jueves, 8 de octubre de 2026

Desmembrado (Joyce Carol Oates)

“Como si desaparecida fuera un lugar al que una pudiera ir, y no un estado”


De Oates me atrae que su mente es de esas que no caben en un solo registro. Tiene una fe profunda en la complejidad, una convicción brutal en el trabajo intelectual exigente y una voluntad firme de no simplificar lo escrito (ni lo vivido). Nunca explica sus relatos y sabe provocar perplejidad, incomodidad, e incluso un poco de vergüenza. Jamás intenta seducir al lector desde la empatía ni busca caer bien. Escribe como quien sabe que lo que tiene que decir es incómodo y que, quien quiera entrar, deberá soportar esa incomodidad sin acompañamiento.


En “Desmembrado” cada relato funciona como una cámara fija que registra un punto ciego de la experiencia sin intervenir ni moralizar (algo que agradezco, porque últimamente hay exceso de moralina). La violencia nunca es bella, jamás, y Oates no intenta construir nada desde ahí, hace algo más importante: escuchar de forma radical lo que la violencia hace al lenguaje y, a través de él, a quien escribe y a quien lee.


Están aquí muchos de los temas obsesivos de Oates: la infancia como territorio del acecho y zona de ambigüedad moral, la juventud como exposición brutal, lo femenino como algo perseguido, atrapado, violentado. Es también un libro sobre la facilidad con que lo familiar puede volverse horrendo y sobre la culpa de haber sobrevivido, una culpa tan universal como poco atendida y tenida en cuenta.


“Desmembrado” lleva las marcas íntimas de Oates, aunque muestra una versión distinta a la de sus libros más arriesgados, aquellos en los que empuja la escritura hasta el vértigo formal. Aquí hay una Oates que ha aprendido a elegir bien qué heridas abrir y cuáles narrar desde el eco. Es una Oates más contenida, quizás incluso más cruel por saber cuándo callar. Ya no necesita herirse para herir.


Cuando escribió estos relatos estaba en fase de plena autoridad literaria y ya dominaba hasta tal punto sus procedimientos que todo parece quedar bajo control. Es una escritura que sabe lo que hace, sabe cómo producir inquietud, cómo introducir una anomalía en lo cotidiano, cómo desplazar apenas una frase para que algo empiece a resultar inquietante e incluso intolerable. El precio de ese dominio es que rara vez corre el riesgo de perderse dentro de su propia escritura. Aquí encontramos a una Oates que vigila desde fuera, más que aquella que se deja arrastrar por el abismo narrativo.


Su talento y su oficio son indiscutibles. Se merece también un Nobel de Literatura. Tiene el tipo de precisión que quizá solo se alcanza después de haber escrito tanto que ya no se necesita pensar las frases, solo dejarlas caer. Son relatos escritos desde (y con) la memoria.


Por eso lo que llama la atención no es lo que arriesga, sino lo que decide no arriesgar ya. No tiene que poner en marcha tanta escritura experimental ni un laboratorio formal, sino realizar un ejercicio consciente dentro de un modelo que domina a la perfección. Tal vez esa contención deliberada, esa escritura que ya no necesita herirse para herir, sea también una forma de madurez.


Este libro especialmente adecuado para quien todavía no conozca a Oates y quiera introducirse en su obra, porque aquí están (concentrados y perfectamente reconociles) sus gestos más fundamentales.


Gracias, Joyce Carol Oates. Gracias, Patricia Antón (traductora)


©AnaBlasfuemia





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