sábado, 22 de marzo de 2025

Las iras (Pilar Adón)


 

Todos necesitamos pensar que los demás nos quieren, que nos miran con los ojos del cariño


¿Y si no nos quieren? ¿si SENTIMOS/CREEMOS que no nos quieren/ven/comprenden? ¿si sentimos la traición, la grieta en la confianza, lo injusto, el miedo, el dolor, la frustración? Entonces puede aparecer la ira. Sus causas y sus consecuencias.


En la contraportada de “Las iras” nos preguntan si puede surgir la belleza tras el horror, si es posible el sosiego después de la venganza extrema. Cuando se plantea este debate sobre si es posible la belleza después de la devastación y el espanto siempre acudo a Rachel Carson, que hablaba de una de las paradojas de las tierras y los océanos: que de un fenómeno catastrófico y destructivo (por ejemplo una erupción volcánica) pueda producirse un acto de creación del que surja la belleza.


Vamos por partes. Los lectores de Pilar Adón conocemos los elementos constantes, transversales y estructurales de su literatura. De Pilar se podrá decir que es de lectura exigente, oscura, inquietante, críptica, asfixiante, incluso poco misericordiosa con los lectores (yo pienso lo contrario), pero Pilar es como el algodón: no engaña. Pacta con el lector, nos presupone inteligentes y libres, así que su narrativa no nos la ofrece desmenuzada porque acepta que tenemos mandíbula suficiente para masticar. Por eso sus historias suelen comenzar en la mitad (in media res). Para mí eso es respeto. Ella da el callo escribiendo y nosotros debemos darlo a la hora de leer. Es lo justo (y necesario). Una interacción deseable, al menos para mí.


Como no deja nada al azar ni a la casualidad (los títulos de los relatos lo confirman), Pilar titula a su libro “Las iras”. En plural. Porque la ira será una, pero (al igual que su génesis) sus manifestaciones pueden ser múltiples y variadas. Pilar es toda ella polisémica y por eso su narrativa tiene numerosos significados y lecturas, por eso nada es casual en sus libros, como no lo es el lenguaje que utiliza ni sus títulos, ni la estructura ni el tiempo narrativo. Todos los relatos de “Las iras” (un total de 18) tienen una pluralidad de interpretaciones, de posibles significados


Las protagonistas de los relatos son todas mujeres. Adolescentes o niñas. Y todas ellas son pozos (me he dado cuenta en este libro de la importancia de lo circular en Pilar), esconden agujeros, una abertura a quién sabe qué grieta: oscuridad, agua estancada, un vacío, una amenaza, una presencia, una ausencia, un lamento, una perdida. De estas protagonistas se espera (por la edad, por los clichés) inocencia.


Últimamente se me cruzan las series que veo con las lecturas que estoy haciendo. En este caso, mientras leía “Las iras”, estaba viendo la miniserie “Adolescencia” e inevitablemente se dieron la mano de forma muy sutil (o no tanto): protagonistas jóvenes, inocentes, tímidos, de apariencia dulce. La violencia no es explícita, no es mostrada. Se presentan sus causas y sus consecuencias. No se juzga, únicamente se expone, se muestra. Y eso es lo que incomoda: no la ira y sus manifestaciones, sino su origen y su consecuencia. Sobre todo su origen.


Hay numerosas referencias literarias en “Las iras” (Garcilaso de la Vega, Ernestina de Champourcín, Circe Maia, Bukowski…) pero la clave está en sus numerosas referencias bíblicas. Y esas referencias nos sitúan en el tipo de ira que nos plantea Pilar: hay una ira justa, no caprichosa sino que se produce como respuesta a lo injusto, al pecado. La indignación no es el pecado, sino la respuesta al mismo. Pero claro, esto es así respecto a la ira divina, en cuanto a la ira humana el cantar es otro: ya no es un acto de justicia, sino un comportamiento destructivo. Sentir ira no es necesario algo negativo ni maligno, pero exige una razón que la justifique y un control que la dome. Pilar pone la mirilla (una de ellas) en ese confuso límite entre la ira divina y la humana, puesto que las protagonistas de estas historias son en su mayoría (creo que todas) creyentes. Rezan, rezan mucho.


El Dios al que rezan las protagonistas de “Las iras” no es un Dios que castiga y amenaza, sino un Dios bondadoso, generoso, justo, sencillo y sobrio a la vez que incendiario, sin prejuicios, que acoge, protege, comprende. Explora una religiosidad bondadosa en oposición a la religión pervertida por las instituciones y que está llena de normas represoras, una religión (el catolicismo en este caso) amenazante, controladora, castigadora y opresiva que nos deja la culpa como regalo envenenado. Casi de por vida. Así que (es mi interpretación) las causas de la ira de las protagonistas son divinas, pero las consecuencias de su manifestación son humanas.


Esa dualidad entre lo divino y lo humano provoca una incomprensión terrible en estas niñas/adolescentes que reniegan de las consecuencias de sus actos y tratan de encontrar la belleza en el horror causado. Los personajes aspiran a esa belleza del “después”: la belleza es la calma, el sosiego, el espacio propio, tu lugar en el mundo. En este sentido, para mí (siempre para mí) el relato más largo de “Las iras”, el titulado “Roca blanca, fondo azul”, es también muy esclarecedor. Porque si todos los relatos dan la sensación de estar relacionados entre sí, el relato que parece troncal y a la vez raíz de todas esas ramificaciones interconectadas, es precisamente ese (además de conectarse con la Betania de “De bestias y aves”) en el que el encierro y la soledad no es sinónimo de opresión y encarcelamiento, sino de libertad, de protección de un exterior que nos entristece, agrede, controla, exige… El estallido de la ira se produciría en ocasiones para provocar que el tiempo cese y poder reiniciarse (lo cual me recuerda los tiempos de la pandemia) en un espacio propio. 


