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lunes, 23 de marzo de 2026

Entre los archivos del distrito (Kenneth Bernard)


El silencio es la última defensa y la dignidad primordial. Las palabras, de un modo u otro, siempre profanan

Sorprende (y duele un poco) que esta obra tardara tanto en traducirse al castellano. Más aún que siga pasando desapercibida. No encaja en los moldes del mercado ni en las categorías críticas habituales, por eso es una anomalía: una meditación en prosa sin ambición de trascendencia. Y por eso mismo es valiosa, porque hay pocos libros que se atrevan a sostener una voz que no grita ni suplica ni trata de impactar ni emocionar ni iluminar.


John es un hombre que podría ser cualquiera, atrapado en la monotonía de un mundo diseñado para reducir a sus habitantes a cifras, expedientes y trámites. Su vida es una cadena de gestos mínimos: hacer la compra, gestionar archivos, esquivar al vecino brutal, asistir a los “clubs de entierro” (donde se enseña a envejecer y morir con resignación) Al principio parece un autómata más, aceptando cada regla sin cuestionarla, sumido en una rutina que lo devora sin violencia pero sin tregua. Y, sin embargo, se juega algo esencial: la verdad de una conciencia que no acepta disolverse en la farsa de lo cotidiano ni en el consuelo fácil de esas pequeñas gestas privadas con las que nos perdonamos la vida.


Entre esa opresión constante, algo cambia, y lo que parecía resignación se transforma en resistencia. No es una rebelión grandilocuente ni un grito de desafío, sino una disidencia muda: John introduce errores deliberados en los archivos que gestiona, ignora trámites innecesarios, permite que el silencio se convierta en su espacio de libertad. Excava túneles en la oscuridad, horada el sistema desde dentro. No es una victoria, son acciones insignificantes, pero tampoco es una derrota. Cada pequeño sabotaje es una declaración de vida. 


Su tenacidad no cambia el mundo, pero cambia algo en él. Es un recordatorio de que, incluso en los márgenes más estrechos de una vida administrada, siempre queda un resquicio para ser humano. La belleza de su insumisión es convertir lo mínimo en lo esencial.


Tal y como he visto la historia en la piedra, veo la belleza en los escombros. Creamos nuestras propias fronteras, nuestros propios límites. Toda belleza, exagerada, es fea. Nuestros ojos son como microscopios y telescopios. Se posan donde quieren, o bien donde los dirigen, y alimentan el cerebro con su medida. Me encantan los márgenes


Lo que John defiende es que la belleza no está dada, se construye con la mirada. Y esa mirada, cuando se libera de la dirección externa, puede encontrar belleza incluso en los escombros. John no quiere formar parte del centro, no por rebeldía, sino porque intuye que en los márgenes es donde se conserva algo de autenticidad


Bernard construye un código de la percepción: ver sin adornar, sin mentirse, sin fingir sentido donde no lo hay. El lenguaje acompaña esa moralidad: sobrio, directo, sin metafísica ni teatralidad. Lo que hay es atención y esa atención ya es un acto de resistencia. La escritura de Bernard se alinea con su personaje: observa, nombra, no concluye. El ritmo no es plano, es el de una conciencia despierta que no encuentra salida pero que no cede ni se rinde.


Entre los archivos del distrito” elige la vía del pensamiento silencioso, el gesto residual, la escucha del margen. John no quiere ser salvado ni entendido, no busca cambiar el mundo ni ofrecer alivio, sólo intenta vivir sin fingir. Para mí eso es de un heroísmo lateral, casi invisible, que brota no de un deslumbramiento súbito, sino de la acumulación de silencio, desgaste y lucidez.


De forma soterrada, “Entre los archivos del distrito” dialoga con otra novela que también eligió la modestia como resistencia: “Stoner”, de John Williams. No por trama o contexto, sino por ética narrativa. Ambos protagonistas (John y Stoner) encarnan una forma de persistencia que no necesita alzar la voz. Comparten la obstinación callada de quien se mantiene fiel a su mirada, a una integridad mínima que no pretende dejar huella, sino vivir con honestidad. La soledad no es castigo ni drama, es la condición misma de esa lucidez que observa sin pedir consuelo. Y si algo sobrevive en ellos es su negativa a dramatizarse, su extraña fidelidad a un vivir sin énfasis.


Entre los archivos del distrito” es un libro profundamente honesto. No pide atención por lo que narra, sino por cómo nos hace mirar. Porque los gestos silenciosos de John parecen nimios, pero ¿cuánto vale una dignidad que nadie ve?


