jueves, 25 de junio de 2020

Estamos en el borde (Caroline Lamarche)


Las personas atormentadas por un duelo irreparable ya no creen en el futuro. Pero sí en la imaginación, de donde nacen las historias más descabelladas. Las historias de ella, sin embargo, no inventan otros mundos. Tampoco otros amores. Les basta con ser cómplices de algunas vidas salvajes

¿Cuándo sabes que un libro te va a gustar de principio a fin? Cuando lo coges como quien no quiere la cosa para ver de qué va, hacerte una idea del contenido, el estilo narrativo… y empiezas a leer una página y otra, y sigues sumando páginas de lectura y se te olvida que ibas a hacerte un arroz a la cubana y ya son las cuatro de la tarde y ni arroz ni cubana, y piensas que tal vez sea mejor hacer una merienda-cena más tarde. Y sigues leyendo porque con este libro regresó el ritmo lector, el hambre voraz, insaciable, de leer, leer y seguir leyendo.

El borde en el que estamos, del que nos habla Lamarche, es un poco las afueras, los márgenes en los que se encuentra lo animal, lo salvaje, las personas que no se dejan domesticar, la buena gente que sufre y se asoma a ese borde porque prefieren las curvas a lo rectilíneo, el silencio al ruido, los lugares que liberan, la naturaleza nómada. Que están hechas de un material refractario a la servidumbre y lo banal, de corrientes profundas y torbellinos identitarios.

La narrativa de Lamarche es cálida y cercana, con un ritmo sosegado y cautivador. No hay sobresaltos pero penetra en ti como cuchillo en mantequilla. Sin encontrar resistencia.

Dice uno de los personajes de estos relatos “Necesito un nosotros en mi vida”. ¿Quién no? Y en la naturaleza, en los animales que la habitan, encuentran ese “nosotros” que nos espejea la imagen que no queremos constatar: parecemos más felices de lo que somos.

Una canción de Eladia Blazquez viene como anillo al dedo para este libro: “Merecer la vida es erguirse vertical, más allá del mal, de las caídas. Es igual que darle a la verdad y a nuestra propia libertad la bienvenida”. En la interacción con los animales nosotros somos los alumnos. Honrar la vida es también respetar y escuchar a quienes mejor nos saben cuidar, que no siempre resultan ser personas. 

lunes, 22 de junio de 2020

Hopper (Mark Strand)


Los cuadros de Hopper […] sugieren el tono, pero no el contenido. La implicación, pero no la evidencia. Son profundamente sugerentes

Situarse ante un cuadro siempre es una experiencia solitaria, como situarse ante una ventana abierta al misterio a través de la cual rebuscas en la memoria y en los sentidos. Ver, mirar, siempre es algo complejo.

Hopper y Strand. Imposible pasar de largo por esta propuesta. Los cuadros de Hopper a través de la mirada del poeta Strand. Necesito esa belleza. La necesito ahora. Esa belleza inmutable de los cuadros en la que todo queda detenido. Aquí. Ahora.

Tienen los cuadros de Hopper un halo de espera que, contemplados ahora, parecen reflejar este período de confinamiento del que estamos empezando a salir. Sus juegos de luces y sombras, de exteriores e interiores, la peculiar geometría, la disposición de elementos, provocan una sensación de inquietud que probablemente tenga mucho que ver con que, de alguna manera, las escenas que contemplamos nos impulsan a situarnos en algún lugar de aquello que observamos: o estamos dentro o estamos fuera. Y además debemos precisar ese espacio físico y narrativo concreto del dentro o fuera en el que nos ubicamos.

Los personajes de los cuadros de Hopper miran dentro de sí o hacia el infinito (que es también una manera de mirar dentro de una misma). Y en este libro contemplas esas miradas a través de la mirada de Strand y sientes que el distanciamiento tan presente en las obras de Hopper se hace menos solitario de su mano, más compartido.

Coger cualquier cuadro de Hopper y ahí estaréis. Como dijo en marzo el escritor Michael Tisserand: Todos somos pinturas de Hopper ahora”. Y Strand ayuda con sus palabras haciendo lo mismo que Hopper con sus cuadros, “dándole forma a la privacidad, otorgándole un espacio donde pueda ser atestiguada sin ser violada”, con un texto muy limpio, puro y respetuoso. Dos narrativas potentísimas (Strand y Hopper, Hopper y Strand).

