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martes, 14 de julio de 2026

La comedia humana (William Soroyan)


"El mundo está lleno de criaturas asustadas. Y como están asustadas, se asustan entre ellas. Intenta entender. Intenta amar a todo el mundo que encuentres

Saroyan nos lleva a Ithaca, un pueblo cualquiera de EEUU durante la II GM (gente sencilla, con sus miserias y sus grandezas, que intenta sobrevivir a una época que no entiende) y pone el foco en Homer, un chico que reparte telegramas de la guerra: adolescente, pobre, trabajador y condenado a ser la cara visible de las peores noticias. Cada telegrama que Homer entrega es una historia comprimida, una tragedia en miniatura.


Homer se ve obligado a madurar a base de llevar esas malas noticias a otros mientras que su propio hermano está en la guerra, pero no se vuelve cínico, sino más consciente y más tierno a la vez. Su madre sostiene la casa, pero no es un monumento a la abnegación, sino una mujer extenuada. Los personajes secundarios, desde el jefe del telégrafo hasta los niños, pasando por el panadero filósofo, funcionan como variaciones de un mismo tema: cómo seguir viviendo con cierta dignidad cuando la guerra se cuela en tu casa por el buzón. 


Pero lo anterior es un esfuerzo deliberado, no es una reacción instintiva o natural a la adversidad, Homer no es bueno de manera espontánea. No hay en él una inocencia limpia que responda naturalmente al dolor. Lo que aparece es más trabajoso: una decisión (casi una disciplina) de mirar a los demás desde un lugar que no sea el rechazo o el miedo. Como si se obligara a sí mismo a encontrar algo que sostenga el mundo cuando todo alrededor empuja en dirección contraria.


También es posible que Saroyan creyera de verdad en ciertas palabras que hoy suenan sospechosas: bondad, familia, caridad, esfuerzo, corazón. Pero no las usa como eslóganes, sino como algo que se pone a prueba en un contexto donde el sufrimiento es real y diario, y eso evita que el libro se convierta en un sermón o en algo demasiado edulcorado.


Es un libro dulce, a veces demasiado, pero tiene una tristeza de fondo que hace que la lectura se convierta en algo más serio, aunque parezca ir de amable. Saroyan podría haber escrito una novela bélica lacrimógena, pero eligió otra cosa: convierte la retaguardia en un pequeño espacio lleno de humanidad, con todas sus cursilerías, pero también con una honestidad desarmante.


Hay una especie de fe obstinada en que, por muy absurdo o cruel que sea el mundo, los seres humanos pueden seguir respondiendo con gestos sencillos de decencia y afecto.  Quizás Soroyan no quería decir “así es la guerra”, sino recordar que, si olvidamos la humanidad de los chicos que reparten telegramas, de las madres que esperan, de los niños que miran todo con ojos limpios, entonces la guerra lo ha ganado todo, incluso lejos del frente


El libro se mueve en esa peligrosa cuerda floja: por un lado, el tono es cálido, sentimental, lleno de fe en la bondad, la familia y la solidaridad; por otro, lo que cuenta es objetivamente devastador. Saroyan juega a que sospeches todo el rato de esa dulzura, pero a base de escenas cotidianas va demostrando que no está vendiendo propaganda patriótica, sino defendiendo una idea casi obstinada: que la decencia se mide en los gestos pequeños, no en los grandes discursos.


Aquí no hay cinismo ni distancia irónica. Puede resultar cándido en algunos pasajes, pero leído con mala leche pierde su gracia; leído con cierta disposición a dejarse tocar, revela una mirada moral muy clara y nada tonta. Por eso se hace agradable, si eres capaz de soportar un tono abiertamente sentimental sin sacar el lanzallamas del sarcasmo a la primera página, o si necesitas un libro que te recuerde que la compasión también puede ser un acto de resistencia.


Gracias, William Saroyan. Gracias, Javier Calvo (traducción)


©AnaBlasfuemia



martes, 21 de abril de 2026

Matrioskas (Marta Carnicero Hernanz)

El dolor es imposible de comunicar


En mi casa familiar había unas matrioskas, ese conjunto de muñecas rusas tradicionales. A veces estaban en fila, de más grande a más pequeña. Otras, estaban todas insertadas unas dentro de otras. No sé la razón, pero quien pasaba por su lado las sacaba o las encajaba a su gusto. Parte de mi familia materna vivieron en Rusia porque fueron “niños de Rusia”, por eso teníamos matrioskas originales a las que teníamos mucho cariño. 


A mí me fascinaban esas figuras por su colorido, por su olor, porque podía encajarlas, porque me gustaba cómo cada muñeca protegía en su interior a otra u otras más pequeñas, pero también por cómo cada una de ellas encerraba su propio dolor, oculto. Como capas de cebolla que al ir quitando una a una, derramabas lágrimas. Solo llorando llegabas al centro y ahí, en la muñeca más pequeña, encontrabas el dolor más grande. 


Matrioskas” arranca sin prólogo ni mapa, no hay aviso de qué voz te habla. Como si alguien te dejara caer desde un helicóptero en mitad del mar y tuvieras que orientarte a nado, con los sentidos despiertos, buscando las boyas del relato. Esta decisión narrativa obliga a leer con atención desde la primera línea, sin distracciones. Y en esa exigencia ya hay un pacto: no se trata de un libro para entretener, sino que reclama presencia entera.


