lunes, 29 de abril de 2019

Ojos azules (Toni Morrison)


El amor nunca es mejor que el amante

Niña, fea, negra. Negra, fea, niña. Fea niña negra. Negra niña fea. Niña fea negra…. Da igual como lo ponga, en un orden u otro o incluso de forma desordenada. Todo parece ir en contra, junto o por separado: niña (mujer), negra, fea. Una bomba de relojería dentro de otra bomba de relojería que está dentro de otra bomba relojería. El resultado ya os lo podéis imaginar. No has elegido nada: ni nacer mujer, ni la raza, ni tu aspecto físico. Todo te viene dado. Y tienes que sobrevivir. Porque además eres pobre. Y tienes 11 años. Y sabes que lo que necesitas es tener unos ojos azules, porque si te parecieras a Shirley Temple todo el mundo vería tu belleza.

Una lectura que exige implicación del lector, que aceptes el desafío, la crueldad excesiva, los elementos puestos en juego: la rabia, la crueldad, la marginación, la violencia, la comprensión, la ingenuidad, la brutalidad, la tragedia. Todo muy abrumador, pero Toni Morrison nos deja libertad para que desarrollemos nuestras propias ideas, para que cuestionemos los cánones y estándares de la belleza.

Aunque hay varias voces narrativas una de ellas, la de Claudia, es especialmente amable, resabiada, lúcida y alucinada a la vez, como lo son muchos niños. Será esa voz, en muchas ocasiones, la que dé un respiro al lector por su lenguaje fresco y espontáneo y por su mirada ingenua y reflexiva

La narrativa de Morrison es muy seductora pese a lo angustiosa que puede llegar a ser por momentos su lectura. La compleja y fragmentada construcción de Ojos azules y sus múltiples perspectivas narrativas resultan sin duda un atractivo añadido que Toni Morrison iría perfeccionando en sus novelas posteriores. La misma autora reconoce en su epílogo: “Mi solución -fraccionar la narración en partes que deben ser reensambladas por el lector- me pareció una buena idea cuya ejecución hoy no me satisface. Además, no funcionó: muchos lectores quedaron afectados, pero no conmovidos” Exactamente eso. Aun así, brillante.
P.D.: Las páginas 28 y 29 contienen la mejor descripción que he leído en mi vida de lo que siempre he sentido y pensado respecto a las muñecas.

viernes, 26 de abril de 2019

Cuánto azul (Percival Everett)


Si te guardas un secreto durante el tiempo suficiente, al final simplemente ya no se puede contar o se niega a ser contado
¿Guardar un secreto es mentir?, ¿cuánto mide un secreto, cuál es su tamaño, su dimensión, su estructura?, ¿a quién pertenece un secreto? Los secretos son como muñecas rusas, guardan otros secretos dentro de ellos. Abres uno y encuentras otro que a la vez esconde otro y todo así, hasta que el peso de la gravedad de la culpa tritura a los secretos y, por ende, a quien los guarda.
La estructura narrativa es diáfana: tres hilos narrativos y muchos secretos. Tres historias en una, lo que hacen un total de cuatro o lo que es lo mismo: distintas versiones de un mismo “yo”, el del protagonista, Kevin Pace.
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La agilidad de los diálogos, el ritmo vivaracho y el humor subyacente no oculta ni confunde la profundidad que hay detrás de la aparente ligereza narrativa. Los diálogos no sólo están como instrumento para favorecer una lectura dinámica, sino que son también una herramienta que utiliza el protagonista para explorar sus propios recuerdos. El entramado narrativo, los distintos hilos argumentales y temporales se sostienen hábilmente gracias al ritmo rápido, los diálogos, la ironía, que van resolviendo las distintas tramas para finalmente hacerlas encajar entre sí, resolviendo la atmosfera de intriga creada.

Quizás los personajes que acompañan a Kevin quedan algo desdibujados, demasiado al servicio de la voz del protagonista. Pero son sus recuerdos, es su memoria la que recorremos para llegar al centro mismo de un Kevin que intenta encontrar las partes necesarias de su propia historia, que se entremezclan con (e impulsan) su proceso creador.

Hay una batalla en curso, la más humana: la del protagonista consigo mismo, con los secretos que arrastra y que va desentrañando para llegar al mayor secreto de todos, aquel que posiblemente él mismo había olvidado o no quería recordar. No saber olvidar nos lastima, pero a cambio se consigue saber quiénes somos, lo que somos, aquello que olvidamos, pero también lo que no podemos olvidar: nuestros secretos (que a veces funcionan con un curioso efecto dominó: se cae uno y arrastra a los demás)

miércoles, 24 de abril de 2019

La compasión difícil (Chantal Maillard)


¿Y aún seguiréis confundiendo el poema con la sensiblería? ¿A qué llamáis amor, a qué, belleza?
Es bastante arduo clasificar este libro, ensayo fragmentado, poesía viva, filosofía introspectiva. Es Maillard, quien la ha leído lo sabe. Qué difícil es hablar de sus libros. Qué complejidad intentar siquiera delinear las punzadas, pormenorizar su inmensidad, la vastedad del precipicio. Qué ajuste de cuentas hace Maillard consigo misma en este libro tan cabal y honrado. Cuánta sufrida generosidad para conseguir esta compasión tan difícil. “MEDEA: ¿Quién te culpa? LA MUJER (balbuciendo): Yo. Yo me culpo. MEDEA: ¿Quién ha de perdonarte? LA MUJER: Yo. MEDEA: Y ¿quién es “yo”?”
Y en la travesía de esa culpa que no es una causa sino una consecuencia, ese perdón que no es perdón sino compasión, ese saber quién es “yo”, está lograr esa compasión difícil. ¿Qué es la compasión difícil? No aquella que compadece a la víctima, sino la que compadece al verdugo. La compasión que acompaña y que transciende todo código y creencia. Porque si oímos hay que acudir a los abismos, ese lugar en el que víctima y verdugo coinciden.

