miércoles, 19 de agosto de 2026

Las hojas muertas (Bárbara Jacobs)

Papá te necesitamos, Papá te queremos, Papá te extrañamos y nos haces falta


Al principio “Las hojas muertas” abruma un poco con una proliferación de nombres, tíos, abuelos, ramas colaterales... Ese aturullamiento es casi un efecto buscado: inicialmente te sientes dentro de una maraña de voces y parentescos con la misma confusión de quien intenta reconstruir una genealogía a partir de relatos orales que nunca encajan del todo.


Pero cuando sigues leyendo el bosque de nombres empieza a tener ritmo: no hay que memorizar cada rama, basta con dejarse llevar por la cadencia del “nosotros” y entender que lo importante no es cada nombre, sino el coro que forman. Ese “nosotros” reconoce que la memoria es un territorio común con zonas fértiles y otras baldías. Ese desplazamiento del “yo” hacia el plural aquí es una forma de resonancia, un lugar donde la voz se protege y, a la vez, se amplifica.


Es un libro que pide paciencia, entrar en su maraña de genealogías, acostumbrarte a la respiración del “nosotros”, aceptar la sobriedad, el infradramatismo. Y esa exigencia puede provocar que haya quien abandone antes de que empiece a desplegarse. No es un libro para todos los públicos, aunque hable de algo tan universal como el padre, la memoria y la familia. Es, justamente, para quien esté dispuesto a dejarse ganar poco a poco, bajar el pulso y aceptar el matiz. Si te quedas, la emoción llega sin coacción y el respeto nace de no haber sido forzado.


Un padre puede ser tantas cosas como recuerdos tengan sus hijos y, a veces, todas esas cosas se contradicen (hogar y desarraigo conviven en la misma figura). En “Las hojas muertas”, esa contradicción no se resuelve sino que, al igual que en la vida real, se acepta sin más. Jacobs toma sin estridencias una vida familiar (la suya) aparentemente menor y nos la devuelve como algo inmenso, digno de respeto. Lo cotidiano tiene un espesor insospechado. Vidas aparentemente menores, comunes, humildes, vidas que parecen pequeñas hasta que se revelan enormes como portadoras de toda una época, sin pretender ser más de lo que son y, precisamente por eso, alcanzando lo universal.


El padre que construyen esas voces es inquieto, movedizo, difícil de fijar. Su biografía se pasea por la Historia con naturalidad (infancia de inmigrantes en Nueva York, Moscú en los treinta, militancia comunista, la Brigada Lincoln en la Guerra de España, una vida luego recompuesta en México). Podría ser materia para una épica ruidosa, pero Jacobs lo narra como si repasara fotos viejas con las esquinas gastadas, sin buscar el golpe de efecto, dejando que el tiempo filtre lo que importa. 


Que “Las hojas muertas” inaugurara el catálogo de una editorial joven como Mapa es un gesto fundacional, como si nos dijeran que van a publicar aquello que se recuerda y se piensa sin alzar la voz. Significa empezar no con un truco de feria, sino con una partitura escrita para lectores que aceptan el murmullo polifónico y la paciencia de una elegía sin aspavientos. No te deja la sensación de haber asistido a un juicio ni a una canonización, sino a una conversación en la que se buscaba cuidar la presencia de un hombre difícil y necesario. 


Es un libro inmenso, inmenso no en extensión, sino en densidad y en hondura. Logra algo que muy pocos libros hacen: que sientas no solo emoción, sino también reverencia. Reverencia por la escritura, por la manera en que se ha narrado una vida sin aspavientos, con esa paciencia narrativa que convierte un destino mínimo en un paisaje moral amplio. Y reverencia por la vida misma, con todas sus derrotas y su dignidad. Nada de lamentos ni culpables, un afecto que se expresa con humor discreto y un libro como vehículo para alcanzar a quien, aislado con sus libros, quizá solo pueda recibir amor en forma de páginas.  


Recordar no es monopolio de nadie porque la memoria es un montaje de voces, un trabajo colectivo. Quizás debamos renunciar a la propiedad exclusiva del recuerdo y aceptar que el pasado es, también, lo que otros recuerdan por ti.


Gracias, Bárbara Jacobs


©AnaBlasfuemia

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