jueves, 14 de noviembre de 2019

Los errantes (Olga Tokarczuk)


La historia de mis viajes es solo la de mis dolencias […] Mi peregrinación es siempre en pos de otro peregrino

Aquí radio nómada: nos movemos y el desplazamiento es imparable. Si muevo el dial sé que mi movimiento más imparable, el más fértil, como un viento preñado de semillas, ha germinado desde la quietud más inhumana y arrasadora. Es hora de peregrinar.

“Los errantes” me causó, por este orden y con el mismo punto de partida que de llegada: admiración, desconcierto, desorientación, pausa, revelación, deslumbramiento, admiración. Como si fueran hitos en un mapa borroso de algún ignoto territorio que va cambiando a cada paso, convirtiendo todo en localizaciones mutables, paisajes en movimiento, en los que ni el propio cuerpo permanece estático, de tan frágil.

He necesitado captar las señales sutiles pero inequívocas que Tokarczuk va dejando a lo largo de los 116 textos que componen “Los errantes”, dejarme ir a la deriva en un itinerario inexistente, y sin embargo evidente, para llegar a encontrar el hilo que uniera este patchwork inquieto y movedizo, fascinante y brillante.

Nos movemos en pos de la salvación, hasta llegar a una invisibilidad anónima y discreta que nos permite ajustar el punto de mira. El movimiento puede ser un reemplazo. Perderse también es camino, decía Lispector, y Tokarczuk nos pierde sin abandonarnos. Justo cuando no hay brújula nos deja señales, detalles reveladores, dónde y cómo mirar para hacer camino. Reducir la panorámica antes de ampliarla, el mundo no carece de sentido y verdad pese a su caos. Más allá no hay nada, miremos aquí (aquí, aquí estoy) y desandemos lo trillado por inservible para caminar por lo atípico, el camino del interior, la pista correcta.

Porque Olga nos ayuda a leer su laberíntico libro y nos pide al lector que seamos inseguros, curiosos e ingenuos. Nada es inocente (hasta el dolor purifica) ni seguro, salvo que nos obligan a caminar y estar en movimiento. La quietud, incluso cerrar los ojos (que es otra forma de ver, la mirada correcta es un don), puede ser revelación y rebelión. La importancia de los detalles y las casualidades nos ayudan a descifrar el enigma de la existencia.

Es hora de volver.

martes, 12 de noviembre de 2019

Historia del silencio (Alain Corbin)


Convendría reflexionar sobre este terror al silencio en sí mismo, que determina, hoy en día, la huida fuera del no-ruido y de la interioridad

A veces el silencio me habla con claridad y precisión, con una pureza de manantial. A veces el silencio es una capa protectora y aislante, pero también un filtro que me ayuda a escuchar. El silencio como un escondite, un hogar, una sinfonía y también un amplificador, un eco que me devuelve la voz propia pero también la ajena, una voz límpida y transparente que me ayuda a comprender.

Necesito silencio para escucharte. Y para escucharme. Necesito silencio para comprenderte. Y para comprenderme.

“Historia del silencio” es exactamente lo que dice su título: la historia del silencio desde el renacimiento a nuestros días, a través de aquellos que han buscado, practicado o explorado el silencio (escritores, místicos, poetas, músicos, pintores…) Un recorrido erudito y culto, lleno de delicadeza, profundidad y sabiduría que nos recuerda cómo el silencio está siendo asfixiado por un exceso de ruido que nos aleja de nosotros mismos y lo que implica para la humanidad su pérdida y su vasta gradación (desde amenazador a calmo, pasando por sagrado, hostil, intimo, beneficioso, agónico, revelador, dialogante y una amplia gama emocional que convierten al silencio en una profunda y necesaria experiencia humana).

Estamos olvidando que el silencio no es sólo ausencia de ruido y Alain Corbin nos recuerda cuál es su textura a través de numerosísimas citas hiladas por una refinada sensibilidad e inteligencia enciclopédica.

Con silencio escucho mejor.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La visita del arzobispo (Ádám Bodor)


La basura posee luz propia, o sea, que nunca oscurece del todo, ni siquiera de noche […] Está llena de un resplandor magnético, como si la iluminaran por dentro las luciérnagas; algo así como el fulgor de una bendición titila sobre la ciudad

¿Sabéis esas espirales que se alejan cada vez más del centro sin dejar de girar a su alrededor? Una figura con gran magnetismo de algo que se aleja de su eje sin terminar de desprenderse de él, una extraña sensación de que algo se expande y a a vez se contrae en constante movimiento giratorio. Pues algo así me ha sugerido esta lectura. Una especie de cuadro de Van Gogh en blanco y negro, esa noche estrellada llena de turbulencias y remolinos tan poderosamente atractiva.

No es una lectura fácil la de “La visita del arzobispo” pero no por ello menos fascinante. No hay nada de convencional en la trama ni en el desarrollo de la misma, con una mixtura entre el realismo y una imaginación fantasiosa que nos devuelve una alegoría de la surrealista dictadura del régimen comunista rumano.

