lunes, 2 de marzo de 2026

El volumen del tiempo I y II (Solvej Balle)

Llevamos en nosotros lo impensable todo el tiempo


Tara Selter se despertó un 18 de noviembre en un hotel francés y se quedó atrapada. Tara descubre que todos los días son el mismo día, pero su cuerpo envejece, las heridas cicatrizan, el mundo sigue existiendo, las estaciones no avanzan, el calendario se queda congelado. Sin embargo, cuando intenta contárselo a alguien, el tiempo de los demás no se detiene, se detiene el suyo. Y mientras tanto se lava los dientes, hace café, discute con su pareja, repasa mentalmente el inventario de su librería.


Reconozco que esto, sobre el papel, me fascinaba: el peso de estar atrapada en un día que los demás viven una sola vez, la imposibilidad de compartir la experiencia sin parecer loca, la manera en que el papel y los cuadernos se convierten en los únicos testigos fiables de que algo se acumula. Me interesaba ver cómo una conciencia intenta adaptarse a una vida sin mañana y sin pasado, solo con un hoy multiplicado. Y reconozco que Balle tiene una habilidad real para que lo minúsculo y lo cotidiano no se le caiga nunca: los objetos, los gestos, las repeticiones de la vida en pareja, la forma en que una se acostumbra a ver siempre los mismos edificios y, de repente, solo cuando pierde el tiempo lineal, los mira de verdad. Se nota que la autora lleva décadas dándole vueltas a esta historia: hay una especie de cálculo milimétrico en la manera en que coloca las escenas, casi como si estuviera probando un experimento en un laboratorio.


El problema, para mí, aparece cuando ese silencio se prolonga durante demasiadas páginas y empieza a parecer una sala de espera. En “El volumen del tiempo la sensación de que la historia avanza hacia algún lugar se rompe de forma deliberada. Esa es la gracia del invento y, al mismo tiempo, su riesgo. El proyecto consiste justamente en eso: sacar al personaje del tren del tiempo y dejarla en una vía muerta, a ver qué pasa con la conciencia, con el amor, con la culpa, con la imaginación cuando ya no existe un “mañana”.


El problema es que mi cuerpo lector obedece a otro tipo de reloj. Mientras avanzaba (avanzaba es un decir) con Tara por el 18 de noviembre, me encontraba atrapada en una especie de disonancia íntima. Por un lado admiraba la precisión con la que Balle convierte el bucle en experiencia: ese modo de hacer que volvamos a mirar el cepillo de dientes, la taza, el pomo de la puerta, como si el mundo fuera un escenario que se monta y desmonta cada noche. Por otro, sentía que el libro se me empezaba a escurrir por la categoría más peligrosa que le puedo aplicar a una lectura: no es tanto “he leído un libro” como “he completado el primer tramo de una estancia en el purgatorio”.


En mi caso pesa mucho el conocimiento de que este proyecto no se resuelve en un libro ni en dos. Se anuncia como un ciclo de siete y eso no es un dato neutro. Afecta a cómo leo: contamina cada escena con la sospecha de que muchas cosas se están guardando para más adelante, de que este primer tramo no puede ni debe dármelo todo. Yo puedo aceptar con gusto que una novela deje puertas abiertas, huecos, ambigüedades; otra cosa es comprometerme a siete volúmenes de un día que no pasa, solo porque al final del primero se agita una llave.


Y aquí entra el punto que menos me ha gustado de Balle: el uso del final tipo serie televisiva. Durante buena parte del libro la sensación es de suspensión pensada, de rareza cotidiana que se despliega sin prisas ni golpes de efecto. De repente, en las últimas páginas, aparece una especie de giro, un fogonazo que cambia el ángulo, como si alguien hubiera decidido que, para que yo no abandone la serie, tiene que pasar “algo gordo” justo antes de que aparezcan los créditos.


Entiendo la lógica interna: en una vida que se repite una y otra vez, un detalle que se escapa a la norma puede ser un terremoto. Entiendo también la lógica editorial: si vas a publicar siete entregas, cada una tiene que dejar al lector lo bastante inquieto como para volver a la librería la próxima temporada. Pero en mi lectura ese gesto se ha sentido menos como una necesidad del libro y más como una concesión al formato, como si hubiera una desconfianza de fondo hacia la propia fuerza de la repetición y hubiera que complementarla con el truco del cliffhanger.