Repitiéndose que es digna. Digna de tener una casa en su tierra y guardarse en ella para descansar y dejar de tener miedo


Una de las muchas reflexiones a las que me llevó la lectura de “Las iras” es que si es una evidencia que no podemos domar la Naturaleza ¿por qué pensamos que podemos domesticar, amaestrar, amansar, controlar la infancia/adolescencia? Si los intentos de dominar a la Naturaleza suelen tener por lo general resultados catastróficos ¿por qué iba a ser diferente con niños y adolescentes? Todo intento de dominar y someter lo salvaje tiene secuelas. Consecuencias.


Andaba yo leyendo, a la par que “Las iras”, a Adrienne Rich y me encuentro (¿casualidad?) con un poema titulado “Fenomenología de la ira” en el que dice Rich: “La libertad de la que está completamente loca/de ensuciar y jugar con su propia locura/de escribir en las paredes del cuarto/embarrándose los dedos/que no es la libertad que gozas, por supuesto,/al caminar por Broadway/al detenerte y regresar o continuar/10 cuadras, 20 cuadras/pero que podría parecer envidiable a los que se han comprometido/libertad torcida en las entrañas de aquella realidad/que debiera alimentarla y la estrangula”. Ahí lo dejo.


Gracias, Pilar.


©AnaBlasfuemia



lunes, 17 de marzo de 2025

Un amor cualquiera (Jane Smiley)

 

Les he dado a mis hijos los dos regalos más crueles: la experiencia de una felicidad familiar perfecta y la absoluta certeza de que tarde o temprano se acaba


He estado un buen rato pensando en qué comentar de esta lectura y no hubo manera de que me saliera nada. Me he dado cuenta que todas las reflexiones que me surgían eran en torno a Jane Smiley y no tanto sobre el libro. Así que he pensado que eso es lo que tengo que compartir, porque sobre “Un amor cualquiera” tengo poco que decir. Así que a eso voy.


Es el segundo libro que leo de Smiley (el anterior fue "La edad del desconsuelo") y percibo que es una narradora notable. Amena, inteligente, lúcida, con las ideas muy claras sobre lo que quiere contar y cómo quiere hacerlo para llegar al máximo de lectores posibles. Así que es claro que no va a retorcer su narrativa, que lo va a poner fácil al lector, que nos lo va a dar masticado, pero no tanto como para proporcionarnos un puré o una sopa. Una dieta blanda pero no excesivamente flácida para que nuestras mandíbulas no se adormezcan pero tampoco se lastimen.


La dieta blanda no implica que la degustación no sea de calidad y la nutrición saludable. Porque eso lo hace muy bien Smiley: nos quiere alimentar, quitar el hambre, pero también que nuestro paladar no se aletargue ni se acostumbre a la comida basura (lectura basura en este caso). 


Es muy hábil en lo suyo. Si algo parece caracterizar la narrativa de Smiley es su fluidez y su destreza para desenvolverse en lo cotidiano, lo reconocible y los entresijos de las familias y las relaciones familiares. Se mueve como pez en el agua en ese terreno. No va a hacer reflexiones deslumbrantes ni profundísimas, pero sí muy perspicaces y de cierto calado. 


Ahora que pienso sí que puedo decir algo concreto de este libro, acabo de darme cuenta: el cómo cuenta la historia, la estructura de la misma, es especialmente ingeniosa. Detonar una bomba de relojería muuuuuuchos años después de que suceda una traumática separación (traumática para los hijos) es una forma muy inteligente de mostrarnos cómo nuestra protagonista ofrece a sus hijos esos dos regalos tan crueles que se mencionan en la cita inicial (que, por cierto, corresponde al último párrafo del libro).


En fin, que Smiley no va a estar en mi Olimpo de escritoras pero que es una autora que respeto y a la que volveré (probablemente) porque es de ese tipo de escritoras necesarias en la literatura actual, porque en cierta manera eleva la nota media, aunque no entre en mi concepto de LITERATURA (con mayúsculas) excelsa. Accesible para muchísimos lectores potenciales a los que puede rescatar de esa “literatura” basurilla y masificada que tanto repelús me da. Pues ya estaría.


En mi caso, será de ese grupo de escritores a los que acudir cuando bien por bloqueo lector o bien porque estoy muy tiquismiquis y exigente con lo que leo, descarto libros uno detrás de otro. Para esos momentos, Smiley es ideal: lectura fluida pero no insustancial, inteligente pero no ininteligible, bien escrita pero no críptica, con profundidad pero sin pasarse, con mensaje y contenido reflexivo suficiente como para que no te quedes en una lectura frívola e intranscendente. Y que, al poco tiempo de su lectura, olvidaré.


Gracias, Smiley.


©AnaBlasfuemia


martes, 11 de marzo de 2025

Cómo ordenar una biblioteca (Roberto Calasso)

 


Todo lector verdadero sigue un hilo, aunque también pueden ser cien hilos a la vez. Cada vez que abre un libro retoma en sus manos ese hilo y lo complica, embrolla, desata, anuda, prolonga


En la época que estaba más activa en redes sociales comentando mis lecturas mi biblioteca creció de manera desorbitada. Sé perfectamente qué libros quiero leer, qué escritores, qué contenido, lo que es LITERATURA para mí, qué hilos seguir entre el maremágnum de libros existentes. Y soy muy consciente del TIEMPO y el ESPACIO. El tiempo es limitado: como todo ser humano no soy inmortal. Y el espacio, qué os voy a decir, más limitado todavía, no nos queda otra que hacer un Tetris con los libros y sus tamaños (a mí el ancho de los libros no me preocupa, pero el alto tan desigual me saca de quicio). 


A lo que iba: que en esa actividad de compartir lecturas, me enredé ligeramente. No sólo era la inmensa, asfixiante y casi acosadora propuesta editorial con sus constantes novedades, todas ellas siendo “el libro del año”, “el nuevo Kafka”, “la nueva Virginia Woolf”… Era también la tentación de lectores de referencia. Era casi inevitable caer en tantas propuestas, avaladas por editoriales de prestigio a las que respeto, por lectores voraces a los que valoro. Total, que cabalgaba entre la bibliomanía y el tsundoku. Eso sí, siempre con la intención de leerlo todo. 


