“EL CLIENTE: Dios hizo el mundo en seis días, y a usted no le da vergüenza necesitar seis meses para hacerme un pantalón.
EL SASTRE: Pero, señor, mire usted el mundo, y mire su pantalón”
Podría parecer este libro un ensayo sobre pintores, pero en realidad es un parte de averías: la imagen no llega, el mundo no encaja y los pantalones aprietan.
La anécdota del cliente y el sastre no es una broma ni un marco narrativo. Si el universo fue mal hecho, es porque se encargó mal. El mundo está mal hecho, el pantalón también, y la pintura insiste ahí en medio, como si aún tuviera algo que resolver. Beckett no analiza ni defiende ni se decanta, lo que hace es constatar.
Gerardus Van Velde le interesa porque no evoca nada: ni el mundo, ni el cambio. Su pintura no representa nada, pero tampoco desaparece. Beckett no lo admiraba porque le gustaran sus cuadros, sino porque reconocía en él la misma vacilación y la misma renuncia que sentía en su interior. No se trataba de pintar bien ni mal, sino de pintar no habiendo ya motivos para hacerlo. La insistencia en que el gesto sobreviva a su sentido.
En “Pintores del impedimento” Beckett los agrupa como quien junta piezas no porque combinen, sino porque todas están melladas en el mismo punto. Hay un aire de familia entre quienes pintan no desde la inspiración, sino desde el agotamiento. Pintan porque no pueden no hacerlo y lo que sale son imágenes que no llegan a serlo, superficies que parecen borrarse a medida que se construyen. Beckett no les dedica un ensayo, les dedica un gesto de reconocimiento.
Abraham Van Velde aparece con su pintura más difusa, más indecisa, menos rigurosa que la de su hermano. Y aparece sin excesos, sin mostrarse. Beckett se limita a seguir dando parte: algunos siguen pintando como si no hubiera alternativa, sin alarde y sin expectativa.
La carta a Georges Duthuit no presenta a un nuevo pintor, pero sí una forma distinta de mirarlo. Aquí Beckett ya no observa, discute. Le lleva la contraria a Duthuit y, de paso, al arte que todavía se toma en serio. No le interesan los colores ni las formas, sino esa obstinación muda en seguir pintando. Persistir sin fe, sin objetivo, y si eso no es arte, al menos es algo que pasa.
Beckett se acercaba a la pintura con una mezcla de pudor, precisión y hartazgo: sin pedestal, sin teoría, sin esperanza. Solo con los zapatos puestos. Y los pantalones.
No escribió estos textos para explicar el arte ni para defenderlo. Los escribió para no dejarlo solo, al igual que se acompaña a alguien que ya no habla ni se mueve pero sigue respirando. A veces parece que no dice nada. Pero es ahí donde todo ocurre: en el resto de hilo, cuando ya se ha descosido el argumento y el pantalón.
Gracias, Samuel Beckett. Gracias, Manuel Arranz (traducción)
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