martes, 29 de septiembre de 2026

Job (Joseph Roth)


“Todo lo repentino es malo; lo bueno llega siempre lentamente”

Leí “Job” con esa predisposición amable que se guarda para los libros que vienen precedidos por cierta reputación. Aprecié la limpieza narrativa, el ritmo y la cadencia de parábola que sostiene el relato. Entendí perfectamente las razones por las que es un libro valorado: es contenido, simbólico, respetable, está escrito con mucho oficio y su estructura es clara. Todo estaba donde debía… excepto yo. Pasé por sus páginas como quien camina por una sinagoga vacía sin saber muy bien si puede sentarse, ni siquiera si tiene derecho a estar allí.


Joseph Roth reescribe la historia bíblica de Job a través de Mendel Singer, un maestro judío que lo pierde todo y que atraviesa su desgracia como quien camina por un mundo que ya no le pertenece. La emigración le arrebata patria y lengua, después vienen las pérdidas, una tras otra. Al final (como quien cambia de tonalidad sin previo aviso) todo parece restituirse: Menuchim reaparece. El hijo le es devuelto, aunque no le devuelven el mundo. Una alegoría cerrada (yo diría bruscamente) en ese último gesto. Es posible que Roth lo escribiera en plena “borrachera creativa” (a veces se necesita un pequeño vértigo para darle a un relato una salida que altere de golpe el tono y la continuidad narrativa). 


El propio libro había dicho que todo lo repentino es malo y que lo bueno llega siempre lentamente, pero en este caso lo bueno irrumpe al final con una rapidez que a mí me resultó difícil de incorporar al resto. Entiendo perfectamente la lógica de la parábola y también la fidelidad al modelo bíblico; mi resistencia se debe a que hasta entonces Roth había mantenido una contención extrema, una desgracia acumulativa y compacta, sin desbordamiento emocional. Pero el final modifica el tono del relato. Puedo comprender el sentido simbólico pero lo siento menos convincente dentro del movimiento que el propio libro había construido.


Tal vez no era el momento o tal vez no era mi libro. El libro me trató con corrección, me dejó pasar y nunca levantó la voz, pero no encontré dónde sentarme y quedarme. Quizá necesitaba otra clase de intensidad, algo menos equilibrado y más torcido. Como en la primera sinfonía de Mahler: una marcha que parece solemne y, de pronto, se desvía ligeramente. Me habría bastado con eso, una ruptura leve en el tono, ese movimiento inesperado que desarma el orden sin destruirlo. Quizá yo no supe escucharlo.


Me consuela pensar que incluso Joseph Roth habría comprendido que yo saliera de su libro como quien se levanta de una sinagoga vacía, sin saber del todo si debería haber entrado.


Gracias, Joseph Roth. Gracias, Bernabé Eder (traductor)


©AnaBlasfuemia




sábado, 26 de septiembre de 2026

Las luces azules (Jennifer Johnston)

“Re-creación.

Es todo cuanto queda”


He tenido un tira y afloja considerable con este libro, que me ha hecho avanzar por sus páginas moviéndome entre la atracción y la resistencia. Por momentos Johnston me convencía con una lucidez psicológica extraordinaria, pero unas páginas después me desconcertaba con diálogos que me sonaban afectados. Sospechaba de la autora, luego de la traducción, después otra vez de la autora; corregía una impresión y aparecía otra, encontraba una página excelente que me obligaba a revisar la anterior… y vuelta a empezar.


No ha sido una lectura con una curva limpia, qué va. He estado negociando constantemente con el libro y también conmigo misma. No sabía si admirar lo que leía o rechazarlo. Un párrafo me hacía pensar una cosa, un diálogo la contraria. A veces la economía narrativa era de chapeau, pero luego la insistencia en dejar claras algunas ideas me desanimaba. A ver, Ana, piensa, piensa: ¿qué está pasando? ¿Te gusta el libro, sí, no…?  Me sentía incómoda al pasar de unos tramos que me gustaban a otros que me expulsaban directamente del libro.


