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lunes, 15 de junio de 2015

Una semana en la nieve (Emmanuel Carrère)

Título original: La classe de neige
Traductor: Javier Albiñana Serain
Páginas: 164
Publicación: 1995 (2014)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433979025
Sinopsis: Nicolás, un niño de ocho años, viaja con su padre con la intención de reunirse con sus compañeros de clase y disfrutar de una bucólica semana en la nieve. Así empieza esta historia que relata, con estremecedora precisión, los temores y dudas de la infancia. El paisaje nevado, el frío, la relación del niño con su nuevo amigo, el temible Hodkann, y con el joven Patrick, su monitor de esquí, constituyen un gran cambio para Nicolás, sobre todo cuando les llega la noticia de que un niño ha sido asesinado en un pueblo vecino.


Aunque Carrére es más conocido por sus libros de no ficción, Anagrama ha tenido a bien poner a nuestra disposición dos novelas de ficción de este autor, El bigote y la que os traigo hoy, Una semana en la nieve.

El bigote me cautivó casi tanto como me perturbó. Quería más y por eso eché en la mochila este libro en el que compruebo que Carrère es un agitador nato, un provocador al que le gusta desconcertar al lector. La vía que utiliza para ello no es fácil, porque mantener (una vez más) una lógica narrativa, la cohesión necesaria para que no se desmonte el tenderete, no parece fácil. Más aún cuando el planteamiento que hace el autor incluye tirabuzones, carpados, atrevidos dobles y triples saltos y casi mortales.
¿Qué diría si sonaba el teléfono de veras, si lo que había imaginado para ponerse triste y consolarse sucedía?

Tenemos un pequeño protagonista. Nicolás, de ocho años. Arriesgado. Arriesgado no el niño, sino utilizarlo como protagonista. No es tan fácil ponerse en la mente de un niño, hacerlo creíble, no abusar ni caer en los tópicos que se suelen manejar con ellos  (ternura, inocencia, candidez, dulzura…). Y así, al principio el imaginario y la mente de Nicolás resultan sospechosos. Claro, es inquietante lo que piensa/siente. Y eso incomoda, o puede hacerlo, al lector. Sin embargo, ay, los deseos, miedos y fantasías de Nicolás no resultan ser tan ajenos a los que hemos tenido a su edad (incluso ahora, a la nuestra). Ni siquiera sus pensamientos, que parecen ciertamente morbosos. Pero si le negamos esa credibilidad a Nicolás, posiblemente estemos negándonos a nosotros mismos.

En realidad Carrère necesita pocas páginas para meternos no sólo en la historia, sino también en el personaje protagonista. Es un hábil creador de atmósferas, personajes y discursos mentales. La nieve no es un elemento casual en esta historia, el frío, el silencio, el paisaje, se acopla con el resto de recursos como un elemento imprescindible. Todo ayuda a crear ese clima tan asfixiante como impalpable.

Durante páginas y páginas parece no suceder nada, y sin embargo el corazón se te encoge, olfateas la tragedia, ¿cómo?, ¿por qué? Por mérito del autor, sin duda. Lenta pero progresivamente Carrère arma su brazo y sientes el puño en el estómago, incomodidad, inquietud, tensión…

En la imaginación de Nicolás caben todas las desventuras posibles, como una estrategia necesaria para conseguir ser el centro del drama y la posterior diana de atenciones y consuelos, aunque sea ahí, en la insondable mente de un niño inseguro y con una imaginación vívida y una necesidad de afecto inconmensurable.

Al igual que en El bigote, un hecho aparentemente inocente, inofensivo, como es en este caso la pérdida de una maleta, sirve de excusa para desencadenar acontecimientos que se entrelazan de forma inevitable.

Nicolás es un niño sobreprotegido. No protegido, sino sobreprotegido. Parece una sutil diferencia, pero mi experiencia con niños me dice que es una diferencia peligrosa si la ignoras. Un error, en cualquier caso. Un error que convierte en victima al niño. El padre de Nicolás es, cuanto menos, desconcertante. Su madre es consentidora, opaca. Ambos parecen ocultar algo. Y donde hay algo que se oculta hay una mente intentando rellenar esos espacios vacíos. Nicolás, en este caso.

Quien no oculta nada es Carrère, no es esa artimaña la que utiliza para movernos por esta historia. Juega al despiste, eso sí, lo que le aproxima en algún momento a un abismo que consigue sortear. Pero está cerca, ahí, al borde. Es un escritor hábil y poco común, por lo que consigue salir del atolladero en el que él mismo se mete al intentar jugar con el lector.

Al final, comprendes. Comprendes que los escenarios posibles en la mente de Nicolás tenían su disparadero, que tanta sobreprotección sólo sirve para crear una aparente fortaleza construida sobre un vivero de miedos, que esos miedos son fruto de la mirada inteligente de un niño indefenso.

