela he encontrado muchos de los temas que ahora me preocupan y me ocupan: la ficción dentro de la realidad, la delgada línea entre ficción y realidad, las mentiras y sus causas, las máscaras, lo subterráneo de las personas, impostores e imposturas, identidad, el deseo, vidas fragmentadas, mundos torcidos y retorcidos... Me ha dado claves, no voy a decir un entendimiento, pero sí piezas, piezas de este inmenso y complejo puzle que somos las personas.

Las historias que cuenta Siri en Los ojos vendados son historias turbulentas, perversas, inquietantes, y a la vez son sumamente atractivas. Atrapantes. Te remueves en el asiento pero no puedes dejar de leer. Turbadora y a la vez convincente. Es una mirada la de Siri profunda, incisiva, llena de reflexiones sobre la maldad, la responsabilidad, los comportamientos, los vacíos… Sombras de la naturaleza humana a las que no llega la luz, frágiles líneas que separan el bien y el mal, la crueldad latente, máscaras que esconden y a la vez revelan

Tal vez lo haya amado por eso, por sus arranques de inusitada frialdad cuando detectaba signos de debilidad en los otros.
Me gusta la lucha de Iris, la protagonista, me gusta tanto que aplaudo por dentro. Desde su fragilidad, desde su aparente desequilibrio, no cesa de batallar por construir su propia identidad, por mantenerla firme, por mantenerse conectada consigo misma y con los demás. Me gusta que no deje de mirar más allá, de mirar personas, objetos, a sí misma. Mirar no siempre es ver. Pero si quieres ver, hay que observar. Fuera vendas.

La maldad sobrevuela constantemente la lectura, es por eso que resulta tan desasosegante. Porque la palpas no como ficción, sino como realidad. Como no soy capaz de comprender la maldad, pero está ahí fuera y algún zarpazo me ha dado, no puedo evitar sentirme atraída por las causas que la mueven, tratando de entender el leitmotiv que hay detrás del daño gratuito, las fuentes de las que bebe la maldad. ¿Es enfermedad? ¿Es vacío? ¿Irresponsabilidad? ¿Inconsciencia? ¿Ausencia de empatía? ¿Qué lleva a una persona a pasar de pensar en una maldad a hacerla? ¿Es consciente una persona que hace mal de que lo está haciendo o simplemente le es indiferente? ¿Puede estar la verdad en una maldad? Preguntas y más preguntas.

- La maldad era un vacío, una falta de algo, más que una presencia.
- Eso es el deseo, ¿no es cierto? La falta de algo.
Leo en una entrevista que Siri Husdvedt dice sobre este libro: “¿Por qué he elegido el mal? Pues porque me interesa escribir sobre aquello que no acabo de entender. Y, además, escribir me ayuda a mantener a distancia las cosas que me asustan”.

Por eso leo. A veces para acercarme. A veces para alejarme (de lo que me asusta). A veces para encontrar motivos para la comprensión. A veces para aceptar que no hay comprensión posible. A veces para olvidar. A veces para recordar. A veces para nunca. A veces para siempre.

Los ojos vendados es la primera novela que Hustvedt escribió y quizás por eso le falte un paso más para ser una novela redonda, hay cierta complacencia en algunos (breves) momentos, pero es tan tremendamente sugerente y vertiginosa su forma de escribir, de contar, las luces y las sombras en las que pone la mirada, que ha dejado temblando mi admiración por Auster. Las inquietudes de Siri Hustvedt pasan a formar parte de las mías, y sus libros piezas a cazar a corto plazo.

Compruebo al finalizar la lectura que Iris, la protagonista de Los ojos vendados, es una tenue versión de la propia Siri y eso aumenta mi interés por seguir leyendo más de esta sugestiva, sorprendente, transgresora y punzante narradora. Y tirando más de los hilos sutiles con los que se construye una novela, me encuentro con que Auster hace aparecer a su mujer como personaje en las novelas Ciudad de cristal y Leviatán… con el nombre de Iris.

