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sábado, 20 de junio de 2026

El último samurái (Helen DeWitt)


 Qué crueldad que tengamos que despertarnos cada día para responder al mismo nombre, revivir los mismos recuerdos, adoptar los mismos hábitos y estupideces con los que cargábamos el día anterior, antes de acostarnos

A veces el mayor cansancio no viene del mundo, sino de tener que ser una misma a diario. Helen DeWitt publicó “El último samurái” en el 2000. En 2004 desapareció tres días y fue encontrada ilesa en las cataratas del Niágara. Rechazada, ignorada, mal leída, se la ha querido reducir a caricatura de escritora excéntrica, pero hay algo en su escritura que sigue desajustando todas las estanterías (físicas y mentales).


No importa tanto lo que cuenta (Sibylla y su hijo Ludo, un prodigio autodidacta en busca de su padre) como lo que su escritura exige. Es un libro que no facilita la lectura, no simplifica los lenguajes (en plural). Ofrece fragmentos, aprendizajes encadenados, atajos que son laberintos. Y un estilo que es a la vez físico y mental, en el que cada frase se dobla sobre sí misma por la presión de una inteligencia que no descansa.


Sibylla ofrece a su hijo “Los siete samuráis” de Kurosawa como documento ético y herramienta de resistencia frente a la ausencia del padre. ¿Cómo se educa a un niño que todo lo cuestiona? ¿Qué ocurre si el referente moral no es el padre real sino una película japonesa de 1954? La figura del samurái funciona como sustituto y brújula simbólica. Sibylla construye una pedagogía alternativa con las piezas que tiene a mano para ofrecer a su hijo una ética sin dogma. Es una madre inesperada.


Leer este libro es practicar también ese método: por disciplina, por obstinación de no rendirse ante la confusión. Aquí la figura del samurái no se cita, se practica. El lector debe decidir hasta dónde acepta ese coraje. Y ser un lector-samurai conlleva:


  1. Que la lectura es exigente, pero no para exhibir conocimiento. Se nos pide resistencia, paciencia, curiosidad activa. Como a los samuráis de Kurosawa: no se les exige talento, sino propósito.
  2. Que hay una ética implícita en esta lectura: leer sin red, buscar sentido desde dentro. Esa sería la elección del samurái.
  3. Que el lector está también en el campo de entrenamiento: Sibylla entrena a Ludo, DeWitt al lector. Obliga a pensar. Como el bushidō: el pensamiento como ejercicio, no como acumulación.
  4. Que la pregunta no es “¿quién es el padre?”, sino por qué hacía falta hacerse la pregunta.


Podría decirse que va de un niño que aprende, pero eso sería como decir que Ulises va de paseo por Dublín. “El último samurái” no retrata el saber como acumulación, sino como entrenamiento de de la mente para soportar su lucidez.


En el trasfondo vital de DeWitt (su desaparición, sus problemas editoriales, su distancia del circuito literario) resuena una tensión que atraviesa el libro: ¿cómo sostener un pensamiento libre en un mundo que pide legibilidad? Sibylla no es entrañable: es un animal de inteligencia, un motor. Cuando Ludo inicia la búsqueda de su padre, no huye de la madre, sino que amplía su legado.


Ludo no busca un padre, busca una altura, por eso no interroga a hombres cualesquiera, sino a posibles candidatos a representar una ley secreta. Cada uno ofrece una promesa pero ninguno convence, no porque no sean brillantes, sino porque en el fondo todos se parecen demasiado al resto de los mortales: titubean, exageran, confunden método con sentido.


Cada intento de encontrar una figura paterna se convierte en una coreografía absurda y tragicómica. Podría imaginarse una escena digna de “Amanece que no es poco”, con Ludo preguntando a un filólogo islandés o a un trompetista tuareg: “¿Usted sabría criarme como se debe?”. Y la respuesta podría ser un “yo soy más de Chiquito” (y sí, ya ha descartado a Darth Vader, por si alguien se lo pregunta).


Se ha dicho que es un libro excesivo, difícil, disperso. Y es cierto, pero esas críticas parten de una expectativa distinta: la de que un libro debe ser ordenado, jerárquico, contenido. DeWitt hace lo contrario sin pedir permiso ni dar explicaciones porque no teme aburrir y en ese riesgo está su belleza: en su libertad, en no pedir perdón por lo que exige. Hace algo más honesto: mantenerse fiel a su rareza. Eso es coraje, un coraje de tipografías imposibles y chistes sobre Heródoto. 


