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miércoles, 11 de junio de 2025

Entre actos (Virginia Woolf)

 

Último libro de Virginia Woolf antes de suicidarse: "Entre actos"

Callada, volvió a su visión más íntima; la belleza que es bondad; el mar en que flotamos. Casi siempre impenetrables, pero ¿no es cierto que en todas las embarcaciones se abren vías de agua alguna que otra vez?


Tengo un deseo que es necesidad: que Virginia Woolf sea lectura obligatoria para todo el mundo (lectores, no lectores, escritores consagrados, aspirantes a escritores). Amo con todo mi ser el universo de Woolf en el que el invierno llora en los cristales, los pájaros atacan al alba con sus cantos, el sol es un arrebato de alegría sin límites, los hilos invisibles unen los trémulos tallos de la hierba de otoño, la lluvia es súbita y universal, las vacas llenan el vacío y dan continuidad a la emoción, las olas al retirarse revelan y la niebla al levantarse desvela… Es la ama, mi diosa del Olimpo.


Entre actos” es la última novela de Virginia Woolf, escrita justo antes de suicidarse en 1941. La IIGM está en el aire, el mundo se desmorona, Inglaterra está en un proceso de transformación y en ese contexto (una sociedad al borde de la catástrofe) se sitúa esta novela, que transcurre en un día de verano de 1939 en el que se representa una obra de teatro en el jardín de una casa rural inglesa. Un argumento simple, todo parece inofensivo y anecdótico, pero es Woolf, así que nada es tan sencillo ni nada es lo que parece.


Woolf escribe desde la incertidumbre de la amenaza de la guerra, desde el miedo a lo que está por venir. El espectáculo teatral y sus espectadores se convertirán en un microcosmos de la sociedad inglesa, atrapada en el umbral de dos épocas. Y también se convertirá en un espejo incómodo, un reflejo de las tensiones, las frustraciones y los deseos reprimidos de los espectadores. No esperemos una gran explosión emocional. Woolf no es de soluciones fáciles. Aquí la verdad se desliza entre frases sueltas, miradas que se esquivan, silencios, pensamientos apenas esbozados y gestos contenidos que dicen más que las palabras.


Todo es armonía, si pudiéramos oírlo


Cada personaje  es una isla, atrapado en sus obsesiones y frustraciones, que carga con su propio conflicto: Isa, atrapada en un matrimonio vacío, sueña con otro hombre mientras flota en su mundo de murmullos cargados de metáforas y poemas, como si eso la protegiera de enfrentarse a su propia insatisfacción. Giles, su marido, se consume en su propia rabia, una mezcla de frustración vital y angustia, con una tensión soterrada a punto de estallar y cuya rabia parece apuntar a (casi) todos. William Dodge, al igual que Isa es otro personaje vulnerable, otro “buscador de rostros ocultos”, con un deseo de pertenencia que nunca parece alcanzar del todo y que conecta emocionalmente con Isa y con la señora Swithin. El señor Oliver, anclado al pasado y con una visión conservadora del mundo; reflexivo y resignado, unido a su hermana por costumbre más que por necesidad, aunque la protege con una mezcla de ternura y desdén. La señora Manresa, siempre llamando la atención, necesitando aferrarse al presente; es pura superficie y exhibicionismo, una mujer libre porque ha dejado atrás la compostura.


Párrafo aparte para la adorable señora Swithin, “insensata y libre”, con una visión ingenua y casi mística del mundo. Como si pudiera tocar algo eterno en medio de la banalidad cotidiana. Es un personaje que parece vivir en una nube, en un mundo de imaginación que a veces se hace circular, lleno de ensoñaciones y recuerdos. Flota entre la historia y la espiritualidad, confundiendo el presente con el pasado. Aunque su desconexión de la realidad la hace parecer frágil y despistada (la “chocha” le dicen), Woolf le otorga una especie de inocencia casi sagrada. Su entusiasmo casi infantil, su capacidad para ver bondad y belleza en todo me cautivaron.


La música nos despierta. La música nos hace ver lo oculto, une lo fragmentado


Y párrafo aparte también para otro personaje: la señorita La Trobe, directora del espectáculo, alma creativa de la obra de teatro. No he podido evitar ver en ella una figura que parece reflejar a la propia Virginia Woolf. La Trobe es una directora exigente, obsesionada con su visión artística, pero en conflicto constante entre el impulso creativo y la sensación de fracaso, atrapada entre la ambición y la incertidumbre. Quiere mostrar a sus espectadores tal como son, confrontarlos con sus propias miserias y verdades fragmentadas, pero siente que nunca lo consigue con suficiente claridad.


Al igual que Woolf, La Trobe es consciente de la precariedad de su posición como creadora. Su desesperación por hacer que su visión cobre vida, por conectar con los espectadores y evitar que se dispersen, se transforma en una lucha constante. Tal vez podamos pensar que Woolf plasma en La Trobe su propio miedo a no ser comprendida, a que no se entienda su intención, a que su obra sea distorsionada o malinterpretada. No deja de ser una verdad de la creación artística: el verdadero arte nunca está completo, nunca parece satisfacer del todo a su creador. Por eso crear es un acto de soledad y vulnerabilidad; crear, al fin, es lanzarse a un abismo con la esperanza de que alguien, desde el otro lado, responda.


La Trobe depende de elementos externos (el viento, la lluvia, las vacas, la atención de los espectadores, los actores…) y de hecho descubre que la verdadera conexión no siempre se encuentra en el texto, en la trama o en el control perfecto de la escena, sino en el caos emocional compartido, lo cual refleja el reconocimiento de Woolf de que el arte nunca es completamente controlable, es etéreo, transitorio, difícil de atrapar y comprender.