La atmósfera creada por Bodor es opresiva, enrarecida, cruda y hasta pestilente, creando un mundo narrativo extraño, como esa hélice que se aleja y vuelve al centro reiteradamente y que amenaza con amputarte si te acercas demasiado. Y es justamente eso lo que te atrae como un imán.

“La visita del arzobispo” contiene grandes trucos narrativos y rarezas formales, un humor absurdo y grotesco y una estructura temporal elíptica que deviene en atemporalidad.

No siendo una lectura cómoda ni fácil, consigue seducir al esforzado lector que, por mucho que intente alejarse, nuevamente vuelve al centro de la lectura en un estado hipnótico semejante al delirio.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

La pasión según G.H. (Clarice Lispector)


Vivir es una gran bondad para con los demás. Basta vivir, y por sí mismo esto se convierte en gran bondad

No hay guía para leer a Lispector. Es un viaje que inicias siempre a ciegas, buceando hacia una fosa abisal, un agujero negro de cuyo campo gravitatorio no podrás escapar. Pero quién va a querer escapar de esa singularidad llamada Clarice Lispector, que crea significados, que crea un lenguaje propio y único a partir del existente y lo lleva a límites inimaginables, una entropía que conduce al equilibrio a partir del caos. O tal vez nos lleva al caos a partir del equilibrio, una especie de epifanía reveladora en donde, desde el desorden y lo incontrolable, se llega a la raíz de todas las raíces, la cosmología inalcanzable, el big bang de lo humano que es lo no humano. Lo neutro.

No pasa nada, solo es la vida, me digo mientras leo atónita, rendida y bendecida por la comprensión. No huyas, usa la indefensión, abísmate en ella, coge la mano de Lispector como si fuera tu propia mano. La verdad asusta porque no existe, no tal y como la concibes. Déjate desorganizar, el caos es el origen.

Déjate remorir una vez más.

Confía, confía en Lispector, es la creación de todo. Pierde lo esencial sin miedo y desmonta las mentiras. Hay que comprenderlo todo para vivir, el destino solo es una probabilidad y para encontrar tienes que perderte en ti misma.

Soledad es tener solamente el destino humano

Inventa una mano, Ana, no para que te sostenga sino para comprender. Es Lispector, lo sabes, ese torrente que hace aflorar todos los arroyos subterráneos. ¿Lloras? No pasa nada, es la comprensión. Es duro aceptar esta conmoción, Clarice es pura fantasía semántica, ella tiene el lenguaje para contarlo, aunque tú no tengas un nombre que usar. Buscaba un “yo” y Lispector me dio el “no yo”, la esencia pura de lo inenarrable, la repetición del enigma, la puerta abierta a lo que creía infranqueable.

Me encontré con una cucaracha. Cuatro veces. O tal vez fueran cuatro cucarachas. No sé narrarlo ni nombrarlo. Sucedió. Y Lispector ya lo había escrito todo y yo solo sé explicar lo sucedido con una evidencia: Dios es mujer y se llama Clarice Lispector.

Prescindir de la esperanza significa que tengo que pasar a vivir, y no solo a prometerme la vida. Y este es el mayor miedo que puedo sentir

“Permite que te diga que Dios no es bello. Y esto porque Él no es ni un resultado ni una conclusión, y todo lo que la gente considera bello es generalmente solo porque ya está terminado”

«La humanidad está impregnada de humanización, como si fuese necesario; y esa falsa humanización estorba al hombre y a su humanidad. Existe algo que es más ancho, más sordo, más profundo, menos bueno, menos ruin, menos bello. Aunque también ese algo corra el peligro de llegar a transformarse, en nuestras manos groseras, en “pureza”, nuestras manos, que son groseras y están llenas de palabras»

lunes, 4 de noviembre de 2019

Lejos de mí (Clément Rosset)


«Las preguntas del tipo “¿Quién soy realmente?” o “¿Qué hago exactamente?” siempre han sido un freno tanto para la existencia como para la actividad»

Es curioso esto de los libros. A veces pienso que mientras esperan pacientemente en las estanterías, nos escuchan. Y un día nos dicen “tengo algo que decirte”. Pueden hacerlo porque nos han escuchado previamente. Y entonces te dicen lo que necesitas escuchar y no sabías que tenías que hacerlo, te dicen lo que sabías pero has olvidado o lo que creías saber pero no sabías, te dan una nueva perspectiva sobre aquello en lo que estás ofuscada, abren una válvula inesperada en la que viertes lo que te desbordaba, encauzándolo.

Siempre digo de mí que no tengo personalidad, algo que repito con ligereza, más como una espada que enarbolo contra mí misma que como una creencia con fundamento. Así que el tema de la identidad tiene callo en mí, una nubosidad central densa sobre la que giro de forma habitual esperando que se desate la tormenta.

Y entonces llega Clément Rosset y hace zasca, zasca, zasca y me deja noqueada. Un libro pequeño, apenas 100 páginas, que ha sido una bomba de relojería que me ha puesto algunas cosas en su sitio. ¿Que ya lo sabía? Sí. Es notorio: cuando tenemos una crisis personal la primera grieta es social. Es lo social el agujero negro que nos perturba. Además, si todo es una percepción ¿no soy yo misma otra percepción percibiéndose a sí misma? Tanto buscarme a mí misma y si resulta que me encuentro… ¿luego qué?

