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miércoles, 6 de mayo de 2026

Dura una eternidad y en un instante se acaba (Anne de Marcken)


Es la tristeza. No tristeza, sino la tristeza. En su totalidad. La historia completa de la tristeza”.

Tenía dudas. Muchas. Pero siempre que veo un libro traducido por Ce Santiago, sé que terminaré leyéndolo. Me costó entrar, pero no por lo que leía, sino por esa imagen prefabricada que tenemos cuando aparece la palabra zombi: el cuerpo torpe, el gruñido, cerebro sin pensamiento, masa pero no sujetos… Así que me propuse un truco de lectura: dejar de pelearme con mi imaginario de zombies.


Porque aquí el zombi funciona al revés: no es “el otro” inhumano, sino una conciencia deteriorada. Y ahí la clave no es tanto que hablen (que también), sino que conserven una interioridad, aunque sea irregular, agujereada, a ratos casi mecánica.


En cuanto hice ese pequeño gesto mental (cambiar el chip, arrancarle al zombi la máscara de cliché) la lectura se volvió sorprendentemente fluida, incluso adictiva, como si el texto por fin encontrara el canal por el que quería hablarme.


Una carretera atravesando un mundo raro y al mismo tiempo reconocible, una narradora que avanza hacia el oeste como quien avanza hacia un sitio donde todavía queda la huella de lo perdido. En apariencia hay viaje, paisaje, estaciones, encuentros; por debajo, lo que hay es duelo. No sólo la pérdida de una pareja, sino también la pérdida de identidad y de sentido, la experiencia de seguir moviéndose cuando la vida (tal como la conocías) se ha dinamitado por dentro. El duelo aparece como si fuera geografía: se camina por él, se atraviesa, se lo habita con un cuerpo que ya no garantiza nada, ni memoria, ni continuidad, ni siquiera pertenencia.


Una de las decisiones formales más inteligentes de Marcken es que la prosa cambia de textura según el lugar desde el que habla la narradora. Cuando piensa, la escritura se fragmenta. No como capricho estilístico, sino como consecuencia orgánica de una mente en modo supervivencia, una mente que se ha quedado sin frases largas, o sin paciencia, o sin energía para sostener el hilo. El pensamiento aparece a golpes, en astillas, como si el lenguaje también estuviera desnutrido. En cambio, cuando mira el mundo (paisajes, lugares, desplazamientos, objetos) la frase se hace más continua, más descriptiva, más “normal”. Esa alternancia no es un truco: es una respiración. Interior quebrado, exterior más estable. Y lo notas casi físicamente: cuando el texto se corta, algo dentro se contrae; cuando el paisaje se despliega, el libro te deja un poco de aire.


De Marcken arriesga, y arriesga en serio: sostiene una voz que está a un paso del absurdo (una muerta viviente que piensa, que recuerda, que siente) sin convertirla en caricatura; coquetea con lo lírico sin ponerse solemne; se mueve entre lo material y lo abstracto sin que la historia se vuelva vaporosa. Maneja muy bien esos estados liminares entre la vigilia y el sueño, esa franja donde no sabes si está recordando, alucinando o simplemente sobreviviendo con lo justo. Y ese “no saber” no es confusión barata: es el clima adecuado para una historia donde la frontera principal (vida/muerte) ya ha sido violada desde la primera página.


Y aparece el cuervo, en una escena desconcertante, como una presencia que se instala. Un acompañante incrustado, incómodo, insistente: algo que entra y, desde ese momento, cambia el modo en que la narradora está dentro de sí misma. El cuervo no necesita explicarse, se entiende por efecto. A partir de él, el pecho deja de ser sólo un sitio anatómico y se vuelve un lugar ocupado. Es decir: el duelo no como idea ni como estado de ánimo, sino como cuerpo extraño alojado: algo que llevas dentro aunque no lo convoques, un huésped, una compañía rara, un peso, que opina o estorba o acompaña sin pedir permiso. 


