domingo, 2 de agosto de 2026

Bibliotecas personales

Algunos lectores acumulan libros como quien levanta un dique contra el olvido. Compran uno, dos, cincuenta, quinientos. Los colocan en las estanterías con la satisfacción de quien acaba de ampliar el territorio de su vida: una balda más de literatura rusa, varias de poesía, tres tomos de filosofía y ensayos que algún día, cuando el cerebro se muestre colaborador, serán leídos con lápiz, concentración y una taza de té.


Hasta que una mañana descubren una verdad bastante menos romántica: creían poseer una biblioteca y resulta que la biblioteca los poseía a ellos. Dicta qué muebles pueden comprar, qué paredes deben quedar libres y cuánto peso puede soportar el suelo antes de que el vecino de abajo reciba, junto con el techo del salón, las obras completas de Thomas Mann.


Yo también he pasado por ahí. Durante años pensé que cada libro que entraba en casa había firmado un contrato de alquiler indefinido. Algunos ocupaban las mejores zonas y otros llevaban décadas sin pagar renta y sin que nadie recordara exactamente cuándo habían llegado. Si se me ocurría regalar uno, donarlo o reconocer que nunca iba a leerlo, aparecía de inmediato una voz interior escandalizada: “¿Y si dentro de ocho años te apetece leer ese libro sobre una relación demasiado romántica como para que me la crea?”


Los lectores somos especialistas en imaginar futuros improbables para justificar estanterías muy reales. Confiamos en que llegará una versión futura de nosotros mismos, más culta, más disciplinada y misteriosamente liberada de todas sus obligaciones, que leerá a Proust por las mañanas, a Hegel después de comer y ese libro sobre la revolución rusa antes de acostarse. Conservamos ciertos libros por si algún día nos convertimos en la persona capaz de leerlos. 


También guardamos los que ya leímos y apenas recordamos, lo que recordamos tanto que queremos volver a ellos, los que abandonamos en la página cuarenta y siete, los que nos regalaron personas queridas y los que compramos durante una breve fiebre temática que además, en mi caso, suele volverse crónica: una larga temporada dedicada al duelo, varias recaídas en la depresión y la enfermedad, una perseverante atracción por las familias disfuncionales, la memoria herida, la autoficción y los personajes que intentan seguir viviendo después de que la vida haya decidido ponerles dificultades. A estas alturas, más que una biblioteca personal, algunos estantes parecen la sala de espera de una consulta psiquiátrica.


Con el tiempo he descubierto que una biblioteca personal deja de ser el lugar donde se amontonan todos los libros que alguna vez hemos querido y se convierte en la casa de aquellos que todavía mantienen alguna conversación con nosotros. Permanecen los que deseamos releer, los que contienen una parte de nuestra memoria, los que siguen haciéndonos preguntas y también esos pocos cuyo lomo basta para devolvernos a una habitación, una edad o una persona.


Los demás tampoco representan un fracaso. Son viajeros que han terminado su estancia. Algunos encontrarán una casa mejor en la biblioteca del barrio. Otros llegarán a las manos de un amigo que los necesitaba más que nosotros. Unos cuantos se marcharán discretamente, como esas visitas cuya compañía resultó agradable y cuya despedida permite, por fin, abrir las ventanas.


Desprenderse de un libro cuesta porque rara vez expulsamos únicamente un objeto. A veces despedimos a la persona que pensábamos ser cuando lo compramos. La mujer que iba a estudiar biología. La que aprendería latín. La que se leería (y recordaría) toda la mitología griega. La que leería todos los premios Nobel antes de morir y todavía encontraría tiempo para repasar las notas al margen. Admitir que algunas de esas mujeres jamás llegarán puede producir una melancolía pequeña y algo ridícula. También produce alivio.


Hay quien mide una biblioteca por el número de libros. Yo empiezo a sospechar que también convendría medirla por la inteligencia de sus renuncias. Elegir qué permanece exige conocerse mejor que comprar indiscriminadamente. Comprar permite fantasear, pero descartar obliga a mirar de frente la vida disponible y elegir con cuidado con cuáles queremos vivir.


©AnaBlasfuemia