No te preocupes por la trama: la trama no es nada


Woolf tenía un estilo único, con esa prosa que parece flotar, deslizarse, saltar de un personaje a otro capturando pensamientos, realidades, emociones y sensaciones como si fuera un caleidoscopio y las palabras tuvieran vida propia. Woolf no cuenta, sugiere. No afirma, insinúa. No explica, propone.


Woolf juega constantemente con la idea de que la realidad se filtra a través del arte y que el arte, al final, no es más que otra forma de intentar entendernos. Me pareció brillante cómo la representación parece terminar desmoronándose, como si ya ni el arte pudiera contener el caos que está a punto de desatarse en Europa. La última parte, con todos los espectadores dispersándose, es brutal. Esa repetición (un recurso que Woolf manejaba extraordinariamente) del “Nos hemos dispersado, nos hemos dispersado” y su posterior “Unidad. Dispersión” tiene un eco casi apocalíptico, como si ya no quedara nada que los mantuviera unidos.


Entonces se levantó el telón. Hablaron


¿Qué significa la frase final? Los personajes de “Entre actos” hablan, piensan, callan, pero nada se resuelve de todo. La incertidumbre se filtra en cada gesto y cada silencio. Woolf nos muestra cómo las máscaras se cuartean pero siguen ahí, como si desprenderse de ellas fuera demasiado doloroso en medio del caos interior y exterior. La guerra es inminente pero la batalla más complicada sigue siendo mirarse al espejo y aceptar lo que uno ve. No hay certezas, sólo “restos, pedazos, fragmentos” que intentamos unir sin éxito en el escenario que es la vida. Lo visible es acto y actuación. Pero lo que verdaderamente acontece sucede (siempre) entre actos, nunca en el escenario.


P.D.: En los diarios de Virginia Woolf, leo que John Lehmann (editor, junto a Leonard y Virginia Woolf, de Hogarth Press) escribió en marzo de 1941 a Virginia entusiasmado por “Entre actos” y le anuncia que se publicaría esa misma primavera, “pero las dudas y depresiones de Virginia ganaban terreno y ella le escribió disculpándose para decirle que el libro le parecía demasiado tonto y trivial, y que quería revisarlo para publicarlo en otoño”. El 28 de marzo Virginia cogió su abrigo, llenó de piedras sus bolsillos y se lanzó al río Ouse, próximo a su casa. Su cadáver no fue encontrado hasta el 18 de abril. Fue incinerada el 21 de abril y Leonard enterró sus cenizas bajo uno de los olmos del jardín de su casa, en Rodmell, Sussex, Inglaterra. Leonard dispuso que la enterraran junto a ella. Al final de su nota de despedida a Leonard puede leerse: “Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido


Ahora, con todos estos hilos, leed “Entre actos”.


Gracias, Virginia Woolf. Gracias, Andrés Bosch (traductor)


©AnaBlasfuemia

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Las huellas del diablo (John Burnside)


Es un error fijarse demasiado en el punto en que han empezado las cosas. Las cosas empiezan muy por debajo de la superficie: cuando son visibles tienen vida y dirección propia

Y sin embargo “Las huellas del diablo” es un recorrido hacia ese punto en el que empezaron las cosas para Michael Gardiner que, a partir de un acontecimiento concreto, inicia una huida hacia delante que, inevitablemente, le lleva a una travesía hacia su pasado, recorriendo retazos de memoria, fragmentos que va recogiendo como quien sigue las huellas del diablo, entre la curiosidad y el temor.

Gardiner se considera a sí mismo un exiliado interno en el pueblo en donde creció y vive con su mujer, un pueblo idílico en lo estético pero infame en lo ético. De esos pueblos en los que parece imposible mantener un secreto. Todo sale a la luz, sea en forma de verdad, de superstición, de rumor, de acosos y chismorreo. Ya sabéis. Todos conocemos un pueblo así.

La trama del libro nos es familiar, el lenguaje que utiliza Burnside es sencillo, quizás confuso en la psicología del protagonista y otros personajes, pero fino en la descripción del clima del pueblo y los paisajes. Al terminar no estoy segura de a dónde me ha llevado esta lectura, que percibo con más nudos de los que se deshacen al final.

El protagonista posee aparentemente una gran agudeza para detectar los problemas y analizarlos, sin darse cuenta que lo hace desde el embotamiento y desde una visión limitada del mundo, y además posee una pereza casi genética para afrontar las soluciones, lo que le termina por llevar a que su propia cabeza le traicione. Como a veces padezco de esa misma pusilanimidad no puedo evitar ponerme a la defensiva si la detecto en algún personaje. Lo curioso es que cuando me di cuenta de este hecho, y reprochaba con cierta irritación a Michael Gardiner su relativismo moral y su falta de empatía, caí en la cuenta de que tenía un libro de este mismo autor, Burnside, que había adquirido recientemente. Un libro de poesía, “Dones”. Así que lo cogí y abrí al azar:

“no es que yo quiera renacer,

pero en algún sitio entre esta vida y la otra

imagino un lugar

donde el alma

se purifica”

Pues ya estaría.

©AnaBlasfuemia


martes, 6 de octubre de 2020

El origen de los otros (Toni Morrison)

 


La raza es la clasificación de una especie y nosotros somos la raza humana, sin más. Entonces ¿qué es esa otra cosa, la hostilidad, el racismo social, la creación del Otro?”.