Dentro de mi necesario y saludable proceso personal y vital una de las cosas que he recuperado ha sido la sensatez, de la manita de la lucidez. Y eso ha afectado a cómo miro mi biblioteca, por eso ahora estoy en proceso de deshacerme de libros que SÉ que no voy a leer, aunque sean libros majetes e incluso de cierta calidad. Algunos han desfilado (tranquilidad, los dejo en buenas manos) sin consideración. A otros les intento echar un vistazo por si me convencen, pero a la mínima que no me mueva la fibra necesaria se va a la línea de salida. Esto lleva tiempo, claro, porque darles una oportunidad implica al menos dos cosas: un tiempo que les dedico y una renuncia a leer lo que sé que es un SÍ gigantesco y rotundo (en realidad no es una renuncia, es postergar su lectura). Decía Calasso que “Hay sin duda literatura buena, pero muy poca realmente grandeYa solo quiero la “literatura grande” en mis estanterías (criterio personal y subjetivo, obvio, me refiero a lo que PARA MI es “literatura grande”)


En fin, que como estoy con estas, pues pensé que Calasso me ayudaría a saber cómo ordenar mi biblioteca. Y claro que lo ha hecho, aunque muchas veces sea para reafirmarme en mis convicciones y criterios: el orden de una biblioteca es algo absolutamente íntimo y, ademas, cambiante


Para quien no lo conozca, Calasso fue un escritor y editor italiano, un pensador de notabilísima erudición y criterio propio y personal. Una institución literaria. La erudición de Calasso exuda cada página de este pequeño libro, así como su amor por la literatura y los libros. No todo el libro está dedicado al orden de una biblioteca (y de una librería), sino que sirve de excusa para compartir anécdotas e historias que hacen que “Cómo ordenar una biblioteca” cabalgue entre el ensayo y las memorias personales.


Está claro que ordenar nuestra biblioteca personal es como ordenar nuestra vida: el pasado (lo ya leído que has decidido conservar como se hace con los buenos amigos), el presente (decidir qué quieres leer en este preciso momento, apartar lo que no aporta, añadir lo que crees que te suma), el futuro (un libro que es objetivo prioritario pero resistiéndote a llegar a él -de momento- y lo postergas como si fuera un postre). Es cierto que a veces todo se alborota y que las lecturas inmediatas dejan de ser urgentes para pasar a “otro día” o lo dejado atrás pide ser revisitado YA como un refugio conocido y cálido. O el que iba a esperar reclama atención y parece removerse en la estantería para que lo (a)cojas. Los libros tienen vida propia, todos lo sabemos, así que es normal que nuestras bibliotecas personales estén en constante movimiento.


Por si alguien tiene dudas: he disfrutado de este libro que, por supuesto, se queda en mis estanterías en el rincón dedicado a los libros de Calasso.


Es esencial comprar libros que no vayan a ser leídos enseguida. Al cabo de uno o dos años, o al cabo de cinco, diez, veinte, treinta, cuarenta años, llegará el momento en que se sentirá la necesidad de leer precisamente ese libro […] Mientras tanto, puede suceder que este libro se haya vuelto irrepetible, y difícil de encontrar […] Lo importante es que ahora se pueda leer enseguida. Sin más búsquedas


Gracias, Calasso, por comprenderme.


©AnaBlasfuemia

sábado, 3 de febrero de 2024

Tres luces (Claire Keegan)


"Estoy en un punto en el que no puedo ser la que siempre soy ni convertirme en la que podría ser"

Esa edad en la que no puedes ser la que eras ni convertirte (todavía) en quien podrías ser son nueve años, la edad de la protagonista, hija de una familia disfuncional y tóxica que es llevada por su padre a casa de unos familiares durante una temporada, hasta que la madre tenga a (uno más) su último hijo. El padre deja a la niña como un fardo: ni un abrazo de despedida (de eso va este libro: de abrazos) ni ropa. Y así será cómo nuestra pequeña protagonista tendrá su oportunidad de descubrir la importancia de un abrazo, de que te miren y te vean, y cómo eso te convierte en alguien distinto a quién podrías ser si nadie te hubiera enseñado la ternura.

Antes de avanzar, he de decir que "Tres luces" está editado por la editorial argentina "Eterna Cadencia". Eso hizo que tuviera cierta desazón con la traducción (del argentino Jorge Fondebrider), puesto que muchas expresiones me sacaban de la lectura (freezer, bombachas, echalote, escone, enceguecedor...), pero cuando me dejo llevar por una sonoridad a la que no estoy acostumbrada, me adentro en la historia.

"Muchos hombres han perdido mucho solo por haber dejado pasar una oportunidad perfecta de callarse"

Este pequeño libro que se lee en media tarde, contiene una gran historia y una excelente forma de contar: está construida con todo lo que no se cuenta. Es decir, lo que narra se contrapone a lo que no es relatado. Tenemos breves pinceladas de la familia de la niña, de lo que ha vivido durante su corta existencia, del ambiente en el que crece. Esas pinceladas adquieren su tonalidad gracias a pequeños detalles, pequeños pero cruciales:

"Kinsella me lleva de la mano. Apenas me la agarra me doy cuenta de que mi padre jamás me agarró de la mano y una parte de mí quiere que Kinsella me deje ir para no sentir eso"

Previamente dice: "Sus manos son como las manos de mi madre, pero hay algo más en ellas, algo que nunca sentí y que no sé cómo llamar. Me siento sin palabras, pero esta es una casa nueva y necesito palabras nuevas". Cada contacto que tiene con los Kinsella (la familia con la que está pasando una temporada) es una versión diferente de lo que ha vivido hasta ese momento, supone un contacto con algo que desconocía: la generosidad, el afecto, la atención, el cuidado. Asistimos a su desconcierto, a su temor ("Me quedo esperando que pase algo, que la tranquilidad se termine", "Me quedo congelada en la silla, esperando que pase algo mucho peor"), incrédula ante lo desconocido: el cariño desinteresado. La bondad. Recibe un cariño tan natural y delicado que la primera reacción de la niña es evitarlo, no sentirlo ("deseo volver a casa para que todas las cosas que no entiendo sean como siempre son"). Qué doloroso.