Disminuir el ansia, el hambre, como acto de rebeldía, encontrar la belleza (¿a qué llamamos belleza?). No, no creáis, creer es delegar en otros aquello que nos importa, no hay que creer en nada para respetar al otro. No hay que creer. Hay que CONFIAR. ¿Cómo conseguir la compasión difícil? A través del conocimiento de una misma. Y a ese conocimiento solo se llega, doy fe, a través de la soledad más estricta y absoluta. Transcender el “yo”. Por eso es tan espinoso lograr esa compasión: porque renunciar a la historia personal, abdicar del “yo”, empaparse en la soledad más severa y profunda requiere de mucho dolor, de trocar de victima a verdugo, de dialogar con tu yo más abismal y recóndito, descender hasta la raíz de las emociones (abajo, abajo, más debajo de mí). Ha sido una lectura intensa, emocionante, conmovedora e impactante que me ha hecho mejor persona. He aprendido porque aprender es reconocer pero también recordar.  La literatura puede ser muchas cosas, pero también es un compromiso con la verdad. Ejerzamos el derecho de pensar, aunque sea leyendo.

lunes, 22 de abril de 2019

Indigno de ser humano (Osamu Dazai)


Los seres humanos no pueden relacionarse más allá de la rivalidad entre ganar y perder. A pesar de que colocan a sus esfuerzos etiquetas con nombres grandilocuentes, al final su objetivo es exclusivamente individual y, una vez logrado, de nuevo sólo queda el individuo
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Luchar contra la depresión, la desesperanza, la melancolía, sentirse al margen, es una lucha íntima, silenciosa, incomprendida y siempre personal. También solitaria. No se suele hablar de esos vacíos, esas heridas que portamos no con orgullo, pero sí como algo irreparable. Es más fácil luchar contra algo si se puede comprender su funcionamiento.

Osamu Dazai hace un análisis introspectivo y muy revelador sobre un ser solitario, complejo, marginado por su propia naturaleza, incapaz de asumir la cotidiana hipocresía de una sociedad que le aterra.

Es una lectura incómoda, pese a que la prosa de Dazai es nítida, directa, despejada y muy controlada, muy bien medida. Se me hizo necesario transcender más allá de protagonista (Yozo, un alter ego de Dazai) para avanzar en la lectura, puesto que Yozo me fatigaba, como fatiga una jaula sellada o un laberinto sin salida. También de fondo estaba una misoginia que me repelía. Pero no puedo (ni debo) juzgar, he de leer con los ojos de Osamu y además es cierto que la incomprensión de Yozo no solo era respecto a las mujeres, sino respecto a la humanidad en general.

Es de una crudeza y una sinceridad casi inhumana, tal vez por ser la soledad tan humana. No hay final feliz, no hay luchas heroicas, ni un resurgir cual ave fénix, ni una festividad del ser humano. Es un libro descorazonador y, por tanto, necesario.

miércoles, 17 de abril de 2019

El amor dura tres días (Frédéric Beigbeder)


La mejor manera de no echar de menos algo es olvidarlo

Beigbeder es un provocador. Busca serlo deliberadamente. Quizás ese esfuerzo en ser tan fanfarrón es lo que a mí se me atraganta más. Prefiero las bravuconadas espontáneas, las que no necesitan señalarse a sí mismas para que nos fijemos en ellas. Beigbeder es un activista de lo superficial disfrazándolo de frases que resuenan e impactan. O sea, que “El amor dura tres años” ha sido un pinchazo como lectura. Aunque también puedo decir cosas a su favor, como que es un libro que no carece de autocrítica, que caricaturiza al snob francés, que cumple el papel de entretener, que es una lectura divertida, fluida…

Beigbeder no descubre nada nuevo bajo el sol (ni siquiera bajo la luna) y es absolutamente trivial pese a la inserción de frases bonitas, que las tiene. Es como si Houllebeq se hubiera tragado a Coelho. La mejor descripción de este libro la hace el propio Beigbeder (sin pretenderlo) en el título de uno de sus capítulos: “Un cínico de novela rosa”. Eso es autocrítica y lo demás cuento, eh.

La lectura de este libro no dura tres horas. Eso también es una ventaja. Y lo olvidas en tres minutos.

lunes, 15 de abril de 2019

El presentimiento (Emmanuel Bove)


Nada hay nada más engañoso que las buenas intenciones, porque crean la ilusión de ser el bien mismo
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¿Se puede combatir el mal con el bien? ¿Cuánto sacrificio requiere hacer el bien? ¿Se puede romper con el pasado? ¿Cómo luchar contra la inevitabilidad del destino?

Bove tenía una gran capacidad para encontrar un sólido equilibro entre prosa y personajes. No es sorpresa que detrás de sus personajes hay una profunda e intrincada psicología que ilumina esos paisajes más brumosos e inexplorados del alma humana.