Me incomoda porque traiciona, un poco, lo que el libro hace mejor. Lo más interesante de “El volumen del tiempo” no son los posibles giros de trama, sino esa insistencia en mirar el mundo detenido desde todas las aristas, en ver cómo una mente se adapta (o no) a una situación que convierte el tiempo en pliegues. Ahí sí conecto con Balle: con la idea de que la escritura, los cuadernos, las listas, son una forma de seguir midiendo algo aunque el calendario haya dejado de servir. Con ese pedirle al papel que recuerde por ti y te recuerde que existes.


Aun así, cuando cierro el libro y miro los números, me hago una pregunta incómoda: si todo esto no podría haberse contado en un solo volumen, grande, denso, difícil, pero uno. Un libro-tocho de 700 u 800 páginas que asumiera su monstruosidad de golpe y nos dejara dentro de ese 18 de noviembre el tiempo que hiciera falta, sin invitarnos a salir de la piscina cada cien páginas para volver a pagar entrada.


Sé que, en el origen, la decisión de fragmentarlo no fue una ocurrencia cínica de una gran editorial: Balle montó su propio sello para publicarlo, lleva media vida obsesionada con esta estructura, piensa cada tomo como un campo temático. Lo sé porque lo he buscado, porque me interesa la motivación de los proyectos largos. Pero mi cuerpo lector no convive con la biografía de la autora, convive con la experiencia de lectura concreta. Y desde ahí, por muy legítima que sea la intención, el resultado se me parece demasiado a una serie troceada en entregas, con la promesa implícita de que “ya mejorará” en el tercer, cuarto o quinto volumen.


Cuando llegué al final del primer volumen y apareció el gesto de “continuará” disfrazado de giro significativo, la sospecha se reforzó: el libro había funcionado como una especie de episodio piloto de serie. Mucha atmósfera, mucho planteamiento del experimento y en las últimas páginas el movimiento brusco que te empuja al siguiente capítulo. Decidí seguir. Tenía el segundo y quería comprobar si el proyecto encontraba su forma o seguía girando sobre sí mismo. Lo intenté. No lo conseguí.  Y no me veo leyendo mas libros sobre lo mismo, o sobre lo casi lo mismo. No porque el proyecto sea “malo” (no lo es), sino porque el tipo de pacto que me exige no coincide con la forma en que yo necesito que una historia, por muy experimental que sea, se abra y avance.  Llega un momento en que una tiene que decidir si quiere seguir en ese juego o no. Yo he decidido que no.


No es una cuestión de “me aburro con las cosas lentas”. He leído muchos tochos, y he disfrutado esas lentitudes cuando sentía que se abrían hacia algún tipo de transformación, aunque fuera mínima, aunque fuera dolorosa, aunque no hubiera enseñanza. Aquí, en cambio, la lentitud se combina con una estructura seriada que me coloca en un lugar que me resulta irritante: el lugar de la rehén que sabe que la puerta solo se abrirá del todo en el séptimo libro y que, mientras tanto, tiene que aceptar finales inconclusos dosificados.


Tara seguirá dando vueltas en su 18 de noviembre, Solvej Balle seguirá ampliando el experimento en los tomos que me faltan, y otras lectores encontrarán en ese bucle justo la experiencia que buscan. Yo, por mi parte, he decidido bajarme en la estación del segundo volumen. No porque el libro sea un desastre, sino porque no quiero dedicar siete tomos a sentir que el tiempo no pasa, ni dentro ni fuera de la página.


Gracias, Solvej Balle. Gracias, Victoria Alonso (traducción)


©AnaBlasfuemia




miércoles, 25 de febrero de 2026

Lo que dijo Harriet (Beryl Bainbridge)

La ira de Harriet era siempre más estimulante que su condescendencia


A veces llegas a un libro con una idea previa con pretensión de brújula (“basada en un hecho real, hay versión cinematográfica”,…), y Beryl Bainbridge, que no tenía vocación de guía turística ni de conserje moral, te quita el mapa con una educación impecable y una sonrisa que tampoco es que tranquilice, porque “Lo que dijo Harrietno quiere reconstruir un caso, ni explicar un crimen, ni ofrecer esa satisfacción limpia del “entender”, sino que usa el chispazo de lo real como material para otra cosa mucho más incómoda: el mecanismo íntimo de una alianza adolescente donde el afecto no se distingue del mando y donde la narración (esa voz que cuenta) funciona como coartada antes incluso de que haya delito que cubrir.


