Necesitaba una lectura más “ligera”, sin minas emocionales. Pero ligereza no equivale a frivolidad ni falta de inteligencia y por eso elegí este libro. Era justo lo que necesitaba: una lectura fluida, divertida, pero nada superficial. Literariamente no es un libro notabilísimo ni imprescindible, pero eso no quiere decir que sea un libro vacío o carente de aspectos interesantes.
Esta lectura me ha servido también para recordarme que hay que diferenciar con claridad dos conceptos: valor literario y valor como lectura. “No me acuerdo de nada” no es un libro excepcional desde el punto de vista formal, aunque tampoco creo que Ephron pretendiera hacer una obra de gran ambición literaria. Pero tiene inteligencia verbal, capacidad de observación, ritmo, humor y una forma muy suya de encontrar lo revelador dentro de una anécdota aparentemente menor. Todo eso justifica de sobra la lectura.
Ephron pensaba por una vía que agradecí especialmente en este momento: la anécdota, la observación social, la mala leche y una facilidad para verse haciendo el ridículo mientras detecta con idéntica rapidez el ridículo ajeno. La profundidad tampoco exige siempre densidad, dificultad o sufrimiento. Puede hablar del envejecimiento, del fracaso, de la memoria, de los amigos que desaparecen, de los miedos o de la muerte sin ponerse trascendente. Y tú la “escuchas” como si estuvieras cenando con ella.
Mi forma de leer se ha vuelto muy severa: no me basta con que el libro me guste, necesito saber qué está haciendo conmigo, por qué me afecta, dónde falla o acierta, qué recursos utiliza, qué parte del entusiasmo procede de la lectura o de mí o del hermanamiento de ambos entusiasmos; necesito también poder cambiar de opinión si el propio libro me obliga. Hay un lugar perfectamente digno (aunque no muy grande) en mi poblada biblioteca para libros que piensan con cierta ligereza y “No me acuerdo de nada” tiene su lugar ahí. No necesita ser imprescindible, formalmente extraordinario ni dejarme exhausta para justificar su presencia.
El título engaña un poco. Cierto que la memoria ya no está en su mejor momento, pero Ephron se acuerda de cosas, vaya si lo hace. En este aspecto me hizo pensar incluso en Annie Ernaux, pese a la enorme distancia entre sus maneras de escribir: las dos han convertido repetidamente la experiencia vivida en material literario. Matrimonio, divorcio, periodismo, padres, comidas, pérdidas, amigos y no tan amigos… entran en la escritura antes de que el tiempo los transforme o los borre.
Y sí, hay olvidos, historias que habían desaparecido de su memoria, pero Ephron no es nada ceremoniosa con esas situaciones: se ríe, cambia de tema, nos habla de correos electrónicos, de Lillian Hellman, de fracasos cinematográficos o nos mete una receta de comida por medio.
“No me acuerdo de nada” es bastante mejor cuando Ephron recuerda que cuando habla de estar olvidando. Tiene su gracia, porque si la pérdida de memoria parecía destinada a ser el centro, al final lo más atractivo acaba siendo la extraordinaria obstinación de ciertos recuerdos. Puede olvidarse de haber cenado con alguien, de un nombre, de una cara; en cambio conserva con una precisión feroz una humillación profesional de hace décadas, un fracaso que todavía escuece, cómo funcionaba una redacción, la personalidad insoportable de Lillian Hellman, una comida, un matrimonio, una amistad. Su memoria tiene criterio propio y bastante mala leche. Pierde datos y conserva agravios.
Las dos listas finales “Cosas que no echaré de menos” y “Cosas que echaré de menos” pueden parecer una ocurrencia facilona para terminar. Pero el contexto modifica su lectura: Ephron fue diagnostica en 2006 de un síndrome mielodisplásico que posteriormente evolucionó hacia una leucemia, y mantuvo su enfermedad prácticamente en secreto. El libro se publicó en 2010 y ella falleció en 2012. Pero no escribió el libro como si fuera un testamento, sino que siguió haciendo listas de cosas concretas, irritantes, apetecibles, absurdas. Personas, lugares, costumbres. Porque Ephron pensaba que saber qué vas a echar de menos debería llevarte a disfrutarlo mucho mientras todavía puedes. Muy Ephron: la muerte entra por una puerta y la comida aparece por la otra.
Gracias, Nora Ephron. Gracias, Catalina Martínez Muñoz (traducción)

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