El punto de partida de “Las luces azules” me interesaba mucho: Constance, autoexiliada y alejada de su familia y de Irlanda, recibe a los cuarenta y cinco años, con una hija casi recién nacida, el diagnóstico de leucemia. Decide volver a la casa de sus padres en Dublín y pasar allí el tiempo que le quede. No quiere someterse a tratamiento ni convertir sus últimos días en una batalla médica. También tendrá que decidir qué será de su hija.


Y ahí está Constance, en casa de sus padres, con la presencia fantasmal de su madre. Mientras la enfermedad sigue su curso, Constance intenta escribir (ser escritora había sido uno de sus sueños), bebe whisky con una confianza bastante mayor que la que deposita en la medicina y contempla las luces azules de un árbol de Navidad.


Constance es tozuda. Mucho. Me gusta esa mujer terca y rebelde, aunque me va gustando menos cuando compruebo que parte de su independencia quizá tenga menos que ver con una conquista de libertad y más con la distancia utilizada como sistema de defensa. La propia Constance parece empezar a sospecharlo: ha pasado buena parte de su vida evitando quedar demasiado expuesta ante los demás y eso tiene un precio. Al final sigue siendo áspera, divertida, egoísta, lúcida, cruel a veces, inteligente, intuitiva, contradictoria.


Constance repasa su vida mediante recuerdos, escenas en tercera persona, irrupciones de conciencia y diálogos que van componiendo una identidad llena de rectificaciones. A mí la lectura me atrajo más cuando Constance recuerda, piensa, rectifica retrospectivamente lo que creyó durante años o mira a los demás con esa mezcla de lucidez, sequedad y mala leche. 


Como ya comenté, hay momentos de una economía narrativa admirable. Pero los diálogos y los demás personajes me resultaron demasiado funcionales, demasiado visibles en la función que debían cumplir (caracterizar al personaje, explicar el conflicto, proporcionar información y hacer avanzar la escena). Quizá sea un bicho raro, porque los diálogos suelen señalarse como uno de los puntos fuertes de esta autora, pero a mí me parecían… impostados. Muy ágiles, eso es cierto, y dan un ritmo considerable a la lectura. Pero impostados.


Rematando, que es gerundio: no me desagradó la lectura. De hecho, una parte importante de mi interés estuvo precisamente en lo que me hizo batallar con ella y conmigo misma. Pero mi “diagnóstico” final es que “Las luces azules” es mucho más fuerte en la voz de Constance que en los diálogos y en la construcción de los demás personajes. Y eso me distanció demasiadas veces de un buen libro, con una buena historia y tantas cosas que contar que, a mi juicio, no siempre supo repartir bien el peso narrativo y terminó cargándolo en exceso sobre los diálogos y sobre unos personajes demasiado subordinados a la función que cumplían..


En fin, leer también consiste en esto: admirar una página, discutir la siguiente y seguir adelante como si una no tuviera criterio propio.


Gracias, Jennifer Johnston. Gracias, Lucía Barahona (traducción)


©AnaBlasfuemia

martes, 22 de septiembre de 2026

El patio (Thomas Korsgaard)

 “- ¿Qué regalo quieres?

Respondí que lo único que quería era una familia nueva”


La familia suele presentarse como un hecho de la naturaleza, una especie de accidente biológico elevado a destino por decreto sentimental, algo que pertenece al territorio de lo irrevocable. Se supone que debes aprender a querer la que te ha tocado, adaptarte al reparto, agradecer incluso las ruinas y llamar hogar al lugar donde empezó a construirse el trauma. Por eso la respuesta de Tue es tan desarmante, porque ante la promesa de un regalo no pide mejorar la familia que tiene. No pide más cariño, ni más dinero. Lo que quiere es ser hijo en otra parte. Pide empezar desde el principio.


“El patio” es el primer volumen de la Trilogía de Tue. Sigue a un niño de doce años que crece en una granja aislada, dentro de una familia marcada por la pobreza, la violencia cotidiana, el silencio y una precariedad importante.


