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miércoles, 3 de septiembre de 2014

El martirio del obeso (Henri Béraud)



Título original: Le martyre de l'obèse
Traductora: Verónica Fernández Camarero
Páginas: 140
Publicación: 1922 (2013)
Editorial: Tropo
ISBN: 9788496911611
Sinopsis: Esta es la historia de un martirio amoroso. Una historia que arranca con una mujer que abandona a su marido, al sorprenderlo en brazos de otra, y arrastra en su huida al "buen gordo". Henri Béraud la escribió en dos semanas y ganó en 1922 el prestigioso Goncourt, el galardón literario más importante de Francia. El martirio del obeso describe los sinsabores diarios, el desprecio de los hombres bien formados y la indiferencia de las mujeres. Sus páginas son una reivindicación de la necesidad de reírse de uno mismo y de las circunstancias de la vida como herramienta para alcanzar la felicidad.


Si es que a veces no hay que buscar los libros, hay que dejar que ellos nos encuentren. En mi torpe verano lector a veces me he forzado en buscar lecturas que encajaran en mi termostato emocional: disperso, pizpireto, perezoso, inquieto, saltarín. Y sin un ápice de concentración. Y, como casi siempre que busco, no encuentro o encuentro mal. Así que recurrí al viejo truco de dejarse llevar. Y así llegué a este libro, ubicado en las novedades de mi biblioteca.

Nuestro protagonista es gordo. Muy gordo. Si ahora se levantara de su tumba, él mismo se la volvería a cavar para meterse de un brinco viendo el culto al cuerpo existente en nuestra sociedad actual, donde el cuerpo masculino perfecto se mide en “tabletas de chocolate” y el de la mujer pasa por un 90-60-90. A partir de ahí, ya se es panzón o gordo. Y la obesidad, no seamos hipócritas, no está bien vista. Forma parte de esas leyes no escritas que la mayoría cumple a rajatabla: entre tener una pareja con “tipín” y una con “tripón”, nuestra libido se decanta ineludiblemente hacia el cuerpo mejor formado… Que sí, que lo importante es el interior y todo eso. Bah, no seamos hipócritas, siempre nos halaga más que le gustemos a alguien con buen cuerpo que a una persona con más de cien kilos de peso. Y 107 kilos es lo que pesa nuestro hombre.

No conocemos el nombre de nuestro protagonista, ni casi el de sus interlocutores, a quienes dirige un largo, trepidante y divertido monólogo, y que le sirven de excusa para contarnos tanto su historia, su martirio amoroso, como sus disquisiciones sobre lo que le supone ser una persona obesa.

Y para contarnos ambas cosas, martirio y disquisiciones, utiliza (además del monólogo) una de las herramientas que, bien usada, más aprecio en la literatura: el humor. Además, es lo que se espera de una persona obesa, de un gordo, que tenga sentido del humor. Es el cliché existente: las personas obesas no suponen una amenaza, son simpáticas, sanas, campechanas, bonachonas, inofensivas, con buen humor…

Además del humor, inteligente, destaca también la prolijidad, así en general: en kilos, en palabras, en anécdotas, en prosa (de la buena)… y también en amor. Porque no sólo de obesidad va este libro. Y es que los gordos también se enamoran. Y es que, oh sí, tienen corazón. Y tan sensible como el de cualquiera. Y un corazón además de latir tiene otras funciones: enamorarse, sufrir…
Pues sí, sufro, tiene razón, mi aire vanidoso no ha logrado engañarle, si me río lo hago en realidad como el niño fanfarrón que se traga sus lágrimas delante de sus compañeros de clase, pero oculto bajo mis bromas subyace un dolor orgulloso.
Muchas veces me pregunto qué convierte un libro en un buen libro. Porque el que a mí un libro me guste mucho no lo convierte en un libro excelente (ni el que no me guste en un libro malo). La mayoría de las veces me contesto lo mismo: el tiempo. El paso del tiempo es el que dictamina la calidad de un libro. Ya lo dice el refrán: el tiempo da y quita razones y pone a cada uno en su lugar. Pues este libro lleva el paso del tiempo muy bien, y su lugar sigue siendo el que le ha llevado en su momento (1922) a ganar el prestigioso premio Goncourt: el de la élite, el de un libro que leído casi cien años después mantiene frescura, profundidad, humor, verdad…

Cierto que algunos aspectos relacionados con su relación amorosa tienen que verse enmarcados en la época que ha sido escrita, aunque no los referidos a las emociones provocadas por la situación que vive, y mucho menos los relacionados con su obesidad, que mantiene toda su vigencia.

Tengo que decir que en este caso indagar sobre la vida del autor me ha servido para recordar que a veces es mejor separar al autor de su obra… Imaginar la grandilocuencia y los floridos recursos verbales de este escritor al servicio de su antisemitismo me ha dado escalofríos, pero si me ciño únicamente a la lectura, he disfrutado a base de bien de su prosa locuaz y fecunda.
Y nunca se ría de los gordos…
Y no, al final no nos reímos. Una lectura inesperada, divertida (hay pasajes desternillantes) y saboreada.
(©AnaBlasfuemia)