Entiendo perfectamente el desconcierto de quien conoce el hecho real y se siente estafado por la desviación, como si la literatura fuera un contrato notarial, pero el error está en creer que Bainbridge se sentó a “adaptar” una historia, cuando lo que parece haber hecho es tomar la energía social del caso (el tabú, el espanto, el pánico de los adultos mirando a dos niñas y pensando “no las entiendo, luego son monstruos”) y destilarla hasta dejarla en una habitación cerrada con dos chicas y un mundo moral propio, privado, autosuficiente, una especie de república clandestina que no pide permiso para existir y que se alimenta de su propia intensidad.


Lo gótico aquí es la estructura del vínculo. Dos adolescentes como un doble mal cosido, como un espejo que no devuelve calma sino hambre, como amistad que funciona por succión (de voluntad, de lenguaje, de criterio) y que tiene algo de vampirismo doméstico, sin colmillos porque los colmillos son las frases, los planes, la manera de mirar, la capacidad de convertir al otro en satélite. A Harriet no hace falta pintarla como demonio, porque Bainbridge hace algo más cruel: la vuelve plausible. Y a la narradora no la salva con inocencia retrospectiva: prefiere la ira a la condescendencia, prefiere el voltaje a la paz, y eso es ya una confesión, un dato de temperamento que explica por qué el mando de Harriet no solo oprime: también seduce, también organiza una vida que, sin ese mando, quizá sería demasiado informe.


El libro se mueve en esa zona en la que la adolescencia deja de ser una postal y se convierte en una herramienta peligrosa: un laboratorio donde el deseo no es romántico, sino táctico, un acumulador de experiencia, y donde el juego tiene esa cualidad terrible de poder pasar a otra cosa sin avisar. Bainbridge tira de experiencia generacional y de realidad sucia, de esa normalidad social en la que los hombres se creen con derecho a rondar y las niñas aprenden a gestionar el asco, la curiosidad, el cálculo, como si les estuvieran enseñando un idioma obligatorio. 


La cita inicial no es solo un buen epígrafe (que lo es), sino una declaración de dependencia: la narradora está enganchada a la intensidad que Harriet genera, incluso cuando esa intensidad la humilla. En ese “más estimulante” cabe toda la novela: la violencia como estímulo, el mando como excitación, la amistad como régimen. Bainbridge no te pide que simpatices, ni que condenes con comodidad, ni que te pongas el uniforme del lector virtuoso; te mete dentro y te deja oír cómo suena el poder cuando aún parece un juego, cómo suena la crueldad cuando todavía se confunde con diversión, cómo suena la coartada antes del crimen.


Gracias, Beryl Bainbridge. Gracias, Alicia Frieyro (traducción)


©AnaBlasfuemia


viernes, 20 de febrero de 2026

El coleccionista de momentos (Quint Buchholz)

Un camino invisible conduce a cada cuadro. El pintor tiene que encontrarlo. Y no puede enseñar el cuadro demasiado pronto porque, de lo contrario, perdería nuevamente ese camino


Imagina que eres un niño curioso y, de repente, en el piso de arriba de tu casa se instala un hombre extraño: Max, un pintor que no colecciona sellos ni monedas, sino algo mucho más valioso: momentos. Max observa el mundo con una calma que desconcierta y, mientras pinta, mantiene sus cuadros en secreto, como si resguardara tras la puerta de su estudio un pequeño mundo inaccesible.


Poco a poco, entre silencios y conversaciones, te vas acercando a él. Tú le tocas tu violín y él te habla de las historias que esconde cada instante, de cómo un atardecer, una mirada o el vuelo de un pájaro pueden quedarse atrapados en un lienzo. Pero nunca te deja ver sus cuadros. Hasta que un día, Max anuncia que se marcha en busca de nuevos momentos y, como si te confiara la llave de un cofre mágico, te entrega la entrada a su estudio. La tentación de entrar en el estudio es la misma que sentimos al abrir un álbum ilustrado por primera vez: ¿qué habrá detrás de esas páginas? 


