viernes, 5 de abril de 2019

Rondó para Beverly (John e Yves Berger)


“Te fuiste hace cuatro semanas. Anoche volviste por primera vez. O, para decirlo de otro modo, tu presencia sustituyó a tu ausencia.”

No sé si hay una forma correcta de decir adiós sin que se quede una sutura permanente. Posiblemente la mejor forma de despedirse sea no hacerlo, revivir a la persona que se ha ido, hacerla presente a través de los recuerdos (volver a pasar por el corazón). Llenar el vacío sin lamentos, rescatando lo bello, lo vivido. 

"Rondó para Beverly" es una pequeña joya. Una delicia. Contiene dibujos del propio Berger y de su hijo Yves, que también escribe al principio y al final de este libro de apenas 50 páginas. Yves es pintor, y su aportación es más valiosa en ese sentido que en lo escrito. Pero John Berger, ay, con esa forma de transmitir tan personal que tiene, tan hermosa y certera, tan directa.

Lees cada línea, contemplas los dibujos, la piel erizada, las lacrimales palpitando. Con esa blandura que te da el amor verdadero, la delicadeza, la generosidad. La universalidad de los duelos.

Este conmovedor homenaje de Berger a su mujer fallecida es de esas preciosidades que te da la literatura. Se lee con el agradecimiento de quien es consciente de que leer a Berger siempre te convierte en lector afortunado pero también en mejor persona.

jueves, 25 de octubre de 2018

Nostalgia (Mircea Cărtărescu)

Título original: Nostalgia
Traductor: Marian Ochoa de Eribe
Páginas: 384
Publicación: 1993 (2012)
Editorial: Impedimenta
Sinopsis: Nostalgia, la obra que consagró a Mircea Cărtărescu como la voz más potente de las actuales letras rumanas, constituye una auténtica revolución literaria. El volumen, de una calidad prodigiosa, se abre con «El Ruletista», que narra la improbable historia de un hombre al que nunca le ha sonreído la suerte, pero que, sorprendentemente, hace fortuna participando en letales sesiones de ruleta rusa. En «El Mendébil», un mesías impúber de aires proustianos pierde sus poderes mágicos con el advenimiento de su propia sexualidad, y se ve perseguido por una legión de jóvenes acólitos. En «Los gemelos», Cărtărescu se entrega a la bizarra exploración de la ira juvenil, hasta desembocar en la pieza central del libro, «REM», que narra la historia de Nana, una mujer de mediana edad, enamorada de un estudiante de instituto en una Bucarest pesadillesca, enciclopédica, que se eleva a la categoría de ciudad universal.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ
La última vez me dijiste que tú no vives, sino que existes; sé que, cuando avanzas de espaldas por el pasillo de tu memoria, te tropiezas, te arañas, te golpeas, pero no puedes evitar encontrar algunos sitios transparentes en los que tú eres verdaderamente tú y no una pobre mujer madura, una funcionaria solitaria sin futuro alguno que vive bajo la tierra, a millones de kilómetros de profundidad bajo los cimientos de la ciudad, en este cubo luminoso de tu apartamento.
No existe un manual de instrucciones para leer a Cărtărescu. Leí El ruletista hace cinco años. Me quedé impresionada con aquella lectura, sabiendo que no se trataba tanto del Ruletista como del personaje del Escritor (con el pálpito de que detrás del Escritor estaba el propio Cărtărescu). Fui comprando (que no leyendo) todos sus libros hasta fecha de hoy, incluyendo el último, El ala izquierda (primera parte de la trilogía Cegador). Mientras, fui leyendo todas las entrevistas que se publicaban por internet, el primer encuentro con Cărtărescu en la librería Albertí, su discurso inaugural de la Feria del Libro de Madrid de este año. Y finalmente, en el mes de octubre, pude acudir en persona a la presentación del libro El ala izquierda en la librería Alberti, con la asistencia del propio Cărtărescu, recién recogido el Premio Formentor. 

Verle, escucharle, darle la mano, empaparme del universo Cărtărescu directamente, a escasos metros de distancia. En un espacio atiborrado de personas, sentí que no había nadie a mí alrededor y que sólo estábamos Cărtărescu y yo, rodeados ambos de un radiante nimbo que nos mantenía aislados del resto del mundo, pero conectados con el universo.

Estaba lista ya para seguir leyendo a Cărtărescu. Parecería que debería de hacerlo con el El ala izquierda, o con el deslumbrante Solenoide. Pero no. El primer libro de Cărtărescu publicado por Impedimenta fue El Ruletista, que es uno de los relatos (concretamente el primero) que aparece en este libro que os traigo, Nostalgia. Un libro de relatos que puede leerse como un todo, paisajes interconectados del vasto universo de Cărtărescu. 
Los hombres no son todos del mismo tipo. Los hay de cuatro tipos: los que no han nacido, los que viven, los que no han muerto y los que ni han nacido, ni viven, ni han muerto.
¿Por qué decide Impedimenta publicar en primer lugar El Ruletista, y no por ejemplo El arquitecto -el último de los relatos que compone Nostalgia y que podría (aparentemente) considerarse el relato menos cohesionado con el resto- o cualquiera de los otros libros que Mircea ya había publicado en Rumanía? Porque el editor de Impedimenta, Enrique Redel, es muy inteligente y conocía de primera mano la obra de Cărtărescu. Sabía cómo el lector debería ir ascendiendo este Everest literario que es la obra de Cărtărescu y El Ruletista era el mejor anticipo posible de la complejidad y la magnificencia de este autor. Era el anzuelo ideal, el primer paso posible para avanzar por este universo personal, único y fantástico que nos ofrece Cărtărescu y hacerlo desde la comprensión de la totalidad de su obra. Si quería seguir progresando en la escalada, la siguiente etapa tenía que ser Nostalgia.
En mi cabeza, bajo la bóveda craneal, vive un hombrecillo idéntico a mí […] Porque él es mi marionetista. Pero la bóveda celeste no es sino el cráneo de un niño gigante, que también es idéntico a mí […] Porque yo soy su marionetista.
Con todo ese recorrido previo que os he contado, empezar a leer Nostalgia (incluyendo la relectura de El Ruletista) fue fluir a través de su lectura como si llevara leyendo a Cărtărescu toda la vida, como si hubiera leído todos sus libros, como si fuera mi amigo del alma, la amígdala de mi sistema límbico… o quizás él fuera mi marionetista y yo el suyo.