El aislamiento puede florecer en compañía de otro

viernes, 19 de junio de 2020

George Orwell fue amigo mío (Adam Johnson)


Una sola mirada basta para narrar una historia entera

A quienes no sois amantes de los libros de relatos, tengo algo que deciros: un buen relato basta para narrar una historia entera. Y si son seis, como es el caso, tendremos seis historias enteras de gran solidez y una hondura impresionante.

Cada uno de los relatos funciona como una arena movediza: el suelo cede y te absorbe. No hay nada sólido que te sostenga, será la serenidad y la calma, el reparto del peso del cuerpo y el impulso inteligente lo que te permitirá salir de cada arena movediza. No es una sensación desagradable, no deja de ser agua y arena, una especie de barro que te empapa y te empieza a pesar. Si entras en pánico, te tragará. Si mantienes la calma, saldrás de la arena movediza. No del todo indemne, nadie sale ileso de un aprendizaje, y menos aún de los relatos de Adam Johnson.

El agua y la arena de estas seis arenas movedizas están hechas de los dilemas y la moralidad de sus protagonistas, de la soledad en la que se encuentran en la encrucijada de sus decisiones, de cómo se aferran a aquello que eligen, de los que nacen, de los que se hacen y de los que eligen, de los finales como una forma de la libertad ante la imposición de acontecimientos no siempre elegidos.

Gracias a la habilidad, fiabilidad y credibilidad con la que Johnson dota a sus personajes, cada uno de ellos ha supuesto un desafío para mi propia conciencia: a alguno de ellos no quisiera cruzármelo en la calle, pero Johnson me mete dentro y lo más fascinante: los entiendo, porque Johnson proporciona a cada uno de su parcela de humanidad. Y eso me inquieta.

Las cosas más importantes nos las ocultamos a nosotros mismos”, dice la protagonista de “Datos interesantes” uno de los relatos que me noqueó hasta el llanto (más aún al saber que Johnson escribe desde la perspectiva de su propia mujer, que sufrió un cáncer del que se recuperó). Johnson nos muestra en cada relato lo que cada personaje oculta y lo hace con inteligencia y elegancia. Inquietud, perturbación, asombro, desgarro… cada historia deja su huella. Ninguna de ellas será la indiferencia y todas confluyen en el deslumbramiento. 

lunes, 15 de junio de 2020

El Tercer Policía (Flann O`Brien)


¿Era yo también un mero vínculo en una vasta secuencia de seres imponderables, y el mundo que yo conocía solamente el interior del ser cuya voz interior era yo mismo?

Hay libros que me desconciertan porque me confunden y no los comprendo y libros que me desconciertan pero que provocan mi admiración. “El tercer policía” me ha desorientado pero también me ha impresionado y admirado.

No es fácil proponer una arriesgada trama narrativa desde el absurdo y lo incomprensible y a la vez mantener la estructura sin que haya un resquicio por el que dicha propuesta se desmorone. Y O’Brien no deja resquicios, es hábil e ingenioso a un nivel inhabitual.

Hay libros ante los que razonar según lo establecido no sirve de nada. Debes de creer lo que se te está narrando. No fiarte de la lógica habitual. La mejor manera de no volverse loca es comportándose con normalidad, como si todo lo fuera (normal) y aunque todo lo que suceda sea absurdo, estrambótico, al estilo de “Alicia en el País de las Maravillas”. Se trata de usar la imaginación y disfrutar de un relato surrealista exquisito, sólido y delicioso, otra dimensión diferente a lo acostumbrado, plagada de descripciones de escenarios y situaciones que parecen indescriptibles pero que O’Brien consigue transmitirte como absolutamente reales, imposibles pero reales.

“El tercer policía” es una novela atípica, indefinible, con una poderosa originalidad que te embriaga y te sumerge en una historia delirante y llena de humor, un juego literario, dialéctico y narrativo con un propósito que parece insondable pero alcanzable para cada lector. Encontrar el propósito de lo narrado, la intención, es un desafío que puedes aceptar o no. Una vez aceptado quizás convengas conmigo que las búsquedas profundas, espirituales y/o intelectuales, son inútiles, inabordables y extenuantes; que las búsquedas infinitas terminan produciendo un profundo deseo de volver a casa y que cada mañana es un día nuevo, una promesa refulgente que nos limpia e ilumina y que ese despertar diario, cada amanecer, es la auténtica eternidad.