Allí, por fin, descubres su colección: imágenes tan reales y a la vez tan misteriosas que parecen flotar entre el sueño y la vigilia. Cada cuadro es una puerta a otro mundo, una invitación a imaginar lo que ocurre antes y después, a detenerse y mirar la vida con otros ojos.


Así, “El coleccionista de momentos” no solo es la historia de una amistad entre generaciones, sino también un homenaje al arte de mirar, de detenerse, de atesorar lo que nos conmueve y de compartirlo con quienes saben escuchar.


En estos cuadros, un elefante puede pasear por la nieve, una vagón de tren flotar en el aire, y una niña navegar por el mar con un león en la barca. Nada es imposible, y todo invita a observar una y otra vez para descubrir detalles escondidos: un gesto, una sombra, una historia en miniatura. Sus imágenes son como esos silencios que dejan espacio para la imaginación.


Buchholz es un maestro de la luz. No solo ilumina sus escenas, sino que las tiñe de un ánimo preciso: soledad, asombro, melancolía. Sus colores no son decorativos; llevan consigo la emoción, la atmósfera, la pausa. Cada imagen es un pequeño escenario detenido, donde lo cotidiano se vuelve extraordinario y lo improbable se acepta sin esfuerzo.


En esa frontera entre lo real y lo fantástico, Buchholz construye su lenguaje. Sus escenas a menudo presentan elementos imposibles o incongruentes, pero lo hace con una serenidad y naturalidad que desarma la incredulidad. Esta ambigüedad es fundamental, al no darte una explicación lógica no impone sentidos, sino que los sugiere. Es una invitación a la reflexión sobre los límites de lo posible y la vastedad de la imaginación: ¿qué vemos cuando miramos? ¿Qué retenemos cuando el instante ya ha pasado?


En esencia, logra transmitir tanto porque no subestima la capacidad de interpretación del ojo humano, confía en que el lector pueda construir narrativas y significados a partir de fragmentos, de silencios y de sugerencias visuales cuidadosamente dispuestas.


Abrir este libro es, al final, como entrar en ese estudio: un acto de confianza, un pacto entre quien mira y quien guarda sus tesoros en silencio. Si tu nivel de estrés necesita bajar dos marchas y respirar, este es un buen lugar para detenerte, recrearte en las imágenes, las sensaciones, aquello que percibes, real o fantasía.



Gracias,  Quint Buchholz. Gracias, L. Rodríguez López (Traducción)


©AnaBlasfuemia




viernes, 13 de febrero de 2026

Juventud sin Dios (Ödön von Horváth)

Cuando ya no se tolera el carácter, sino tan solo la obediencia, la verdad se va y llega la mentira


Juventud sin Dios” es uno de esos libros que nos recuerdan que la degradación moral de una sociedad no ocurre cuando aparecen los uniformes ni los dictadores, sino mucho antes, en los gestos aparentemente inocuos: la frase racista que un alumno repite sin comprender, el silencio incómodo del profesor que corrige pero no combate, la docilidad colectiva con la que un grupo de muchachos acepta consignas pensadas para vaciarles la cabeza mientras creen que les están dando identidad…


El narrador es un profesor que aún conserva restos de ética, pero no de valentía; no es un héroe ni un villano, sino un hombre que reconoce el mal cuando lo escucha y aun así se esconde detrás de la corrección profesional, como si su oficio pudiera blindarlo de la responsabilidad. Ese es el gran movimiento que atraviesa el libro: el tránsito desde la cobardía discreta hasta la verdad que estalla, tarde y con consecuencias irreversibles.


Horváth coloca al maestro en el centro mismo de la contradicción: sabe lo que está mal, pero teme nombrarlo; entiende que el silencio lo convierte en cómplice, pero se aferra a la ilusión de que puede permanecer neutral. Su confesión en el tribunal no es heroica, no busca salvar a nadie: es un acto tardío de dignidad, un ajuste de cuentas consigo mismo, una aceptación de las consecuencias que lleva años esquivando.


Horváth escribe con una sobriedad brutal, consciente de que la historia que cuenta no necesita gritos ni piruetas dramáticas para resultar devastadora. En el aula, los alumnos ya están colonizados por el pensamiento único; en el campamento, la estructura militarizada convierte la obediencia en virtud y el pensamiento crítico en traición; en el tribunal, la justicia se reduce a un engranaje burocrático donde la verdad humana importa menos que la necesidad institucional de cerrar un expediente.


