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lunes, 30 de junio de 2025

Seda (Alessandro Baricco)

 

Es un dolor extraño […] Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca


Esta frase parece profunda, está bien calibrada, bien embalada. Dice lo justo para parecer inolvidable, pero no llega a deslumbrar. Baricco no la escribe: la maneja con cálculo. Como todo en “Seda”, no busca herir sino sugerir que algo duele (mucho).


Seda” es un libro peligrosamente fácil de admirar. Es breve, bello y elegante. Parece diseñado para la unanimidad: nadie en su sano juicio podría decir que está mal escrito, y cualquiera con un mínimo de sensibilidad diría que es sutil. Cada frase está en su sitio, cada imagen se desvanece en el momento exacto, cada pausa ha sido calibrada para sugerir una emoción que no llega nunca a desbordar. El resultado: una pieza literaria bien hecha. 


Pero algo pasa cuando la perfección se vuelve tan pulcra. Cuesta saber si hay hondura o solo una superficie bien trabajada. “Seda” contiene una historia de obsesión callada y deseo mudo. La sinopsis cabe en un pañuelo de seda auténtica: un comerciante francés del siglo XIX viaja a Japón en busca de huevos de gusano de seda. Pero lo que encuentra (y lo que Baricco elige construir) es otra cosa: una imagen. Una mujer sin nombre. Un silencio que se agranda de viaje en viaje y que nunca se rompe. Una historia que parece un viaje, pero que al final es una vuelta a la rotonda con incienso.


La mujer no habla, no actúa, no respira narrativamente. No se le da voz ni se le concede siquiera el dudoso privilegio de tener un nombre. No es un personaje: es un holograma. Baricco la convierte en deseo puro. Si ella dijera siquiera “perdone, tengo nombre”, el edificio entero se vendría abajo. Porque la lógica de “Seda” depende de ese mecanismo: el deseo no puede cumplirse porque no puede tocarse


Esta elección tiene linaje: forma parte de una tradición larga (demasiado larga) en la que el objeto de deseo femenino se contempla, pero no se escucha. Baricco no inventa nada nuevo, pero lo depura como nadie. Cuanto menos dice ella, más puede proyectar él. Cuanto más se silencia, más se idealiza. Y cuanto más se idealiza, más se borra.


Ese mecanismo de borrado no es solo literario: es cultural. Y como toda lógica que funciona por omisión, tiene consecuencias políticas. Porque elegir contar el deseo de un hombre hacia una mujer que no habla es, en el fondo, elegir quién puede narrar el mundo y quién debe limitarse a ser narrado. Y lo hace con tanta elegancia que casi nadie se da cuenta.


El Japón del libro participa del mismo truco. No es un espacio con historia, tensiones o lenguas. Es un decorado exótico que cumple perfectamente con su papel de escenario para la transformación del personaje europeo. Ni una mención al contexto social, ni un personaje japonés con peso narrativo. Baricco no ridiculiza nada (faltaría más), pero tampoco se molesta en entrar. Elige el Oriente como espacio mítico, sensual, silencioso.


Ojo, que nada de esto convierte “Seda” en un mal libro. Ni mucho menos. Pero sí en un libro que parece no tener conflicto con nada. Ni con el deseo ni con el poder. No molesta. Y precisamente por eso se vuelve interesante leer con la mirada entrenada, la ironía encendida y la sospecha sin pestañear.


Sedapodría haber sido deslumbrante si se hubiera atrevido a dejar que su deseo le estropeara la belleza. Baricco parece haber dictado el libro desde un chaise longue de terciopelo gris. Y yo necesitaba que algo se desbordara, que el deseo quemara, aunque sea un poco. Pero no. Baricco sugiere, insinúa, se insinúa, y se diluye. Es como si se negara a dejar que su historia lo salpicara. Todo está demasiado protegido. Y ese cuidado extremo, que fascina en una primera lectura, empieza a parecer una belleza conservada al vacío en la segunda.