Algunos libros, como algunas personas, están hechos no para ser entendidos, sino para ser leídos con todo lo que son. Incluso, y sobre todo, cuando incomodan. Si alguien te pregunta de qué va este libro, puedes decir: “del método que necesita un niño para sobrevivir a la lucidez”. O mentir, como haría Sibylla.


Tengo que decirlo o reviento: la inteligencia es un privilegio solo para quien puede apagar sus pensamientos a voluntad.


Gracias, Helen DeWitt. Gracias, Gemma Moral (traductora)


©AnaBlasfuemia



martes, 16 de septiembre de 2025

La perfección del tiro (Mathias Enard)


Lo más importante es el aliento. La respiración tranquila y lenta, la paciencia del aliento

El rececho del francotirador: este es un libro escrito con la mira puesta en el alma humana, pero a través del ojo metálico de un fusil. Hay un muchacho que, a los dieciocho años, ha entendido que matar puede dar sentido a una vida estropeada desde la infancia.

Este chico (sin nombre, pero con voz propia) no quiere ni busca salvación, ni para él ni para nadie. Tiene una madre demenciada, una figura femenina que es más símbolo que cuerpo (Myrna) y un fusil que lo nombra mejor que cualquier documento de identidad. La guerra le da permiso para hacer lo que en otro contexto sería impensable, pero Enard no permite que nos escudemos en esa excusa.


El protagonista no es un soldado, es un francotirador. Y eso es importante: el francotirador no combate, no participa en batallas; observa, elige, ejecuta: está separado del mundo. Y eso es lo que le hace tan inquietante, que el horror se calcula. El lenguaje, como él, es seco, rítmico, ritual. Frases breves, puntuación medida, respiración contenida. La guerra como gimnasia del desapego.


El protagonista habla como quien no se escucha, pero sin embargo, es un narrador elocuente. Lo que cuenta no es solo la técnica del disparo (esa obsesión casi zen por la trayectoria perfecta) y lo que ajusta no es solo la puntería, sino la relación entre cuerpo, deseo y control. No mata porque está desbordado, sino porque solo así consigue no desbordarse. Cada disparo es una forma de mantenerse dentro de una línea de control técnico que lo separa de todo lo que podría hacerlo humano. No dispara por impulso, odio o ideología: dispara por método. Porque es lo único que sabe hacer que no lo traiciona.


La gran tragedia no es que mate, es que encuentra belleza en matar, que convierte la puntería en identidad y que mide su autoestima por la limpieza del disparo. Lo que tiene no es solo una psique descompuesta, sino un canon estético distorsionado. Y en esa perversión técnica está el centro moral del libro: cuando la precisión sustituye a la compasión, ya no hay retorno. Ni madre, ni Myrna, ni dios que lo rescate.


Ay, Myrna. Esa niña-mujer con cuerpo de deseo y rostro de humanidad. La pobre Myrna aquí es símbolo, espejo y objeto de deseo. Pero no olvidemos que es, simplemente, una adolescente de quince años. Me parece importante no perderlo de vista en esta verbena de metáforas. Porque una cosa es analizar el deseo del protagonista y otra muy distinta es no advertir lo profundamente repulsiva (y real) que es su mirada.


Él no puede amar sin violencia, no sabe poseer sin matar. En su cabeza, sexo es dominio, castigo y resentimiento; el deseo siempre roza la violencia. Por eso las escenas de deseo se mezclan con fantasías de violación y de muerte. Y lo que podría ser un atisbo de amor se convierte en una amenaza para su sistema. Él la pasea del brazo como quien enseña un trofeo recién cazado. La desea, la sueña, la imagina violada y asesinada… y Enard no lo disimula. No porque lo apruebe, sino porque no quiere que apartemos la mirada.


El gesto final es la confesión de alguien que nunca supo pedir nada y que ahora pide un imposible: ser devuelto a un tiempo en que no estaba dañado. Pero no hay madre que baste para eso


Lo que hace que este libro no sea una pornografía del sufrimiento es que no cae en la trampa del espectáculo, no convierte el horror en un ejercicio de estilo. Cada frase está pensada como un disparo y, sin embargo, la belleza de la escritura está ahí, en su negativa a edulcorar. Es como si Enard dijera: “te voy a mostrar lo peor, pero no te voy a dejar mirar desde lejos”.