¡Cuántas historias hay detrás de la historia que nos cuenta un libro! Cada vez me apasiona más ver qué hay detrás de aquello que leo, ir más allá del libro. Y encontrar mis propias historias, también, detrás de aquellas que me cuentan.

El mundo es más bonito de lo que recuerdas.
Nota para mí misma: Conexión La campana de cristal - Los ojos vendados

(©AnaBlasfuemia)

lunes, 14 de marzo de 2016

El unicornio (Iris Murdoch)

Título original: The Unicorn
Traductor: Jon Bilbao
Páginas: 352
Publicación: 1963 (2014)
Editorial: Impedimenta
ISBN: 9788415979159
Sinopsis: Cuando Marian Taylor acepta un empleo de institutriz en el castillo de Gaze y llega a ese remoto lugar situado en medio de un paisaje terriblemente hermoso y desolado, no imagina que allí encontrará un mundo en que el misterio y lo sobrenatural parecen precipitar una atmósfera de catástrofe que envuelve la extraña mansión, y nimba con una luz de irrealidad las figuras del drama que en ella se está representando. Hannah, una criatura pura y fascinante, es el personaje principal de ese pequeño círculo de familiares y sirvientes que se mueven en torno a ella como guiados hacia un desenlace imprevisible. Pero Marian no puede saber si ese divino ser es en realidad una víctima inocente o si estará expiando algún antiguo crimen.
Puedes comenzar a leer las primeras páginas AQUÍ
Es como si yo hubiera estado todo el tiempo mirando un espejo y siendo apenas consciente del mundo real que tenía al lado.
El itinerario de los libros es curioso. Enlazo unas lecturas con otras con la certeza de que son ellos, no yo, los que marcan el cómo y el cuándo. Voy de una lectura a la siguiente construyendo un trayecto que en absoluto está carente de sentido. Tal vez sea mi forma de leer, pero detecto un mapa, una geografía lectora que conforma, en realidad, mi propia vida. Conexiones insospechadas pero directas entre lo que leo y lo que vivo. ¿Cómo es posible? Es la magia de la literatura.

No había leído nada de Iris Murdoch. Ahí estaba Henry y Cato para estrenarme con ella. Las referencias eran inmejorables y sabía que no habría espacio para la decepción. Pero los caminos de los libros son inescrutables y, no por casualidad, llegó a mi buzón (literalmente) El unicornio. No venía solo, pero decidido como es, saltó el primero a mis manos.
Lo espiritual es antinatural. El alma no puede volar bajo la carga del pecado.
Y ahora viene la parte difícil. Contar esta lectura, contarme a mí. Encontrar el equilibrio. Porque este libro no me ha dejado indiferente, me ha sacudido como si fuera una maraca de Machín. En plan ciclón. Podría tomar distancia y hacer lo que nunca hago, una reseña ortodoxa. Pero ni hago reseñas ni soy ortodoxa. A ver cómo me las apaño.

Hay libros que tienen esa virtud. Te atrapan como si fueran una criatura fascinante que no puedes dejar de mirar. Te ponen el día a día patas arriba porque continuamente oyes su canto de sirena y no puedes eludirlo, solo quieres seguir leyendo, sumergirte en el fondo de sus páginas y olvidarte hasta de respirar. El unicornio tiene esa capacidad. Iris Murdoch la ha tenido conmigo. Qué bárbara.
Es culpa mía. No pude evitar querer que me ayudaras, pero de un modo indirecto, y al mismo tiempo no te di pistas sobre cómo hacerlo. Te permití soñar. Y por supuesto yo también soy una romántica. Tú eres mi vicio romántico.
Sonrío porque hay que ver la de vueltas que estoy dando para no ponerme con el meollo de esta lectura.