En definitiva, este estudio sobre la identidad, escrito de forma muy accesible y amena, es una bomba explosiva maravillosa que ha puesto mi identidad en su lugar, me ha abofeteado amablemente, me ha quitado (auto)presión, ha normalizado mi falta de originalidad y la ausencia de una clara identidad personal.

Lo tremendo es que Rosset no me convence del todo en sus argumentos pero me deleita en su manera de exponerlos y me sitúa en otros criterios, abre la panorámica y enriquece la perspectiva. Y, como no tengo personalidad, ha conseguido darme luz y aliviarme.

Lo complejo siempre, siempre, siempre, siempre, hay que hacerlo sencillo. Simple.

domingo, 3 de noviembre de 2019

La mujer pulpo (Atsushi Nakajima)


De pronto, debajo de todo aquello, en ese instante, el agua, de un magnífico color índigo oscuro que podría teñirte todo el cuerpo con sólo mirarla, se extendió, hinchó y elevó. Un gran disco de belleza suprema de color índigo que albergaba una luz en su interior se engrandeció en tamaño y altura y se sumergió rápidamente

Si hasta ahora para mí los mares del Sur eran Jack London, Herman Melville, Robert Louis Stevenson y la belleza exótica de los cuadros de Gauguin, ahora tengo que añadir a Atsushi Nakajima.

Hay varias cosas que me han gustado de este libro de cuentos (o crónica de viajes) de Nakajima en los que describe las islas del mar del Sur (y a sus tribus, costumbres y leyendas):

• Su mirada crítica y sensitiva centrada en lo humano y carente de los prejuicios colonizadores del imperio japonés de principios del siglo XX.

• Sus descripciones bellas y sensoriales del mar y de las islas y sus habitantes, las costumbres, clima, naturaleza, leyendas, paisajes, ritos, supersticiones…

• Los honestos y entrañables esfuerzos de Nakajima por encontrar su propio contexto epistemológico (“No miras a los isleños. Miras una réplica de Gauguin. Tampoco miras la Micronesia. Solo miras una reproducción descolorida de Roti y Melville”)

• El epílogo de la traductora, Makiko Sese, impagable.

• Mientras leía este libro, mi mente dejó de arder.

Como un paseante walseriano, Nakajima recorre las islas lleno de asombro y extrañeza, buscando la autenticidad y comprensión humana en una geografía más cercana a la fantasía que a la realidad.

Una lectura placentera y deliciosa que relaja a la vez que mantiene activo el nervio absorbente de la belleza vital de la naturaleza, de la compleja y diversa existencia y de la construcción social del género humano.

jueves, 31 de octubre de 2019

No soy así (Kjell Askildsen)


"Es muy humillante que te engañe una persona en la que has creído

La existencia es compleja e inmanejable. El sentido mismo de nuestras vidas se nos escapa como aire entre los dedos. El universo es infinito, mientras que los seres humanos estamos atrapados en una finitud que nos cuesta aceptar. Lo que percibimos es una trampa que nos engaña constantemente, la percepción se inventa cosas y nos oculta otras.

Con este panorama se hace necesario (nivel supervivencia) identificar lo esencial y despojarse de lo sobrante. Minimalismo lo llaman, un arte que no está al alcance de cualquiera, pero que Kjell Askildsen maneja con habilidad y como premisa en sus relatos: “Lo que importa es decir algo con pocas palabras

Con la frase exacta y oportuna, la palabra ocupando el espacio necesario, el diálogo como piedras masticadas, Askildsen es capaz de transmitir justo lo que no se dice, lo que se calla, los silencios sobre los que todo gravita. La incomunicación como frontera entre las personas, creando esferas que nunca llegan a fusionarse del todo.

En cada relato lo importante no es la trama, sino los sentimientos. No hay acontecimientos grandilocuentes ni estruendosos. Todo sucede no sucediendo nada. Y sin embargo ahí están: todas esas pequeñas astillitas del alma.

Con la precisión de quien tiene la mirada en el detalle, con la generosidad del observador, y pese a la aparente inocencia de los relatos, el lenguaje claro de Askildsen nos muestra las entrañas de las relaciones (auténticos campos de batallas), de la soledad, los deseos, la angustia… esas vísceras que, invisibles a nuestra esquiva mirada, evitan que nos disolvamos rellenando todas esas cavidades del alma que, pum, pum, pum, cada día nos hacen respirar. Porque vivir es no olvidarse de volver a respirar.

lunes, 28 de octubre de 2019

Los perros ladran (Truman Capote)


Todo lo que cuento aquí son hechos, lo que no significa que sea la verdad, pero sí todo lo que puedo aproximarme a ella

Creo que pocas frases expresan mejor que la anterior la finalidad e intenciones de la poderosa y realista prosa de Truman Capote: la búsqueda de la verdad, destilando y eligiendo la realidad reflejada (que él consideraba la verdadera realidad). Capote coge lo volátil y utiliza una prosa juguetona y condensada y lleva sus textos al punto de ebullición necesario para conseguir un curioso proceso: convertir lo vaporoso en escritura líquida, tangible, fresca y transparente.