La identidad de EEUU tiene una cicatriz imborrable: el racismo. Una cicatriz que supura constantemente y de la que no están exentos otros países. El racismo es un pus que nos recuerda que hay una infección que invade y multiplica una enfermedad existente, algo que está podrido, mórbido. Hay algo que no va bien. Y si hay una voz que me interese escuchar sobre este tema es la de Toni Morrison, una voz poderosa que nos ha abandonado hace poco más de un año pero que aún podemos seguir escuchando en sus libros.

Toni Morrison no sólo reivindicó su raza (y especialmente a la mujer) en su escritura, es que no dejó en ningún momento de indagar y explorar en los cimientos de la historia de Norteamérica y de su raza, buscando comprender de qué está hecho el racismo, la segregación, el odio

Los últimos acontecimientos de violencia policial que todavía no se han apaciguado (“no puedo respirar”), la discriminación racial, la xenofobia, la hostilidad hacia los inmigrantes desbordándose… hacen más necesarias que nunca lecturas de este tipo que nos recuerdan que detrás de toda esta deshumanización del “otro” no hay otro fin que apuntalar un sistema capitalista de explotación económica y reafirmación de pertenencia (pertenecer a un grupo frente a otro, creando una falsa y maniquea sensación de seguridad, pertenencia y poder si estás en el grupo “adecuado”).

El origen de los otros” profundiza en esas raíces del racismo y la otredad, en su construcción social, tanto desde su propia experiencia vital como desde el contexto de la literatura, para recordarnos que la necesidad de control y la (falsa) ilusión de poder están detrás de toda esta violencia y desprecio al “otro” y también que la ficción narrativa nos ofrece una magnífica “oportunidad de ser el Otro, de convertirse en el Otro. El forastero.

Si la primera cita era una pregunta que se (nos) hacía Toni Morrison, la última cita quiero que sea una respuesta a esa pregunta (una de las muchas respuestas):

Los forasteros no existen. Solo existen versiones de nosotros mismos; muchas de ellas no las hemos suscrito, de la mayoría deseamos protegernos […] Es también lo que nos empuja a querer gobernar y administrar al Otro. A idealizarlo, si podemos, para que vuelva a nuestros propios espejos. En cualquiera de ambos casos (la alarma o la falsa veneración), le negamos su condición de persona, la individualidad específica que exigimos para nosotros”.

©AnaBlasfuemia

lunes, 22 de junio de 2020

Hopper (Mark Strand)


Los cuadros de Hopper […] sugieren el tono, pero no el contenido. La implicación, pero no la evidencia. Son profundamente sugerentes

Situarse ante un cuadro siempre es una experiencia solitaria, como situarse ante una ventana abierta al misterio a través de la cual rebuscas en la memoria y en los sentidos. Ver, mirar, siempre es algo complejo.

Hopper y Strand. Imposible pasar de largo por esta propuesta. Los cuadros de Hopper a través de la mirada del poeta Strand. Necesito esa belleza. La necesito ahora. Esa belleza inmutable de los cuadros en la que todo queda detenido. Aquí. Ahora.

Tienen los cuadros de Hopper un halo de espera que, contemplados ahora, parecen reflejar este período de confinamiento del que estamos empezando a salir. Sus juegos de luces y sombras, de exteriores e interiores, la peculiar geometría, la disposición de elementos, provocan una sensación de inquietud que probablemente tenga mucho que ver con que, de alguna manera, las escenas que contemplamos nos impulsan a situarnos en algún lugar de aquello que observamos: o estamos dentro o estamos fuera. Y además debemos precisar ese espacio físico y narrativo concreto del dentro o fuera en el que nos ubicamos.

Los personajes de los cuadros de Hopper miran dentro de sí o hacia el infinito (que es también una manera de mirar dentro de una misma). Y en este libro contemplas esas miradas a través de la mirada de Strand y sientes que el distanciamiento tan presente en las obras de Hopper se hace menos solitario de su mano, más compartido.

Coger cualquier cuadro de Hopper y ahí estaréis. Como dijo en marzo el escritor Michael Tisserand: Todos somos pinturas de Hopper ahora”. Y Strand ayuda con sus palabras haciendo lo mismo que Hopper con sus cuadros, “dándole forma a la privacidad, otorgándole un espacio donde pueda ser atestiguada sin ser violada”, con un texto muy limpio, puro y respetuoso. Dos narrativas potentísimas (Strand y Hopper, Hopper y Strand).

El aislamiento puede florecer en compañía de otro

jueves, 28 de noviembre de 2019

La muerte de Virginia (Leonard Woolf)


No se puede escapar al Destino, y siempre he pensado que el Destino no se halla en el futuro, sino en el pasado

Con esa cita tan a lo Cesare Pavese de Leonard Woolf, debo decir que Leonard intentó que el Destino fuera mucho más amable, no solo para él, sino también para los suyos y para la sociedad. Un hombre que intentó crear un Destino sabiendo que este se construye con lo que hacemos, vivimos, decidimos y trabajamos.

“La muerte de Virginia” es parte de la autobiografía de Leonard Woolf, concretamente la que va de 1939 a 1969 y, sí, habla de la muerte de Virginia, pero no constituye ni mucho menos la base del libro puesto que es, no olvidemos, la autobiografía de Leonard y no la biografía de Virginia.