Me doy cuenta de que la vida posee todas las molestias de un dedo extraño metido en tu recto


Gracias, Kenneth Bernard. Gracias, Carmen Torres García (traductora)


©AnaBlasfuemia



jueves, 4 de septiembre de 2025

Las frías noches de la infancia (Tezer Özlü)

Intento que mis amigos no lo noten. Ellos buscan una “yo” bromista y libre. No la encuentran. En su mundo, las subidas y bajadas no son tan intensas. En su mundo, la exaltación no llega al grado de la locura. En su mundo, el malestar no se convierte en miedo a la muerte, quizá incluso en un deseo de morir. A ellos siempre les apetece comer. Comen de forma regular. No se alimentan de emociones y sentimientos


En esta cita se condensa el desbordamiento, la lucidez amarga de quien vive en un régimen emocional que otros ni siquiera alcanzan a imaginar. Özlü padecía trastorno maníaco-depresivo, hoy llamado bipolar. Y este libro (oh, sí) es autoficción. Si llegas a él a ciegas, te vas a encontrar con una narrativa confusa, no lineal, alternando tiempos cronológicos, con personajes que entran y salen abruptamente, vivos o muertos según el párrafo. “Las fría noches de la infancia” es un flujo de conciencia en el que las emociones de la protagonista desbordan la lógica narrativa.


Fue una niña turca educada primero en la tradición musulmana y luego, a partir de los diez años, en un colegio de monjas católicas muy rígidas y disciplinadas ellas. Allí le inculcaron que la muerte es el momento más sagrado porque permite la unión con Dios. No sé si es buena idea enseñar a los niños que la muerte es un anhelo, una meta, y menos a una niña que ya tenía con la muerte una relación un tanto especial. Nadie la ayudaba a ordenar su pensamiento. La vida se le presentaba como un desorden sin promesas.


Me obsesiona la idea de la muerte. Día y noche pienso en matarme. No tengo ninguna razón específica. Si vivo, bien; y si no, también. Es sólo una inquietud. Una inquietud que me impulsa a intentar matarme


Así, sin razón aparente salvo que era de noche y hacía mucho frío, siendo adolescente, Özlü se atiborra de pastillas. Tal vez para vengarse, tal vez para probar hasta dónde podía llegar. Sobrevive y es ingresada en su primer centro psiquiátrico. Su padre, maestro de férrea disciplina, se limita a preguntar: “Habiendo comida tan rica, ¿cómo puede pensar uno en morir?”. Su madre, también maestra, calla.


Özlü era libre, libre su mente y libre su cuerpo. Lo que pensaba, lo hacía y lo que deseaba, lo decía. Y eso no lo hace todo el mundo. No le gustaban las normas, ni las apariencias, ni la insignificancia burguesa. Creció entre rabia y frío: calles, barrio, colchones de lana. Le importaban los cuerpos, la calidez de otros cuerpos. Su lucha, su ideología, su placer: todo formaba parte de esa libertad feroz y a contracorriente.


Su escritura era igual que su mente: un flujo imparable de ideas, de sensibilidad a flor de piel. Esa mente enferma, bipolar, la arrastró por distintos centros psiquiátricos. Pastillas, electroshocks, violaciones. Tanto dolor, tanto cansancio de enloquecer, recobrar el juicio y volver a empezar. El bucle de la locura y la lucidez brutal de saber qué no hay cura y que sí:


Lo que me cura no es el tratamiento electroconvulsivo. Ni los medicamentos. Lo que me cura es el inmenso y profundo miedo que me da que me encierren de nuevo en esas clínicas


El miedo como medicina y como último refugio. Özlü falleció en 1986. No se suicidó, fue un cáncer lo que pudo con su vida intensa y dislocada. No os quedéis tristes: sufrió mucho, sí, pero también sintió y disfrutó en abundancia. Vivió libre, escribió honesta, buscó sentido en medio de una sociedad represiva y alienante.


Es inevitable recordar a Unica Zürn. Ambas partieron de vivencias psíquicas devastadoras, pero sus escrituras habitaron en planos muy distintos. Zürn convertía el desgarro en forma, la locura en lenguaje: visionaria, delirante, atravesada por símbolos y pulsiones, casi sagrada. Özlü, en cambio, escribía desde la insistencia del malestar, desde lo que no se sublima, lo que no se transforma: desde la pura resistencia. No hay arquitectura en su escritura, solo flujo. No es lo que el lenguaje hace con la locura, sino lo que la locura le hace al lenguaje.


Leerlas es escuchar otra lengua: la del desborde, la del miedo, la de la euforia que no cabe en los diccionarios de la cordura. No es literatura de síntomas, es literatura de umbrales. No se puede afrontar la locura únicamente desde lo racional, hay una identidad lingüística en ella que tenemos que ser capaces de interpretar.


