domingo, 30 de agosto de 2026

El último amor de Baba Dunja (Alina Bronsky)

Si a mi edad los seres humanos me siguieran asombrando, no tendría tiempo ni para cepillarme los dientes


Afortunadamente para mis dientes, me los cepillo varias veces al día. Pero que la gente me sigue asombrando, también. Para bien o para mal. No sé porqué me asombro de asombrarme, pero lo hago. Al grano: ¿puede gustarme un libro al que le encuentro varios “peros” o puntos débiles? Pues sí. Tal vez haya que definir qué significa “gustar”: que he disfrutado de la lectura, ha sido amena, agradable y me he sentido cómoda entre sus páginas, su historia y sus personajes.


Aquí lo importante es la voz de Baja Dunja, que es donde el libro encuentra su casa y su frontera. Casa, porque cobija; frontera, porque delimita hasta dónde se entra y hasta dónde no. La calidez no viene de la dulzura, sino de la obstinación de Baba y de la sequedad de la prosa: como si la crudeza de la voz se convirtiera en una manta, paradójicamente. Ese contraste (un lugar inhabitable contado como si fuese un refugio de cuento oral) es lo que hace acogedora la lectura.


Los personajes que orbitan a esa voz (vecinos que han elegido regresar, presencias obstinadas que hacen habitable lo inhóspito) viven atentos a lo inmediato: regar el huerto, calentar agua, aceptar que el Estado es un rumor lejano y que la vida se sostiene con arreglos pequeños. Baba se convierte en matriarca improbable de un pueblo fantasma, que a la vez funciona como espejo de los vivos que huyen. Nada solemne. Nada lacrimógeno. 


El vínculo de Baba con la hija y, por extensión, con la nieta, es donde la voz encuentra su mayor hondura. En las cartas (y en los silencios de esas cartas) hay algo más que el tópico del “amor materno”, hablan del deseo de conservar algo entre ellas: unas palabras compartidas, una manera de reconocerse, incluso cuando la distancia y el desacuerdo las vuelven frágiles. Cuando la acción cede espacio a esos mensajes incompletos, Bronsky alcanza una cercanía contenida y verdadera.


Baba es una persona dura pero bondadosa, sabia pero no hipócrita. Bronsky logra ese equilibrio porque no la convierte en caricatura de anciana cascarrabias ni en figura angelical, sino en alguien que ha sobrevivido demasiado como para andar con delicadezas, pero que tampoco ha perdido la humanidad básica que la vincula a los demás.


Ahora, los “peros”. La llegada de un forastero con una niña altera un tono que hasta entonces parecía avanzar sin esfuerzo. Comprendo la función de ese episodio, pero el conflicto se vuelve demasiado visible. Se mantiene el interés pero se pierde la cadencia, que se ve sustituida por un ritmo más pendiente de precipitar los hechos.


Algo parecido me sucede con la paz improbable de la aldea. Bronsky apuesta por mostrar una vida que, contra pronóstico, florece en la zona de exclusión: huertos, rutinas, conversaciones al sol. Decide colocar un contexto frágil pero idílico donde esperaríamos el infierno permanente.


Y sin embargo, el final. Sin entrar en detalles, el último movimiento me pareció inteligente porque devuelve el centro a lo que nunca dejó de latir, la relación con la hija, y añade una variación que ilumina retrospectivamente la palabra “amor” del título. No amor redentor (no es esa clase de libro), sino amor como decisión de continuidad frente al agotamiento, amor que no corrige el pasado pero sí estira un hilo hacia adelante. Todo lo que parecía “menor” adquiere ahí dimensión moral.


A esto me refería: me he dejado llevar por la voz de Baba sin renunciar a discutir con el libro cuando aceleraba o cuando afinaba demasiado su fábula. He disfrutado de algunos secundarios. He sentido que la escritura de Bronsky está al servicio de una pregunta sencilla: ¿qué hace habitable un lugar inhabitable? No sólo un lugar físico, sino también el emocional (el “lugar” de las relaciones familiares).


Me quedo con Baba Dunja, que nunca necesita presentarse como víctima ni como ejemplo, y con un final que desplaza unas pocas piezas y modifica el sentido de lo anterior. Baba Dunja ha cuidado de la casa, del huerto y de sus vecinos con el mismo empeño con el que Bronsky ha cuidado esta historia.


Gracias, Alina Bronsky. Gracias, Ariel Magnus (traducción)


©AnaBlasfuemia



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