Es un libro extraordinario por su equilibrio: entre el lenguaje lírico y el control técnico, entre la violencia explícita y el pudor narrativo, entre el nihilismo existencial y una leve sombra de deseo de amor. Enard quería que miráramos el mal desde dentro. No el mal espectacular, ni el político, ni el filosófico, sino el mal minúsculo, técnico, eficiente, banal. El que se forma cuando un niño quiere que su padre muera, cuando se entrena para matar, cuando reemplaza el dolor por el cálculo. Cuando no queda más dios que la bala.


Enard nos pone dentro de la cabeza del protagonista no para que lo entendamos, sino para que no podamos ignorarlo. Porque ignorar lo que hay en esa cabeza (esa mezcla de técnica, testosterona, violencia, melancolía y misoginia) es lo que hacemos todos los días con los hijos de la guerra. Y los de la paz también, no nos engañemos.


Gracias, Mathias Enard. Gracias, Manuel Serrat Castro (traductor)



©AnaBlasfuemia




domingo, 6 de julio de 2025

Hijo de Jesús (Denis Johnson)

Hay tanta porquería dentro de nosotros, tío, y lo único que quiere es salir


Si tuviera que elegir una banda sonora para “Hijo de Jesús, de Denis Johnson, no tendría que devanarme los sesos: bastaría con dejar sonar la guitarra de Lou Reed en “Heroin. Ese crescendo desbocado, esa promesa de éxtasis y la caída abrupta en el fango. De hecho, el título de este libro es un préstamo deliberado de Lou Reed y su “Heroin”, donde el vértigo de la adicción se confunde, por un instante, con la embriaguez de algo casi sagrado, una especie de latido vertical: “and I feel just like Jesus’ son” (“y me siento como el hijo de Jesús”)


Tanto Reed como Johnson compartían esa extraña habilidad de transformar lo sórdido en materia de poesía, de hallar, entre la basura, una chispa de trascendencia. Ambos escribieron (cada uno con su instrumento: la prosa fracturada, la guitarra y la voz entre dientes) desde esa línea ambigua entre la caída y el éxtasis, lo espiritual y lo grotesco, entre el yonqui y el místico. 


El título, pues, no es símbolo: es aguijón. Un recordatorio de que a veces el deseo de volar y la necesidad de hundirse pasan por el mismo punto del cuerpo. Como diría Baudelaire, “hay que estar siempre ebrio” (de vino, de virtud o de literatura).


No son relatos sueltos: son fogonazos conectados por la misma herida. Hay un narrador sin nombre (pero con apodo: “Fuckhead”), que deambula por la América de los 70 y 80 con la brújula moral rota y el pulso alterado por las drogas. Los relatos se entremezclan y cada uno de ellos parece contradecir al anterior o corregirlo sin saber cómo. La escritura de Johnson es deliberadamente alucinatoria, fragmentada. Se comporta como la droga, intentando reflejar la psique del protagonista. 


El primer relato, “Accidente durante el autostop”, es una declaración de intenciones: un accidente fatal, narrado con la frialdad de quien observa su propia vida desde la acera de enfrente, marca el tono del resto del libro. Aquí, la violencia y la casualidad se entremezclan con la percepción distorsionada del narrador y te ves arrastrada a un mundo donde el tiempo es elástico y los referentes morales se desvanecen.


La pasividad del narrador, su falta de empatía o de reacción no es indiferencia, es que ya no recuerda cómo se hace. Observa cómo todo se desmorona a su alrededor sin intervenir, no por crueldad ni frialdad, sino porque el cuerpo no responde, la conciencia no articula, y la droga ha desactivado incluso la posibilidad de conmoverse. La droga le mantiene encendido en un canal que casi nadie sintoniza. A veces intenta corregirse, pero no sabe desde dónde. No hay propósito, solo el intento fallido de volver a parecer alguien que una vez estuvo vivo.


La vida del narrador transcurre en ese limbo entre la lucidez y la alucinación, donde la realidad se percibe a través de un parabrisas sucio y agrietado. Sin embargo, en medio de la confusión, hay momentos de claridad y belleza inesperada: una frase que chisporrotea como un cable pelado en mitad de un descampado, un gesto de humanidad en medio del naufragio. Johnson logra lo que pocos: retratar la miseria sin caer en el miserabilismo y encontrar poesía en los escombros de la vida cotidiana.


La mirada de Johnson es la de quien, sentado en la última fila de un bar a punto de cerrar, observa a los demás sin atreverse a interrumpir su soledad; los contempla con una mezcla de compasión y humor negro, como si dijera: “Todos somos un poco ‘fuckhead’ en este carnaval de la existencia”. Rimbaud, que también supo de iluminaciones y naufragios, habría entendido perfectamente a los personajes que aparecen en “Hijo de Jesús”.