“Los perros ladran” es lo más parecido a una autobiografía no intima de Truman Capote. Se trata de un conjunto de textos en los que hay auténticas maravillas (“Lola”, “La rosa blanca”, “Una historia terrible”, “Se oyen las musas”…) y también nos encontramos con un Capote con toda la mítica del flâneur que, en su libertad de pasear sin rumbo por lugares y ciudades, observa cada detalle pintoresco y cada anécdota y lo eleva a la categoría de espectáculo (con la estética y el estilismo característicos de este autor). Trasciende la objetividad de los hechos para entrar en el alma de los mismos.

Con menos histrionismo de lo que podríamos esperar de la personalidad de Capote, lo que nos encontramos es una atractiva combinación de ironía, ternura, perversidad, minimalismo, detalle y búsqueda de la autenticidad a través de lo extravagante, de la infancia como lugar al que volver… Es decir, al Truman Capote cínico, delicioso, magnético y observador feroz que escribía con un lirismo preciso y claro.

Una delicia de libro en la que apenas hay grasa sobrante y la que hay es altamente saludable.

El arte y la verdad no son necesariamente compatibles

jueves, 24 de octubre de 2019

La mano de la buena fortuna (Goran Petrović)


“Cómo se devuelve el brillo a los recuerdos, qué es lo que se ve en los ojos de un lector atento, cómo se construye el futuro simple del verbo ser sin ningún remordimiento”

Que los libros son capaces de crear mundos propios es un hecho, que la lectura es en sí misma una acción cósmica creadora de universos, también. Que Goran Petrović consigue plasmar esa experiencia de una forma absolutamente original y sorprendente es otro hecho. En el mundo asombroso que es un libro, en el que cada lector lo habita con la codicia del conquistador que busca ampliar su territorio, ¿es posible encontrarse DENTRO con otros lectores e interactuar con ellos, ser un personaje más, un habitante de ese mundo llamado libro?

Pasión por la lectura, leer y crear una realidad paralela, un Matrix, un mundo irreal percibido como real, vívido y vivido. ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? Los libros como escenarios en los que se simula una vida, una realidad virtual, ¿por qué no formar parte de ella? Al fin y al cabo hoy en día pasamos media vida en realidades virtuales. “La mano de la buena fortuna” es lo que debieran de ser las redes sociales si no fueran lo que son.

Petrović recrea las lecturas compartidas, leer lo mismo en el mismo momento que otra persona y encontrarte ALLÍ con esa persona, tiempo sin tiempo, dos parpadeos y una eternidad transcurrida, lecturas como punto de encuentro en una dimensión paralela y difuminar las diferencias entre vida y literatura.

“La mano de la buena fortuna” es un juego literario arriesgado, original, intenso y bello. Un delirio precioso, complejo y ambicioso correctamente ejecutado. Recargado en las descripciones, pero no tendría sentido que fuera de otra manera.

domingo, 20 de octubre de 2019

Una biografía literaria (Juan Benet)


El mundo, he ahí el drama

Juan Benet fue un escritor casi tan raro y experimental como la editorial que ha publicado “Una biografía literaria”: hermético, fascinante y exquisito, deliberadamente alejado de un público mayoritario. No quiero extenderme mucho en mi comentario de esta lectura, que ha sido como un deleite furtivo, algo que una paladea con la conciencia de que está teniendo un goce personal, legítimo pero con sabor casi clandestino.

Estamos ante un conjunto de ensayos de Benet sobre literatura extranjera: Joseph Conrad, Melville, James Joyce, Faulkner, Thomas Mann, E.E. Cummings, Beckett, un capítulo para el descatalogado libro “Trampa 22

Faulkner es el principal protagonista, porque Benet ninguneaba a Virginia Woolf, a quien consideraba aburrida y carente de interés y a Joyce lo tenía por honesto pero ofuscado, incómodo y un escritor menor. Pero a Faulkner, que hizo de Benet el escritor que fue, reconoce que prefería leerlo y olvidarlo para volver a él virginal y redescubrirlo y volver a admirarlo, en un bucle infinito de admiración.

Pese al desacuerdo puntual con Benet respecto a Virginia Woolf y a Joyce puedo leerle, porque el desacuerdo no restringe ni oculta la audacia de este autor, firme defensor del estilo en la literatura y que quería profundizar y nombrar de la forma más afinada posible ese drama que es el mundo.

Lo he dicho: no quiero extenderme. Y no lo voy a hacer. Solo dejar constancia de que en mi autobiografía construida a golpe de lecturas he recuperado para mí a este escritor tan difícil y excelso como olvidado e incomprendido.

No hay censura, ni la más cruel, que sea capaz de detener a un genio siempre que quiera combatir o engañar a la maquinaria estatal

viernes, 18 de octubre de 2019

Obras completas (Sarah Kane)


Todo acto es un símbolo cuyo peso me aplasta

Releo la cita. Una y otra vez. Sostengo su peso. Me aplasta esta verdad, me derrota para reunirme, me convoca y me nombra allí donde nadie está, donde estoy. Me la tatuaré y sentiré que me quito un peso de encima mostrando en ella una de mis tramas principales, uno de los itinerarios de mi rizoma central.