He disfrutado mucho de esta lectura, si bien hay cosas que me han interesado menos, pero me he sentido arropada por la personalidad de Leonard Woolf, que, sin duda, fue la mejor persona que Virginia podía tener a su lado. Cuestionar su relación implicaría no entender las diferentes formas del amor y la nobleza y honestidad que puede haber detrás de muchas relaciones que a la mayoría les resultan inexplicables.

El cariño, la comprensión y el respeto con el que habla de ella, el dolor que sintió por el propio dolor de Virginia y por su suicidio impregna la parte en la que habla de los meses previos al fallecimiento de Virginia y al momento en el que desaparece. No se regodea para nada (normal, puesto que consideraba el sentimentalismo un vicio congénito), no es su estilo, está en la impronta de la persona justa y lúcida que era Leonard el ser fuerte y estoico en la vida.

Muy interesante también la parte dedicada a hablar de Hogarth Press y el mundo editorial, la IIGM, el mundo laboral, la política… Si os acercáis a este libro hacedlo no intentando buscar solo a Virginia Woolf, hacedlo buscando a Leonard Woolf.

He dicho que me he sentido arropada por la personalidad de Leonard, no carente de contradicciones y clasismo, pero también he de decir que me he sentido esperanzada, que es como me siento cuando me acerco (aunque sea a través de los libros) a personas nobles impregnadas de serenidad, dignidad y verdad.

jueves, 11 de enero de 2018

En estado salvaje (Charlotte Wood)

Título original: The Natural Way of Things
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 256
Publicación: 2015 (2017)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Son diez, y al despertarse una mañana descubren el horror: alguien las ha drogado y trasladado a un lugar siniestro en medio de la nada. Están encerradas en barracones oscuros, llevan unas túnicas de algodón basto, unas botas viejas y el pelo rapado. Van atadas como animales, caminan sin descanso a las órdenes de sus captores, y al volver les esperan un cuenco de papilla amarillenta y un vaso de agua sucia. No hay luz en el barracón ni conexión alguna con el mundo exterior. Son diez, diez mujeres jóvenes que fueron muy hermosas. Hace poco seguían las últimas tendencias de la moda, y ahora intentan saber qué pasó, dónde están y cómo salir de esta pesadilla. Preguntan, intentan averiguar, seducir a quien haga falta, pero la verdad tarda en llegar. ¿Vale la pena esperar?
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Esa tarde en que las empujaron aquí dentro y cerraron las puertas con candado y ellas se sentaron en las camas, duras con las sábanas descoloridas y pensaron que morirían esa noche, y luego desearon haber muerto.
Son diez, son mujeres, jóvenes y hermosas. Han sido secuestradas, drogadas y encerradas en un espacio en medio de la nada: sin luz, agua ni posibilidad de conectarse con el mundo exterior. Dos hombres y una mujer las vigilan. De esa vigilancia que no protege ni cuida sino que veja con desprecios, humillaciones y violencia.

¿Por qué están allí? ¿Por qué ellas? ¿Cómo escapar? ¿Qué tienen en común? ¿Cuáles son las normas? ¿Morirán? ¿Qué deben de hacer para vivir? ¿Matarán a sus carceleros? ¿Sus carceleros las matarán a ellas?

No os equivoquéis: En estado salvaje no es un thriller. Es un alegato feminista tan brutal, salvaje y descarnado como directo. De los que escuece. Y Wood, que no está dispuesta a disculparse, crea para ello un clima asfixiante y claustrofóbico que vamos a visualizar como si fuéramos una de las diez mujeres encerradas. O de los hombres (o la mujer) que las vigilan.
Por lo visto, hacer que los muertos descansen, como fregar, alimentar y dar a luz, es tarea de mujeres.
En estado salvaje es una lectura bronca, áspera y tremendamente incómoda. Con un lenguaje directo, descriptivo, contundente y sin rodeos, Wood construye una alegoría cargada de un simbolismo fascinante en el que disecciona, llevándolo a un extremo brutal, la fibra de la que está hecha el músculo del machismo. Wood no juega con las emociones del lector, le basta con exponernos a una situación que, aunque disfrazada de situación poco probable, sin embargo está construida con todos los elementos de la realidad que vivimos hoy, ahora, aquí, allí y que, de forma más o menos transversal, está en absolutamente todas las sociedades del siglo XXI.

Las diez mujeres se encuentran en esa situación porque todas ellas se han visto envueltas en escándalos sexuales de más o menos notoriedad social. Curiosamente, cada uno de los diez casos tienen su correlato en la realidad, y basta para ello tener memoria o revisar la prensa internacional. Victimas que son señaladas como culpables… por ser mujeres. Por eso están encerradas ahí. No desvelo nada que no se sepa, ni en la vida real ni en el propio libro, ya que pronto queda despejada esta incógnita. No es el porqué las llevan allí, sino qué pretenden al mantenerlas encerradas. Algo que nunca llegaremos a saber.

Ese es el punto de partida: castigar a la víctima. Culpabilizar a la víctima. Eres mujer, eres joven, eres bella, eres puta… Cuando te despojan de todo lo que te visibiliza como mujer… sigues siendo mujer. Cuando te despojan de todo aquello que te dignifica como persona… sigues siendo mujer. 