En este mundo de prisas y vertiginosa información, Bove siempre pone una pausa, una lupa que intensifica las heroicidades invisibles y discretas. Esa imagen del antihéroe que se enfrenta a la mediocridad nunca se nos presenta cara a cara, pero todos los elementos narrativos están al servicio de ella.

El protagonista de esta novela, que nos recuerda levemente al Bartebly de Melville, no soporta la hipocresía, no es un revolucionario ni un personaje estridente ni histriónico, busca un antídoto contra el mal, escapar de la maldad. ¿Puedes rebelarte contra el mal y salir indemne?

Bove, como Beckett, tenía un único personaje, para qué más con ese talento increíble para crear minuciosos cosmonautas del espacio interior humano. “El presentimiento” es un libro muy representativo del universo de Bove, con sus historias sutiles y sus conmovedores antihéroes.

domingo, 14 de abril de 2019

El pensamiento del afuera (Michel Foucault)


El sujeto que habla no es tanto el responsable del discurso como de la inexistencia en cuyo vacío se prolonga sin descanso el derramamiento indefinido del lenguaje
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¿Qué sucede cuando no hablo? ¿qué sucede cuando el lenguaje se aleja de sí mismo?: que se convierte en un afuera, desnudando su propio ser y encontrando su vacío. "Afuera" no como exterior sino como intervalo, incluso como dispersión. “Hablo, miento”. En el vacío la palabra se hace a sí misma, ya no hay sujeto que habla, sino la palabra de la palabra.

Situarse fuera y encontrarse al final, más allá de todo, de nada. Si pienso, dentro; si hablo, afuera. Evitar el bucle y despeñarse hacia el interior descifrando el rumor: “que una vez que haya alcanzado el límite de sí mismo, no vea surgir ya la positividad que lo contradice, sino el vacío en el que va a desaparecer; y hacia ese vacío debe dirigirse, aceptando su desenlace en el rumor, en la inmediata negación de lo que dice, en un silencio que no es la intimidad de ningún secreto sino del puro afuera donde las palabras se despliegan indefinidamente”

Leer a Foucault es una experiencia tan inextricable como pura.

viernes, 12 de abril de 2019

Punto Omega (Don DeLillo)


Cada momento perdido es la vida

Una vez alcanzado el punto más alto de la evolución de la consciencia, nada queda material y todo es espíritu. El Punto Omega es el final o tal vez un principio, pero todo principio (salvo uno, tal vez) viene precedido de un final. ¿Dónde queda lo espiritual, en un mundo cada vez más material y diligente, apresurado? Corre, corre, no vayas a pararte y te dé por pensar y, sobre todo, por mirar.

Si bien la historia es aparentemente sencilla, la estructura de “Punto Omega” es compleja y profunda. Lo que DeLillo narra está por encima de la trama. Reflexivo en lo que dice pero también en lo que omite. El extrañamiento, lo cotidiano (lo devorador de la rutina), la soledad, el silencio, la mirada, las raíces. La vida, eso que pasa mientras creemos que vivimos.

Una lucidez inquietante la de DeLillo. No os preocupéis por la resolución de la trama (la resolución siempre será el Punto Omega) sino por la ansiedad y la inseguridad provocada. Terminaremos exhaustos, derrotados y quién sabe si a partir de ahí podremos regenerarnos si forzamos la mirada, si nos fijamos mucho y bien, porque las respuestas pueden estar en “la profundidad de las cosas tan fácil de no ser percibida en la costumbre superficial de ver

Ver/mirar

La vida no se puede reducir a palabras, nunca, porque la verdad transcurre en soledad (“las demás personas son un conflicto”) y la vida transcurre buscándonos a nosotros mismos mientras miramos de reojo a la muerte. Si lo difícil lo es porque lo estamos haciendo mal, tal vez lo fácil sea como un haiku: breve, sencillo, poético. E introspectivo.

Don Don DeLillo, a sus pies.

©AnaBlasfuemia

miércoles, 10 de abril de 2019

Mujeres en la cama (Gina Berriault)


“A eso se reduce todo: a nada”

Parece demoledor que todo se reduzca a nada. Pero si tuviéramos la nítida conciencia de que todo se reduce a nada quizás viviríamos más de acuerdo con cómo y qué queremos vivir.

De un libro de relatos espero que sean microuniversos que comparten una atmósfera en común, una especie de sello personal o marca de la casa de quien los ha escrito. Y espero que los finales de cada relato no descompongan ese microuniverso creado, sino que los enriquezca sin romper la armonía creada.

Dos aspectos destacan en estos relatos: la sutileza narrativa de Berriault y el trato amable, cuidado y profundo de los personajes.  Lo que hay entre líneas, ese espacio intermedio entre quienes somos y quienes queremos ser, lo que deseamos y lo que tenemos, la vida que queríamos y la que realmente vivimos (queriéndola o sin quererla), la necesidad de que nos vean tal y como sentimos que somos, la búsqueda de la identidad... En esa zona se desenvuelve Mujeres en la cama.

Detrás de esa amabilidad con la que Berriault construye sus personajes, está el enigma que somos cada persona, ese filo punzante que nos mantiene siempre alertas, incómodos, conscientes de que algo falta, algo falla, algún desierto que necesitamos poblar o quizás convertir en vergel y no sabemos cómo o quizás no sabemos dónde o quizás pensemos que es una alucinación, algo que no nos pertenece.

