“Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé”
Una primera frase que contiene todo el libro. Una frase desajustada, perturbadora, que únicamente informa sin interpretar ninguna partitura emocional y mucho menos ceremonial.
Camus construyó con Meursault un personaje incómodo y al que no sería justo reducir a un “hombre absurdo”. Un hombre que registra pero no interpreta, que responde a lo que se le pregunta y no a lo que socialmente se le está pidiendo, que parece vivir pegado a la luz, al calor, al sueño, al deseo, al hambre, a la molestia física de existir, mientras los demás hablan el idioma del deber, la ambición, el arrepentimiento, la familia, Dios y el porvenir.
La comparación con Bartleby es inevitable. Mientras que Bartleby "preferiría no hacerlo", a Meursault no le importa hacerlo porque todo "le da igual" y todo "carece de importancia”. Bartleby permanece inmóvil y, sin embargo, obliga a todos los demás a moverse, discutir y buscar una interpretación que él nunca concede.
Meursault funciona de manera inversa. Como le da igual ser amigo de Raymond, casarse con Marie, trasladarse a París o pasar el domingo de una forma u otra, puede aceptar casi cualquier cosa. No necesita querer algo para hacerlo; le basta con no encontrar una razón suficiente para negarse. Su indiferencia lo vuelve disponible. La acción puede cambiar, pero su valoración permanece plana: una posibilidad no vale más que otra.
Bartleby parece pasivo, pero su pasividad contiene una decisión; Meursault actúa, pero muchas de sus acciones proceden de no decidir. El primero se vuelve ingobernable porque no coopera. El segundo resulta fácilmente gobernable porque acepta las propuestas ajenas con una docilidad indiferente.
Camus dijo que su personaje era condenado porque no jugaba el juego, porque se negaba a mentir, porque no fingía sentimientos que no tenía. Meursault no miente en el sentido sentimental de la palabra: no exagera su dolor, no inventa amor, no fabrica arrepentimiento a demanda. Pero tampoco es una figura pura de la honestidad. Colabora con Raymond en una violencia contra una mujer; lleva un revólver; vuelve a la playa; dispara una vez y luego cuatro más. La falta de relato interior no equivale a inocencia. Que alguien no se explique no significa que no haya hecho daño.
Y, sin embargo, tampoco basta para convertirlo en monstruo (estamos ante un libro muy inteligente). Meursault no parece carecer de toda vida afectiva; lo que falla, o se aparta, es la traducción social de esa vida. Disfruta con Marie, se acuerda de costumbres de su madre, percibe la belleza ordinaria de un baño, de una tarde, de una calle, de una noche. Pero no dice lo que se espera de él y por eso los demás concluyen que no siente lo que debería. Eso es brutal. La sociedad no se limita a pedir emociones: exige una puesta en escena verificable de esas emociones. Llorar en el momento correcto. No fumar junto al féretro. No ir al cine al día siguiente. No responder con exactitud cuando alguien pide ternura disfrazada de pregunta.
Por eso resulta tan sugerente leer a Meursault desde una sensibilidad neurodivergente, con todas las cautelas que esto exige. La similitud con ciertos rasgos asociados al antiguo diagnóstico de Asperger no está en la caricatura de la insensibilidad, sino en la literalidad, en la dificultad para leer subtextos sociales, en la torpeza ante las preguntas afectivas codificadas, en la intensidad sensorial con que registra el mundo, en esa manera de parecer ausente precisamente cuando está captando demasiadas cosas por otra vía. Marie pregunta si la quiere; él contesta como si se tratara de un dato. El jefe le habla de París; él no entiende por qué debería entusiasmarse. El tribunal reclama duelo legible; él no produce la señal adecuada. La sociedad lo mira y decide que una emoción no representada no existe. Qué peligroso resulta ese mecanismo fuera de la literatura.
El juicio es quizá la parte más cruel del libro. El tribunal no quiere solo castigar un homicidio, quiere escribir una personalidad. Necesita que los hechos se ordenen como síntomas de una monstruosidad previa. No lloró a su madre, luego era capaz de matar. Bebió café, luego estaba moralmente vacío. Se bañó con Marie, luego no respetaba nada. Vio una película cómica, luego su alma debía de llevar bigote de villano. La justicia se comporta como un mal lector con poder institucional: subraya lo que le conviene, ignora lo que no encaja, interpreta cada gesto hacia atrás y convierte la vida entera del acusado en prólogo del crimen.
Cuando el capellán le ofrece una salida (Dios, arrepentimiento, vida futura…), Meursault se niega. Después de haber aceptado tantas cosas por indiferencia, al final dice no. Y ese no, tardío y violento, es el acto más propiamente suyo: no quiere fingir arrepentimiento para favorecer su defensa. No acepta la interpretación religiosa del capellán. No permite que otros otorguen a su muerte un significado que él considera falso. Meursault llega a la negativa después de comprender que los demás pretenden imponerle una narración de su vida.
Es llamativo que Meursault, acusado tantas veces de vivir como si nada importara, termine revelando que sí importaban muchas cosas, solo que no donde los demás las colocaban. Importaban el mar, la luz de la tarde, el deseo, el cansancio, las noches de verano, el olor de las calles, la posibilidad de seguir respirando un día más. No le eran indiferentes las sensaciones ni la vida concreta; le resultaban sospechosas, o ajenas, las grandes palabras con que otros pretendían ordenar esa vida.
Camus escribió un libro breve con una cantidad casi indecente de problemas dentro. Bravo.
Gracias, Albert Camus. Gracias, Ángel Valente (traducción)
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