Horváth sabía que la literatura no puede redimir una época enferma, pero puede decir la verdad de esa enfermedad con una claridad que a veces la política o la filosofía eluden. Y aquí lo logra sin adornos: la violencia ideológica no se impone con tanques, sino con frases infantiles; la justicia no fracasa por falta de leyes, sino por falta de humanidad; la juventud no pierde la inocencia, porque ya les fue robada antes de que pudieran reconocerla.


Eso es lo que hace que “Juventud sin Dios” duela, lo que le da su vigencia feroz: que las atmósferas totalitarias no desaparecen; se reciclan. Y que leer a Horváth hoy no es un viaje al pasado, sino un acto de vigilancia, porque al leerle tienes una sensación de familiaridad moral. No porque el mundo de ahora sea idéntico, sino porque Horváth trabajaba en capas muy profundas sobre cómo se deteriora una sociedad: no bajo la gran explosión, sino bajo la erosión diaria de la verdad, del pensamiento y del vínculo humano.


Esa es la primera relación con los tiempos actuales: la normalización del discurso deshumanizado. El alumno que dice “los negros son cobardes” no está ideologizado por un partido, sino por el aire que respira: una mezcla de prejuicio colectivo, propaganda difusa, ignorancia y necesidad infantil de pertenencia. Si trasladamos eso al presente, sin forzar nada, pensamos en la facilidad con que hoy circulan frases terriblemente simplificadas sobre migración, identidad, género, política, seguridad; frases repetidas con la convicción de quien no ha pensado, solo ha absorbido.


Lo que en el libro aparece como clase, patio, campamento, hoy tiene su equivalente más feroz en las redes sociales. En el campamento bastaba un jefe juvenil para imponer obediencia; hoy basta un trending topic, un influencer prepotente, una frase viral que reduce el mundo a bandos y deja a la complejidad fuera de plano. No estoy comparando redes sociales con un régimen totalitario, pero sí la arquitectura emocional de cómo se fragua una masa: la confortabilidad, casi placentera, de no pensar por cuenta propia.


La segunda relación es la degradación del papel del maestro (o de cualquier figura adulta que represente pensamiento). Horváth convierte al profesor en un hombre que sabe lo que está mal, pero vive acorralado por un entorno que penaliza la claridad. Si lo lees hoy, no puedes evitar pensar en cómo las voces que proponen un pensamiento matizado, crítico, lento, son arrinconadas por discursos binarios. El profesor de Horváth no es cobarde: es alguien que intenta sostener la verdad cuando la verdad ya no es rentable. Y hay mucho de eso en nuestro presente: personas que callan por miedo al linchamiento digital, al señalamiento público, a la pérdida de reputación en ecosistemas donde la opinión rápida vale más que la reflexión lenta. El profesor es, en cierto modo, el precursor del sujeto de hoy atrapado entre la integridad y el coste social de decir algo incómodo.


La tercera relación aparece en el aparato institucional. El tribunal de Horváth, con su lenguaje seco, sus tecnicismos y su necesidad de cerrar el caso sin mirar demasiado, recuerda peligrosamente a ciertas formas actuales de burocracia y política donde el procedimiento se convierte en sustituto de la justicia. No es necesaria una dictadura para generar instituciones que se vuelven más eficaces que humanas: lo vemos en discursos que minimizan lo complejo porque “no toca”, en debates reducidos a eslóganes, en decisiones públicas que funcionan como administración de daños colaterales. Horváth lo vio antes: una sociedad que empieza a medir su salud por la eficiencia y no por la consciencia está ya en una pendiente peligrosa.


El cuarto punto es la gestión del miedo. En la novela, nadie quiere ser el raro, el frágil, el que piensa diferente. Ese miedo silencioso (el miedo a quedar fuera de la manada) es idéntico al que mueve buena parte de los comportamientos sociales actuales. No hablo del terror, hablo del miedo civilizado: miedo a disentir, miedo a incomodar, miedo a “equivocarte” en público. El chico T, el pez, ese que parece callado pero absorbe la violencia ambiental, es la metáfora perfecta del joven de hoy expuesto a discursos extremos, a paquetes ideológicos cerrados, a microclimas sociales donde la pertenencia se compra con sumisión emocional.