Hay en Nostalgia una amalgama de realismo, fantasía, espacios oscuros, onirismo, bichos varios, surrealismo, descripciones detalladas, escenarios extraños, arquitecturas dalinianas, pesadillas... característicos de este autor, todo ello envuelto en un lirismo y una prosa elegante, corrosiva y privilegiada a la que dota de una musicalidad excelsa.  
Sueño muchísimo, en colores dementes, tengo en los sueños sensaciones que no busco nunca en la realidad. 
He de decir que leí Nostalgia dos veces, de dos formas. En un estado de ensoñación por la noche, y releyendo de día con lucidez y atención lo leído por la noche en ese estado de embriaguez de la modorra previa al sueño. Que además a la vez estaba leyendo las entrevistas de Pierre Michon recogidas en Llega el rey cuando quiere, con lo cual establecí conexiones entre ambos autores (y alguno más), sus pensamientos y su espiritualidad, mi momento vital, que son irreproducibles para mi limitado léxico. Sensaciones con las que me quedo y me guardo como una experiencia mística, personal e íntima.

Cărtărescu es inabarcable. No es solo su literatura, su universo, es también lo que araña en lo más esencial de una misma, esa demanda que hace a tu propia alma. No es solo un escritor, es un pensador, y como tal al leerle te interpela, te expande, provoca marejadas de reflexiones, agita cada célula, cada poro, todas las fisuras de tu físico y tu ser temblando como un cachorro.
Me despertaba muchas veces llorando de soledad.
¿Qué es Nostalgia? Un laberinto. Un laberinto con todas sus encrucijadas y su complejidad que, sin embargo, no pretende confundirte sino ofrecerte varias salidas posibles sin renunciar a recorridos alternativos, multiviarios, senderos en los que puedes tanto perderte como encontrarte. El lector de Cărtărescu es un Teseo enfrentándose a las adversidades del ser humano, derribando una a una todas las barreras y compartimentos de nuestra propia naturaleza.

El universo de Cărtărescu es un universo matrioshka con contenedores y contenidos infinitos, desde el centro del cerebro hasta la estructura universal más grande conocida: un supervacío a millones de años luz. Desde el espacio más pequeño de nuestra sesera hasta ese gigantesco supervacío hay múltiples barreras y compartimentos, como islas conectadas entre sí, que hay que atravesar, destrozar incluso, poseerlas con humildad y conocimiento si quieres conseguir la inmortalidad (morir sin morirse del todo) y tocar con la punta de los dedos el infinito. 
Que el yo, puesto que existe, debe encontrar una forma de asegurar su permanencia. Que me convertiré en otra cosa infinitamente más compleja. De lo contrario es absurdo, y no encuentro espacio para lo absurdo en el proyecto del mundo. Miles de millones de galaxias, campos imperceptibles, en fin, este universo que rodea mi cabeza como un aura no podría existir si yo no tuviera que conocerlo en su totalidad, poseerlo, ser él.
En una entrevista dice Cărtărescu: “cuando no escribo intento no suicidarme”. Yo hago lo mismo cuando no leo. Por eso leo.

Nos vemos en los libros. O no.

Modo Guadiana ON. 

miércoles, 24 de octubre de 2018

Sylvie (Gérard de Nerval)

Título original: Sylvie
Traductora: Ana María Moix
Páginas: 100
Publicación: 1953 (2009)
Editorial: Zeta 
Sinopsis: Con insólita sencillez, Gérard de Nerval narra con extraordinario genio poético el fracaso del deseo del protagonista de Sylvie: recobrar el primer amor vivido en el bucólico paraje donde pasó su infancia.

Si escribiera una novela, jamás lograría que la historia de un corazón dominado por dos amores simultáneos resultara verídica.
Un domingo (no) cualquiera de octubre. Llueve. Llueve con fluidez, en tonos grises y marrones. La lluvia me otoña. Me urge una lectura acorde con el día. Romanticismo. Hay mucho donde elegir. Romanticismo francés, por ejemplo. También hay mucho donde elegir. El que más a mano tengo, una relectura de Gérard de Nerval. Una obra breve, una vida breve, un relato breve: Sylvie, donde su prosa alcanza niveles de gran belleza, pero además con una estructura formal de gran perfección y una habilidad de quitarse el sombrero.

Hay muchas formas de leer los libros, una de ellas, especialmente con los clásicos, es hacerlo considerando la época, el contexto social y político, la biografía de quien los escribió, la corriente literaria en la que estaba enmarcado, la totalidad de la obra del autor... O puedes simplemente leer el libro sin más, flotando en la superficie, teniendo conciencia (o no) de la complejidad formal que hay detrás. Ahora que se cuestiona tanto qué es poesía o no, incluso qué es literatura o no (un concepto mal expresado, porque en todo caso podría hablarse de buena o mala literatura), me resulta llamativo que para hablar de lo que es poesía se apele a aspectos formales pero, sin embargo, a la hora de hablar de prosa o literatura (así en genérico) apenas se valore la construcción formal. 
¿Advierten realmente las mujeres qué palabras salen de los labios sin pasar por el corazón?
Me estoy metiendo en un jardín y no es lo que quería. No, porque llueve, es un domingo de octubre y he elegido leer este libro. Quiero centrarme en Sylvie.