Lo primero que llega es el odio. Hana, voz en segunda persona, convertida en un ojo que se vigila a sí mismo, late con rabia y con deseo de venganza. Su discurso quema, es seco y rencoroso, como si todo lo que queda del pasado fuera pólvora. Y después Sara, adolescente en primera persona, con los problemas que parecen más corrientes (la familia que se resquebraja, una madre a punto de marcharse, el desconcierto de crecer). Al principio nada parece unirlas, salvo la intuición de que el libro no ha elegido esas voces al azar. El vínculo tarda en revelarse lo justo, Marta Carnicero sabe que la tensión se alimenta de lo que aún no encaja. Este juego narrativo, de gran potencia literaria, contribuye a crear una tensión íntima y reveladora que diferencia los planos del dolor y la búsqueda de sentido.


Lo que termina emergiendo es el horror de la guerra de Bosnia, que no es un telón de fondo, sino una herida que atraviesa generaciones. Hana arrastra la violencia sistemática de las violaciones en los Balcanes; Sara carga con el eco de ese pasado, aunque haya crecido en otro lugar, en otra vida. Los silencios familiares protegen y al mismo tiempo dañan: callar evita revictimizar, pero también puede impedir sanar. No se trata de un mero “secreto de familia”, sino de la demostración de cómo lo privado y lo histórico se entrelazan hasta volverse inseparables. Lo íntimo está hecho de la materia oscura de la historia.


Esa ética impregna toda la escritura. Las frases son limpias, tensas, sin grasa: cortes limpios, silencios con peso y un léxico que no busca metáforas de alivio. La contención no es solo estilo, es cortesía: no manipular al lector con excesos innecesarios de crudeza, no disfrazar de esperanza lo que no la tiene. De ahí la fuerza del título: la matrioska no es solo genealogía, es también la metáfora del dolor encapsulado, capas de protección que a veces también asfixian. Matrioskas como poética de la coraza. Cada capítulo añade capa y, cuando quitas una, no hay muñeca feliz debajo sino otra forma de la misma herida.


La lectura duele, pero no por el dolor morboso de la literatura que explota el sufrimiento, sino el dolor de lo real, la turbación que produce mirar de frente lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo. Un dolor que no se disuelve con lágrimas fáciles, porque el libro no ofrece esa salida. La historia continúa fuera de sus páginas, en la intimidad de sus personajes y en la memoria de quienes leen. Ese final funciona como la última “capa de muñeca” que, en lugar de abrirse, se queda cerrada. Este gesto es una consecuencia natural de la posición ética que Marta ha mantenido durante todo el libro. No mostrar lo indecible, no invadir la intimidad de sus personajes, no ofrecernos un falso consuelo narrativo: esa es la coherencia de su escritura.


Marta Carnicero evita dos trampas fáciles: la del morbo y la del consuelo. Entiende que contar la violencia no es describirla con morbo minucioso, sino darle consecuencias. Se trata de un respeto a la historia, a las víctimas reales que están detrás y también a la dignidad de sus personajes. Porque claro, después de tanto dolor, esperamos un mínimo desenlace que actúe como bálsamo. Pero si lo hubiera escrito, el libro habría caído en la trampa de la falsa reparación que el lenguaje puede inventar pero que en la vida real no existe tan limpia. Lo que hace Marta aquí es confiar en la inteligencia y en la honestidad del lector: nos dice “esto no acaba con mi libro, esto sigue en tu cabeza y, sobre todo, en la vida de quienes han pasado por ello”.


Por eso terminas “Matrioskas” con la sensación de haber hecho un recorrido que no edulcora nada, pero tampoco convierte el dolor en espectáculo. Ese es un gesto de escritura que merece respeto.


Gracias, Marta Carnicero


©AnaBlasfuemia

 

miércoles, 17 de enero de 2024

Y eso fue lo que pasó (Natalia Ginzburg)


"Pensaba en lo fácil que era la vida de las mujeres que nunca han tenido miedo de un hombre"

Y cómo no sentir miedo de un hombre que es un manipulador de manual y encima es tu marido, a quien no tienes nada que ocultar porque se lo has contado todo. Dice Ginzburg en una nota (brutal, por cierto): "Esta historia está llena de humo, de lluvia y de niebla". También nos dice que cuando escribió "Y esto fue lo que pasó" se sentía infeliz y sin ganas de pelear ni combatir, que su mente estaba confusa y enredada en la oscuridad, y que por eso en esta historia lo que está más vivo en la mujer protagonista es su oscuridad, su confusión y su enredo.

Ginzburg cree que no debemos buscar un consuelo en la escritura. Pero escribes en función de tu estado emocional y mental y quizás el consuelo sea poner negro sobre blanco aquello que dentro nos arrolla. No lo sé porque no soy escritora, solo escribo de lo que leo y ya otros escriben para contarlo y contarme. Pero sobre lo que sí tengo una certeza absoluta es que la virtud de convertir lo ordinario en arte está al alcance de muy pocas personas y que Ginzburg es una de ellas. Y cuando digo ordinario en realidad digo extraordinario, porque lo ordinario no debilita ni esconde la complejidad de la vida. Puedes ignorarlo, eso sí (ojos que no ven, que no miran, corazón que no siente), pero ahí está Ginzburg para poner la lupa.