Seda”, en definitiva, deslumbra más por contención que por vértigo. El lenguaje utilizado, si pudiera, caminaría de puntillas. La forma gana la batalla al fondo; y eso no es tanto un accidente como un límite. Un libro que muchos admiran, algunos aman, pero que si afinas el oído… surge la sospecha: tanto equilibrio somete la lectura a su envoltorio. Es meritorio, sí. Pero más para regalar que para recordar.


Gracias, Alessandro Baricco. Gracias Xavier González Rovira y Carlos Gumpert (traductores)


©AnaBlasfuemia

miércoles, 7 de mayo de 2025

Réquiem por un campesino español (Ramón J. Sender)

Mosén Millán no conocía el vicio de la ingratitud”


Claro que no, Mosén Millán no era ingrato, ¡cómo iba a tener el vicio ese, podió!. El problema era a quién o a qué le debía gratitud: al poder, al dinero, a la jerarquía.Y así es cómo una virtud se convierte, ya no en vicio, sino en iniquidad.


Si hay un réquiem entonces hay un difunto por medio, hay una misa y hay un cura. Esta misa en concreto nadie la ha solicitado, ni siquiera los familiares del difunto. Es cosa del cura, Mosén Millán. El difunto era Paco el del Molino. Paco, así sin apellido, el del Molino. Paco, que ni tenía apellidos ni amistad con las familias pudientes de la aldea. Tres eran las familias pudientes. Pudientes: que tienen poder y riqueza (y tierras, aunque no papeles que lo demuestren). Tenía amistad, eso sí, con el resto de la aldea. 


El cura espera, espera rezando, a que familiares y amigos acudan al réquiem. El monaguillo recuerda bien a Paco: lo vio morir. Y recuerda que Paco no lloraba. Mosén Millán no solo recuerda la muerte de Paco. También recuerda su bautizo, su comunión, su boda. 


Mientras espera y reza el cura no comprende que nadie acuda ¡pero si todo el mundo quería a Paco! Bueno, tal vez don Gumersindo, don Valeriano y el señor Cástulo Pérez no le querían tanto. Oye, que casualidad: las tres familias “pudientes”.


El cura espera, reza y recuerda. Se querían, el Paco y el cura. De niño Paco hasta se sentía seguro a su lado. Pero Paco empieza a hacerse preguntas. Preguntas lógicas, inocentes, piadosas, sobre la pobreza (porque los aldeanos eran pobres, pero los que vivían en las cuevas lo eran aún más) y los arrendamientos de pastos. Preguntas sanas, justas, bondadosas, humanas. Y entonces ya no se siente tan protegido por el cura, no lo admiraba ya tanto. Hay una quiebra de confianza ahí, porque ¿qué tiene que decir nuestro cura sobre todo esto? Que por algo serán pobres, que hay desgracias peores que la pobreza, que si Dios permite la pobreza y el dolor será por algo. Por algo será, claro.


Había oído decir que aquellos señoritos de la ciudad iban a matar a todos los que habían votado en contra del rey


En fin, sucede lo que ya es historia de España. Y a Mosén Millán no le preocupa que maten a campesinos, a mujeres (“Como el médico estaba encarcelado, no era fácil que se curaran todas”), que dejen sus cadáveres en las cunetas, que las ejecuciones se produzcan siempre de noche… No, a este cura lo que le preocupa es que los maten sin darles tiempo para confesar. En cuanto “consienten” que les de la extremaunción ya le debe parecer suficiente… A mí todo esto me suena a lo que Arendt llamaba “la banalidad del mal”.


Paco se esconde. ¡Cómo se le ocurre suprimir los bienes de señorío, que los montes sean de todos y no se pague por ellos, que el arriendo de pastos vaya al municipio y mejore la vida de los aldeanos!. Así que ahora los señoritos de la ciudad buscan a Paco. Y Paco tiene que esconderse, no queda otra. Y recordemos quelos curas no mienten ni engañan y además tienen la virtud de la gratitud. Gratitud a quienes le regalaron una verja de hierro de forja para la capilla, a quienes le pagaban las reparaciones de la bóveda del templo (¡hasta dos veces!, cuánta generosidad, calderilla de rico)


Mosén Millán descubre el escondite de Paco y le promete que lo llevarían a un tribunal y lo juzgarían (con justicia, se supone). Y Paco, qué inocente, se entrega (cuántas veces la inocencia es castigada). Conocía Mosés a Paco el del Molino de toda la vida: le bautizó, le dio la primera comunión, le casó… Solo le faltaba algo: darle la extremaunción. 