Sin embargo, en medio de esa densidad emocional, hay una veta de humor absurdo, dislocado, que atraviesa algunos episodios. No es humor en el sentido clásico, sino más bien como si el dolor tuviera la mala suerte de hacerse gracioso por momentos. La adicción adquiere a veces el tono de una comedia trágica: decisiones sin sentido, actos automáticos, diálogos que rozan lo ridículo y acaban en ternura, desconcierto o devastación.


El relato final, “Asilo Beverly”, funciona como un epílogo existencial donde el narrador, ya rehabilitado y trabajando, encuentra una inesperada sensación de pertenencia entre quienes han sido marginados y desechados. Todos los temas del libro confluyen en ese espacio físico. Soledad, desconexión, culpa… pero también deseo de pertenencia, un gesto mínimo de querer estar. Aunque su vida sigue marcada por la rutina y la falta de propósito, lo que queda es la sensación de que, al menos por ahora, no vale la pena seguir huyendo. 


Si Lou Reed cantaba “Heroin, be the death of me” (“Heroína, sé mi muerte”), Johnson nos recuerda que, a veces, sobrevivir es el mayor acto de rebeldía. O, al menos, la mejor excusa para volver a intentarlo mañana. Porque, en el fondo, todos buscamos (aunque sea por un instante) ser hijos de algo más grande que nosotros mismos.


Johnson y Reed no eran moralistas ni cínicos ni escribieron desde una torre de marfil. Reed escribía letras que a veces eran cuentos de Carver con distorsión y Johnson escribía relatos que a veces eran canciones de Reed contadas desde dentro de una ambulancia. Ambos hablaban con los desahuciados, no sobre ellos. El protagonista de “Hijo de Jesús” no busca expiación ni perdón: busca aguantar. Reed canta “I’ll Be Your Mirror” como quien ofrece un cigarro a alguien que tiembla. Esa forma de ternura impura, sin melodrama, es quizás lo que más comparten: que en medio de la ruina aún hay un gesto hacia el otro. Pequeño y torpe, pero suficiente.


Gracias, Denis Johnson. Gracias, Rodrigo Fresán (traductor)


©AnaBlasfuemia


 

jueves, 12 de octubre de 2023

Nosotros en la noche (Kent Haruf)


"Me preguntaba si querrías venir alguna vez a casa a dormir conmigo.

¿Cómo? ¿A qué te refieres?

Me refiero a que los dos estamos solos. Llevamos solos demasiado tiempo. Años. Me siento sola. Creo que quizá tú también. Me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar"

Viuda ella. Viudo él. Más de 70 años de edad. Se conocen desde hace muchos años pero no han tenido una relación especial de amistad. Conocidos, vecinos. Y solos. Haruf no se anda con rodeos y con suavidad e incluso con aparente ligereza nos muestra sus cartas desde el inicio, lo que de entrada supone un órdago en toda regla que el lector tiene que aceptar si quiere avanzar en una lectura recién comenzada. Vale, Haruf, ya me has mostrado tus cartas, pero ahora hay que jugarlas. Haruf es un jugador esquivo pero firme, no te va a dejar que metas baza, no hay interacción posible. Esto no es un partida de mus, no hay rivales ni compañeros, hay un maestro de ceremonias que se va a marcar un solitario al que asistiremos como meros espectadores. Las cartas encima de la mesa, boca arriba. Juega, Haruf, tuya es la partida.

"Nosotros en la noche" es una crónica sin estridencias a partir de la (re)unión de dos personas en el umbral de su vida, cuyas cicatrices están prácticamente cerradas y secas, reparadas por el paso del tiempo, aunque sean visibles (especialmente en la oscuridad de la noche). Dos personas que deciden dormir juntas y hablarse, garantizarse un bienestar que interrumpa la soledad que impregna a las personas mayores. Ley de vida, dicen. También es una crónica social de una pequeña población, de sus mezquindades e hipocresías.

Esta es una historia vulgar, no en el sentido de vulgaridad, sino de cotidianidad, de común. Lo extraordinario es la decisión de Addie de pedirle a Louis que duerman juntos por la noche y la naturalidad de Louis al aceptar la propuesta. A partir de ahí asistimos a sus conversaciones (el relato está construido a base de diálogos, con apenas descripciones), a como se van conociendo y perdiendo poco a poco esa extrañeza de una situación tan atípica. Que sea una situación atípica no quiere decir que sea incorrecta, únicamente quiere decir que algo que debería de ser normal (que dos personas decidan, ya en su vejez, compartir sus soledades para hacerse compañía y espantar las noches vacías y oscuras) no ha sido "pactado" socialmente como algo aceptado.