Así asistimos a esa oscilación entre la experiencia (la única que conocía) de su ambiente familiar y su convivencia con los Kinsella, mientras calibra los nuevos hábitos y pierde el temor ante ello. Es un libro duro, es como ver destellos de todo aquello que no podrás ser ni tener, hacerte consciente de una pérdida que no sabías que tenías y que ahora tienes que ubicar en algún lugar, el lugar de lo perdido y de lo nunca tenido. Hay mucha crudeza en esa toma de conciencia pese a la amabilidad que recibe de los Kinsella.

Todo ello es narrado de forma sobria, templada y comedida. Y eso le da una contundencia extraordinaria. Mezquindad versus bondad. No sabemos cómo la pequeña se enfrentará en el futuro a lo vivido, a ese aprendizaje tan duro, pero el final del libro contiene toda la tensión emocional y la fuerza de todo lo que se silencia. Un libro que crece en todo lo que no se dice, en lo callado y subterráneo y esa es su genialidad.

"Tal vez la vuelta le de sentido a la ida" Tal vez, ojalá.

Existe una versión cinematográfica: "The Quiet Girl", muy fiel al espíritu del libro, que recomiendo también encarecidamente.

jueves, 25 de enero de 2024

Conversaciones sobre la escritura (Ursula K. Le Guin)

 


"... es una encrucijada entre el matonismo de la corrección y el uso moral del lenguaje. Si el masculino incluye lo femenino y lo femenino y lo masculino, el mensaje es claro y tiene implicaciones sociales y morales de gran envergadura"

Cometí un error cuando empecé a leer este libro: lo hice como si fuera una entrevista a Ursula K. Le Guin. Al ver preguntas cuya extensión era muchísimo más amplia que la respuesta, pues como que me removía en el asiento (en la cama, que fue donde leí el libro). En el momento en que me di cuenta que era exactamente lo que dice el título, una conversación y no una entrevista, empecé a sacarle más tajada a la lectura y a disfrutar de la conversación entre Ursula K. Le Guin y David Naimon.

"El lenguaje es extraño"

Me encanta leer, pero no menos escribir (aunque sea sobre lo que leo). Jamás de los jamases se me pasó por la imaginación ser escritora, escribir un libro (bueno, un libro escribí, pero esa es otra historia) me parecía que era un traje que me venía muy grande y el oficio de escribir un oficio y un arte que no está a mi alcance. Pero me gusta mucho conocer las hechuras de ese traje que algunas personas llevan que les queda niquelado, como la propia Le Guin. Conocer cómo está hecho, cómo se confecciona y elabora la escritura. De qué forma se eligen las palabras como si fueran telas, cómo se toman las medidas de lo que se pretende sea la estructura final, cómo se hace un primer hilvanado, se seleccionan las herramientas a utilizar, se decide qué resultado final quieres priorizar: la forma, el fondo, la perdurabilidad, el impacto, el mensaje... Los ajustes y retoques finales. Me parece fascinante ese momento de creación y ejecución. Por eso me gusta leer a autores que hablan de ese proceso de escritura y de la propia literatura.

Tiene razón Le Guin, el lenguaje es bien extraño. Y a mí lo que me extraña suele fascinarme también. Soy una persona muy semántica (si es que existe algo así), me preocupa el lenguaje, su uso, su interpretación, sus posibilidades, su capacidad para construir y destruir, lo que representan... Hay autores a los que admiro por ese uso del lenguaje, aunque no entienda o no me importe la trama porque es la precisión del lenguaje lo que me rinde a quien lo utiliza aunque sea de forma abismal, pero siempre ampliando el mundo, la perspectiva.

"Es muy importante lo que dices en tiempos oscuros"

Si algo me gusta de Le Guin es que tenía las cosas muy claras, una sensibilidad abrumadora y una gran humildad. No era una escritora que adoctrinara, sino que a través de su ética lo que hacía es educar, donarnos sus conocimientos y experiencias. No pude evitar que se me ensanchara la sonrisa al ver cómo destruye con facilidad pasmosa y argumento poderoso "La carretera" de Cormac McCarthy. La crítica la hace desde la discrepancia con los escritores "serios" y desde la defensa del género de la "ciencia ficción", género en el que ya existían muchos libros sobre "hombres que cruzan el país después de un holocausto".

Le Guin era muy inteligente y por lo tanto muy afilada, precisa y contundente en sus opiniones sobre literatura, poesía, ensayos, escritores, el borrado de las mujeres en el canon literario... Y su humor, qué magnífico humor tenía. Siempre es un placer conocerla más, escucharla como se escucha a las personas sabias: casi sin respirar y con el alma abierta, sin barreras.

miércoles, 17 de enero de 2024

Y eso fue lo que pasó (Natalia Ginzburg)


"Pensaba en lo fácil que era la vida de las mujeres que nunca han tenido miedo de un hombre"

Y cómo no sentir miedo de un hombre que es un manipulador de manual y encima es tu marido, a quien no tienes nada que ocultar porque se lo has contado todo. Dice Ginzburg en una nota (brutal, por cierto): "Esta historia está llena de humo, de lluvia y de niebla". También nos dice que cuando escribió "Y esto fue lo que pasó" se sentía infeliz y sin ganas de pelear ni combatir, que su mente estaba confusa y enredada en la oscuridad, y que por eso en esta historia lo que está más vivo en la mujer protagonista es su oscuridad, su confusión y su enredo.