En la última página, Carrère nos deja delante de una puerta. Toda una provocación. A partir de ahí será tarea nuestra visualizar lo que hay detrás de esa puerta. Y, entonces, viene la reflexión. Y las ramificaciones. No le puedo pedir más a un libro. Ni a Carrère. Sigue sin defraudarme.


lunes, 29 de septiembre de 2014

El bigote (Emmanuel Carrère)



Título original: La Moustache
Traductora: Esther Benitez
Páginas: 184
Publicación: 1986 (2014)
Editorial: Anagrama
ISBN: 97884339790108
Sinopsis: Un hombre se afeita el bigote que lleva años luciendo. Lo hace en secreto, para darle una sorpresa a su mujer. Pero cuando aparece ante ella con su nueva imagen, la esposa no reacciona. No parece ver en esa cara con que lleva años conviviendo cambio alguno. No parece percatarse de que su marido se ha afeitado. Es más, cuando éste le muestra su perplejidad ante la falta de reacción, ella le asegura que él nunca ha llevado bigote. Un gesto en principio sin mucha trascendencia –afeitarse el bigote– se convierte en el punto de partida de una pesadilla kafkiana para el protagonista de esta novela. ¿Es víctima de un juego, de una broma de su entorno más próximo? ¿Se ha vuelto loco y realmente nunca llevó bigote? ¿El mundo se ha confabulado contra él para ponerlo a prueba? ¿Afeitarse el bigote puede lanzarlo a uno al abismo?




¿Se puede escribir una novela sobre un bigote? Es más, ¿se puede escribir una novela sobre el hecho, pueril y nimio, de afeitarse el bigote? La respuesta parece evidente: sí, se puede. Claro, diréis, se puede escribir sobre cualquier cosa. Cierto, tendría que decir yo, poder se puede. Ahora bien ¿puede mantenerse una trama alrededor de un bigote (o su ausencia) y que la historia te atrape y te haga leer sin parar? ¡Ah!... ahí os quería ver yo. Se puede, claro, pero no está al alcance de cualquiera. Salvo que ese “cualquiera” se llame Emmanuel Carrère.

No es nada fácil conseguir la atención del lector. Ni siquiera la del lector más avezado. Pero claro, hay quien tiene el don. Esa capacidad para poner una palabra detrás de otra y que la mirada lectora vaya detrás de ellas, recorriéndolas como si fueran hormigas en fila, encaminándose a su hormiguero. Embobada mirando, ajena al tiempo y a lo que te rodea. Sólo mirando las palabras, arremolinándose en frases, mientras esa fila de palabras adquiere sentido, interés y te lleva a algo más grande que las propias palabras. En este caso las palabras, juntas, no son grises y anodinas como pudiera parecer lo son las hormigas. Son, más bien, un arte. Escribir sobre cómo un hombre decide afeitarse el bigote, atraer tu atención desde las primeras palabras y desarrollar una historia kafkiana.

Es la primera vez que leo a Emmanuel Carrère, aprovechando que Anagrama recuperaba esta novela de ficción, una de las primeras escritas por Carrère. Y no va a ser la última, porque me ha ganado para la causa. No parecía fácil que un bigote lo hiciera, la verdad, que reconozco haberme acercado a esta historia con cierta desconfianza. Pero desde el principio me vi atrapada en el retorcido, rítmico, ágil y atrapante discurso del protagonista.

Un hombre se afeita el bigote con la idea de sorprender a su mujer, con la que lleva casado cinco años. Y la sorpresa se la llevará él cuando ella no sólo no se sorprende, sino que niega que él haya tenido bigote en algún momento. No sólo ella, es que sus amigos tampoco parecen sorprendidos de verle sin bigote ¿es que lo ha tenido alguna vez?. Lo que en principio parece una elaborada y compleja broma, a la que tan dado es el matrimonio, se convierte poco a poco en un descenso a la locura. Pero ¿quién está loco? ¿él? ¿ella? ¿tú? ¿yo?.

Narrada en primera persona, por lo que vamos conociendo todos y cada uno de los pensamientos de Marc, el protagonista, no parecería fácil dar congruencia y lógica a una situación tan absurda. Y sostenerla durante más de cien páginas. Sin embargo, Carrère sostiene la coherencia de los derroteros mentales de una persona cuyo pensamiento transcurre como un péndulo de un lado a otro, oscilando entre la locura y la cordura, la razón y la sinrazón. Se anticipa a cualquier agujero negro en el que pudiera deslizarse la trama y los va tapando uno a uno, conduciendo ineludiblemente al lector a seguir los argumentos y razonamientos del protagonista sin que podamos atisbar una puerta de salida, una solución al enredo psicótico y delirante que se nos plantea.

Los múltiples recursos sintácticos utilizados por Carrère consiguen un efecto quinestésico en el lector que se ve sumergido en el vaivén emocional al ritmo que nos va marcando, con sensaciones que oscilan desde la sonrisa inicial a la desazón final. Porque será inevitable que no seas partícipe del discurrir mental de Marc, no puedes ser un espectador pasivo de lo que sucede, entras en la lógica planteada e intentas razonar, cuestionar, encontrar resquicios que inclinen la balanza a un lado u otro. Participas porque estamos acostumbrados al raciocinio, a la explicación lógica y coherente de lo que sucede, porque nos cuesta enfrentarnos a una mente que encadena razonamientos tan aparentemente convincentes y que, sin embargo, podría ser una mente enferma. Y angustia comprobar qué fina es la frontera entre la razón y la locura.

La densidad y cadencia narrativa en tan pocas páginas, el clima paranoico y de indefensión, la agitación inducida, la capacidad de Carrère para provocar desasosiego y socavar el ánimo tranquilo del lector a ritmo de frases cortas, rápidas, cotidianas… me ha dejado rendida al autor, de la que estoy por declararme fan con tan sólo esta inquietante y brillante lectura.

¿Para qué limpiar los instrumentos del crimen si el cadáver se ve a la legua? 

En 2005 el propio Emmanuel Carrère dirigiría la versión cinematográfica de El bigote, interpretada por Vincent Lindon y de la que os dejo el tráiler (no tengo noticias de si ha sido doblada o subtitulada en español).