Charlotte Wood reviste de metáforas esta parábola que supone En estado salvaje  y el lector, desde su posición de espectador, no podrá evitar entrar en la salvaje prisión que supone para estas diez mujeres su encierro involuntario. No somos espectadores pasivos, porque te ahogas. Presión y prisión son dos palabras que en castellano sólo se distinguen por una vocal, y seguramente sin pretenderlo, Wood consigue un juego entre ambas palabras que es realmente espeluznante, cuando hablamos de la presión de ser mujer y de la prisión que supone ser mujer en una sociedad que te condena aunque seas víctima. Presión y prisión. Externas e internas.
… incluso su cuerpo tan problemático había sido olvidado excepto para esto: andar, sentir dolor, hambre y sed, comer, dormir, mear, cagar y sangrar.
En una lectura tan cargada de simbolismo como de sutilezas, vamos reconociendo no solo aquellos dardos envenenados que convierten a la mujer en una persona despojada de derechos, sino que también asistimos a cómo las propias mujeres asimilamos ciertos axiomas con tintes machistas de forma inconsciente, fruto de muchos años de (mala) educación, y nos cuesta desprendernos de micromachismos e ideas que nos perjudican a nosotras mismas.

Cuando se ha sexualizado tanto el cuerpo de la mujer, parece imposible desprenderte de todo aquello de lo que te has venido empapando durante muchos años hasta llevarnos al punto de que si tienes un cuerpo espectacular acaba suponiendo tanto estigma como si no lo tienes.

De las diez mujeres, serán dos a quienes más conoceremos, Yala y Vera (no es tanto un libro de personajes sino de tendencias, de la inclinación que hay a interpretar ciertas situaciones desde la perspectiva patriarcal). Ellas (y, en cierta forma, también Hetty) son las únicas capaces de aprender, reaprender y también (y no menos importante) de desaprender. De desprenderse del cascarón de su cuerpo. De hacer un recorrido, distinto en cada caso, que les lleve a liberarse de la doble prisión/presión a las que se ven sometidas: la externa y la interna. No podrán escapar si primero no lo hacen de su propia prisión/presión.  

Tampoco penséis que es un libro en el que todos los hombres son malos malísimos y todas las mujeres buenas, valientes e inteligentes. Aunque es cierto que los hombres no salen bien parados, también Wood nos muestra cómo las mujeres tampoco somos unas santas. En cualquier caso, lo que pretende es que nos cuestionemos, intenta incluso incomodarnos, que asumamos responsabilidades, tomemos decisiones, no nos victimicemos y que seamos conscientes de las intrincadas raíces de la misoginia y el machismo.

No esperéis un nudo, desarrollo y desenlace. El gran acierto de este libro es que la interpretación libre de cada lector/espectador tenga su protagonismo. No esperéis tampoco una historia al uso, no interpretéis lo que las 10 mujeres hacen como algo imposible, planteándote lo que harías tú en esa situación (tú -yo- intentarías escapar, claro). Wood nos muestra una historia en una especie de salvaje escaparate que no podemos evitar observar, porque quiere mostrarnos algo. El final no es un final, es un principio que se inicia en cada lector. Abre un debate en el que esparce un raudal de preguntas y cuestiones que cada cual tendrá que contestarse. Mi interpretación, que solo he podido apuntar aquí por no destripar demasiado, me ha dejado como cuando te dan un mordisco y ni pestañeas, atónita y consciente de la dentellada que te acaban de arrear.
Es posible renovarse.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Al faro (Virginia Woolf)

Título original: To the Ligthhouse
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 254
Publicación: 1927 (2011)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Al faro es una de las obras cumbre de la literatura del siglo XX. Basada en la propia infancia de la autora, la novela cuenta la historia de la familia Ramsay en la isla escocesa de Skye en el período de entreguerras. El rumor del mar, la presencia insomne del faro, la guerra, la muerte, el erotismo o el transcurso del tiempo se entreveran en la larga conversación de la novela formando un oleaje de símbolos, palabras e imágenes.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.

Nuestra apariencia, las cosas por las que se nos conoce, es meramente pueril. Por debajo todo es oscuro, vasto y de una profundidad insondable; solo de vez en cuando salimos a la superficie y eso es lo que ven los demás.
Hora de traer a Virginia Woolf al blog. Con la conciencia de que todo está dicho de ella y del respeto que me causa comentar un libro suyo, he elegido una relectura, Al faro, porque (además de razones en clave personal) cuando leí el libro en su momento no sabía lo que ahora sé. No sabía que era tan autobiográfico, no sabía que había sido tan catártico para Virginia (lo escribió después del fallecimiento de su madre, y según sus propias palabras: ”dejé de estar obsesionada por mi madre. Ya no oigo su voz, ya no la veo”) y no sabía que el personaje de Lily Briscoe era el alter ego de Woolf. Así que volver a leerlo era hacer una lectura nueva. Ese asombroso don de los libros: volver a ellos como si fuera la primera vez. 
¿Quién podía saber qué perduraría…, en literatura o en cualquier otra cosa?
Virginia Woolf es toda una referencia y un símbolo, quizás porque en su persona se aglutinan temas universales: feminismo, locura, abusos sexuales, homosexualidad, suicidio, literatura, matrimonio convencional, conflictos… Y todos esos temas aparecen en sus obras, sin ningún tipo de cortapisa ni encorsetamiento; tal vez sea ese uno de los aspectos más atractivos para mí de Virginia: que se movía en los márgenes, fuera de las convenciones y de lo común. Y eso, en su época y siendo mujer, resulta tan extraordinario como deslumbrante. 