Ginzburg cree que no debemos buscar un consuelo en la escritura. Pero escribes en función de tu estado emocional y mental y quizás el consuelo sea poner negro sobre blanco aquello que dentro nos arrolla. No lo sé porque no soy escritora, solo escribo de lo que leo y ya otros escriben para contarlo y contarme. Pero sobre lo que sí tengo una certeza absoluta es que la virtud de convertir lo ordinario en arte está al alcance de muy pocas personas y que Ginzburg es una de ellas. Y cuando digo ordinario en realidad digo extraordinario, porque lo ordinario no debilita ni esconde la complejidad de la vida. Puedes ignorarlo, eso sí (ojos que no ven, que no miran, corazón que no siente), pero ahí está Ginzburg para poner la lupa.

"Y esto fue lo que pasó" es una pequeña novela absolutamente descomunal y contundente. ¿Puedo decir que es bestial?. Es que me encanta tantísimo esta escritora que no puedo evitar llenarme de tópicos admirativos. Pero cómo describe la sumisión, el deseo y la necesidad de encajar en el rol que se espera de una mujer, con todo lo dañino que eso implica, me parece algo magistral en Ginzburg. Su manejo de la prosa realista es impresionante, jamás te pierdes ni te sientes confusa en la escritura de Ginzburg. Y siendo cierto que me gusta mucho la literatura rebuscada, alambicada, compleja, enrevesada y sutil, no es menos cierto que también me gusta lo contrario cuando está cargada de razones, profundidad y verdad.

La voz narrativa de Ginzburg es cautivadora, tiene magia, madurez, serenidad y es vibrante. En ella las palabras no se enciman tumultuosas, más bien se encadenan con serenidad y con el firme propósito de narrar una historia. Es incorruptible porque hay en ella un vigor intelectual, una exigencia ética y una capacidad para transmitir ideas, realidades, valores y sentimientos que no puedo (ni quiero) evitar admirar profundamente. En la ficción, inventas, pero en "Y esto fue lo que pasó" la sensación es que todo lo que cuenta sucedió. Más aún: sucede. Y esto es así porque las mujeres de Ginzburg son mujeres que están solas en su propia naturaleza, su condición de mujeres que se niegan a abrazar su destino y a salir a su encuentro. Por eso Ginzburg es intemporal y está llena de matices.

Pese a haber escrito esta historia sin ganas de luchar y enredada en oscuridad, "Y esto fue lo que pasó" conserva una frescura contundente y testimonial porque en su escritura concisa y directa, cauta y medida, nada es gratuito y nunca pierde la elegancia ni la coherencia interna: se llama tener ética.

lunes, 8 de enero de 2024

La noche siempre llega (Willy Vlautin)


"Lo que no entiendes es que llevo toda la vida sobreviviendo. Siempre"

Si hay algo en lo que absolutamente todos los lectores estaremos de acuerdo es en que leemos para entretenernos. O sea: para distraernos, evadirnos, esquivar el aburrimiento. Creo que el entretenimiento es un objetivo transversal para todo lector. A partir de ahí podemos buscar algo más o quedarnos en el mero entretenimiento, ahí ya entra lo individual. Incluso dentro de la lectura de entretenimiento podemos renunciar o no a la calidad literaria.

Todo esto viene a que "La noche siempre llega" me ha entretenido y mucho, se lee con ritmo, es ágil, una literatura directa, sin rodeos, que va al grano, a la acción, a la sucesión de diálogos y acciones que provoca que leas con celeridad, con esa cadencia que atrapa al lector y vas avanzando página tras página, absorta, distraída. Entretenida. Vlautin va no solo al grano, sino también al barro, a lo periférico, a los marginados, a los que se pasan la vida sobreviviendo. Que somos legión, por cierto, los que cada día sobrevivimos, unos con más conciencia de esa supervivencia y otros menos. Da igual, en mí caso sobrevivir no me impide disfrutar, no me impide nada (sólo lo que yo me impida a mí misma).

Además de esa distracción que implica leer, una novela (quien la escribe) puede pretender algo más: transmitir un mensaje, denunciar un sistema o una situación, mostrar algo. ¿Es el caso de "La noche siempre llega"? La pretensión del autor es evidente: mostrar la vida marginal, evidenciar la gentrificación de las ciudades y cómo eso genera una supervivencia marginal. No voy a profundizar en lo de la gentrificación, si no conocéis lo que es, ahí está san google, y sobre todo ahí está la realidad.

Decía que las intenciones de Vlautin son claras. Así que pretende algo más que entretener. Ahora bien ¿lo consigue? En mí opinión (que no sé si es humilde o modesta, pero es mía) lo consigue a mediasY esto es así porque es por los personajes la razón por la que a mí me ha costado más que esta historia fuera más allá. Más que los personajes (que también), por el uso excesivo del diálogo. No porque los diálogos me molesten, al contrario, sino porque cuando los mismos sirven para contarte todo, no sólo lo que sucede sino también lo que ha sucedido, y sirve para que los personajes se expliquen y justifiquen lo que hacen o lo que han hecho, pues como que ahí no puedo evitar asistir a todo desde una distancia fría, cómo que no me va ni me viene en el sentido de implicarme. Me coloca tan en una posición de espectadora externa que no consigo involucrarme emocionalmente, ni siquiera (que es peor) mentalmente. Así que, como ya he comentado, leo con agilidad y paso unas horas distraída, absorta, entretenida, pero al finalizar desconecto absolutamente de lo leído y a otra cosa mariposa.

No es ni bueno ni malo, es lo que es. Me gusta más la literatura que consigue implicarme de una u otra forma, pero tampoco desdeño estas lecturas que distraen y entretienen pero se exigen algo más a sí mismas, lo consigan o no. Entre lo que para mí es mala literatura y lo que es buena literatura hay otra intermedia que sirve de puente entre una y otra y "La noche siempre llega" quizás esté situada ahí, accesible al lector menos exigente, donde todo es muy explícito y que quiera transitar hacia otro tipo de literatura u otro tipo de inquietudes literarias más allá de lecturas entretenidas pero triviales e intranscendentes.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

El leopardo de las nieves (Sylvain Tesson)

 

"Había aprendido que la paciencia es una virtud suprema, la más elegante y la más olvidada. Ayudaba a amar el mundo antes de pretender transformarlo [...] La paciencia era la reverencia del hombre hacia lo que se le había dado"

Quedaros con una palabra: rececho. Según la RAE: "acechar a la caza". Según el Wikcionario: "Vigilar con cautela la presa, esperando el momento oportuno para cazarla" Parece que es un verbo bien adherido a la caza y posiblemente en nuestra mente veamos a un cazador con un arma recechando a un animal. Pero hay otro tipo de rececho: el fotográfico. Ese es el que me interesa.

