jueves, 22 de octubre de 2026

Majareta (Ellen Forney)

“¿Es el trastorno bipolar una maldición, una fuente de dolor y sufrimiento? ¿Una enfermedad peligrosa que a menudo pone en peligro tu vida? ¿O es una parte integral, incluso esencial, de muchas personalidades creativas? ¿Una fuente de inspiración y de profundos trabajos artísticos? Supongo que ambas cosas. Para bien o para mal, el trastorno bipolar es una parte importante de lo que soy, de cómo pienso”


En “Majareta” Forney descubre que un diagnóstico no solo alterará su presente, sino también la manera de interpretar su pasado (que no era un lugar tan estable como parecía). Episodios de su pasado que creía comprender (la euforia, el miedo, la creatividad, los excesos, los derrumbes) tienen ahora una lectura diferente. Todos damos por hecho que somos los narradores más fiables de nuestra propia vida, pero Forney introduce una sospecha terrible: quizá ni siquiera eso esté garantizado.


A partir del diagnóstico de trastorno bipolar, Forney abre cuadernos, relee diarios, consulta libros, escucha a los médicos y vuelve a mirar sus propios dibujos. No busca una explicación definitiva, lo que intenta es averiguar quién era la mujer que tomó aquellas decisiones y cuánto de ella sigue estando aquí. Recibió el diagnóstico durante una fase maníaca. Estaba exultante, sexualmente desatada, llena de planes y convencida de poseer una energía creativa extraordinaria. Que una psiquiatra llamara “síntomas” a todo aquello debió de parecerle una grosería: alguien acababa de convertir su versión más luminosa y poderosa en un apartado del manual de diagnóstico. Después llegó la depresión y la discusión adquirió términos menos románticos.


El contraste entre ambos estados resulta impresionante porque Forney cambia su manera de dibujar. En las páginas maníacas, las imágenes proliferan, las asociaciones se aceleran y cada ocurrencia parece convocar otras diez. Durante la depresión, el trazo se empobrece deliberadamente, el espacio se vacía y el tiempo avanza con la agilidad de un funcionario después de comer. El dibujo deja de acompañar el relato y asume una parte del pensamiento.


En ese camino aparece una tentación muy comprensible: creer que enfermedad y creatividad forman un mismo nudo. Forney no resuelve esa idea con facilidad porque necesita atravesarla. Conoce el mito del “artista loco”, con su prestigiosa comitiva de pintores, músicos y escritores atormentados y por eso se aferra durante un tiempo a esa genealogía que le ofrece una identidad bastante más atractiva que la de paciente psiquiátrica. Si la bipolaridad alimenta la creatividad, medicarse podría equivaler a apagar aquello que la convierte en artista. El argumento tiene el encanto tramposo de las ideas que halagan justo cuando una parte de tu identidad parece depender de aquello que puede destruirte. 


Poco a poco va desmontando esa asociación, aunque conserva sus dudas y su fascinación. La manía puede producir energía, conexiones fulgurantes y una sensación formidable de talento. Terminar una obra exige además continuidad, selección, paciencia, técnica y la capacidad de reconocer cuándo una idea magnífica es, en realidad, una ocurrencia con exceso de cafeína cerebral. La depresión, por su parte, apenas deja fuerzas para existir, mucho menos para crear. Una vida puedes ser desbordante, pero una obra compleja, necesita, además, paciencia, trabajo y continuidad. 


La medicación tampoco es salvación, hay tanteos, efectos secundarios, miedo, resistencia y la negociación constante entre bienestar y pérdida. El equilibrio exige, sobre todo, un trabajo cotidiano. La bipolaridad continúa formando parte de quien es y de cómo piensa, pero ya no puede reclamar el gobierno absoluto de su vida.


El humor es básico en “Majareta”. Forney se dibuja ridícula, brillante, insoportable, vulnerable y asustada. Se permite reírse de sus delirios de grandeza sin castigar a la mujer que los tuvo. Esa distancia cariñosa, a veces feroz, evita tanto la autocompasión como el espectáculo del sufrimiento.


Ellen Forney observa su mente con una franqueza extraordinaria y acepta que comprenderse exige convivir con versiones incompatibles de una misma. La artista, la paciente, la mujer maníaca, la mujer deprimida y la dibujante que reconstruye el camino siguen discutiendo entre sí. De esa discusión sale un libro vivo, inteligente y bastante más honrado que todas esas leyendas sobre genios desquiciados que llevan siglos haciendo publicidad gratuita a la desgracia.


Gracias, Ellen Forney. Gracias, Lorenzo Díaz (traducción)


©AnaBlasfuemia

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