En el pecado llevas la penitencia, Mosén Millán. Ni un réquiem te librará de la culpa y los remordimientos por tu complicidad con las fuerzas del poder y tu pasividad ante la injusticia. No hay redención. No, no acudirán al réquiem exculpatorio quienes querían a Paco. Solo quienes le mataron.


En “Réquiem por un campesino español” no hay lirismo ni sutilezas literarias. Es una narrativa llana, simple, sobria y directa. Una narrativa que relata casi de forma esquemática, con la fuerza y contundencia del realismo no carente de toda una profunda simbología, una alegoría en toda regla que resiste el paso de los años y las relecturas.


Gracias, Ramón J. Sender.


©AnaBlasfuemia

viernes, 28 de marzo de 2025

La hierba roja (Boris Vian)

 


A la gente inteligente no se la quiere


Las razones por las que he elegido esta cita del libro para iniciar mi comentario son lo bastante variopintas como para que ni se me ocurra exponerlas aquí. Pero sí me gustaría matizar que, aunque hay muchos tipos de inteligencia y por tanto una gran diversidad de personas inteligentes, en gran medida estoy bastante de acuerdo con la cita.


Boris Vian era una persona inteligente, con vastos conocimientos sobre distintas disciplinas. Un polímata que se dice. Novelista, poeta, ingeniero, periodista, traductor, músico de jazz. Apenas vivió 39 años y tuvo 37 identidades (27 contrastadas y el resto supuestas). No es que padeciera personalidad múltiple, eran heterónimos (Pessoa llegó a utilizar 70). Lo cierto es que la versatilidad de Vian hace difícil quedarse únicamente con su faceta de escritor y no considerar sus distintas dimensiones a la hora de leerle.


Me pregunto quién lee a Boris Vian hoy en día. Releerle seguro lo hacemos unos cuantos. Pero no tengo tan claro que haya muchos lectores que se acerquen actualmente a Vian por primera vez. Cierto que tampoco va a aparecer como novedad editorial, aunque haya editoriales dedicadas (o que tienen un apartado destinado para ello) a autores considerados “clásicos”. Tampoco voy a meterme en este berenjenal, únicamente lo dejo aquí.


El caso es que mi camino lector últimamente camina entre los libros que sé con certeza que me van a encantar, los que es probable me puedan gustar entre bastante y mucho y volver a los ya leídos. Releer libros es releerme a mí y también comprender porqué soy el tipo de lectora que soy. En ese camino de libros y autores que me han hecho esta lectora que soy estaba Boris Vian. Hola de nuevo, Boris.


Un resumen tramposo de “La hierba roja” sería el siguiente: El ingeniero Wolf construye, junto a su ayudante Folavril, una máquina del tiempo que le permite volver a su pasado y de esta forma enfrentarse a sus recuerdos, no tal como los recuerda, sino tal y como sucedieron. Y así, exorcizando y borrando esos recuerdos podría disfrutar más de los instantes de felicidad que la vida nos ofrece (generosa ella).


Digo que sería un resumen tramposo porque ávidos lectores de ciencia ficción y viajes en el tiempo podrían lanzarse a leer “La hierba roja”. Tranquilidad. Casualmente, hice esta relectura a la vez que vi la serie Materia oscura (Dark Matter) (que sí recomiendo a esos lectores de ciencia ficción y viajes en el tiempo), lo cual me ralló bastante la cabeza. Sobreviví.


La maquina del tiempo de “La hierba roja” no deja de ser como el sofá del psicoanalista. Venga, a hundirte en tu pasado y tus recuerdos. Eso sí, Vian no se eterniza en ellos, quiere finiquitarlos. Pero aprovecha esos viajes a su pasado para cuestionar los propios recuerdos (cómo los recordamos, cómo sucedió realmente aquello que recuerdas) y satirizar sobre la educación, los conocimientos, la religión, la familia, las mujeres…


No es spoiler, es realidad: intentar olvidar está destinado al fracaso más absoluto. Recordar no está mal, nada mal, si miras directamente a los ojos de eso que recuerdas. Gracias Boris Bian por enseñarme algo que tardé años en poner en práctica. 


