sábado, 3 de octubre de 2026

No me acuerdo de nada (Nora Ephron)


“Yo creo que la enseñanza principal de un fracaso es que es muy posible que vuelvas a tener otro fracaso”

Necesitaba una lectura más “ligera”, sin minas emocionales. Pero ligereza no equivale a frivolidad ni falta de inteligencia y por eso elegí este libro. Era justo lo que necesitaba: una lectura fluida, divertida, pero nada superficial. Literariamente no es un libro notabilísimo ni imprescindible, pero eso no quiere decir que sea un libro vacío o carente de aspectos interesantes.


Esta lectura me ha servido también para recordarme que hay que diferenciar con claridad dos conceptos: valor literario y valor como lectura. “No me acuerdo de nada” no es un libro excepcional desde el punto de vista formal, aunque tampoco creo que Ephron pretendiera hacer una obra de gran ambición literaria. Pero tiene inteligencia verbal, capacidad de observación, ritmo, humor y una forma muy suya de encontrar lo revelador dentro de una anécdota aparentemente menor. Todo eso justifica de sobra la lectura.


Ephron pensaba por una vía que agradecí especialmente en este momento: la anécdota, la observación social, la mala leche y una facilidad para verse haciendo el ridículo mientras detecta con idéntica rapidez el ridículo ajeno. La profundidad tampoco exige siempre densidad, dificultad o sufrimiento. Puede hablar del envejecimiento, del fracaso, de la memoria, de los amigos que desaparecen, de los miedos o de la muerte sin ponerse trascendente. Y tú la “escuchas” como si estuvieras cenando con ella.


Mi forma de leer se ha vuelto muy severa: no me basta con que el libro me guste, necesito saber qué está haciendo conmigo, por qué me afecta, dónde falla o acierta, qué recursos utiliza, qué parte del entusiasmo procede de la lectura o de mí o del hermanamiento de ambos entusiasmos; necesito también poder cambiar de opinión si el propio libro me obliga. Hay un lugar perfectamente digno (aunque no muy grande) en mi poblada biblioteca para libros que piensan con cierta ligereza y “No me acuerdo de nada” tiene su lugar ahí. No necesita ser imprescindible, formalmente extraordinario ni dejarme exhausta para justificar su presencia.


El título engaña un poco. Cierto que la memoria ya no está en su mejor momento, pero Ephron se acuerda de cosas, vaya si lo hace. En este aspecto me hizo pensar incluso en Annie Ernaux, pese a la enorme distancia entre sus maneras de escribir: las dos han convertido repetidamente la experiencia vivida en material literario. Matrimonio, divorcio, periodismo, padres, comidas, pérdidas, amigos y no tan amigos… entran en la escritura antes de que el tiempo los transforme o los borre.


Y sí, hay olvidos, historias que habían desaparecido de su memoria, pero Ephron no es nada ceremoniosa con esas situaciones: se ríe, cambia de tema, nos habla de correos electrónicos, de Lillian Hellman, de fracasos cinematográficos o nos mete una receta de comida por medio.


“No me acuerdo de nada” es bastante mejor cuando Ephron recuerda que cuando habla de estar olvidando. Tiene su gracia, porque si la pérdida de memoria parecía destinada a ser el centro, al final lo más atractivo acaba siendo la extraordinaria obstinación de ciertos recuerdos. Puede olvidarse de haber cenado con alguien, de un nombre, de una cara; en cambio conserva con una precisión feroz una humillación profesional de hace décadas, un fracaso que todavía escuece, cómo funcionaba una redacción, la personalidad insoportable de Lillian Hellman, una comida, un matrimonio, una amistad. Su memoria tiene criterio propio y bastante mala leche. Pierde datos y conserva agravios.