"Y esto fue lo que pasó" es una pequeña novela absolutamente descomunal y contundente. ¿Puedo decir que es bestial?. Es que me encanta tantísimo esta escritora que no puedo evitar llenarme de tópicos admirativos. Pero cómo describe la sumisión, el deseo y la necesidad de encajar en el rol que se espera de una mujer, con todo lo dañino que eso implica, me parece algo magistral en Ginzburg. Su manejo de la prosa realista es impresionante, jamás te pierdes ni te sientes confusa en la escritura de Ginzburg. Y siendo cierto que me gusta mucho la literatura rebuscada, alambicada, compleja, enrevesada y sutil, no es menos cierto que también me gusta lo contrario cuando está cargada de razones, profundidad y verdad.

La voz narrativa de Ginzburg es cautivadora, tiene magia, madurez, serenidad y es vibrante. En ella las palabras no se enciman tumultuosas, más bien se encadenan con serenidad y con el firme propósito de narrar una historia. Es incorruptible porque hay en ella un vigor intelectual, una exigencia ética y una capacidad para transmitir ideas, realidades, valores y sentimientos que no puedo (ni quiero) evitar admirar profundamente. En la ficción, inventas, pero en "Y esto fue lo que pasó" la sensación es que todo lo que cuenta sucedió. Más aún: sucede. Y esto es así porque las mujeres de Ginzburg son mujeres que están solas en su propia naturaleza, su condición de mujeres que se niegan a abrazar su destino y a salir a su encuentro. Por eso Ginzburg es intemporal y está llena de matices.

Pese a haber escrito esta historia sin ganas de luchar y enredada en oscuridad, "Y esto fue lo que pasó" conserva una frescura contundente y testimonial porque en su escritura concisa y directa, cauta y medida, nada es gratuito y nunca pierde la elegancia ni la coherencia interna: se llama tener ética.

domingo, 6 de agosto de 2023

Las pequeñas virtudes (Natalia Ginzburg)

 


"Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre entre ese alternarse de esperanzas y nostalgias"

La inmensa mayoría de manuales, algún que otro libro célebre y gurús de autoayuda: "Haz de tu vida un sueño y de tu sueño una realidad" (Antoine de Saint-Exupéry), "Todos tus sueños pueden hacerse realidad si tienes el coraje de perseguirlos" (Walt Disney), “Nunca se te da un sueño sin que también se te dé el poder de hacerlo realidad. Sin embargo, tendrás que esforzarte” (Richard Bach), "No te rindas, que la vida es perseguir tus sueños", "Sigue tu corazón y tus sueños se harán realidad"... puedo seguir así hasta el infinito, la idea de que hay que perseguir tus sueños y que si perseveras en ellos los consigues se nos vende por activa y pasiva. Cuánto daño ha hecho "El principito". En fin, a lo que voy, que es a Natalia Ginzburg, escritora honesta como pocas y pocos, que lo que nos dice es: "Los sueños no se hacen nunca realidad". Olé tú, Natalia. Más Natalia Ginzburg y menos coaches e influencers de pacotilla y menos (si puede ser, mejor ninguno) eslóganes dañinos que se lanzan a diestro y siniestro.

No voy a descubrir a Natalia Ginzburg, como acabo de comentar me parece una escritora honesta. Honesta y brillante. Muy reconocible su prosa engañosamente sencilla y transparente, con una precisión psicológica propia de quién es una observadora innata, con una gran capacidad para poner el acento en los detalles, en lo invisible, en lo sobresaliente.

Como se puede ver en la contraportada del libro, "Las pequeñas virtudes" son once textos que abarcan temas diversos. No sobra absolutamente ninguno, aunque hay tres que a mí me han cautivado especialmente: "Retrato de un amigo" (el amigo, ya saben, es otra de mis debilidades: Cesare Pavese), "Mi oficio" y "Las relaciones humanas". Leer a Natalia es un lujo para cualquier lector voraz: su inteligencia, su coherencia, su sensatez, esa mirada limpia y lúcida, esa distancia adecuada de aquello que narra, sin blandir lo emocional como una espada o una red que atrape al lector... todo eso no son pequeñas virtudes, son virtudes grandes, enormes, al alcance de pocos escritores. Y todas las maneja con habilidad, con instinto.

Creo que "Las pequeñas virtudes" es un compendio de ensayos que reflejan muy bien la naturaleza de esta gran escritora, su esencia. Cuando lees a Ginzburg no sólo piensas, sino que repiensas, revisas lo pensado. Nos inquiere con suavidad, con dulzura, pero con contundencia. Y con una ética personal que la convierte en una de esas personas brújula, una guía. Una persona faro.

No hay que dejarse engañar por su escritura aparentemente sencilla. Aunque sus entornos narrativos sean domésticos, cotidianos y su léxico sea familiar y cercano, sin embargo aborda cuestiones de gran complejidad. No es una escritora que se haya escondido porque su compromiso político y su ética personal no se lo permitía.

Hay que leer siempre a personas inteligentes, llenas de sabiduría. Puedes no estar de acuerdo con algunos planteamientos de Ginzburg, no importa, siempre vas a caer rendida a su lucidez, a su argumentación. A su honestidad.

