“Juventud sin Dios” es uno de esos libros que nos recuerdan que la degradación moral de una sociedad no ocurre cuando aparecen los uniformes ni los dictadores, sino mucho antes, en los gestos aparentemente inocuos: la frase racista que un alumno repite sin comprender, el silencio incómodo del profesor que corrige pero no combate, la docilidad colectiva con la que un grupo de muchachos acepta consignas pensadas para vaciarles la cabeza mientras creen que les están dando identidad…
El narrador es un profesor que aún conserva restos de ética, pero no de valentía; no es un héroe ni un villano, sino un hombre que reconoce el mal cuando lo escucha y aun así se esconde detrás de la corrección profesional, como si su oficio pudiera blindarlo de la responsabilidad. Ese es el gran movimiento que atraviesa el libro: el tránsito desde la cobardía discreta hasta la verdad que estalla, tarde y con consecuencias irreversibles.
Horváth coloca al maestro en el centro mismo de la contradicción: sabe lo que está mal, pero teme nombrarlo; entiende que el silencio lo convierte en cómplice, pero se aferra a la ilusión de que puede permanecer neutral. Su confesión en el tribunal no es heroica, no busca salvar a nadie: es un acto tardío de dignidad, un ajuste de cuentas consigo mismo, una aceptación de las consecuencias que lleva años esquivando.
Horváth escribe con una sobriedad brutal, consciente de que la historia que cuenta no necesita gritos ni piruetas dramáticas para resultar devastadora. En el aula, los alumnos ya están colonizados por el pensamiento único; en el campamento, la estructura militarizada convierte la obediencia en virtud y el pensamiento crítico en traición; en el tribunal, la justicia se reduce a un engranaje burocrático donde la verdad humana importa menos que la necesidad institucional de cerrar un expediente.
Horváth sabía que la literatura no puede redimir una época enferma, pero puede decir la verdad de esa enfermedad con una claridad que a veces la política o la filosofía eluden. Y aquí lo logra sin adornos: la violencia ideológica no se impone con tanques, sino con frases infantiles; la justicia no fracasa por falta de leyes, sino por falta de humanidad; la juventud no pierde la inocencia, porque ya les fue robada antes de que pudieran reconocerla.
Eso es lo que hace que “Juventud sin Dios” duela, lo que le da su vigencia feroz: que las atmósferas totalitarias no desaparecen; se reciclan. Y que leer a Horváth hoy no es un viaje al pasado, sino un acto de vigilancia, porque al leerle tienes una sensación de familiaridad moral. No porque el mundo de ahora sea idéntico, sino porque Horváth trabajaba en capas muy profundas sobre cómo se deteriora una sociedad: no bajo la gran explosión, sino bajo la erosión diaria de la verdad, del pensamiento y del vínculo humano.
Esa es la primera relación con los tiempos actuales: la normalización del discurso deshumanizado. El alumno que dice “los negros son cobardes” no está ideologizado por un partido, sino por el aire que respira: una mezcla de prejuicio colectivo, propaganda difusa, ignorancia y necesidad infantil de pertenencia. Si trasladamos eso al presente, sin forzar nada, pensamos en la facilidad con que hoy circulan frases terriblemente simplificadas sobre migración, identidad, género, política, seguridad; frases repetidas con la convicción de quien no ha pensado, solo ha absorbido.
Lo que en el libro aparece como clase, patio, campamento, hoy tiene su equivalente más feroz en las redes sociales. En el campamento bastaba un jefe juvenil para imponer obediencia; hoy basta un trending topic, un influencer prepotente, una frase viral que reduce el mundo a bandos y deja a la complejidad fuera de plano. No estoy comparando redes sociales con un régimen totalitario, pero sí la arquitectura emocional de cómo se fragua una masa: la confortabilidad, casi placentera, de no pensar por cuenta propia.