Lo admirable es que todo esto funciona. Es original, es fresco, sorprende, engancha. Y no porque esté buscando la rareza como fin, sino porque está encontrando una forma adecuada para contar lo que cuenta: esa tristeza total, esa soledad cuando todo estalla, ese avanzar por un mundo en ruinas llevando dentro una ruina más íntima y más difícil de describir. No nos pide creer en zombies como en un mundo coherente; nos pide reconocer algo de verdad en esa conciencia rota. Y cuando se lo concedes, el libro se sostiene solo, con una extraña naturalidad.


No, esta no es una historia de zombies, es una historia de duelo contada desde el lado más brutal del duelo: ese en el que sigues respirando, sigues caminando, sigues yendo a ninguna parte y aun así algo dentro insiste en buscar el lugar donde una vez fuiste alguien para alguien. Y el título es una frase perfecta para lo que describe. Porque el duelo (y el amor, y la memoria, y la enfermedad) tiene esa textura: por dentro dura siglos, por fuera pasa en un pestañeo. A la gente le parece que “ya pasó”. A ti te sigue durando. Y de repente un día ocurre lo contrario: llevabas meses pensando que no se iba a mover nada, y pum, algo cambia en un instante (no necesariamente para bien: a veces es una recaída, a veces es un recuerdo que vuelve, a veces es la constatación de que ya no recuerdas algo que antes era sagrado). Eternidad e instante: dos escalas incompatibles conviviendo en la misma cabeza.


Quizá ese final, el final que ves cuando ya es demasiado tarde, quizá ese final sea lo que hace que un principio sea lo que es. ¿Qué es un principio sino el final de otra cosa?


Gracias, Anne de Marcken. Gracias, Ce Santiago (traducción)


©AnaBlasfuemia



domingo, 27 de julio de 2025

Dos vidas (Emanuele Trevi)


Las verdaderas revoluciones son transformaciones: de lo que ya sabemos, de lo que siempre hemos tenido delante. Porque solo es verdadero lo que nos pertenece, aquello de lo que venimos


No llegué a “Dos vidas” buscando a Trevi ni a Rocco. Llegué siguiendo una semilla: la de Pia Pera. Había leído “Aún no se lo he dicho a mí jardín” y quise saber más de ella, como si su jardín me llamara desde lejos. Me había conmovido su manera de mirar la muerte, no como un abismo, sino como una raíz que se hunde en la tierra.


Terminada la lectura, me siento a escribir mientras suena de fondo el Concierto para violín y orquesta en D Major, opus 61, de Beethoven. Es como si cada recuerdo de Rocco, Pia y Trevi se ordenara, se atenuara o se desbordara al compás de ese violín que no impone, pero acompaña. Mientras escribo, la música crea una cámara interior donde las palabras encuentran su tono justo, su latido.


Lo que Trevi escribe no es una biografía doble ni una elegía. Es algo más más íntimo: una forma de presencia. No reconstruye a través de la escritura, sino que da forma a lo que se desvanece. En este caso, dos voces que ya no están: la de Pia Pera y la de Rocco Carbone. Amigos, compañeros de ruta que marcaron una época de la vida de Trevi y que se han ido antes de tiempo.


Hay en “Dos vidasuna meditación íntima sobre la amistad, la escritura y el modo en que habitamos (y somos habitados por) las vidas ajenas. Trevi no pretende reconstruir el pasado, lo que hace es escucharlo, con una atención tan afinada que parece que cada frase ha sido escrita para no romper algo frágil. Porque se habla de dos fallecidos (Pia y Rocco), pero no para clausurar su memoria sino para dejarla vibrando, como una música que sigue sonando aunque no sepamos ya quién la toca.


Trevi no une a Rocco y Pia por sus semejanzas, sino que los contrapone. Pia es la reserva espiritual, la interioridad contemplativa, la que convierte la enfermedad en jardín. Rocco es la energía incandescente, el escritor de estilo puro, casi doloroso, que persigue una autenticidad sin concesiones. Y él, Trevi, se sitúa en medio, intentando comprender sin juzgar. No los convierte en figuras ejemplares: los mantiene humanos, contradictorios, hermosos en su imperfección.