Las dos listas finales “Cosas que no echaré de menos” y “Cosas que echaré de menos” pueden parecer una ocurrencia facilona para terminar. Pero el contexto modifica su lectura: Ephron fue diagnostica en 2006 de un síndrome mielodisplásico que posteriormente evolucionó hacia una leucemia, y mantuvo su enfermedad prácticamente en secreto. El libro se publicó en 2010 y ella falleció en 2012. Pero no escribió el libro como si fuera un testamento, sino que siguió haciendo listas de cosas concretas, irritantes, apetecibles, absurdas. Personas, lugares, costumbres. Porque Ephron pensaba que saber qué vas a echar de menos debería llevarte a disfrutarlo mucho mientras todavía puedes. Muy Ephron: la muerte entra por una puerta y la comida aparece por la otra.


Gracias, Nora Ephron. Gracias, Catalina Martínez Muñoz (traducción)


©AnaBlasfuemia




jueves, 1 de octubre de 2026

Mujeres en la noche (Maja Haderlap)

“Los sentimientos ¿Qué se podía hacer con ellos?”


No es una pregunta que suene conflictiva o abismal, suena más bien a algo que no sabes qué hacer con ello ni dónde colocarlo. De esa idea se nutre “Mujeres en la noche”: de una familia (y, sin forzar demasiado, de muchas familias) en la que no se hablaba de sentimientos porque no era la costumbre. No es que estuviera prohibido, simplemente no se hacía. Se vivía, se trabajaba, se cuidaba, se seguía adelante. Y lo que se sentía iba quedando en una especie de trastienda interior, sin palabras, sin contraste, sin réplica. No como un trauma espectacular ni patológico, sino como fondo.


Primero escuchamos la voz de Mira, la hija que vuelve, que mira hacia atrás, que intenta entender qué fue aquello que vivió como normal y que ahora, desde el presente, se le vuelve extraño. Después se da paso a la voz de Anne, la madre, de modo que ya no es solo la hija quien interpreta el pasado, sino que ese pasado se cuenta desde dentro, desde una experiencia vital distinta, con otros límites y otras lógicas. El cambio de voces provoca que experimentemos la vida interior de dos generaciones como dos maneras distintas de responder, guardar, silenciar o nombrar lo vivido bajo la misma historia familiar.  


Entre ambas voces asistimos a una vida familiar atravesada por un marco histórico y geográfico muy concreto (la Carintia del sur, la minoría eslovena, la presión de una identidad vigilada) que funciona como un contexto que moldea y condiciona hábitos, silencios, formas de estar en el mundo. Y lo hace en lo cotidiano: en cómo se habla (o se calla), en lo que se hereda sin nombrarlo, en la manera de asumir.


Haderlap no va a dramatizar con esa herencia ni la va a convertir  en denuncia. Por eso el libro avanza a través de una reorganización del pasado que permite entender su lógica interna sin necesidad de perdones ni condenas. Es algo muy reconocible: la extrañeza de encontrarte con tu yo del pasado y constatar que aquello que entonces parecía natural (aunque no lo entendieras) ahora ya no lo es, no porque estuviera “mal”, sino porque respondía a unas reglas que ya no compartes.


El cambio de voces (hija y madre) evita que el libro se convierta en un ajuste de cuentas generacional. Ninguna de las dos tiene la última palabra. Cada una habla desde su posición, desde su modo de haber aprendido a gestionar lo que sentía y Haderlap no va a forzar reconciliaciones, tampoco propone una lectura emocional, más bien muestra cómo se construyen vidas enteras a partir de silencios heredados, de afectos no formulados, de una normalidad que no se piensa porque pensarla sería arriesgado.


Quizá por eso, aunque el libro parta de una experiencia histórica y geográfica concreta (lejana para mí), termina siendo muy cercano. No porque invite a la identificación sentimental, sino porque describe un funcionamiento. Y ese funcionamiento (familias que viven sin hablar de sentimientos, contextos que enseñan a callar, vidas que se organizan sin relato) no necesita traducción ni pasaporte. Basta con verlo ordenado, por una vez, para reconocerlo.