Como todo lo que cuesta mucho creer y lo que es difícil de comprender, es un asunto de lo más sencillo

jueves, 11 de junio de 2020

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (David Foster Wallace)


Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno, importante o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las demás opciones que esas elecciones descartan

Elijo leer a Foster Wallace como algo supuestamente divertido que volveré a hacer. Tenía curiosidad por saber qué puede dar de sí un crucero de una semana de duración a través de la mirada perspicaz de Foster Wallace, en esa acrobacia mental que hace para constatar lo que le rodea haciendo reales a los demás y con esa meticulosidad impecable e implacable tan suya.

Hay cierta sorprendente amabilidad en la extraordinaria forma en que los libros nos eligen porque ¿qué puede interesarme a mí un crucero de lujo en pleno confinamiento? Poco o nada, pero si quien lo cuenta es Foster Wallace, que es capaz de hacer un pulcro análisis de un folleto de publicidad de un crucero convirtiéndolo en un fino análisis sociológico y una crítica literaria inmaculada, que es un experto en intentar comprender el funcionamiento interno de cualquier cosa que os podáis imaginar, pues entonces la lectura se convierte en una experiencia divertida y estimulante.

No sé si se puede decir de este libro que es un ensayo, lo que sí se puede decir es que, sea lo que sea, es divertido. Pero divertido a la manera de Wallace: irónico, analítico, lúcido. Un observador meticuloso, obsesivo y maniático, con una gran capacidad para transmitir de forma mordaz, profunda y brillante a través de analogías potentes y descripciones muy efectivas (que no efectistas)

Quizás pienses que ciertamente un ensayo sobre un crucero de lujo no sea especialmente atractivo, pero si el filtro es la mente de Foster Wallace entonces estamos hablando de otro nivel. Cualquier cosa supuestamente aburrida (la espera para subirse al barco, la descripción del camarote, el folleto del viaje, la limpieza del propio camarote…) se convierte en un ameno y ocurrente ensayo filosófico y sociológico que no elude el hecho de que hay algo fastidiosamente triste en los cruceros de lujo.

Leer en plena pandemia lo absurda que puede ser la sociedad a través de los ojos de Wallace ha sido muy buena elección.

lunes, 8 de junio de 2020

Felicidades, por cierto (George Saunders)


De lo que más me arrepiento en mi vida es de las situaciones en las que no fui amable

Tengo sensaciones inquietantes con este libro. Y le digo libro porque lo he pagado como tal, aunque apenas sean un par de folios distribuidos hábilmente para vendernos un discurso de George Saunders en el que reflexiona sobre la bondad.

Si algo necesitamos ahora mismo, a la voz de YA, con urgencia, es bondad, amabilidad ¿Cómo no buscarla? ¿Cómo no querer regalarla, expandirla, contagiarla? Y cómo no querer leer sobre ella.

Y aquí viene mi encontronazo con este libro: me parece muy poco bondadoso vender una conferencia de Saunders llena de obviedades y reflexiones muy simples y manidas como un libro en el que se reflexiona sobre la bondad.

En verdad, y siento no ser bondadosa, reflexiones hay pocas. Consejos para jóvenes, sí. En ese sentido, pueden y deben regalar y leer este texto en las puertas de los institutos: háganlo. Es necesario que el futuro (¡el presente!) esté lleno de bondad, amabilidad y empatía. Hay que combatir el egoísmo y el egocentrismo. La amabilidad, según Saunders, llega con la edad, así que les dice a los jóvenes: daos prisa, acelerad el proceso, el egoísmo tiene cura (la amabilidad).

Pero, dicho esto, la comercialización de este discurso dado por Saunders en la ceremonia de graduación de una universidad de Siracusa me parece un claro ejemplo justo de lo contrario que pregona el propio autor.

No ser amable en mi comentario sobre un libro que precisamente habla de la necesidad de serlo me hace sentir especialmente incómoda, debo reconocerlo.