De forma escuálida y raquítica puedo decir que Sylvie (con tintes autobiográficos) nos habla del amor del protagonista por dos mujeres y una tercera que sirve de bisagra entre ambas, un punto de unión simbólico entre ambos amores. Pero añadamos un poco de carne sobre ese cuerpo macilento que os acabo de presentar, porque estamos hablando de un poeta romántico que utiliza no sólo una escritura metafórica y lírica, sino que indaga sobre lo mítico y sobre la frontera entre lo real y lo imaginado, tal vez soñado. 

Y así, del amor real, el cercano, el posible, el que está a tu alcance y del amor platónico, el soñado, el ideal, el que imaginamos, de ambos trata Sylvie. De como finalmente ambos se escurren como agua en las manos.
Usted no me ama […] Persigue un drama, eso es todo, y no encuentra el final adecuado.
Sigamos engordando ese cuerpo, algo menos esquelético ya, y añadamos otra capa de fibra y músculo literario al asunto: el paso del tiempo. Porque hay un tiempo real que transcurre de forma líneal, en el que transcurren las pérdidas, lo efímero, la conciencia de lo limitado y finito de la vida. El tiempo histórico. Pero hay también un tiempo personal, íntimo, que transcurre por dentro, que no es lineal, es un tiempo movido por los hilos de la memoria y los recuerdos, en el que aflora lo perdido (infancia, personas, amores, sueños, esperanzas)...

Con ambos tiempos juega con pericia Gérard de Nerval, facilitando el cambio entre ambas secuencias temporales (la real y la de los recuerdos) para poner sobre el tapiz las tres mujeres que protagonizan este libro: Sylvie (el amor real), Adrienne (el amor idealizado) y Aurélie (el amor “bisagra” entre los dos anteriores)

Sylvie es un libro sobre la melancolía, la nostalgia, el paso del tiempo y la memoria. Los recuerdos como un refugio que no tienen, no obstante, consistencia suficiente para mitigar la soledad y el sufrimiento del presente. La sensibilidad poética y narrativa de Nerval entreteje ese conflicto entre lo real y lo utópico, consiguiendo aunar todos esos elementos que componen la búsqueda del amor ideal y la imposibilidad del mismo.

No debe ser casual que haya escogido esta lectura que tan bien recrea la proustiana búsqueda del tiempo perdido… Y así, transcurrió ese (no) cualquier domingo de otoño.
Caen las ilusiones, una tras otra, como las cortezas de un fruto, y el fruto es la experiencia. Su sabor es amargo, pero tiene algo acre que fortifica.

lunes, 22 de octubre de 2018

Llega el rey cuando quiere (Pierre Michon)

Título original: Le roi vient quand il veut. Propos sur la littérature
Traductor: María Teresa Gallego Urrutia
Páginas: 160
Publicación: 2017 (2018)
Editorial: WunderKammer
Sinopsis: El primer texto de Pierre Michon publicado en castellano desde El origen del mundo (2012) recoge trece entrevistas publicadas en medios especializados franceses durante los últimos treinta años. Michon, uno de los más grandes autores de las letras francesas y europeas de hoy, reflexiona acerca de su escritura, sus obras más notables y su concepto de literatura. Una lección magistral sobre el hecho de escribir y sobre las fuentes de la creación. Un libro para leer con el lápiz en la mano.

¿Qué es la literatura sino eso que convierte el cuerpo vacío en corpus de palabras, en cuerpo glorioso?
El rey llega cuando quiere y yo, republicana y bananera, le espero, le recibo incluso de rodillas y venero al rey Michon. Que llegue cuando quiera, pero que no deje de llegar y darme estas reflexiones sublimes de un autor cuya literatura (gloriosa), sabiduría, erudición y espiritualidad me emocionan y hacen levitar en el asiento.

Michon es un MAESTRO, de esos que lees embobada, hechizada hasta la extenuación por su comprensión de la vida, del arte y la literatura, por su humanidad. Ante una magnanimidad de tal calibre, una no puede hacer otra cosa que sentirse agradecida porque personas así se dediquen a la literatura o a cualquier otra expresión artística. Agradecida porque se compartan, no ellos, sino su mente y su espíritu interpretando la vida y la historia.
Me gusta que el sentido tiemble y temblar yo por temor a perderlo. El titubeo es mucho más evocador que la afirmación.
Trece entrevistas como trece piedras preciosas que nos ayudan a comprender la magnitud de la obra (y la persona) de Michon. El autor que reinventa un género literario, relatos (retratos) a partir de la vida (lo más compartido universalmente) de otros. La vida, una estrella fugaz en la inmensidad de lo eterno. Todas las vidas son breves pero de duración prolongada.

Esos retratos, esas vidas vividas sobre las que escribe Michon con su escritura extraterrenal, culta y pulida persigue hablar de lo común que tiene lo humano en todos los siglos. ¿Y qué es lo común?: el fracaso a la hora de reconciliarse con el mundo, puesto que dicha reconciliación implica una práctica de retiro y de ruptura a los que muy pocos están dispuestos.
Escribimos sin saber del todo de qué estamos hablando, pero sabedores de que decirlo así nos causa una grandísima emoción. Y que quien lo lea, ya que usa la misma lengua, vibrará de la misma forma y sin saber tampoco por qué. Todos los grandes textos que leo me causan esa impresión.
Poco amigo de echarle caldo al agua, Michon busca en su escritura la esencia de la brevedad, la pureza despojada de la exageración innecesaria y ornamentística. Arriesga porque busca una prolongada resonancia, el eco que persista e insista después de la lectura.

