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jueves, 1 de octubre de 2026

Mujeres en la noche (Maja Haderlap)

“Los sentimientos ¿Qué se podía hacer con ellos?”


No es una pregunta que suene conflictiva o abismal, suena más bien a algo que no sabes qué hacer con ello ni dónde colocarlo. De esa idea se nutre “Mujeres en la noche”: de una familia (y, sin forzar demasiado, de muchas familias) en la que no se hablaba de sentimientos porque no era la costumbre. No es que estuviera prohibido, simplemente no se hacía. Se vivía, se trabajaba, se cuidaba, se seguía adelante. Y lo que se sentía iba quedando en una especie de trastienda interior, sin palabras, sin contraste, sin réplica. No como un trauma espectacular ni patológico, sino como fondo.


Primero escuchamos la voz de Mira, la hija que vuelve, que mira hacia atrás, que intenta entender qué fue aquello que vivió como normal y que ahora, desde el presente, se le vuelve extraño. Después se da paso a la voz de Anne, la madre, de modo que ya no es solo la hija quien interpreta el pasado, sino que ese pasado se cuenta desde dentro, desde una experiencia vital distinta, con otros límites y otras lógicas. El cambio de voces provoca que experimentemos la vida interior de dos generaciones como dos maneras distintas de responder, guardar, silenciar o nombrar lo vivido bajo la misma historia familiar.  


Entre ambas voces asistimos a una vida familiar atravesada por un marco histórico y geográfico muy concreto (la Carintia del sur, la minoría eslovena, la presión de una identidad vigilada) que funciona como un contexto que moldea y condiciona hábitos, silencios, formas de estar en el mundo. Y lo hace en lo cotidiano: en cómo se habla (o se calla), en lo que se hereda sin nombrarlo, en la manera de asumir.


Haderlap no va a dramatizar con esa herencia ni la va a convertir  en denuncia. Por eso el libro avanza a través de una reorganización del pasado que permite entender su lógica interna sin necesidad de perdones ni condenas. Es algo muy reconocible: la extrañeza de encontrarte con tu yo del pasado y constatar que aquello que entonces parecía natural (aunque no lo entendieras) ahora ya no lo es, no porque estuviera “mal”, sino porque respondía a unas reglas que ya no compartes.


El cambio de voces (hija y madre) evita que el libro se convierta en un ajuste de cuentas generacional. Ninguna de las dos tiene la última palabra. Cada una habla desde su posición, desde su modo de haber aprendido a gestionar lo que sentía y Haderlap no va a forzar reconciliaciones, tampoco propone una lectura emocional, más bien muestra cómo se construyen vidas enteras a partir de silencios heredados, de afectos no formulados, de una normalidad que no se piensa porque pensarla sería arriesgado.


Quizá por eso, aunque el libro parta de una experiencia histórica y geográfica concreta (lejana para mí), termina siendo muy cercano. No porque invite a la identificación sentimental, sino porque describe un funcionamiento. Y ese funcionamiento (familias que viven sin hablar de sentimientos, contextos que enseñan a callar, vidas que se organizan sin relato) no necesita traducción ni pasaporte. Basta con verlo ordenado, por una vez, para reconocerlo.


“Mujeres en la noche” no responde a la pregunta de qué hacer con los sentimientos. Se limita a mostrar qué ocurre cuando esa pregunta se aplaza, cuando se hereda sin formularla, cuando se integra en la normalidad. Tal vez no hablar sea una forma de mantenimiento de la vida: se calla para no herir, se calla para no molestar, se calla porque nadie nos enseñó un lenguaje para compartir lo que se siente y que mueve mucho de lo que (nos) ocurre.


Gracias, Maja Haderlap. Gracias, José Anibal Campos (traducción)


©AnaBlasfuemia

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