Título original: Astrid and Veronika
Traductora: Gemma Moral Bartolomé
Páginas: 224
Publicación: 2005 (2009)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788498382433
Sinopsis: Para enfrentarse en soledad a una pérdida reciente, Veronika, una joven escritora, se instala en una casita de campo en una zona boscosa del interior de Suecia. En ese enclave donde reinan la paz y el silencio, su único contacto con el mundo es Astrid, una mujer taciturna que habita la única casa de los alrededores y con quien apenas intercambia un saludo de vez en cuando. En apariencia, las dos mujeres tienen poco en común: Veronika ronda la treintena, ha recorrido medio mundo y ahora busca la reclusión; Astrid, por el contrario, es anciana, nunca ha salido de su pueblo y no tiene quien la visite. Y sin embargo, a partir de una circunstancia imprevista, ambas inician una frágil relación que, a medida que el invierno deja paso a la primavera, va creando entre ellas un espacio de intimidad que les permite hablar de su pasado y sus recuerdos. Con la llegada de las primeras fresas silvestres, los secretos que atormentan a cada una de ellas saldrán a la luz, y su profunda y sincera amistad dará nuevo sentido a sus vidas.
Verte llegar fue como esa primera luz tras una larga oscuridad. Observé tu esbelta silueta en el haz de los faros del coche mientras descargabas tu equipaje. Me quedé junto a la ventana hasta mucho después de que hubieras cerrado la puerta. Vi apagarse las luces una tras otra. Y creo que supe que la vida había regresado.
El libro estaba en casa. Necesitaba de lecturas menos viscerales, más amables con mis heridas, que necesitan cicatrizarse a la luz mientras mi sangre puede seguir su alocado caudal, sin salirse de las venas por algún orificio. Además me llaman la atención los autores nórdicos, especialmente si abordan historias alejadas de la novela negra. Le había llegado el momento a Astrid y Veronika.
Y a ver cómo cuento. Porque este libro gustará a mucha gente. Es una lectura agradable, tranquila, cómoda, bondadosa… Un buen refugio para la mayoría de lectores.
Pero. Pero llega Ana Blasfuemia y saca su repertorio de porompomperos. Pero.
Y es que me ha gustado mucho, muchísimo, lo que Olsson quiere contar. Lo que pretende contar, la intención. Pero la ejecución. El cómo. Ay.
Me encanta, repito, me encanta, la historia que pone en la mesa Olsson. Un encuentro de dos mujeres heridas, una joven y una anciana, y que ambas se cuenten la una a la otra, ahuyentando la soledad y el dolor a través del mágico conjuro de la amistad. Contarse. ¿Hay algo más bonito en la vida que contarse a otra persona y que se te cuenten a ti? Pocas. La idea me parecía atractiva. Mucho.
¿Dónde está el problema? Que hay que hilar fino, sensible, preciso, para poder tejer bien el entramado emocional de un encuentro entre dos personas que parecían destinadas a mostrarse el alma la una a la otra desde mucho antes de conocerse. Y por ahí, como que no. Le falta solidez y argumento a ese andamio emocional, a la construcción de una amistad en la que te desnudas por dentro, sin red y a tumba abierta.
¿Lo hacen? ¿Se cuentan? ¿Desnudan su alma? Sí. Pero de una manera… artificial. Se cuentan sus historias como si no se hubieran escuchado mutuamente, una especie de “ahora tú, ahora yo” en la que se deja de lado lo que siente una al escuchar a la otra. Como si tuvieran tantas ganas de contarse que no se escucharan. Y así, es difícil de entender ese lazo afectivo que les une. Se supone, se da por hecho, pero no se transmite. Eso es, no transmite cómo se construye la relación entre Astrid y Veronika.
En El Powerbook leí: “Un desconocido es un lugar seguro. A un desconocido puedes contarle lo que quieras”. Pues ese lugar seguro, cómo se construye, es lo que nos roba Olsson. Convierte a dos desconocidas en dos amigas, con una amistad profunda, honesta, especial, pero nos deja huérfanos del cómo se produce. Lo intenta, sí, pero lo da por hecho muy pronto, en su afán de que ambas se cuenten, privándonos de lo más bonito de una relación (la que sea): su cimentación, sus inicios, su confección. Ese entramado es precioso, siempre. Y es por eso que muchas veces no percibía diálogo entre Astrid y Veronika, sino monólogos que se sucedían en riguroso turno.
No todo va a ser candela. Además de ese contarse mutuamente, también me ha gustado mucho la idea de las casas como seres vivos, más allá de cuatro paredes que nos acogen. La casa como un hogar que respira al unísono de quienes la habitan. Una piel de quienes viven en su interior, transmutándose a la vez que sus habitantes.
Es un libro tranquilo y agradable, sin sobresaltos, que se lee con sosiego y una ligera emoción en sus últimas páginas (en la carta de Astrid a Veronika), lo que evita una última sensación lectora cercana a la decepción. Como he comentado, gustará (más) a muchos lectores. Conmigo no se ha portado mal, ha sido una lectura relajada, pero ya puestos a contar una historia bonita, hubiera preferido que me la contara mejor, que no me mantuviera tan alejada. Que me atravesara la piel, que me agitara. No lo hizo. Pero no me tengáis en cuenta. Leed lo que os plazca, no dejéis de leer. Nunca.
Me gustaría que pensaras en mí de esa manera, sabiendo que siempre estaré contigo, aunque quizá no te sea posible recordar mi cara.