No escatima lo trágico Michon en su literatura, evitando así caer en una literatura más fácil, lúdica y quizás más accesible pero también más frívola y que, de imponerse, se correría el riesgo de la cháchara de una única voz.

Michon es un escritor exigente, muy exigente, nuestras neuronas tienen que estremecerse, realizar rápidas y complejas sinapsis, transmitir impulsos que te electrizan la piel, crear una red de circuitos neuronales, emocionales, intelectuales... Esa exigencia al leerle no es vana, al contrario: nutre el alma y el cerebro, desvela misterios. Leer es vivir.
De lo que se trata al nombrar a Rimbaud no es de poesía, sino de la complicidad y del conflicto entre lo que somos en la cumbre de nuestro ser y de lo que no podríamos ser sin aborrecernos.
En estas 13 entrevistas, auténticas pepitas de oro, Michon, no solo habla de su trabajo, sus proyectos, la literatura (el rey que llega cuando quiere), el lenguaje… también habla de lecturas, de los libros y autores que le gustan: Flaubert, Faulkner, Proust, Víctor Hugo y, por supuesto, Rimbaud. También de esas personas sobre las que construye sus relatos, los míseros, sobre los que escribe con la lengua de los ángeles para dejar constancia de sus vidas echadas a perder, para salvarlas, pero cuando habla de las vidas de los grandes, lo hace rompiendo el mito para volver a construirlos mejor.

La vida interior de Michon está rebosante de sabiduría, indagación, preguntas y muchas, muchas lecturas. Si la eternidad es energía, el escritor no debe escatimar esa energía, debe dilapidarla, escribir para conseguir la eternidad, duración que se complace en la duración. Escribir es vivir. Vivir la vida es la inmortalidad.
Pero ¿qué significa la idea de resurrección? En lo que pienso […] no es en el paraíso […] Eso es la resurrección, algo así como un  postulado: que no hay nada más allá del hecho de vivir, ni escapatoria, y que, por lo tanto, somos inmortales […] Esa es la eternidad. No busquemos en ella un enigma. Es energía en estado puro.
Michon escribe, entre otras cosas, para cambiar el dolor y enaltecerlo hasta transformarlo en júbilo. En estas trece entrevistas recorremos su vida emocional, intelectual y espiritual, y aunque algunas entrevistas se superponen, cayendo en repeticiones que Michon sortea con inteligencia y mucha coherencia, quieres más, no te cansas de su discurso, formulado o reformulado, de su fascinación por la pintura, sus indagaciones, su forma de entender y hacer literatura.

A través de estas entrevistas se nos revela un Michon con una humanidad y una inteligencia cautivadoras e impresionantes. No puedo menos que traer a nivel de conciencia que leer a Michon es siempre un regalo, un regalo de vida que hay que agradecer porque detrás de esos libros que escribe, breves pero plenos de emoción y temblor, hay un gran trabajo que luego él transforma en libros concisos, densos y generosos que convierten la lectura en un éxtasis. 
El milagro era sencillamente […] que mi desastre íntimo se resolviera convertido en proeza; mi incapacidad, en competencia; mi melancolía, en júbilo; en resumen, todo en su contrario.

jueves, 18 de octubre de 2018

Yonqui (William Burroughs)

Título original: Junkie
Traductores: Martín Lendínez y Francesc Roca
Páginas: 224
Publicación: 1953 (1997)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Burroughs aún no era el autor de El almuerzo desnudo, ni se había constituido en el gran visionario de nuestra época, que ha inspirado a escritores, a músicos, a pintores y a cineastas, pero en esta descarnada, deslumbrante crónica de una adicción los vagabundeos en busca de droga, la avidez por el chute, la peculiar sexualidad y las no menos extrañas relaciones nacidas en la comunión de la droga estaba ya el fundamento de toda su obra posterior. 
Nadie decide ser un adicto. Una mañana uno se despierta enfermo y ya es un adicto.
A veces releo libros para contrastar lo que el paso del tiempo hace, no solo con los libros, sino conmigo o con mis propias sensaciones. Una forma de re-situarme, o incluso de comprenderme a mí misma. Para recordar también porqué me impactó en su momento ese libro, si sigue manteniendo la misma fuerza que en su momento me noqueó.

La droga, la droga, la puta de la droga… Años ha, mi primer acercamiento a Burroughs fue con este libro, que ahora quise releer y saber si las sensaciones de aquella primera lectura seguían vigentes. Y si bien es verdad que con los años, las experiencias y el conocimiento demasiado cercano del mundo de la droga, pierde parte de su impacto y se queda incluso corto, aun así y tomando la perspectiva de los años en que fue escrito sigue siendo igualmente impresionante y brutal. Porque la droga lo es. Lo sigue siendo y lo seguirá siendo. 
Cuando uno deja de crecer empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer.
Burroughs sabe bien de qué habla, ya que no solo la novela (su primera novela) es autobiográfica, es que fue un adicto hasta el fin de sus días, dependiente de la metadona. Y es que el adicto, a lo que sea, lo será toda su vida.

