“¡Ah! ¿Literatura! ¡Qué tormentos, cuántas torturas nos impone tu sacrosanto amor a la continuidad!"
Informe provisional de la Comisión de Coleguis Sin Rumbo:
Podemos empezar. O no. O volver a empezar. O repetir lo que ya dijimos. O deformarlo. Y seguimos no porque haya que seguir, sino porque no se nos ocurrió detenernos antes. Porque de eso va este libro: de avanzar porque sí, de repetirse y rodear porque da gusto.
1º: Hay un hombre. O más bien un nombre. O una serie de nombres que se deforman, como un chicle de mala calidad: Karacosa, Karapollada, Karapanfilo, Karageorgevitch, Karatustra, Karalanuez. Da igual. Cada página uno distinto, cada vez peor, más absurdo. Cada intento de nombrarlo, una broma nueva, una negación de la identidad. No es un hombre: es un chiste en proceso. Una excusa para escribir, para perder el tiempo, para llenar páginas como otros llenan botellas.
2º: Este hombre, en cualquiera de sus versiones, no quiere ir a Argelia. No quiere alistarse, ni servir a Francia, ni al ejército, ni a la Historia. No quiere guerra, lo que quiere es quedarse con su novia.
3º: Sus compinches (fieles, exagerados, borrachos, ingeniosos, estúpidos, entrañables) lo entienden y deciden ayudarle. ¿Cómo? Rompiéndole el brazo. No funciona. Llenándolo de pastillas. No funciona. Fingiendo un intento de suicidio. No funciona. Votan, revotan, escriben actas, corrigen acta, hacen listas, las reescriben, le organizan comisiones absurdas y mociones contradictorias mientras beben whisky y discuten enfermedades ridículas: tuberculosis ósea, raquitismo avanzado, paranoia símplex. No funciona. Nada funciona. Porque nada tiene que funcionar.
4º: Pollak Henri. Alférez segundo. Montparnasse natal, bicimoto chisporroteante de manubrio cromado. Hombre que va y viene, saluda a sargentos, despide amigos, dicta cartas, busca farmacias. Cumple su función narrativa: dar vueltas para que el libro no se detenga. Mantiene en marcha la maquinaria de no avanzar, da cuerda a la repetición, sostiene el equilibro precario entre la ficción y la resaca. Todo contado varias veces, porque así se alarga la frase… y porque a Perec le da la gana.
5º: Las listas se suceden: cargos militares absurdos, nombres deformados, enfermedades inventariadas, comisiones ventripotentes, cigarrillos, whiskys, chocolates, revistas, cuartos, bicimotos, pajaritos, letrinas, botellas, mociones. El lenguaje se infla, se estira, se dobla sobre sí mismo hasta retorcerse. Informes que no informan. Palabras que no llevan a nada pero se repiten porque así se gana tiempo.
6º: Dios, que lo ve todo, ya sabía que no serviría para gran cosa.
7º: Karapánfilo, al final, se va igual. Amarillo como cera, cargado como burro, rumbo al camión, rumbo al tren, rumbo a la guerra. Los amigos se reparten libros, cigarrillos, chocolates. Beben el último vaso.
Fin. O no fin. Cada cual a su casa. Nunca más se supo.
Anexo I: Sobre el uso del lenguaje y otras ineficiencias.
Si una se deja llevar (y convendría dejarse, ya que resistirse sólo alarga innecesariamente el trámite), deslumbra cómo Perec consigue que el lenguaje se vuelva herramienta de subversión, tomando rumbos inesperados, lúdicos y casi irresponsables en su exuberancia. Nada hay aquí que conduzca a término, pero ese es precisamente el término al que se quiere llegar.
Es envidiable ese despliegue de ingenio que transforma la prosa en pachanga verbal, en invitación a desviarse de cualquier expectativa, incluso de la expectativa de desviarse. No es eficiencia narrativa: se trata de explorar las posibilidades del desvío por el puro placer del desvío.
Anexo II: Consideraciones (provisionales, naturalmente).
¿El libro más complejo de Perec? No. ¿El más ambicioso? Tampoco. ¿El más descarado, desvergonzado, felizmente entregado a deformarlo todo? Puede ser. Aquí desobedece por gusto, no por necesidad técnica (aún no se había encadenado al aparato formal de normas internas que vendrá después, Oulipo mediante).
Anexo III: Dictamen final (pendiente de revisión, claro está).
Respeto de Perec por la literatura clásica: cero.
Admiración a Perec por parte de esta Comisión formada por mí misma: total, absoluta, inmoderada y sin fundamento.
Gracias, Georges Perec. Gracias, Pablo Fante (traductor)
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