“Mujeres en la noche” no responde a la pregunta de qué hacer con los sentimientos. Se limita a mostrar qué ocurre cuando esa pregunta se aplaza, cuando se hereda sin formularla, cuando se integra en la normalidad. Tal vez no hablar sea una forma de mantenimiento de la vida: se calla para no herir, se calla para no molestar, se calla porque nadie nos enseñó un lenguaje para compartir lo que se siente y que mueve mucho de lo que (nos) ocurre.


Gracias, Maja Haderlap. Gracias, José Anibal Campos (traducción)


©AnaBlasfuemia

martes, 29 de septiembre de 2026

Job (Joseph Roth)


“Todo lo repentino es malo; lo bueno llega siempre lentamente”

Leí “Job” con esa predisposición amable que se guarda para los libros que vienen precedidos por cierta reputación. Aprecié la limpieza narrativa, el ritmo y la cadencia de parábola que sostiene el relato. Entendí perfectamente las razones por las que es un libro valorado: es contenido, simbólico, respetable, está escrito con mucho oficio y su estructura es clara. Todo estaba donde debía… excepto yo. Pasé por sus páginas como quien camina por una sinagoga vacía sin saber muy bien si puede sentarse, ni siquiera si tiene derecho a estar allí.


Joseph Roth reescribe la historia bíblica de Job a través de Mendel Singer, un maestro judío que lo pierde todo y que atraviesa su desgracia como quien camina por un mundo que ya no le pertenece. La emigración le arrebata patria y lengua, después vienen las pérdidas, una tras otra. Al final (como quien cambia de tonalidad sin previo aviso) todo parece restituirse: Menuchim reaparece. El hijo le es devuelto, aunque no le devuelven el mundo. Una alegoría cerrada (yo diría bruscamente) en ese último gesto. Es posible que Roth lo escribiera en plena “borrachera creativa” (a veces se necesita un pequeño vértigo para darle a un relato una salida que altere de golpe el tono y la continuidad narrativa). 


El propio libro había dicho que todo lo repentino es malo y que lo bueno llega siempre lentamente, pero en este caso lo bueno irrumpe al final con una rapidez que a mí me resultó difícil de incorporar al resto. Entiendo perfectamente la lógica de la parábola y también la fidelidad al modelo bíblico; mi resistencia se debe a que hasta entonces Roth había mantenido una contención extrema, una desgracia acumulativa y compacta, sin desbordamiento emocional. Pero el final modifica el tono del relato. Puedo comprender el sentido simbólico pero lo siento menos convincente dentro del movimiento que el propio libro había construido.


Tal vez no era el momento o tal vez no era mi libro. El libro me trató con corrección, me dejó pasar y nunca levantó la voz, pero no encontré dónde sentarme y quedarme. Quizá necesitaba otra clase de intensidad, algo menos equilibrado y más torcido. Como en la primera sinfonía de Mahler: una marcha que parece solemne y, de pronto, se desvía ligeramente. Me habría bastado con eso, una ruptura leve en el tono, ese movimiento inesperado que desarma el orden sin destruirlo. Quizá yo no supe escucharlo.


Me consuela pensar que incluso Joseph Roth habría comprendido que yo saliera de su libro como quien se levanta de una sinagoga vacía, sin saber del todo si debería haber entrado.


Gracias, Joseph Roth. Gracias, Bernabé Eder (traductor)


©AnaBlasfuemia




sábado, 26 de septiembre de 2026

Las luces azules (Jennifer Johnston)

“Re-creación.

Es todo cuanto queda”


He tenido un tira y afloja considerable con este libro, que me ha hecho avanzar por sus páginas moviéndome entre la atracción y la resistencia. Por momentos Johnston me convencía con una lucidez psicológica extraordinaria, pero unas páginas después me desconcertaba con diálogos que me sonaban afectados. Sospechaba de la autora, luego de la traducción, después otra vez de la autora; corregía una impresión y aparecía otra, encontraba una página excelente que me obligaba a revisar la anterior… y vuelta a empezar.