La hierba roja” es el libro más autobiográfico de Vian, lo escribió mientras se separaba de su mujer (que le era infiel con Sartre). Como escritor, Vian se caracterizaba (entre otras cosas) por su humor mordaz y su surrealismo. De ambos (ese humor corrosivo y aspectos absurdos) está lleno “La hierba roja”, también de filosofía e introspección, pero siempre teñido por esa irrealidad surrealista típica de Vian: la hierba es roja, los perros hablan, los lugares son bizarros, las pitonisas son olientes y a la entrada de sus casas los cuervos ofrecen ratas a los visitantes, se disparan cerbatanas a niñas y jóvenes, un negro baila en una caverna custodiada por un guardián.. Todo así.


Si entre tus lecturas no te planteas el género del absurdo y del surrealismo como una de las múltiples herramientas de ahondar en el existencialismo ni se te ocurra acercarte a este libro ni a este autor. Si disfrutas de meterte en camisa de once varas, dejar de lado la lógica racional y aceptas la juguetona, experimental y provocadora narrativa de Vian, adelante.


Todos los profetas comenten el mismo error: tener razón


Gracias, Vian.


©AnaBlasfuemia

jueves, 13 de julio de 2023

El sendero de los nidos de araña (Italo Calvino)


Yo creo que nuestro trabajo político es éste, utilizar incluso nuestra miseria humana, utilizarla contra sí misma, para nuestra redención, así como los fascistas utilizan la miseria para perpetuar la miseria, y utilizan al hombre contra el hombre

Hay autores por los que siento un afecto especial, una lealtad inquebrantable, que me formaron como lectora. Están en los inicios de mi trayectoria con los libros, en esas lecturas por las que deambulaba muy verde y virgen de todo, con libros que posiblemente me quedaban grandes pero que, a su vez, me hacían crecer. Hay muchos autores y autoras en esos inicios. Italo Calvino es uno de ellos.

Tocaba volver a él y quise hacerlo con una relectura de la que es considerada una de sus obras menores, la primera novela que escribió. Pero claro, hablar de obra menor de un autor de la talla de Italo Calvino es hablar de un muy buen libro. Además ahora he apreciado muchísimo mejor el prefacio que el propio Calvino hizo en 1964, 17 años después de la primera edición. Y es que el prefacio me parece una genialidad exquisita, llena de giros generosos, un regalo de esos que nos hacen algunos escritores sobre su propia obra.

Escrita al finalizar la II Guerra Mundial y con un estilo neorrealista (inhabitual posteriormente en Calvino), a través de la voz de un niño, Pin, nos adentramos en la resistencia italiana, el mundo partisano que Calvino conocía bien puesto que perteneció a las Brigadas Partisanas Garibaldi. Pin es un niño huérfano, un niño viejo que vive con su hermana y al que todos le dan la espalda. Un niño que se comporta como los hombres de la taberna, por su boca salen obscenidades, insultos, chistes, bromas pesadas. Y canciones.

Los otros niños no lo entienden y los grandes se ríen de él. Pin es un rufián que, al igual que aquellos que se burlan de él o le ignoran, sólo intenta diluir la soledad, deshacer sus carencias. Porque más allá de consideraciones sociales y políticas, “El sendero de los nidos de araña” es también una reflexión sobre las carencias y sobre cómo éstas conforman nuestra identidad.

Llegar a no tener miedo, ésta es la meta última del hombre"

¿Y yo que cada vez tengo más (miedo)?

jueves, 3 de diciembre de 2020

El libro de la hospitalidad (Edmond Jabès)


Escribo sobre el olvido o, más bien, escribo el olvido y, a medida que lo escribo, olvido lo que escribo. ¿Quién leerá lo que no se puede leer? Leo para cada lector ingratamente frustrado. Leo para todos. Y mi lectura es una llamada desesperada. Con un utensilio puntiagudo, grababa, en la piedra friable, la palabra hospitalidad

No es algo que comente mucho pero estoy viviendo todo esto de la pandemia con muchísima introspección y cierta ansiedad. Ansiedad que es dolor. Dolor y perplejidad por la humanidad. Intento desesperadamente que no se me desdibuje la realidad en la burbuja de la “normalidad”, en ese aparentar que no pasa nada, que esto pasará y todo volverá a ser como antes. Especialmente los últimos días siento el pecho oprimido, y quizás la lectura de “El origen de los otros” me llevó a releer este libro que tanto cobijo bondadoso me dio en su momento.