Rocco Carbone irrumpe con una intensidad que no admite término medio. En su retrato hay vértigo, fuerza, una tensión perpetua entre lucidez y precipicio. Trevi no lo idealiza, sino que lo revive, lo examina, lo deja arder. Con Rocco, la relación fue eléctrica porque era brillante pero errático; culto, pero insaciable. Excesivo, contradictorio, desordenado y desarmante, Rocco era exceso y búsqueda, radicalidad, una ética feroz de la literatura. Había en él una incapacidad de fingir lo que no sentía, de negociar con lo mediocre, de tolerar el adormecimiento. Era tensión pura.


Trevi no intenta embellecerlo. Nos lo presenta con sus aristas, con su velocidad, esa mezcla de agresividad intelectual y necesidad de reconocimiento que lo hacía magnético y exasperante. Su muerte no clausura esa intensidad: la cristaliza. Pienso en lo difícil que debió de ser corregir un manuscrito póstumo sin traicionar al amigo. Convertirse, como dice Trevi, en su “prótesis”, su médium involuntario, la mano que sigue escribiendo por él. Es un acto de fidelidad extrema y  honesto: cuidar la voz de quien ya no puede defenderla.


La figura de Pia Pera irradia otro tipo de presencia. No es menos honda, pero sí más callada. La música se ha hecho más lenta ahora, el violín parece retroceder, como si respirara con la tierra. Pia es esa respiración. Su jardín, sus últimos libros, su manera de mirar la vida mientras el cuerpo se debilitaba, son una forma de resistencia sin épica. Pia se volvió jardín, no solo como metáfora, sino como modo de estar. Trevi la mira con la delicadeza de quien ha comprendido que hay verdades que solo florecen en silencio. Escribe sobre ella con una devoción que es también pudor. Hay entre ella y el mundo un acuerdo tácito: no hablar de la enfermedad, seguir cuidando lo vivo. Pia permaneció junto a su jardín hasta el final, no para aferrarse a algo, sino para entregarse con lucidez a lo que aún vivía.


Trevi admira en Pia una integridad que no necesita afirmarse. Una belleza interior que se intensifica a medida que el cuerpo declina. Encuentra en su escritura una forma de poesía que no depende del verso, sino de la mirada. Esa escritura, donde se mezclan jardinería, filosofía, dolor y ternura, es para él una cima, no por su perfección estilística, sino por su verdad. Pia nunca embellece su decadencia y Trevi, al recordarla, no la idealiza: la sigue como quien escucha una música que aún resuena, aunque el instrumento haya callado. Trevi extrae de esa forma de estar en el mundo una lección: hay maneras de desaparecer que son, también, formas de permanecer.


Y está, por supuesto, el propio Trevi. No como narrador, sino como tercera vida: la que escribe, recuerda y duda. El violín se detiene un instante, hay una pausa, luego vuelve con una nota larga, sostenida. Ahí, justo ahí, se instala Trevi. Ya ha vivido más que sus dos amigos, ya los ha perdido, ya ha intentado nombrarlos. Pero lo que queda no es certeza, es pregunta: ¿Existieron de verdad? ¿Qué queda de ellos más allá de sus nombres? ¿Y si lo que creemos recordar no es más que el eco de lo que ya no somos?


La imagen de ir dejando atrás las islas de lo que fuimos, tiene ahora para mí un murmullo distinto. Con la música aún sonando, imagino ese mar lleno de luces tenues, de sombras antiguas. No hay nostalgia, hay una aceptación grave. Para Trevi escribir no es cerrar heridas, sino mantenerlas abiertas sin que sangren, permitir que sigan latiendo. 