Lo mejor del libro (que, oye, es necesario darle bombo y platillo a la amabilidad, eso no admite discusión) no está dentro, está en la contraportada y es la cita de Henry James:Hay tres cosas importantes en la vida: la primera, ser amable; la segunda, serlo siempre; y la tercera, nunca dejar de serlo

Imaginad que una editorial coge la cita de Henry James, pone cada palabra en una página, adorna la otra un poquito con estrellitas y consiguen sacar un libro de tapa dura de unas 30 páginas por el módico precio de unos 10 euros.

Pues, más o menos, eso. 

jueves, 4 de junio de 2020

Tú eres eso (Joseph Campbell)


La mitad de los habitantes del mundo piensan que las metáforas de nuestras tradiciones religiosas son hechos. Y la otra mitad afirma que no son hechos. Como resultado, hay quienes se consideran creyentes porque aceptan las metáforas como hechos, mientras que los demás dicen ser ateos porque piensan que las metáforas religiosas son mentiras

Y entonces ¿qué? Es evidente: no se trata de hechos, sino de símbolos. Y no se trata de la denotación de las metáforas, sino de su connotación. El mensaje está en los símbolos, pero su interpretación ha de ser espiritual y personal. Los símbolos existen, la mitología existe, pero su interpretación ha quedado anticuada y dañada al haber sido interpretada como hechos por religiones institucionalizadas.

¿Qué nos queda? Releer la Biblia con nuestros ojos, con ánimo abierto a entrar en el núcleo de la mitología, de “leer” con el espíritu, con la conciencia de que todo, TODO, está AQUÍ y no fuera, que el reino está en la tierra, ahora y aquí, que el infierno es la atadura al ego y a los valores egoístas, que hay muchos caminos para llegar a la transcendencia, que el amor por la vida incluye la aceptación del dolor, que la eternidad se alcanza en nosotros mismos y nuestra verdad, que somos espíritu y materia, que si abrimos el chakra de nuestro corazón seremos espontáneamente compasivos (“el corazón es el comienzo de la humanidad”)

Si hay algo que tengo que reprocharle a este libro, y concretamente a Joseph Campbell, es que no haya llegado antes a mi vida. También tengo un reproche para mí: me faltan conocimientos para argumentar un par de pequeñas discrepancias con él. Discrepancias mínimas de las que soy consciente que son más fruto de mi desconocimiento que de un desacuerdo real. Pero la ignorancia es un estímulo y Campbell un excelente maestro para aprender. Y aunque me falten argumentos para resolver y debatir ese par de pequeños desacuerdos, me sobran razones para asentir, aplaudir y admirar los profundos conocimientos y argumentos de este gran mitólogo.

Revisar la tradición judeocristiana, abrir la mente, poner luz donde hay confusión está al alcance de muy pocos. Uno de esos pocos es Joseph Campbell.

«El problema en nuestra sociedad y en nuestras escuelas consiste en saber inculcar, sin excesos, la idea de la educación, como en el latín “educere”: conducir, sacar lo que está dentro de cada uno, en vez de limitarse a adoctrinar desde el exterior»

martes, 2 de junio de 2020

Piezas en fuga (Anne Michaels)


La historia es amoral: sucedieron hechos. Pero la memoria es moral; lo que recordamos conscientemente es lo que recuerda nuestra conciencia

Si cada momento son dos momentos entonces ninguna guerra acaba cuando dicen que se acaba. Se terminan los hechos, vienen otros, pero quedan los recuerdos y la llaga, la maraña emocional, sus fantasmas y códigos de silencio. Queda el pecio, los restos del naufragio intentando ser regurgitados de una masa de agua y lodo creada por la barbarie nazi.

El tiempo es un guía ciego”, así comienza el libro y así nos guía Anne Michaels por él, como si sus protagonistas recorrieran su pasado a ciegas, con una memoria de lluvia e incorpórea y con una superficie vaga de la que perciben su peso antes que su contorno. El recuerdo incierto, piezas en fuga que intentan atrapar con una comprensión tardía del horror y un estremecimiento brutal de lo vivido, tan atroz como un cuerpo desprovisto de su carne.

Anne Michaels muerde el lenguaje para volverlo cálido dentro de tu boca, esa cavidad en la que el lenguaje (con su poder para destruir, pero también para restaurar) rebulle inquieto mientras dejas que los silencios se llenen de concavidades oscuras. Se arcilla y deja que la sangre fluya de nuevo como si volvieras a casa y amaras lo amado mientras la piel te arde, cauterizando las heridas de las ausencias.