Y siento que al releer a Jabés el pecho se me expande y vuelvo a respirar, emocionada, con esas lágrimas que provocan sentir que hay espacio (pequeño, sí, ínfimo, pero espacio: la brecha por la que entra la luz) para la esperanza.

Jabés, que presta su voz al otro, un sabio que es un desconocido, un extraño con el que dialoga, primando lo fragmentario, el verso sobre el texto, el mensaje claro: todos somos el otro para los demás, todos somos extraños y eso nos vuelve vulnerables. Recibamos al extraño, acojámoslo, seamos hospitalarios, bondadosos. Somos efímeros, no perdamos el tiempo en defender nuestro espacio, nuestro yo, con uñas y dientes. Acojamos al otro, aunque no sea al que esperábamos. Cuidemos a los demás.

Publicado póstumamente, Jabés escribió este libro haciendo balance de su vida, consciente de la premura de la muerte y luchando contra el olvido. Regresó al desierto y a esos nómadas que, paradójicamente, representan mejor que nadie el concepto de hospitalidad, la ayuda al otro sin preguntar, sin ni siquiera recordar, tiempo después, la ayuda prestada. Porque no es necesario recordar que la vulnerabilidad nos une y “podemos, entonces, elegir: negarnos o unirnos

Jamás la herida curará la herida

Un poco de hospitalidad, por favor.

©AnaBlasfuemia

martes, 28 de julio de 2020

El coleccionista (John Fowles)


Pero todo el mal que existe en el mundo se ha producido precisamente así: por acumulación de gotas. Sería absurdo decir que no tienen importancia las pequeñas gotas. Las pequeñas gotas y el océano son exactamente lo mismo

Uno de mis mayores sufrimientos de niña era ver que alguien mataba una mariposa. Creía, más que en cualquier otra cosa, salvo en la inmensidad del mar, que cuando se mataba una mariposa al día siguiente el cielo lloraba y llovía. Una lluvia triste y empapadora. Por eso la lluvia me llueve siempre. Por eso me inquieta quienes atrapan mariposas, las encierran y las dejan morir. Por eso hace años leí este thriller sobre un coleccionista de mariposas. Y vete tú a saber la razón pero ahora he vuelto a releerlo.

Alternando puntos de vista (secuestrador y secuestrada), Fowles vuelve a espeluznarme en esta relectura. Me pregunto qué me inquieta pero es una pregunta retórica, conozco la respuesta: la ignorancia del protagonista del daño y dolor que causa a su víctima, permanecer ajeno al mal que uno mismo causa, indiferente a las consecuencias de sus acciones, la lejanía con el otro, la condescendencia con uno mismo.

Las excusas del protagonista me repelen profundamente de la misma forma que me admira la capacidad de Fowles para dotar al protagonista de una consistencia real, así como para traspasar esa atmosfera claustrofóbica al lector, hasta el punto de apreciar con agradecimiento renovado cada gesto sencillo de libertad que poseemos, como poder abrir una puerta y atravesarla.

Quizás sea una gran habilidad de Fowles plasmar con aparente sencillez esos dobles raseros de la realidad o esas realidades que conviven en una misma supuesta realidad. Y desde esa sencillez para transmitir todas esas aristas profundas en la psicología de ambos personajes (el deseo de poseer, la lucha por la supervivencia) Fowles construye con maestría una mente capaz de construir una realidad paralela, una mente en lucha por la que, en algún momento, llegamos a sentir pena. Y eso es lo que realmente me turba.

La intertextualidad entre “El coleccionista” de Fowles y “La tempestad” de Shakespeare es puro deleite y un regalo para el lector.