No ha sido una lectura con una curva limpia, qué va. He estado negociando constantemente con el libro y también conmigo misma. No sabía si admirar lo que leía o rechazarlo. Un párrafo me hacía pensar una cosa, un diálogo la contraria. A veces la economía narrativa era de chapeau, pero luego la insistencia en dejar claras algunas ideas me desanimaba. A ver, Ana, piensa, piensa: ¿qué está pasando? ¿Te gusta el libro, sí, no…?  Me sentía incómoda al pasar de unos tramos que me gustaban a otros que me expulsaban directamente del libro.


El punto de partida de “Las luces azules” me interesaba mucho: Constance, autoexiliada y alejada de su familia y de Irlanda, recibe a los cuarenta y cinco años, con una hija casi recién nacida, el diagnóstico de leucemia. Decide volver a la casa de sus padres en Dublín y pasar allí el tiempo que le quede. No quiere someterse a tratamiento ni convertir sus últimos días en una batalla médica. También tendrá que decidir qué será de su hija.


Y ahí está Constance, en casa de sus padres, con la presencia fantasmal de su madre. Mientras la enfermedad sigue su curso, Constance intenta escribir (ser escritora había sido uno de sus sueños), bebe whisky con una confianza bastante mayor que la que deposita en la medicina y contempla las luces azules de un árbol de Navidad.


Constance es tozuda. Mucho. Me gusta esa mujer terca y rebelde, aunque me va gustando menos cuando compruebo que parte de su independencia quizá tenga menos que ver con una conquista de libertad y más con la distancia utilizada como sistema de defensa. La propia Constance parece empezar a sospecharlo: ha pasado buena parte de su vida evitando quedar demasiado expuesta ante los demás y eso tiene un precio. Al final sigue siendo áspera, divertida, egoísta, lúcida, cruel a veces, inteligente, intuitiva, contradictoria.


Constance repasa su vida mediante recuerdos, escenas en tercera persona, irrupciones de conciencia y diálogos que van componiendo una identidad llena de rectificaciones. A mí la lectura me atrajo más cuando Constance recuerda, piensa, rectifica retrospectivamente lo que creyó durante años o mira a los demás con esa mezcla de lucidez, sequedad y mala leche. 


Como ya comenté, hay momentos de una economía narrativa admirable. Pero los diálogos y los demás personajes me resultaron demasiado funcionales, demasiado visibles en la función que debían cumplir (caracterizar al personaje, explicar el conflicto, proporcionar información y hacer avanzar la escena). Quizá sea un bicho raro, porque los diálogos suelen señalarse como uno de los puntos fuertes de esta autora, pero a mí me parecían… impostados. Muy ágiles, eso es cierto, y dan un ritmo considerable a la lectura. Pero impostados.


Rematando, que es gerundio: no me desagradó la lectura. De hecho, una parte importante de mi interés estuvo precisamente en lo que me hizo batallar con ella y conmigo misma. Pero mi “diagnóstico” final es que “Las luces azules” es mucho más fuerte en la voz de Constance que en los diálogos y en la construcción de los demás personajes. Y eso me distanció demasiadas veces de un buen libro, con una buena historia y tantas cosas que contar que, a mi juicio, no siempre supo repartir bien el peso narrativo y terminó cargándolo en exceso sobre los diálogos y sobre unos personajes demasiado subordinados a la función que cumplían..


En fin, leer también consiste en esto: admirar una página, discutir la siguiente y seguir adelante como si una no tuviera criterio propio.


Gracias, Jennifer Johnston. Gracias, Lucía Barahona (traducción)


©AnaBlasfuemia

martes, 22 de septiembre de 2026

El patio (Thomas Korsgaard)

 “- ¿Qué regalo quieres?