Iris Murdoch es una narradora extraordinaria. Historia, ambientación, clímax, personajes, diálogos… todo impecable. He subrayado páginas enteras, de arriba abajo y la siguiente y la siguiente, casi de forma convulsiva. Larguísimos diálogos con los que yo establecía un diálogo paralelo en los márgenes de las páginas, como si fuera un personaje más y tuviera algo que decir. Dicen que esta novela es de las menos representativas de su obra, y posiblemente no sea la más valorada. No quiero pensar cómo serán las demás. A mí me parece perfecta, redonda, amplia, inconmensurable. Devoraba página a página este libro, absorta, noqueada, hipnotizada, temblando y, de repente, me encontré con lo que es, para mí, la clave de esta lectura (no os perdáis ni una coma):
“Perdón” es una palabra demasiado endeble. Recuerda el concepto de “Ate”, tan real para los griegos. Ate es la transferencia casi automática de sufrimiento de una persona a otra. El poder es una forma de Ate. Las víctimas del poder, y todo poder tiene sus víctimas, se ven afectadas de sufrimiento. Tienen entonces que traspasarlo, ejercer poder sobre otros. Esto es perverso, y la cruda imagen de un dios todopoderoso es un sacrilegio. El bien no es algo exactamente carente de poder. Dado que carecer de poder, ser una completa víctima, puede ser otra fuente de poder. Pero el bien no es poderoso. Y es el bien lo que finalmente acaba con el Ate, cuando este se encuentra con un ser puro que solo sufre y no intenta traspasar el sufrimiento.
¿Sabéis lo que es el efecto dominó, verdad? Ese juego en el que se colocan fichas de dominó una tras otra y que al empujar la primera, todas las demás van cayendo en una sincronía espectacular. Pues eso provocó el texto anterior en mí, dentro de mí. Una fiesta. Pero separando ambos planos, por un lado cómo en lo personal se ponía una luz que me hizo dar botes en el asiento, y por otro como persona que está inmersa en una lectura en la que aparecían muchísimas cuestiones, lo cierto es que este párrafo que cito fue definitivo para entender lo que Murdoch me estaba contando. Era una llave, más que una clave.

¿Y sabéis otra cosa? La palabra unicornio solo aparece una vez, una, en el libro y, sin embargo, traduce, al igual que el concepto de “Ate”, todo el simbolismo de esta espléndida novela.
Fue vuestra creencia en la importancia de mi sufrimiento lo que me hacía seguir adelante. ¡Ah, cómo os necesitaba a todos! Me he servido de vosotros como un vampiro […] Necesitaba a mi público, he vivido a vuestros ojos como un falso dios. Pero es el castigo del falso dios volverse irreal. Yo me he vuelto irreal.
Y si algo no esperaba encontrarme, era una historia de vampiros. Sí, de vampiros. No de esos de dientes afilados que te muerden la yugular y sacian su sed con tu sangre. No. Esos son corderitos. De vampiros emocionales. De esos habla Iris Murdoch. De cómo ingieren no tu sangre, sino tu propia alma. De cómo puedes convertirte en uno de ellos. También habla de espejos. Cómo somos, cómo nos ven. Lo que hacemos con esas imágenes que proyectamos y que nos proyectan los demás. ¿Aceptamos y queremos a los demás por lo que de ellos vemos o por lo que realmente son? Lo real, lo imaginado, lo verdadero, las creencias… contrarios que son inseparables y que se entrecruzan y mezclan como acuarelas que crean y configuran nuevas tonalidades.

Sufrimiento, violencia, amor, poder, manipulación, el bien, el mal, religión, familia, libertad, destrucción, deseos, culpa, egoísmo, miedos (siempre el miedo)… Son muchos los temas contenidos en El unicornio. Entrecruzados unos con otros, enlazándose en una turbadora armonía que da cuenta de esos hilos extraños, complejos e invisibles con los que se construyen las relaciones y los comportamientos. E Iris Murdoch hace eso que tanto me gusta encontrarme en los libros: no me dice qué tengo que pensar o interpretar. No decide por mí. Puedo tomar de este libro cuantas cosas quiera porque me ofrece muchas reflexiones posibles. Absolutamente magistral. Quiero más Iris Murdoch. Rendida. Cerrar el libro y sentir ganas de dar las gracias.
Pero una devoción profunda, cualquier devoción profunda, es algo valiosísimo, y pobre del que la desdeñe.
Bah, Ana, no lo has hecho tan mal después de todo. Vas aprendiendo…

martes, 8 de marzo de 2016

El cielo oblicuo (Belén García Abia)