Te perdono

domingo, 15 de septiembre de 2019

Meditaciones en tiempos de crisis (John Donne)


“Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un pedazo del continente, una parte del todo; si el mar se lleva un trozo de tierra, Europa mengua, como si fuese un promontorio, como si fuese la casa solariega de tus amigos o la tuya. La muerte de cualquier hombre me disminuye, pues soy parte de la humanidad. Y, por lo tanto, nunca mandes a nadie preguntar por quién doblan las campanas, pues doblan por ti

Los tiempos de crisis en los que Donne escribe sus meditaciones son los tiempos de convalecencia de una grave enfermedad, en las que refleja las distintas fases de su dolencia y recoge la cita más conocida y representativa de Donne: nadie es una isla.

La dialéctica de Donne es poderosísima, combinando lo abstracto y lo ordinario, lo intelectual con lo espiritual. Me fascina cómo a partir de la experiencia y la concienzuda observación de lo que le sucedía a su cuerpo reflexiona sobre el alma humana.

Entiende la enfermedad como una transformación en la que el enfermo ya no es él mismo, sino “otro”; la enfermedad como un desorden que se apodera de ti y puede destruirte. Una derrota del cuerpo, asimilando que el cuerpo es un espacio que habitamos, que en realidad no nos pertenece pero que debemos de abonar, cuidar, proteger y resguardar.

Releer estas meditaciones me ha vuelto a parecer un deslumbramiento en el que de nuevo me he rendido a la prosa de Donne, que escribe con premura desde la convalecencia y creando una literatura intensa e inmediata en las que reflexiona sobre el significado de la vida y la muerte y el aislamiento del enfermo, convirtiendo de esta forma el cuerpo del paciente en un texto literario incorruptible al paso del tiempo.

El miedo es la afección más invasiva y más enojosa

jueves, 12 de septiembre de 2019

La paga de los soldados (William Faulkner)


SEXO Y MUERTE: la puerta principal y la puerta posterior del mundo

Al principio Faulkner creó “La paga de los soldados”. La literatura era transparente, realista, férrea, decimonónica y objetiva. Y Faulkner dijo: hágase otra sintaxis y el flujo de conciencia. Y multiplicó los personajes y los puntos de vista, y alteró la estructura narrativa y temporal y reinventó la gramática. Vio Faulkner que eso era bueno, que estaba bien. Y revolucionó la literatura.

No sé si todos los libros del Faulkner son el mismo, pero sí sé que al volver a leer su primer libro publicado, “La paga de los soldados”, encuentro ya en él su sello personal y las razones de mi admiración por este autor. Llamativo que en una trama casi de folletín sobrevuele el personal y potente estilo narrativo de Faulkner, a pesar de que tan solo hay un esbozo de su posterior complejidad estilística.

La libertad se produce por la decisión: nunca espera inmóvil

Aunque toda la brillantez de Faulkner aquí está sólo bosquejada (digamos que es un Faulkner en construcción) destaca la facilidad con que utilizaba el lenguaje, la variedad de tramas manejadas con destreza, el peso de los personajes y la interacción entre ellos. Faulkner apenas estaba empezando a ser el dueño y señor de la palabra, y que dos libros después escribiera “El ruido y la furia” dice mucho sobre que Faulkner empezó a crear el universo un domingo y no un lunes.

El día se había hecho tarde y la tarde, crepúsculo y noche inminente; la noche, como un barco de velas color cera, soñaba obscuramente con el mundo navegando hacia la obscuridad. De repente descubrió que estaba pasando de un mundo obscuro, en el que había vivido tanto tiempo que ya no podía recordar, hasta un día luminoso que había pasado ya, que ya había sido gastado por los que vivieron, lloraron y murieron

miércoles, 24 de octubre de 2018

Sylvie (Gérard de Nerval)

Título original: Sylvie
Traductora: Ana María Moix
Páginas: 100
Publicación: 1953 (2009)
Editorial: Zeta 
Sinopsis: Con insólita sencillez, Gérard de Nerval narra con extraordinario genio poético el fracaso del deseo del protagonista de Sylvie: recobrar el primer amor vivido en el bucólico paraje donde pasó su infancia.