"Y yo no he sabido formarme una cultura de nada, ni siquiera de las cosas que más he amado en mi vida: han quedado en mí como imágenes dispersas, alimentando mi vida de recuerdos y emociones, sí, pero sin llenar el vacío, el desierto de mi cultura"

Sí soy.

sábado, 22 de agosto de 2020

La nieve estaba sucia (Georges Simenon)


Todo el mundo tiene miedo

Y al final siempre el miedo mueve nuestras piernas: nos hace andar, correr, retroceder, quedarnos quietos. Nos atraviesa. Podemos llamarlo de mil maneras, incluso destino o ausencia, pero su verdadero nombre es ese: miedo. Un único nombre con infinitas caras. Cada persona con su miedo, carne de nuestra carne. Nieve sucia.

Simenon fue un autor prolijo pero de gran oficio. Muchos de mis veranos han tenido la forma de Agatha Christie y de Georges Simenon. Las novelas de Christie eran un reto, como resolver un crucigrama, buscaba pistas y los personajes, estereotipados, formaban parte de esas pistas. Las de Simenon tenían forma de literatura, de novela policiaca en donde los personajes tenían más relevancia y profundidad humana y la mente del criminal se retrataba con precisión psicológica. Tanto tiempo después, paso unos días de verano con Simenon y vuelvo a rendirme ante este peculiar autor y su grandeza literaria.

La nieve estaba sucia” es una extraordinaria muestra del talento de Simenon para construir personajes cuya psicología se disecciona con sutileza, escrupulosidad y rigor apoyándose en una prosa exacta, clara, comprimida y descriptiva en la que no hay nada inútil. También hay un depurado e inclemente retrato de una sociedad y una época que aun reconocemos en el presente.

El protagonista es agotador, un buitre en permanente y escudriñadora tensión. Un ser depravado que se mueve con la seguridad que da saber que la gente calla, que nadie dirá la verdad. Que maneja su propio miedo y utiliza el de los demás. Quizás, sólo quizás, la inocencia le incomode, apenas una inquietud imperceptible pero con la eficacia de una gota malaya.

Nos irrita Frank, su asombrosa frialdad, su aparente carencia de motivaciones (las motivaciones son escurridizas e imprecisas), sus actos violentos y miserables. Pero hay algo que nos incomoda todavía más: su huida hacia adelante provocando un destino que sabe ineludible. Nos incomoda porque siempre es inquietante reconocer lo que hay de humano detrás del monstruo: la ausencia del padre, la necesidad de reconocimiento, de redención. No hay compasión, ni siquiera para con uno mismo.

martes, 12 de noviembre de 2019

Historia del silencio (Alain Corbin)


Convendría reflexionar sobre este terror al silencio en sí mismo, que determina, hoy en día, la huida fuera del no-ruido y de la interioridad

A veces el silencio me habla con claridad y precisión, con una pureza de manantial. A veces el silencio es una capa protectora y aislante, pero también un filtro que me ayuda a escuchar. El silencio como un escondite, un hogar, una sinfonía y también un amplificador, un eco que me devuelve la voz propia pero también la ajena, una voz límpida y transparente que me ayuda a comprender.

Necesito silencio para escucharte. Y para escucharme. Necesito silencio para comprenderte. Y para comprenderme.

“Historia del silencio” es exactamente lo que dice su título: la historia del silencio desde el renacimiento a nuestros días, a través de aquellos que han buscado, practicado o explorado el silencio (escritores, místicos, poetas, músicos, pintores…) Un recorrido erudito y culto, lleno de delicadeza, profundidad y sabiduría que nos recuerda cómo el silencio está siendo asfixiado por un exceso de ruido que nos aleja de nosotros mismos y lo que implica para la humanidad su pérdida y su vasta gradación (desde amenazador a calmo, pasando por sagrado, hostil, intimo, beneficioso, agónico, revelador, dialogante y una amplia gama emocional que convierten al silencio en una profunda y necesaria experiencia humana).

Estamos olvidando que el silencio no es sólo ausencia de ruido y Alain Corbin nos recuerda cuál es su textura a través de numerosísimas citas hiladas por una refinada sensibilidad e inteligencia enciclopédica.

Con silencio escucho mejor.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La visita del arzobispo (Ádám Bodor)


La basura posee luz propia, o sea, que nunca oscurece del todo, ni siquiera de noche […] Está llena de un resplandor magnético, como si la iluminaran por dentro las luciérnagas; algo así como el fulgor de una bendición titila sobre la ciudad

¿Sabéis esas espirales que se alejan cada vez más del centro sin dejar de girar a su alrededor? Una figura con gran magnetismo de algo que se aleja de su eje sin terminar de desprenderse de él, una extraña sensación de que algo se expande y a a vez se contrae en constante movimiento giratorio. Pues algo así me ha sugerido esta lectura. Una especie de cuadro de Van Gogh en blanco y negro, esa noche estrellada llena de turbulencias y remolinos tan poderosamente atractiva.

No es una lectura fácil la de “La visita del arzobispo” pero no por ello menos fascinante. No hay nada de convencional en la trama ni en el desarrollo de la misma, con una mixtura entre el realismo y una imaginación fantasiosa que nos devuelve una alegoría de la surrealista dictadura del régimen comunista rumano.