El magnético lirismo sacrifica la solidez de una historia, una trama y unos personajes que a veces se cuartean, como si la prosa poética no pudiera sostenerles con la suficiente consistencia.

“Piezas en fuga” es una cartografía de la indestructibilidad del ser humano. Un libro moteado de poesía, horror y belleza, tierra y naturaleza. La tierra como un vientre fecundo y granuloso, vida germinando fantasmas del pasado a los que hay que dejar ir porque “permanecer con los muertos es abandonarlos” y ellos nos empujan de vuelta al mundo, porque eso es la vida: destellos, fulgores en la oscuridad.

Amar desde la ausencia de lo amado, recordar perforando la culpa y dejar que el amor te libere.

Escribe para salvarte a ti mismo y algún día escribirás porque estás salvado

viernes, 29 de mayo de 2020

El beso (Kathryn Harrison)


Existe un enfermizo vínculo íntimo entre el traidor y la víctima de la traición

Abuela grita y hace agujeros en las fotos. Madre duerme, ajena a las necesidades de su hija. Madre es fría y distante. Hija no entiende que madre se esconde en el sueño. Padre no está. Padre está ausente pero demasiado presente. Padre es un hombre de Dios. Hija duerme también.

No todos los besos son inocentes.

Leo sin hacer juicios de valor, intento practicar la “compasión difícil”, la compasión por el verdugo. Aquí hay un verdugo claro, egoísta y narcisista. Manipulador. ¿Cuándo alguien es lo suficientemente adulto como para que la escisión emocional provocada por una familia disfuncional te lleve a actuar correctamente ante la manipulación más vil, provocada por tu propio padre? ¿A los 18, los 20, los 40? Pero también aquí hay que practicar una compasión activa, esforzada, con la víctima.

Sentimos y actuamos. Si los sentimientos son confusos la actuación será confusa. Katryn fue una víctima. Que su brutal honestidad nos adentre en la complejidad emocional que se produce en una relación incestuosa no debe impedirnos ver su vulnerabilidad. Su aparente consentimiento no la hace menos víctima.

Lo que inquieta es que nos saca de un cliché fácil y cómodo en el que se tiende a juzgar en términos binarios y simplistas. No nos gusta sentirnos cuestionados, inquiridos. Nos gusta que las cicatrices sean visibles y nítidas y poder decir (sin dudas): ahí hubo una herida. Nos confunde y turba si la cicatriz se la causa una misma. Nos gusta que los malos estén en un lado y los buenos en otro, separados por un amplio y visible espacio. Pero ese espacio físico no existe. Nos gusta que las víctimas sean los “buenos”, que digan NO (“no es no”). ¿Pero si dice SÍ? entonces ya no es víctima, sentenciamos presurosos. Juzgamos.

No desvelo nada que no se sepa ya: esta es la historia de la relación incestuosa que la propia autora mantuvo con su padre, cuando ella tenía 20 años y él 40. Escrito con una prosa muy equilibrada, si queréis leer un libro que provocará un vivo debate en cualquier club de lectura, aquí tenéis uno bien polémico.

martes, 26 de mayo de 2020

Zarza-Rosa (Éric Chevillard)


Quisiera estar en todas partes a la vez, como el agua cuando se lo propone. Si miras la nube, te pierdes la flor

Zarza Rosa es una niña intensa y con una viva imaginación que escribe en su cuaderno secreto con la intención de que nadie lo lea, aunque se dirige a sus presuntos lectores. Así pues, es y no es secreto. Parece y no parece. Es y no es. Las contradicciones provocadas por las múltiples vertientes de la realidad. El cuaderno está escrito con ese tono cercano e íntimo propio de los diarios que hace que el lector se sienta como un intruso.

Zarza Rosa no es una narradora fiable, no porque sea una niña, sino porque aquello que no recuerda o no sabe lo inventa, como si fuera un sueño que pudiéramos elegir tener por la noche. Pero inventar en ella es una necesidad salvadora, inevitable cuando la realidad que te rodea es confusa, limitada y parcial.

