Título original: La classe de neige
Traductor: Javier Albiñana Serain
Páginas: 164
Publicación: 1995 (2014)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433979025
Sinopsis: Nicolás, un niño de ocho años, viaja con su padre con la intención de reunirse con sus compañeros de clase y disfrutar de una bucólica semana en la nieve. Así empieza esta historia que relata, con estremecedora precisión, los temores y dudas de la infancia. El paisaje nevado, el frío, la relación del niño con su nuevo amigo, el temible Hodkann, y con el joven Patrick, su monitor de esquí, constituyen un gran cambio para Nicolás, sobre todo cuando les llega la noticia de que un niño ha sido asesinado en un pueblo vecino.
Traductor: Javier Albiñana Serain
Páginas: 164
Publicación: 1995 (2014)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433979025
Sinopsis: Nicolás, un niño de ocho años, viaja con su padre con la intención de reunirse con sus compañeros de clase y disfrutar de una bucólica semana en la nieve. Así empieza esta historia que relata, con estremecedora precisión, los temores y dudas de la infancia. El paisaje nevado, el frío, la relación del niño con su nuevo amigo, el temible Hodkann, y con el joven Patrick, su monitor de esquí, constituyen un gran cambio para Nicolás, sobre todo cuando les llega la noticia de que un niño ha sido asesinado en un pueblo vecino.
Aunque Carrére es más conocido por sus libros de no ficción, Anagrama ha tenido a bien poner a nuestra disposición dos novelas de ficción de este autor, El bigote y la que os traigo hoy, Una semana en la nieve.
El bigote me cautivó casi tanto como me perturbó. Quería más y por eso eché en la mochila este libro en el que compruebo que Carrère es un agitador nato, un provocador al que le gusta desconcertar al lector. La vía que utiliza para ello no es fácil, porque mantener (una vez más) una lógica narrativa, la cohesión necesaria para que no se desmonte el tenderete, no parece fácil. Más aún cuando el planteamiento que hace el autor incluye tirabuzones, carpados, atrevidos dobles y triples saltos y casi mortales.
El bigote me cautivó casi tanto como me perturbó. Quería más y por eso eché en la mochila este libro en el que compruebo que Carrère es un agitador nato, un provocador al que le gusta desconcertar al lector. La vía que utiliza para ello no es fácil, porque mantener (una vez más) una lógica narrativa, la cohesión necesaria para que no se desmonte el tenderete, no parece fácil. Más aún cuando el planteamiento que hace el autor incluye tirabuzones, carpados, atrevidos dobles y triples saltos y casi mortales.
¿Qué diría si sonaba el teléfono de veras, si lo que había imaginado para ponerse triste y consolarse sucedía?
Tenemos un pequeño protagonista. Nicolás, de ocho años. Arriesgado. Arriesgado no el niño, sino utilizarlo como protagonista. No es tan fácil ponerse en la mente de un niño, hacerlo creíble, no abusar ni caer en los tópicos que se suelen manejar con ellos (ternura, inocencia, candidez, dulzura…). Y así, al principio el imaginario y la mente de Nicolás resultan sospechosos. Claro, es inquietante lo que piensa/siente. Y eso incomoda, o puede hacerlo, al lector. Sin embargo, ay, los deseos, miedos y fantasías de Nicolás no resultan ser tan ajenos a los que hemos tenido a su edad (incluso ahora, a la nuestra). Ni siquiera sus pensamientos, que parecen ciertamente morbosos. Pero si le negamos esa credibilidad a Nicolás, posiblemente estemos negándonos a nosotros mismos.
En realidad Carrère necesita pocas páginas para meternos no sólo en la historia, sino también en el personaje protagonista. Es un hábil creador de atmósferas, personajes y discursos mentales. La nieve no es un elemento casual en esta historia, el frío, el silencio, el paisaje, se acopla con el resto de recursos como un elemento imprescindible. Todo ayuda a crear ese clima tan asfixiante como impalpable.
Durante páginas y páginas parece no suceder nada, y sin embargo el corazón se te encoge, olfateas la tragedia, ¿cómo?, ¿por qué? Por mérito del autor, sin duda. Lenta pero progresivamente Carrère arma su brazo y sientes el puño en el estómago, incomodidad, inquietud, tensión…
En la imaginación de Nicolás caben todas las desventuras posibles, como una estrategia necesaria para conseguir ser el centro del drama y la posterior diana de atenciones y consuelos, aunque sea ahí, en la insondable mente de un niño inseguro y con una imaginación vívida y una necesidad de afecto inconmensurable.
Al igual que en El bigote, un hecho aparentemente inocente, inofensivo, como es en este caso la pérdida de una maleta, sirve de excusa para desencadenar acontecimientos que se entrelazan de forma inevitable.
Nicolás es un niño sobreprotegido. No protegido, sino sobreprotegido. Parece una sutil diferencia, pero mi experiencia con niños me dice que es una diferencia peligrosa si la ignoras. Un error, en cualquier caso. Un error que convierte en victima al niño. El padre de Nicolás es, cuanto menos, desconcertante. Su madre es consentidora, opaca. Ambos parecen ocultar algo. Y donde hay algo que se oculta hay una mente intentando rellenar esos espacios vacíos. Nicolás, en este caso.
Quien no oculta nada es Carrère, no es esa artimaña la que utiliza para movernos por esta historia. Juega al despiste, eso sí, lo que le aproxima en algún momento a un abismo que consigue sortear. Pero está cerca, ahí, al borde. Es un escritor hábil y poco común, por lo que consigue salir del atolladero en el que él mismo se mete al intentar jugar con el lector.
Al final, comprendes. Comprendes que los escenarios posibles en la mente de Nicolás tenían su disparadero, que tanta sobreprotección sólo sirve para crear una aparente fortaleza construida sobre un vivero de miedos, que esos miedos son fruto de la mirada inteligente de un niño indefenso.
En la última página, Carrère nos deja delante de una puerta. Toda una provocación. A partir de ahí será tarea nuestra visualizar lo que hay detrás de esa puerta. Y, entonces, viene la reflexión. Y las ramificaciones. No le puedo pedir más a un libro. Ni a Carrère. Sigue sin defraudarme.
