domingo, 9 de agosto de 2020

El verano sin hombres (Siri Hustvedt)


Un poco de ironía, niña, un poco de distancia, un poco de humor, un poco de indiferencia

Pues indiferencia, ironía (de ahí la foto), bastante distancia y poco humor es lo que me ha provocado esta lectura. Que no pasa nada, de verdad, si no fuera porque no me lo esperaba. Aunque qué se yo, que sólo me he leído tres libros suyos y trozos de sus ensayos. Es algo emocional, creía en Siri (de hecho sigo creyendo) y esta lectura ha sido un zasca a mano abierta a mi devoción por ella.

Quiero volver a dejar claro que un libro que no me guste no convierte ese libro en un mal libro sino sólo en un libro que a mí no me ha gustado. A la inversa también vale: un libro que a mí me guste… etc.

Este libro me ha parecido de una languidez increíble, demasiados clichés, escasez de juego literario, de lo implícito, de lo que sugiere, provoca e incita. Es verdad: hay una amalgama de lo que me gusta de Siri (porque lo hay) pero con mucho de lo que no. Y el resultado es un “ay, no me fastidies, Siri”. Los ingredientes no mezclan bien.

No veo brío ni esfuerzo. Escribiendo como escribe Siri me sorprende que dé la impresión de que para ella escribir este libro ha tenido que ser fácil y cómodo.

Me ha gustado más cuando más se ha alejado Siri de la historia de Mia y se acerca a la no ficción, cuanto más se aleja del relato convencional y se acerca a la reflexión no lineal. Ahí es cuando siento que remonta: cuando renuncia a contentar al lector, a todo tipo de lector, aunque finalmente intente reconciliarse con un cierre tan condescendiente que vuelve a trastabillar y el armazón resulta demasiado tambaleante e incoherente. Y banal, muy banal. Ese final es una rendición.

Siri cuenta una historia en la que entra y sale, pero no siempre con motivos y argumentos que el lector pueda entender. Que tampoco tenemos que entenderlos, no está escrito en ningún sitio que deba de ser así. No me importa que el hilo narrativo se rompa, de hecho me gusta cuando la narración no es lineal y se aproxima más al discurrir del pensamiento. Pero el libro padece de flojera crónica y, pese a los tímidos esfuerzos por remontar, a mí no me han sido suficientes como para sostener la lectura.

Ay, Siri…

miércoles, 5 de agosto de 2020

Nuestra necesidad de consuelo es insaciable (Stig Dagerman)


“… Por eso no me atrevo a tirar la piedra ni a quien cree en cosas que yo dudo, ni a quien idolatra la duda como si esta no estuviera rodeada de tinieblas. Esta piedra me alcanzaría a mí mismo, ya que de una cosa estoy convencido: la necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insaciable

No voy a descubrir la pólvora (todo está ya inventado, todo está ya escrito) si hablo de la importancia de la primera frase o del primer párrafo de un libro. De hecho, hay autores que dejan para el final escribir esa primera frase o párrafo, conscientes de lo determinante que puede ser. Es el paso que marca los siguientes, una declaración de intenciones, una puerta que se abre o se cierra.

Pero ¿qué sucede cuando no es la primera frase, ni el primer párrafo, ni la primera página, sino TODO el texto de un calibre tal que te deja sin respiración? De acuerdo, estamos ante un texto corto, poco más de tres o cuatro folios (que se acompañan de un anexo con dos textos más de Dagerman, un texto de Marc Tomsin y otro de Federica Montseny hablando del propio Stig Dagerman, todos ellos también de extraordinario interés). Pero estamos ante uno de los textos más brutales que he leído en mi vida, de una magnificencia exquisita.

Con una prosa de una fuerza arrasadora y desbordante este testamento (lo es, en verdad) de Dagerman es como el arco de un violín que, al entrar en contacto con las cuerdas (los lectores), provoca vibraciones ineludibles. Un arco tenso y flexible a la vez, fuerte y dulce, ligero y pesado, que siempre encuentra la posición, el movimiento y el contacto idóneo para producir una melodía bella y dolorosa, difícil y necesaria.

Nuestra necesidad de consuelo es insaciable” es un texto trágico, ardiente y desgarrador que al terminar de leer, releer y digerir, solo era capaz de decir una y otra vez “¡madre mía, madre mía!”… Sacude donde tiene que hacerlo y te retuerce de forma conveniente (“la ayuda en la necesidad, el estremecimiento ante la belleza”).

