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jueves, 17 de junio de 2021

La entreplanta (Nicholson Baker)

La sensación de que eres más estúpido de lo que eras es lo que te despierta al final el interés por los asuntos verdaderamente complejos de la vida: por el cambio, por la experiencia, por las formas en que otras personas se han adaptado a la decepción y a la merma de capacidades

¿Qué filigrana es esta, Baker? ¿y cómo La Navaja Suiza se atreve a publicarla y (cómo no) Ce Santiago a traducirla? Tal vez porque hay otras opciones, otros mundos que están en este: no es lo comercial, es la calidad. El concepto: literatura. Y porque hay lectores que buscamos ciertos libros como el río busca su cauce o un bebé el pecho de su madre.

La trama es impresionante: a Howie se le rompen los cordones de sus zapatos. En un rato de asueto en su oficina, va a comprar unos nuevos. Ya está. No hay más. Quien busque una historia, esa es toda la que hay. Quien busque trama y diálogo que dé media vuelta. Quien busque una capacidad extraordinaria para sostener un libro a base de un monólogo que se nutre de minucias (muy reconocibles), que se quede un rato.

Los lectores somos seres extraños, encontramos placeres inesperados en libros que no responden al canon de la industria literaria masificada. Un placer casi onanista para algunos, un babeo devorando página tras página, un sentirse privilegiada. Es casi una perversión, he de decir. Incluso hay cierta tendencia a caer en una superioridad moral contra la que tienes que luchar. Lo cual no impide el goce, porque has elegido esta lectura, has experimentando y visto todas las posibilidades y has admirado lo que hace su autor.

Baker, sus pies de página, te expulsa y te mete de nuevo en la lectura con su retórica meticulosa. Impresionante literatura del detalle, un hilvanar pensamientos poniendo la lupa en cada gesto, hecho u objeto cotidiano con el quehacer de un mago inesperado. Baker da empaque y personalidad a lo vulgar y cotidiano.

En “La entreplanta” se narra lo inenarrable, no porque no haya palabras para narrarlo, sino porque ¿quién va a escribir sobre calcetines, pajitas, bolsas, moquetas, grapadoras, corbatas, cubiteras, desodorantes…. y mantener tu atención, tu asentimiento e incluso tu sonrisa?: Baker, Baker lo hace.

@AnaBlasfuemia

sábado, 26 de septiembre de 2020

El mar indemostrable (Ce Santiago)

 

… y cierto día encaras un cúmulo de ciertos días que equivalen a la asunción de que moverse es lo mismo que ir a ninguna parte, y que eso es peor que, al menos, estar en algún lugar”.

Decía Borges que somos lo que leemos, aunque también se puede decir que leemos lo que somos. De algunos traductores bien se podría decir que son lo que traducen. No conozco personalmente a Ce Santiago, así que no puedo afirmar rotundamente que él sea aquello que ha traducido, pero sí que probablemente lo que traduce es la literatura que le gusta leer pero también la que le gustaría escribir. Pues bien, lo ha hecho: ha escrito un libro. De esos que se quedaron varados en plena pandemia, sin poder salir a navegar por las librerías. Hasta que el mar pandémico lo ha permitido. Ahora.

Si has leído algunas de las traducciones de Ce Santiago (William H. Gass, Gilbert Sorrentino, Djuna Barnes, Nicholson Baker, T.C. Boyle, Claire Vaye Watkins…) habrás hecho todo lo posible por hacerte con su primera novela, que es lo que yo hice, con muchas expectativas sobre qué esperaba encontrar.

No sólo no me ha defraudado. Es que hasta me ha emocionado el derroche de escritura excelsa, de riesgo, atrevimiento y autoexigencia. Ce Santiago exprime y experimenta con el lenguaje, deconstruyéndolo para volverlo a construir, insuflando vida a un lenguaje moribundo, dando forma a lo informe… haciendo literatura de esa que me hace aplaudir con las orejas.

El título del libro “El mar indemostrable” es toda una declaración de intenciones, o cómo una afirmación que asumimos como cierta (que el mar, al igual que la vida, no se puede demostrar) puede expresarse y, por tanto (en una curiosa paradoja), demostrar lo indemostrable.

La escritura de Ce Santiago es una escritura a borbotones, casi escupida, sudada como quien suda construyendo una catedral piedra a piedra con sus propias manos. Pulso, detalle, precisión, pasos seguros, ni un resquicio para lo inútil, superfluo, sobrante o innecesario.