Respondí que lo único que quería era una familia nueva”


La familia suele presentarse como un hecho de la naturaleza, una especie de accidente biológico elevado a destino por decreto sentimental, algo que pertenece al territorio de lo irrevocable. Se supone que debes aprender a querer la que te ha tocado, adaptarte al reparto, agradecer incluso las ruinas y llamar hogar al lugar donde empezó a construirse el trauma. Por eso la respuesta de Tue es tan desarmante, porque ante la promesa de un regalo no pide mejorar la familia que tiene. No pide más cariño, ni más dinero. Lo que quiere es ser hijo en otra parte. Pide empezar desde el principio.


“El patio” es el primer volumen de la Trilogía de Tue. Sigue a un niño de doce años que crece en una granja aislada, dentro de una familia marcada por la pobreza, la violencia cotidiana, el silencio y una precariedad importante.


El libro comienza con Tue fantaseando sobre la muerte de su padre y organizando mentalmente el funeral: distribuye lugares, funciones, reacciones y comportamientos. Sin apenas darnos cuenta, va levantando delante de nosotros la estructura completa de su mundo. Es importante que sea él quien organice mentalmente ese entierro imaginario puesto que durante unos minutos consigue ordenar una realidad que probablemente percibe como imprevisible. Puede decidir el orden de los acontecimientos, anticipar las reacciones e incluso gestionar el dolor. Hay algo de juego y algo de defensa en ese imaginar la muerte del padre.


Por eso la fantasía no es únicamente el deseo de que el padre desaparezca. Es también miedo, rabia, curiosidad, alivio e incluso una forma retorcida de amor. Antes de saber casi nada de Tue ya sabemos que observa (e imagina) mucho más de lo que comprende.


Korsgaard apenas interpreta a sus personajes. Los deja vivir en su rutina para que los vayamos conociendo por la manera en que hablan, por sus gestos, por lo que callan, por las pequeñas decisiones que toman cada día. En ese sentido, me ha recordado a Knausgård, si bien es verdad que en Knausgård la cotidianeidad suele expandirse: un gesto doméstico puede abrir una reflexión de varias páginas, una asociación de recuerdos, una digresión filosófica o una observación sobre el tiempo.


En Korsgaard ocurre casi lo contrario. El detalle permanece siendo detalle, el detalle no se comenta ni se explica. Se deposita en la narración con una enorme confianza en que el lector hará el trabajo. Vas leyendo y, a veces, tienes la impresión de que “no está pasando gran cosa”, sin embargo, cuando terminas un capítulo descubres que ya has construido una imagen muy precisa de esa familia.


El tratamiento moral de Tue es, cuanto menos, curioso (también logrado): roba, miente, actúa impulsivamente y toma decisiones que tienen consecuencias para los demás. Pero Korsgaard evita convertir esas escenas en un juicio moral o en una excusa. Nos permite comprender el proceso que conduce a ellas sin pedirnos que las justifiquemos. Comprender una conducta no equivale a justificarla (en eso consiste la empatía)


La pobreza en “El patio” no es solo económica. Es una pobreza de palabras, de reconocimiento y de herramientas para entenderse a uno mismo. Tue no carece de introspección; de hecho piensa mucho, imagina escenarios, observa con enorme atención, anticipa situaciones. Lo que parece faltarle es un lenguaje que le permita convertir toda esa experiencia en comprensión. 


Hay muchos niños como Tue, muy perceptivos, que viven en entornos caóticos y desarrollan una extraordinaria capacidad para leer a los demás, mientras que siguen siendo muy torpes para entenderse a sí mismos. Aprenden a detectar el humor del padre antes de entrar en casa, la tensión entre los adultos o el peligro de una conversación, porque eso es adaptativo. Sin embargo, nadie les enseña a preguntarse “¿Qué me está pasando? ¿Por qué he hecho esto?”. Tue piensa sin herramientas hermenéuticas. Ve mucho, pero entiende bastante menos. Y con esa desproporción tiene que ir construyéndose (o destruyéndose).