Páginas: 80
Publicación: 2015
Editorial: Errata Naturae
ISBN: 9788415217930
Sinopsis: «Mi ginecóloga no sabe que voy a escribir un libro sobre mi no-maternidad, tampoco sabe que aparece en él; ella y su cara de desprecio. (…) Escribo sobre mi pequeño dando vueltas en mi sala de espera, sobre mi útero vacío, sobre mi no-concepción, sobre mi ángel de la guarda, sobre Yerma (…) sobre que hemos nacido para ser madres y no lo somos, que nos han parido para ser madres y no lo somos».



 

La blasfuemiada:

El dedo esboza un inexistente círculo en torno al ombligo con el velado propósito de convertirse en un íntimo viaje al placer. Desde el centro de todo, la mano desciende por el vientre con suavidad, esbozando caricias con la justa proporción de las estrellas.

No pares.


La mano se detiene. Palpa.

Acaríciame. Acaríciate. No palpes. No hurgues.


Ven.


Números. Son 5. Uno de ellos de 7 cm. La extraña matemática del dolor.


Extrajeron 3. Dejaron 2.


Números. Unos dentro. Otros fuera.

Palabra nueva que incorporar al diccionario autobiográfico. En la hoja de la M añado, en rojo, Miomas.

Y el vientre se parte en dos, una frontera trazada chapuceramente desde el ombligo al pubis. A la derecha, lo que ya nunca serás: madre. A la izquierda, lo que siempre serás: mujer. En el centro, un sinuoso y oscuro abismo desde el que gimen las voces de tus decisiones: la de quien dijiste “no”, la de quienes esperaste sin buscar y ya no serán un “sí”.

Una vez elegí yo. Y cada día me reclamas y cada día te nombro, abro la ventana y no pasas por ella. Serás mi sufrimiento, mi cansancio, el ángel blanco que regrese para clavarme su espada. Y otra vez eligió la vida. Y se acabaron ya las posibilidades.

La mirada acusadora. El castigo, tan sutil como innecesario. Nunca un médico ha de ser juez. Jamás debe de castigar a quien ya lleva la condena en el vientre.

Oblicuo: ni horizontal ni vertical. Ni silencio ni grito. Ni horizonte ni cercanía. Ni gloria ni averno. Ni erguida ni doblada. Ni madre ni no-madre. Mujer.

Mujer.

Desde esas entrañas escribo y leo. Partidas. Abismales. Oblicuas.

La imagen:


La imagen que aparece en la portada pertenece a Francesca Woodman, una fotógrafa estadounidense que se suicidó a los 22 años. Sus fotografías en blanco y negro, siempre con mujeres desnudas, siendo ella misma muchas veces su propio modelo, recrean unos escenarios inquietantes y perturbadores. La luminosidad, la preparada atmósfera, el ambiente etéreo de íntima búsqueda y la vulnerabilidad de sus imágenes componen auténticas poesías visuales.

La cita:

Sin duda, un día iba a merecer el cielo de los oblicuos, donde sólo entra quien es torcido (Clarice Lispector, “La hora de las estrellas”)
No pocas veces solemos pasar por alto las citas con las que se inicia un libro, salvo que nos parezca decir algo directamente a nosotros. Pero no siempre conectamos la cita con lo que lo que vamos a leer a continuación. Y lo cierto es que no suelen ser elegidas por el autor o la autora por casualidad. Sin embargo, en muchas ocasiones esas citas son el germen, y a la vez el sustento, de lo que vamos a leer. Siempre que un libro se inicia con una cita, me detengo deliberadamente en ella, intentando apresar su auténtico contenido, porque sé que es una baza que se me está ofreciendo para captar con claridad el alma de lo que voy a leer.

Y en este caso es, además, un homenaje a la influencia de Clarice Lispector en la escritura y el estilo narrativo de la propia Belén García Abia.

