domingo, 1 de noviembre de 2026
El rey de las hormigas (Zbigniew Herbert)
De Ana Blasfuemia
“No solo se huye de los enemigos, sino también del peso de los vínculos (lo hacemos todos o, por lo menos, todos conocemos bien esa tentación)”
“El rey de las hormigas” es un libro póstumo de Zbigniew Herbert, reconstruido a partir de relatos, apuntes y borradores en los que trabajó durante décadas, pero que nunca llegó a ordenar como un volumen definitivo.
Por estos textos circulan mitos conocidos (Narciso, Atlas, Cerbero, los mirmidones) contemplados desde un lugar poco habitual. Herbert devuelve a las figuras míticas una condición reconociblemente humana y despoja a la tradición de buena parte de su solemnidad. Lo hace mediante una ironía unas veces apenas perceptible y otras más descarada. Esa combinación (material clásico muy cargado de tradición y una escritura que no lo trata con reverencia excesiva) lo convierte en una lectura muy amena. La mirada de Herbert es culta, grave cuando toca, pero también lateral, burlona, minuciosa, poco dispuesta a entregar solemnidad gratuitamente.
Los mitos le sirven como estructuras de pensamiento y como instrumentos irónicos capaces de decir oblicuamente aquello que perdería fuerza enunciado con reverencia. No rompe el mito ni se limita a parodiarlo, pero tampoco lo respeta como pieza intocable. Les quita a sus personajes la tarima, los baja unos cuantos peldaños y les devuelve algo de polvo, de torpeza, de cercanía. Lo fascinante es que, al hacerlo, no los empequeñece. La mitología deja de funcionar como decoración culta y recupera su capacidad para hablar del poder, la obediencia, la estupidez, la fe en las abstracciones, los disparates que pueden cometerse en nombre del progreso y la facilidad con que una comunidad se deja arrastrar hacia una ficción colectiva sin necesidad siquiera de creer en ella (¿os suena?).
El texto que da título al libro, centrado en los mirmidones (los hombres nacidos de hormigas en la tradición ovidiana), muestra con especial claridad esa capacidad del mito para pensar problemas plenamente contemporáneos: la organización colectiva, la autoridad y la relación entre el individuo y el grupo. Herbert desplaza la historia hacia una sátira de la política, la pedagogía, la producción de discursos y la circulación de ideas.
En el centro aparece un viejo delirio: la creencia de que una colectividad puede mejorarse desde arriba mediante un plan, una doctrina, una terminología correcta, una reforma del lenguaje, una educación obligatoria, filósofos a sueldo, transportistas de ideas o cualquier otra manifestación de la superstición racionalizadora. Pero los mirmidones, satisfechos con su existencia, se resisten a que otros les enseñen a vivir. Incluso se ríen de quienes pretenden reformarlos, aunque su resistencia conviva con una fidelidad bastante menos liberadora a las viejas jerarquías. La paradoja es muy significativa: un gobernante convencido de que debe mejorar la vida de sus súbditos acaba necesitando fabricar los problemas que justificarían sus reformas. Todo esto aparece narrado sin tono doctoral y sin la pesadez del escritor empeñado en exhibir su lucidez. La ligereza seca, casi tranquila, con que Herbert lo cuenta vuelve la sátira aún más punzante.
Herbert entendía algo que convendría recordar: el poder organiza las vidas y también las palabras. Cambia los nombres, depura el vocabulario, introduce una jerga, inventa una pedagogía, fabrica una identidad, inculca culpa y promete un futuro mejor. Cuando ese mecanismo ya está funcionando, la violencia puede presentarse como su consecuencia natural. En “El rey de las hormigas”, además de una ironía magnífica, sobrevuela una intuición mucho más sombría: la voluntad de mejorar una comunidad puede terminar convirtiéndose en una forma de violencia contra quienes nunca pidieron ser mejorados.
Me lo he pasado muy bien con un escritor que desconfía de las palabras altisonantes, de los relatos tranquilizadores y de la inteligencia enamorada de sí misma. Herbert vuelve al mito y lo emplea como se emplean las buenas herramientas: sin reverencia y sin frivolidad. No busca apropiarse del prestigio de la tradición, sino continuar pensando dentro de ella y, desde allí, incomodarla.
Gracias, Zhigniew Herbert. Gracias Anna Rubió y Jerzy Sławomirski (traducción)
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