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jueves, 11 de marzo de 2021

Historias del arcoíris (William T. Vollmann)

 


Las palabras sólo nos muestran el lado bueno de las cosas pero no llevan la bondad a nuestros corazones

Empecé a leer este libro (más de 500 páginas turbias, francas, desafiantes, ásperas…) con cierta sensación de desamparo que se entremezclaba con un leve cosquilleo de placer. Y lo he finalizado con la certeza de una conquista, de haber transitado por el arcoíris de lo marginal, de esos mundos tan secundarios que preferimos ignorar, como si no convivieran con nuestro propio mundo.

Con un estilo periodístico y antinarrativo Vollmann se centra, más que en los personajes, en sus elecciones morales, y lo hace a través de 13 colores, 13 historias (que se replican a sí mismas, estallando en historias dentro de historias) que se mueven en los aledaños, las afueras, ahí donde la vida es más difícil, más sórdida, pero también más caleidoscópica, al igual que la escritura del propio Vollmann.

El arcoíris es la descomposición de la luz blanca, pero Vollmann nos muestra historias de personas que viven en la oscuridad (“lo más bello es la oscuridad más oscura”). Ahí es donde está la miseria y todos sus matices, ese espectro de penuria del que Vollmann se convierte en reportero de personas a las que no juzga y que viven en un equilibrio precario, entre lo ilegal y lo crudo, concediéndoles la luz que les negamos. Recoge las “sobras” antes de que se pudran, esos restos que tiramos a la basura, y hace de ellos un compost que se convertirá en abono, un fertilizante natural de la bondad.

La vida es un tropezón

No es un libro fácil, Vollmann no es un autor fácil: es excesivo, torrencial, ambicioso. Intimida. Pero es un escritor que nos saca del marasmo, de la mediocridad literaria, y sobre todo nos saca de nuestros pequeños y confortables mundos. Es un provocador majestuoso que busca incitar a la amabilidad. Y tal vez busque también el sudor de la frente del esforzado lector para ganarse un trozo de pan, eso sí: hecho con masa madre. Yo lo he sudado como se suda cuando escalas un ochomil: sin oxígeno. 

©AnaBlasfuemia

miércoles, 20 de enero de 2021

Biografía provisional de Mose Eakins (Evan Dara)


 “Recuerda que el envoltorio visible de la verdad es el silencio

Hay quien reza para aliviar el dolor. Yo digo tacos (joder, coño, hostiaputa, mecagoenlaleche), uso palabras, las callo, las mimo, las regalo. El lenguaje es mi religión. Las palabras como un misterio, íntimas dentro, ajenas fuera, daño o sosiego, caricia o puñalada. Las palabras son incontrolables ¿quién las domestica? Somos historias y palabras. Pero… ¿qué valor tienen? ¿y si tus palabras no significaran nada para los demás?

En esta sociedad de cultura de masas, competencia, capitalismo, palabrería vacua… ¿qué valor tienen las palabras? ¿cotizarán algún día en la Bolsa?

Biografía provisional de Mose Eakins” es un desafío para el lector. Me chiflan los escritores que arriesgan, que experimentan con el lenguaje y las estructuras narrativas. Pero no como un adorno, sino con un fin. De hecho algunos fragmentos de este libro son como un ensayo teatralizado. Hay una idea que se quiere transmitir y para ello se utiliza el propio lenguaje y sus límites, sus juegos, nada de zona de confort ni el disfraz de lo comercial y lo superfluo. Es una apuesta dura, para lectores que acepten ciertas aventuras. No hay reglas conocidas ni patrones familiares.

Hay un compromiso por parte de Evan Dara que evidentemente nada tiene que ver con lo comercial y lucrativo de la literatura, sino con la parte más experiencial (tanto para el escritor como para el lector). Fascinante ver cómo el protagonista de esta obra se desgarra porque nada de lo que dice parece tener sentido para los demás. Esa sensación de que, en verdad, te oyen pero no te escuchan. Y que todo lo que hablan los demás es yoismo en estado puro y duro.

Mi sensación es que Evan Dara no sólo habla de la degradación del lenguaje tanto en su aspecto comunicativo como creativo, sino también que, de forma más o menos sutil, todo esto sucede bajo el yugo de una sociedad capitalista que ha empobrecido y vaciado el lenguaje.

Se puede hablar mucho y mucho tiempo sobre esto, pero que se ponga este tema sobre el tapete de la forma que hace Dara me parece deslumbrante. Parodia experimental, sí, pero transmite verdad. Y exige complicidad.

©AnaBlasfuemia

miércoles, 21 de octubre de 2020

La peste blanca (Karel Čapek)


En 1937 Čapek escribió “La peste blanca”, una obra de teatro sobre una pandemia provocada por un virus procedente de China que se propagaba con extraordinaria facilidad, afectaba a las personas a partir de una edad (50 años, de los de entonces), se transmitía entre humanos pero no lo transmitían los animales, no había vacuna para la enfermedad… ¿Os suena, verdad? Vivimos en una distopía que alguien muy lúcido ya había escrito. Pone los pelos de punta.

Pues las terribles similitudes entre nuestra realidad y la descrita por Čapek no se limitan a la descripción de una enfermedad semejante al coronavirus que nos arrasa en pleno siglo XXI. Lo dramático de esta ágil e incisiva obra de teatro es el retrato que hace del ser humano ante una situación de crisis sanitaria. Y digo dramático porque estamos asistiendo al mismo espectáculo dantesco que Čapek relata con ironía y mucha, muchísima precisión: el egoísmo, el sálvese quien pueda, el poder antes que la solidaridad, la política antes que la ciencia, la guerra antes que la paz, la economía antes que la salud…

Y no puedo evitar, después de leer este libro, admirarme una vez más de que haya autores que hayan plasmado con tanta facilidad las miserias del ser humano y no es que sean visionarios porque esas miserias siempre son las mismas, la piedra en la que tropezamos una y otra vez ya tiene callo, nos falta rebeldía, generosidad, compromiso y solidaridad y nos sobra egoísmo, individualismo, ingratitud y codicia.

Casi cien años después no parece que hayamos avanzado tanto, el afán por la riqueza y el poder sigue pisoteando cualquier derecho humano, incluso el derecho a la salud. Que esta lectura sea atemporal se debe tanto a la genialidad de Čapek como a nuestra propia egolatría.

La peste blanca” no es un libro esperanzador y quizás eso debiera de ser un aviso. Estamos a tiempo. Nunca recomiendo lecturas porque leer es algo personal. Pero, si pudiera, repartiría este libro en las puertas del Congreso y del Senado a esos seres que se supone deberían protegernos y nos están dejando en la indefensión más absoluta. Están todos retratados (aunque, como buenos borricos con orejeras y ombligo pomposo que son, no sabrían reconocerse). Puñeteros demagogos.

Čapek escribió el libro en pleno apogeo del fascismo… Eso sí que pone los pelos de punta.

©AnaBlasfuemia