El largehtto va muriendo lentamente. Una nota se alarga como si no quisiera desaparecer del todo. Y en ese desvanecerse (sin solemnidad, sin ruido) se cuela también lo que este libro deja en mí. No sé si he entendido mejor a Rocco, a Pia o a Trevi, pero sí sé que, mientras escribía esto, todo seguía latiendo. Que había una música que no era solo de Beethoven. Era la música del recuerdo, de lo que persiste, de lo que ya no está y sin embargo se escribe.


La música marcó el ritmo de mi escritura de la reseña y aparece en el libro como editora emocional, un gesto que es acompañamiento íntimo del pulso narrativo compartido entre autor y memoria de amigos. El violín se apaga. La escritura también.


Gracias, Emanuel Trevi. Gracias, Juan Manuel Salmerón Arjona (traductor)


©AnaBlasfuemia



jueves, 19 de junio de 2025

El agua del lago nunca es dulce (Giulia Caminito)

 

Todo se basa en el equilibrio de lo que está a punto de derrumbarse, pero que con una última raíz se aferra a un suelo friable” 


Friable: que se desmenuza fácilmente. No se me ocurrió que la mejor definición de la lectura de “El agua del lago nunca es dulce” la fuera a encontrar en el interior de sus páginas. Porque así ha sido este libro: un equilibrio que pasa demasiado tiempo a punto de derrumbarse y que, al final, se desmenuza por estar la raíz en un suelo más friable que fiable. Me temo que voy a ser una voz desafinada en el coro de voces que han ensalzado este libro, así que estoy dispuesta a explicarme con argumentos y toda la extensión necesaria.


Esta lectura ha sido como zambullirse en un lago con los ojos cerrados. Al principio el agua parece fresca, prometedora, pero a medida que nadas empiezas a notar que ese lago no es tan profundo como parecía, que hay mucho barro y el agua ya no es tan transparente. Y al salir, el agua deja sobre la piel una película que no  sabes muy bien si es frescor o un lodo pegajoso. Eso ha pasado con “El agua del lago nunca es dulce”: un libro que arranca con fuerza, con personajes y párrafos que parecen prometer una sacudida, pero que termina desinflándose, dejando más frustración que hondura.


Empecé la lectura con ilusión. El planteamiento inicial tenía todo lo que a mí, como lectora, me suele atraer: la historia de Gaia, una joven que crece en la periferia de Roma, en una familia obrera, luchando contra la precariedad, la exclusión social, la falta de oportunidades. Una madre, Antonia, que es una fuerza de la naturaleza: fuerte, mandona, inflexible, dispuesta a limpiar casas ajenas y a imponer su ley en la suya. Un hermano mayor, Mariano, rebelde y explosivo. Dos gemelos pequeños, casi como cachorros a los que proteger. Y un padre ausente, roto por un accidente laboral, que se desliza en el silencio de su silla de ruedas.


Antonia es, sin duda, el pulmón más potente del libro. Caminito se inspira en una mujer real, lo que le da un poso de verdad: una madre que sostiene, que grita, que limpia, que educa, que impone, que no roba, que no miente, que enseña a sus hijos a sobrevivir. Es la heroína a su pesar, la superviviente, la que no se permite el lujo de caer. Sus apariciones son uno de los grandes aciertos del libro.


El agua del lago nunca es dulce” no se empieza a desmoronar en la historia de Antonia (es la que te atrapa en cuando empiezas a leer), sino en la de su hija Gaia, que es la protagonista y narradora. Caminito ha contado en entrevistas que esta fue su primera novela escrita en primera persona. Y esa elección, que a priori busca cercanía e intimidad, termina siendo una trampa. Porque Gaia no es una narradora viva: es una voz que enumera, que se queja, que lanza pensamientos contundentes, pero no deja entrever su conmoción interior (al menos su evolución íntima). No hay un proceso emocional interiorizado real.


Lo que debería ser un relato de aprendizaje (con sus contradicciones, sus caídas, su rabia justificada y también injustificada) se convierte en una lista de agravios: Gaia como víctima de todo Sí, hay escenas potentes, escenas que deberían ser demoledoras, que deberían desgarrar, que deberían dejarte sin aliento. Todo se cuenta y se narra, pero no se siente ni se vive.


