“No sé la verdad o no sé cómo contarla”
Lo sabemos: los recuerdos no son la realidad fiel de lo que pasó, son desmontables, alterables, susceptibles de ser modificados e incluso olvidados. Después de todo, somos dueños de nuestros recuerdos y de las historias que decidimos contar, especialmente cuando se quiere contar algo que se lleva fingiendo que no pasó desde hace demasiado tiempo. Y puede que no haya pasado o incluso que no se sepa contar, pero en cualquier caso… dolió y dejó marcas.
Verónica (la voz narradora) no empieza diciendo “esto pasó”, ni siquiera “esto creo que pasó”, sino algo mucho más inestable: quizá no sepa la verdad, quizá no sepa contarla, quizá ambas cosas sean ya inseparables. Así que estamos ante una historia que, de entrada, nace desde la imposibilidad de contarla.
Verónica tiene que comunicar a su madre la muerte de Liam. Ese sería, en teoría, el inicio. Pero como toda historia exige un punto de partida y los puntos de partida también se eligen, decide empezar mucho antes, el día en que sus abuelos se conocieron. Y me parece muy acertado que decida empezar donde le da la gana. No hay ninguna obligación de empezar por la muerte de Liam, ni por la llamada, ni por el velatorio, ni por el supuesto núcleo de lo que el libro quiere alcanzar. Como si Verónica se dijera “como no sé bien qué pasó ni cómo decirlo, empiezo donde puedo, o donde quiero, o donde todavía no me duele tanto. Y desde ahí ya iré acercándome”
No es una voz fiable, pero eso no quiere decir que haga trampas. Más bien se mimetiza con su propio desmoronamiento y con esa manera peculiar que tenemos las personas de descomponernos: contradiciéndonos, retrocediendo, avanzando, corrigiéndose, desdiciendo lo que primero se había afirmado. Somos seres inciertos, esto es así, poco fiables, lo cual no quiere decir que (todos) seamos manipuladores o falsos. En realidad, es una riqueza humana todo lo que cabe en cada persona: una cosa y su contraria, perfectamente de la mano, coherentes en su vaivén.
A mí las lecturas me gustan por el qué y por el cómo. No siempre necesito ambos con la misma intensidad. A veces basta con que un libro tenga algo poderoso que decir aunque lo diga de una manera más o menos convencional. Otras veces el asunto no me deslumbra especialmente pero la forma de contarlo lo vuelve nuevo, vivo. Y a veces ambas dimensiones avanzan juntas y entonces una siente ese raro acuerdo entre materia, forma y lenguaje que hace memorable la lectura.
En “El encuentro” la apuesta fuerte está en el cómo, en la inteligencia narrativa. El qué, siendo grave y nada menor, no resulta especialmente inesperado. Estamos en Irlanda, en una familia numerosa, en un paisaje moral donde el silencio ha sido durante mucho tiempo una institución nacional, casi una forma de urbanidad y donde el alcohol ha servido con frecuencia como alivio, olvido y gestión del desastre. No estoy diciendo con eso que la historia sea banal, lo que digo es que no me sorprendió.
No quiero dar más rodeos: no ha sido suficiente el cómo. Honorable, sin duda, digno, honesto, pero insuficiente para mí, que seguramente hubiera apreciado más esta lectura si me fuera más difícil reconocer una forma de contar muy consciente de sí misma. Aunque eso no me ocurrió siempre. A ratos sí, y entonces el libro alcanza una fuerza considerable. A ratos no, porque percibía la inteligencia que se sabe inteligencia, el mecanismo calculado para no caer en la linealidad. Y entonces lo que queda es respeto, admiración incluso, pero no esa adhesión honda que convierte una lectura en experiencia y no solo en reconocimiento de talento
Porque no falta talento en “El encuentro” (al contrario, lo derrocha), es un libro serio, inteligente y legítimamente ambicioso. Pero la habilidad narrativa no siempre basta para que un libro se quede, aunque sí basta para que lo admire (que es una forma bastante más útil de respeto que la reverencia sin criterio).
Gracias, Anne Enright. Gracias, Francisco Javier Calzada (traducción)
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