Leí “Job” con esa predisposición amable que se guarda para los libros que vienen precedidos por cierta reputación. Aprecié la limpieza narrativa, el ritmo y la cadencia de parábola que sostiene el relato. Entendí perfectamente las razones por las que es un libro valorado: es contenido, simbólico, respetable, está escrito con mucho oficio y su estructura es clara. Todo estaba donde debía… excepto yo. Pasé por sus páginas como quien camina por una sinagoga vacía sin saber muy bien si puede sentarse, ni siquiera si tiene derecho a estar allí.
Joseph Roth reescribe la historia bíblica de Job a través de Mendel Singer, un maestro judío que lo pierde todo y que atraviesa su desgracia como quien camina por un mundo que ya no le pertenece. La emigración le arrebata patria y lengua, después vienen las pérdidas, una tras otra. Al final (como quien cambia de tonalidad sin previo aviso) todo parece restituirse: Menuchim reaparece. El hijo le es devuelto, aunque no le devuelven el mundo. Una alegoría cerrada (yo diría bruscamente) en ese último gesto. Es posible que Roth lo escribiera en plena “borrachera creativa” (a veces se necesita un pequeño vértigo para darle a un relato una salida que altere de golpe el tono y la continuidad narrativa).
El propio libro había dicho que todo lo repentino es malo y que lo bueno llega siempre lentamente, pero en este caso lo bueno irrumpe al final con una rapidez que a mí me resultó difícil de incorporar al resto. Entiendo perfectamente la lógica de la parábola y también la fidelidad al modelo bíblico; mi resistencia se debe a que hasta entonces Roth había mantenido una contención extrema, una desgracia acumulativa y compacta, sin desbordamiento emocional. Pero el final modifica el tono del relato. Puedo comprender el sentido simbólico pero lo siento menos convincente dentro del movimiento que el propio libro había construido.
Tal vez no era el momento o tal vez no era mi libro. El libro me trató con corrección, me dejó pasar y nunca levantó la voz, pero no encontré dónde sentarme y quedarme. Quizá necesitaba otra clase de intensidad, algo menos equilibrado y más torcido. Como en la primera sinfonía de Mahler: una marcha que parece solemne y, de pronto, se desvía ligeramente. Me habría bastado con eso, una ruptura leve en el tono, ese movimiento inesperado que desarma el orden sin destruirlo. Quizá yo no supe escucharlo.
Me consuela pensar que incluso Joseph Roth habría comprendido que yo saliera de su libro como quien se levanta de una sinagoga vacía, sin saber del todo si debería haber entrado.
Gracias, Joseph Roth. Gracias, Bernabé Eder (traductor)