Y así, bajo una apariencia calma, fácil, transitas por los relatos sabiendo que hablan de raíces, de heridas, de vacíos e insatisfacciones, de secretos y silencios, de esos espacios en los que se dobla una esquina. Las crisis personales se contemplan como puntos de inflexión, esos momentos cruciales en los que pasamos de ser cóncavos a convexos o viceversa, en cualquier caso ya no volvemos a ser exactamente los mismos.

domingo, 7 de abril de 2019

Esta salvaje oscuridad (Harold Brookey)


“Así terminó mi vida. Y empecé a morir”
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Para Harold Brodkey, un escritor considerado de culto, el estilo, la forma, lo era todo. Mitómano, narcisista, culto, audaz y pretencioso hoy en día pocos conocen su obra. Y precisamente será en este libro donde todas sus titánicas pretensiones literarias, el estilo narrativo, los experimentos lingüísticos ... no son nada, no sirven de nada. No obstante si hay una forma de comprender a Brodkey será recorriendo su obra a partir de este libro, en donde si hay algo que destaca es el compromiso de Brodkey con su propia obra y con sus ideas.

La honestidad de Brodkey en "Esta salvaje oscuridad" es brutal y para ello parte de considerar la muerte como algo ordinario, algo que forma parte del ciclo de la vida. No hay remordimientos de lo vivido, ni mucho menos autocompasión ni lamentos, lo cual podría percibirse en ocasiones como frialdad si no fuera porque no esconde las contradicciones que vive durante su última etapa: dolor y felicidad, fortaleza y debilidad, pensar a veces que ha vivido una vida plena y otras sentir que todo ha sido en vano… Eso es, en muchos aspectos, "Esta salvaje oscuridad": el autorretrato de un hombre fuerte en el momento de mayor debilidad.

Brodkey era una persona combativa y no iba a desentenderse de su propia esencia ni siquiera en la última etapa de su vida y, así, rechazará de forma tajante la compasión y el consuelo y no renunciará a la ironía cortante y afilada ni esperará ser comprendido.

El retrato de su relación con su devota mujer, la novelista Ellen Schwamm, es de las recompensas extras que contiene este libro. Al final, y siempre, lo único que hay es el aquí y ahora. A la hora de enfrentarse a la muerte no queda otra que examinar el presente desde una oscuridad tan salvaje como desconocida y ante la que la identidad construida durante toda la vida apenas tiene cabida.

viernes, 5 de abril de 2019

Rondó para Beverly (John e Yves Berger)


“Te fuiste hace cuatro semanas. Anoche volviste por primera vez. O, para decirlo de otro modo, tu presencia sustituyó a tu ausencia.”

No sé si hay una forma correcta de decir adiós sin que se quede una sutura permanente. Posiblemente la mejor forma de despedirse sea no hacerlo, revivir a la persona que se ha ido, hacerla presente a través de los recuerdos (volver a pasar por el corazón). Llenar el vacío sin lamentos, rescatando lo bello, lo vivido. 

"Rondó para Beverly" es una pequeña joya. Una delicia. Contiene dibujos del propio Berger y de su hijo Yves, que también escribe al principio y al final de este libro de apenas 50 páginas. Yves es pintor, y su aportación es más valiosa en ese sentido que en lo escrito. Pero John Berger, ay, con esa forma de transmitir tan personal que tiene, tan hermosa y certera, tan directa.

Lees cada línea, contemplas los dibujos, la piel erizada, las lacrimales palpitando. Con esa blandura que te da el amor verdadero, la delicadeza, la generosidad. La universalidad de los duelos.

Este conmovedor homenaje de Berger a su mujer fallecida es de esas preciosidades que te da la literatura. Se lee con el agradecimiento de quien es consciente de que leer a Berger siempre te convierte en lector afortunado pero también en mejor persona.

jueves, 25 de octubre de 2018

Nostalgia (Mircea Cărtărescu)

Título original: Nostalgia
Traductor: Marian Ochoa de Eribe
Páginas: 384
Publicación: 1993 (2012)
Editorial: Impedimenta
Sinopsis: Nostalgia, la obra que consagró a Mircea Cărtărescu como la voz más potente de las actuales letras rumanas, constituye una auténtica revolución literaria. El volumen, de una calidad prodigiosa, se abre con «El Ruletista», que narra la improbable historia de un hombre al que nunca le ha sonreído la suerte, pero que, sorprendentemente, hace fortuna participando en letales sesiones de ruleta rusa. En «El Mendébil», un mesías impúber de aires proustianos pierde sus poderes mágicos con el advenimiento de su propia sexualidad, y se ve perseguido por una legión de jóvenes acólitos. En «Los gemelos», Cărtărescu se entrega a la bizarra exploración de la ira juvenil, hasta desembocar en la pieza central del libro, «REM», que narra la historia de Nana, una mujer de mediana edad, enamorada de un estudiante de instituto en una Bucarest pesadillesca, enciclopédica, que se eleva a la categoría de ciudad universal.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ
La última vez me dijiste que tú no vives, sino que existes; sé que, cuando avanzas de espaldas por el pasillo de tu memoria, te tropiezas, te arañas, te golpeas, pero no puedes evitar encontrar algunos sitios transparentes en los que tú eres verdaderamente tú y no una pobre mujer madura, una funcionaria solitaria sin futuro alguno que vive bajo la tierra, a millones de kilómetros de profundidad bajo los cimientos de la ciudad, en este cubo luminoso de tu apartamento.
No existe un manual de instrucciones para leer a Cărtărescu. Leí El ruletista hace cinco años. Me quedé impresionada con aquella lectura, sabiendo que no se trataba tanto del Ruletista como del personaje del Escritor (con el pálpito de que detrás del Escritor estaba el propio Cărtărescu). Fui comprando (que no leyendo) todos sus libros hasta fecha de hoy, incluyendo el último, El ala izquierda (primera parte de la trilogía Cegador). Mientras, fui leyendo todas las entrevistas que se publicaban por internet, el primer encuentro con Cărtărescu en la librería Albertí, su discurso inaugural de la Feria del Libro de Madrid de este año. Y finalmente, en el mes de octubre, pude acudir en persona a la presentación del libro El ala izquierda en la librería Alberti, con la asistencia del propio Cărtărescu, recién recogido el Premio Formentor. 