La ambientación en el lago de Bracciano podría haber sido un personaje más, como ocurre en tantas novelas donde el paisaje refleja los estados emocionales. Aquí el lago es un decorado, una postal, que no consigue llegar a ser un símbolo vivo pese a que Caminito lo intenta.


Me lo pregunté muchas veces mientras avanzaba entre sus páginas: ¿por qué no me llega? ¿Por qué no siento el dolor de Gaia? ¿Por qué no me remueve el suicido de una amiga de Gaia, la enfermedad de otra, el desencuentro con su madre, la violencia, el desarraigo, la rabia de clase? Y creo que la respuesta es esta: porque no hay un movimiento interior visible, porque Gaia es una voz que dice pero no progresa, sólo acumula. Es una narradora que no se habita a sí misma. ¿O será que he perdido la empatía? ¿Que mi lago interior también se ha vuelto decorado de postal? Me entraron ganas de hacerme una PCR emocional (aunque sospecho que habría salido negativa en sentimentalismo y positiva en escepticismo).


El suicidio, la depresión, la enfermedad, el desarraigo, la traición, la asfixia, la pérdida, la furia adolescente,  la desigualdad, la precariedad de clase… todos esos temas están. Pero es como si se hubieran puesto en una lista de temas importantes que había que tocar, aunque sin darles el tiempo, la profundidad emocional y la vivencia que merecen.


He leído críticas elogiosas, sobre todo en redes sociales, donde parece que la estética de la prosa y la fuerza de las frases impactantes deslumbra, y sobre todo donde se suele proyectar una identificación emocional simplificada. Pero lo que para algunas personas es intensidad e identificación, para mí es reiteración y ausencia de profundidad.  Gaia repite una y otra vez que es víctima, que es incomprendida, que nadie la quiere ni la escucha, que el mundo es hostil… pero no abre un resquicio para interrogarse, ni se pregunta si también ella tiene responsabilidad. Cada capítulo es una reiteración del anterior: más rabia, más quejas, más resentimiento.


Es como si Giulia Caminito sintiera la necesidad de subrayar, de enumerar, de explicar, de dar más datos de los necesarios; como si temiera que lo que quiere contar no se entendiera o no fuera suficiente. Y lo hace por superposición: acumula páginas de acontecimientos y sucesos que son más de lo mismo, que ya hemos captado, que se nos dice explícitamente y de distintas maneras, pero ninguna literariamente correcta o innovadora o inteligente. Además se añaden personajes impostados, metidos con calzador, escenas que superponen capas y capas y capas de pintura a la misma pared.


No quiero ser injusta: Caminito es una autora con voz, tiene una prosa potente, sabe crear imágenes impactantes y bellas. Tiene intuición, tiene sensibilidad, tiene coraje para meterse en temas espinosos. Tiene párrafos que brillan. Tiene un personaje (Antonia) que está vivo de verdad. Tiene algo. Escribe frases bellas, sonoras, frases que parecen importantes… y que no se sostienen cuando las miras de cerca. Es como un vestido bien cortado con una tela que no tiene peso. La  narración se queda en el esqueleto, en la estructura, y no traspasa la piel porque los procesos emocionales no están bien trasmitidos


¿Sabéis esas pompas de jabón que crecen, revolotean, irradian formas, colores y sensibilidad, y de repente hacen “pum” y ya no queda nada? Eso pasa con este libro: Caminito no consigue remontarlo. Algo, no obstante, he aprendido de esta lectura, como se aprende a veces en la vida: por las carencias, por las ausencias. En este caso por carencias narrativas y ausencia de valentía narrativa. Los mimbres son buenos, eso no lo niego. Pero algo había que hacer con ellos y no vi un resultado consistente ni original.


Y esta ha sido mi opinión: cruda, sentida y sincera. 


PD: No descarto que en una relectura todo esto me parezca menos friable. Pero no me hagáis zambullirme otra vez en ese lago sin gafas.