El libro comienza con Tue fantaseando sobre la muerte de su padre y organizando mentalmente el funeral: distribuye lugares, funciones, reacciones y comportamientos. Sin apenas darnos cuenta, va levantando delante de nosotros la estructura completa de su mundo. Es importante que sea él quien organice mentalmente ese entierro imaginario puesto que durante unos minutos consigue ordenar una realidad que probablemente percibe como imprevisible. Puede decidir el orden de los acontecimientos, anticipar las reacciones e incluso gestionar el dolor. Hay algo de juego y algo de defensa en ese imaginar la muerte del padre.


Por eso la fantasía no es únicamente el deseo de que el padre desaparezca. Es también miedo, rabia, curiosidad, alivio e incluso una forma retorcida de amor. Antes de saber casi nada de Tue ya sabemos que observa (e imagina) mucho más de lo que comprende.


Korsgaard apenas interpreta a sus personajes. Los deja vivir en su rutina para que los vayamos conociendo por la manera en que hablan, por sus gestos, por lo que callan, por las pequeñas decisiones que toman cada día. En ese sentido, me ha recordado a Knausgård, si bien es verdad que en Knausgård la cotidianeidad suele expandirse: un gesto doméstico puede abrir una reflexión de varias páginas, una asociación de recuerdos, una digresión filosófica o una observación sobre el tiempo.


En Korsgaard ocurre casi lo contrario. El detalle permanece siendo detalle, el detalle no se comenta ni se explica. Se deposita en la narración con una enorme confianza en que el lector hará el trabajo. Vas leyendo y, a veces, tienes la impresión de que “no está pasando gran cosa”, sin embargo, cuando terminas un capítulo descubres que ya has construido una imagen muy precisa de esa familia.


El tratamiento moral de Tue es, cuanto menos, curioso (también logrado): roba, miente, actúa impulsivamente y toma decisiones que tienen consecuencias para los demás. Pero Korsgaard evita convertir esas escenas en un juicio moral o en una excusa. Nos permite comprender el proceso que conduce a ellas sin pedirnos que las justifiquemos. Comprender una conducta no equivale a justificarla (en eso consiste la empatía)


La pobreza en “El patio” no es solo económica. Es una pobreza de palabras, de reconocimiento y de herramientas para entenderse a uno mismo. Tue no carece de introspección; de hecho piensa mucho, imagina escenarios, observa con enorme atención, anticipa situaciones. Lo que parece faltarle es un lenguaje que le permita convertir toda esa experiencia en comprensión. 


Hay muchos niños como Tue, muy perceptivos, que viven en entornos caóticos y desarrollan una extraordinaria capacidad para leer a los demás, mientras que siguen siendo muy torpes para entenderse a sí mismos. Aprenden a detectar el humor del padre antes de entrar en casa, la tensión entre los adultos o el peligro de una conversación, porque eso es adaptativo. Sin embargo, nadie les enseña a preguntarse “¿Qué me está pasando? ¿Por qué he hecho esto?”. Tue piensa sin herramientas hermenéuticas. Ve mucho, pero entiende bastante menos. Y con esa desproporción tiene que ir construyéndose (o destruyéndose).


Gracias, Thomas Korsgaard. Gracias, Blanca Ortíz Osale (traducción)


©AnaBlasfuemia



sábado, 19 de septiembre de 2026

El colibrí (Sandro Veronesi)



"¿A cuántas personas llevamos enterradas dentro?"

Premio Strega 2020, numerosas reseñas positivas, críticas que elogian la estructura temporal, la madurez narrativa, la ambición de novela total, el acierto del colibrí como símbolo de resistencia, la eficacia emocional…. ¿Cómo no entregarse a esta lectura con cierta mezcla de respeto, entrega y paciencia?


No voy a negar que durante un tramo todo parecía estar en su sitio, cada elemento colocado con una precisión que invitaba a confiar. Parecía que el libro sabía muy bien lo que está haciendo y no tuviera intención de ocultarlo, lo cual, en principio, podría ser una buena noticia si no fuera porque, a medida que se avanza, esa misma claridad empieza a volverse un poco sospechosa, como cuando alguien te explica demasiado bien algo que, en teoría, debería entenderse por sí solo.


