“Llamamos melancólico a quien no puede hacer más que entregarse sin reservas a ese sentimiento de deambular en la oscuridad y desear la luz, y a su estado lo denominamos melancolía”
El punto de partida de “Melancolía” es un cuadro de Caspar David Friedrich (“Costa a la luz de la luna”, un cuadro que no tiene un único punto de referencia, sino varios) y, a partir de esa imagen, Nádas ensaya una aproximación a la figura del melancólico. No le interesa hacerlo una mirada clínica, ni desde la retórica más o menos manida del sufrimiento. Lo suyo va por otro sitio, no quiere dictaminar qué es la melancolía, no quiere enjaularla en conceptos ni clasificaciones ni etiquetas. Lo que quiere es permanecer un rato en su atmósfera, escuchar cómo piensa, cómo recuerda, cómo espera.
Para Nádas la melancolía tiene mucho que ver con el recuerdo, con una fijación del ánimo en lo que ha sido o en lo que podría volver a ser, mientras el presente se va quedando sin espesor, como si no terminara de comparecer. Me gustó mucho esa idea, porque desplaza la melancolía del sentimentalismo y la lleva a un lugar más incómodo y (seguramente) más exacto: el de una conciencia mal ajustada al tiempo, una conciencia que no vive solo lo que vive, sino también lo que perdió, lo que espera, lo que teme que regrese o lo que teme que no llegue nunca.
No convierte la melancolía en un privilegio del espíritu, más bien reconoce en ella una lógica, unos ritmos, unos hábitos de percepción, incluso una fidelidad tenaz a ciertas formas de repetición. La tormenta vuelve, la marea regresa, la noche cae otra vez. El pensamiento melancólico parece agarrarse a esas regularidades del mundo y, al mismo tiempo, quedar herido por lo imprevisible, por aquello que rompe el pacto secreto entre razón y continuidad. De ahí esa mezcla tan precisa de espera y amenaza, de familiaridad y zozobra.
Aquí no hay trama ni hay personajes en el sentido en que solemos pedirlos para sentir que un texto avanza. Hay una voz que observa y que vuelve una y otra vez sobre una misma figura, como si necesitara cercarla desde distintos ángulos para captar algo que se resiste a ser atrapado, que te empapa pero no puedes concretarlo ni darle forma.
Hay un pequeño sistema simbólico que Nádas construye (el negro, el otoño, la noche, el norte) que funciona como una tentativa de darle concreción sensible a algo difícil de apresar, como si la melancolía necesitara manifestarse en colores, estaciones, orientaciones, materias del mundo, antes de poder ser pensada con cierta claridad.
La escritura acompaña mucho en ese sentido. Aunque el libro se presenta como ensayo, su prosa no avanza a golpe de tesis ni demostración de cultura y erudición, sino por recurrencias y variaciones, por un ritmo que a veces roza la salmodia. Es una escritura que gira, insiste, vuelve sobre sí y se demora en sus propias formulaciones, y ahí es donde el libro encuentra mejor su lugar.
No sé si es un libro para todo el mundo, ni me interesa demasiado decidir esas cosas, no pretendo hacer de aduanera lectora. Sí sé que es un texto breve, concentrado, de una oscuridad sobria, que se queda pensando alrededor de una figura y, al hacerlo, deja también pensando a quien lo lee. Yo me quedé, no tanto una interpretación del cuadro ni con una teoría de la percepción, sino más bien una ligera desconfianza hacia la facilidad con la que solemos creer que vemos. Si eso basta o no, dependerá de la disposición con que una llegue, del día que lleve encima y del tipo de intemperie que tenga en ese momento.
Gracias, Peter Nádas. Gracias, Adan Kovacsics (traducción)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
En este blog NO se hacen críticas literarias ni mucho menos reseñas. Cuento y me cuento a partir de lo que leo. Soy una lectora subjetiva. Mi opinión no convierte un libro en buen o mal libro, únicamente en un libro que me ha gustado o no. Gracias por comentar o, simplemente, leer