A Zarza Rosa todo le parece hermoso, no tanto las personas, pero sí todo lo que le rodea. Es tanto su disfrute de las pequeñas cosas que te obliga a mirar a tu alrededor para comprobar si no te estás perdiendo algo, si no hay algo maravilloso en cada cosa que ves. Y que no estás viendo.

Ella sabe que hay cosas que no sabrá nunca, pero ser consciente de la ignorancia no implica aceptarla ni tampoco evita enfrentarse a lo que sí se sabe. Y por eso inventa encontrando verdades en aquello que imagina y porque a través de lo falso también se puede llegar a lo verdadero.

Los lectores asistimos al vaivén de sus pensamientos, fragmentados y saltarines, que ella hila con una lógica interna (que no es verdadera ni falsa pero es lógica) que sostiene los fragmentos, con la fantasía propia de la infancia pero también de una mente rota, con una mente viva e hiperactiva que atrapa todos los estímulos, los relevantes y los que no lo son, que yerra en sus prioridades, con una excitación propia de quien tiene un miedo nuevo, insospechado, y no sabe qué hacer con él, salvo esquivarlo poniendo la atención en otro lugar, real o imaginado.

Zarza Rosa es también una reflexión sobre el lenguaje y la escritura. Un pequeño gran libro con una ternura, belleza, profundidad y un humor entrañable y no exento de crudeza.


viernes, 22 de mayo de 2020

Nevada (Claire Vaye Watkins)


Al final, no puedo dejar de pensar en los principios

Los principios… ¿dónde, cuándo, cómo, por qué empieza todo? No podemos cambiar esa primera vez que desencadena una historia, una vida, una actitud. Algo hace “clic” y todo se desata, y a veces asistimos a toda esa secuencia como espectadores de nuestra propia vida, inermes ante los hechos, desbordados, incapaces de rebelarnos a lo que llamamos destino. Y todo porque algún día algo que no estaba bajo nuestro control nos hizo un camino que, si pudiéramos elegir, nunca habríamos escogido recorrer.

Y, sí, de principios e inicios va “Nevada”, pero también de lugares. Los lugares donde suceden las cosas son importantes, es el envoltorio imprescindible, el eslabón necesario. El lugar también es identidad. También somos eso, el paisaje que nos rodea. Y Nevada es un lugar árido y agreste que aúna los extremos del ser humano y la naturaleza: desierto, sexo, despilfarro, avaricia, artificio, desenfreno… y también comprensión y humanidad.

No se puede ayudar a quien se ama

Diez relatos que abordan temas como las ausencias y pérdidas, la aplastante carga del pasado, la imposibilidad de redimirse y la capacidad de mantenerse a flote sosteniendo heridas que se abren y cierran una y otra vez, de amar el dolor para el que no hay bálsamo con una honradez ajena al sufrimiento, de pertenecer a un lugar, de cuánta soledad somos capaces de gestionar y de la memoria como un túnel.

Diez relatos con un armazón lo suficientemente sólido como para sostener todo el libro, historias diferentes unidas por un lugar común: Nevada. Y la capacidad de Vaye Watkins para transmitirnos ese lugar, la urdimbre que construye en quienes lo habitan, un lugar en el que sobrevive quien resiste. Esa perfecta combinación entre sensibilidad y el escenario en el que transcurren los relatos es una habilidad notable de Watkins que convierte “Nevada” en un brillante libro de relatos que dejan poco resquicio para la inocencia, entre una prosa franca, tramas ingeniosas y personajes bastante memorables que se mueven como equilibristas sobre un alambre… lleno de púas.

Cómo se aferra lo estéril a lo fértil

martes, 19 de mayo de 2020

Gilead (Marilynne Robinson)


«Cuando la gente viene a hablarme, de lo que sea, me impresiona una especie de incandescencia que hay en ella, ese “yo” cuyo verbo puede ser “quiero” o “temor” y cuyo predicado puede ser “alguien” o “nada” y en realidad no importa, pues el encanto está precisamente en esa presencia, moldeada alrededor del “yo” como la llama en torno a la mecha, que surge en forma de pesadumbre y culpa y gozo y lo que sea, pero rápida, ávida e ingeniosa»

Qué gran narradora es Marilynne Robinson y qué difícil es lo que hace siendo tan fácil leerla. “Gilead” tiene un trasfondo religioso y teológico innegable pero, te interesen o no estas cuestiones, vas a conectar inevitablemente con su humanismo y con la gran sensibilidad que desprende en relación al ser humano y la existencia. Su prosa sosegada, honesta, acogedora, refleja un gran respeto que impele al lector a reconciliarse con las personas, con el vivir.

