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miércoles, 13 de abril de 2016

El hueco del tiempo (Jeanette Winterson)

Título original: The Gap of the Time
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 256
Publicación: 2015 (2016)
Editorial: Lumen
ISBN: 9788426402806
Sinopsis: En el 400º aniversario de la muerte de Shakespeare, Lumen se une al proyecto internacional iniciado por Hogarth en Reino Unido, en el que diversos escritores ilustres revisitarán las obras del dramaturgo, para reinventarlas con su pluma y sello personal.
Jeanette Winterson traslada Cuento de invierno a nuestros días. Combinando diferentes microhistorias con personajes extravagantes, El hueco del tiempo constituye una formidable metáfora sobre el deseo universal de cambiar el pasado para deshacer lo ocurrido.
A la luz del siglo XXI, los personajes de Shakespeare renacen en las manos de Winterson y nos invitan a una magnífica reflexión sobre la memoria, el tiempo, la identidad, la culpa, el perdón y las pasiones y debilidades que nos asaltan: Xeno, un joven que juega a ser un Superman capaz de volar al pasado para salvar a Lois Lane. Perdita, una muchacha fruto de un matrimonio truncado que dice no haber conocido a su madre. Leo, un hombre obsesionado con la supuesta infidelidad de su ex mujer y que se niega a reconocer a su hija, incluso cuando la evidencia de un test genético demuestra su paternidad.


Se necesita muy poco tiempo para cambiar toda una vida y toda una vida para comprender el cambio.
No.

Tengo que encontrar una explicación a todo esto. Encontrarle un sentido. Y me da una pereza abrumadora hablar de este libro. 

Jeanette Winterson me contó. Contó quién era yo en La niña del faro. Pew y Silver empezaron a restituirme. Yo no lo sabía, pero además La niña del faro fue un principio. El principio de algo asombroso. Y en El powerbook Winterson lo volvió a hacer y volvió a contarme. Y me contó el final de ese principio.

Wintersoniana hasta la muerte. Nadie como ella zarandea tanto mi vida al leerla.

Inesperadamente me encuentro con El hueco del tiempo. ¿Cómo? ¿y este libro? Así, surgido de la nada. Zas, lo cogí. E incluso se adelantó a todos los libros de Winterson pendientes de leer.

Joder, Winterson. Podrías habértelo ahorrado. No hacernos esto. No hacértelo a ti. De verdad, no era necesario. No lo necesitas.

Todos los libros tienen su historia. Este también la tiene. Comenzó siendo una lectura con, junto a, otra wintersoniana. Leer a Winterson con alguien que lee similar, y a quien Winterson también remueve. Fantástico. Prometedor.

Empezamos la lectura. Y el asombro es mayúsculo. ¿Dónde está Winterson? Desconcierto. El lápiz permanece inalterable al lado del libro. ¿Estoy leyendo a Winterson y no encuentro nada que subrayar? Hay citas que parecen sacadas de un mercadillo de todo a un euro y para encima Winterson parece haber cogido alguna especie de oferta tipo “cien frases por diez céntimos”. Toc, toc, toc… ¿Winterson, estás ahí? ¿Dónde están tus grandes citas, esas que me hacen tambalear, tus aforismos, tu estructura no lineal, tu escritura bella y poética, tus personajes ambiguos? ¿Cómo puedo estar leyendo un libro tuyo lleno de lugares comunes y personajes tan masculinos?

Seguí leyendo el libro rabiosa. Entre el cabreo más absoluto y el aburrimiento. No entendía nada. Carajo, si es que hasta hay una persecución en coche, a dos ruedas y todo. En este punto, aplazamos la lectura. El mar y este libro de Winterson son incompatibles. Del aplazamiento pasamos al abandono. Yo decido terminarlo por una única razón: venir aquí y advertir a quien espere encontrar la sensibilidad de Winterson en este libro: ¡vade retro! Este libro no lo ha escrito Winterson. Digan lo que digan. NO es Winterson.