El escritor Sylvain Tesson se une al fotógrafo de la naturaleza y documentalista Vincent Munier, acompañados de la directora y bióloga Marie Amiguet y el cámara Léo-Pol Jacquot, para realizar un viaje fascinante al Tibet, a cinco mil metros de altitud (y temperaturas de -30°C) a la búsqueda del leopardo de las nieves, un animal extraordinario por ser su hábitat natural las montañas que rondan los seis mil metros de altura, lo que le convierte en un leopardo acostumbrado a vivir en las condiciones más extremas de la Tierra, de ahí que se sepa tan poco de él y que no sea fácil poder contemplarlo, dadas dichas condiciones, que los humanos llevamos más bien regulero.

Antes de continuar debéis de saber que existe un reportaje de este viaje, disponible en Filmin, cuya belleza fue premiada con los César de 2022. De visión obligada y disfrute asegurado.

Volvamos al rececho, en este caso el rececho fotográfico, que consiste en acechar a un animal en la zona natural en la que habita dicho animal. El rececho es arte del camuflaje y la paciencia, en una curiosa simbiosis precisamente con aquello que quieres "cazar" para poder fotografiar. Dado que la mayoría de las especies recelan del ser humano huyen en cuanto nos detectan antes de que nosotros lleguemos muchas veces a atisbar que estuvieran allí. Así que para poder fotografiar a un animal (ya ni os cuento el leopardo de las nieves) hace falta conocer muy bien sus costumbres, su hábitat, su comportamiento y miles de detalles.

Cuando Tesson inicia esta aventura de ir a la busca del leopardo de las nieves no era precisamente un hombre muy paciente. También es verdad que la paciencia del rececho es una virtud que implica una filosofía de vida y que va más allá de la paciencia común de la que podemos tirar día a día. El excepcional viaje hasta llegar a ver al leopardo de las nieves (sí, lo vieron, no les pasó como a Peter Matthiessen) es también un viaje personal, un viaje de aprendizaje. Y Tesson ya era una persona madura, culta, preparada y con mucha vida detrás cuando realizó este viaje.

"Primera lección: los animales aparecen sin avisar y luego se desvanecen sin remedio. Hay que bendecir su visión efímera, venerarla como una ofrenda"

Para entenderlo todo hay que leer el libro, ver el reportaje, echar mano de san Google para ver el paisaje que describe Tesson. Aunque hay que decir que para proteger al leopardo y otras especies de la zona, Tesson no es (deliberadamente) muy preciso en sus localizaciones, para evitar dar pistas a los cazadores (a los cazadores con armas, no con cámaras fotográficas). Proteger la belleza, proteger la Tierra, proteger la humanidad (de sí misma). Hay una confrontación directa entre la humanidad, la sociedad actual y la naturaleza. Los seres humanos nos apropiamos de todo, ávidos de no sé muy bien qué, poder, riquezas, sentirse el rey del mundo. Somos unos mindundis en el vasto imperio de la naturaleza. Destruimos lo que no comprendemos, lo que es más grande que nosotros. Creemos ser más grandes destruyendo. Qué bobos, qué tontos, qué torpes. Nos autodestruimos destruyendo nuestro refugio. No nos importa, sometidos al placer de lo inmediato, egoístas, incapaces de pensar globalmente, en términos de generaciones futuras, de algo más grande que nosotros mismos. No asumimos nuestra insignificancia y pisoteamos, invadimos, destruimos, nos damos golpes en el pecho.

Ya se me han disparado los dedos en el teclado, disculpen. Es curioso. En mí día a día no soy paciente. En la naturaleza, me transformo. Puedo pasarme horas y horas sintiendo el sol en la piel, observando las hormigas, mirando una flor, la luz atravesando las ramas de los árboles, mirando un pájaro, el horizonte, las olas... Rececho sin saberlo. Y eso siempre me da un poder extraordinario: me hace sentir paz, me da una fuerza intranscribible que soy incapaz de transmitir (ojalá pudiera). Lo venero como una ofrenda. Sé que cada milésima de segundo en contacto con la naturaleza, su flora, su fauna, sus habitantes, es un regalo que soy incapaz de agradecer en la misma medida. La naturaleza me despoja de toda vanidad.

"Venerar lo que está delante de nosotros. No esperar nada. Recordar mucho. Cuidarse de las esperanzas, humo encima de las ruinas. Disfrutar de lo que se ofrece. Buscar los símbolos y creer que la poesía es más sólida que la fe. Conformarse con el mundo. Luchar por que permanezca"

Tesson y sus acompañantes (Munier, qué admirable) persiguen y rastrean lo que corre el peligro de extinguirse, consiguen llegar a lo que permanece intacto, lo que aún no ha podido ser destruido por la humanidad. Poco queda ya que no hayamos arrasado, domesticado, transformado, utilizado... En esa travesía, ese viaje, Tesson se transforma, se disuelve y desvanece mucho de lo que creía saber, aprende la paciencia, aprende la conciencia del leopardo, aprende a mirar, a aguzar el oído, a ver donde parecía no haber nada, a escuchar el silencio y sus distorsiones. Un viaje espiritual en un paisaje dramáticamente bello.

Hablaba Miguel Hernández de tres heridas: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Hay que añadir otro par de heridas más: la de la naturaleza y la de la humanidad.