Gracias, Giulia Caminito. Gracias, Carlos Gumpert (traductor).


©AnaBlasfuemia


martes, 8 de abril de 2025

Luz (Elisabet Riera)

 

El amor también es eso: conocer los límites, medirnos


El amor… qué sentimiento más universal. Y, sin embargo, que sentimiento más impreciso y voluble, más personal. ¿Dónde están los límites del amor? ¿Quién pone esos límites? ¿Necesita límites o solo una forma definida, cerrada? No seré yo ni quien le ponga límites al amor ni quien cuestione a quienes los pongan. Mi obstinación es tener claro si los límites que yo pueda poner son límites propios o ajenos. Es decir, si están basados en mis valores y criterios o en imposiciones externas (sociales). Hasta ahora he sido bastante respetuosa conmigo misma sin dejar de serlo con los demás (algo que ni ha sido fácil ni se ha entendido).


No podía negarme, aunque por aquel entonces yo siempre decía que no. No, no y no. No a todo, un no universal”


Una se cree que tiene ya todos los libros que necesita para leer el resto de su vida, dejando un margen estrechito a novedades de autores a los que se es fiel, o a recomendaciones de personas muy concretas. Y de repente alguien a quien conozco de hace mucho, lo suficiente como para mantener en el tiempo y la distancia una cercanía estrecha, de cuidados mutuos y de confianza, me recomienda un libro. Siendo ambas lectoras pero de universos literarios diferentes (aunque con raíces comunes) una recomendación de la una hacia la otra o de la otra hacia la una sólo puede ser un libro especial, concreto, un rara avis, la excepción a la regla. Y me habló (sin decirme nada de él) de este libro.


Si hay una palabra que defina esta lectura es “perturbación”. Si hay dos palabras, la siguiente sería “desasosiego”. Porque es así, lees, avanzas en la lectura y deambulas entre la perturbación y el desasosiego. Pero sigues leyendo, porque esas emociones son externas a mí, son sociales, educativas, también morales. Estructurales. Impuestas. Pero me gusta rascar en la superficie, utilizar ese hacha que rompa el mar helado. Además Elisabet Riera lo pone fácil, eso de avanzar pese a la desazón. Lo pone fácil porque (d)escribe muy bien: transparente, poética, nítida. Desenmaraña aquello que para muchas personas puede ser un ovillo difícil de deshacer. Maneja los tiempos, te da respiro, te coge de la mano sin apretarla ni exigirte. Y te dejas llevar, con lo que a mí me gusta  (a veces) dejarme llevar…


No es fácil la delicadeza con ciertos temas, mantener ese difícil equilibrio del funambulista que camina por una cuerda muy floja, muy inestable, una cuerda que tiende a expulsarte (hacia un lado o hacia el otro). Riera te ayuda a caminar por esa cuerda y avanzar por ella, como si nos dijera “vamos hasta el final y, entonces, sólo entonces, juzgas”. Así que avanzas con vértigo pero también con determinación.


Oh, Lolita de mi corazón. ¿Alguna vez te había hablado de Nabokov? Mucho me temo que sí


Habrá quien se quede (quien quiera quedarse) con que “Luz” es una versión lésbica del “Lolita” de Nabokov. Es lo fácil, también lo demagógico. Pero “Luz” es más que eso, es más que el deseo. Es el origen del deseo, es el vacío que hay detrás de ese deseo. Es el silencio arrasando con todo lo hablado, lo que se calla imponiéndose a las palabras. Esos silencios familiares impuestos por un pacto que nunca fue acordado ni escrito pero que pesan como una losa y lastran vidas. 


El abandono es un sentimiento muy poderoso, difícil de digerir. Te deja para siempre una mancha en el corazón, un punto oscuro que no suele verse y que sale a la luz precisamente cuando se ama. Con quién más se ama


La necesidad de matar al deseo antes de que se agote, antes de que se muera o que te abandone. Y luego seguir buscando un amor puro, muchas veces en relaciones fallidas. Porque estás herida y no puedes encontrar las respuestas porque desconoces las preguntas adecuadas.