Cómo escribir, cómo decir que una cucaracha (sí, una cucaracha) y Sarah Kane me devolvieron al centro del vacío y del dolor, que regresó lo roto y lo descosido, la cicatriz y la herida. Cómo escribir, cómo decir que eso me hizo más fuerte. Que en una plenitud de soledad deshabitada la cucaracha me miró y Kane encendió la luz, abrió las cortinas a las 4.48 y, a esa hora en la que alma se rompe y la claridad me visita, me validé a mí misma. Despojada de muros y defensas, sentí bramar todos los símbolos, el destierro creado a voluntad propia, la culpa sobrevenida. Cerré los ojos y entró la luz.

Cierro el telón. Abro el telón.

Las obras completas de Sarah Kane son obras teatrales, no hay que olvidarlo, están concebidas para ese escenario. Y sobre todo están concebidas para incomodar. Y lo logra, maldita sea, te remueve, te incomoda. Me preocupa que esa violencia feroz me distraiga del mensaje, el centro transmisor, lo que Kane grita. La agresividad siempre me paraliza, me anuda los nervios, detiene mi sangre, me roba el latido y el parpadeo. Sé que tengo que ir más allá, que toda esa crueldad desatada reivindica el amor, la necesidad del otro. Lo sé, Sarah, lo sé. Avanzo y me avanzas.

Último acto.

“4.48.Psicosis” (última obra de Kane): Esto, señoras y señores, personas todas, levántense del asiento y aplaudan, es lo más desgarrador y bestial que he leído sobre la depresión y el dolor desde Unica Zürn. Podría hablar de la irreverencia de Kane, de la violencia extrema que pone en escena, de su provocadora propuesta teatral, de su discurso fragmentado e incómodo, del desconcierto que provoca leerla. Podría hablar de eso pero no voy a hacerlo. Os voy a rogar: leedla, llegad a “4.48.Psicosis”, pura literatura lírica de la desesperación y el grito. Y, después, renaced.

por favor abre la cortina

martes, 15 de octubre de 2019

La luna y las hogueras (Cesare Pavese)


Uno necesita un pueblo aunque no sea más que por la satisfacción de poder marcharse de él. Un pueblo supone no sentirse solo, saber que en la gente, en los árboles, en la tierra hay algo de ti que, incluso cuando no estás, se queda esperándote

Si algo caracteriza a Pavese es su prosa limpia y diáfana, podría decir que nítida pero voy a decir translúcida: a través de su narrativa deja pasar la luz, pero impide ver con nitidez lo que se esconde detrás. La aseada claridad de su escritura no oculta la denuncia social ni esconde la realidad de una población que sale de una guerra atroz. Pero el lenguaje transparente de Pavese tampoco oculta el simbolismo presente en su narración ya desde el título: La luna y las hogueras.

Para Pavese las hogueras son el destino y la luna lo supersticioso, y entiende que siendo ambos (destino y superstición) hechos instintivos, la luna lo es después de lo conocido (seguir creyendo en mitos superados por la historia) y el destino es un hecho instintivo aún no conocido ni previsto. El destino es el resultado del pasado, lo vivido son sus mimbres y lo que nos marcará el futuro. Lo supersticioso es una forma de estar muerto y el destino un modo de estar vivo. Así se entiende la necesidad del protagonista de comprender su propio destino regresando al pasado: al paisaje de su infancia y adolescencia.

Pertenencia, identidad y destino, sobre este eje construí mi propia lectura. Nosotros, los otros, los lugares y hechos que somos. Volvemos, siempre volvemos creyendo que todo permanece intacto, como lo recordamos. Pero cambia, todo cambia. Hay ausencias, paisajes inalterables y otros modificados. ¿Hemos superado el mito, la superstición? ¿Somos luna u hoguera? Pavese creía en las hogueras porque sabía que lo único que cuenta son las estaciones del año y no los años.

Pero quizás fuera mejor así, mejor que todo se consuma en una hoguera de hierbas secas y que la gente empiece de nuevo

Se pregunta Saladrigas en “De un lector que cuenta”: “¿Quién lee hoy a Pavese y se deja seducir por la quebradiza ternura de su universo de nostalgias, soledades y bloqueos sentimentales?” Yo levanto la mano.

Puedo trazar milimétricamente el hilo rojo que une el momento en el que la lectura de “El oficio de vivir/El oficio del poeta” me convulsionó con una sacudida a cuatro manos (es un libro que nos pertenece a dos personas) hasta el momento en que he leído este libro de Pavese. Cada jalón que hace el recorrido de ese hilo rojo me habla de personas con nombres propios y con una generosidad pura y límpida. A todas y cada una de esas personas, quien comparte (y quizás no recuerde) a Pavese y sus oficios conmigo, quien me lo puso otra vez en el camino, quienes intentaron que me hiciera con este libro y quien finalmente me lo hizo llegar, a la bondad de todas esas personas solo tengo una palabra que decirles: Gracias.


domingo, 13 de octubre de 2019

Diarios (Eugène Ionesco)


Estoy repartido entre las penas y los remordimientos. Hay que decidirse, hay que elegir entre penas y remordimientos. No se pueden soportar las dos cosas a la vez. El remordimiento: me siento culpable de haber hecho mal a los demás. Penas: me siento culpable de haberme hecho mal a mí mismo

Ionesco elige penas. Su pesimismo me ha acompañado durante días y días en los que he leído sin aliento su apasionada introspección, su sentido del humor, su acidez, la disección de sus sueños, su contradictoria coherencia y sus coherentes contradicciones.