“El colibrí” (como el algodón) no engaña, no juega a ocultar, no deja zonas donde una tenga que detenerse a pensar demasiado qué está ocurriendo o por qué, más bien se ocupa de acompañarnos con una diligencia constante, explicando lo que vemos, encuadrando lo que sentimos, como si temiera que, en ausencia de esa guía, podríamos cometer el error de interpretar algo por nuestra cuenta, lo cual introduciría una variabilidad poco aconsejable en un sistema que funciona mejor cuando todo está debidamente orientado.


La estructura fragmentaria (cartas, correos, saltos temporales) podría haber implicado cierta desobediencia, una grieta por la que se colara algo menos organizado, más cercano a esa forma en que la vida se presenta cuando no está siendo narrada, pero esos fragmentos mantienen una disciplina ejemplar, no se salen del guion, no se permiten desviaciones que comprometan la estabilidad del conjunto, como si cada uno de ellos hubiera recibido instrucciones precisas sobre lo que puede y no puede hacer.


Y así, mientras el libro insiste en hablarnos de la resistencia, de esa capacidad de mantenerse en pie sin grandes gestos, sin estridencias, empecé a tener la impresión de que lo que verdaderamente se está sosteniendo no es tanto una vida como una estructura que no admite fallos porque no contempla la posibilidad de que algo no funcione como estaba previsto, de que un personaje actúe de manera inconveniente, de que una situación no contribuya con eficacia al sentido general del relato.


“El colibrí” se mantiene en el aire con una precisión admirable, no cae, no se desvía, no muestra signos de fatiga. Todo encaja y ese ha sido el problema. Porque cuando todo encaja con tanta precisión, cuando cada elemento cumple su función con una eficacia tan sostenida, la vida deja de parecer vida y empieza a parecer una especie de ejercicio bien resuelto. Y es en ese control tan exhaustivo donde la emoción se vuelve sospechosa porque llega ya organizada, preparada, con su correspondiente marco interpretativo, como si hubiera sido cuidadosamente dispuesta para evitar cualquier malentendido.


No he podido superar ni disfrutar esa narrativa tan descriptiva y controlada de Veronesi. No termina de soltar el texto y lo conduce con mano férrea, no dejando que nada quede abierto. Y cuando un autor explica demasiado o encuadra demasiado lo que ocurre, a mí se me reduce el espacio de respiración. No puedo entrar, solo puedo mirar.


Y la consecuencia directa de todo esto ha sido la sensación de que lo que leía no terminaba de ser creíble. No porque los hechos sean inverosímiles en sí (el libro trabaja con temas reconocibles: familia, enfermedad, pérdidas, vínculos), sino porque la manera de presentarlos me ha parecido demasiado programática, todo está demasiado calculado para ser verosímil.


Dicho de otra forma (y aquí me pongo un poco maliciosa): cuando un libro no te deja intervenir, tampoco te deja implicarte. Y sin implicación, la empatía no es que falle, es que ni siquiera llega a activarse. Para mi este libro es un libro sobreactuado… y sobrevalorado.


Gracias, Sandro Veronesi. Gracias,  Juan Manuel Salmerón Arjona (traducción)


©AnaBlasfuemia


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Melancolía (Peter Nádas)


“Llamamos melancólico a quien no puede hacer más que entregarse sin reservas a ese sentimiento de deambular en la oscuridad y desear la luz, y a su estado lo denominamos melancolía”

El punto de partida de “Melancolía” es un cuadro de Caspar David Friedrich (“Costa a la luz de la luna”, un cuadro que no tiene un único punto de referencia, sino varios) y, a partir de esa imagen, Nádas ensaya una aproximación a la figura del melancólico. No le interesa hacerlo una mirada clínica, ni desde la retórica más o menos manida del sufrimiento. Lo suyo va por otro sitio, no quiere dictaminar qué es la melancolía, no quiere enjaularla en conceptos ni clasificaciones ni etiquetas. Lo que quiere es permanecer un rato en su atmósfera, escuchar cómo piensa, cómo recuerda, cómo espera.