Verle, escucharle, darle la mano, empaparme del universo Cărtărescu directamente, a escasos metros de distancia. En un espacio atiborrado de personas, sentí que no había nadie a mí alrededor y que sólo estábamos Cărtărescu y yo, rodeados ambos de un radiante nimbo que nos mantenía aislados del resto del mundo, pero conectados con el universo.

Estaba lista ya para seguir leyendo a Cărtărescu. Parecería que debería de hacerlo con el El ala izquierda, o con el deslumbrante Solenoide. Pero no. El primer libro de Cărtărescu publicado por Impedimenta fue El Ruletista, que es uno de los relatos (concretamente el primero) que aparece en este libro que os traigo, Nostalgia. Un libro de relatos que puede leerse como un todo, paisajes interconectados del vasto universo de Cărtărescu. 
Los hombres no son todos del mismo tipo. Los hay de cuatro tipos: los que no han nacido, los que viven, los que no han muerto y los que ni han nacido, ni viven, ni han muerto.
¿Por qué decide Impedimenta publicar en primer lugar El Ruletista, y no por ejemplo El arquitecto -el último de los relatos que compone Nostalgia y que podría (aparentemente) considerarse el relato menos cohesionado con el resto- o cualquiera de los otros libros que Mircea ya había publicado en Rumanía? Porque el editor de Impedimenta, Enrique Redel, es muy inteligente y conocía de primera mano la obra de Cărtărescu. Sabía cómo el lector debería ir ascendiendo este Everest literario que es la obra de Cărtărescu y El Ruletista era el mejor anticipo posible de la complejidad y la magnificencia de este autor. Era el anzuelo ideal, el primer paso posible para avanzar por este universo personal, único y fantástico que nos ofrece Cărtărescu y hacerlo desde la comprensión de la totalidad de su obra. Si quería seguir progresando en la escalada, la siguiente etapa tenía que ser Nostalgia.
En mi cabeza, bajo la bóveda craneal, vive un hombrecillo idéntico a mí […] Porque él es mi marionetista. Pero la bóveda celeste no es sino el cráneo de un niño gigante, que también es idéntico a mí […] Porque yo soy su marionetista.
Con todo ese recorrido previo que os he contado, empezar a leer Nostalgia (incluyendo la relectura de El Ruletista) fue fluir a través de su lectura como si llevara leyendo a Cărtărescu toda la vida, como si hubiera leído todos sus libros, como si fuera mi amigo del alma, la amígdala de mi sistema límbico… o quizás él fuera mi marionetista y yo el suyo.

Hay en Nostalgia una amalgama de realismo, fantasía, espacios oscuros, onirismo, bichos varios, surrealismo, descripciones detalladas, escenarios extraños, arquitecturas dalinianas, pesadillas... característicos de este autor, todo ello envuelto en un lirismo y una prosa elegante, corrosiva y privilegiada a la que dota de una musicalidad excelsa.  
Sueño muchísimo, en colores dementes, tengo en los sueños sensaciones que no busco nunca en la realidad. 
He de decir que leí Nostalgia dos veces, de dos formas. En un estado de ensoñación por la noche, y releyendo de día con lucidez y atención lo leído por la noche en ese estado de embriaguez de la modorra previa al sueño. Que además a la vez estaba leyendo las entrevistas de Pierre Michon recogidas en Llega el rey cuando quiere, con lo cual establecí conexiones entre ambos autores (y alguno más), sus pensamientos y su espiritualidad, mi momento vital, que son irreproducibles para mi limitado léxico. Sensaciones con las que me quedo y me guardo como una experiencia mística, personal e íntima.

Cărtărescu es inabarcable. No es solo su literatura, su universo, es también lo que araña en lo más esencial de una misma, esa demanda que hace a tu propia alma. No es solo un escritor, es un pensador, y como tal al leerle te interpela, te expande, provoca marejadas de reflexiones, agita cada célula, cada poro, todas las fisuras de tu físico y tu ser temblando como un cachorro.
Me despertaba muchas veces llorando de soledad.
¿Qué es Nostalgia? Un laberinto. Un laberinto con todas sus encrucijadas y su complejidad que, sin embargo, no pretende confundirte sino ofrecerte varias salidas posibles sin renunciar a recorridos alternativos, multiviarios, senderos en los que puedes tanto perderte como encontrarte. El lector de Cărtărescu es un Teseo enfrentándose a las adversidades del ser humano, derribando una a una todas las barreras y compartimentos de nuestra propia naturaleza.