Y, claro, ahí están los tiquismiquis de turno y los porculeros habituales para escandalizarse y llevarse las manos a la cabeza: el resto de vecinos y conocidos y, lo que es peor, los propios familiares. Los remilgados en primera fila, ahí, dando por saco. Perdonad el exabrupto: es mío, no de Haruf. Él sólo sigue enseñando sus cartas, colocándolas con ritmo ágil y desarrollando la historia con suavidad, paciencia, ternura y sin juzgar ni exasperarse ni maldecir. Para eso ya estoy yo, Haruf no pretende ser edificante ni demagogo, lo que pretende es reflejar algo y hacerlo desde el sosiego y la amabilidad. No hay juicios de valor, relata unos hechos, con los detalles justos, avanza en la historia para llevarnos a un territorio (humano) concreto y dejarnos allí, ya cada cual saque sus conclusiones.

Y con esa bondad y amabilidad, directo y muy respetuoso, va reflejando la vida y sus soledades, su compendio de ilusiones y de trampas sociales que condicionan a las personas. No va a profundizar en nada, no va a hacerlo complicado. Cuando te abruman la soledad, los años, la vulnerabilidad, las ausencias ¿qué haces?: buscar compañía. ¿Qué hacen aquellos que te rodean? Pues allá cada cual con su conciencia. Haruf construye una apertura que va desde lo pequeño y tangible del día a día de dos personas hacia lo grandioso del universo humano, con sus claroscuros y contradicciones, esas incompatibilidades entre el amor que profesamos a nuestros padres y el amor que les permitimos tener.

La sencillez de la historia me ha desarmado, y eso que yo quería cabrearme con la mojigatería y estas moralidades exageradas y fariseas de una parte de la sociedad que pensaba yo que eran de otra época o de otros países menos desarrollados pero que, reflexionando después de la lectura, me he dado cuenta de que, a lo mejor, ni pertenecen al pasado ni están tan lejos. Agradezco a Haruf el trato amable para con el lector en el que ha sido su último libro, entregado dos días antes de fallecer como consecuencia de una enfermedad terminal. Le agradezco que no nos arrolle con un caudal de sentimientos y emociones y agradezco también su control pudoroso y nada casual que consigue equilibrar la narrativa con la fluencia realista.

lunes, 26 de julio de 2021

Caribou Island (David Vann)


Tal vez carecía de alguna facultad humana elemental, eso que hace que la gente se relacione. Él sólo deseaba que lo dejaran tranquilo. ¿Tan grave era eso?

A veces me pasa que insisto en que un autor me guste, no sé bien la razón, pero me empeño obstinadamente. Me pasa con Vann: es el tercer libro suyo que leo y quiero que me guste y tercera vez que no lo consigo.

En “Caribou Island” Vann aborda nuevamente su tema por excelencia (y posiblemente sea eso, el tema, lo que me hace insistir): las arrasadoras relaciones familiares, a las que no deja un resquicio de luz. Creo que consigue mayor intensidad en la considerada su mejor novela: “Sukkwan Island”.

Como en los anteriores libros que he leído de este autor, hay mucha paja e historias secundarias que siento que son un relleno, que percibo como absolutamente prescindibles y que nunca llegan a encajar unas con otras. Bien es verdad que “Caribou Island” va de menos a más, pero ese “más” no evita que el “menos” pese como una losa.

No hay forma: pese a mi buena predisposición, no consigo engancharme a este autor, aunque me interesen los temas que aborda. La mayoría de sus personajes me caen antipáticos y Vann me irrita ahí donde debería conmoverme.

No puedes tener lo que ya no existe

Y algo así me pasa a mí con Vann: que no existe conexión con él y con su forma de contar las cosas. No puedo tenerlo, no me seduce. Ya no insisto más. Tres libros son más que suficientes como para entender que esta es una relación fallida y que es mejor finiquitarla.

©AnaBlasfuemia

domingo, 27 de junio de 2021

El diablo a todas horas (Donald Ray Pollock)

 

Era la primera vez que ella se daba cuenta de lo poderoso que podía ser el pecado

Es eso: el poder de pecar, el poder que otorga el mal. Da igual que sea más fácil la verdad, la compasión, la bondad, el perdón… La violencia, el mal, el “pecado” otorga a quien lo ejerce un (falso) poder que es magnético para los débiles. El mal es como un sendero paradisiaco para quienes no saben manejar sus carencias o traumas.