Para Nádas la melancolía tiene mucho que ver con el recuerdo, con una fijación del ánimo en lo que ha sido o en lo que podría volver a ser, mientras el presente se va quedando sin espesor, como si no terminara de comparecer. Me gustó mucho esa idea, porque desplaza la melancolía del sentimentalismo y la lleva a un lugar más incómodo y (seguramente) más exacto: el de una conciencia mal ajustada al tiempo, una conciencia que no vive solo lo que vive, sino también lo que perdió, lo que espera, lo que teme que regrese o lo que teme que no llegue nunca.


No convierte la melancolía en un privilegio del espíritu, más bien reconoce en ella una lógica, unos ritmos, unos hábitos de percepción, incluso una fidelidad tenaz a ciertas formas de repetición. La tormenta vuelve, la marea regresa, la noche cae otra vez. El pensamiento melancólico parece agarrarse a esas regularidades del mundo y, al mismo tiempo, quedar herido por lo imprevisible, por aquello que rompe el pacto secreto entre razón y continuidad. De ahí esa mezcla tan precisa de espera y amenaza, de familiaridad y zozobra.


Aquí no hay trama ni hay personajes en el sentido en que solemos pedirlos para sentir que un texto avanza. Hay una voz que observa y que vuelve una y otra vez sobre una misma figura, como si necesitara cercarla desde distintos ángulos para captar algo que se resiste a ser atrapado, que te empapa pero no puedes concretarlo ni darle forma.


Hay un pequeño sistema simbólico que Nádas construye (el negro, el otoño, la noche, el norte) que funciona como una tentativa de darle concreción sensible a algo difícil de apresar, como si la melancolía necesitara manifestarse en colores, estaciones, orientaciones, materias del mundo, antes de poder ser pensada con cierta claridad.


La escritura acompaña mucho en ese sentido. Aunque el libro se presenta como ensayo, su prosa no avanza a golpe de tesis ni demostración de cultura y erudición, sino por recurrencias y variaciones, por un ritmo que a veces roza la salmodia. Es una escritura que gira, insiste, vuelve sobre sí y se demora en sus propias formulaciones, y ahí es donde el libro encuentra mejor su lugar. 


No sé si es un libro para todo el mundo, ni me interesa demasiado decidir esas cosas, no pretendo  hacer de aduanera lectora. Sí sé que es un texto breve, concentrado, de una oscuridad sobria, que se queda pensando alrededor de una figura y, al hacerlo, deja también pensando a quien lo lee. Yo me quedé, no tanto una interpretación del cuadro ni con una teoría de la percepción, sino más bien una ligera desconfianza hacia la facilidad con la que solemos creer que vemos. Si eso basta o no, dependerá de la disposición con que una llegue, del día que lleve encima y del tipo de intemperie que tenga en ese momento.


Gracias, Peter Nádas. Gracias, Adan Kovacsics (traducción)


©AnaBlasfuemia

domingo, 13 de septiembre de 2026

Deja que te cuente (Shirley Jackson)


"Lo mejor de ser escritora es que puedes permitirte disfrutar hasta el infinito de la extrañeza"

Shirley Jackson tenía un humor muy particular, muy suyo. ¿Sabéis esa risa extraña que se parece mucho a un silencio incómodo? Pues esa. Porque cuando entra en modo satírico no necesitaba tirar de la exageración ni que el humor se diera importancia. Al contrario, Jackson baja el tono hasta que lo incómodo forma parte del mobiliario. Crees estar leyendo una inofensiva escena cotidiana… hasta que de pronto sientes que llevas demasiado tiempo conteniendo la respiración.


Jackson puede coger a una madre, un niño, una visita inesperada, una receta fallida, una frase pasivo-agresiva dicha con una sonrisa perfectamente amable. Mezcla todos esos elementos sin pestañear ni alterar el tono emocional. La protagonista no se indigna y continúa a lo suyo como quien sigue fregando los platos mientras se inunda la cocina. O sea, no hace nada raro. Y precisamente eso es lo raro.