Es un libro de encargo. No sé si con esto lo digo todo o no digo nada. Una versión del Cuento de invierno de Shakespeare en el que la imaginación ha sido devorada por el espíritu de un conejo muerto a manos de la propia Winterson. Y además está escrito en el año en el que Winterson se casó con su mujer. Estaba pensando en otras cosas, seguro. Siendo un poco generosa diré que en la última parte del libro Winterson parece tomar conciencia de sí misma y como que se deja ver. Demasiado tarde.

Es curioso. Este libro gustará. Gustará a quienes no hayan leído nada de Winterson, y más aún a quienes haya leído algo suyo y no comulguen con ella. Es triste, más que curioso, pero así es.

Pero Winterson nunca me deja vacío. La no lectura con, junto a, de este libro terminó por llevarme a otra lectura, que ha dado lugar a muchas más conexiones. Al final, queriendo o sin querer, Winterson siempre me vincula con alguien.

El amor. Su dimensión. Su escala. Inconcebible. Inmenso. El amor que sentías por mí. El amor que sentía por ti. El amor que nos profesábamos. Real. Sí. Aunque me abra paso en la oscuridad con una linterna. Soy testigo y prueba de lo que sé: este amor.
El átomo y el ápice de mi vida.
(©AnaBlasfuemia)

lunes, 16 de marzo de 2015

El Powerbook (Jeanette Winterson)


Título original: The Powerbook
Traductora: Ángels Gimeno-Balonwu
Páginas: 288
Publicación: 2000 (2004)
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435008907
Sinopsis: El powerbook de Jeanette Winterson combina la gran tradición narrativa universal con las posibilidades abiertas por la informática, y particularmente por internet. Y no sólo por el hecho de que el argumento gire en torno a un cruce de mensajes entre dos personajes que ocultan su verdadera personalidad, sino sobre todo porque la sensación de fugacidad, de inmediatez y de distancia está muy bien logrado mediante el empleo de diálogos rápidos, esquemáticos y contundentes, tan ambiguos y espontáneos como los que pueden leerse en un foro de internautas.


Winterson. ¡Pues claro! La autora que me trajo La niña del faro. Que me gusta a mí hacerme esperar. Y no iba a ser La pasión, La mujer púrpura, El guardián del tiempo, Escrito en el cuerpo, Fruta prohibida… no iba a ser cualquiera de sus libros más conocidos y recomendados (y que adquirí de forma compulsiva después de La niña del faro). No. Que a una no le gustan las líneas rectas, así que… El Powerbook. Venga, Ana, dale. Comienzo a leer:

Para evitar que me descubran, sigo huyendo. Para ser yo quien descubre, sigo incansable.

Me detengo durante un laaaargo tiempo en esta primera frase. Sonrío. La releo varias veces. Vuelvo a sonreír. Una y otra vez. Vaya manera de comenzar un libro. Sé que no estoy ante La niña del faro, pero tengo claro que Winterson es una autora especial para mí, que fluyo entre sus palabras como pez en el agua, como agua en el arroyo, como arroyo en el cauce, como cauce en el valle. Sé que esta extraña escritora me resulta transparente (o quizás soy yo transparente para ella), que me empapo de todas y cada una de sus historias, que su personal, diferente y peculiar forma de contar es un espejo en el que veo con nitidez cada detalle, cada línea, cada puntada, cada imagen. Tengo la sensación de que Jeanette Winterson escribe para mí. Como si le encargara historias a medida. Qué bien, qué bien.

Historias y verdades. O no. O historias y mentiras. Las dos cosas (porque una cosa y su contraria no se excluyen: malviven pero conviven). Lo comentaba hace poco: estamos hechos de historias. Así que crearlas, contarlas y que me las cuenten, es pura vida para mí. Convertir momentos en historias. Historias sin fin ni final. Winterson es una ingeniosa y hábil narradora de historias, en las que me siento como dentro de un traje que se adapta a mi cuerpo a la perfección, quizás como si fuera la piel de mi propia alma.