Aunque Burroughs fue narrativamente un innovador, en Yonqui el tono es estrictamente realista, casi de reportaje periodístico: directo, descriptivo, no hay emociones ni sentimientos ni siquiera juicios de valor, solo brutalidad, dureza, suciedad… La atrocidad de la droga sin ningún tipo de filtro, desapasionado.
Todos creemos al principio que podremos controlarlo. Luego ya dejamos de querer controlarlo.
Ni siquiera podemos alcanzar a saber qué lleva a alguien a la droga. Ocurre. ¿Falta de motivación? ¿Intensidad mal dirigida? ¿Búsqueda de experiencias? ¿Inercia? ¿Dejarse llevar? En cualquier caso, una vez que empiezas, ya no paras, no hay punto de retorno. Hay adicción, desenganche, reenganche, droga, alcohol, miseria.

Para alguien que criticaba duramente la alineación social, no deja de ser paradójico el hecho de que negara la naturaleza de su propia adicción, cuando pocas cosas alinean más que las adicciones, sean del tipo que sean. 

Bien es verdad que el relato, descarnado, sucio, esperpéntico en ocasiones, resulta ser finalmente un alegato antidroga porque hay que estar muy loco para meterse en un mundo así después de leer Yonqui. Ni siquiera había hecho su aparición el SIDA. El puto, malparido, SIDA.

Pero tal vez ese sea, siga siendo, el mérito de este libro: Burroughs no hace juicios, describe sin pasión, sin reflexiones que te lleven a una u otra dirección. Muestra la brutalidad descarnada de la droga, y lo hace con la mirada del drogadicto. No pide comprensión, justificación ni compasión.
He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la yerba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir.
Es un libro molesto, porque la droga lo es. Más molesto aún es la idealización de la droga. La droga es un modo de morir, no una manera de vivir. No sólo es un libro molesto, es perverso también, puesto que el protagonista consigue dejar la droga alguna vez, pero siempre recae ¿por qué? Porque la alternativa de la heroína le parece mejor que la alternativa de vivir sin ella. Y eso es atroz… da mucho que pensar.

lunes, 15 de octubre de 2018

Verde agua (Marisa Madieri)

Título original: Verde Acqua
Traductora: Valeria Bergalli
Páginas: 203
Publicación: 1987 (2000)
Editorial: Minúscula
Sinopsis: Este relato-diario ha sido definido por la crítica italiana como un pequeño clásico contemporáneo. El hilo conductor de la narración es el éxodo de los italianos de Fiume, ciudad que en 1947 pasó a Croacia, dentro de la antigua Yugoslavia. Marisa Madieri vuelve a encontrar en la memoria los episodios trágicos y cómicos que marcaron su infancia, las personas con las que creció —como la inolvidable abuela Quarantotto— y el ambiente del Silos de Trieste, «un paisaje vagamente dantesco, un nocturno y humeante purgatorio», en el que vivió junto con otros refugiados hasta hacerse adulta.
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La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa; cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente
No se me ocurre mejor manera de definir de qué trata este libro que con la cita anterior. Decía Proust que no hay nada ingrato ni desagradable en el pasado, puesto que el tiempo redime los hechos vividos, por muy trágicos que hayan sido, ya que los recuerdos (especialmente los de la infancia) se adornan con un brillo que los embellece. Abordar los recuerdos con esa conquista del presente, de la vida viviéndose en el aquí y ahora, es el fulgor con que Madieri afronta sus recuerdos

Según iba leyendo Verde agua sentía que tenía entre las manos algo bello y poderoso y, al mismo tiempo, delicado y tierno como un pájaro pequeño al que siento palpitar entre mis dedos y que tengo que cuidar, no quebrar, alimentar y dejar volar, agradeciendo el recuerdo imborrable que dejará en mí.

Marisa Madieri, en forma de diario, alterna una mirada hacia atrás, a través de unos recuerdos personales e históricos, con los sentimientos y reflexiones de su presente. Mientras que a través de los recuerdos evoca hechos, acontecimientos, lugares, personas, sin embargo cuando cuenta en su presente aparecen sobre todo sensaciones y reflexiones, yo diría que aprendizajes, la realidad del alma después de un tiempo vivido.

El exilio sufrido por Madieri y su familia no deja de ser una metáfora de los exilios internos del alma, expulsados de nosotros mismos o de los otros, de lo que nos rodea, destierros silenciosos, los vacíos de quienes se van, de quienes nos desalojan de ellos mismos, la expulsión de paraísos inexistentes, las fronteras invisibles y delimitantes. El exilio como una parábola de la vida humana.
En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de los otros, hay algo precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible.
En un momento dado de su vida, con la enfermedad que acabaría con su vida ya presente, y con la perspectiva que aporta una edad, Madieri evoca su vida desde la reflexión, el sosiego, la claridad. Una forma de corresponder y quedar en paz con una misma y con la vida, atender el pasado, ponerle orden, limpiarlo. Agradecerlo. Para alguien que vivió el exilio, recordar es una forma de encontrar un espacio al que pertenecer. Y ese espacio será el presente, el cual habitará gracias a esa mirada consciente, honesta, tranquila, al pasado.

Con la misma mirada, concordia y precisión con que describe personas, objetos, paisajes, el mar y las islas, Madieri va dando forma a su pasado, como si lo dibujara para hacerlo nítido, adquiriendo una forma reconocible, o al menos una forma con la que reconciliarse sin descuidar ninguna línea, nudo, arabesco, decoración, todos los trazos están ahí, con los colores que aportan la memoria y los años.

