viernes, 16 de octubre de 2026

Termush (Sven Holm)

“La democracia se apoya en unos principios de libertad que a menudo son más importantes que las manifestaciones de libertad”


Con está frase, Holm está distinguiendo entre la democracia como procedimiento y la democracia como principio político. Se ha votado, ha participado mucha gente, ha vencido una opción. Pero contar votos no basta para legitimar cualquier decisión. Una mayoría puede usar su libertad para privar a otros de la suya; puede decidir, con todas las formalidades necesarias, que unas personas heridas no tengan acceso a la única ayuda disponible.


El problema no admite una posición limpia sin dejar daño en algún lugar. Si se acepta que la mayoría puede decidirlo todo, entonces la democracia corre el riesgo de convertirse en simple aritmética del poder: cincuenta y uno imponiéndose a cuarenta y nueve, aunque lo decidido prive a esos cuarenta y nueve de las condiciones necesarias para seguir siendo ciudadanos. Pero, cuando se colocan ciertos principios por encima de la voluntad mayoritaria, aparece inmediatamente la pregunta incómoda: quién fija esos principios, quién los interpreta y con qué legitimidad corrige la decisión de los demás.


No encontrar una decisión personal tajante quizá sea la respuesta intelectualmente más seria, porque ambas posiciones albergan un riesgo real. Yo desconfiaría de quien resuelve el problema con demasiada facilidad. La democracia requiere decidir, pero también conservar la posibilidad de revisar lo decidido; contar votos, pero examinar quién quedó fuera del recuento; aceptar el gobierno de la mayoría, pero impedir que esa mayoría clausure para otros la condición de interlocutores. El conflicto no desaparece. Lo único razonable es mantenerlo visible y no permitir que una fórmula tranquilizadora lo dé por resuelto.


Escrita en 1967, con amenazas nucleares por medio, sorprende la enorme facilidad con que “Termush” acepta interpretaciones contemporáneas. O quizás es que somos demasiado previsibles.


Termush es un hotel de lujo situado en la costa atlántica. Años antes de la catástrofe, sus futuros huéspedes pagaron unas elevadas cuotas mensuales para obtener alojamiento, víveres, agua no contaminada, refugios subterráneos, atención médica, vigilancia y medios de evacuación. No se conciben a sí mismos como afortunados porque se consideran clientes cuyos derechos deben cumplirse ya que no solo han comprado recursos sino también la expectativa de que el orden social sobrevivirá junto con ellos. Esperan que el dinero siga conservando su antiguo poder después de que hayan desaparecido las instituciones que garantizaban su valor.


La narración abarca treinta y un días y adopta la forma de un diario escrito por un profesor universitario cuyo nombre no conocemos. También permanecen sin nombre casi todos los demás: la Dirección, el médico, los guardias, los huéspedes, quienes llegan desde el exterior. Maria constituye la excepción más significativa. La falta de nombres desplaza la atención hacia las posiciones que cada uno ocupa dentro del sistema: quien administra, quien obedece, quien observa, quien cura, quien pide auxilio, quien es clasificado como amenaza.  


Cuando comienzan a llegar personas enfermas o contaminadas se agitan los contratos como arma defensiva pero también como munición: nosotros pagamos, ellos no. No es avaricia, es algo más peligroso, es la dificultad de imaginar que una catástrofe común pueda anular los privilegios adquiridos antes de ella. Los que han pagado (oh, poderoso caballero Don Dinero) quieren libertad para ellos y control para los demás. Mientras, empiezas a darte cuenta de que una institución puede volverse autoritaria sin abandonar el vocabulario de la protección.


El profesor (y narrador de esta historia) empieza defendiendo el derecho a observar y ordenar sus pensamientos sin sentirse obligado a participar. Pero, ay, esa posición se vuelve insostenible. Termina por analizar la responsabilidad con tanta minuciosidad que consigue no ejercerla.


“Termush” pertenece a la ficción posterior a una catástrofe nuclear, pero utiliza ese marco como excusa para estudiar la clase social, la delegación de poder, la información, la responsabilidad y la insuficiencia de una conciencia que pretende mantenerse al margen.


Esta lectura iba camino de hallazgo de una joya literaria, pero… quizás la escasa densidad de los personajes lastre un poco la lectura y también un final que parece precipitado y desconcertante porque reduce o empequeñece todo lo leído hasta entonces. Tiene hallazgos muy valiosos y una inteligencia política poco complaciente, pero no consigue reunirlos en un final que esté a la altura de sus propias intuiciones. No obstante, deja un poso reflexivo interesante y muy necesario.


Gracias, Sven Holm. Gracias Daniel Sancosmed Masiá (traducción)


©AnaBlasfuemia




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