“Gilead” es una celebración de lo humano, una narrativa sencilla pero con una sólida construcción, que se aleja del tono sentimental y demagógico para abordar las motivaciones de su narrador con una profunda lucidez y con una transparencia muy generosa en ese escrutinio introspectivo que hace John Ames en una extensa carta dirigida a su hijo para que la lea cuando él ya no esté.

No siempre la voz narradora es fiable. No es el caso de John Ames, fiable y confiable, acogedora y profunda, sin esquivar ni misterios ni espinas. No soy nada fan de los sermones pero el abordaje de Robinson es lo suficientemente reflexivo e inteligente como para esquivar ese tono populista de muchas arengas, convirtiendo su discurso en una invitación al diálogo y a la reflexión, a una meditación profunda y serena.

Las enrevesadas relaciones entre padres e hijos es uno de los pilares que componen la columna vertebral de “Gilead”, también la soledad, la melancolía, las guerras, la comunidad, la religión, la vida… Todos ello abordado desde la calma, la amabilidad, el respeto y el cuidado. “Gilead” es, fundamentalmente, un enorme agradecimiento a lo cotidiano y ordinario, la vida como un milagro. Un libro conmovedor y acogedor de gran espiritualidad que cautiva sin falacias.

sábado, 16 de mayo de 2020

Entre cielo y tierra (Jón Kalman Stefánsson)


Pero la realidad nunca se aleja mucho de ti, nunca consigues huir de ella más que un momento, vivos y muertos están sometidos a ella y por eso es una cuestión de salud del alma, de cielo o infierno, convertir la realidad en un lugar mejor

Entre cielo y tierra, el mar. Entre cielo y tierra, quienes la habitan. Entre cielo y tierra, la naturaleza. Entre cielo y tierra, la realidad. La realidad con su hielo y su lava, su blanco y su negro, su frío y su calor, sus múltiples versiones de ella misma. La realidad es una miscelánea poliédrica. Y desconcertante. Pero es el lugar que habitamos. Lo que hay entre cielo y tierra es el espacio en el que nuestro destino se cumple mientras intentamos comprender lo inabarcable: la vida.

Stefansson nos habla de una época y un mundo perdido en el que el sufrimiento, una vez más, ejerce de poderosa metáfora sobre la vida, la muerte y la existencia. Con una prosa robusta y revestida hábilmente de un potente y atractivo tono poético, no esconde la luz ni el consuelo, pero tampoco la oscuridad, las tormentas, el olvido y los silencios.

La búsqueda espiritual requiere de una energía que es absorbida por la necesidad que requiere una realidad más tangible y menos mística: hay que trabajar, comer, tener un techo. No podemos abarcar toda la vida y muchos aspectos ineludibles de la misma pueden ser un doloroso aprendizaje. Doloroso y necesario.

Con una voz coral, colectiva, la voz de quienes ya no están y con una memoria frágil que deambula entre lo olvidado y lo recordado, “Entre cielo y tierra” tiene espacio también para la belleza, la amistad y la compasión, como una flor obstinada que nace en el asfalto y no escatima un ápice de su majestuosidad, rebelde y atractiva en medio de un entorno hostil gritando al mundo con su presencia que “es estupendo existir.

Por fin, mi reconciliación con la literatura islandesa.

El infierno es tener brazos y nadie a quien abrazar

sábado, 9 de mayo de 2020

Juntos todavía (Yves Bonnefoy)


Me acuerdo. ¿Es recordar?
¿O es imaginar? Atravesar fácilmente
La frontera entre todo y nada

En las páginas de cortesía o respeto (las hojas en blanco que hay al principio y/o final de todos los libros) suelo escribir mis notas de lectura. Instantes que se derraman buscando ser atrapados, solidificarse en el recuerdo. Claves que intento aferrar para dejarme pistas a mí misma. Bocetos sin forma definida. A partir de esas notas (no todas, ya escribo con red) suelo elaborar mis comentarios. Estas son, tal cual, algunas de las anotaciones que hice en este libro:

Poesía de lo cotidiano. Cercana como la piel que me envuelve.