La mayoría de las veces nos pasamos la vida con el recuerdo de la felicidad pasada. Pero en determinados momentos de nuestra existencia, ese mismo entusiasmo cobra vida en una forma concreta y envuelve nuestro ser día y noche. En una canción. En un cuadro. En un largo bulevar. En las caricias a un ser humano. En un árbol de hojas susurrantes


Gracias, Tezer Özlü. Gracias, Rafael Carpintero Ortega (traductor)


©AnaBlasfuemia




jueves, 26 de junio de 2025

Horas de invierno (Mary Oliver)


El ser humano que no conoce la naturaleza, que no camina bajo las hojas como bajo su propio techo, es parcial y está herido

A veces un libro necesita pausa, tiempo calmo, no porque sea intrincado o críptico, sino porque disfrutas de cada paso que das dentro de él. Y no tienes prisa por avanzar, sino deseos de estar, de permanecer en cada página, en cada párrafo, en cada frase e incluso en cada espacio en blanco. Este es uno de esos libros. Lo terminé porque no pude evitarlo, con una sonrisa lumínica, de esas que te llenan de paz, de conciliación, de reconocimiento. Terminé reconfortada.


Horas de invierno”, de Mary Oliver, es mucho más que un conjunto de ensayos, poemas y aforismos, es una declaración de intenciones, una manera de vivir, una meditación lúcida sobre la vida, el arte, la escritura y la espiritualidad, tejida con una prosa melódica y sin estridencias. Todo en este libro es un estado del ser, un estado de ánimo: un tiempo de pausa, calma, observación y admiración. Introspección clarividente.


Sin grandes aspavientos, Oliver nos invita a detenernos, a observar y a dejarnos transformar por el mundo que nos rodea. Para ella lo ordinario es extraordinario, lo normal ya es más que notable. La vida no es una empresa limitada. En cada texto, en cada párrafo, encontramos una mirada que une y convierte lo cotidiano en revelación inesperada. No hay un abuso de la metáfora (pese a que es consciente de que tanto el relato como la vida son metáfora), pero cuando lo hace la utiliza con precisión, dejando que los hechos hablen por sí mismos y se conviertan en un símbolo.


El primer capítulo del libro (dividido en tres secciones) establece el tono de “Horas de invierno”: no se trata de habitar una casa, sino de habitar el acto de construirla, el énfasis está en el proceso y no en el resultado. Esta actitud atraviesa todo el libro, un recordatorio de que cada instante, cada pequeño esfuerzo, es valioso por sí mismo porque alberga algo incalculable: EXISTE.


En los diferentes textos Oliver muestra su capacidad para observar la naturaleza sin interferir, para dejar que el mundo natural sea tal y como es, sin imponerle una narrativa humana. Se muestra coherente y ética, incluso cuando observa la violencia inherente a la vida salvaje. Esta actitud de respeto casi reverencial hacia la vida y la naturaleza es una constante en Oliver.


Somos el destino de los demás


Hay una sección dedicada a cuatro poetas: Edgar Allan Poe, Robert Frost, Gerald Manley Hopkins y Walt Whitman. No parece una elección casual, puesto que los cuatro comparten con ella una sensibilidad hacia el misterio y la profundidad de la vida, una visión de la naturaleza como reflejo de la condición humana, una espiritualidad que se mueve entre la celebración y la melancolía y una honestidad poética que no teme la verdad, por dolorosa que sea.


Otra sección, “Interludio”, es una pausa reflexiva en la que comparte varias “lenguadinas”. Este concepto me encantó, porque diríamos que son aforismos (lo son) y que son gotas de sabiduría, joyas condensadas, pero ella los llama así, “lenguadinas”, que es “un pez pequeño, flacucho, no muy significativo pero bien hecho”. ¿Se puede ser más bonita que Mary Oliver?


Tanto estas “lenguadinas” como el resto de textos de esta sección continuan siendo ventanas que nos permiten acceder a la mente de Oliver, a su permanente esfuerzo por mantener la curiosidad y la humildad, su rechazo a quedarse en lo superficial y su constante búsqueda de significado. Es una visión de la vida como espacio sagrado, donde cada instante tiene su peso.


Una puede engañarse en gran medida a sí misma, pero no puede engañar su alma. La muy sufridora


El último capítulo, que da título al libro, “Horas de invierno”, es una meditación profunda y honesta sobre la vida, la naturaleza y la escritura. Oliver no elude en ningún momento la oscuridad como una presencia en la naturaleza, en la vida, en los acontecimientos y en el alma. No se trata de una oscuridad desesperada, sino una oscuridad que invita a la introspección y a la observación. Es una oscuridad en la que hay espacio para la fe (maleable, cordial, serena y silenciosa) y la esperanza (gritona, peleona, dulce e insolente).


El verdadero corazón de esta último capítulo está en su reflexión sobre la naturaleza. Oliver rechaza verla como un mero adorno o como un recurso, la ve como una presencia sagrada, dotada de alma. Y esta visión no es una metáfora ni una mirada romántica o poética: es una creencia profunda, una convicción absoluta. La espiritualidad de Oliver en ningún momento es dogmática, sino que es una actitud ante la vida, una forma de mirar.