"El rececho es una línea de conducta. Así la vida no pasa como si nada. Puedes vigilar bajo un tilo, en tu casa, delante de las nubes del cielo o incluso sentado a la mesa de tus amigos. En este mundo pasa más cosas de las que creemos"


jueves, 21 de diciembre de 2023

Modos del deseo (Carolin Emcke)

 

"El mundo quedaba dividido. Se separaba en géneros ya antes de que los cuerpos fueran conscientes de esto, antes de que hubieran sido descubiertos realmente como sexos. Seguro que ya antes existía esta grieta en ese mundo que se abría una ley natural sin naturalidad alguna"

No sé muy bien cómo llegué a este libro. No lo recuerdo. Aunque estoy segura que ha sido por esa búsqueda constante de contenidos que rellenen un vacío, que apacigüen la zozobra de un mundo que me inquieta. Un libro me llevaría a otro que a su vez llevaría a otro y así hasta llegar a este, o leyendo a algún lector también insaciable que me señaló este libro... No, no lo recuerdo. O simplemente acudí a una librería, quién sabe dónde (improbable que haya sido en la ciudad en la que vivo), y el libro estaba ahí, lo cogí por el título, leí la contraportada y se vino conmigo.

Entre el ensayo y la autobiografía, el libro comienza con el suicidio de un conocido de Emcke. Cuando inicié la lectura, hace bastantes meses, no era el momento, así que lo dejé y lo he retomado ahora, que parece que me como el mundo pero únicamente he aprendido a que el mundo no me coma a mí.

Desde luego "Modos del deseo" no es un libro de respuestas (no las buscaba), es más bien un libro de preguntas, de aquellas que se hace la propia Emcke y aquello que se responde: ¿sabemos cómo queremos amar o vivir? ¿podemos ser quien queremos ser, sobre todo si queremos ser de forma distinta a lo "normativo"? ¿somos libres para vivir nuestros deseos?... no son preguntas baladíes. Quizás cada persona debamos reflexionar sobre ellas, si es que no lo hemos hecho ya.

Emcke se hizo esas y otras preguntas, indagó sobre sus respuestas, buscó hasta descubrir sus propias formas del deseo. Y lo comparte intentando que las palabras no sean agujeros negros que devoren todo aquello que esté próximo. Es evidente que las palabras tienen mucho de agujeros negros, poseen una densidad y una fuerza gravitatoria que no te permite escapar de ellas. Es muy difícil deconstruir algunas palabras. Creo que el momento en el que vivimos es un buen ejemplo de ello. Es complicado escapar al significado asignado a algunas palabras, significado o significados que terminan por vaciar al propio lenguaje. No voy a poner ejemplos, que no está el horno para bollos.

Algo que he compartido plenamente con la autora hasta el éxtasis (no ha sido lo único) es su necesidad de precisión lingüística, consciente del uso torticero que se hace del lenguaje y de la necesidad que tenemos de palabras nuevas, palabras contundentes, palabras que luchen contra la violencia, el silencio, el racismo, lo injusto.

En algún sitio leí que Emcke ha hecho de las palabras su trinchera y que busca formas de combatir la violencia, indagando en el origen de la misma, de la deshumanización y el conflicto. Así que cómo no me va a encantar lo que escribe esta mujer, cómo no voy a seguir buscando libros suyos que me recuerden una vez más que el silencio nunca es la solución y que si conoces el mal podrás luchar contra él. Y que el lenguaje es una herramienta que debemos de utilizar, aunque sea reconstruyéndolo.

Yendo desde una visión panorámica a una más próxima y personal, Emcke va accediendo a esas preguntas que le inquietan, aunque el truco está en cómo se observa, en la predisposición a la observación abierta. En ese ir desmenuzando los modos del deseo, Emcke va visibilizando aquello que no tenía forma definida y explorando cómo se construye una identidad. Y transforma la culpa que arrastraba desde el suicidio de su conocido en un duelo más sano. Al finalizar el libro, Emcke ha encontrado el lenguaje y puede pronunciarlo.

Tengo que decir que la traducción no me ha facilitado la lectura y ha habido fragmentos que me han chirriado bastante, pero lo que Emcke cuenta me interesaba lo suficiente como para seguir avanzando. Y lo digo desde mi ignorancia pero también desde mi sensación lectora.

"Quien haya tenido que pelear para reconocer la verdad del propio placer, quien haya tenido que pelear para pronunciarla y no entenderla o entenderse como una provocación, esta persona reaccionará de forma susceptible a la convención de la mentira"

martes, 12 de diciembre de 2023

La muerte del padre (Karl Ove Knausgård)


"La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para"

La literatura es puro misterio. Y lo es tanto para el lector más común como para el más avezado. Todos sabemos qué nos gusta, qué buscamos en los libros. Vivimos otras vidas que podemos sentir ajenas y hacerlas nuestras, pero también vidas tan próximas y cercanas con las que conectas de una forma tan profunda que asusta. Sabemos cuándo nos va a gustar un libro o cuándo no nos va a interesar lo más mínimo. En ocasiones ya en los primeros párrafos o páginas has decidido si va a ser una lectura que vas a disfrutar o que vas a rechazar. Todos tenemos nuestro propio canon, nuestros modelos y criterios para catalogar un libro como literatura o como basurilla, o quizás como un punto intermedio lo suficientemente convincente como para disfrutar de la lectura y saber que aunque no sea una obra maestra tampoco es, ni mucho menos, un bodrio. Sí, todo lector tiene sus parámetros para evitar sucumbir a la avalancha de libros existentes y a la apisonadora editorial que nos abruma con novedades y reediciones. Todo lector tiene sus recursos para escabullirse de los libros que en su criterio son mediocres.

Pero, insisto, la literatura es misterio en estado puro. Y sucede que hay libros que dinamitan tus propios códigos y criterios, tus balizas literarias, esas que usas para guiarte en el inmenso océano literario y que te ayudan a aprovechar vientos y mareas para elegir las mejores coordenadas, aquellas que te permitan avanzar lo más lejos posible con el menor malgasto de energía (y de tiempo). Y de repente un libro no respeta tus propias reglas, esas que llevas construyendo después de muchas, muchísimas, lecturas. Y te lees 500 páginas de un libro cuyas casi 270 primeras apenas han pasado por el visto bueno de aquello que tu consideras como válido para estar ahí, leyendo.

