“Todos necesitamos pensar que los demás nos quieren, que nos miran con los ojos del cariño”
¿Y si no nos quieren? ¿si SENTIMOS/CREEMOS que no nos quieren/ven/comprenden? ¿si sentimos la traición, la grieta en la confianza, lo injusto, el miedo, el dolor, la frustración? Entonces puede aparecer la ira. Sus causas y sus consecuencias.
En la contraportada de “Las iras” nos preguntan si puede surgir la belleza tras el horror, si es posible el sosiego después de la venganza extrema. Cuando se plantea este debate sobre si es posible la belleza después de la devastación y el espanto siempre acudo a Rachel Carson, que hablaba de una de las paradojas de las tierras y los océanos: que de un fenómeno catastrófico y destructivo (por ejemplo una erupción volcánica) pueda producirse un acto de creación del que surja la belleza.
Vamos por partes. Los lectores de Pilar Adón conocemos los elementos constantes, transversales y estructurales de su literatura. De Pilar se podrá decir que es de lectura exigente, oscura, inquietante, críptica, asfixiante, incluso poco misericordiosa con los lectores (yo pienso lo contrario), pero Pilar es como el algodón: no engaña. Pacta con el lector, nos presupone inteligentes y libres, así que su narrativa no nos la ofrece desmenuzada porque acepta que tenemos mandíbula suficiente para masticar. Por eso sus historias suelen comenzar en la mitad (in media res). Para mí eso es respeto. Ella da el callo escribiendo y nosotros debemos darlo a la hora de leer. Es lo justo (y necesario). Una interacción deseable, al menos para mí.
Como no deja nada al azar ni a la casualidad (los títulos de los relatos lo confirman), Pilar titula a su libro “Las iras”. En plural. Porque la ira será una, pero (al igual que su génesis) sus manifestaciones pueden ser múltiples y variadas. Pilar es toda ella polisémica y por eso su narrativa tiene numerosos significados y lecturas, por eso nada es casual en sus libros, como no lo es el lenguaje que utiliza ni sus títulos, ni la estructura ni el tiempo narrativo. Todos los relatos de “Las iras” (un total de 18) tienen una pluralidad de interpretaciones, de posibles significados.
Las protagonistas de los relatos son todas mujeres. Adolescentes o niñas. Y todas ellas son pozos (me he dado cuenta en este libro de la importancia de lo circular en Pilar), esconden agujeros, una abertura a quién sabe qué grieta: oscuridad, agua estancada, un vacío, una amenaza, una presencia, una ausencia, un lamento, una perdida. De estas protagonistas se espera (por la edad, por los clichés) inocencia.
Últimamente se me cruzan las series que veo con las lecturas que estoy haciendo. En este caso, mientras leía “Las iras”, estaba viendo la miniserie “Adolescencia” e inevitablemente se dieron la mano de forma muy sutil (o no tanto): protagonistas jóvenes, inocentes, tímidos, de apariencia dulce. La violencia no es explícita, no es mostrada. Se presentan sus causas y sus consecuencias. No se juzga, únicamente se expone, se muestra. Y eso es lo que incomoda: no la ira y sus manifestaciones, sino su origen y su consecuencia. Sobre todo su origen.
Hay numerosas referencias literarias en “Las iras” (Garcilaso de la Vega, Ernestina de Champourcín, Circe Maia, Bukowski…) pero la clave está en sus numerosas referencias bíblicas. Y esas referencias nos sitúan en el tipo de ira que nos plantea Pilar: hay una ira justa, no caprichosa sino que se produce como respuesta a lo injusto, al pecado. La indignación no es el pecado, sino la respuesta al mismo. Pero claro, esto es así respecto a la ira divina, en cuanto a la ira humana el cantar es otro: ya no es un acto de justicia, sino un comportamiento destructivo. Sentir ira no es necesario algo negativo ni maligno, pero exige una razón que la justifique y un control que la dome. Pilar pone la mirilla (una de ellas) en ese confuso límite entre la ira divina y la humana, puesto que las protagonistas de estas historias son en su mayoría (creo que todas) creyentes. Rezan, rezan mucho.
El Dios al que rezan las protagonistas de “Las iras” no es un Dios que castiga y amenaza, sino un Dios bondadoso, generoso, justo, sencillo y sobrio a la vez que incendiario, sin prejuicios, que acoge, protege, comprende. Explora una religiosidad bondadosa en oposición a la religión pervertida por las instituciones y que está llena de normas represoras, una religión (el catolicismo en este caso) amenazante, controladora, castigadora y opresiva que nos deja la culpa como regalo envenenado. Casi de por vida. Así que (es mi interpretación) las causas de la ira de las protagonistas son divinas, pero las consecuencias de su manifestación son humanas.
Esa dualidad entre lo divino y lo humano provoca una incomprensión terrible en estas niñas/adolescentes que reniegan de las consecuencias de sus actos y tratan de encontrar la belleza en el horror causado. Los personajes aspiran a esa belleza del “después”: la belleza es la calma, el sosiego, el espacio propio, tu lugar en el mundo. En este sentido, para mí (siempre para mí) el relato más largo de “Las iras”, el titulado “Roca blanca, fondo azul”, es también muy esclarecedor. Porque si todos los relatos dan la sensación de estar relacionados entre sí, el relato que parece troncal y a la vez raíz de todas esas ramificaciones interconectadas, es precisamente ese (además de conectarse con la Betania de “De bestias y aves”) en el que el encierro y la soledad no es sinónimo de opresión y encarcelamiento, sino de libertad, de protección de un exterior que nos entristece, agrede, controla, exige… El estallido de la ira se produciría en ocasiones para provocar que el tiempo cese y poder reiniciarse (lo cual me recuerda los tiempos de la pandemia) en un espacio propio.
“Repitiéndose que es digna. Digna de tener una casa en su tierra y guardarse en ella para descansar y dejar de tener miedo”
Una de las muchas reflexiones a las que me llevó la lectura de “Las iras” es que si es una evidencia que no podemos domar la Naturaleza ¿por qué pensamos que podemos domesticar, amaestrar, amansar, controlar la infancia/adolescencia? Si los intentos de dominar a la Naturaleza suelen tener por lo general resultados catastróficos ¿por qué iba a ser diferente con niños y adolescentes? Todo intento de dominar y someter lo salvaje tiene secuelas. Consecuencias.
Andaba yo leyendo, a la par que “Las iras”, a Adrienne Rich y me encuentro (¿casualidad?) con un poema titulado “Fenomenología de la ira” en el que dice Rich: “La libertad de la que está completamente loca/de ensuciar y jugar con su propia locura/de escribir en las paredes del cuarto/embarrándose los dedos/que no es la libertad que gozas, por supuesto,/al caminar por Broadway/al detenerte y regresar o continuar/10 cuadras, 20 cuadras/pero que podría parecer envidiable a los que se han comprometido/libertad torcida en las entrañas de aquella realidad/que debiera alimentarla y la estrangula”. Ahí lo dejo.
Gracias, Pilar.