Creo que no digo nada nuevo (¿cómo decirlo, hablando de Virginia Woolf?) si digo que para ella era necesario escribir, sentirse libre para escribir. El cuarto propio tan mencionado y que no es únicamente un espacio físico, sino también el sustento económico, la libertad, el tiempo, la ausencia de presiones… Pues bien, Virginia empezó a construir esa habitación propia en el momento en que falleció su madre primero, y su padre después. El fallecimiento de sus padres fue una liberación para ella: le permitió escribir. Aunque idealizaba, con buena dosis de fascinación, a su madre, que tenía una gran influencia sobre sus hijos, no compartía su modelo de mujer ni sus convencionalismos (propios de la época).
Una luz aquí requería una sombra allí.
La primera vez que leí Al faro, repito, no sabía tanto de Virginia Woolf. Pero sí advertí que estaba ante literatura de la de letras doradas y luminosas, universal, y que leer a Virginia es una experiencia vibrante. Recuerdo la sensación de que era como un arroyo, sin pausas, sin descanso, en movimiento constante, un torrente de sensaciones.

En esta relectura aunque intento otra pausa, otro ritmo, no puedo evitar sentirme arrollada por la tremenda sensorialidad de lo que leo, una sensibilidad desbordante que me remite de forma decidida al personaje de Lily Briscoe (recuerden, el alter ego de Virginia), siempre pintando, siempre dibujando, siempre trazando líneas, formas, figuras, mezclando colores, dando forma a lo que ve y a lo que siente/piensa a través de lo que dibuja.

No me parece casual. Porque Virginia Woolf escribe como si pintara un cuadro: crea texturas, presenta contrastes luces/sombras, superpone colores y claros/oscuros, marca líneas y zonas distantes, combina tonalidades y planos, no mezcla colores de forma innecesaria… Busca recrear el espíritu, pero sin olvidar la forma. Como si fueran los trazos abstractos de las pinceladas, consigue expresar su sentimiento personal, su estado espiritual. El resultado es una narración tan poética como llena de sentimientos y pensamientos constantes.
¿Qué sentido tiene la vida? A eso se reducía todo: a una pregunta muy sencilla, que se iba volviendo más acuciante con el paso de los años. La gran revelación no se había producido. Tal vez no llegara a producirse nunca. En cambio, había pequeños milagros cotidianos, iluminaciones, fósforos que se encendían inesperadamente en la oscuridad […] En eso consistía la revelación. En que había forma en mitad del caos, en que aquel fluir y devenir eterno (contempló las nubes que pasaban y las hojas que se estremecían) a veces se transformaban en estabilidad.
No creo que nadie acuda a una lectura de Virginia Woolf esperando que haya acción. Suceden cosas, claro. Pero lo que suceden son percepciones, experiencias, vivencias, pensamientos, reflexiones, gestos… Es recrear una mente cualquiera en un día cualquiera, con todos los estremecimientos, sacudidas y estímulos que recibe, en un fluir constante y vaporoso que, no obstante, Virginia Woolf sabía captar, plasmar y recrear de forma ejemplar y única. 

Muchas de las reflexiones y preguntas que se planteaba la propia Virginia están ahí: el sentido de la vida, la imposibilidad de conocerse absolutamente los unos a los otros, la imperfección de las relaciones humanas (especialmente entre hombres y mujeres), el transcurso del tiempo, la inamovilidad de los objetos, la maternidad, la memoria de la infancia, la insensibilidad y la fuerza de la naturaleza…
Ella no aspiraba al reconocimiento, sino a la unidad, no quería descifrar las inscripciones de las tablas, ni nada que pudiera escribirse en un lenguaje humano, sino alcanzar la intimidad en sí misma, que es una forma de conocimiento.
Evidentemente, la señora Ramsay (alter ego de la madre de Virginia) es el corazón y los pulmones de Al faro, así como el señor Ramsay y el dolor y la compasión que impone a sus hijos cuando su mujer fallece. Pero nada es tan simple. Como no lo es alejarse de las personas que te importan.

Observadora sagaz, Virginia Woolf desborda en Al faro una narrativa impecable, brillante y abrumadora, poniendo forma a las dimensiones invisibles y oscuras del ser humano, los destellos que iluminan una vida, las distancias que unen y separan a las personas. El transcurrir de las experiencias interiores, intimas, los pensamientos profundos, constantes, repetidos, modificables, no parecen fáciles de encapsular en palabras puesto que no tienen un flujo lineal, pero es Virginia Woolf y transmite todas las capas, todas las tramas, todos los temblores y matices. No me preguntéis cómo lo hace. Es Virginia Woolf.
Y volvió a sentirse sola en presencia de su vieja antagonista, la vida.

martes, 12 de septiembre de 2017

Un mal secreto (Ann-Marie MacDonald)


Título original: Adult Onset
Traductor: Ana Mata Buil
Páginas: 536
Publicación: 2014 (2017)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Hay semanas que resumen una vida entera y nos cuentan de nosotros más de lo que querríamos saber. Un mal secreto arranca un lunes cualquiera, mientras Mary Rose MacKinnon está sentada en la mesa del desayuno de su casa, y acabará en domingo, pero en estos siete días el caos del día a día y los recuerdos de infancia se irán trenzando para dar la imagen de un mundo donde caben la comedia y el drama. Bien mirado, Mary Rose algo de responsabilidad tiene en todo eso; es ella quien ha decidido dejar de lado su carrera para dedicarse a sus hijos, Maggie y Matthew, dos criaturas que tendrá que cuidar sola mientras su compañera Hilary está de viaje por trabajo. En general, todo parece dispuesto para lo mejor, pero hay detalles que duelen: ¿nadie se ha fijado en la abolladura de la nevera?, ¿cómo es posible que Maggie aparezca de repente con unas tijeras en la mano?, ¿dónde está el maldito mando del coche...?