No es un texto para quedarse en él (no se puede, no se debe) pero sí un texto por el que es necesario pasar, detenerse, tal vez dañarte, pero sobre todo liberarte para poder seguir caminando con más fortaleza y lucidez.

Necesitamos consuelo. Mucho.

lunes, 3 de agosto de 2020

El majestuoso libro de los animales marinos (Val Walerczuk y Tom Jackson)


Llevo la mar en las venas y sin embargo siempre he vivido lejos de ella. Muy yo esa poética del alejarse de aquello que amas. Soy como un salmón que remonta ríos desde el océano para morir en el lugar en el que nació, pero a la inversa: remonto por tierra en dirección hacia el mar abierto.

Con mi rosa de los vientos, cuyo único horizonte es el mar, doy vueltas en círculo esperando una liberación. Mientras, busco el mar en tierra de secano. Aprendo. Aprendo sobre el mar en la distancia. Respiro curiosidad e interés por cada poro, miro mi vida con la fe de quien siempre comienza, cada día.

Mientras todo sucede, a cada respiración, miro, toco, acaricio ilustraciones como las de “El majestuoso libro de los animales marinos”, aprendo como una niña pequeña, extasiada y dando palmas con la mirada. Y aprendo cosas como:

El corazón de una ballena azul puede pesar lo mismo que un coche (mi corazón pesará alrededor de los 200 gramos, siendo generosa conmigo misma)

Cada manada de ballenas tiene una “canción” propia que usan para llamarse unas a otras (mi banda sonora sigue siendo sólo mía)

Hace mucho tiempo, los marineros daneses vendían los colmillos del narval asegurando que eran cuernos de unicornio (yo perdí mi unicornio azul hace varias vidas).

El pariente vivo más cercano del manatí es el elefante (nuestro pariente vivo más cercano es el chimpancé…)

El tiburón ballena nunca deja de nadar (nunca dejes de creer, Ana Blasfuemia)

El caballito de mar es uno de los pocos animales macho que pueden dar a luz (…)

Todos los peces payaso jóvenes son machos. Los que al crecer se hacen más grandes se transforman en hembras (no pierden el tiempo en agrias polémicas transgénero)

La almeja ofrece protección a las algas, y estas le suministran azúcares (las redes de protección y cuidado mutuo que tanto nos cuesta a los humanos…)

Si una langosta pierde una pata, le vuelve a crecer otra (y así deberíamos hacer cuando nos rompen el corazón). ¡Ah! y se comunican entre ellas bombeando orina unas sobre otras (el caso es comunicarse)

Y todo así.

sábado, 1 de agosto de 2020

Los tiempos del esplendor (Lídia Jorge)


Sólo donde no hay amor no hay culpa

Y así, con una sola frase de ocho palabras, se desmonta el bucle de la culpa, de culparse de sentirse culpable. Una frase y la culpa se vuelve redentora. La identidad construida también a golpe de culpa porque hacernos habitables incluye la belleza, pero también lo que nos atormenta. Ser habitable es convivir con todo aquello que somos y a lo que pertenecemos.

Qué maravilla descubrir a Lídia Jorge (de nuevo literatura portuguesa), qué historias más asombrosas las de este libro, qué voz narrativa tan vigorosa en cada relato. Qué placer

En los libros de relatos una de las mayores dificultades para el lector puede ser el tránsito de uno a otro, soltar una historia y dejarte atrapar por la siguiente. Si bien la voluntad y la gestión de la lectura de los relatos está en manos del lector, no cabe duda de que quien los escribe ha de tener la capacidad para atraparnos en cada historia, mantenernos ahí, despedirnos de una historia y unos personajes, y mantener esa capacidad en uno y otro relato, en un enredo cómplice. Lídia Jorge lo consigue, vaya si lo hace.

Seamos claros, seamos extensos, seamos enteros

La sencillez del lenguaje narrativo es una herramienta de apariencia engañosa (pero muy eficaz) para penetrar en toda la enmarañada complejidad de las personas, la sociedad… la vida, y poder así desbrozar el caos mostrando de qué está hecho. Clarificar la memoria para no olvidar. De eso va también la vida.