Las historias son mapas

Las. Historias. Son. Mapas.

Cuatro palabras combinadas adecuadamente son suficientes para que dentro de mí broten historias y mapas, cartografías imposibles y geografías probables, afluentes en dirección contraria, bifurcaciones, caminos sin peaje, atajos quiméricos… Cuatro palabras y miles de posibilidades. Cuántas cosas ha inspirado y movido dentro de mí esta frase: Las historias son mapas. Pues aplaudo, ¡qué le voy a hacer si no llevo sombrero y no me lo puedo quitar!

- Esto no es más que una historia.
- Yo a esto lo llamo una historia verdadera.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo sé porque yo estoy en ella.

Quieta. Os preguntaréis qué nos cuenta Winterson en este libro. Que nos gusta saber qué tenemos entre manos. Habla del amor. De disfraces. De verdades y mentiras. De lo real y lo virtual. De historias (¿de qué otra cosa iba a hablar Winterson?). La protagonista (o el protagonista, deliberadamente ambiguo, marca de la casa de la autora), Alix, es una escritora, una e-escritora, que desde su ordenador, vía e-mail, ofrece “libertad por una noche”; es decir, te escribirá una historia hecha a medida. ¿El problema? Que las historias son seres vivos que pueden atraparte, engullirte, y cuando quieres darte cuenta ¡zas! formas parte de la historia que estás contando y entonces la delgada línea entre realidad y ficción, lo real y lo virtual, se vuelve estremecedora e impresionantemente fina. O directamente salta en mil pedazos. Un riesgo que todo creador de historias y momentos tiene que correr. Y asumir. Patapúm. Jugar con fuego y quemarte. O no. ¿Quema lo vivido aunque lo vivido no sea verdad? Fuego con fuego no se queman, pero se apagan. Pero hasta entonces... arden.

Vivo en un mundo material, aparentemente sólido, y el peso de éste ya es suficiente. Los otros mundos que puedo alcanzar necesitan mantener su ligereza y su velocidad de la luz. Lo que yo traigo desde esos mundos a mi propio mundo es otra oportunidad.

Al igual que en La niña del faro la estructura narrativa habitual o esperable por lectores en zona de confort es inexistente. No hay línea argumental, pero Winterson es tan valiente como reconocible, libre en su forma de contar. El esquema es muy similar: una historia (más o menos) central y fábulas, leyendas, personajes históricos, reflexiones, que se mezclan constantemente, todas ellas reencarnando una y otra vez la historia de amor entre la narradora y la mujer que le solicita “libertad por una noche”...

Soy alguien que desea lo mejor de los dos mundos.
Una historia es una cuerda floja entre dos mundos.

Alix bien podría ser Silver, nuestra niña del faro, que ya adulta hará aquello que heredó y aprendió de Pew: contar historias. Pero como los tiempos corren que es una barbaridad ya no será a la manera tradicional, de boca en boca, sino acorde a los tiempos modernos: en el ciberespacio.

No hay amor que no perfore las manos y los pies.

Sólo he leído dos libros de Winterson, aunque me parece haber estado buscándola toda la vida, pero la sensación es que la columna vertebral de sus historias es el amor. Amor, nostalgia, soledad. Pasión. Límites. Mitología. Mundos privados. Identidad. Emociones. Historias. Vida. Oportunidades. Contado a su manera. Y su manera no es lineal, ni mucho menos una línea recta. Está llena de meandros y recovecos varios. No esperéis entonces un final cerrado, ni siquiera un final. Los finales no existen. Es cierto que sus reflexiones tienden a ser aforismos, cerrados y ligeramente adoctrinantes, pero en cualquier caso comulgo con su forma de sentir, aunque no siempre con su forma de pensar. Sentir y no pensar.

No puedo dar mi posición con exactitud. Las coordenadas cambian. No puedo decir “dónde”, sólo puedo decir “aquí”, y tener la esperanza de trazarlas para ti, átomo y sueño.