Hay algo que Jackson utiliza de una forma muy precisa: la literalidad como trampa. Lo extraño no se presenta como extraño ni se acompaña de luces de alarma. Simplemente aparece como quien no quiere la cosa, como si llevara toda la vida ahí. Y no lo detectas hasta que ya está dentro. Normalmente lo inquietante está más en el modo en que pasa que en lo que pasa: no hay señales de advertencia y, aun así, algo se desajusta. Jackson no necesita señalar el momento exacto en que debemos empezar a desconfiar o a extrañarnos porque le basta con acumular pequeños desfases, detalles que no coinciden o quedan sin explicación. Y cuando quieres darte cuenta ya no hay vuelta atrás porque lo raro no aparece de pronto… ya estaba ahí desde el principio.


“Deja que te cuente” nos permite ver (y disfrutar) a Jackson manejando todos los registros, puesto que es una recopilación póstuma de relatos inéditos o dispersos, textos tempranos, ensayos, piezas de humor familiar y reflexiones sobre la escritura.


Uno de los recursos más desestabilizantes y divertidos en sus relatos es el modo en que invierte la lógica social y familiar, contemplando después las consecuencias con absoluta seriedad. En “De boca de los niños”, lo que parece una conversación trivial entre adolescentes se desliza hacia lo inquietante gracias a uno de los grandes peligros de la maternidad: que tus hijos sean unos charlatanes capaces de transmitir a terceros cualquier asunto familiar que hayan escuchado, preferiblemente el que nunca debiera de salir de casa. En “Cómo disfrutar de una discusión familiar”, un conflicto doméstico se expone como si fuera un ritual, con instrucciones y pasos, como si la familia hubiera desarrollado un reglamente interno para discutir con eficacia. 


Hay una forma de ironía en Shirley Jackson que me fascina porque carece de crueldad, no es nada humillante y aun así descoloca con suavidad, sin tregua ni justificación. En “Mi verdadero yo”, por ejemplo, la narradora enumera aspectos de su vida que podrían considerarse extravagantes (hay un fantasma en el desván, mandrágoras en el jardín, recetas que incluyen alas de murciélago) y los presenta con la misma naturalidad con la que otra persona contaría que ha comprado pan o que ha limpiado el baño. El tono permanece intacto mientras el contenido se vuelve cada vez más improbable. La ironía aparece justo en ese leve movimiento entre lo que se dice y cómo se dice (con una absoluta tranquilidad)


Me han gustado especialmente los textos en los que Shirley Jackon habla de la escritura, porque permiten entender mejor esa extrañeza que ella reivindicaba. Nos explica procedimientos, recuerdos, asociaciones y pequeños trucos del oficio. En “Preguntas que desearía no haber hecho nunca” nos enumera momentos incómodos provocados por torpeza o candidez social (comentarios inapropiados, respuestas inoportunas, silencios mal entendidos), pero no lo hace para justificarse ni para embellecer su torpeza. Ella se equivoca, pero con estilo. Pierde autoridad pero no dignidad. Se ríe de sí misma pero sin reírse demasiado.


La imaginación de esta autora parecía trabajar mientras fregaba platos, observaba a sus hijos, recordaba una casa o decidía que determinados detalles insignificantes merecen ser atendidos. No cabe duda de que la literatura empieza bastante antes de sentarse a escribir.


Puedo decir que leer a Shirley Jackson es lo más parecido que conozco a que te acaricien con una lija fina. Recomiendo leerla con la lavadora centrifugando de fondo y con el lavavajillas haciendo lo suyo (o lo tuyo).