Por eso, a la cita inicial que nos ofrece Belén, yo añado otra extraída de esta lectura:

… es un cielo oblicuo, donde sólo pueden entrar los que llevan el peso del mundo en su espalda.
El libro:

El cielo oblicuo es un libro trasversal (además de oblicuo), puede leerse como poesía, como ensayo, como novela, como diario. Podemos pensar que es un libro confesional, sobre la maternidad, sobre las mujeres, sobre las mujeres que escriben y porqué.

La escritura me desgasta. Escribo que la escritura me desgasta y que odio esta necesidad de contarse a bocajarro, abrir las piernas de par en par.
No importa, agitamos el libro y dejamos que se caigan todas las etiquetas. Lo que encontraremos dentro llega tanto a hombres como a mujeres. Aunque es el grito de una mujer feroz, más allá de la maternidad y la no-maternidad, también habla de frases hechas que atraviesan décadas y generaciones y que son auténticas losas. Esas pequeñas pero no insignificantes piedras que nos van (y nos vamos) echando en la mochila, que doblan nuestra espalda, que doblan nuestra vida.
¿Oyes el eco? ¿Oyes las voces? Proceden de tus ovarios. Palabras que te metieron por la vulva.
Y creces.
Un libro que es una huida y una búsqueda, una memoria y un olvido, un admitir y un dudar, una certeza y un titubeo, un silencio y un grito, una ira y una calma… Es una voz: la suya, la tuya, la mía. Acerca el oído y deja que Belén te lo susurre. Porque también se puede gritar en un susurro.
La literatura escrita por mujeres está llena de habitaciones cerradas. Tienen a la mujer feroz dentro.
(©AnaBlasfuemia)

jueves, 3 de marzo de 2016

En la bahía (Katherine Mansfield)

Título original: At the bay
Traductor: Francesc Parcerisas
Páginas: 96
Publicación: 1922 (2011)
Editorial: Alba
ISBN: 9788484286028
Sinopsis: Amanece en la bahía de Crescent, en Nueva Zelanda. Vuelve la luz, baña la tierra y el mar, despiertan los animales y los humanos. Todo parece cobrar conciencia: un charco de agua salada, un arbusto, una gata, hasta un bebé de meses. Todo tiene voz. Los habitantes de la colonia veraniega despliegan, o callan, sus menudencias, sus juegos, sus recuerdos, los sueños que no han cumplido y los que algún día cumplirán. Al final del día todo queda en calma.

Es cierto, cuando una está sola y piensa en la vida, siempre siente tristeza.

Después de unas lecturas intensas y agitadas, necesitaba un respiro. Tampoco quería bajar el listón, al menos en cuanto a calidad literaria. Así que acudí a un valor seguro, Katherine Mansfield y su relato En la bahía.

Y ha sido como despertarse una madrugada, sentir frío por dentro y al instante notar que un rayo de sol, discreto pero decidido, atraviesa la ventana. Saco un pie de debajo de las sábanas y busco el contacto con ese rayo provocador y generoso que inmediatamente empieza a darme calorcito. Lo verdadero siempre es cálido y pocas cosas son más verdad que los primeros rayos de luz de un amanecer.

De Katherine Mansfield decía Virginia Woolf que era la única autora a la que envidiaba su estilo. Mansfield y Woolf, una amistad improbable (exuberante la una, tímida la otra) que pese a la brevedad de la misma (Mansfield falleció dolorosamente joven, con 35 años) dejó una huella profunda en ambas.

¿Y cuál es el estilo de Mansfield? Un estilo pulcro, tenue, brillante, refinado, sin fisuras. Con el mar de fondo, como una marea que marca el ritmo de las emociones de los personajes, en el relato En la bahía nos vamos a encontrar con la descripción de un solo día en la vida de la familia Burnell. Con una estructura mucho más compleja de lo que pueda parecer, dado que los personajes que aparecen son numerosos, la bahía y especialmente el mar es un personaje más y aparentemente no sucede nada, sin embargo hay una serenidad inquietante de fondo. ¿Serenidad inquietante? Ah, pues sí. Que me molan los contrarios y tiene su lógica. Todo transcurre sin altibajos, como si el día se fuera meciendo suavemente al son de las olas. Y sin embargo, desde esa placidez aparente de un día de verano en la idílica bahía de Crescent, algo se mueve por debajo que provoca esa inquietud que comento. Lo que transcurre en la superficie, lo que se estremece por dentro.