Este libro también tiene un poder y no es el del mal: es el poder del buen escritor, aquel que te mete en el fango y no solo lo aceptas, sino que te hundes en él con devoción adictiva e insaciable. O lo que es lo mismo: lees sin respirar, sin dormir, sin comer, del tirón y jadeando, da igual que quieras buscar un cobijo, el hechizo funciona y no puedes despegarte de la lectura. Y cuando lo terminas sabes, ipso facto, que vas a necesitar un tiempo para elegir el próximo libro y que quizás ese respiro que no te tomaste durante la lectura de “El diablo a todas horas” te lo tienes que conceder una vez lo has finalizado.

Es un libro endemoniadamente bueno. No para estómagos delicados (aunque en nuestro día a día se vean cosas no menos vomitivas), pero ya lo tenemos curtido y Pollock es muy eficaz (nivel perfección) no sólo en el ritmo narrativo y la dosificación de elementos, sino también en el manejo de una sutil e impresionante mixtura entre la depravación y la belleza, la violencia y el apego, lo enfermizo y lo hermoso, el horror y la nobleza. Porque no todo es blanco y negro, ni siquiera la violencia es solo sangre, ni la justicia justa, ni todos los pecados pesan lo mismo, ni la humildad es pacífica, ni el malo solo malo o el bueno solo bueno, ni elegimos lo que heredamos. Hay que poner en duda la fe (la fe en Dios, en el amor, en el poder, en los otros), la fe ciega, incondicional, aquella que no se cuestiona ni se interroga.

Personajes grotescos, depravados, retorcidos y oscuros con escasos destellos de conciencia o arrepentimiento. No se van a intentar salvar porque en el fondo todos aceptan su destino con la resignación de lo inevitable y se dejan arrasar por él sin apenas un atisbo de rebeldía o intención de redimirse.

©AnaBlasfuemia

martes, 24 de septiembre de 2019

Memoria de elefante (António Lobo Antunes)


“Puede parecer idiota, pero necesito algo que me ayude a existir”

Hace unos días recibí un mail en el que se me reprochaba, amistosamente, “recomendar” libros tristes y complejos. Al remitente le angustiaban mis “reseñas” y me animaba a leer historias bonitas, no tan pesimistas. Sus preferencias lectoras son Jo Nesbø y Dennis Lehane. Me quedé pensando en las "historias bonitas" de la novela negra: asesinatos, violaciones, mafias, extorsiones, drogas, detectives alcohólicos y solitarios…

Donde mi remitente ve angustia, tristeza y complejidad, yo veo VIDA y mucha luz. Y me molan los autores considerados difíciles porque en ellos experimento la belleza abisal de la LITERATURA y la existencia.

Y cómo hablo ahora de Lobo Antunes, que no es precisamente un autor fácil (en eso radica su milagro y su prodigio). Que tiene un estilo característico y personal (loboantunesco) que es casi un deporte de riesgo para el lector que contiene la respiración frase tras frase, párrafo tras párrafo, sin boyas de señalización que indiquen dónde volver a respirar.

Antunes es de una generosidad casi insólita en la literatura, no deja un intersticio para la distracción ni la mirada desatenta. Es el lenguaje exprimido hasta los límites de lo improbable, llevando esos límites un paso más allá, acercando la literatura y el arte de escribir a confines galácticos y universos literarios cósmicos.

No es un escritor convencional, no. Pero es tan fácil no dejar de leerle, sumergirte en el caudaloso torrente de su intensa y elegiaca escritura, dejarte golpear por la constante creación de imágenes mentales y metáforas poéticas, como quien se deja llevar por el vaivén (ora apacible, ora irascible) de las olas del mar, con la conciencia de que, o te devuelven a la orilla, o te dejan a la deriva, en algún polo de inaccesibilidad oceánico.