Hay otro concepto, clave para mí, que en cierta forma también atraviesa el libro. Me refiero a la distinción entre conocimiento y descubrimiento. Mientras que el conocimiento es sólido y acumulativo (y dice haberle fallado en ocasiones), el descubrimiento es dinámico, una chispa que surge de la observación, del asombro y el agradecimiento ante la vida. Creo que esta distinción es esencial para entender la poesía, la vida y la ética de Mary Oliver: no se trata solo de saber, sino de estar atenta, de ver, de escuchar, de sentir, tanto al mundo que nos rodea como a nosotros mismos.


Es un libro hermoso y un auténtico testamento vital. Oliver nos recuerda que cada instante puede ser un milagro si sabemos verlo/mirarlo. Lo importante es estar presente. Su prosa, al igual que su vida, está marcada por la pausa, la calma y la observación. Es una prosa aparentemente sencilla pero con cargas de profundidad que no puedes ni quieres eludir. Para Mary Oliver la vida es un regalo y en cada una de sus palabras late la gratitud de quien ha vivido con los ojos (y el alma) abiertos. Leerla sí que es un regalo.


Gracias, Mary Oliver. Gracias, Regina López Muñoz (traductora)


©AnaBlasfuemia


domingo, 30 de julio de 2023

Un año en los bosques (Sue Hubbell)


Como ocurre con la mayoría de causas nobles, sospecho que todas nuestras opiniones son la mera expresión de un sentido personal sobre lo que es correcto y apropiado

Qué leemos, porqué, cómo, cuándo, incluso a quién o con quién, es algo que con el tiempo no es casual. Una va aprendiendo, dejándose llevar, eligiendo, rechazando, aprendiendo de sus propios hábitos, de sus aciertos y errores y, sobre todo, escuchando sus necesidades. Necesitaba un libro para descansar.

Y descanso, calma y relajación es lo que me dio este libro que relata la experiencia de la autora durante un año viviendo sola en una granja en los bosques de Ozarks. Un año de apicultura y contacto con la naturaleza salvaje (soy incapaz de decir “naturaleza” sin añadir “salvaje”) que a Sue Hubbell le dio paz.

Y a mí me ha dado una lectura agradable, sana, natural, en la que disfruté de las abejas y sus colmenas, los coyotes, la lluvia, las arañas, los murciélagos, las gallinas, los pumas, los ácaros rojos, los chaparrones que asientan el barro…

La alegría de las cosas sencillas sin dar la espalda a las dificultades, la fascinación por la naturaleza, sobrevivir sola, el respeto por todos los seres vivos, la amabilidad con otros puntos de vista diferentes al de una misma… Eso es este libro. Nada más. Y nada menos. No hay mejor libro de autoayuda que la naturaleza.

Oleadas de personas para quienes la vida urbana era demasiado complicada han venido aquí, con la intención de llevar vidas basadas en la sencillez. Lo que aún no han descubierto es que una vida es tan sencilla o complicada como la persona que la vive, y que si a una persona le parce abrumador vivir en la ciudad, se lo parecerá aún más vivir aquí, donde es mucho más difícil ganarse la vida

jueves, 15 de julio de 2021

Aún no se lo he dicho a mi jardín (Pia Pera)


El verdadero peligro de esta enfermedad, quizá de todas las enfermedades, es quedar encerrados en la jaula de nuestro propio egoísmo

Son muchas las reflexiones y frases subrayadas, pero la anterior creo que atrapa lo esencial. Posiblemente el egoísmo (exceptuando un egoísmo mínimo, de supervivencia) sea una enfermedad que no reconoceremos nunca como tal e incluso hay quien lo disfraza de autoestima (no, la autoestima ni es egoísta ni tiene nada que ver con un ego que tiene más de narcisista que de empoderado). Pero no quiero irme por las ramas.

Hay libros que no es que los leas, sino que los acompañas. En silencio, recibiendo y a la vez sujetando. Sabes que estás (re)aprendiendo algo, aprendiendo a vivir, aprendiendo a morir. El libro está muy vivo, aunque lo escriba alguien con una enfermedad incurable, alguien que se rebela pero también acepta, que se resiste pero también indaga. Y por eso, mientras el libro avanza, mientras Pia Pera nos comparte su proceso, el lector la acompaña con el recogimiento y el agradecimiento de quien sabe que hay miradas que, al compartirse, concentran en sí mismas toda la generosidad de la que el ser humano es capaz.

