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miércoles, 9 de noviembre de 2016

En Grand Central Station me senté y lloré (Elizabeth Smart)

Título original: By Grand Central Station I sat down and wept
Traductora: Laura Freixas
Páginas: 155
Publicación: 1945 (2009)
Editorial: Periférica
Sinopsis: Esta novela autobiográfica, publicada por primera vez en 1945, y que muy pronto se convertirá en un verdadero libro de culto al ser traducida a numerosos idiomas, narra con un lenguaje prodigioso, lleno de imágenes tan originales como potentes, la pasión de su autora por un hombre casado del que se enamoraría incluso antes de conocerlo personalmente.
Pero la acedera y la paloma torcaz, que sólo se ocupan de las cosas eternas, ¿qué pueden saber de la espinosa sociabilidad humana? ¿Qué saben de cómo las horas de espera, la inacción, el silencio, aprietan la cabeza con una fuerza que sofoca?
No leo para entretenerme. No repudio, menosprecio ni minusvaloro la lectura de evasión. He acudido a ella en diversas etapas de mi vida y no puedo decir que no volveré a leer algún libro con la única finalidad de escapar de los arañazos del existir. 

Los libros me han salvado la vida. No es una forma de hablar, es una realidad. No han sido los únicos. Pero han jugado ese papel. Miraba mis estanterías, tanto libro por leer, miraba uno, otro, y me decía “quiero leerlo, tengo que leerlo”. Y eso me abría un futuro. Un futuro largo, si tengo en cuenta la cantidad de libros que quiero leer y esperan, pacientes y tentadores, en cada balda de las estanterías (varias). Eso es salvar una vida: abrirle un futuro.

En Grand Central Station me senté y lloré llevaba tiempo esperándome. Lo cogía, lo empezaba, lo volvía a dejar. No, no es el momento, me decía. Pero sabía que no habría un “buen” momento para leer este libro. Me equivocaba. Había un “buen” momento: este, justo este
Si conservara la lucidez necesaria para recordar que mi apatía procede en línea recta de un amor excesivamente intenso, todo quedaría demostrado. Pero la lógica no está al servicio del amor, ni suele tampoco acompañar los estados de coma.
Estoy flotando a la deriva. Sin cabeza. Peligrosamente deshabitada.
Me gusta subrayar mientras leo. Escribir notas al margen, hacer algún dibujo, llenarlo de exclamaciones, interrogantes, admiraciones, onomatopeyas, puntos suspensivos, reflexiones… Con este libro es un error. Empiezas a subrayar el primer párrafo (Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo) y trazas una línea continua, página a página, hasta la frase final (Amor mío, cariño, ¿me oyes, desde ahí donde duermes?).
El obstáculo que el amor no puede vencer no son las certezas, sino las dudas, las dudas terribles: un Vesubio en mi estómago, la duda aporta suficientes indicios para que yo misma descifre el acertijo, y el acertijo dice: estás perdida.
A las tres páginas suelto el lápiz. Quiero leer despacio, hacia delante y hacia detrás, hacia arriba y hacia abajo, hacia dentro y hacia fuera. Quedarme en este libro, en sus palabras, en las sensaciones, en cómo está escrito, en lo que cuenta. Tan intenso, tanta magnificencia en cada palabra y su combinación que dejas de respirar, entras en apnea y cuando la falta de oxígeno te golpea el cerebro abres la boca y coges aire de nuevo, una bocanada que hace que dejes el libro, lo mires con asombro y te proveas de todo el aire circundante para (re)llenar los pulmones y seguir leyendo sin respiración. 
El tiempo entero es ahora, y el tiempo no puede ofrecer nada mejor. Nada puede ser más ahora que ahora, y antes de ahora nada era. No hay hechos menores en la vida, sólo existe un hecho, éste, único y colosal.
Dos cosas. Una, la mejor sinopsis de este libro es la biografía de Elizabeth Smart. Intentaré resumir al máximo: Un día, tenía ella 24 años, entró a una librería. Cogió un libro de poemas de un tal George Barker. Lo leyó. Se enamoró. Del libro y del autor. Se enamoró para siempre. Para siempre. Mantuvo correspondencia con él, lo que avivó más la locura de la pasión, del amor verdadero. Ese para el que naciste. Otro día, tres años después, se conocieron. Barker estaba casado, lo que no impidió que Elizabeth y él vivieran una intensa y tormentosa historia de amor, y tuvieran tres hijos en común (Barker tuvo hasta 15 hijos de distintas mujeres). Alcohol, pasión, libros, peleas, fogosidad, separaciones, encuentros, amor… (Escucho un  “algo” que me resuena dentro). En este libro Elizabeth Smart no es que narre su amor, sino que lo describe, describe las emociones que la atraviesan, dibuja un paisaje de sensaciones, pasiones, desasosiego, dolor, amor... Y de qué forma, madre mía.
Recuerda: yo no soy el desahogo, sino la meta.No pretendo cegarte, sino encontrarte.
Dos, no es una novela. Es poesía, de principio a fin. Está muy de moda ahora deconstruir la poesía y su estructura, como si fuera novedad. Si esto se viene haciendo de toda la vida. Para muestra, el botón de Elizabeth Smart. Llámalo como quieras, novela, autobiografía, prosa poética,… De principio a fin lo que tengo delante es un poema soberbio sobre ese amor que se escribe en minúsculas y se vive en mayúsculas.  Diría incluso un poema épico en el que se exalta y enardece el amor. También el dolor. Porque existe ese amor, doy fe, rayano a lo enfermizo: incondicional, encarnizado, rebelde, generoso, tenaz. Mortal. Ni una concesión a la resignación.

Es un libro de lectura lenta y sensaciones prolongadas y persistentes, plagado de metáforas, sarcasmo, literatura, crítica, amor, fogosidad. No hay hechos, no hay acción, no hay más hechos que el amor. Una lectura de esas inabarcables, que reclaman oxígeno para deslizarse con sosiego (y cierta inquietud) por sus párrafos, con la piel desnuda y la certeza de tener una rara y abrumadora belleza entre las manos.
Yo no pude elegir. Para mí no hubo cruce de caminos.