Ionesco se mueve en ese espacio en el que la realidad del mundo se fusiona con la conciencia de la irrealidad de la vida. Y me ahoga, me agota, me angustia y, a la vez, me pone la sangre tierna y viva, hago mío lo que leo, me pregunto con él ¿cómo es que EXISTIMOS, que SOMOS? Todo el tiempo existiendo, tantos significados, tantas interrogaciones, tanta existencia agotadora, tanta extrañeza. Tanto asombro. El asombro de ser(se) que te aturde hasta la parálisis o hasta precipitarte por algún abismo del que vuelves a salir para volver a despeñarte. Encumbrar, descender, hacer cima de nuevo. Y todo así. ¿Qué es lo que abre esos abismos interiores? (el miedo a morir y el miedo a estar muerto).

Como en todos los diarios, Ionesco se exhibe a sí mismo, un “yo” que me interesa y me atrae, ese cara a cara brutal y honesto con él mismo, con lo inexplicable, con la ausencia de razón y la presencia del sufrimiento, de la lucidez no serena, inquisitiva, consciente de las indecisiones y de la subjetividad, buscando ser justo, exacto, decir verdad, no juzgar.

En los diarios de Ionesco su memoria habla como lo hacen los recuerdos, a retazos, fluctuando de forma obsesiva y quién sabe qué es imaginado, qué soñado y qué real. Se debate entre el “horror de vivir y el horror de morir” buscando el sosiego, sintiéndose a merced de un desamparo primigenio, el miedo original: la finitud del ser humano, el asombro de SER, la estupefacción de EXISTIR. ¿Cómo es posible LA VIDA? Obsesionado con la muerte, para Ionesco el tiempo es un asesino y la realidad muy, pero que muy, precaria.

El placer de terminar una lectura felizmente extenuada.

viernes, 11 de octubre de 2019

El nervio óptico (María Gainza)


… desprenderme de los arrebatos que son mi cárcel, del magma que brota de mi corazón las veinticuatro horas, volverme ondas intermitentes de energía, centelleos caprichosos del Más Allá… En fin, parar de pensar, eso sería la gloria

El nervio óptico es un nervio sensitivo que conecta la información visual con nuestro cerebro. María Gainza se centra en una información visual concreta y sus creadores: la procedente de obras pictóricas. Y las conecta con el corazón a través de once ¿relatos? ¿cuentos? ¿ensayos? ¿capítulos? (¿y qué importa?).

Mezcla de géneros (relatos, ensayo, autoficción), Gainza hilvana un libro que, desde la originalidad, ha resultado ser una lectura deliciosa, amena y fresca. ¿No son acaso los cuadros una suerte de espejos a los que intentamos adecuarnos? Qué nos cuentan, qué nos dicen de nosotros o a nosotros. En estos relatos el arte y los artistas son cauterizadores que intentan quemar viejas heridas para que puedan generar nuevas y sanas células como posibilidad de salvación.

Cada relato funciona como una célula independiente pero a la vez conectada con el resto, cada uno es un acto de resistencia que delinea en su conjunto la intimidad de la autora, en una exploración de lo emocional que es universal y, por tanto, nos identifica y nos hace ser también, simultáneamente, parte de la obra, del artista y de quien observa.

La mirada sensible, estética y perspicaz de Gainza conecta la percepción con los miedos humanos, nunca el miedo es el mismo para quien lo siente y para quien lo observa. Ni siquiera aunque estemos en el mismo lado (el que observa o el que lo siente). Jamás percibiremos milimétricamente igual aunque miremos lo mismo ni necesariamente entenderemos lo que vemos ni veremos lo que entendemos.

Gainza pone palabras allí donde el arte te enmudece, desgranando su propia intimidad en cada pieza de arte o en cada artista como quien observa con minucia una parte de sí misma para comprender el conjunto completo.

martes, 8 de octubre de 2019

Cartas a Sandra (Vergilio Ferreira)


Y sin embargo, fíjate, estoy a punto de construir en mi nada de todo una idea redentora con tu memoria para esa nada que es mía

Híbrido entre lo epistolar y lo autobiográfico, con una gran autenticidad emocional y sentida profundidad humana, “Cartas a Sandra” es una remembranza del duelo, una bellísima “saudade” por el amor fallecido. Como toda nostalgia, se construye con el recuerdo moldeable y la arrebatadora fantasía de quien escribe para retener a la persona amada.

Intenso (muy intenso), poético e íntimo (esquivando la cursilería pessoiana), “Cartas a Sandra” se lee estremecida, con una suave pero constante sacudida y un nudo en la garganta que te obstruye y dificulta el tragar saliva, coger aire, soltarlo. Tiene la belleza de lo perdido, del amor evocado que no es el amor real, que se construye en la fantasía porque la realidad aturde y la imaginación es un éxtasis irrenunciable.