No preguntes por quién parpadea el cursor…
Estoy tan removida por tantas cosas (que no son “cosas”) que se me hace difícil comentar esta lectura. Pero tengo una cita ineludible con mi yo del futuro, que acudirá aquí algún día a recordar cómo ha (he) llegado a dónde sea que esté. Manos a la obra, pues.
Los malos tiempos terminaron de forma abrupta y todos siguieron adelante como si no hubiese ocurrido nada; pasaron página. Sin embargo, desde hace un tiempo se pregunta si lo que hicieron fue quemar el libro.
Este libro llegó a mí de forma inesperada, y sin saber muy bien con qué me iba a encontrar. Las lecturas siguen entrelazándose entre sí de una forma que se me empieza a escapar de las manos, como quien encuentra señales por todos los lados. Sé qué me quieren decir. Lo que no sé es por qué tanta insistencia.

Siete días. Siete días en la vida de Mary Rose. Días normales, cotidianos. Tan sólo en apariencia. Porque los días no transcurren en el vacío de las rutinas. Los pensamientos nos asaltan constantemente, detalles insignificantes pueden desencadenar tempestades emocionales. Y todo transcurre dentro de nosotros. Y, así, en esos siete días Mary Rose intenta desentrañar su propia historia. 
Es imposible saber qué palabras nos van a desmoronar.
Otra vez el apego feroz: relación madre-hija, la maternidad encima de la mesa. La familia. La familia de la que vienes y la que has creado tú misma. La mochila en la espalda llena de piedras y que a cada paso parece hacerse más pesada hasta el punto en el que mover un pie y luego otro parece una tarea descomunal que nos produce una inmensa fatiga. 

¿Hay alguna familia que no guarde dentro de sí un secreto, tal vez varios? Mary Rose intenta trepar en sus recuerdos hasta encontrar uno en concreto. Sabe que está. Pero no lo recuerda. Y sus padres ya son mayores, su memoria es frágil, juguetona, incluso cruel. No pueden devolverle ese recuerdo que se le escapa de las manos. El microcosmos familiar, ese universo lleno de enredos, nudos, recuerdos… y olvidos.
¿Cómo te cuentas algo que ya sabes? Si has logrado evitar algo con éxito ¿cómo sabes que lo has evitado? Hay minas antipersona hechas de rabia, restos de alguna guerra olvidada, y puedes pisar alguna por casualidad. Hoyos de depresión repentinos, de los que sales a cuatro patas. […] Trincheras desdibujadas por la maleza, pero visibles desde el espacio, cinturones verdes, cicatrices que cuentan una historia. Aprietas.
¿Y qué sucede cuando el odio y la rabia no pueden ser, no pueden suceder? La madre de Mary Rose, maltratadora psicológica e incluso física de sus hijos, es ya, con una edad avanzada, una persona desmemoriada, extrovertida e incluso divertida. Complicado dirigir el rencor a una madre a quien la ancianidad la convierte en una niña pequeña, vulnerable, desesperante… y casi que hasta tierna.

Cada día de los siete, Mary Rose se construye, se devasta y se vuelve a reconstruir. Y, con ella, el recuerdo de su familia, especialmente de su madre, maltratadora sí, pero… ¿tal vez también maltratada?
Víctima de una víctima…
[…] ¿Es eso lo que se esconde detrás de un trauma?
(Esta cita es brutal)

Dolly, la madre de Mary Rose, padeció ese lado oscuro de la maternidad: abortos, hijos muertos, depresión posparto ¿Cómo enfrentarse a la maternidad?, ¿qué manual, dónde está cuando ser madre te deshace en mil esquirlas? Pero la maternidad de Mary Rose no es menos mezquina en su día a día, la angustia, la ansiedad, el miedo, la paciencia a punto de quebrarse… ¿Qué pasa, y porqué, cuando la maternidad te debilita?
¿Cómo se cura el tiempo?
Y luego está el dolor, el físico, real o recordado, el dolor del alma materializándose en el cuerpo, los huesos… El estrés del día a día con dos niños pequeños que te desbordan, un hermano del que (pre)ocuparse, una madre desmemoriada y disparatada que tal vez tenga signos de que la edad va a pasarle factura, un padre al que siempre has adorado pero no eres capaz de comunicarte con él, una rabia acumulada que no sabes dónde dirigir… En algún momento, quizás a lo largo de siete días, intentas poner orden a todo eso, encontrar el equilibrio, el aire para respirar, la grieta por la que entre la luz. ¿Dónde carajo está la luz?

No es Mary Rose un personaje con el que te sientas cómoda. Ella misma es consciente de lo difícil que es ser su amiga. Pero el mérito de Ann-Marie MacDonald está en que no necesita que empatices con la protagonista, ni siquiera las más de 500 páginas son un inconveniente cuando el manejo de los personajes, de la historia, de los diálogos, el uso nada truculento del lenguaje, hace que avances reconociendo lo que te está contando. No desgarra, pero eres consciente de es una historia sólida, bien contada y con ingredientes que identificas y reconoces: el entramado de las familias, cómo nos convertimos en lo que no queríamos, las relaciones de pareja, las materno-filiales, los secretos, lo que callamos y nos callan, el barro que vamos acumulando en los pies, la indefensión…
El amor es ciego. El perdón es tuerto.
Aunque pueda parecerlo, no hay exceso de drama, no más allá de esos microdramas (macrodramas) cotidianos y reales. No hay regodeo en ello. Pese a tanto acontecimiento turbulento en la vida de Mary Rose y su familia, hay cierto poso de esperanza, de conseguir avanzar.