El protagonista (un psiquiatra, trasunto del propio autor) se pregunta “¿cuándo fue que me jodí?” y nos sumerge durante un día y su noche por la soledad de su crisis existencial, su noche más oscura, en un fluir de conciencia con la lógica del desorden de pensamientos, hilados por la acaudalada escritura y la estratosférica maestría de Antunes.



jueves, 18 de julio de 2019

Esto es agua (David Foster Wallace)


Lo de ‘aprender a pensar’ en realidad quiere decir ejercer cierto control sobre cómo y qué piensa uno
Esa es la propuesta de David Foster Wallace en esta conferencia recogida en "Esto es agua": elegir qué y cómo pensar. Tres años después se suicidó.
Y claro, una no sabe qué pensar.
¿Qué nos dice Foster Wallace en "Esto es agua"?:
1.- Que “las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuestan de ver y las que más cuestan de explicar”. Y por supuesto, existen tantas realidades como personas y como creencias y sentido personal de autoconstruir la experiencia de cada cual.
2.- Que está la arrogancia, porque padecemos de un egocentrismo básico y natural.
3.- Que no prestamos (suficiente) atención a lo que sucede dentro de nosotros.
4.- Que podemos, incluso debemos, controlar cómo y qué pensamos. Elegir la forma de ver las cosas.
5.- Que estamos “extraordinaria, completa e imperialmente solos, día tras día
6.- Que podemos elegir “la compasión, el amor, la unidad última de todas las cosas”
7.- Que la libertad autentica implica esfuerzo, atención, disciplina, preocuparse por otras personas.
8.- Que la libertad conlleva, por encima de todo, enseñar a pensar y vivir de forma consciente.
Y tres años después, insisto, se suicidó. ¿Qué me dice a mí todo esto? Obviamente muchas cosas que no voy a desvelar aquí, no ahora, excepto una: elijo leer a David Foster Wallace, libro a libro. Y, luego, ya veremos.

martes, 11 de junio de 2019

Siete cuentos morales (J.M. Coetzee)


La invisibilidad no es una cualidad del objeto. Es una capacidad o incapacidad del observador

Dicen de este libro que es ficción didáctica, y yo me pregunto si hay ficción que no lo sea, aunque no lo pretenda. Así que hablamos más bien de la intención, en este caso claramente didáctica. Coetzee quiere decirnos algo y utiliza para ello siete cuentos morales. Que cada cual lo interprete como quiera, lo que está claro es que Coetzee nos coloca, deliberadamente, frente a nosotros mismos con la evidente intención de que detectemos nuestras pequeñas (o grandes) inmoralidades.

Pueden ser o no siete cuentos, en verdad cada capítulo, o cada cuento, funciona como pieza única, pero todo el sentido viene dado por el conjunto de ellos.

Coetzee retoma a Elizabeth Costello, su alter ego, ya anciana, para hablarnos de la vejez, el maltrato animal, la soledad, la familia, la existencia, la muerte, los miedos, la infidelidad, la vanidad… de tantas cosas.
La ancianidad se nos plantea como una crisis moral ¿cómo vivir con todo lo que se sabe? ¿es el mundo realmente tan feo y duro que solo es visto por unos pocos o es un error pensar así? ¿cómo dejar que muera todo el conocimiento que Elizabeth Costello posee?
No morimos cuando morimos, sino cuando ya no hay nadie vivo que nos recuerde. “Siete cuentos morales” es la lucha de Elizabeth Costello por no morir una vez que se muera, es su lucha contra el miedo al olvido. Y para ello nos dará siete latigazos, sin concesiones, sin tiritas ni apósitos. Porque cuando la herida late en carne viva, no existe el olvido.
No ver algo no significa que no exista, sino que tal vez no estemos mirando bien, que el observador está invisibilizando algo o a alguien. Y Coetzee es una buena lente para corregir cualquier tipo de distorsión visual y ayudarnos a enfocar...

lunes, 9 de julio de 2018

Teoría King Kong (Virginie Despentes)

Título original: King Kong Théorie
Traductor: Paul B. Preciado
Páginas: 176
Publicación: 2006 (2018)
Sinopsis: Teoría King Kong es uno de los grandes libros de referencia del feminismo y de la teoría de género, un incisivo ensayo en el que Despentes comparte su propia experiencia para hablarnos sin tapujos ni concesiones sobre la prostitución, la violación, la represión del deseo, la maternidad y la pornografía, y para contribuir al derrumbe de los cimientos patriarcales de la sociedad actual.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ

Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro. 
El arranque de Teoría King Kong es espectacular, imposible no quedar seducida por esa declaración de intenciones que Virginie Despentes hace de entrada. Las primeras páginas son hipnóticas y las lees sintiendo que aplaudes desde muy dentro y muy fuerte ese lugar desde el que escribe Despentes.
Nunca antes una sociedad había exigido tantas pruebas de sumisión y las normas estéticas, tantas modificaciones corporales para feminizar un cuerpo. 
Aunque Teoría King Kong es considerada un ensayo sobre feminismo, tengo que decir que el término “ensayo” le queda un poco grande, puesto que muchas de las ideas que plantea Despentes no están argumentadas ni desglosadas. Es cierto que expone su punto de vista sobre el feminismo, el machismo, las violaciones, la prostitución, la pornografía… y en ese sentido la intención ensayística es evidente. Pero más como una intención que como una realidad o como género literario. 