No es fácil escribir sobre la enfermedad, la muerte, el sentido de la vida. Y no lo es porque en realidad siempre es un camino que nos lleva donde nos llevan todos los caminos: al aquí y ahora, no añorar, no temer, la belleza de lo simple, aprender a mirar, aprender a escuchar, agradecer. Por eso no me parece fácil: porque siendo siempre lo mismo, siempre parece nuevo y distinto. Una notificación, un recordatorio de aquello que se nos olvida una y otra vez, una y otra vez, como si cada noche se nos reseteara el apartado de “aprender a vivir sabiéndote fugaz y mortal” o su versión “vive hoy como si fuera el último día de tu vida” y al despertarnos volvemos a sentirnos inmortales, a sumergirnos en las prisas, en el vértigo, en la tormenta de lo vacío, a deslizarnos en lo superficial y aparente, a olvidar la pausa, el silencio, la ternura, la naturaleza, el gesto, la mirada…

Aprender a vivir y aprender a morir tiene mucho que ver con dejar el egoísmo en un arcén. Y con agradecer.

A mí libros así me alivian.

jueves, 20 de mayo de 2021

Rachel Carson y el libro que cambió el mundo (Laurie Lawlor y Laura Beingessner)

 

“No hubiera sido capaz de escuchar el canto de un zorzal sin remordimientos, si no hubiera hecho todo lo que estaba en mi mano para salvarlo” (Rachel Carson)

La nobleza, el compromiso y la coherencia de Rachel Carson me han desarmado cada vez que he leído un libro suyo. Me han desarmado como sólo lo hacen las personas que admiro, personas extraordinarias que cambiaron el mundo sin necesidad de grandes gestos pero sí con tenacidad, con verdad y con la constancia de mantener una actitud consecuente con sus propios valores. Y con mucha, muchísima generosidad.

Si alguien impulsó la conservación ambiental y el ecologismo fue Rachel Carson. La llamaron de todo (“solterona”, “esa mujer histérica y probablemente comunista”, “fanática”, “alarmista”…) Gracias a ella y a sus libros (sobre todo “Primavera silenciosa”) se prohibió el uso del DDT y otros pesticidas y el movimiento ecologista se consolidó de manera definitiva. El reconocimiento le llegó ya fallecida (prematuramente), como suele ser habitual.

Rachel Carson era bióloga, pero también una escritora sensible, amena y delicada que consigue que sus ensayos se lean con fruición sin perder la fuerza de sus argumentos. Posiblemente esa sea una de las razones por las que consiguió llegar a una gran población y hoy en día se le siga leyendo disfrutando tanto de su argumentación ecologista y más “técnica” como de su prosa descriptiva, serena, potente y bella. Un abrazo entre la biología y la literatura que pocas personas han sido capaces de reproducir. Hacer que la ciencia sea asequible, atractiva y comprensible, es posible.

Es por ello que al ver esta edición de Errata Naturae, un libro ilustrado que nos acerca a la vida de esta persona, no tuve dudas: tenía que hacerme con él. Y una vez leído y disfrutado, del texto y de las ilustraciones, sé que es un libro que voy a regalar muchas veces y que es un libro que debería de estar en la habitación de cada niña y niño porque de ellos es el futuro. Y el futuro será mucho mejor con personas con los valores y la actitud de Rachel Carson, que quiso un mundo en el que los seres humanos y la naturaleza vivieran en equilibrio y respeto.

@AnaBlasfuemia

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Génie la loca (Inés Cagnati)


A una loca en libertad todo el mundo la mira. Pero de una loca encerrada todo el mundo se olvida

A veces, algunas veces, muchas veces, los libros me dejan sin palabras. No siento que me las roban ni me las quitan, sino que se deshacen como si fueran un muñeco de nieve en un desierto o un puñado de arena en mi mano que el mar reclama a golpe de olas. Y entonces pienso que utilizamos las palabras con mucha alegría, me refiero a esa alegría inconsciente con la que los niños pequeños, por ejemplo, descubren las palabrotas malsonantes, y llaman puta o caca a su madre o cabrón o caraculo a su padre. Y se ríen y nos reímos, porque nos hace gracia, aunque nunca he entendido dónde está la gracia.

De adultos no mejora esa facilidad para utilizar algunas palabras con alegría casquivana: loca, tarada, mongola… Loca. Voy a quedarme con esta palabra, “loca”, porque así llaman a Génie, la madre de Marie. Marie es la voz que cuenta la historia. Las historias. ¿He dicho “cuenta”? Miento, no nos las cuenta: nos las canta. Porque este libro es como una canción, una melodía que te envuelve, con sus estribillos que se repiten, pegadizos, para que no olvides lo esencial. ¿La oís? Es dulce, es poética, es sencilla. Y te arrasa.