La atmósfera creada por Bodor es opresiva, enrarecida, cruda y hasta pestilente, creando un mundo narrativo extraño, como esa hélice que se aleja y vuelve al centro reiteradamente y que amenaza con amputarte si te acercas demasiado. Y es justamente eso lo que te atrae como un imán.

“La visita del arzobispo” contiene grandes trucos narrativos y rarezas formales, un humor absurdo y grotesco y una estructura temporal elíptica que deviene en atemporalidad.

No siendo una lectura cómoda ni fácil, consigue seducir al esforzado lector que, por mucho que intente alejarse, nuevamente vuelve al centro de la lectura en un estado hipnótico semejante al delirio.

martes, 8 de octubre de 2019

Cartas a Sandra (Vergilio Ferreira)


Y sin embargo, fíjate, estoy a punto de construir en mi nada de todo una idea redentora con tu memoria para esa nada que es mía

Híbrido entre lo epistolar y lo autobiográfico, con una gran autenticidad emocional y sentida profundidad humana, “Cartas a Sandra” es una remembranza del duelo, una bellísima “saudade” por el amor fallecido. Como toda nostalgia, se construye con el recuerdo moldeable y la arrebatadora fantasía de quien escribe para retener a la persona amada.

Intenso (muy intenso), poético e íntimo (esquivando la cursilería pessoiana), “Cartas a Sandra” se lee estremecida, con una suave pero constante sacudida y un nudo en la garganta que te obstruye y dificulta el tragar saliva, coger aire, soltarlo. Tiene la belleza de lo perdido, del amor evocado que no es el amor real, que se construye en la fantasía porque la realidad aturde y la imaginación es un éxtasis irrenunciable.

No importa la verdad si por verdad entendemos la realidad, importa lo imposible, la irradiación del amor imaginado y creado en la ficción de nuestra intimidad. La utopía que transfigura la vida para hacerla vivible, hacer habitable la soledad, hacer compañía e inventar la armonía. Iluminar la sombra de la ausencia hasta el deslumbramiento, restablecer la memoria aunque haya que enloquecer y dejar caer las metáforas una a una.

Tratar de superar la ausencia a través de una introspección brutal que lleva a una irrealidad apenas solidificada en palabras escritas. Porque “lo que no se ve mucho no se ve”, y entonces es preciso prestar atención a lo invisible y crear la realidad de la única forma posible: amando. Aunque sea imaginado, creado, inventado ¿puede el amor romántico e intenso no ser obsesivo?

¿Puede un libro de apenas cien páginas partirme en mil pedazos y cada pedazo en otros mil? Sí, puede.

Creaba tu realidad cada vez que te amaba

Amén. Y amen. Creemos realidades y luego que nos digan locos. O fantasiosos. O enamorados.

viernes, 31 de mayo de 2019

Sobre el acantilado y otros relatos (Gregor von Rezzori)


Las cosas cambian más deprisa de lo que podemos corresponderle con las palabras o desde el punto de vista semántico

Con un lenguaje exuberante, florido, lúdico y lúcido, Rezzori hace una feroz crítica social a través de tres seductores relatos. Muy irónico, casi cínico pero sin despeñarse, rompe estructuras narrativas clásicas, juega con la forma para destacar un “qué”. Preciso con los personajes y con los momentos que viven, en la línea de la literatura erudita y con lenguaje extenso y cultivado, Rezzori refleja la descomposición de un mundo sensible, noqueada la supremacía de un imperio.
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Ese tránsito entre distintas sociedades/épocas/culturas es contemplada como un sonoro eco que desliga de sí mismos a aquellos que la viven, una abstracción del momento, la historia que diluye lo concreto y convierte en leyenda el tiempo (todavía) presente. Tiempos oscuros en los que transcurre el amor, la vida que reclama concretarse, visualizar las relaciones entre lo que vive cada uno y las circunstancias, aferrarse a la pureza del paisaje y la tierra.
Cuando tu mundo estalla en mil pedazos buscas una nueva realidad para convertirla en hogar (casa, nido). Pero en el tránsito, en la ruptura... ¿dónde habitas? ¿En qué vacío? Estés donde estés lo que anida en el alma es siempre la irreversible sensación de carencia.
Detrás de la prosa exquisita y elegante de Rezzori hay un fondo notable: cómo la realidad impone su propia verdad. Rezzori es fino, fino.
Es preciso sacar lo mejor de lo inevitable

jueves, 23 de mayo de 2019

El nacimiento de Eva (Jeanne Hersch)


Toda hora merece ser celebrada

La filosofía ha dejado de ser contingente para convertirse, ahora más que nunca, en necesaria. No solo debería ser asignatura obligatoria sino que también debería ser tan cotidiana como un sorbo de café, un trozo de chocolate, lavarse la cara o tomarse una caña. A pequeñas dosis o a sorbitos, como el azúcar, la sal o el vino. O a borbotones, como las estrellas, la mar, el agua fresca, la lluvia o el viento. Plácida o tormencial.