Las múltiples perspectivas y alternativas de Winterson, su mirada poliédrica (y poética), me resulta tremendamente atractiva, potente, sugerente, cercana e inspiradora. Mil veces me cuente la misma historia de mil formas distintas, mil veces terminaré un libro de Winterson con la certeza de que me reconozco entre sus páginas y me toca el alma como pocos autores. Me (con)mueve y motiva. Creo que he subrayado en este libro hasta el índice (que no tiene).

Cuéntame una historia, Winterson. Y ella va y me la cuenta. ¡ A mí! La historia. No una, sino varias. O no varias, sino una. Así da gusto. Y como ya no confío en los hechos ni en las palabras, sino en el tiempo, le agradezco profundamente el que ha dedicado a contarme (sí, a mí) El Powerbook. Y a vosotros os agradezco el tiempo que dedicáis a leerme. Gracias. Tiempo es lo que tenemos.
Me sentí como si hubiese entrado atolondradamente en la vida de alguien por azar, hubiese descubierto que quería quedarme y entonces, dando tumbos, sin una pista, ni un indicio, ni una manera de terminar la historia, hubiese vuelto a la mía.

Gracias, Winterson. 

Si os gustó La niña del faro, os gustará este libro. Si no os gustó, seguir de largo. O darle una (otra) oportunidad. Si no sabéis si sí o si no, pues quién sabe. Lo que el corazón os diga. Siempre. El corazón (y no el algodón) no engaña. ¿O sí?

Nota: No me agrada, pero debo de decirlo. La edición y la traducción dejan bastante que desear. Una lástima, siempre me parece una falta de consideración al lector las ediciones atropelladas y descuidadas. 

viernes, 23 de mayo de 2014

La niña del faro (Jeanette Winterson)



Título original: Lighthousekeeping
Traductor: Alejandro Palomas Pubill
Páginas: 208
Publicación: 2004 (2005)
Editorial: Lumen
ISBN: 9788426414847
Sinopsis: Érase una vez un farero ciego y una niña huérfana... Así podría empezar uno de los muchos cuentos del señor Pew, el hombre encargado de cuidar del faro de un remoto pueblo de Escocia. Quien le escucha es la pequeña Silver, una chiquilla lista que acaba de perder a su madre y de ganar a un nuevo amigo, un hombre enamorado de las palabras y dispuesto a contar historias insólitas, que se enlazan unas con otras en una trenza sin fin.  Sentada al lado del señor Pew, Silver llegará a saber cómo y cuándo se construyó el faro, y descubrirá a personas tan fascinantes como Stevenson, Darwin y el reverendo Babel, un libertino lleno de ira y de amor por una hermosa mujer. Cuando Silver crezca, los cuentos del señor Pew la acompañarán y harán de ella una lectora voraz, fascinada por los libros y por los cuerpos misteriosos que va encontrando en su camino.
Cuéntame una historia, Ana
¿Qué clase de historia?
Una con música de fondo.

Escucha. Era una estación como tantas otras, pequeña y olvidada. Como pequeña era la ciudad de la que huía. Estaba sola. Eché de menos a otros viajeros. Siempre me ha gustado observarles, destramar su recorrido, atisbar los libros que leen, medir su espera, disfrazar la mía…

Era una madrugada fresca, pese a que el sol del amanecer apuntaba a calor. Un día que había dejado de ser hermoso cuando decidiste partir y partirme. Ahora me iba buscando una casa a la que volver.

Estaba a punto de dormirme con la cabeza sobre la mochila cuando entró un anciano de ojos tristes. Tan tristes que yo, ya sin sueño, no podía dejar de mirarle. Junto a su vieja maleta dejó reposar una guitarra y una botella. Encendió un cigarro, bebió un trago infinito, se sentó en la maleta. Y cogió su guitarra. Durante lo que creí mucho tiempo no hizo nada, sólo dejar que el cigarro se consumiera en los labios. Pero de repente mi madrugada se llenó de música quejumbrosa y nostálgica. Gemía una canción de blues con notas tan profundas como un misterio. La voz del anciano lloraba lamentos serenos y mi piel cobró vida propia a ritmo de blues. Seguí su música como si fuera una luz en la que encontrarme.

