Empiezo a sospechar que una parte nada desdeñable de los “Me gusta” que reciben mis reseñas pertenece a un género afectivo muy concreto: el del cariño perfectamente compatible con no haber leído una sola línea. Un gesto que vendría a decir: te veo, valoro tu esfuerzo, admiro tu tesón y dejo aquí constancia de mi apoyo. En cuanto al contenido, no voy a leer este mamotreto ni aunque me ofrezcas agua, sombra y una edición anotada.
En versión menos diplomática: “Te apoyo, criatura, aunque ni de coña pienso acompañarte hasta el párrafo once”
Esto me hace gracia y también me preocupa. Quizá le pedimos demasiado a un corazón rojo. Tiene que significar “me gusta lo que has escrito”, “me gusta que sigas escribiendo”, “me caes bien” y “he pasado por aquí mientras esperaba el autobús”. Después una mira la cifra y comete el error estadístico de imaginar lectores donde quizá solo había transeúntes.
Tampoco puedo inquietarme demasiado. Tenéis cansancio, vida, móvil, gatos, facturas, mensajes sin contestar y una atención bastante apaleada por internet. Yo misma, que me paso la vida defendiendo la lectura lenta, he mirado textos ajenos con esa mezcla de respeto y fatiga con que se mira una cordillera desde abajo. No todos los días consigo las reservas espirituales necesarias para escalar dos mil palabras sobre una novela búlgara del duelo.
Aquí hay autocrítica para repartir. A veces escribo más de lo necesario. A veces una idea llega al papel con toda su parentela: primos, tías, un vecino del quinto, dos citas, tres matices, una asociación lateral y una sospecha teórica que habría vivido estupendamente en una nota al margen o en una conversación con cerveza. Una reseña larga tampoco adquiere valor por mera extensión. El número de palabras no garantiza inteligencia.
Y ahí aparece la paradoja que de verdad me interesa: para escribir una reseña más corta necesito pensar muchísimo más antes de escribirla. La buena brevedad exige una cantidad obscena de trabajo previo.
Antes de que esas 3000 palabras existan, puede haber lecturas, búsquedas, entrevistas, desvíos, conversaciones, asociaciones inesperadas, dudas, ideas descartadas y discusiones enteras que jamás aparecerán en el texto final. Desde fuera se ven 3000 palabras. Por debajo hay excavaciones arqueológicas.
Esa parte invisible me fascina y me agota. Una frase que parece sencilla puede haber costado una tarde entera de vacilaciones, una discusión conmigo misma y tres párrafos que estaban bien escritos. Ese es el verdadero fastidio: estaban bien escritos y sobraban. Si hubieran sido malos, borrarlos habría dado hasta gusto. Una conversación puede haber sido esencial para pensar y acabar fuera de la reseña. Ha cumplido ya su función: permitir que después una frase sea más precisa.
Por eso me pregunto si quiero realmente escribir menos o escribir con mayor densidad. Reducir por miedo a que el lector abandone me dejaría escribiendo a las órdenes del posible bostezo de alguien que todavía ni ha llegado. Me interesa mucho más aprender a distinguir qué necesita entrar en la reseña y qué puede quedarse en las notas, en las conversaciones o en mi cabeza.
Claro que luego llega alguien, mira la reseña durante unos segundos, pulsa el corazoncito y sigue su camino.
❤️ Me gusta
Y ahí me quedo yo, oscilando entre la ternura, la risa y una vaga perplejidad estadística. Tiempo estimado de lectura: siete minutos. Tiempo empleado por el visitante: siete segundos.
Y una, que tampoco nació ayer, sabe perfectamente en qué época vive. Habrá quien lea, quien abandone a mitad, quien guarde la reseña para luego y quien resuelva toda su relación con el texto mediante un corazón administrado en siete segundos. Está bien. Yo intentaré hacer mi parte: quitar lo que sobra sin adelgazar lo que pienso. Y confiar en que alguien, por pura temeridad lectora, alcance el párrafo once.
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