El universo de Cărtărescu es un universo matrioshka con contenedores y contenidos infinitos, desde el centro del cerebro hasta la estructura universal más grande conocida: un supervacío a millones de años luz. Desde el espacio más pequeño de nuestra sesera hasta ese gigantesco supervacío hay múltiples barreras y compartimentos, como islas conectadas entre sí, que hay que atravesar, destrozar incluso, poseerlas con humildad y conocimiento si quieres conseguir la inmortalidad (morir sin morirse del todo) y tocar con la punta de los dedos el infinito. 
Que el yo, puesto que existe, debe encontrar una forma de asegurar su permanencia. Que me convertiré en otra cosa infinitamente más compleja. De lo contrario es absurdo, y no encuentro espacio para lo absurdo en el proyecto del mundo. Miles de millones de galaxias, campos imperceptibles, en fin, este universo que rodea mi cabeza como un aura no podría existir si yo no tuviera que conocerlo en su totalidad, poseerlo, ser él.
En una entrevista dice Cărtărescu: “cuando no escribo intento no suicidarme”. Yo hago lo mismo cuando no leo. Por eso leo.

Nos vemos en los libros. O no.

Modo Guadiana ON. 

miércoles, 24 de octubre de 2018

Sylvie (Gérard de Nerval)

Título original: Sylvie
Traductora: Ana María Moix
Páginas: 100
Publicación: 1953 (2009)
Editorial: Zeta 
Sinopsis: Con insólita sencillez, Gérard de Nerval narra con extraordinario genio poético el fracaso del deseo del protagonista de Sylvie: recobrar el primer amor vivido en el bucólico paraje donde pasó su infancia.

Si escribiera una novela, jamás lograría que la historia de un corazón dominado por dos amores simultáneos resultara verídica.
Un domingo (no) cualquiera de octubre. Llueve. Llueve con fluidez, en tonos grises y marrones. La lluvia me otoña. Me urge una lectura acorde con el día. Romanticismo. Hay mucho donde elegir. Romanticismo francés, por ejemplo. También hay mucho donde elegir. El que más a mano tengo, una relectura de Gérard de Nerval. Una obra breve, una vida breve, un relato breve: Sylvie, donde su prosa alcanza niveles de gran belleza, pero además con una estructura formal de gran perfección y una habilidad de quitarse el sombrero.

Hay muchas formas de leer los libros, una de ellas, especialmente con los clásicos, es hacerlo considerando la época, el contexto social y político, la biografía de quien los escribió, la corriente literaria en la que estaba enmarcado, la totalidad de la obra del autor... O puedes simplemente leer el libro sin más, flotando en la superficie, teniendo conciencia (o no) de la complejidad formal que hay detrás. Ahora que se cuestiona tanto qué es poesía o no, incluso qué es literatura o no (un concepto mal expresado, porque en todo caso podría hablarse de buena o mala literatura), me resulta llamativo que para hablar de lo que es poesía se apele a aspectos formales pero, sin embargo, a la hora de hablar de prosa o literatura (así en genérico) apenas se valore la construcción formal. 
¿Advierten realmente las mujeres qué palabras salen de los labios sin pasar por el corazón?
Me estoy metiendo en un jardín y no es lo que quería. No, porque llueve, es un domingo de octubre y he elegido leer este libro. Quiero centrarme en Sylvie.

De forma escuálida y raquítica puedo decir que Sylvie (con tintes autobiográficos) nos habla del amor del protagonista por dos mujeres y una tercera que sirve de bisagra entre ambas, un punto de unión simbólico entre ambos amores. Pero añadamos un poco de carne sobre ese cuerpo macilento que os acabo de presentar, porque estamos hablando de un poeta romántico que utiliza no sólo una escritura metafórica y lírica, sino que indaga sobre lo mítico y sobre la frontera entre lo real y lo imaginado, tal vez soñado. 

Y así, del amor real, el cercano, el posible, el que está a tu alcance y del amor platónico, el soñado, el ideal, el que imaginamos, de ambos trata Sylvie. De como finalmente ambos se escurren como agua en las manos.
Usted no me ama […] Persigue un drama, eso es todo, y no encuentra el final adecuado.
Sigamos engordando ese cuerpo, algo menos esquelético ya, y añadamos otra capa de fibra y músculo literario al asunto: el paso del tiempo. Porque hay un tiempo real que transcurre de forma líneal, en el que transcurren las pérdidas, lo efímero, la conciencia de lo limitado y finito de la vida. El tiempo histórico. Pero hay también un tiempo personal, íntimo, que transcurre por dentro, que no es lineal, es un tiempo movido por los hilos de la memoria y los recuerdos, en el que aflora lo perdido (infancia, personas, amores, sueños, esperanzas)...

Con ambos tiempos juega con pericia Gérard de Nerval, facilitando el cambio entre ambas secuencias temporales (la real y la de los recuerdos) para poner sobre el tapiz las tres mujeres que protagonizan este libro: Sylvie (el amor real), Adrienne (el amor idealizado) y Aurélie (el amor “bisagra” entre los dos anteriores)

Sylvie es un libro sobre la melancolía, la nostalgia, el paso del tiempo y la memoria. Los recuerdos como un refugio que no tienen, no obstante, consistencia suficiente para mitigar la soledad y el sufrimiento del presente. La sensibilidad poética y narrativa de Nerval entreteje ese conflicto entre lo real y lo utópico, consiguiendo aunar todos esos elementos que componen la búsqueda del amor ideal y la imposibilidad del mismo.