Un pequeño sorbo, delicado y placentero de filosofía bien podría ser este libro de Jeanne Hersch, en el que se reúnen diversos textos de esta reconocida filósofa suiza. Textos elaborados con esmero poético, estilo refinado y filosofía sensata que no provocarán ninguna discordia al lector, sino una sensación agradable y liberadora. Algunos de estos textos son auténticos diamantes que destilan no solo profundidad de pensamiento sino también una calidad literaria certera, cálida y cercana. Las tres ces.

Una prosa viva, cristalina y textos variados cosidos entre sí por el hilo de una filosofía cercana que aborda diversos temas: la creación de la humanidad; Eva y su gesto que finaliza el presente eterno; el tiempo (perdido, salvado, recordado, arruinado, ambiguo) y sus consecuencias en la hora cero; la certeza de que convertir el mundo en atroz o espléndido dependerá bien de nuestras acciones o bien de nuestros descuidos; las fiestas como obras de arte cuya fuerza está en la plenitud del presente, del instante que ya no pertenece al tiempo; cuándo escribir; reclamar la unicidad como una necesidad de que cada persona tenga su lugar en la fiesta “exuberante y trágica del mundo y la historia”.
Leamos más filosofía, saquemos a la cultura humanista de ese inmerecido espacio en el que los caminos de la servidumbre la han situado: entre la espada y la pared. Abramos las puertas. Toda filosofía debe ser celebrada.
Separación contra presencia, basta una simple puerta cerrada. Una puerta cerrada, y ya no sé nada de tu realidad

martes, 14 de agosto de 2018

En el mar (Toine Heijmans)

Título original: Op Zee
Traductora: Goedele De Sterck
Páginas: 160
Publicación: 2011 (2018)
Editorial: Acantilado
Sinopsis: Inmerso en una profunda crisis personal, Donald decide navegar en su velero durante tres meses, con el silencio y la soledad como única compañía. Sólo en la última etapa de la travesía recogerá a su hija de siete años, María, para que lo acompañe del norte de Dinamarca a los Países Bajos. Alejados del mundo, el viaje se anuncia idílico, y entre padre e hija surge una complicidad que nunca antes habían conocido. Pero de pronto las nubes negras acechan en el horizonte y Donald está cada vez más angustiado; la noche en que estalla la temida y aterradora tormenta, María desaparece del barco… En el mar es una evocadora alegoría sobre la travesía de la vida y la posibilidad de gobernar el propio destino, y un magnífico homenaje a los navegantes legendarios, desde Ulises hasta el capitán Ahab.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Quien deja de pensar con lucidez queda a merced del mar.
Este libro engaña ya desde su sinopsis. No, no es que engañe, más bien es un libro manipulador, tanto que esa manipulación descarada me tuvo alerta desde las primeras páginas. Se me hacía tan evidente que Heijmans me obligaba a ir por donde él quería que inevitablemente la desconfianza fue mi compañera más decidida en esta lectura.

La historia es clara, demasiado clara, desde el principio. Un hombre en crisis, un padre que necesita reivindicarse, un vacío que se necesita llenar. Una huida con el mar de fondo en busca de lo esencial, del encuentro con uno mismo. El mar como única compañía. Excepto los últimos días de esa travesía solitaria, en las que la presencia de la hija, de siete años, acompaña al protagonista. Y creo que no miento al decirlo así. No voy a hacer trampas yo también.
Los niños apenas distinguen entre el sueño y la vigilia. Ojalá les sucediera lo mismo a los adultos. Para mí, la realidad puede ser un sueño. Y viceversa.
No pretendo yo que los libros no hagan trampas, que los autores no tengan sus recursos para llevarnos donde quieren. Faltaría más, cada cual utiliza las herramientas para las que está dotado o sabe utilizar. Pero… la sutileza, la sutileza es tan necesaria. Entre otras cosas porque eso implica que se dota al lector de la capacidad de poner de su parte, bien dejándose llevar y sorprender, bien admirándose de lo que el autor hábilmente escondía. Pero si no te dejan que te hagas preguntas, porque continuamente te anticipan (e incluso repiten) respuestas para llevarte donde quieren, pero sabiendo el lector que algo no cuadra, que nada cuadra… pues no voy a decir que me siento estafada, pero sí decepcionada.

Debo decir que el libro lo leí del tirón, en un día, porque el ritmo impuesto, las frases cortas, te van llevando como esos vagones de una montaña rusa, sin posibilidad de salirse de los raíles, a veces subiendo, a veces bajando, con una cadencia lenta en ocasiones para luego coger una velocidad endiablada y trepidante. Y tú dejándote llevar. Y también que ese protagonista secundario (aunque no tanto) el mar, fue para mí lo más bello del libro.
Sabemos cosas que preferimos no contar, ni siquiera a nosotros mismos. Y cuando el barco de papel se hunde, hacemos uno nuevo.
Pero ves venir el descenso y lo único que me preguntaba es ¿lo resolverá bien Heijmans? Y ahí saltaron todos los costurones, porque en mi opinión no lo resuelve bien. Demasiado trabajo puesto en llevar al lector donde quería llevarlo para luego no saber cómo solventar todo el laberinto montado. Para que no deshagamos el camino andado, Heijmans directamente abre una puerta falsa en ese laberinto que él mismo nos había metido. 