El último relato es (también, o además de otras cosas) una fina e irónica metáfora sobre el carácter y la literatura holandesa, francesa, checa e inglesa… narrado por una autora portuguesa. Y también es un gran cierre en el que, de nuevo, lo esencial puede contarse sin artificios, con el poder de una síntesis inteligente

¿Quién decide? ¿Cómo separar este momento del que vendrá después, para poder decir: y entonces fue así?

martes, 28 de julio de 2020

El coleccionista (John Fowles)


Pero todo el mal que existe en el mundo se ha producido precisamente así: por acumulación de gotas. Sería absurdo decir que no tienen importancia las pequeñas gotas. Las pequeñas gotas y el océano son exactamente lo mismo

Uno de mis mayores sufrimientos de niña era ver que alguien mataba una mariposa. Creía, más que en cualquier otra cosa, salvo en la inmensidad del mar, que cuando se mataba una mariposa al día siguiente el cielo lloraba y llovía. Una lluvia triste y empapadora. Por eso la lluvia me llueve siempre. Por eso me inquieta quienes atrapan mariposas, las encierran y las dejan morir. Por eso hace años leí este thriller sobre un coleccionista de mariposas. Y vete tú a saber la razón pero ahora he vuelto a releerlo.

Alternando puntos de vista (secuestrador y secuestrada), Fowles vuelve a espeluznarme en esta relectura. Me pregunto qué me inquieta pero es una pregunta retórica, conozco la respuesta: la ignorancia del protagonista del daño y dolor que causa a su víctima, permanecer ajeno al mal que uno mismo causa, indiferente a las consecuencias de sus acciones, la lejanía con el otro, la condescendencia con uno mismo.

Las excusas del protagonista me repelen profundamente de la misma forma que me admira la capacidad de Fowles para dotar al protagonista de una consistencia real, así como para traspasar esa atmosfera claustrofóbica al lector, hasta el punto de apreciar con agradecimiento renovado cada gesto sencillo de libertad que poseemos, como poder abrir una puerta y atravesarla.

Quizás sea una gran habilidad de Fowles plasmar con aparente sencillez esos dobles raseros de la realidad o esas realidades que conviven en una misma supuesta realidad. Y desde esa sencillez para transmitir todas esas aristas profundas en la psicología de ambos personajes (el deseo de poseer, la lucha por la supervivencia) Fowles construye con maestría una mente capaz de construir una realidad paralela, una mente en lucha por la que, en algún momento, llegamos a sentir pena. Y eso es lo que realmente me turba.

La intertextualidad entre “El coleccionista” de Fowles y “La tempestad” de Shakespeare es puro deleite y un regalo para el lector.

Te perdono

miércoles, 22 de julio de 2020

Da dolor (Pilar Adón)



Lector que asumes estos versos
has de saber que su autora es una bestia innoble
que no puede callarse. Que escribe
sobre entrañas y personas decentes,
y despierta cada día dentro de una cabeza
derramada en chirrido.
Que entrega
y delata a los que más quiere,
sin borrar nada, perder nada,
midiendo el valor de una vida
por los libros leídos,
los libros escritos.
Su nula dignidad
y su poca ética

Llego a este poemario despacio. Antes, lo mantuve cerca y lejos a la vez. Sé que lo importante no requiere premura, sino paciencia, espera y un tiempo sensible, casi compasivo. Sé, también, que Pilar se encripta en sus novelas y se desarropa en su poesía.

Es una poesía eufónica la de Pilar, con una musicalidad trabajada y pulida. Y eso, cuando en lo que lees hay entrañas volcadas en versos, me habla de corrientes profundas y abisales del alma, corrientes en las que las palabras se convierten en una circulación termohalina personal y universal, una íntima cinta transportadora de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro.

Atravesada por la literatura, consciente de sus raíces (literarias y personales), generosa y consciente de su propio rizoma (en su acepción botánica y filosófica), cede siempre espacio para mencionar algunos de los filamentos que componen su fibra, en esta ocasión a Dickinson, Sand, Hamsum, Anne Carson, Flannery O’Connor, Thoreau, Plath… aportando así, además, una guía literaria.

Lo espiritual que veo en ti, querida Pilar, no es miedo ni pena, sino todos los sinónimos posibles de humanidad: piedad, caridad, afabilidad, sensibilidad, consideración… También naturaleza, ética, honestidad. Una honestidad tan brutal que tu antiguo y titánico empeño (pedir perdón) se adhiere a ti como una segunda piel.

No dar con una respuesta racional
y a la vez compasiva:
he ahí la peor tortura

Me inventé el verbo “espejear” para expresar esta emoción de leer a otros sabiendo que lo leído y lo sentido, lo leído y lo que soy, conectan entre sí como moléculas diatómicas, un ecosistema natural que fluye sin necesidad de añadidos ni explicaciones. Cuando leo a Pilar, espejeo.

No, Pilar, tu acción no es la inacción. Tu acción es la poesía. No te disculpes por ello. Me atrevo a decir, incluso, que no te disculpes por nada.