Bonnefoy oye porque escucha, ve porque mira, pisa porque camina. Escribe porque escucha, mira y camina.

La certeza de las dudas, las dudas de los recuerdos, la consistencia de una mano amiga/amada.

La luz ilumina, pero también tiembla.

¿Cómo saber?: siendo (aquí, ahora, cerca). El futuro es ya.

La verdad de lo sencillo, dejarlo vibrar.

Este libro es un acto de generosidad. Verso o prosa, es un homenaje a la poesía y a la vida vivida y vívida.

Quiero esa mirada fresca, atrevida y reverencial de Bonnefoy, capaz de recomponer las imágenes rotas y hacer que el espíritu regrese a tu cuerpo, calmo y calmado.

Un cántico de lo finito reclamando la belleza y la espiritualidad de lo terrenal.

Los colores, vivos. Las palabras, cálidas y claras. Ciertas.

Memoria, recuerdos, tiempo, historia, inmediatez y belleza. Aprender a volver.

Conservar la belleza: paisaje, color, mano, amigos, amante, niños…

Poesía serena, concreta, firme, sensible y sabia.

Reinventar la esperanza.

Siento que la poesía de Bonnefoy cuida de mí como un regalo que necesitaba sin saberlo.

Con estas notas compongan el post que esperaban haber leído o la reseña que nunca escribo. Y lean a Bonnefoy con el corazón agradecido porque sus palabras apaciguan y sosiegan como una noche plena de luz en el ocaso de la vida. Conmovedor y maravilloso.

El infinito no es extensión sino profundidad,
Es donde desciende una vida que se vuelca
En el absoluto de otra, es la luz
Que nace de sus manos juntas en la noche

lunes, 4 de mayo de 2020

Solaris (Stanislaw Lem)


Has de estar preparado para cualquier eventualidad. Es algo imposible, lo sé. Pese a todo, inténtalo. Ese es el único consejo que puedo darte ahora. No conozco ningún otro

Y por fin alcanzo la fase 1 de mi (meta)confinamiento personal: vuelvo a leer. Ese libro que me retiene una página y otra y ya no abandono hasta la última. ¿Por qué este libro y no otro? Porque él me eligió a mí cuando decidí dejar de ser yo la que eligiera, en un esfuerzo desafortunado por mantener unos parámetros de “normalidad” que ya no funcionaban. En la página 33 de Solaris encuentro la cita anterior y sé que ya no voy a parar de leer. Se rompen las barreras de lo previsible para dejar paso a lo improbable.

Porque de eso se trata: abandonar toda la lógica previa, todos los valores, certezas, creencias… que me sostenían. Dejar de atragantarme con un mundo que nunca he podido abarcar ni comprender. Dar rienda suelta a los misterios de lo inexplicable, los centelleos de la imperfección, la seguridad de lo inestable, la probabilidad de un vacío amable. La inextricable tarea del acto de comprender es de una magnitud tal que la única interpretación posible es que, para estar a la altura de las circunstancias, tienes que aceptar tu propia insignificancia y la futilidad de la humanidad.

Y, de alguna manera, eso me liberó: admitir no sólo la belleza sino también la fealdad, lo improbable e imposible, la menudencia, la lógica de la espera, la ilógica de las ilusiones, el espanto clandestino, reventar el quiste del miedo, adentrarse en lo inverosímil, perder el miedo a la verdad aunque no la comprenda, lo desconocido como un nuevo amanecer. Lo inconcebible es mi nueva forma de vivir.

Solaris tiene mucho que ver con esto, refleja nuestra incapacidad para interpretar el mundo con claves que no sean humanas y, a la vez, creernos los reyes del mambo, controladores y casi que creadores de nuestro planeta Tierra, del universo y del cosmos, pese a las limitaciones de la inteligencia humana. Y la casa sin barrer. Y luego pasa lo que pasa: que en vez de escoba, tenemos que tirar de lejía.

Lem conjuga de forma muy personal literatura, filosofía y ciencia gracias a una orfebrería narrativa llena de sátira e inteligencia, basada en el pesimismo pero también en la esperanza implícita tanto en la modestia como en la aceptación de la complejidad de la existencia.

Yo había llegado hasta allí para encontrarme con el océano y con nadie más