Y de eso, de dónde nace el deseo, de la fuerza demoledora de las palabras no pronunciadas, de los silencios familiares, de penetrar en el dolor para entender el deseo y para entenderse a una misma, es de lo que va “Luz. Del amor, de la culpa, del perdón, de atravesar el dolor para encontrarse a una misma, de encontrar las palabras y poder pronunciarlas.


Con el amor no basta


Gracias, Elisabet


©AnaBlasfuemia


lunes, 17 de marzo de 2025

Un amor cualquiera (Jane Smiley)

 

Les he dado a mis hijos los dos regalos más crueles: la experiencia de una felicidad familiar perfecta y la absoluta certeza de que tarde o temprano se acaba


He estado un buen rato pensando en qué comentar de esta lectura y no hubo manera de que me saliera nada. Me he dado cuenta que todas las reflexiones que me surgían eran en torno a Jane Smiley y no tanto sobre el libro. Así que he pensado que eso es lo que tengo que compartir, porque sobre “Un amor cualquiera” tengo poco que decir. Así que a eso voy.


Es el segundo libro que leo de Smiley (el anterior fue "La edad del desconsuelo") y percibo que es una narradora notable. Amena, inteligente, lúcida, con las ideas muy claras sobre lo que quiere contar y cómo quiere hacerlo para llegar al máximo de lectores posibles. Así que es claro que no va a retorcer su narrativa, que lo va a poner fácil al lector, que nos lo va a dar masticado, pero no tanto como para proporcionarnos un puré o una sopa. Una dieta blanda pero no excesivamente flácida para que nuestras mandíbulas no se adormezcan pero tampoco se lastimen.


La dieta blanda no implica que la degustación no sea de calidad y la nutrición saludable. Porque eso lo hace muy bien Smiley: nos quiere alimentar, quitar el hambre, pero también que nuestro paladar no se aletargue ni se acostumbre a la comida basura (lectura basura en este caso). 


Es muy hábil en lo suyo. Si algo parece caracterizar la narrativa de Smiley es su fluidez y su destreza para desenvolverse en lo cotidiano, lo reconocible y los entresijos de las familias y las relaciones familiares. Se mueve como pez en el agua en ese terreno. No va a hacer reflexiones deslumbrantes ni profundísimas, pero sí muy perspicaces y de cierto calado. 


Ahora que pienso sí que puedo decir algo concreto de este libro, acabo de darme cuenta: el cómo cuenta la historia, la estructura de la misma, es especialmente ingeniosa. Detonar una bomba de relojería muuuuuuchos años después de que suceda una traumática separación (traumática para los hijos) es una forma muy inteligente de mostrarnos cómo nuestra protagonista ofrece a sus hijos esos dos regalos tan crueles que se mencionan en la cita inicial (que, por cierto, corresponde al último párrafo del libro).


En fin, que Smiley no va a estar en mi Olimpo de escritoras pero que es una autora que respeto y a la que volveré (probablemente) porque es de ese tipo de escritoras necesarias en la literatura actual, porque en cierta manera eleva la nota media, aunque no entre en mi concepto de LITERATURA (con mayúsculas) excelsa. Accesible para muchísimos lectores potenciales a los que puede rescatar de esa “literatura” basurilla y masificada que tanto repelús me da. Pues ya estaría.


En mi caso, será de ese grupo de escritores a los que acudir cuando bien por bloqueo lector o bien porque estoy muy tiquismiquis y exigente con lo que leo, descarto libros uno detrás de otro. Para esos momentos, Smiley es ideal: lectura fluida pero no insustancial, inteligente pero no ininteligible, bien escrita pero no críptica, con profundidad pero sin pasarse, con mensaje y contenido reflexivo suficiente como para que no te quedes en una lectura frívola e intranscendente. Y que, al poco tiempo de su lectura, olvidaré.


Gracias, Smiley.


©AnaBlasfuemia