Quizás uno de los aciertos de Madieri a la hora de transitar por el paisaje de sus recuerdos es no ocultar nada (el carácter de su abuela materna y el de su propio padre, la violación de su tío a su mujer y sus hijas, la pobreza, el exilio…) pero tampoco juzgarlo. Ni siquiera esconde cómo la naturalidad y espontaneidad de la infancia le hace inconsciente y ajena a la guerra y la miseria que le rodea, la inocencia infantil como protección contra la brutalidad de un mundo cruel. Será el paso a la adolescencia lo que sitúe el dolor y la extrañeza en el centro de la vida misma.
Quisiera un tiempo que no pasa, la hora de la “persuasión”, porque sé que no me espera nada más hermoso que el presente que vivo.
Sucinta, lacónica incluso, pero contundente en su estilo preciso, descriptivo y elegante, Madieri busca en sus raíces para anclarse al presente, cuando el paso del tiempo necesita definir los perfiles de la memoria y de lo actual, el aquí y ahora, constatar su tamaño, entender sus fronteras, construir una cartografía amable en la que encontrarse, como una  brújula que esquive un futuro impreciso, ligeramente temido por voluble y transformador. 

Fraguando el pasado, dándole consistencia cuando aún está caliente en la memoria, para que pierda su plasticidad y su olvido, Marisa Madieri consigue construir un relato directo, íntimo, alcanzando lo universal desde lo personal. Y, así, Verde agua va adquiriendo una corporeidad delicada y liviana, etérea, con toda la fuerza y belleza vital de quien ha conseguido conquistar su presente.

En pocas páginas Madieri condensa una vida entera, una parte de la historia de Europa, y nos la ofrece con una agudeza descriptiva entrañable. Al igual que Maya Angelou (que convirtió su dramática historia en coraje y supervivencia desde la inocencia, la bondad y la ternura) Marisa Madieri supo reconvertir el sufrimiento y las sombras en bondad, generosidad y agradecimiento y ofrecérnoslo como un regalo tan inesperado como hermoso y afable en forma de esta pequeña joya, que no puede tener mejor broche que el posfacio (inteligente y sensible) escrito por su marido, Claudio Magris, en el año 2000, ya viudo.

Libros que te reconcilian con las personas.
Hoy no me encuentro en armonía conmigo misma y desearía poder alejarme de mí.

lunes, 8 de octubre de 2018

El entenado (Juan José Saer)

Páginas: 192
Publicación: 1982 (2015)
Editorial: Rayo Verde
Sinopsis: El grumete de una expedición española al Río de la Plata, a principios del siglo XVI, es capturado y adoptado por los indios colastinés. Conoce así unas tradiciones y rituales que lo enfrentan a nuevas percepciones de la realidad. ¿A qué se debe la costumbre de la tribu, por lo demás pacífica, de celebrar anualmente una orgía de sexo y canibalismo? ¿Por qué el grumete no corre la misma suerte que sus compañeros?
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Lo desconocido es una abstracción; lo conocido, un desierto, pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación.
Este libro me ha ido creciendo entre las manos hasta el punto de hacerse tetradimensional: tiene profundidad, es atemporal, tiene altura (lírica) y tiene anchura (estructural). Voy a intentar empezar por lo fácil. Podría decir que es una novela de aventuras, o de formación, unas crónicas de Indias... Pero, sin mentir, mentiría. 

Cuando el mundo te incomoda, la miseria te arrasa, eres huérfano y el mar te llama ¿qué haces? Responder a la llamada del mar. Irte. Sin destino, sin puerto al que llegar. Solo quieres alejarte. Y eso es lo que hace, hablamos del siglo XVI, nuestro narrador, un grumete de 15 años (del que nunca llegamos a conocer el nombre y esto es tan solo uno más de los muchos y muy inteligentes recursos que utiliza Saer) es retenido por una tribu (los indios colastinés) en el Río de la Plata. Permanecerá con ellos durante 10 años. Y nos contará esos años (y los posteriores) 60 años después.

Hasta aquí lo fácil. Ahora viene lo difícil, hablar de esta maravilla de libro, porque tiene una complejidad tan perfecta y maravillosa que podría extenderme lo que no está tácitamente acordado en un blog. 
No se sabe nunca cuándo se nace: el parto es una convención. Muchos mueren sin haber nacido; otros nacen apenas, otros mal, como  abortados. Algunos, por nacimientos sucesivos, van pasando de vida en vida, y si la muerte no viniese a interrumpirlos, serían capaces de agotar el ramillete de mundos posibles a fuerza de nacer una y otra vez, como si poseyesen una reserva inagotable de inocencia y de abandono.
Voy a intentar explicar la esencia de la genialidad que pone en marcha Saer en El entenado: Poner un envoltorio fácil, accesible, a un contenido profundo. Según la RAE la filosofía es el conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano. Pues Saer hace un tratado de filosofía y le da la apariencia de novela. La fluidez narrativa es evidente y ayuda a avanzar entre la compleja elaboración de la verdadera intención de Saer, que no es otra que dotar de trasfondo filosófico toda esa complejidad formal, donde todos los elementos narrativos se interrelacionan entre sí.