Escribía Mansfield en una de sus cartas: “No veo ninguna posibilidad de salvación si no aprendemos a vivir también con nuestras emociones y nuestros instintos, manteniéndolos en equilibrio”. Pues justamente ese es el trasfondo de En la bahía. La invisible lucha diaria buscando un equilibrio entre emociones e instinto. No necesita que suceda nada, simplemente un día transcurriendo, unos personajes viviendo un día de verano, que toman el sol, conversan, miran, se bañan, juegan, interactúan entre ellos, van, vienen. Nada de otro mundo. Suficiente.

Ningún día sucede en vano en nuestras vidas. Lo más banal puede provocar imperceptibles cambios en nuestra marea interior. A Mansfield le basta un solo día y menos de cien páginas para abordar temas como la maternidad, la responsabilidad, el despertar sexual, el matrimonio, la familia, la libertad… No hay nada insustancial en nuestro transcurrir cotidiano, por mucho que sobrevolemos por encima de nosotros mismos intentando simplemente deslizarnos. Un día más. Otro día más. Otro. Otro.

Todos los personajes anhelan vivir, estar tranquilos y felices, y a todos les parece faltar algo. ¿En qué momento se frustra una esperanza? Posiblemente en instantes de apariencia intranscendente, pequeñas decisiones que marcan un antes y un después. La invisible nimiedad que puede cambiar una vida pesa sobre cada personaje como algo ineludible y tan difícil de asir como la propia naturaleza, que con sus luces, sus ritmos, sus vibraciones, sus sonidos, marca los ciclos de la vida.

Hay un contraste evidente entre la naturaleza (vital, fuerte, potente, dominadora) y las personas (insatisfechas, en lucha constante, fracturadas). Solo los niños, no podría ser de otra forma, permanecen aislados de ese poso amargo de los adultos, porque poseen la inocencia y la imaginación necesarias como para formar parte de la naturaleza que les rodea y vivir en el único ciclo vital posible: el aquí y ahora.

Y todo esto, y más, en menos de cien páginas y sin despeinarse. ¡Pues claro que es envidiable el estilo de Mansfield! Leer En la bahía ha sido un bálsamo, un remanso, un respiro, poner mis cicatrices al sol y dejar que los rayos de luz detengan la hemorragia.

Había que tomarse las cosas con tranquilidad, dejarse llevar por la corriente y los meandros de la vida sin oponer resistencia: eso era lo que había que hacer. Aquella tensión constante era perjudicial. ¡Vivir, vivir! Y la mañana perfecta, lozana, hermosa, tostándose al sol, como si se riese de su propia belleza, pareció susurrarle. “¿Y por qué no?”
¿Y por qué no?

lunes, 29 de febrero de 2016

Probando, probando… toc, toc, toc… ¿hay alguien ahí?


Queridos otros, dos puntos.

Que gracias por estar ahí (si es que queda alguien). Porque si no estuvierais ahí no seríais otros, seríais yo, que estoy aquí. Y es que todos los que no son yo, son otros, no sé si me explico. Y que estoy aquí, otra vez (léase con tono de oooooootra vez).

Es importante que haya otros, ya os digo, no solo porque me hacéis habitable, sino porque además devolvéis mi imagen, esa que proyecto y que los otros restablecéis de mil formas, maneras, intenciones y colores. Y lo que se aprende. Es lo que tiene: queramos o no las personas transmitimos.