Llegó el tren. El anciano, su guitarra y su voz se perdieron en la estación. Cuando volví a mirar ya  no pude verle. Cierro los ojos y aún puedo oír aquella canción, que ahora, igual que entonces, me turba y me guía, como un faro en la niebla, hasta el epicentro del corazón. Todavía hoy, después de haber bregado por pasajes insólitos, encrucijadas inciertas, espacios sutiles, dudo razonablemente si aquel anciano, su guitarra y su canción de blues, poseen una presencia material o ficticia. Si es un recuerdo más del cementerio de lo fingido o imaginado, de lo que, al igual que tú, creí real y fue tramoya.

Cuéntame un cuento, Pew

¿Qué clase de cuento, pequeña?
Uno con final feliz.
En el mundo eso no existe.
¿Un final feliz?
No, un final.

Siete años. Siete años hace que tengo este libro en casa. Lo compré sólo por el título, no conocía entonces a Winterson, pero una niña del faro era justo lo que yo quería (quiero) ser. Una mujer en un faro. Siempre me han fascinado los faros y su simbolismo. También su arquitectura, hacia arriba, hacia la luz, dando luz. Circular. Siempre he querido vivir en un faro, que he imaginado con sus paredes circulares llenas de libros que leería bajo las estrellas y con el sonido del mar de fondo. También creo en las personas faro, con luz propia, que te guían a través de la niebla o cuando las olas te golpean. Por eso, sólo por eso, compré este libro. Por el título. Y siete años después, no me preguntéis cómo ha sido posible, lo he leído. Y ahora sé que siempre he sido la niña del faro. Gracias, gracias, gracias, Winterson.

Era una larga historia y, como ocurre con casi todas las historias del mundo, inacabada. Sí, tuvo un final (siempre lo hay), pero la historia fue más allá de su propio final (siempre es así).

Si digo que La niña del faro es un cuento mágico me quedaría corta. Que es magia para el lector, no mentiría. Tal vez también un espejo mágico. Y diría verdad si os dijera que este libro es además tan confortable y acogedor que no he querido salir del libro. Que cuando me faltaban 50 páginas por terminar lo he cerrado y le dije no quiero terminarte, no quiero. Y, con horas por delante, lo dejé cerrado, abierto en mi corazón. Sin terminar.

Y luego volví a él, porque sabía que tenía que hacerlo. Lo terminé y lloré, emocionada, por haber leído un libro tan hermoso. Y era mío. Es mi libro. Desde hace tiempo. Abrí la primera página y lo volví a leer. Gracias, Winterson. Volví a terminarlo y abracé a mi idiota. Te quiero, le dije, no te vayas nunca. No quise esperar, te llamé y también te lo dije a ti. Te echo de menos, te dije y me dijiste. Te quiero, nos dijimos.

La vida es muy corta. Esta extensión de mar y de arena, este paseo por la orilla, antes de que la marea cubra todo lo que hemos hecho.
Te quiero.
Las dos palabras más difíciles del mundo.
Pero ¿qué más puedo decir?

Cuando quieres a alguien deberías de decirlo.

