viernes, 28 de agosto de 2026

Recuerdos de un jardinero inglés (Reginald Arkell)


Y, si te paras a pensarlo, el mundo empezó en un jardín”.


Con este libro me ocurrió algo raro: me bajó la intensidad. No me invitó a la pelea ni a la vigilancia, no me puso delante un rompecabezas ni me exigió justificarme como lectora, no me empujó hacia ninguna revelación impostada; simplemente me sentó en una silla (tal vez una mecedora) y me dejó escuchar a un hombre que cuenta su vida de la misma forma que transcurren las estaciones de un jardín bien llevado, con su ritmo propio, su insistencia y su obstinación.


Desde el principio y hasta el final, la sensación es la misma: me sentí acogida. No por el argumento, que es deliberadamente modesto, sino por la voz. Una narración cercana, amable, que no compite por tu atención ni la secuestra, que no dramatiza su importancia ni se reviste de gravedad artificial. El narrador habla como si no tuviera nada que demostrar, y esa renuncia a la grandilocuencia es, precisamente, lo que me ha atrapado. No hay giros, no hay sobresaltos, no momentos diseñados para impresionar: hay una vida.


Esa vida es, en apariencia, gris, normal, incluso intercambiable. Arkell elige de forma consciente contar una existencia anónima, definida por una vocación concreta, sostenida durante años sin heroicidad ni recompensa simbólica. Esto no va de triunfar ni de fracasar, va del amor a tu oficio. Se aprende, se mejora, se insiste. La jardinería es el lugar desde el que se organiza el tiempo, el carácter, la relación con los demás y con uno mismo. Una forma de estar en el mundo (de las muchas posibles)


La nostalgia que atraviesa el texto es evidente, pero está tratada con una contención que agradecí. No hay lamento ni denuncia, tampoco idealización ruidosa. El mundo rural es un espacio ordenado, reconocible, con reglas claras y jerarquías asumidas. No se juzga ese mundo, sino que se recuerda. Esa memoria tiene algo de bucólica, pero entendida de la manera más literal y menos ornamental posible: como un clima de calma, de repetición, de continuidad. Un lugar donde el tiempo no aprieta y donde la vida se mide en ciclos, no en acontecimientos.


El estilo acompaña esa decisión con una sencillez muy consciente. Una prosa que no quiere exhibirse ni adornarse ni buscar frases memorables. Su función es permitir que el recuerdo avance sin tropiezos, que los episodios se encadenen con naturalidad, que la voz se mantenga estable. Esa sobriedad, lejos de empobrecer el texto, lo vuelve hospitalario. Leerlo es descansar de la literatura que grita, que exige, que quiere ser más que el lector.


Tengo la impresión de haber acompañado una vida completa sin que en ningún momento se me pidiera admiración ni compasión. Solo atención. “Recuerdos de un jardinero inglés” no pretende cambiar nada ni iluminar zonas oscuras, se conforma (y no es poco) con mostrar cómo una vocación puede dar forma a una existencia entera, incluso cuando esa existencia no deja huella visible.


Es un libro que acepta su propia modestia y la convierte en virtud. Puede parecer poco ambicioso, incluso plano, a quien busque intensidad o conflicto, pero para quien se acerque sin exigirle más de lo que ofrece, resulta profundamente coherente: una narración serena sobre una vida dedicada a algo concreto, contada con la misma paciencia con la que se cuida un jardín. Y quizá por eso después de leerlo tengo una calma persistente, de esas que no necesitan explicación.


Gracias, Reginald Arkell. Gracias, Ángeles de los Santos (Traducción)


©Ana Blasfuemia




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