La segunda relación es la degradación del papel del maestro (o de cualquier figura adulta que represente pensamiento). Horváth convierte al profesor en un hombre que sabe lo que está mal, pero vive acorralado por un entorno que penaliza la claridad. Si lo lees hoy, no puedes evitar pensar en cómo las voces que proponen un pensamiento matizado, crítico, lento, son arrinconadas por discursos binarios. El profesor de Horváth no es cobarde: es alguien que intenta sostener la verdad cuando la verdad ya no es rentable. Y hay mucho de eso en nuestro presente: personas que callan por miedo al linchamiento digital, al señalamiento público, a la pérdida de reputación en ecosistemas donde la opinión rápida vale más que la reflexión lenta. El profesor es, en cierto modo, el precursor del sujeto de hoy atrapado entre la integridad y el coste social de decir algo incómodo.
La tercera relación aparece en el aparato institucional. El tribunal de Horváth, con su lenguaje seco, sus tecnicismos y su necesidad de cerrar el caso sin mirar demasiado, recuerda peligrosamente a ciertas formas actuales de burocracia y política donde el procedimiento se convierte en sustituto de la justicia. No es necesaria una dictadura para generar instituciones que se vuelven más eficaces que humanas: lo vemos en discursos que minimizan lo complejo porque “no toca”, en debates reducidos a eslóganes, en decisiones públicas que funcionan como administración de daños colaterales. Horváth lo vio antes: una sociedad que empieza a medir su salud por la eficiencia y no por la consciencia está ya en una pendiente peligrosa.
El cuarto punto es la gestión del miedo. En la novela, nadie quiere ser el raro, el frágil, el que piensa diferente. Ese miedo silencioso (el miedo a quedar fuera de la manada) es idéntico al que mueve buena parte de los comportamientos sociales actuales. No hablo del terror, hablo del miedo civilizado: miedo a disentir, miedo a incomodar, miedo a “equivocarte” en público. El chico T, el pez, ese que parece callado pero absorbe la violencia ambiental, es la metáfora perfecta del joven de hoy expuesto a discursos extremos, a paquetes ideológicos cerrados, a microclimas sociales donde la pertenencia se compra con sumisión emocional.
Horváth sitúa el libre albedrío en un espacio donde no hay libertad plena, pero tampoco determinismo absoluto. Las decisiones de los personajes están condicionadas, pero no anuladas: todos viven en un sistema que estrecha el margen de decisión. Por eso el libro es tan incómodo, porque no nos permite refugiarnos en “el sistema los obligó” ni en “eran malos”. Están en una zona gris donde el libre albedrío existe, pero es un músculo atrofiado.
Y quizá lo más inquietante es la transformación de la verdad en algo negociable: la verdad es frágil, inestable, fácil de mover con una sola frase. Hoy, que vivimos en sociedades donde la verdad se ha convertido en un objeto de consumo (cada cual compra la suya), el libro se vuelve demasiado actual. No porque prediga nada, sino porque describe nuestra condición básica: un mundo donde la verdad ya no se respeta, sino que se administra.
La juventud no es “sin Dios” porque no rece; es “sin Dios” porque no tiene criterio interno, porque no ha sido educada para decidir qué es bueno y qué es malo más allá de lo que dicta la autoridad. Y esta carencia no solo afecta a los jóvenes: afecta al profesor, que sabe que está obrando mal pero se siente incapaz de resistir la presión de su entorno. Ese vacío compartido (una sociedad que ha perdido su interioridad moral) es, en el fondo, el Dios ausente.
Horváth no denuncia a los jóvenes; denuncia a los adultos que los dejaron sin un norte narrativo, afectivo, moral. Y si miramos alrededor, vemos generaciones enteras perdidas en un paisaje saturado de consignas, imágenes, ruido, exceso de estímulos y falta de sentido. Nada nuevo bajo el sol; solo que ahora es más ruidoso, más rápido, más solitario.
“Juventud sin Dios” no es una crónica del fascismo histórico, sino un manual ético sobre la fragilidad de las sociedades: cómo se quiebra una comunidad cuando deja de entrenarse en pensar, cómo se vuelve peligrosa la juventud cuando se educa en consignas, cómo se vuelve culpable el adulto cuando calla, cómo se vuelve inútil la justicia cuando se burocratiza, y cómo la verdad se convierte en un espejismo colectivo. “Juventud sin Dios” nos muestra que el abismo moral no es exclusivo de épocas excepcionales, sino una posibilidad latente allí donde la comodidad y el miedo suplantan a la compasión y al pensamiento
Gracias, Ödön von Horváth. Gracias, Isabel Hernández (traductora)