No debe ser casual que haya escogido esta lectura que tan bien recrea la proustiana búsqueda del tiempo perdido… Y así, transcurrió ese (no) cualquier domingo de otoño.
Caen las ilusiones, una tras otra, como las cortezas de un fruto, y el fruto es la experiencia. Su sabor es amargo, pero tiene algo acre que fortifica.

lunes, 22 de octubre de 2018

Llega el rey cuando quiere (Pierre Michon)

Título original: Le roi vient quand il veut. Propos sur la littérature
Traductor: María Teresa Gallego Urrutia
Páginas: 160
Publicación: 2017 (2018)
Editorial: WunderKammer
Sinopsis: El primer texto de Pierre Michon publicado en castellano desde El origen del mundo (2012) recoge trece entrevistas publicadas en medios especializados franceses durante los últimos treinta años. Michon, uno de los más grandes autores de las letras francesas y europeas de hoy, reflexiona acerca de su escritura, sus obras más notables y su concepto de literatura. Una lección magistral sobre el hecho de escribir y sobre las fuentes de la creación. Un libro para leer con el lápiz en la mano.

¿Qué es la literatura sino eso que convierte el cuerpo vacío en corpus de palabras, en cuerpo glorioso?
El rey llega cuando quiere y yo, republicana y bananera, le espero, le recibo incluso de rodillas y venero al rey Michon. Que llegue cuando quiera, pero que no deje de llegar y darme estas reflexiones sublimes de un autor cuya literatura (gloriosa), sabiduría, erudición y espiritualidad me emocionan y hacen levitar en el asiento.

Michon es un MAESTRO, de esos que lees embobada, hechizada hasta la extenuación por su comprensión de la vida, del arte y la literatura, por su humanidad. Ante una magnanimidad de tal calibre, una no puede hacer otra cosa que sentirse agradecida porque personas así se dediquen a la literatura o a cualquier otra expresión artística. Agradecida porque se compartan, no ellos, sino su mente y su espíritu interpretando la vida y la historia.
Me gusta que el sentido tiemble y temblar yo por temor a perderlo. El titubeo es mucho más evocador que la afirmación.
Trece entrevistas como trece piedras preciosas que nos ayudan a comprender la magnitud de la obra (y la persona) de Michon. El autor que reinventa un género literario, relatos (retratos) a partir de la vida (lo más compartido universalmente) de otros. La vida, una estrella fugaz en la inmensidad de lo eterno. Todas las vidas son breves pero de duración prolongada.

Esos retratos, esas vidas vividas sobre las que escribe Michon con su escritura extraterrenal, culta y pulida persigue hablar de lo común que tiene lo humano en todos los siglos. ¿Y qué es lo común?: el fracaso a la hora de reconciliarse con el mundo, puesto que dicha reconciliación implica una práctica de retiro y de ruptura a los que muy pocos están dispuestos.
Escribimos sin saber del todo de qué estamos hablando, pero sabedores de que decirlo así nos causa una grandísima emoción. Y que quien lo lea, ya que usa la misma lengua, vibrará de la misma forma y sin saber tampoco por qué. Todos los grandes textos que leo me causan esa impresión.
Poco amigo de echarle caldo al agua, Michon busca en su escritura la esencia de la brevedad, la pureza despojada de la exageración innecesaria y ornamentística. Arriesga porque busca una prolongada resonancia, el eco que persista e insista después de la lectura.

No escatima lo trágico Michon en su literatura, evitando así caer en una literatura más fácil, lúdica y quizás más accesible pero también más frívola y que, de imponerse, se correría el riesgo de la cháchara de una única voz.

Michon es un escritor exigente, muy exigente, nuestras neuronas tienen que estremecerse, realizar rápidas y complejas sinapsis, transmitir impulsos que te electrizan la piel, crear una red de circuitos neuronales, emocionales, intelectuales... Esa exigencia al leerle no es vana, al contrario: nutre el alma y el cerebro, desvela misterios. Leer es vivir.
De lo que se trata al nombrar a Rimbaud no es de poesía, sino de la complicidad y del conflicto entre lo que somos en la cumbre de nuestro ser y de lo que no podríamos ser sin aborrecernos.
En estas 13 entrevistas, auténticas pepitas de oro, Michon, no solo habla de su trabajo, sus proyectos, la literatura (el rey que llega cuando quiere), el lenguaje… también habla de lecturas, de los libros y autores que le gustan: Flaubert, Faulkner, Proust, Víctor Hugo y, por supuesto, Rimbaud. También de esas personas sobre las que construye sus relatos, los míseros, sobre los que escribe con la lengua de los ángeles para dejar constancia de sus vidas echadas a perder, para salvarlas, pero cuando habla de las vidas de los grandes, lo hace rompiendo el mito para volver a construirlos mejor.