El mar indemostrable” es un fluir controlado del lenguaje (si es que el lenguaje se puede controlar): Ce Santiago saca del corsé a las palabras, las frases, los párrafos, la narración, los libera de ese contorno ceñido, apretado y limitado, con el que se construyen muchos libros. Pareciera que desdibuja las formas, pero no puede decirse desdibujar cuando crea imágenes, sensaciones, experiencias, pensamientos y emociones que reverberan y se amplían en el lector.

Ce Santiago tensa el lenguaje hasta encresparlo, juegos literarios con forma brumosa sobre los que avanzas palpando con las manos hasta topar con lo tangible y aferrarte a algo, aunque sea al agua. Porque agua (mar, el mar, la mar) es este libro (“sin forma y a la vez con todas”), agua salada con la cadencia de las mareas que nos deja a merced del oleaje y de las corrientes de la resaca, orillas que no son idílicas, porque este mar no tiene nada de romántico y sí de cruel, no hay sentimientos en el mar.

Nada en este libro es casual y si su autor pretendía transmitir el mar, la relación del hombre con el mar y del mar con el hombre, lo ha conseguido con creces, no solo a través del lenguaje, sino también a través del ritmo y la cadencia que a veces te llevaba y otras te traía, que pocas veces te mecía y más bien te bamboleaba, que te llevaba del silencio más espeso y a la vez respetuoso a leer fragmentos en voz alta, con una sonoridad contundente que te hacía recordar toda la inclemencia del mar y la rudeza inhóspita de la humanidad.

Cuando terminé de leer el libro me sobrevino una especie de mareo cinético, el que sientes al desembarcar: durante un instante bajo tus pies la tierra ya no es firme, la sensación de inestabilidad te fuerza a echar las manos al suelo, como sujetando un mundo que se mueve demasiado rápido para sostener a aquellos que lo habitan.

Generoso, Ce Santiago no escatima sus referencias literarias y las comparte a pie de página. He dicho antes que probablemente Ce Santiago ha traducido aquello que le gusta leer, pero también aquello que le gustaría escribir. Y, como esperaba, ha escrito a una altura elevada. Su primera novela es una novela experimental, trabajada, pero de una frescura y un vigor que renueva el panorama literario nacional, muy necesitado de escritores así. Qué bárbaro, Ce Santiago.

©AnaBlasfuemia

sábado, 5 de octubre de 2019

La suerte de Omensetter (WIlliam H. Gass)

Ahora os pido que os hagáis una sencilla e ingenua pregunta, que digáis: ¿para esto he nacido?; y os pido por favor que la encaréis con honestidad y respondáis si sois capaces o si os veis obligados.

¿Para esto?”

Voy a catalogar esta lectura como “demencial obra maestra”. Y con “demencial” pretendo lanzar una advertencia a quien no conozca a William H. Gass o no haya bregado con lecturas experimentales y vanguardistas en las que la forma y el estilo se reinventan y exprimen hasta límites insospechados sin abandonar en ningún momento el fondo (el “qué”), no sea que lo de “obra maestra” lance a una lectura que es tan compleja y exigente que puede desesperar a más de un lector pero que también es muy (pero que muy) gratificante para quien consiga avanzar por las más de 400 páginas de esta, repito, obra maestra. Para mí, claro, y entendiendo por obra maestra aquello que sobresale, provoca múltiples interpretaciones, transciende y perdura.

Para disfrutar de este libro extraordinario hay que saber a qué te enfrentas, saber que lo que vas a leer te va a noquear como lo hace todo aquello que desborda creatividad y originalidad y que te dejará extenuada y sin aliento; que te va a exigir una atención esforzada, minuciosa; que muchas veces no comprenderás y que otras entenderás todo el sentido del sinsentido; que leerás con la conciencia de que todo se revelará, que hallarás ese fragmento (como si fuera una ventana abierta que inunda de luz el espacio y define las formas) que dé todo el significado a esta orgía de literatura y creación narrativa y que, mientras, disfrutas de un espectáculo del que saldrás agradecida porque tienes conciencia clara de que acabas de pasar por una lectura que es un privilegio para todos aquellos que reverenciamos el qué pero también el cómo.