No importa la verdad si por verdad entendemos la realidad, importa lo imposible, la irradiación del amor imaginado y creado en la ficción de nuestra intimidad. La utopía que transfigura la vida para hacerla vivible, hacer habitable la soledad, hacer compañía e inventar la armonía. Iluminar la sombra de la ausencia hasta el deslumbramiento, restablecer la memoria aunque haya que enloquecer y dejar caer las metáforas una a una.

Tratar de superar la ausencia a través de una introspección brutal que lleva a una irrealidad apenas solidificada en palabras escritas. Porque “lo que no se ve mucho no se ve”, y entonces es preciso prestar atención a lo invisible y crear la realidad de la única forma posible: amando. Aunque sea imaginado, creado, inventado ¿puede el amor romántico e intenso no ser obsesivo?

¿Puede un libro de apenas cien páginas partirme en mil pedazos y cada pedazo en otros mil? Sí, puede.

Creaba tu realidad cada vez que te amaba

Amén. Y amen. Creemos realidades y luego que nos digan locos. O fantasiosos. O enamorados.

sábado, 5 de octubre de 2019

La suerte de Omensetter (WIlliam H. Gass)

Ahora os pido que os hagáis una sencilla e ingenua pregunta, que digáis: ¿para esto he nacido?; y os pido por favor que la encaréis con honestidad y respondáis si sois capaces o si os veis obligados.

¿Para esto?”

Voy a catalogar esta lectura como “demencial obra maestra”. Y con “demencial” pretendo lanzar una advertencia a quien no conozca a William H. Gass o no haya bregado con lecturas experimentales y vanguardistas en las que la forma y el estilo se reinventan y exprimen hasta límites insospechados sin abandonar en ningún momento el fondo (el “qué”), no sea que lo de “obra maestra” lance a una lectura que es tan compleja y exigente que puede desesperar a más de un lector pero que también es muy (pero que muy) gratificante para quien consiga avanzar por las más de 400 páginas de esta, repito, obra maestra. Para mí, claro, y entendiendo por obra maestra aquello que sobresale, provoca múltiples interpretaciones, transciende y perdura.

Para disfrutar de este libro extraordinario hay que saber a qué te enfrentas, saber que lo que vas a leer te va a noquear como lo hace todo aquello que desborda creatividad y originalidad y que te dejará extenuada y sin aliento; que te va a exigir una atención esforzada, minuciosa; que muchas veces no comprenderás y que otras entenderás todo el sentido del sinsentido; que leerás con la conciencia de que todo se revelará, que hallarás ese fragmento (como si fuera una ventana abierta que inunda de luz el espacio y define las formas) que dé todo el significado a esta orgía de literatura y creación narrativa y que, mientras, disfrutas de un espectáculo del que saldrás agradecida porque tienes conciencia clara de que acabas de pasar por una lectura que es un privilegio para todos aquellos que reverenciamos el qué pero también el cómo.

La narrativa de Gass funciona y se hace literatura mayúscula porque su prosa tiene una cadencia excepcional, porque las frases son conceptos y porque construye la sintaxis acumulándola de forma tan vertiginosa que a veces te sientes nadando a contracorriente desbordada por su magnitud narrativa. La acumulación de frases es como un látigo que te fustiga a seguir leyendo enfebrecida, sintiendo el trallazo de la creación desmedida, una cascada gramatical rebosante en la que sientes cada gota como un pinchazo en la piel.

Dicho todo lo anterior, que podía dejarlo ahí pero necesito seguir hablando de “La suerte de Omensetter” de la misma forma en la que lo leí (con voracidad), os digo que, pese a todo el festín estilístico y formal, también habemus trama, aunque podemos pensar, y tampoco nos equivocaríamos, que la verdadera trama es el lenguaje y su construcción, que la forma (el “cómo”) es el argumento.

En todo este tinglado, Glass nos ofrece tres voces (ninguna de ellas es la de Omensetter) y su propuesta es que sea el lector la voz que una y dé sentido a las tres. Me parece justo que un trabajo tan descomunal como el suyo (tuvo que reescribir este libro porque el manuscrito original desapareció) sea recompensado con un ímprobo esfuerzo por parte del lector.

La voz del senil Tott, la primera voz, distorsionada y olvidadiza pero con destellos de lucidez, nos advierte (y al finalizar la lectura vuelves a ella para terminar de encajar todo el engranaje). La de Pimber (a quien la presencia de Omensetter le lleva a contestar la pregunta clave ¿para esto he nacido?, con todas las de perder) nos embauca, es la más accesible en la forma y la más manipuladora en el fondo, aunque no necesariamente la más verdadera (ninguna lo es). Y la más extensa de todas ellas, la de Furber, que nos embauca e hipnotiza, ardiente y enferma, con su fluir de conciencia. Furber, el embustero y amargado, al que le faltan letras de la palabra amor. Furber el cínico, incrédulo y furibundo. Furber, cuya voz se alza sobre todas y se termina por reescribir, como se reescribía continuamente el propio Gass.