Y es entonces cuando todas las preguntas que te hacías, todas esas alarmas que se empeñaban en sonar, se desatan. Pero ya no importa porque te das cuentas que esas cuestiones las provocaba esa mano de Heijmans en el cogote, obligándote a ir por los caminos del laberinto que él quería. Que no me parece mal, si no fuera porque me parecieron torpes y poco sutiles sus formas.
Las madres nos llevan ventaja, una ventaja inalcanzable, al menos a padres como yo. En asuntos de niños, no parecen dudar jamás. Y de hecho no dudan. Madre e hijo tienen la misma sangre, el mismo pulso.
Aparte de todos los aspectos que me hacían dudar, que no me cuadraban, hubo algo que también provocó mi desconfianza y es esa insistencia del protagonista en transmitir que un hombre juega en desventaja con la paternidad. Como si las mujeres naciéramos todas madres, siendo buenas madres, como si no hubiera dudas, temores, miedos. No, la mujer no tiene que preocuparse como madre, parece que, según Heijmans, nacemos con ese chip, una predisposición innata no solo para ser madre, sino también para que no nos suponga esfuerzo, una ventaja que nos es dada por el hecho de ser mujer. Pero los hombres parece que no, que son los únicos que tienen esa lucha por conquistar y hacerlo bien con los hijos.

Como excusa para que Donald, el protagonista y narrador, intente tener una relación especial con su hija, me parece muy pillada por los pelos. Incluso su crisis existencial, provocada en parte por una situación laboral de total insatisfacción, se nos deja tan explicitada que me chirría por todos los costados (¡esos meses sabáticos pagados!). Porque ese problema, esa necesidad de Heijmans de hacernos evidentes ciertos elementos, no vayamos a ir por donde no interesa que vayamos (porque sino no hay historia), fue para mí un lastre excesivo.
El problema del ser humano es que lo humaniza todo. El ser humano cree que el agua tiene un plan. Quiere ser más fuerte que el agua, mientras que el agua es o que es: agua, sin pensamientos, sin segundas intenciones.
Y ver tan claramente las intenciones, no sé si primeras o segundas, de Heijmans desmontó todo el tenderete. Que aun valorando los elementos con los que pretende jugar: crisis existencial, los difusos límites entre la normalidad y la locura, la realidad y la fantasía, con un mar de fondo que pone a prueba al ser humano, aun así… creo que Heijmans no supo jugar sus bazas con acierto. No llevaba mala mano, pero cuando alguien se empeña tan descaradamente en hacer creer que tiene determinada jugada en la mano, todo te hace pensar que es justamente porque algún as en la manga tiene. Pero hay que saber sacar ese as con elegancia e inteligencia y en el momento más oportuno. No fue el caso. 

No quiso pillarse los dedos Heijmans y deja pistas claras de que Donald es un narrador poco fiable. Y si para encima tienes que lidiar una crisis vital con la soledad de navegar en el mar, ya sabemos dónde va a llevar la situación, porque el mar no tiene amigos ni enemigos, pero el  hombre tiene un enemigo terrible: su propia estupidez. El mar se merece ser una metáfora más sutil.

lunes, 11 de junio de 2018

La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana (Josep María Esquirol)

Páginas: 192
Publicación: 2018
Editorial: Acantilado
Sinopsis: Este ensayo aborda de un modo sutil e inesperado los «infinitivos esenciales» del ser humano: vivir, pensar y amar. Y constituye, sin duda, una valiosa aportación filosófica, desarrollada a partir del concepto de «repliegue del sentir». El estilo singular del autor va calando serena pero tenazmente, como una fina lluvia, proponiéndonos un revelador itinerario a través de páginas dedicadas a la conmoción, el deseo, la creación, la amistad, la revolución y el agradecimiento.
No nos han expulsado de ningún paraíso. Siempre hemos estado fuera. En verdad, y por suerte, aquí el paraíso es imposible. Nuestra condición es la de las afueras.
Tengo un libro de A.M Homes, Este libro te salvará la vida. No lo he leído (todavía) y no sé si me salvará la vida. Lo que sí sé es que La penúltima bondad me la ha salvado. No la vida física, la que mantiene tu cuerpo activo, en funcionamiento, con el corazón bombeando, la sangre circulando, los órganos vitales alertas y activos. No. Me refiero a la otra vida, la del alma, la del sentir, pensar, conocer, desear. La vida espiritual, psíquica, anímica… llamadla como queráis. Esa es la que me ha salvado La penúltima bondad: mi vida viva.

Yo, que busco mi lugar en el mundo, recibo (acojo, recojo) de Josep María Esquirol el lugar al que pertenezco: el de las afueras. No intentéis ubicaros en otro lugar. Todos vivimos en las afueras porque no hay adentros, no hay centro. Pero el habitante que hace comunidad en las afueras es el que tiene conciencia y consciencia de que ese lugar es en el que está y es (se es). Porque sabe, es un hecho, que el presunto centro es el paraíso, pero el paraíso y por tanto la perfección, la alegría permanente, el mundo ideal… no existe, por eso habitamos en las afueras. Todos.