“Da dolor” es una conmoción que cobija.

AHORA QUE NO ME PREOCUPA mi soledad
porque me absorbe la de ella.

La soledad que
                        yo
                        genero en ella

viernes, 17 de julio de 2020

Falconer (John Cheever)


Vio que había perdido el miedo a caerse y todos los demás miedos de la misma naturaleza […] Alégrate -pensó-, alégrate

Para perder los miedos hay que volver a nacer (remorir y renacer) y que te lleven en brazos como un niño inocente, aunque no seas un niño ni inocente sino un drogadicto condenado en la prisión de Falconer por asesinar a tu hermano. Ese es Farragut.

O eso creemos que es Farragut: un indeseable drogadicto y fratricida. También profesor universitario y lector de Descartes. ¿Qué nos va a contar este personaje? ¿Qué vamos a esperar de él, si ya le hemos juzgado y condenado? ¿Podemos esperar e incluso desear su salvación? Cheever cree que sí, que Farragut puede liberarse y salvarse. ¿Cómo?

Leer siempre es un esfuerzo. Te esfuerzas en entender al protagonista, su historia, sus motivos, sus actos, sus omisiones. El esfuerzo será en vano si no vamos más allá de los hechos y no entramos en las negras suturas que necesitan un foco de luz para palpar su textura, ese entramado de raíces que hay que diseccionar con ferocidad pero también con compasión. Cheever, liberando sus demonios y con una prosa granítica, quirúrgica y satírica nos desmenuza el infierno del que está hecho Farragut.

Cheever pone encima de la mesa sus propios fantasmas: homosexualidad, adicciones, religión… Nos habla de la condición humana y sus múltiples ramificaciones desde una perspectiva bíblica, a través de una historia de resurrección y liberación en donde la cárcel no es únicamente muros, puertas y rejas, sino el confinamiento del alma humana. Y Cheever lo hace de una forma abierta, surrealista y multidimensional en una novela tan extraña como extraordinaria y con una calidad literaria magnífica.

Todo se vuelve más liviano cuando confiamos en nosotros mismos. Esa es la libertad. Alégrate.

lunes, 13 de julio de 2020

El mar que nos rodea (Rachel Carson)


Es ésta una de las paradojas de las actividades geológicas de las tierras y de los océanos: que a causa de un fenómeno, al parecer tan destructivo y de naturaleza tan catastrófica como es una erupción volcánica, pueda producirse un acto de creación

Esa paradoja que ¡tanto! nos cuesta entender: que de algo demoledor y trágico pueda surgir la creación y, con ella, la belleza. Los mares y océanos contienen todas las claves, sólo hay que descifrarlas. Y si alguien interpretó y describió esas claves y ese lenguaje del mar que nos rodea con inteligencia, sensibilidad y una pedagogía impecable, esa es Rachel Carson.

El ser humano nunca domesticará a la naturaleza. Nunca nos ha necesitado para crear su propia obra. Y a su generosidad, ese espectáculo majestuoso de vida y muerte, de belleza y crueldad, respondemos con la violencia del conquistador, con la soberbia de la barbarie.

Hubo un tiempo en el que una gran marea de materia terrestre parió la luna, que los primeros seres vivos no llegaban a ser ni vegetales ni animales. Hubo un tiempo en el que, por primera vez, el Sol brilló sobre el mar. Hablamos del planeta Tierra. Nuestra casa, hogar, nido ¿Cómo se formaron los océanos?, ¿la vida? Si alguien puede darme ese lenguaje es Rachel Carson y sus majestuosos conocimientos científicos y marinos, su vasta sensibilidad respetuosa y honesta.

Somos hijos del mar, “cada uno de nosotros inicia su vida individual en un pequeño océano dentro del útero materno”, por eso añoramos el camino que nos lleva allí. Por eso leer a Carson es llenar los ojos de mar, de mareas feroces, del centelleo de sus luces y del pálpito de quienes lo habitan. Carson describe con una voz tan nítida que es como estar allí donde describe.

Carson habla, por ejemplo, de la corriente del Golfo como una corriente “relativamente joven, apenas tiene unos sesenta millones de años de existencia”. Y ahí está la brújula que necesitamos: que la historia humana es muy breve en relación a la historia de la Tierra y los mares y océanos. Brevísima e insignificante. Y eso no nos da ningún poder, al contrario, debiera darnos una humildad de la que estamos muy carentes.