La vida interior de Michon está rebosante de sabiduría, indagación, preguntas y muchas, muchas lecturas. Si la eternidad es energía, el escritor no debe escatimar esa energía, debe dilapidarla, escribir para conseguir la eternidad, duración que se complace en la duración. Escribir es vivir. Vivir la vida es la inmortalidad.
Pero ¿qué significa la idea de resurrección? En lo que pienso […] no es en el paraíso […] Eso es la resurrección, algo así como un  postulado: que no hay nada más allá del hecho de vivir, ni escapatoria, y que, por lo tanto, somos inmortales […] Esa es la eternidad. No busquemos en ella un enigma. Es energía en estado puro.
Michon escribe, entre otras cosas, para cambiar el dolor y enaltecerlo hasta transformarlo en júbilo. En estas trece entrevistas recorremos su vida emocional, intelectual y espiritual, y aunque algunas entrevistas se superponen, cayendo en repeticiones que Michon sortea con inteligencia y mucha coherencia, quieres más, no te cansas de su discurso, formulado o reformulado, de su fascinación por la pintura, sus indagaciones, su forma de entender y hacer literatura.

A través de estas entrevistas se nos revela un Michon con una humanidad y una inteligencia cautivadoras e impresionantes. No puedo menos que traer a nivel de conciencia que leer a Michon es siempre un regalo, un regalo de vida que hay que agradecer porque detrás de esos libros que escribe, breves pero plenos de emoción y temblor, hay un gran trabajo que luego él transforma en libros concisos, densos y generosos que convierten la lectura en un éxtasis. 
El milagro era sencillamente […] que mi desastre íntimo se resolviera convertido en proeza; mi incapacidad, en competencia; mi melancolía, en júbilo; en resumen, todo en su contrario.

jueves, 18 de octubre de 2018

Yonqui (William Burroughs)

Título original: Junkie
Traductores: Martín Lendínez y Francesc Roca
Páginas: 224
Publicación: 1953 (1997)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Burroughs aún no era el autor de El almuerzo desnudo, ni se había constituido en el gran visionario de nuestra época, que ha inspirado a escritores, a músicos, a pintores y a cineastas, pero en esta descarnada, deslumbrante crónica de una adicción los vagabundeos en busca de droga, la avidez por el chute, la peculiar sexualidad y las no menos extrañas relaciones nacidas en la comunión de la droga estaba ya el fundamento de toda su obra posterior. 
Nadie decide ser un adicto. Una mañana uno se despierta enfermo y ya es un adicto.
A veces releo libros para contrastar lo que el paso del tiempo hace, no solo con los libros, sino conmigo o con mis propias sensaciones. Una forma de re-situarme, o incluso de comprenderme a mí misma. Para recordar también porqué me impactó en su momento ese libro, si sigue manteniendo la misma fuerza que en su momento me noqueó.

La droga, la droga, la puta de la droga… Años ha, mi primer acercamiento a Burroughs fue con este libro, que ahora quise releer y saber si las sensaciones de aquella primera lectura seguían vigentes. Y si bien es verdad que con los años, las experiencias y el conocimiento demasiado cercano del mundo de la droga, pierde parte de su impacto y se queda incluso corto, aun así y tomando la perspectiva de los años en que fue escrito sigue siendo igualmente impresionante y brutal. Porque la droga lo es. Lo sigue siendo y lo seguirá siendo. 
Cuando uno deja de crecer empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer.
Burroughs sabe bien de qué habla, ya que no solo la novela (su primera novela) es autobiográfica, es que fue un adicto hasta el fin de sus días, dependiente de la metadona. Y es que el adicto, a lo que sea, lo será toda su vida.

Aunque Burroughs fue narrativamente un innovador, en Yonqui el tono es estrictamente realista, casi de reportaje periodístico: directo, descriptivo, no hay emociones ni sentimientos ni siquiera juicios de valor, solo brutalidad, dureza, suciedad… La atrocidad de la droga sin ningún tipo de filtro, desapasionado.
Todos creemos al principio que podremos controlarlo. Luego ya dejamos de querer controlarlo.
Ni siquiera podemos alcanzar a saber qué lleva a alguien a la droga. Ocurre. ¿Falta de motivación? ¿Intensidad mal dirigida? ¿Búsqueda de experiencias? ¿Inercia? ¿Dejarse llevar? En cualquier caso, una vez que empiezas, ya no paras, no hay punto de retorno. Hay adicción, desenganche, reenganche, droga, alcohol, miseria.

Para alguien que criticaba duramente la alineación social, no deja de ser paradójico el hecho de que negara la naturaleza de su propia adicción, cuando pocas cosas alinean más que las adicciones, sean del tipo que sean. 

Bien es verdad que el relato, descarnado, sucio, esperpéntico en ocasiones, resulta ser finalmente un alegato antidroga porque hay que estar muy loco para meterse en un mundo así después de leer Yonqui. Ni siquiera había hecho su aparición el SIDA. El puto, malparido, SIDA.

Pero tal vez ese sea, siga siendo, el mérito de este libro: Burroughs no hace juicios, describe sin pasión, sin reflexiones que te lleven a una u otra dirección. Muestra la brutalidad descarnada de la droga, y lo hace con la mirada del drogadicto. No pide comprensión, justificación ni compasión.
He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la yerba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir.
Es un libro molesto, porque la droga lo es. Más molesto aún es la idealización de la droga. La droga es un modo de morir, no una manera de vivir. No sólo es un libro molesto, es perverso también, puesto que el protagonista consigue dejar la droga alguna vez, pero siempre recae ¿por qué? Porque la alternativa de la heroína le parece mejor que la alternativa de vivir sin ella. Y eso es atroz… da mucho que pensar.