Diréis que qué pena. Pues no. Ninguna pena. El paraíso, creer en él, es lo que nos hace más infelices, más egoístas, más violentos, más desdichados. Como mucho entramos y salimos de paraísos episódicos, fugaces, efímeros. Si aceptamos eso, si aceptamos la no existencia del paraíso, entonces serás habitante de pleno derecho de las afueras. Y se sufrirá mucho menos. Si sigues creyendo en el paraíso, si lo buscas, lo esperas... estarás igualmente en las afueras, pero no lo sabrás.
Aquí, en las afueras, el mal es muy profundo, pero la bondad todavía lo es más.
No pensemos, ingenuamente, que los habitantes de las afueras van a reconstruir ese paraíso que no existe. No. Sería volver a estrellarse contra la raíz de lo que nos hace infelices. El fundamento de las afueras es aceptar la imperfección, aceptar la no existencia de la pureza, y por tanto admitir la presencia del mal, de la herida, la intemperie, el egoísmo, la muerte, la degeneración, la avaricia...

Pero, ah, aceptar todo esa desgarradora realidad no supone sufrimiento, no más del estrictamente necesario. Tenemos armas para combatirlo: la bondad, la generosidad, el amor, la luz intermedia, el sentir, el pensamiento, el conocimiento, la belleza, lo simple, lo cercano, el amparo, la comunidad, la reflexión… ¡la vida! La vida vivida, vivir sintiéndose vivo.
No hay que disimular las fisuras de la experiencia de la vida, ni hacer como si no estuvieran: no pueden ni taparse ni ocultarse, porque vuelven a salir. Las fisuras revelan que el misterio constituye la vida.
Pensemos no en términos de problemas, sino en términos de misterios. Los problemas nos impelen a resolverlos, mientras que los misterios nos impulsan a implicarnos en ellos, a formar parte de ellos, a descifrarlos, nos ensanchan, nos tientan. 

Sí, cuesta mucho moverse en las afueras, pero hay que hacerlo desde lo sencillo, lo elemental, solo así se llegará a lo profundo (Quien no perciba lo más sencillo, tampoco sentirá lo más hondo). Hablamos de un cambio en la mirada, quizás hacerla más cercana, más próxima, más al detalle, a lo natural, alejarla del bombo y lo artificioso. Y, así, nos moveremos medio palmo, no hacia un lado, sino hacia lo profundo. Hacia dentro, hacia lo verdadero.
El egoísmo y el orgullo son la nefasta degeneración de la autoestima. La clave está, pues, en poder decir yo sencillamente, o en decir yo pensando en mí lo menos posible.
Me tatuaría la cita anterior (me la he tatuado, y otras, en el alma). Explica tantas cosas: eso es la generosidad, no el dejar de decir yo, sino en hacerlo pensando en una misma lo menos posible. Y ahí, por esa grieta, entrará (y saldrá, devolviendo) toda la luz, toda la esperanza, toda la emoción... ¿Quiénes somos, si no están los otros? Es necesario, como diría Ayn Rand, un egoísmo razonable, una necesidad del yo para poder decir yo te amo, pero con ese matiz tan precioso y preciso que añade Esquirol: decir yo pensando en mí lo menos posible.

No es fácil, no. Y dudarás. Debes dudar, porque las dudas son resistencia: nos impulsan, nos mueven, cuestionan… Las dudas caben en las afueras, son necesarias, son aceptadas. Como lo son las heridas, que en sí mismas ya son transformación, sutura, cambio. Se acepta que el misterio es la vida, no la muerte y a esa tarea nos ponemos, a ese misterio, a resolver la vida, no la muerte. Con la conciencia y aceptación, sí, de la muerte, del fracaso, de la imperfección, la vulnerabilidad, la impureza… Pero también con la generosidad, la bondad, el amor (Todo lo que se ha amado a fondo sigue amándose), la complicidad, el intercambio, el agradecimiento, el dar(se), el acogimiento (del otro), la reflexión, el compañerismo...
Tratar de no dañar
Tratar
De
No
Dañar. 

¿Tan difícil es? Vivir en las afueras es difícil. Muy difícil. Nadie ha dicho que ser una buena persona sea fácil. Es más fácil dañar que esforzarse en no hacerlo. Pero se puede no dañar. Se puede desde lo pequeño, desde la paciencia, desde la constancia, desde la verdad, desde este medio palmo que estoy dispuesta a cruzar y mover.

Ah, sí, ya veis que es un ensayo. Sobre la vida humana, ahí es nada. Eso es la vida, en parte: un ensayo constante. No temed: es de lectura fácil, asequible, emotiva, bella. Josep María Esquirol es buen pedagogo, y practica aquello de lo que habla: transmite desde lo sencillo y, así, nos llega a lo más hondo. Es verdad que a veces parece reiterar ciertos conceptos e ideas en exceso, pero cuando terminas la lectura sabes que ha sido un recurso necesario, no utiliza ninguna palabra de más ni de menos ni por casualidad o adorno. Cuida cada detalle, cada contenido. Todo cobra forma, sentido y deja su poso. Terminas el libro y lo vuelves a abrir, recorres lo subrayado (mucho, muchísimo) y sabes que tendrás siempre cerca, muy cerca, dentro, muy dentro a La penúltima bondad.
Aquí, en las afueras, acurrucados sobre lo que amamos, generamos, pero también esperamos. No un paraíso perdido, ni una verdad impersonal –que dejaría de ser verdad- sino algún tipo de ternura, de calidez, de abrazo.
Te espero en las afueras. Ahí, aquí, nos vemos.