Te arrasa como lo hace un alud, un tsunami o un huracán. Te asola y te deja vacía, llorando y vomitando. Con el mismo vacío, las mismas lágrimas y el mismo vómito con el que se construye Génie la loca: el de las renuncias. La renuncia por amor. El amor que solo una madre puede sentir por su hija, a la que le arrebatan la felicidad nada más nacer y cuya vida se construye con las ausencias de lo que le quitan. ¿Cómo construir una vida si te lo van quitando todo?

Puedes amar desde el silencio, el sacrificio y la renuncia, puedes amar mirándolo todo con amor y con miedo. El amor como una letanía.

Y tú lees y cuando quieres darte cuenta tus brazos no sostienen el libro. Sostienen a Marie y a Génie, has hecho un nido con ellos y quieres cobijarlas. Para cuando quieras darte cuenta otra vez, tú también estás dentro del nido, protegiéndote, abrumada porque un libro tan bellamente contado te desgarre con tanta intensidad.

martes, 16 de julio de 2019

Un domingo en el campo (Pierre Bost)


Aquel sol como un líquido o un polvo, que no se comía los colores, no, es mentira lo que dicen, sino que los volvía vivos, plenos, a punto de estallar, como si cada uno fuera una pequeña criatura que solicitaba caricias, o una palabra que había que comprender
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Una de las cosas que más me agobia en Instagram es la urgencia por la novedad (hablo de libros, claro). Miento, lo que me agobia es la rapidez con la que luego la novedad deja de existir. La vida efímera de los libros. Se nos olvida su perdurabilidad, que siguen ahí, que no por no ser ya novedad deja de ser un libro para ser leído. Y, así, libros magníficos quedan en el limbo, sepultados por novedades, muchas de la cuales tienen una calidad, no voy a decir dudosa (que también), pero sí ligada al único valor de ser novedad.
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Todo esto viene por esas pequeñas joyas que pasan desapercibidas y que, sin embargo, leerlas son un regalo sanador, curativo, que apaciguan y calman. “Un domingo en el campo” es uno de esos libros.
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Qué magnifica radiografía del transcurrir interno, de las distintas realidades y puntos de vista de un mismo hecho o situación. Qué realismo más bello. Qué verdad más verdadera. Que delicia más divertida y tierna. Cuánta resignación ante la inevitabilidad de la muerte que, a más cercana está, más lejos está la estación de tren. Esa lentitud inevitable, pero también consciente, del final de una vida.
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Ingeniosa, irónica y fresca, esta novela es un retrato de las relaciones familiares (también de la vida) con un encanto agridulce, feroz y sensible. La grandeza de los pequeños gestos que no esperan recompensa. ¿Sabéis del valor de esos gestos?

viernes, 7 de septiembre de 2018

Notas desde un manicomio (Christine Lavant)

Título original: Aufzeichnungen aus dem Irrenhaus
Traductora: Nieves Trabanco
Páginas: 80
Publicación: 2001 (2018)
Editorial: Errata Naturae
Sinopsis: Christine Lavant, una de las poetas austriacas más admiradas, pero secretas, del siglo XX, narra su estadía voluntaria de un mes y medio en el Hospital Psiquiátrico de Klagenfurt en 1935. Lavant no escribió este fulgurante texto hasta 1946, once años más tarde, y no consintió en publicarlo mientras vivía porque era demasiado personal: en él registra su fallido intento de suicidio, su insomnio, la convivencia con sus excéntricas compañeras, la autoritaria presencia de los médicos y su lucha diaria por sobrevivir escribiendo.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ
Que el diablo se lleve a quien diga o escriba una sola burla sobre alguien que vive en la pobreza.
Hay libros que son libros-cebolla: capas y más capas. Notas desde un manicomio es, sin duda, un libro-cebolla, pues es a partir de lo que nos muestra Lavant que debemos reconstruir su biografía, su persona, y más concretamente el período que pasó (voluntariamente, después de un intento de suicidio) en un hospital psiquiátrico. Un manicomio de los de antes…

Lavant era pobre. Y esa es una de las capas más importantes que atraviesan constantemente el libro. Pobre, una salud física muy delicada, depresiones… Y mujer, otra de las capas a exfoliar. Ninguna de esas capas fueron ajenas para la propia Lavant, exigente con la vida y los dioses, pero también muy autoexigente, exhortándose a sí misma a ser bondadosa y a dar un amor (o una apariencia de amor) que no siempre sentía, porque la rabia y la furia también la arrasaba, algo que parecía no permitirse a sí misma.
¿Qué esperaba? ¿Curarme? ¿Pensaba realmente que cierta cantidad de arsénico tomada con regularidad daría sentido a mi vida? ¿Que aquí podrían volverme hermosa, o al menos valiente y feliz? Claro que no lo creí ni un segundo, pero ¿adónde debía ir después de algo tan horrible y fallido? Treinta pastillas, un sueño parecido a la muerte durante tres días y cuatro noches para volver luego a despertar y que todo siga inmutable a mi alrededor.
El relato, aunque corto, no da respiro ni tregua, no te deja coger aire. Su actitud narrativa no es presuntuosa, es un foco señalando una experiencia vital, un flujo de conciencia. No hay argumento, es la propia vivencia, la mirada de Lavant y lo que le rodea, cómo vive a sus compañeras de encierro, sus propios sentimientos, su situación… No tiene un inicio fácil pero terminas por dejarte llevar por Lavant, que pese a estar internada en un manicomio no está loca, sino que es una persona profundamente infeliz.