Y eso me ha pasado con "La muerte del padre", un libro que comienza reflexionando sobre la muerte, sobre cómo escondemos la muerte y a los muertos. Cada vez se entierra más rápido a los muertos, la liturgia se acorta, todo el proceso se acelera para que la vida nos siga avasallando, arrollando a la muerte y a los muertos. Cierto que hoy en día más imágenes (televisión, prensa, redes sociales) nos muestran cadáveres y masacres espeluznantes. Pero esos cadáveres no nos resultan amenazantes. Tanta exposición nos insensibiliza. Son cadáveres ajenos, lejanos, no nos importan que estén expuestos porque enseguida se vuelven invisibles, en cuanto las imágenes desaparecen. Pero si tuviéramos que convivir con los muertos ahí, sin enterrar, en la calle, en una habitación de tu casa, en el supermercado, en el hospital... ay.

En fin, Karl Ove va a hablar de la muerte de su padre, normal que inicie el libro reflexionando sobre la muerte. Más adelante nos dice "Entender el mundo equivale a colocarse a cierta distancia de él". Bien, comparto esa idea, así que avanzamos porque me consta que es necesario colocarse a una distancia de aquello sobre lo que quieres reflexionar, pero una distancia ADECUADA: ampliar lo pequeño acercándose, reducir aquello que es desmesurado o grande alejándose de ello. Y cuando la imagen es precisa, nítida, la fijamos. Así que entiendo que eso es lo que quiere hacer Karl Ove con sus seis tochos, que componen "Mi lucha", una empresa mastodóntica de casi cuatro mil páginas (ya me quedan quinientas menos): encontrar la distancia adecuada, enfocar su vida. La vida.

Una obra autobiográfica de la envergadura de "Mi lucha" implica mucho detalle (y mucha memoria), una atención cirujana y microscópica hacia aquello que te rodea, una autointrospección muy precisa, muchas descripciones, relatar gestos cotidianos del tipo "me cepillé los dientes, me desnudé, me puse el pijama, encendí la lámpara de la cama antes de apagar la del techo, me acosté y me puse a leer". La antiliteratura, vaya. Hay que hilar muy fino para que tantas descripciones que podría hacer un niño de ocho años, que describen tus propios actos (como el de acostarse, si bien yo no uso pijama), los más comunes y mecanizados en tu día a día, no terminen por hacerte abandonar la lectura.

Karl Ove no es un tipo que disfrute de la vida social. Se esconde, no quiere que le alcancen ni que le vean. Pero va a escribir tropecientas mil páginas sobre su vida para que todos lo veamos, a su vida y a él. Quiere escribir algo grande, tan grande como su necesidad de estar solo, tan grande como sus espacios de soledad. Su lucha: que el tiempo no se le escape. Karl Ove quiere aislarse pero a la vez quiere ser el centro, esa es su lucha también: la necesidad de estar dentro y fuera a la vez, de mantener su soledad pero al mismo tiempo exhibirse.

Karl Ove quiere casito y yo se lo doy. ¿Por qué? Pues ahí está el misterio: no lo sé muy bien. Porque durante casi trescientas páginas no comprendo a Karl Ove, no sé qué es importante para él, no sé porqué se siente humillado y excluido, no entiendo sus pasos, sus derroteros, lo que cuenta no me retrotrae apenas a mi propia adolescencia, no de la forma que siento debería hacerlo. Pero, extrañamente, sigo leyendo a este tipo tan peculiar que tan pronto me repele y me deja fría como me dan ganas de adoptarlo o entiendo hasta el éxtasis su concepto de belleza y, sí, también sus contradicciones.

Todas las preocupaciones y dudas que otros autores parecen tener (si se debe incluir lo aburrido y lo irrelevante en la narración), a Karl Ove se la suda directamente. Lo cuenta todo, da igual si es superfluo, trivial, anodino, lo va a contar con una sorprendente memoria milimétrica. Y no con una prosa deslumbrante ni vibrante ni poética. No, nada de eso. Si tiene que prescindir de las sensaciones e impresiones para centrarse en una descripción real y objetiva, lo hace. Pero también hace lo contrario. A la manera nórdica, claro, con esa estética mecánica, ligeramente distante.

Pues, con todo, no dejo de leer. El libro me resulta extrañamente acogedor, y remarco lo de "extrañamente" porque no consigo saber, ni siquiera después de haber leído las 500 páginas, qué es aquello que me hizo seguir leyendo hasta llegar a ese momento (a partir del momento que Karl Ove acude a casa de su abuela cuando el padre fallece) en el que entonces el libro para mí tiene sentido, sobrevuela y encuentro espacios comunes, entra dentro de mi "canon" de calidad, por una razón u otra, la que sea, pero que a mí me vale porque ahí sí aprecio lo que estoy leyendo. Ese es el misterio: sólo conecté con menos de la mitad del libro. Las últimas páginas. En cualquier otro libro no habría llegado ni a las cien primeras. Pero con este, por alguna razón desconocida para mí, perseveré. Y no lo hice sufriendo ni maldiciendo ni renegando: acudía a libro con facilidad, incluso con ganas, siendo consciente de que no entendía qué me hacía volver a él.

Y así estamos, leído el primer libro de los seis que componen "Mi lucha", sabiendo que dentro de X tiempo cogeré el segundo con el cuasi convencimiento de que va a ser difícil que me lea los seis tomos pero quién sabe, porque este extraño tipo tiene una forma de contar que me ha enganchado por alguna razón que desconozco y eso a estas alturas me desconcierta, pero también me provoca curiosidad, por saber de él, pero también por saber qué me atrae a mí de él, de lo que cuenta y por cómo lo cuenta, con ese lenguaje tan preciso como distante para hurgar en lo sórdido, en lo ambiguo, en la pérdida. Tal vez Karl Ove utilice el lenguaje como si fuera una fregona que intenta limpiar todo aquello que ensucia la vida. Tal vez. Tengo que resolver el misterio.

"El arte de vivir, de eso estoy hablando