Pero lo hace de tal forma que habrá quien lo lea como una novela, unas crónicas de Indias, y se quede ahí, y además lo disfrute. Y habrá quien, como a mí, este cubo de Rubik tetradimensional (como poco) le tenga días girando párrafos y párrafos, yendo hacia atrás, hacia delante, conectando ideas, reflexiones, mezclando todos los elementos hasta atisbar (conmovida, maravillada) todo el conjunto. Y asombrarse por la elaborada e inteligente estructura creada por Saer, que construye con precisión cirujana toda una arquitectura narrativa de la humanidad. 
En eso se revelan iguales muerte y recuerdos: en que son, para cada hombre, únicos y los hombres que creen tener, por haberlo vivido en la proximidad de la experiencia, un recuerdo común, no saben que tienen recuerdos diferentes y que están condenados a la soledad de esos recuerdos como a la de la propia muerte.
El protagonista, un eterno extranjero, será la voz que nos guíe, de forma inevitable, hacia su concepción de la vida humana y de la (ir)realidad. Una voz que nos habla desde la memoria y los recuerdos. Y ahí está otro de los elementos que maneja Saer: la memoria es el depósito distorsionado de nuestros recuerdos. Los recuerdos y sus desviaciones, ese teñirse de neblina, borrosa y deformada, una especie de miopía de lo vivido. La imposibilidad de que el recuerdo sea una imagen precisa, estática, una fotografía exacta de lo sucedido, sino más bien una interpretación subjetiva. Ni siquiera el recuerdo de un hecho es prueba de que ese hecho haya sucedido realmente. Y la imposibilidad de compartir recuerdos, tener recuerdos comunes con alguien, de la misma forma que no se pueden compartir percepciones ni vivencias iguales con nadie porque todo está impregnado de lo individual, lo subjetivo.

Las distintas estructuras que conforman El entenado, el juego de los elementos narrativos, el uso de las comas, la ausencia de espacios en blanco… son múltiples los recursos utilizados por Saer para hacernos reflexionar, entre otras cosas, sobre lo mutable de nuestras percepciones y lo incierto de nuestra memoria, puesto que el recuerdo añade y multiplica percepciones de la realidad recordada.
La mera presencia de las cosas no garantiza su existencia.
Contra lo que está oculto no puedes crear estrategias de afrontamiento, contra esa intemperie invisible no tienes armas, solo contra lo conocido puedes resistir y luchar. Lo que permanece en la oscuridad, en la negrura, si no sale a la luz seguirá causándonos un terror contra el que no podemos lidiar. ¿Por qué la tribu de indios colastinés retiene a nuestro protagonista durante 10 años para finalmente liberarle? Porque necesitaban que fuera su narrador, un amanuense de su existencia. Necesitaban de su presencia y su atención. Porque se necesita del otro para existir. 

La realidad no existe sino hasta que alguien la observa. El resto es irrealidad. Y eso lo sabían bien los indios colastinés. Por eso necesitaban un observador. Bien es verdad que hablamos de la inexistencia de una realidad objetiva. Así entonces, la única realidad (realidades, porque no podemos hablar de una única realidad) posible es subjetiva. Se puede decir que hay tantas realidades como personas. Pero los indios colastinés querían existir, querían ser.
Hay dos clases de sufrimiento: en una, se sabe que se sufre y, mientras se sufre, una vida mejor, cuyo gusto persiste todavía en la memoria, es escamoteada; en la otra, no se sabe, pero el mundo entero, hasta la más modesta de sus presencias, se presenta, para el que la atraviesa, como un lugar desierto y calcinado. 
No basta la mera presencia para existir. Lo que percibimos de la realidad es como miles de lucecitas que se multiplican, desaparecen, se transforman caprichosamente. ¿Cómo hacer para retener, perdurar, existir…? ¿cómo? Necesitamos exteriorizarnos, como una forma de mostrarnos, ser observados para poder existir. Ese esfuerzo constante por pertenecer, por no ser extraños, extranjeros, ajenos… y que a veces lleva a un agotamiento vital extremo y exacerbado (muchos dirían depresión) es reflejado con gran acierto por Saer. La desolación de la tristeza, los deseos de abandonarse.

De la misma forma que los colastinés infundían realidad a los lugares y a las cosas, porque con su presencia los materializaban y les daban forma, necesitaban también refutar su propia existencia con la presencia tanto de esos lugares o cosas, como de alguien externo, alguien que fuera su mirada exterior. Un círculo vicioso realmente angustiante.

Un círculo vicioso del que no se salva quien se supone que tiene que ser esa mirada externa, porque él mismo está contaminado de lo incierto, dudoso e interpretable de los propios recuerdos, con lo cual es posible que tampoco esos recuerdos sean ciertos (Ya no se sabe dónde está el centro del recuerdo y cuál es su periferia).
Es, sin duda alguna, mil veces preferible que sea uno y no el mundo lo que vacila.
Los indios colastinés se esforzaban porque todo fuese lo más inmovible posible, lo más idéntico a sí mismo, en un intento de mantener inalterable el mundo (el espacio que habitamos) para dar una apariencia de realidad, de existencia, de cierto control. Hay quien opina que al final Saer repite conceptos e ideas. Y así es. Quizás como algo deliberado, porque precisamente en esa repetición consigue perdurar, de la misma forma que los indios intentaban mantener inalterable el entorno y su propia existencia con lo que de repetición implica la inalterabilidad. 

Dejo muchas cosas en el tintero: el lenguaje, los sueños, la religión, los nacionalismos, civilización versus lo “salvaje”, la otredad… Son muchas los temas que aborda El entenado, muchas las inquietudes que me ha avivado, y mucha (muchísima) la admiración que me ha provocado este libro que voy a revisitar muchas veces, muchos días. Para existirme.
De la negrura que nos rodea, la virtud nos salva. Si sorteamos, valerosos, una noche, otra más grande, un poco más lejos, nos espera.

jueves, 4 de octubre de 2018

El mar (John Banville)