El objetivo de Lavant no es cuestionar ni juzgar, sino describir (además de su experiencia en ese período concreto) la dinámica entre residentes y enfermeras y médicos, pero con una mirada íntegra, sincera, directa y honesta, sin esconder sus propios miedos e inseguridades. Nos muestra su dolor, sus temores, sus flaquezas y el estremecimiento de sentirse una extraña, de no pertenecer a un mundo en el que siente que no encaja. Es tanta su perplejidad, su debilidad, que incluso llega a pensar que el manicomio puede ser un refugio para ella, que allí puede encontrar una protección que el mundo exterior no le ofrece. Pero no hay nada que la proteja de sí misma.

La pobreza fue una diferencia que marcó profundamente a Lavant, porque le hacía sentirse excluida, sin derechos. Derechos que además le eran arrebatados por ser mujer (búscate un novio). Y para encima escritora. Lavant solo quería escribir poesía. No quería ser esposa ni madre de familia, quería ser poeta. Porque es a través del lenguaje y las palabras que es capaz de organizar y estructurar el caos que siente que es su vida. Hasta el punto de que en las largas noches de insomnio, no es que cuente ovejas, no, sino que piensa en palabras, palabras aisladas hasta que siente que se materializan dentro de ella y adquieren un contorno y una consistencia capaces de llenar su vacío interior y así, por fin, descansar.
Escribo esto con palabras corrientes, lo escribo como cualquier otra cosa, y en realidad debería romper las paredes piedra a piedra y lanzarlas una a una contra el cielo para que alguien se diera cuenta de que aquí abajo tiene obligaciones. Quizá me condene a mí misma con estas palabras, pero a mí me corresponde escribirlas.
En el manicomio hay momentos en los que todo se iguala, se unifica, hay como un sentimiento común y no individual, una pérdida de una misma que a la vez implica pertenecer al grupo. Sutil, ¿verdad?

Pese a lo que suponían las instituciones mentales de aquella época, y también las creencias que había en torno a la enfermedad mental y la mujer (le aconsejan en varias ocasiones que se busque un novio y que trabaje para curar su “histeria”), Lavant no busca en ningún momento hacer una crítica del sistema sanitario o psiquiátrico. Aunque en ocasiones añora un poco más de comprensión y que los médicos y las enfermeras usaran palabras adecuadas en lugar de inyecciones y camisas de fuerzas, sin embargo es consciente de la dificultad de que los médicos empaticen y comprendan a todos y cada uno de los enfermos porque entonces ¿qué les quedaría para ellos mismos?
Todo el sufrimiento que aquí hay está tan por encima de todo lo humano que es imposible que pueda ser afrontado sólo con medios humanos.
No, si a alguien responsabiliza Lavant es a quien está en las alturas. Es a Dios a quien en ocasiones reclama más justicia, más amor, más compasión, más responsabilidad. En cualquier caso, no tira Lavant de ningún dedo moral y acusador que juzgue o etiquete, y esa es precisamente su legitimidad: no hace juicios severos sobre los personajes que la rodean. Su mayor mérito es no poner sal en la herida ni añadir drama a una situación que ya de por sí es bastante insoportable y trágica. Lavant solo quería escribir. Una autora más en busca de un cuarto propio y en este caso recuperada y a nuestro alcance gracias a la editorial Errata Naturae y a la traducción de Nieves Trabanco.

martes, 8 de marzo de 2016

El cielo oblicuo (Belén García Abia)


Páginas: 80
Publicación: 2015
Editorial: Errata Naturae
ISBN: 9788415217930
Sinopsis: «Mi ginecóloga no sabe que voy a escribir un libro sobre mi no-maternidad, tampoco sabe que aparece en él; ella y su cara de desprecio. (…) Escribo sobre mi pequeño dando vueltas en mi sala de espera, sobre mi útero vacío, sobre mi no-concepción, sobre mi ángel de la guarda, sobre Yerma (…) sobre que hemos nacido para ser madres y no lo somos, que nos han parido para ser madres y no lo somos».



 

La blasfuemiada:

El dedo esboza un inexistente círculo en torno al ombligo con el velado propósito de convertirse en un íntimo viaje al placer. Desde el centro de todo, la mano desciende por el vientre con suavidad, esbozando caricias con la justa proporción de las estrellas.