Gracias, Thomas Korsgaard. Gracias, Blanca Ortíz Osale (traducción)


©AnaBlasfuemia



sábado, 19 de septiembre de 2026

El colibrí (Sandro Veronesi)



"¿A cuántas personas llevamos enterradas dentro?"

Premio Strega 2020, numerosas reseñas positivas, críticas que elogian la estructura temporal, la madurez narrativa, la ambición de novela total, el acierto del colibrí como símbolo de resistencia, la eficacia emocional…. ¿Cómo no entregarse a esta lectura con cierta mezcla de respeto, entrega y paciencia?


No voy a negar que durante un tramo todo parecía estar en su sitio, cada elemento colocado con una precisión que invitaba a confiar. Parecía que el libro sabía muy bien lo que está haciendo y no tuviera intención de ocultarlo, lo cual, en principio, podría ser una buena noticia si no fuera porque, a medida que se avanza, esa misma claridad empieza a volverse un poco sospechosa, como cuando alguien te explica demasiado bien algo que, en teoría, debería entenderse por sí solo.


“El colibrí” (como el algodón) no engaña, no juega a ocultar, no deja zonas donde una tenga que detenerse a pensar demasiado qué está ocurriendo o por qué, más bien se ocupa de acompañarnos con una diligencia constante, explicando lo que vemos, encuadrando lo que sentimos, como si temiera que, en ausencia de esa guía, podríamos cometer el error de interpretar algo por nuestra cuenta, lo cual introduciría una variabilidad poco aconsejable en un sistema que funciona mejor cuando todo está debidamente orientado.


La estructura fragmentaria (cartas, correos, saltos temporales) podría haber implicado cierta desobediencia, una grieta por la que se colara algo menos organizado, más cercano a esa forma en que la vida se presenta cuando no está siendo narrada, pero esos fragmentos mantienen una disciplina ejemplar, no se salen del guion, no se permiten desviaciones que comprometan la estabilidad del conjunto, como si cada uno de ellos hubiera recibido instrucciones precisas sobre lo que puede y no puede hacer.


Y así, mientras el libro insiste en hablarnos de la resistencia, de esa capacidad de mantenerse en pie sin grandes gestos, sin estridencias, empecé a tener la impresión de que lo que verdaderamente se está sosteniendo no es tanto una vida como una estructura que no admite fallos porque no contempla la posibilidad de que algo no funcione como estaba previsto, de que un personaje actúe de manera inconveniente, de que una situación no contribuya con eficacia al sentido general del relato.


“El colibrí” se mantiene en el aire con una precisión admirable, no cae, no se desvía, no muestra signos de fatiga. Todo encaja y ese ha sido el problema. Porque cuando todo encaja con tanta precisión, cuando cada elemento cumple su función con una eficacia tan sostenida, la vida deja de parecer vida y empieza a parecer una especie de ejercicio bien resuelto. Y es en ese control tan exhaustivo donde la emoción se vuelve sospechosa porque llega ya organizada, preparada, con su correspondiente marco interpretativo, como si hubiera sido cuidadosamente dispuesta para evitar cualquier malentendido.


No he podido superar ni disfrutar esa narrativa tan descriptiva y controlada de Veronesi. No termina de soltar el texto y lo conduce con mano férrea, no dejando que nada quede abierto. Y cuando un autor explica demasiado o encuadra demasiado lo que ocurre, a mí se me reduce el espacio de respiración. No puedo entrar, solo puedo mirar.


Y la consecuencia directa de todo esto ha sido la sensación de que lo que leía no terminaba de ser creíble. No porque los hechos sean inverosímiles en sí (el libro trabaja con temas reconocibles: familia, enfermedad, pérdidas, vínculos), sino porque la manera de presentarlos me ha parecido demasiado programática, todo está demasiado calculado para ser verosímil.


Dicho de otra forma (y aquí me pongo un poco maliciosa): cuando un libro no te deja intervenir, tampoco te deja implicarte. Y sin implicación, la empatía no es que falle, es que ni siquiera llega a activarse. Para mi este libro es un libro sobreactuado… y sobrevalorado.