Título original: The Sea
Traductor: Damián Alou
Páginas: 224
Publicación: 2005 (2016)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Tras la reciente muerte de su esposa después de una larga enfermedad, el historiador de arte Max Morden se retira a escribir al pueblo costero en el que de niño veraneó junto a sus padres. El pasado se convierte entonces en el único refugio y consuelo para Max, que rememorará el intenso verano en el que conoció a los Grace (los padres Carlo y Connie, sus hijos gemelos Chloe y Myles, y la asistenta Rose), por quienes se sintió inmediatamente fascinado, y en el que se inició a la vida y sus placeres –la amistad y el amor– pero también, al dolor y la muerte. Premio Man Booker 2005.
¿Es posible que tengamos una voz que nunca utilizamos?
Siempre he mirado de reojo a John Banville, su desdoblamiento en Benjamin Black me producía cierta desconfianza. Esa capacidad como escritor para escindir su voz me desconcertaba, era una bipolaridad curiosa la suya, pensaba. Pero las referencias sobre este libro eran inevitables, así que aun en la convicción de que ciertamente tenemos voces que nunca utilizamos, y otras que usamos pero no se escuchan, presté mi atención a la de Banville, concretamente a esta voz.
Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea.
Los inicios de un libro siempre son importantes, y a fe que la primera frase de El mar, con esa extraña marea, me hicieron acomodarme en el sofá. Iba a prestar, decididamente, mucha atención a lo que leía, a lo que Banville contaba. O, siendo más exacta, a cómo lo contaba.

Porque pronto me queda clara una cosa: qué forma de contar. Que prosa. Qué descripciones. Qué imágenes. No me esperaba que Banville fuera tan poético, tan incisivo y profundo. Hay que joderse con las ideas previas. 
En la orilla del mar todo son estrechas franjas horizontales, el mundo reducido a unas cuantas líneas largas y rectas que se aprietan entre el cielo y la tierra.
Tenemos a Max Morden, el protagonista absoluto de la novela. Hay otros personajes, que en realidad le sirven para construirse a él, para que podamos atisbar esos pliegues que tal vez nos puedan pasar inadvertidos a la hora de conocer a Max. Pero él es el centro de todo, el personaje que se extiende ante nosotros. Nuestro interlocutor, porque ese papel quiere tener (Pero esperad, no, no es eso. Estoy siendo falso…

Max Morden piensa para nosotros, incluso por nosotros, consciente de que hay un público, quiere que seamos partícipes de sus reflexiones. Quiere contarnos algo. ¿Quiere hablarnos de su mujer, recientemente fallecida? ¿De lo ocurrido con los Grace en aquel verano de su adolescencia? No. Subterfugios, aunque necesarios. No es de eso de lo que quiere hablar. Algo que resulta evidente cuando vas comprobando que esas historias de su pasado remoto y de su pasado más reciente, son resueltas casi con desaire. Son un instrumento ¿dónde nos quiere llevar Banville entonces?
Buscábamos escapar de un presente intolerable en el único tiempo verbal posible, el pasado, es decir, el pasado remoto.
Ciertamente no es la trama el gran atractivo de este libro, algo que Banville no se molesta en ocultar, el interés está en la comprensión de los nudos de los que estamos hechos las personas, en la reflexión sobre temas que a todos nos afectan: la memoria, los recuerdos, el amor, la convivencia, las aspiraciones, las motivaciones, las pérdidas, el envejecimiento… De eso es de lo que quiere hablar Banville, esa es la auténtica trama.

De los recuerdos es de lo nos quiere hablar. De la liviana y maleable textura de los recuerdos. Con un lirismo impresionante. La memoria como un viaje en el que se avanza y se retrocede, en una suerte de marejada rítmica, siempre igual y siempre diferente. También de la pérdida, pero no solo de la pérdida de las personas a las que hemos querido. Sino de las pérdidas, las micropérdidas (aparentemente pequeñas, estruendosamente grandes) que sufrimos en nuestro interior, las aspiraciones en nuestra vida que se pierden por el camino, aquello que nos va haciendo vivir la vida que vivimos y alejándonos de la que queríamos vivir…
Experimenté una sensación casi de pánico cuando lo real, esa realidad tan burdamente pagada de sí misma, se fue apoderando de las cosas que yo creía recordar y les fue dando su propia forma. […] El pasado, me refiero al pasado real, importa menos de lo que pretendemos.
El pasado real y el pasado recordado. Qué impacto, cuando aquello que recordamos, cómo lo recordamos, se confronta con el recuerdo real, no ese que hemos ido ajustando en nuestro imaginario, dándole una forma necesaria para que no nos sintamos desleales con nosotros mismos. El recuerdo hecho a medida de nuestra zona de confort.

Morden se toma su tiempo, se recrea en los recuerdos, en las luces, los reflejos, los olores. Con la languidez de un atardecer derramándose sobre el espejo del mar, Max Morden avanza por su memoria, la real y la construida, con estupor, desvelándose sin prisas, sin pausas, con cierto egocentrismo incluso.
Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotable, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por el estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de, sí, lo admito, un rincón acogedor.
Y qué es la vida, sino aceptar la imperfección, la imperfección de los recuerdos, pero también de lo vivido, de quienes somos, de la vida misma. Aceptar nuestra propia impostura, querer ser otra persona que no somos.

Pues sí, he disfrutado intensamente de esta lectura y de la potente lírica de Banville, pese a que en ocasiones raya el exceso, ya que se alambica en las descripciones y está a punto de engolarse, de complicarse en la búsqueda de la exquisitez en el lenguaje, en algunos elaborados y casi barrocos párrafos. Pero solo a punto. Por los pelos, pero mantiene el equilibrio narrativo necesario, y eso me reconfortó durante toda la lectura.
Y de hecho no había pasado nada, una memorable nada, tan solo otro de esos grandes encogimientos de hombros con que el mundo manifiesta su indiferencia.
(Y así fue: al final nada. Una memorable nada…)