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martes, 7 de abril de 2026

Liquidación (Imre Kertész)


 Entonces entré en casa y escribí:

Es medianoche.

La lluvia azota los cristales.

No era medianoche.

No llovía” (Monroy, Samuel Beckett)


Esta es la cita que nos encontramos nada más empezar “Liquidación”. Siempre me detengo en ellas porque pienso que estas citas iniciales son como una luz que alumbra aquello que vamos a leer, una clave de lectura, una declaración de intenciones. Y esta cita de Beckett me remitió a la discrepancia entre realidad y palabra, a la ficción como mentira y verdad, al autoengaño y la creación de sentido, al abismo entre el lenguaje y la experiencia… En definitiva, a la evidente tensión entre vivencia y narración. Y con ese espíritu me adentré en “Liquidación”.


Todo comienza con el suicidio de B., escritor y superviviente del Holocausto. Su muerte deja a sus amigos desorientados, especialmente a Keserü, su editor, que se obsesiona con encontrar la obra inédita de B. La búsqueda, casi detectivesca, lo arrastra a unos manuscritos: textos turbios, confesiones, fragmentos de desesperanza.


Liquidación” transcurre en Budapest en 1999, una década después de la caída del régimen comunista en Hungría, un período de transición marcado por el desmantelamiento del sistema socialista, la incertidumbre política y social y la revaluación del pasado. Es en este contexto nos encontramos a unos personajes (intelectuales todos ellos) que han perdido sus marcos ideológicos, con una libertad que no saben cómo manejar, sin fe en el futuro y que además cargan con un vacío heredado: el legado mudo del Holocausto y de la represión comunista.


Para B., que lleva en su interior las cicatrices dejadas por el horror del Holocausto, el odio es lo que le ha mantenido vivo, una reacción al trauma que se convierte en el eje de su existencia (“la obstinación de vivir”). No solo odia a sus verdugos: odia la vida misma, su propia supervivencia, la impotencia de expresar el espanto sin degradarlo a una simple anécdota. B. representa la negación de la esperanza, Keserü por su parte se agarra a la idea de que la escritura es lo único que otorga sentido a caos.


Kertész plantea un juego intertextual que puede desorientar. “Liquidación” no se cuenta de un solo modo: se entreteje con la voz de Keserü, pero también con cartas, manuscritos y fragmentos de una obra de teatro escrita por B. (que lleva el mismo título y que parece escribir el futuro antes de que ocurra). Esa estructura matrioska (una obra dentro de otra) trastoca la linealidad y hace que Keserü oscile entre narrador y personaje, como si caminara dentro de un texto que ya lo ha previsto.


Liquidación” es un testimonio de la dificultad de representar el horror. La cita de Beckett subrayaba ya inicialmente la imposibilidad de capturar la realidad en palabras. Hay una soledad que no solo es emocional, sino ontológica: hay historias que nadie más puede vivir ni comprender realmente. Narrarlas sería traicionarlas. No hay lenguaje suficiente para esa realidad, no lo hay. La escritura es siempre una aproximación, una tentativa de dar forma a lo informe. Y así, la literatura (eso parece querer decirnos Kertész) no puede revocar Auschwitz, pero sí puede hacernos reflexionar sobre cómo vivir con el pasado sin ser devorados por él y sobre cuál es el papel de la literatura en este proceso.


¿Cómo recordar sin convertir el recuerdo en una mercancía? ¿Cómo honrar a las víctimas sin reducir su sufrimiento a una lección de historia? ¿Se puede vivir después de Auschwitz? ¿Y si seguir vivos fuera, en sí mismo, una forma de traición?


Kertész no parece un autor interesado en ofrecer certezas, sino en mostrar la lucha humana con preguntas que no tienen respuesta clara. Y en ese sentido, dejar a Keserü (y a los lectores) en la incertidumbre es una forma coherente de mantenernos atrapados en esa angustia existencial que impregna “Liquidación”. Kertész parece saber que el verdadero acto de valentía es vivir sin respuestas definitivas, aceptando que el mal, la incertidumbre y la ausencia de sentido están ahí, tan reales como nosotros mismos.


El único vínculo verdadero entre dos personas es la conciencia de culpa


Gracias, Imre Kertész. Gracias, Adan Kovacsics (traductor)


©AnaBlasfuemia



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