No pares.


La mano se detiene. Palpa.

Acaríciame. Acaríciate. No palpes. No hurgues.


Ven.


Números. Son 5. Uno de ellos de 7 cm. La extraña matemática del dolor.


Extrajeron 3. Dejaron 2.


Números. Unos dentro. Otros fuera.

Palabra nueva que incorporar al diccionario autobiográfico. En la hoja de la M añado, en rojo, Miomas.

Y el vientre se parte en dos, una frontera trazada chapuceramente desde el ombligo al pubis. A la derecha, lo que ya nunca serás: madre. A la izquierda, lo que siempre serás: mujer. En el centro, un sinuoso y oscuro abismo desde el que gimen las voces de tus decisiones: la de quien dijiste “no”, la de quienes esperaste sin buscar y ya no serán un “sí”.

Una vez elegí yo. Y cada día me reclamas y cada día te nombro, abro la ventana y no pasas por ella. Serás mi sufrimiento, mi cansancio, el ángel blanco que regrese para clavarme su espada. Y otra vez eligió la vida. Y se acabaron ya las posibilidades.

La mirada acusadora. El castigo, tan sutil como innecesario. Nunca un médico ha de ser juez. Jamás debe de castigar a quien ya lleva la condena en el vientre.

Oblicuo: ni horizontal ni vertical. Ni silencio ni grito. Ni horizonte ni cercanía. Ni gloria ni averno. Ni erguida ni doblada. Ni madre ni no-madre. Mujer.

Mujer.

Desde esas entrañas escribo y leo. Partidas. Abismales. Oblicuas.

La imagen:


La imagen que aparece en la portada pertenece a Francesca Woodman, una fotógrafa estadounidense que se suicidó a los 22 años. Sus fotografías en blanco y negro, siempre con mujeres desnudas, siendo ella misma muchas veces su propio modelo, recrean unos escenarios inquietantes y perturbadores. La luminosidad, la preparada atmósfera, el ambiente etéreo de íntima búsqueda y la vulnerabilidad de sus imágenes componen auténticas poesías visuales.

La cita:

Sin duda, un día iba a merecer el cielo de los oblicuos, donde sólo entra quien es torcido (Clarice Lispector, “La hora de las estrellas”)
No pocas veces solemos pasar por alto las citas con las que se inicia un libro, salvo que nos parezca decir algo directamente a nosotros. Pero no siempre conectamos la cita con lo que lo que vamos a leer a continuación. Y lo cierto es que no suelen ser elegidas por el autor o la autora por casualidad. Sin embargo, en muchas ocasiones esas citas son el germen, y a la vez el sustento, de lo que vamos a leer. Siempre que un libro se inicia con una cita, me detengo deliberadamente en ella, intentando apresar su auténtico contenido, porque sé que es una baza que se me está ofreciendo para captar con claridad el alma de lo que voy a leer.

Y en este caso es, además, un homenaje a la influencia de Clarice Lispector en la escritura y el estilo narrativo de la propia Belén García Abia.

Por eso, a la cita inicial que nos ofrece Belén, yo añado otra extraída de esta lectura:

… es un cielo oblicuo, donde sólo pueden entrar los que llevan el peso del mundo en su espalda.
El libro:

El cielo oblicuo es un libro trasversal (además de oblicuo), puede leerse como poesía, como ensayo, como novela, como diario. Podemos pensar que es un libro confesional, sobre la maternidad, sobre las mujeres, sobre las mujeres que escriben y porqué.

La escritura me desgasta. Escribo que la escritura me desgasta y que odio esta necesidad de contarse a bocajarro, abrir las piernas de par en par.
No importa, agitamos el libro y dejamos que se caigan todas las etiquetas. Lo que encontraremos dentro llega tanto a hombres como a mujeres. Aunque es el grito de una mujer feroz, más allá de la maternidad y la no-maternidad, también habla de frases hechas que atraviesan décadas y generaciones y que son auténticas losas. Esas pequeñas pero no insignificantes piedras que nos van (y nos vamos) echando en la mochila, que doblan nuestra espalda, que doblan nuestra vida.
¿Oyes el eco? ¿Oyes las voces? Proceden de tus ovarios. Palabras que te metieron por la vulva.
Y creces.
Un libro que es una huida y una búsqueda, una memoria y un olvido, un admitir y un dudar, una certeza y un titubeo, un silencio y un grito, una ira y una calma… Es una voz: la suya, la tuya, la mía. Acerca el oído y deja que Belén te lo susurre. Porque también se puede gritar en un susurro.
La literatura escrita por mujeres está llena de habitaciones cerradas. Tienen a la mujer feroz dentro.
(©AnaBlasfuemia)