Ya, lo sé, hay “otros” y “otros”. Se podría escribir un manual sobre esto (Manual de la otrosidad, tomo I de CL), pero no pretendo hacer de amanuense cibernética. En cualquier caso, todos los otros me hacéis a mí. Hasta quienes quieren amargarme la vida me construyen, esa es mi victoria sobre ellos. Y luego estáis los otros que me edificáis con cariño, con amor, con palabras, con paciencia, con dulces reproches, con abrazos, con cuidados, con sabiduría, con idas y venidas, con generosidad, con tiento… Pues a esos otros no os digo nada porque no tengo palabras para vosotros. Se me deshacen, se me quedan chicas, no alcanzan. Sois muy grandes.

A todos estos otros va dirigida especialmente esta carta punto com. Porque por vosotros (y porque no sé leer sin contarlo y contarme y porque este es mi cuaderno y no renuncio a él) es porque vuelvo a tomar aposento en mi cuarto propio, asiento bien firme la bandera de mi corazón en él e iré poco a poco reconquistando este lugar tan querido para mí, tan mío. E iré, también poco a poco, reconquistando vuestros cuartos propios.

Imagen de Andrew Lucas
Siempre el futuro de un blog es algo incierto, deliberadamente incierto. En mi caso el blog es una excusa para hacerme más habitable (entre otras cosas). Aquí rediseño los recuerdos, lo vivido, lo leído, lo sentido. Y en ese recorrido van desapareciendo las tensiones. Cada palmo de este blog susurra, rebulle, vive, gime, grita, zumba, crepita, aúlla, late, ama, se mece… A veces me ha abrumado esa sensación tan clara de presencia, vuestra y mía. Por eso he estado un año titubeando. Ahora sé que todos somos impares haciendo pares, que cada relato individual construye un relato común, que hemos aprendido a detectarnos sin vernos, que somos relativamente hábiles para no perdernos, que reconocemos al dedillo pequeñas señales. Y así, nos vamos encontrando unos a otros. Reconociéndonos. El tiempo aquí no nos gana ni nos vence ni nos transcurre. Nos acompañamos sin prisas y sin márgenes.

Ya no me asustan los espejos, aunque sé que las imágenes espejeadas, espejos reales, espejos imaginados, pueden clavarse como astillas al partirse. Al fin y al cabo una no es tonta para las cosas que le afectan a sí misma. O tal vez sí. Pero he aprendido la lección. Sé que debiera de mantener la distancia justa, la implicación necesaria, la apariencia oportuna. Lo sé. Pero… soy yo, soy yo, soy yo. No renuncio a mí y esa es mi forma de renunciar a los abismos que se abrieron bajo mis pies. Nada de saltarlos en dos pasos (¡error!). Los precipicios se saltan así: con amor propio

Imagen: Giacomond - Quint Buchholz
A través de (o gracias a) este blog me han llegado muchos y diversos abrazos. Sé que seguirá habiéndolos y que vendrán abrazos nuevos (y buenos). Que se quedarán atrás los que eran fanfarria y que seguirán los que son veraces. Lo sé de la misma forma que sé que ahora estoy aquí y que no sé si seguiré estando los próximos minutos, horas, días, meses, años. Lo sé porque existen las certezas, todos tenemos la certeza de lo incierto. Y mis certezas siguen siendo las personas. Y no, no renuncio a ellas (y esta es una de mis victorias). Hace tiempo que aprendí que la vida no es otra cosa que las personas, estén donde estén. Hemos nacido para muchas cosas, pero todas, absolutamente todas, pasan porque en tu vida haya personas, porque al final del viaje tu maleta esté llena de nombres, manos y abrazos. Personas.

Esto es un aviso: se abre de nuevo la puerta de Lo que leo lo cuento. Pero, y sobre todo, es también un agradecimiento. Cada cual sabe la medida de ese agradecimiento. Y si alguien no tiene clara esa medida (y es posible, porque hay personas que desconocen su contribución a este paso de volver a retomar el blog, con todo lo que eso implica) y quiere saberlo, razón aquí



Y ahora quien se atreva, que pase y se acomode. Está la puerta abierta, las ventanas también, que corra la luz, preparen la libreta que vienen los libros, desvaríos y blasfuemiadas varias y que nada ni nadie me detenga.
(©AnaBlasfuemia)