Horváth sitúa el libre albedrío en un espacio donde no hay libertad plena, pero tampoco determinismo absoluto. Las decisiones de los personajes están condicionadas, pero no anuladas: todos viven en un sistema que estrecha el margen de decisión. Por eso el libro es tan incómodo, porque no nos permite refugiarnos en “el sistema los obligó” ni en “eran malos”. Están en una zona gris donde el libre albedrío existe, pero es un músculo atrofiado.


Y quizá lo más inquietante es la transformación de la verdad en algo negociable: la verdad es frágil, inestable, fácil de mover con una sola frase. Hoy, que vivimos en sociedades donde la verdad se ha convertido en un objeto de consumo (cada cual compra la suya), el libro se vuelve demasiado actual. No porque prediga nada, sino porque describe nuestra condición básica: un mundo donde la verdad ya no se respeta, sino que se administra.


La juventud no es “sin Dios” porque no rece; es “sin Dios” porque no tiene criterio interno, porque no ha sido educada para decidir qué es bueno y qué es malo más allá de lo que dicta la autoridad. Y esta carencia no solo afecta a los jóvenes: afecta al profesor, que sabe que está obrando mal pero se siente incapaz de resistir la presión de su entorno. Ese vacío compartido (una sociedad que ha perdido su interioridad moral) es, en el fondo, el Dios ausente.


Horváth no denuncia a los jóvenes; denuncia a los adultos que los dejaron sin un norte narrativo, afectivo, moral. Y si miramos alrededor, vemos generaciones enteras perdidas en un paisaje saturado de consignas, imágenes, ruido, exceso de estímulos y falta de sentido. Nada nuevo bajo el sol; solo que ahora es más ruidoso, más rápido, más solitario.


Juventud sin Dios” no es una crónica del fascismo histórico, sino un manual ético sobre la fragilidad de las sociedades: cómo se quiebra una comunidad cuando deja de entrenarse en pensar, cómo se vuelve peligrosa la juventud cuando se educa en consignas, cómo se vuelve culpable el adulto cuando calla, cómo se vuelve inútil la justicia cuando se burocratiza, y cómo la verdad se convierte en un espejismo colectivo. “Juventud sin Dios” nos muestra que el abismo moral no es exclusivo de épocas excepcionales, sino una posibilidad latente allí donde la comodidad y el miedo suplantan a la compasión y al pensamiento


Gracias, Ödön von Horváth. Gracias, Isabel Hernández (traductora)


©AnaBlasfuemia




domingo, 8 de febrero de 2026

La insoportable levedad del ser (Milan Kundera)

 

“Aquel que se cae esta diciendo: ‘¡Levántadme!’”


Vuelvo a Kundera años después. Quizás releer es constatar tu progreso lector, la comprensión que aporta el aprendizaje. Quizás releer significa vislumbrar y hacer palpable la magnificencia de la literatura.


Kundera de inicio plantea un experimento con la idea del eterno retorno. Si el eterno retorno fuera cierto (si todo tuviera que repetirse una y otra vez), ¿soportaríamos nuestras decisiones? Y si no lo fuera, si solo viviéramos una vez, sin posibilidad de comprobar nada, ¿qué sentido tendría el bien o el mal?


A partir de ahí, el pensamiento deja de ser abstracto y se hace más concreto: Tomás y Teresa, Sabina y Franz, cuatro formas de estar en el mundo, cuatro formas de amar. Tomás busca la ligereza (ese aire de quien no quiere ser alcanzado) y se condena a ella. Teresa encarna el peso: el deseo de sentido, la fidelidad que a veces asfixia. Sabina es la fuga, el cuerpo que se retira de toda mirada. Franz, el idealista que necesita público para existir. Y Karenin (la quinta manera de amar), el perro, la única criatura que no carga ni con peso ni con levedad.


Si el amor de Tomás y Teresa se construye sobre el peso del sufrimiento, el de Sabina (que no soporta la mirada de nadie) es una fuga perpetua. La traición, para ella, es libertad. Cuando se quita y abandona su sombrero, abandona también la identidad que los demás le habían impuesto. Frente a Franz, idealista y sentimental, ella representa la ironía, la resistencia al kitsch. Kundera entiende el kitsch como negación: la necesidad de borrar la mierda del mundo, de vivir en un lugar donde todos lloran por las mismas cosas. El kitsch es la negación de lo sucio, de lo contradictorio, de la mierda. Es la pureza del consenso, puesto que necesita unanimidad, no ambigüedad. Por eso es político: donde todos lloran por lo mismo, la libertad se disuelve.