Hay mucho más de autobiográfico y de grito personal que de ensayo, y quizás esa combinación no está bien manejada, si bien la parte autobiográfica, concretamente la referida a su violación, me hizo añicos por dentro y me arañó especialmente. Sin embargo, el tono general parece más fruto de la rabia y la hartura que de la reflexión meditada. No siempre, pero sí en muchos momentos.
El cuerpo de las mujeres pertenecía a los hombres; en contrapartida, el cuerpo de los hombres pertenecía a la producción, en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra. La confiscación del cuerpo de las mujeres se produce al mismo tiempo que la confiscación del cuerpo de los hombres. Los únicos que salen ganando en este negocio son los dirigentes.
Siendo esa la parte que más me costó encajar de esta lectura, ese no terminar de concretarse como teoría o ensayo, cierta falta de profundidad, no voy a negar que hay planteamientos interesantes y que mueven a la reflexión. Por ejemplo, Despentes apunta a la industria cultural, los poderosos medios de comunicación, los dirigentes, el capitalismo como responsables de una sociedad machista que somete tanto a las mujeres como a los propios hombres.

Porque no podemos olvidar que el machismo también somete al hombre, que se ve enjaulado en un rol poco favorecedor en lo personal aunque a algunos le suponga muchos triunfos en su particular liga de machitos poderosos.

Aunque sintonicé mucho con la primera parte del libro, en la que Despentes habla de su violación, no pude evitar sentir que discrepaba más cuando hablaba de la prostitución (aun compartiendo el planteamiento que hace de la misma, se me hace evidente que deja de lado una prostitución no tan libremente elegida y en la que hay una explotación sexual indiscutible) y la pornografía. No sentía que Despentes canalizaba todo eso hacia algún lugar, que pudiera concluirse de todo eso una acción.
Porque en la violación siempre es necesario probar que no estábamos realmente de acuerdo.
Se me revuelven hasta las raíces de mis entrañas al leer esta cita que sigue siendo tan verdad hoy en día. Como la propia Despentes cuenta, todas conocemos a unas cuantas mujeres violadas, eso si no lo hemos sido nosotras mismas, pero ¿cuántos hombres que hayan violado conocemos? Nos sabemos violadas, pero la figura del violador parece inexistente, como si fuera una figura fantasmagórica que las mujeres nos inventamos para excusarnos por no haber disfrutado de una relación sexual que no deseábamos.

No he podido evitar acordarme de la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt, que acuñó ese término para explicar el comportamiento de Adolf Eichmann, nazi miembro de las SS y uno de los responsables de la llamada solución final para exterminar a la población judía. Arendt decía que Eichmann en sí mismo no era un ser perverso y cruel, un monstruo, y para explicarlo hablaba de la banalidad del mal para referirse a que hay personas que actúan dentro del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos  ni plantearse sus consecuencias Es decir, los actos no son contemplados, por muy crueles e injustos que sean, por sus consecuencias, sino como órdenes o acciones que hay que hacer porque son impuestas por estamentos superiores.

Y esto me viene al pelo para poder entender, yo misma, porqué los violadores no se consideran tales, o porqué actuaciones y pensamientos machistas y claramente discriminatorios y vejatorios contra la mujer, no son contemplados por muchos hombres y algunas mujeres, como tales. Aunque no haya un “estamento superior” claramente definido, es evidente que hay una necesidad de pertenencia a la sociedad. Si la sociedad, que es como un ente impreciso y difuso, marca una línea de pensamiento, unos valores determinados y admitidos de forma sibilina, unas pautas…, hay personas que las siguen, las cumplen como si fueran órdenes que ejecutar y llevar a cabo. Y banalizamos el mal

No sé a vosotros, pero a mí sigue dándome mucho miedo.
Siempre hemos existido, pero nunca hemos hablado.
Despentes habla para existir, y en ese sentido Teoría King Kong es un grito de rabia, más individual que colectivo, y que plantea más preguntas que respuestas, más desahogo que soluciones y no termina de dibujar coordenadas para una rebelión real, colectiva y efectiva.