El faro de Pew existe (desde 1998, que funciona automático, no tiene farero), como reales son algunos personajes que aparecen en el libro (Darwin, Robert Louis Stevenson…). A Pew lo he visto en un barco azul y a Silver… a Silver la conozco bien.
Un principio, un desarrollo y un final es la forma adecuada de contar una historia, pero a mí me cuesta aplicar esta fórmula.
Si estáis esperando a que os cuente de qué va el libro podéis seguir esperando. El libro va de ti, de mí. De la vida. Del amor. De las palabras como seres vivos. De las historias que nos gustaría que nos contaran. De las historias que debemos de contar. Y Winterson nos lo cuenta a su manera, distinta, especial, como una caricia o un abrazo. No busquéis una estructura narrativa al uso, es una tela de araña de historias y pensamientos, en la que dejarte atrapar será la opción más acertada. Winterson es generosa, nos susurrará al oído todo, sólo tendremos que abandonarnos, dejarnos arrullar, que las historias corran por nuestras venas, directas al corazón. Seguir su luz, Winterson es el faro en el que tenemos que confiar, recorriendo su halo de palabras que nos mecen con la delicadeza, la seguridad y la ternura con la que se acuna a un bebé.
Cuéntame una historia y no me sentiré sola.
Winterson nos lo cuenta, el qué, qué importa. El cómo, maravillosamente, de forma única, con luz propia, iluminando tus ojos lectores y tu alma humana. Winterson es cálida, afable, creativa. Tremendamente inspiradora. Cercana, te lo cuenta a ti, a nadie más. Metáforas, muchas. Todas transparentes. La envoltura de cuento, el  lirismo mágico, no nos aleja de la realidad, al contrario, nos acerca a ella.

¿Cuál es el mensaje? Nada novedoso: hay tiempo sin tiempo y ese es hoy, vívelo, ama, quiere, díselo, cuéntaselo, cuenta una historia, sé tú la historia que contar. Vive, no pierdas el tiempo. Pero el cómo, el cómo lo cuenta Winterson, ahí está el hechizo, ahí está la literatura, ahí está el arte de las palabras, escogerlas, combinarlas, mimarlas, pulirlas y que nos cuenten historias maravillosas que te hacen mejor persona, te alivian y te re-construyen. Winterson desafía la estructura narrativa estándar y sale triunfadora. Con pocas palabras pinta paisajes gloriosos y te llena de color la mirada.

Los libros son como las personas: algunos se hacen esperar pero cuando llegan es como si siempre hubieran estado ahí. Otros están ahí desde siempre pero no los ves. Están los que entran con fuerza y cuando te dejan tambaleando te das cuenta que nunca deberían de haber ocupado un lugar en la estantería. Aquellos a los que siempre vuelves y nunca te fallan. Los que te decepcionan, ocultos en la fanfarria. Esos que al principio no te llegan pero luego no olvidas. Los otros que olvidas rápidamente. Los que siempre quieres tener cerca. Libros que creías perdidos pero vuelven, tal vez nunca estuvieron perdidos (no del todo). Hay libros que te dan vida y hasta te dan amor. Libros que besas y abrazas. Libros en los que te encuentras, te reconoces como si fueran un espejo. Libros que te guían. Libros oportunos, inspiradores, falsos, rescatadores, placenteros, repelentes, insufribles, provocadores, mágicos, maravillosos, sanadores, tramposos, asombrosos, vitales, inesperados, extraordinarios, evocadores…

Adivinad qué clase de libro es La niña del faro. Y añadirle: joya. Jeanette Winterson, he tardado en llegar, pero esto ya no hay quien lo pare. Gracias.

Cuéntame una historia, Ana.
¿Qué historia?
Una sobre la conjunción de los astros.
Acabo de contártela. Y además, ya la conocías.

Nota: Nunca publico dos entradas seguidas sobre libros. Me gusta darles tiempo para que tengan su oportunidad de ser leídas sin prisas (no soy breve, lo sé). No quería hacerle este feo a Ursula Hegi porque no se lo merece. Pero no puedo retener esta entrada, no puedo hacerla esperar, necesito compartirla y que sintáis la necesidad de leer este libro (quien no lo haya leído). Es un regalo, leerlo es un regalo.
Jamás debes dudar de la persona a la que amas.
Pero puede que no te diga la verdad.
No importa. Dile tú la verdad.
¿Qué quieres decir?
No puedes ser la honradez de otra persona, pequeña, pero sí puedes ser tu propia honradez.
Entonces ¿qué debería de decir?
¿Cuándo?
Cuando ame a alguien.
Deberías decirlo.

(©AnaBlasfuemia)