Y frente a eso, Sabina encarna la disidencia estética, la soledad de quien no quiere emocionarse al mismo ritmo que los demás. Sabina es la anti-kitsch. Su ironía la salva del consenso, pero la deja sola. No hay lugar para el humor en la pureza moral. La ironía es la última forma de lucidez.


“Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron”


Kundera no los juzga, sino que los observa con una lucidez dolorosa, porque en ellos se cumple su tesis más amarga: no hay elección sin pérdida. Mueve esas voces como un director de orquesta que también toca el instrumento. Interviene, comenta, corta la narración, interrumpe su propio relato con una reflexión, una digresión, una palabra. El libro en ningún momento finge que es una historia: es una conversación sobre cómo una historia se piensa.


La insoportable levedad del ser” es también un diccionario de palabras incomprendidas. “Amor”, “fidelidad”, “verdad”, “fuerza”, “compasión”… Ninguna significa lo mismo para nadie. Franz y Sabina usan las mismas palabras y se pierden en ellas. Tomás y Teresa hablan desde lenguajes que se rozan pero no se traducen. El lenguaje es el escenario del malentendido, las palabras no unen, delimitan el territorio de cada soledad.


“No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos”


La compasión, en cambio, parece unir. Pero Kundera la hace ambigua: amar por compasión no es amar al otro, es amar el propio reflejo doliente. Tomás besa las uñas heridas de Teresa, siente su dolor, y esa sensibilidad que podría parecer noble lo encierra para siempre. No la deja por piedad, y la piedad no libera: ata. La compasión, que podría parecer virtud, se convierte aquí en destino. Tomás no ama a Teresa por deseo ni por costumbre, sino porque no puede soportar su sufrimiento.


No se puede pensar la compasión sin pensar el cuerpo. Y no se puede pensar el cuerpo sin pensar el alma. Teresa teme el cuerpo porque en él se muestra demasiado. Sus sueños son más lúcidos que sus pensamientos: cuerpos desnudos, pájaros, miedo a disolverse. En ellos habla el subconsciente de la época: el cuerpo como verdad que asusta.


“Todos necesitamos que alguien nos mire”


En medio de todo eso aparece la mirada. Todos necesitamos que alguien nos mire, dice Kundera, pero no del mismo modo: unos viven para el público, otros para los ojos conocidos, otros para el amor, otros bajo la mirada imaginaria de los ausentes. Nadie escapa del deseo de ser visto, salvo Sabina, que se borra de todas las miradas. Es la única que elige la levedad absoluta y, por eso, también la soledad. Franz, en cambio, necesita la mirada del mundo para sentirse real. Cuando confiesa su aventura, cree vivir “en la verdad”; pero esa verdad es teatral, pronunciada ante un público invisible. Todo el libro podría leerse como una variación sobre la necesidad de existir a través de los ojos del otro.


Y cuando parece que ya todo ha sido dicho, los tanques ya han pasado, los ideales se han deshecho, las palabras se han desgastado… llega Karenin. Un perro. Karenin no juzga, no piensa, no recuerda, solo está. Bajo su mirada, Tomás y Teresa aprenden algo que no habían sabido antes: la paz del cuidado. Cuidar, no entender; acompañar, no poseer. En la enfermedad del perro, Kundera alcanza lo que había perseguido desde el principio: una forma de existencia sin culpa y sin teoría, una levedad habitada, una verdad que no había alcanzado ningún ser humano: una forma de estar sin pensar, sin recordar, sin exigir, sin juzgar, sin pedir explicaciones.


Kundera propone una manera de mirar y nos recuerda que pensar no cura, que amar pesa, que la libertad no siempre aligera y que, a veces, solo un animal puede enseñarnos la serenidad que los humanos olvidamos. Quizá por eso “La insoportable levedad del ser” no envejece: porque no promete salvación, solo lucidez. Y porque en su centro, entre el peso de la Historia y la levedad del deseo, hay una escena mínima: dos personas y un perro que se miran sin hablar.


La verdadera bondad aflora cuando quien la recibe no tiene poder.


Gracias, Milan Kundera. Gracias Fernando de Valenzuela (traductor)


©AnaBlasfuemia