"La suerte de Omensetter" tiene evidentes mimbres faulknerianos pero es, sobre todo, muy, pero que muy Gass. Hay que esforzarse, sí, muchísimo, pero también caer rendida y admirar el esfuerzo de autores como William H. Gass, que nunca estarán entre la lista de los más vendidos ni serán de los que más ruido mediático provoquen, pero que para algunos lectores significa “para esto, para esto leo”.

Recuerda por favor que siempre hablo de manera figurada, por medio de emblemas y motivos, ya me entiendes. Amplifican mi voz como manos ahuecadas. Cierta vez denominé a tal pureza del habla, a tal precisión y fuerza en la frase, la medida del espacio espiritual, el álgebra de la vida interior

Formidable traducción de Ce Santiago.

jueves, 3 de octubre de 2019

Cuaderno de faros (Jazmina Barrera)


No se puede pensar el faro sin el mar. Porque son uno, pero a la vez lo contrario. El mar se expande hacia el horizonte, el faro apunta en dirección al cielo

Tendría cuatro o cinco años. Tal vez fueran seis. Caminaba por una suave pendiente con mi familia, otros adultos, otros niños, un rumor de voces y risas. Caminaba descolgada del resto porque lo hacía mirando al mar. Nunca he querido mirar a otro lugar. Todo era azul, la mar, el cielo, hasta el sol era azul.

De repente la voz de mi padre me hizo mirar al frente (¿qué otra voz podría ser?). Y ahí estaba: el faro de Cabo San Agustín. Mi primer faro. Me quedé detenida. Suspendida entre mar y faro. Todo lo demás desapareció en una niebla clara. ¿Qué era “aquello”? ¿Una espada atravesando el mar?, ¿un amante de la mar? Sentí amor sobre amor, el hogar de lo que ya amaba (el mar).

No recuerdo haber llegado al faro. Mi memoria se quedó ahí detenida: el mar, la voz de mi padre, el faro. El éxtasis.

Mi padre me explicó qué era “aquello”. Y quise vivir en un faro, con el mundo en mi espalda y el mar en la mirada. Mi padre decidió, muchos años después, que fuéramos a vivir cerca del mar. Cuando todo estaba listo, Átropos decidió usar su tijera en esa hebra. No alcancé el mar ni los faros. Se alejaron, introduciéndose en mi alma como una aguja en la vena. Desde la distancia, mar y faros son un cartílago que me mantienen unida conmigo misma.

Hace tres años quise hacer una ruta farera. Al segundo faro, al borde de un acantilado que había tirado fuertemente de mí, al lado de un faro que me rescató del oleaje, mi rodilla se partió. Fin de la ruta farera.

Aprendí que a los faros y al mar, al igual que a los libros, no los eliges. Te eligen ellos a ti. Hasta que por fin un día eres tú quien elige dónde estar, cómo y con quién (o sin quién). Y suele ser donde, como y con quien también te ha elegido a ti.

Algún día...

Jazmina ha escrito un delicioso cuaderno de viajes por algunos faros y sus historias, anécdotas y paisajes, con un recorrido tambien por los faros más conocidos en la literatura. Me encantó saber del Sylvia Beach Hotel (qué preciosa idea). Me hubiera gustado tanto que este libro contuviera ilustraciones...

Villa Amalia (Pascal Quignard)


Estás roto. Estoy rota. No hay que echar mano de algo roto para reparar algo roto

Es extraño este Quignard, no se espera de él que nos cuente una historia de apariencia liviana, pero ¡cómo pensar que haya algo ligero en su escritura!. Y no, no lo hay en “Villa Amalia” con sus diálogos y sus frases como hojas de árbol flotando en el aire hasta depositarse con delicadeza en el suelo, sin desplazar nada, ocupando su lugar y su color para componer un paisaje mil veces visto que Quignard te hacer ver como si fuera la primera vez.

Nadie como Quignard elabora el silencio para decir lo indecible, el misterio del mutismo y lo callado. El personaje de Ann es, cómo no, silencioso, un ser herido que busca en la soledad sin dejar de estar abierta al amor. Ann, que no tiene serenidad y prefiere no estar presente, obstinada e invisible, que cree en señales y presagios (del sol, de un trébol, del mar…), que busca significados, toma decisiones y se arriesga ofreciendo amor a su callada manera.

Ann huye una y otra vez, sin forzar la felicidad pero entregándose a ella cuando la encuentra de la misma forma que se entrega a la soledad: incondicional. Huye como quien siente el amor como un lugar en el que desaparecer, como quien busca la luz manteniendo un delgado filamento con la vida, permitiendo una metamorfosis tan necesaria como dolorosa para enfrentarse al abandono y la pérdida. Ann, que se extravía con determinación y firmeza para reinventarse.

“Villa Amalia” tiene la armonía de una sutil pieza musical que sugiere la profundidad sin mencionarla, que deja el poso de la melancolía y de la belleza inexplicable a través de esa exploración poética y melodiosa con la que este autor compone su prosa calmada y llena de significados que nos devuelven a nosotros mismos, perdonados y cobijados.

La prosa de Quignard se reduce y achica para solidificarse como un coágulo que te incuba en el pecho una profunda emoción. Es como una lluvia luminosa frente al mar, una dicha que te aviva el alma.

Hay un placer no en estar solo, sino en ser capaz de estarlo