Si escribiera una novela, jamás lograría que la historia de un corazón dominado por dos amores simultáneos resultara verídica.
Un domingo (no) cualquiera de octubre. Llueve. Llueve con fluidez, en tonos grises y marrones. La lluvia me otoña. Me urge una lectura acorde con el día. Romanticismo. Hay mucho donde elegir. Romanticismo francés, por ejemplo. También hay mucho donde elegir. El que más a mano tengo, una relectura de Gérard de Nerval. Una obra breve, una vida breve, un relato breve: Sylvie, donde su prosa alcanza niveles de gran belleza, pero además con una estructura formal de gran perfección y una habilidad de quitarse el sombrero.

Hay muchas formas de leer los libros, una de ellas, especialmente con los clásicos, es hacerlo considerando la época, el contexto social y político, la biografía de quien los escribió, la corriente literaria en la que estaba enmarcado, la totalidad de la obra del autor... O puedes simplemente leer el libro sin más, flotando en la superficie, teniendo conciencia (o no) de la complejidad formal que hay detrás. Ahora que se cuestiona tanto qué es poesía o no, incluso qué es literatura o no (un concepto mal expresado, porque en todo caso podría hablarse de buena o mala literatura), me resulta llamativo que para hablar de lo que es poesía se apele a aspectos formales pero, sin embargo, a la hora de hablar de prosa o literatura (así en genérico) apenas se valore la construcción formal. 
¿Advierten realmente las mujeres qué palabras salen de los labios sin pasar por el corazón?
Me estoy metiendo en un jardín y no es lo que quería. No, porque llueve, es un domingo de octubre y he elegido leer este libro. Quiero centrarme en Sylvie.

De forma escuálida y raquítica puedo decir que Sylvie (con tintes autobiográficos) nos habla del amor del protagonista por dos mujeres y una tercera que sirve de bisagra entre ambas, un punto de unión simbólico entre ambos amores. Pero añadamos un poco de carne sobre ese cuerpo macilento que os acabo de presentar, porque estamos hablando de un poeta romántico que utiliza no sólo una escritura metafórica y lírica, sino que indaga sobre lo mítico y sobre la frontera entre lo real y lo imaginado, tal vez soñado. 

Y así, del amor real, el cercano, el posible, el que está a tu alcance y del amor platónico, el soñado, el ideal, el que imaginamos, de ambos trata Sylvie. De como finalmente ambos se escurren como agua en las manos.
Usted no me ama […] Persigue un drama, eso es todo, y no encuentra el final adecuado.
Sigamos engordando ese cuerpo, algo menos esquelético ya, y añadamos otra capa de fibra y músculo literario al asunto: el paso del tiempo. Porque hay un tiempo real que transcurre de forma líneal, en el que transcurren las pérdidas, lo efímero, la conciencia de lo limitado y finito de la vida. El tiempo histórico. Pero hay también un tiempo personal, íntimo, que transcurre por dentro, que no es lineal, es un tiempo movido por los hilos de la memoria y los recuerdos, en el que aflora lo perdido (infancia, personas, amores, sueños, esperanzas)...

Con ambos tiempos juega con pericia Gérard de Nerval, facilitando el cambio entre ambas secuencias temporales (la real y la de los recuerdos) para poner sobre el tapiz las tres mujeres que protagonizan este libro: Sylvie (el amor real), Adrienne (el amor idealizado) y Aurélie (el amor “bisagra” entre los dos anteriores)

Sylvie es un libro sobre la melancolía, la nostalgia, el paso del tiempo y la memoria. Los recuerdos como un refugio que no tienen, no obstante, consistencia suficiente para mitigar la soledad y el sufrimiento del presente. La sensibilidad poética y narrativa de Nerval entreteje ese conflicto entre lo real y lo utópico, consiguiendo aunar todos esos elementos que componen la búsqueda del amor ideal y la imposibilidad del mismo.