Gracias, Shirley Jackson. Gracias, Paula Kufler (traductora)


©AnaBlasfuemia



viernes, 11 de septiembre de 2026

La costa de Chicago (Stuart Dybek)


“Los muertos son tan sentimentales como cualquiera”

Imaginemos una ciudad que no solo existe en el mapa, sino en la fisura entre un acorde de Chopin y el chirrido de un tren, donde las botellas de cerveza vacías se convierten en lápidas y un beso puede flotar como un espectro sobre las calles. Ese es el Chicago de Dybek en este libro de relatos que no se leen como historias, sino como recuerdos que alguien te susurra en un bar al borde de la medianoche, cuando la ciudad parece a punto de confesarte un secreto. Un Chicago que es casi una estructura gramatical.


El epígrafe del libro, tomado del poeta Antonio Machado (“De toda la memoria, solo vale el don preclaro de evocar los sueños”) establece el tono. Dybek no se limita a describir Chicago sino que lo reimagina como un espacio donde los límites entre lo real y lo soñado se desdibujan.


No es extraño (aunque en mi caso no tan frecuente) que una lectura te decepcione. Cierto que tengo paladar exigente, aunque abierto a sabores distintos, pero “La costa de Chicago” es un libro que venía precedido de buena fama en algunos círculos literarios. En fin, la decepción en la lectura no deja de ser una emoción compleja que tampoco voy a intentar desentrañar. “La costa de Chicago” ha sido como una canción fallida de jazz, con gran riqueza rítmica y estructural pero poco sorprendente en la improvisación, con notas que duelen, otras que te hacen querer bailar y otras que no percibes ni siquiera como sonido de fondo.


No es un mal libro, eh. Los relatos de Dybek tienen imágenes sensoriales muy atractivas, juega con las emociones (que parecen flotar en una niebla etérea y nostálgica), hay lirismo en su prosa, los relatos tienen un enfoque melancólico, casi cinematográfico. La materia prima de estos relatos es la memoria en un barrio étnico, con su mitología de calles, bares, voces y música. Es curioso, y me llamó la atención, que esa mitología de barrio, urbana, esté revestida en ocasiones de realismo mágico, con apariciones de lo extraño, lo fantástico, lo visionario, que en verdad tampoco descolocan mucho, no es un realismo mágico que provoque conflicto.


Pienso que mi incomodidad con esta lectura puede venir del choque entre lo que en teoría debería atraerme (lirismo, fragmentación, atmósfera) y cómo lo concreta Dybek: un lirismo impresionista y con gran sinestesia, una fragmentación evocadora pero no arriesgada, una nostalgia que se repite y una fantasía que roza la superficie. Y a mí me interesa la prosa lírica cuando abre espacios, tensiona el sentido o roza lo poético sin impostarse. Pero Dybek es, sobre todo, atmosférico. Claro que su lenguaje tiene musicalidad y belleza de imagen, pero quizá no percibí que llegara a tocar fondo en lo existencial ni en lo emocional. 


Posiblemente también, pese a lo atractivo de la pérdida y la añoranza, no haya conseguido conectar afectivamente con el paisaje o con el trasfondo cultural (en algunos relatos he sentido que dependían demasiado de una atmósfera local que me era ajena). He sentido una falta de conexión con Chicago como paisaje emocional, un Chicago al que le faltaba intensidad ontológica, vibración con verdades detrás de cada rincón. Si tenía que sentir añoranza por un lugar que no he vivido, no ha sido el caso.


Las tramas planteadas son variaciones de temas conocidos (ningún problema con esto), pero así como en otros libros de relatos siento que éstos me invitan a completarlos con mi propia imaginación, en este caso en la mayoría (si bien no en todos) me quedaba con pocas ganas de completar nada.


Así que esta lectura ha sido una relación amorosa fallida. No supimos encontrarnos y terminamos mirándonos de lejos, cada cual refugiado en nostalgias distintas aunque con un lenguaje común. Tal vez fue un fracaso de afinidad o de momentos, pero no conseguí cruzar el puente que me llevara hasta su costa.


Tal vez el calor tenga mi imaginación achicharrada y por eso sólo oía un canto de grillos en mi cabeza.


Gracias, Stuart Dybek. Gracias, José Luis Amores


©AnaBlasfuemia