Hay un misterio indescifrable en el mar. Y un vocabulario en torno a mares y océanos que es pura poesía: petrel, diatomea, abadejo, pecio, cardumen, latimeria, medusa, albatros, quisquilla, anjova… El mar, la mar, el único lugar en el que hay caballitos y caballas, peces que vuelan y aves que nadan. Que muestra su belleza sin ocultar su peligro.

Una lectura imprescindible para muy amantes del mar, la ecología y la biología marina.

viernes, 10 de julio de 2020

El hombre jazmín (Unica Zürn)


Pero ella ya empieza a caer en el abismo de una nueva y profunda depresión, como si ésta fuera la ley de su enfermedad. Unos cuantos días fabulosos, unas cuantas noches con las estremecedoras experiencias de la alucinación, una breve euforia, la sensación de ser extraordinaria, y después, la caída, la realidad, el desengaño

Vuelvo a Zürn seis años después, en una especie de círculo imposible de cerrar porque si lo cierro me atrapa dentro. Dentro es afuera, fuera de la vida. Zürn me cruje como un oso aplastando las costillas de un bebé con un abrazo tan lleno de amor como de exceso. Intento encontrar las palabras y no las tengo, me desborda la lucidez de su locura que me deja sin aliento y llena de dolor, comprensión y compasión.

Leer a Zürn es sentir el grito subiendo y bajando en la garganta, no encontrando un lugar en el que hacerse voz ni palabra, un torrente en los ojos impelidos al desbordamiento. Quizás habrá quien haya escrito sobre su propia esquizofrenia con más lucidez, que lo dudo, pero nadie me conmueve y sacude con tanta ternura como ella.

Vuelan las palabras en la voz de Zürn buscando lo perdido, como ave de paso que anida en el aire y no encuentra lugar donde reposar. Tan grande para este mundo. Sus descripciones afiladas, virtuosas, intensas. La memoria de Zürn era un rio de basura que no calmaba ni curaba. Cómo iba a encontrar el principio si solo veía el final y sus delirios eran una adicción, agua que saciaba su sed.

Sometida a la imposición de ser ella misma, perdida en la frontera entre realidad y alucinación, oyendo recitar a un poeta en su vientre, pariendo una Alemania sin muros, viendo todo, en conflicto constante con la sociedad, aturdida por la vida, creyendo en milagros con la intensidad de los niños, queriendo plantar árboles de pan para acabar con el hambre…

No me gusta ver la locura como algo bello, pero la mirada de Zürn lo era porque su alma era pura y cristalina, niña herida por la vida que se mató por querer vivir. Esa gran contradicción ¿no?: morir por querer vivir, tanto. Tanto. Tanta vida.

Escondo sensaciones y este remolino que siempre me provoca Zürn porque elijo vida viva una y otra vez.

martes, 7 de julio de 2020

Historias falsas (Gonçalo M. Tavares)


Sin embargo, por mucho que se ande, lo que se anduvo permanece en el cuerpo: se llama cansancio, fatiga o memoria

Historias falsas para narrar una verdad desviada con nombre propio: Historia. Historia de la filosofía. Ficción, realidad, mito o alegoría. Estas pequeñas historias falsas de Tavares nos cuentan cosas, me las devoro como pildoritas que me salvan la vida porque ya decido qué es lo que me la salva y qué no.

Tiro de las notas en las páginas de cortesía para que compongáis de nuevo vuestra propia historia:

No copiar ni imitar para ser una misma: copiar destruye el original.

El amor es una hipótesis (el amor como deseo o ilusión y, por tanto, irreal).

La muerte como regreso (¿verdad o mentira?).

La sabiduría ha de ser audaz. Adiós a la zona de confort, el confort es una historia falsa.

No es lo que se sufre ni cuánto, es el cómo.

El valor como energía (impulso, impulso).

Imitar la verdad (¿destruimos entonces la verdad?).

Utilizar la fuerza propia para que los otros NO la pierdan ni pierdan ni se pierdan.

El 1 es un puesto (la soledad).

El asco para olvidar el amor.

No se puede volver a llenar el vaso con el agua que ha caído o has tirado al suelo (¡toma ya!).

Aprender lo sencillo y lo inocente de la sencillez y la inocencia.

Responder después de un silencio (pausa). Solo se aprende si llegas a la verdad (aprehender), aprendes si aprehendes.

Creer es la mayor de las inteligencias.

No huir, sino recibir.

Cuanto se puede aprender con poco ¿verdad? Con cada una de estas pildoritas de Tavares podría escribirse una historia… ¿falsa?

Como nos dice incansablemente Irene Vallejo Moreu: leamos