No debe ser casual que haya escogido esta lectura que tan bien recrea la proustiana búsqueda del tiempo perdido… Y así, transcurrió ese (no) cualquier domingo de otoño.
Caen las ilusiones, una tras otra, como las cortezas de un fruto, y el fruto es la experiencia. Su sabor es amargo, pero tiene algo acre que fortifica.

jueves, 18 de octubre de 2018

Yonqui (William Burroughs)

Título original: Junkie
Traductores: Martín Lendínez y Francesc Roca
Páginas: 224
Publicación: 1953 (1997)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Burroughs aún no era el autor de El almuerzo desnudo, ni se había constituido en el gran visionario de nuestra época, que ha inspirado a escritores, a músicos, a pintores y a cineastas, pero en esta descarnada, deslumbrante crónica de una adicción los vagabundeos en busca de droga, la avidez por el chute, la peculiar sexualidad y las no menos extrañas relaciones nacidas en la comunión de la droga estaba ya el fundamento de toda su obra posterior. 
Nadie decide ser un adicto. Una mañana uno se despierta enfermo y ya es un adicto.
A veces releo libros para contrastar lo que el paso del tiempo hace, no solo con los libros, sino conmigo o con mis propias sensaciones. Una forma de re-situarme, o incluso de comprenderme a mí misma. Para recordar también porqué me impactó en su momento ese libro, si sigue manteniendo la misma fuerza que en su momento me noqueó.

La droga, la droga, la puta de la droga… Años ha, mi primer acercamiento a Burroughs fue con este libro, que ahora quise releer y saber si las sensaciones de aquella primera lectura seguían vigentes. Y si bien es verdad que con los años, las experiencias y el conocimiento demasiado cercano del mundo de la droga, pierde parte de su impacto y se queda incluso corto, aun así y tomando la perspectiva de los años en que fue escrito sigue siendo igualmente impresionante y brutal. Porque la droga lo es. Lo sigue siendo y lo seguirá siendo. 
Cuando uno deja de crecer empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer.
Burroughs sabe bien de qué habla, ya que no solo la novela (su primera novela) es autobiográfica, es que fue un adicto hasta el fin de sus días, dependiente de la metadona. Y es que el adicto, a lo que sea, lo será toda su vida.

Aunque Burroughs fue narrativamente un innovador, en Yonqui el tono es estrictamente realista, casi de reportaje periodístico: directo, descriptivo, no hay emociones ni sentimientos ni siquiera juicios de valor, solo brutalidad, dureza, suciedad… La atrocidad de la droga sin ningún tipo de filtro, desapasionado.
Todos creemos al principio que podremos controlarlo. Luego ya dejamos de querer controlarlo.
Ni siquiera podemos alcanzar a saber qué lleva a alguien a la droga. Ocurre. ¿Falta de motivación? ¿Intensidad mal dirigida? ¿Búsqueda de experiencias? ¿Inercia? ¿Dejarse llevar? En cualquier caso, una vez que empiezas, ya no paras, no hay punto de retorno. Hay adicción, desenganche, reenganche, droga, alcohol, miseria.

Para alguien que criticaba duramente la alineación social, no deja de ser paradójico el hecho de que negara la naturaleza de su propia adicción, cuando pocas cosas alinean más que las adicciones, sean del tipo que sean. 

Bien es verdad que el relato, descarnado, sucio, esperpéntico en ocasiones, resulta ser finalmente un alegato antidroga porque hay que estar muy loco para meterse en un mundo así después de leer Yonqui. Ni siquiera había hecho su aparición el SIDA. El puto, malparido, SIDA.

Pero tal vez ese sea, siga siendo, el mérito de este libro: Burroughs no hace juicios, describe sin pasión, sin reflexiones que te lleven a una u otra dirección. Muestra la brutalidad descarnada de la droga, y lo hace con la mirada del drogadicto. No pide comprensión, justificación ni compasión.
He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la yerba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir.
Es un libro molesto, porque la droga lo es. Más molesto aún es la idealización de la droga. La droga es un modo de morir, no una manera de vivir. No sólo es un libro molesto, es perverso también, puesto que el protagonista consigue dejar la droga alguna vez, pero siempre recae ¿por qué? Porque la alternativa de la heroína le parece mejor que la alternativa de vivir sin ella. Y eso es atroz… da mucho que pensar.