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miércoles, 24 de octubre de 2018

Sylvie (Gérard de Nerval)

Título original: Sylvie
Traductora: Ana María Moix
Páginas: 100
Publicación: 1953 (2009)
Editorial: Zeta 
Sinopsis: Con insólita sencillez, Gérard de Nerval narra con extraordinario genio poético el fracaso del deseo del protagonista de Sylvie: recobrar el primer amor vivido en el bucólico paraje donde pasó su infancia.

Si escribiera una novela, jamás lograría que la historia de un corazón dominado por dos amores simultáneos resultara verídica.
Un domingo (no) cualquiera de octubre. Llueve. Llueve con fluidez, en tonos grises y marrones. La lluvia me otoña. Me urge una lectura acorde con el día. Romanticismo. Hay mucho donde elegir. Romanticismo francés, por ejemplo. También hay mucho donde elegir. El que más a mano tengo, una relectura de Gérard de Nerval. Una obra breve, una vida breve, un relato breve: Sylvie, donde su prosa alcanza niveles de gran belleza, pero además con una estructura formal de gran perfección y una habilidad de quitarse el sombrero.

Hay muchas formas de leer los libros, una de ellas, especialmente con los clásicos, es hacerlo considerando la época, el contexto social y político, la biografía de quien los escribió, la corriente literaria en la que estaba enmarcado, la totalidad de la obra del autor... O puedes simplemente leer el libro sin más, flotando en la superficie, teniendo conciencia (o no) de la complejidad formal que hay detrás. Ahora que se cuestiona tanto qué es poesía o no, incluso qué es literatura o no (un concepto mal expresado, porque en todo caso podría hablarse de buena o mala literatura), me resulta llamativo que para hablar de lo que es poesía se apele a aspectos formales pero, sin embargo, a la hora de hablar de prosa o literatura (así en genérico) apenas se valore la construcción formal. 
¿Advierten realmente las mujeres qué palabras salen de los labios sin pasar por el corazón?
Me estoy metiendo en un jardín y no es lo que quería. No, porque llueve, es un domingo de octubre y he elegido leer este libro. Quiero centrarme en Sylvie.

De forma escuálida y raquítica puedo decir que Sylvie (con tintes autobiográficos) nos habla del amor del protagonista por dos mujeres y una tercera que sirve de bisagra entre ambas, un punto de unión simbólico entre ambos amores. Pero añadamos un poco de carne sobre ese cuerpo macilento que os acabo de presentar, porque estamos hablando de un poeta romántico que utiliza no sólo una escritura metafórica y lírica, sino que indaga sobre lo mítico y sobre la frontera entre lo real y lo imaginado, tal vez soñado. 

Y así, del amor real, el cercano, el posible, el que está a tu alcance y del amor platónico, el soñado, el ideal, el que imaginamos, de ambos trata Sylvie. De como finalmente ambos se escurren como agua en las manos.
Usted no me ama […] Persigue un drama, eso es todo, y no encuentra el final adecuado.
Sigamos engordando ese cuerpo, algo menos esquelético ya, y añadamos otra capa de fibra y músculo literario al asunto: el paso del tiempo. Porque hay un tiempo real que transcurre de forma líneal, en el que transcurren las pérdidas, lo efímero, la conciencia de lo limitado y finito de la vida. El tiempo histórico. Pero hay también un tiempo personal, íntimo, que transcurre por dentro, que no es lineal, es un tiempo movido por los hilos de la memoria y los recuerdos, en el que aflora lo perdido (infancia, personas, amores, sueños, esperanzas)...

Con ambos tiempos juega con pericia Gérard de Nerval, facilitando el cambio entre ambas secuencias temporales (la real y la de los recuerdos) para poner sobre el tapiz las tres mujeres que protagonizan este libro: Sylvie (el amor real), Adrienne (el amor idealizado) y Aurélie (el amor “bisagra” entre los dos anteriores)

Sylvie es un libro sobre la melancolía, la nostalgia, el paso del tiempo y la memoria. Los recuerdos como un refugio que no tienen, no obstante, consistencia suficiente para mitigar la soledad y el sufrimiento del presente. La sensibilidad poética y narrativa de Nerval entreteje ese conflicto entre lo real y lo utópico, consiguiendo aunar todos esos elementos que componen la búsqueda del amor ideal y la imposibilidad del mismo.

No debe ser casual que haya escogido esta lectura que tan bien recrea la proustiana búsqueda del tiempo perdido… Y así, transcurrió ese (no) cualquier domingo de otoño.
Caen las ilusiones, una tras otra, como las cortezas de un fruto, y el fruto es la experiencia. Su sabor es amargo, pero tiene algo acre que fortifica.