jueves, 15 de julio de 2021

Aún no se lo he dicho a mi jardín (Pia Pera)


El verdadero peligro de esta enfermedad, quizá de todas las enfermedades, es quedar encerrados en la jaula de nuestro propio egoísmo

Son muchas las reflexiones y frases subrayadas, pero la anterior creo que atrapa lo esencial. Posiblemente el egoísmo (exceptuando un egoísmo mínimo, de supervivencia) sea una enfermedad que no reconoceremos nunca como tal e incluso hay quien lo disfraza de autoestima (no, la autoestima ni es egoísta ni tiene nada que ver con un ego que tiene más de narcisista que de empoderado). Pero no quiero irme por las ramas.

Hay libros que no es que los leas, sino que los acompañas. En silencio, recibiendo y a la vez sujetando. Sabes que estás (re)aprendiendo algo, aprendiendo a vivir, aprendiendo a morir. El libro está muy vivo, aunque lo escriba alguien con una enfermedad incurable, alguien que se rebela pero también acepta, que se resiste pero también indaga. Y por eso, mientras el libro avanza, mientras Pia Pera nos comparte su proceso, el lector la acompaña con el recogimiento y el agradecimiento de quien sabe que hay miradas que, al compartirse, concentran en sí mismas toda la generosidad de la que el ser humano es capaz.

No es fácil escribir sobre la enfermedad, la muerte, el sentido de la vida. Y no lo es porque en realidad siempre es un camino que nos lleva donde nos llevan todos los caminos: al aquí y ahora, no añorar, no temer, la belleza de lo simple, aprender a mirar, aprender a escuchar, agradecer. Por eso no me parece fácil: porque siendo siempre lo mismo, siempre parece nuevo y distinto. Una notificación, un recordatorio de aquello que se nos olvida una y otra vez, una y otra vez, como si cada noche se nos reseteara el apartado de “aprender a vivir sabiéndote fugaz y mortal” o su versión “vive hoy como si fuera el último día de tu vida” y al despertarnos volvemos a sentirnos inmortales, a sumergirnos en las prisas, en el vértigo, en la tormenta de lo vacío, a deslizarnos en lo superficial y aparente, a olvidar la pausa, el silencio, la ternura, la naturaleza, el gesto, la mirada…

Aprender a vivir y aprender a morir tiene mucho que ver con dejar el egoísmo en un arcén. Y con agradecer.

A mí libros así me alivian.

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