Gracias, Sandro Veronesi. Gracias,  Juan Manuel Salmerón Arjona (traducción)


©AnaBlasfuemia


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Melancolía (Peter Nádas)


“Llamamos melancólico a quien no puede hacer más que entregarse sin reservas a ese sentimiento de deambular en la oscuridad y desear la luz, y a su estado lo denominamos melancolía”

El punto de partida de “Melancolía” es un cuadro de Caspar David Friedrich (“Costa a la luz de la luna”, un cuadro que no tiene un único punto de referencia, sino varios) y, a partir de esa imagen, Nádas ensaya una aproximación a la figura del melancólico. No le interesa hacerlo una mirada clínica, ni desde la retórica más o menos manida del sufrimiento. Lo suyo va por otro sitio, no quiere dictaminar qué es la melancolía, no quiere enjaularla en conceptos ni clasificaciones ni etiquetas. Lo que quiere es permanecer un rato en su atmósfera, escuchar cómo piensa, cómo recuerda, cómo espera.


Para Nádas la melancolía tiene mucho que ver con el recuerdo, con una fijación del ánimo en lo que ha sido o en lo que podría volver a ser, mientras el presente se va quedando sin espesor, como si no terminara de comparecer. Me gustó mucho esa idea, porque desplaza la melancolía del sentimentalismo y la lleva a un lugar más incómodo y (seguramente) más exacto: el de una conciencia mal ajustada al tiempo, una conciencia que no vive solo lo que vive, sino también lo que perdió, lo que espera, lo que teme que regrese o lo que teme que no llegue nunca.


No convierte la melancolía en un privilegio del espíritu, más bien reconoce en ella una lógica, unos ritmos, unos hábitos de percepción, incluso una fidelidad tenaz a ciertas formas de repetición. La tormenta vuelve, la marea regresa, la noche cae otra vez. El pensamiento melancólico parece agarrarse a esas regularidades del mundo y, al mismo tiempo, quedar herido por lo imprevisible, por aquello que rompe el pacto secreto entre razón y continuidad. De ahí esa mezcla tan precisa de espera y amenaza, de familiaridad y zozobra.


Aquí no hay trama ni hay personajes en el sentido en que solemos pedirlos para sentir que un texto avanza. Hay una voz que observa y que vuelve una y otra vez sobre una misma figura, como si necesitara cercarla desde distintos ángulos para captar algo que se resiste a ser atrapado, que te empapa pero no puedes concretarlo ni darle forma.


Hay un pequeño sistema simbólico que Nádas construye (el negro, el otoño, la noche, el norte) que funciona como una tentativa de darle concreción sensible a algo difícil de apresar, como si la melancolía necesitara manifestarse en colores, estaciones, orientaciones, materias del mundo, antes de poder ser pensada con cierta claridad.


La escritura acompaña mucho en ese sentido. Aunque el libro se presenta como ensayo, su prosa no avanza a golpe de tesis ni demostración de cultura y erudición, sino por recurrencias y variaciones, por un ritmo que a veces roza la salmodia. Es una escritura que gira, insiste, vuelve sobre sí y se demora en sus propias formulaciones, y ahí es donde el libro encuentra mejor su lugar. 


No sé si es un libro para todo el mundo, ni me interesa demasiado decidir esas cosas, no pretendo  hacer de aduanera lectora. Sí sé que es un texto breve, concentrado, de una oscuridad sobria, que se queda pensando alrededor de una figura y, al hacerlo, deja también pensando a quien lo lee. Yo me quedé, no tanto una interpretación del cuadro ni con una teoría de la percepción, sino más bien una ligera desconfianza hacia la facilidad con la que solemos creer que vemos. Si eso basta o no, dependerá de la disposición con que una llegue, del día que lleve encima y del tipo de intemperie que tenga en ese momento.


Gracias, Peter Nádas. Gracias, Adan Kovacsics (traducción)


©AnaBlasfuemia