No es un libro que vaya a dejarme un recuerdo imborrable, pero ha sido una lectura equilibrada, respetuosa, reflexiva y muy interesante. Está bien escrito, no carece de humor, no agrede aunque tampoco abraza. Me ha aportado mucho, en verdad.

Justo después de terminarlo, supe que era un libro que tenía mucho de autobiográfico y entonces entendí mejor muchas cosas, la siguiente cita entre otras:
- No tiene que ser perfecto. Basta con que sea sincero.
- Escribo obras de ficción.
- La ficción no es incompatible con la sinceridad.
El odio no es incompatible con el amor.
- No puedo
El miedo sí.
El miedo, el miedo, el miedo...
El miedo es incompatible con tantas cosas. 

lunes, 4 de septiembre de 2017

El chal (Cynthia Ozick)

Título original: The Shawl
Traductora: Eugenia Vázquez Nacarino
Páginas: 104
Publicación: 1992 (2016)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Un trapo que gotea leche, el sabor extraño de un dedo en la boca, un lugar sin piedad envuelto en alambres y tres nombres que estallan en la oscuridad: Rosa, Stella y Magda. Fueron los tiempos sin sentido en un campo de concentración donde el horror se repartía a granel, pero hubo quien logró sobrevivir, llevar su tragedia lejos e hilvanar un futuro. 
Stella ahora está en Nueva York y se ha inventado una vida nueva. Magda... Magda era muy niña cuando todo pasó. Rosa ha ido rodando como un botón maltrecho hasta las costas de Florida, y cultiva su extravagante cordura por las calles de Miami. Para ella no hay futuro porque todo es pasado y la memoria, terca, insiste en devolverle aquel chal sucio con sabor a leche y saliva....
Stella, fría, fría, la frialdad del infierno.
Hacía tiempo que no me sumergía en una de mis temáticas preferidas: la IIGM. Y qué mejor que hacerlo de la mano de Cynthia Ozick, que posee una mirada dilatada, crítica e inteligente.

Aunque la mirada de Ozick es amplia, sin embargo condensa en tan solo las cinco páginas que abarcan el relato de El chal todo el horror despiadado de los campos de concentración. Con un lenguaje poderoso que recrea sin sentimentalismos ni artificios una de tantas posibles historias ocurridas, consigue que el libro te tiemble en las manos como si, pese a esa distancia descriptiva que Ozick deposita en el relato, el golpe asestado estuviera fuera de control.

Y es que Ozick pone ese control en el lenguaje, pero éste tiene consecuencias, y esas son las que saltan de las páginas. Ozick hace lo suyo, la historia hace el resto. Y el lector se revuelve porque es difícil permanecer impasible. Y he puesto “difícil”, en lugar de “imposible” por no caer en un “imposible permanecer impasible”. Que no estoy como para juegos de palabras. Quede constancia de que no hay ni un ápice de manipulación emocional por parte de Ozick, recurso muy utilizado (y que personalmente detesto) en otros libros sobre el holocausto (léase El niño con el pijama de rayas, por poner un ejemplo).
En América los gatos tienen nueve vidas, pero nosotros… nosotros somos menos que los gatos, así que tenemos tres. La vida de antes, la vida de durante, la vida de después.
El libro está compuesto por dos relatos: El chal y Rosa. Publicados inicialmente por separado, finalmente han sido reunidos en un mismo volumen. En realidad, Rosa es la continuación de El chal, y pese al posible debate sobre si es mejor que estén editados juntos o por separado, yo he preferido leerlos así, uno al lado del otro, uno después de otro.

Porque eso es este libro: la vida de antes, la vida de durante, la vida de después. ¿Qué sucede cuando alguien (sobre)vive una experiencia atroz, inhumana, desgarradora? No voy a hacer un listado de situaciones crueles que puede vivir un ser humano. Pero, sin duda, de todas ellas hay una especialmente atroz y despiadada: la que es infligida por otro ser humano. Supongo que tendría que entrecomillar “ser humano” cuando hablamos de nazis u otros especímenes, pero creo que se me entiende porque todavía está reciente el último estremecimiento.

La identidad es un tema transversal en los escritos de Ozick y que también he encontrado en muchos otros autores. Si en un contexto más favorecedor ya puede ser toda una odisea la construcción de tu propia identidad y poder mantenerla en el tiempo ¿qué sucede en un entorno que destruye todos los pilares sobre los que puedas sostenerla? Y, sobre todo ¿cómo reconstruir esa identidad después?

He quedado fascinada sobre la cantidad de temas que Ozick pone encima de la mesa, más allá del espanto de los campos de exterminio, en torno no sólo a la identidad, sino también a la pertenencia, a las etiquetas, al lenguaje, a la supervivencia.

Pese al simbolismo y el realismo mágico, el mensaje es claro, los temas subyacentes también: el horror, la lucha “después de”, la obsesión, la culpa del superviviente, reconstruirse, los otros, la soledad… 

Lo más aterrador de todo es la vigencia. Aquellos supervivientes del holocausto son los refugiados que hoy en día mantenemos confinados en fronteras físicas y mentales. Lejos, eso sí, no nos vayan a contagiar algo (lo que sea).
- ¿Qué clase de persona es usted, que todavía tiene miedo?
- La clase de persona que ve.
Escalofriante. Más escalofriante aún leerlo hoy. Tanto tiempo después de aquellos hechos que narra. Y con tanta vigencia. Mentiría si no dijera que yo… sí tengo miedo.