La narrativa de Gass funciona y se hace literatura mayúscula porque su prosa tiene una cadencia excepcional, porque las frases son conceptos y porque construye la sintaxis acumulándola de forma tan vertiginosa que a veces te sientes nadando a contracorriente desbordada por su magnitud narrativa. La acumulación de frases es como un látigo que te fustiga a seguir leyendo enfebrecida, sintiendo el trallazo de la creación desmedida, una cascada gramatical rebosante en la que sientes cada gota como un pinchazo en la piel.

Dicho todo lo anterior, que podía dejarlo ahí pero necesito seguir hablando de “La suerte de Omensetter” de la misma forma en la que lo leí (con voracidad), os digo que, pese a todo el festín estilístico y formal, también habemus trama, aunque podemos pensar, y tampoco nos equivocaríamos, que la verdadera trama es el lenguaje y su construcción, que la forma (el “cómo”) es el argumento.

En todo este tinglado, Glass nos ofrece tres voces (ninguna de ellas es la de Omensetter) y su propuesta es que sea el lector la voz que una y dé sentido a las tres. Me parece justo que un trabajo tan descomunal como el suyo (tuvo que reescribir este libro porque el manuscrito original desapareció) sea recompensado con un ímprobo esfuerzo por parte del lector.

La voz del senil Tott, la primera voz, distorsionada y olvidadiza pero con destellos de lucidez, nos advierte (y al finalizar la lectura vuelves a ella para terminar de encajar todo el engranaje). La de Pimber (a quien la presencia de Omensetter le lleva a contestar la pregunta clave ¿para esto he nacido?, con todas las de perder) nos embauca, es la más accesible en la forma y la más manipuladora en el fondo, aunque no necesariamente la más verdadera (ninguna lo es). Y la más extensa de todas ellas, la de Furber, que nos embauca e hipnotiza, ardiente y enferma, con su fluir de conciencia. Furber, el embustero y amargado, al que le faltan letras de la palabra amor. Furber el cínico, incrédulo y furibundo. Furber, cuya voz se alza sobre todas y se termina por reescribir, como se reescribía continuamente el propio Gass.

"La suerte de Omensetter" tiene evidentes mimbres faulknerianos pero es, sobre todo, muy, pero que muy Gass. Hay que esforzarse, sí, muchísimo, pero también caer rendida y admirar el esfuerzo de autores como William H. Gass, que nunca estarán entre la lista de los más vendidos ni serán de los que más ruido mediático provoquen, pero que para algunos lectores significa “para esto, para esto leo”.

Recuerda por favor que siempre hablo de manera figurada, por medio de emblemas y motivos, ya me entiendes. Amplifican mi voz como manos ahuecadas. Cierta vez denominé a tal pureza del habla, a tal precisión y fuerza en la frase, la medida del espacio espiritual, el álgebra de la vida interior

Formidable traducción de Ce Santiago.

domingo, 12 de mayo de 2019

Sobre lo azul (WIlliam H. Gass)


El azul es por tanto el color más apropiado para la vida interior […] Porque el azul se contrae, se retira, es el color de la trascendencia, nos conduce en pos del infinito
Este es un libro (bastante metaliterario, por cierto) para personas muy azules y, para Gass, “estar en lo azul es estar aislado y solo”. Si amas el azul (el color, el concepto, el estado de ánimo), las palabras, el lenguaje, la irreverente y erudita literatura experimental de Gass este ensayo es todo una inmersión en la pasión que este autor sentía por la escritura y el lenguaje.
Todo lo que conoces Gass lo convertirá en azul, abarcando un mundo infinito de posibilidades, como, por ejemplo, que a partir del azul se hable del sexo y lo haga sin caer en la sordidez o en lo grotesco.

No voy a negar que es una obra extraña, un ensayo insólito y asombroso, pero es como una marca de agua de cierto tipo de literatura y que a algunos lectores nos sirve para ir recorriendo una ruta de satisfacción de libro en libro y leo porque me toca.

Gass ha escrito “Sobre lo azul” con mucha libertad y en esa espontaneidad y atrevimiento nos marca la distancia exacta que hay entre lo que decimos realmente y lo que creemos decir y así es como aprenderemos a decir las cosas de forma diferente.
No os dejéis intimidar: el país del azul está despejado, habítenlo.

Magnífico Ce Santiago que ha debido de sudar tinta china (azul) con esta traducción.
…el azul es el color de la mente en préstamo al cuerpo; es el color que la consciencia adopta al ser acariciada; es el interior oscuro de los enunciados, enunciados que siguen sus propios giros que hacia el interior desaparecen como las espiras de una concha, y a los cuales seguimos con cautela