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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Melancolía (Peter Nádas)


“Llamamos melancólico a quien no puede hacer más que entregarse sin reservas a ese sentimiento de deambular en la oscuridad y desear la luz, y a su estado lo denominamos melancolía”

El punto de partida de “Melancolía” es un cuadro de Caspar David Friedrich (“Costa a la luz de la luna”, un cuadro que no tiene un único punto de referencia, sino varios) y, a partir de esa imagen, Nádas ensaya una aproximación a la figura del melancólico. No le interesa hacerlo una mirada clínica, ni desde la retórica más o menos manida del sufrimiento. Lo suyo va por otro sitio, no quiere dictaminar qué es la melancolía, no quiere enjaularla en conceptos ni clasificaciones ni etiquetas. Lo que quiere es permanecer un rato en su atmósfera, escuchar cómo piensa, cómo recuerda, cómo espera.


Para Nádas la melancolía tiene mucho que ver con el recuerdo, con una fijación del ánimo en lo que ha sido o en lo que podría volver a ser, mientras el presente se va quedando sin espesor, como si no terminara de comparecer. Me gustó mucho esa idea, porque desplaza la melancolía del sentimentalismo y la lleva a un lugar más incómodo y (seguramente) más exacto: el de una conciencia mal ajustada al tiempo, una conciencia que no vive solo lo que vive, sino también lo que perdió, lo que espera, lo que teme que regrese o lo que teme que no llegue nunca.


No convierte la melancolía en un privilegio del espíritu, más bien reconoce en ella una lógica, unos ritmos, unos hábitos de percepción, incluso una fidelidad tenaz a ciertas formas de repetición. La tormenta vuelve, la marea regresa, la noche cae otra vez. El pensamiento melancólico parece agarrarse a esas regularidades del mundo y, al mismo tiempo, quedar herido por lo imprevisible, por aquello que rompe el pacto secreto entre razón y continuidad. De ahí esa mezcla tan precisa de espera y amenaza, de familiaridad y zozobra.


Aquí no hay trama ni hay personajes en el sentido en que solemos pedirlos para sentir que un texto avanza. Hay una voz que observa y que vuelve una y otra vez sobre una misma figura, como si necesitara cercarla desde distintos ángulos para captar algo que se resiste a ser atrapado, que te empapa pero no puedes concretarlo ni darle forma.


Hay un pequeño sistema simbólico que Nádas construye (el negro, el otoño, la noche, el norte) que funciona como una tentativa de darle concreción sensible a algo difícil de apresar, como si la melancolía necesitara manifestarse en colores, estaciones, orientaciones, materias del mundo, antes de poder ser pensada con cierta claridad.


La escritura acompaña mucho en ese sentido. Aunque el libro se presenta como ensayo, su prosa no avanza a golpe de tesis ni demostración de cultura y erudición, sino por recurrencias y variaciones, por un ritmo que a veces roza la salmodia. Es una escritura que gira, insiste, vuelve sobre sí y se demora en sus propias formulaciones, y ahí es donde el libro encuentra mejor su lugar. 


No sé si es un libro para todo el mundo, ni me interesa demasiado decidir esas cosas, no pretendo  hacer de aduanera lectora. Sí sé que es un texto breve, concentrado, de una oscuridad sobria, que se queda pensando alrededor de una figura y, al hacerlo, deja también pensando a quien lo lee. Yo me quedé, no tanto una interpretación del cuadro ni con una teoría de la percepción, sino más bien una ligera desconfianza hacia la facilidad con la que solemos creer que vemos. Si eso basta o no, dependerá de la disposición con que una llegue, del día que lleve encima y del tipo de intemperie que tenga en ese momento.


Gracias, Peter Nádas. Gracias, Adan Kovacsics (traducción)


©AnaBlasfuemia

martes, 7 de abril de 2026

Liquidación (Imre Kertész)


 “Entonces entré en casa y escribí:

Es medianoche.

La lluvia azota los cristales.

No era medianoche.

No llovía” (Monroy, Samuel Beckett)


Esta es la cita que nos encontramos nada más empezar “Liquidación”. Siempre me detengo en ellas porque pienso que estas citas iniciales son como una luz que alumbra aquello que vamos a leer, una clave de lectura, una declaración de intenciones. Y esta cita de Beckett me remitió a la discrepancia entre realidad y palabra, a la ficción como mentira y verdad, al autoengaño y la creación de sentido, al abismo entre el lenguaje y la experiencia… En definitiva, a la evidente tensión entre vivencia y narración. Y con ese espíritu me adentré en “Liquidación”.


Todo comienza con el suicidio de B., escritor y superviviente del Holocausto. Su muerte deja a sus amigos desorientados, especialmente a Keserü, su editor, que se obsesiona con encontrar la obra inédita de B. La búsqueda, casi detectivesca, lo arrastra a unos manuscritos: textos turbios, confesiones, fragmentos de desesperanza.


“Liquidación” transcurre en Budapest en 1999, una década después de la caída del régimen comunista en Hungría, un período de transición marcado por el desmantelamiento del sistema socialista, la incertidumbre política y social y la revaluación del pasado. Es en este contexto nos encontramos a unos personajes (intelectuales todos ellos) que han perdido sus marcos ideológicos, con una libertad que no saben cómo manejar, sin fe en el futuro y que además cargan con un vacío heredado: el legado mudo del Holocausto y de la represión comunista.


Para B., que lleva en su interior las cicatrices dejadas por el horror del Holocausto, el odio es lo que le ha mantenido vivo, una reacción al trauma que se convierte en el eje de su existencia (“la obstinación de vivir”). No solo odia a sus verdugos: odia la vida misma, su propia supervivencia, la impotencia de expresar el espanto sin degradarlo a una simple anécdota. B. representa la negación de la esperanza, Keserü por su parte se agarra a la idea de que la escritura es lo único que otorga sentido a caos.


Kertész plantea un juego intertextual que puede desorientar. “Liquidación” no se cuenta de un solo modo: se entreteje con la voz de Keserü, pero también con cartas, manuscritos y fragmentos de una obra de teatro escrita por B. (que lleva el mismo título y que parece escribir el futuro antes de que ocurra). Esa estructura matrioska (una obra dentro de otra) trastoca la linealidad y hace que Keserü oscile entre narrador y personaje, como si caminara dentro de un texto que ya lo ha previsto.


“Liquidación” es un testimonio de la dificultad de representar el horror. La cita de Beckett subrayaba ya inicialmente la imposibilidad de capturar la realidad en palabras. Hay una soledad que no solo es emocional, sino ontológica: hay historias que nadie más puede vivir ni comprender realmente. Narrarlas sería traicionarlas. No hay lenguaje suficiente para esa realidad, no lo hay. La escritura es siempre una aproximación, una tentativa de dar forma a lo informe. Y así, la literatura (eso parece querer decirnos Kertész) no puede revocar Auschwitz, pero sí puede hacernos reflexionar sobre cómo vivir con el pasado sin ser devorados por él y sobre cuál es el papel de la literatura en este proceso.


¿Cómo recordar sin convertir el recuerdo en una mercancía? ¿Cómo honrar a las víctimas sin reducir su sufrimiento a una lección de historia? ¿Se puede vivir después de Auschwitz? ¿Y si seguir vivos fuera, en sí mismo, una forma de traición?


Kertész no parece un autor interesado en ofrecer certezas, sino en mostrar la lucha humana con preguntas que no tienen respuesta clara. Y en ese sentido, dejar a Keserü (y a los lectores) en la incertidumbre es una forma coherente de mantenernos atrapados en esa angustia existencial que impregna “Liquidación”. Kertész parece saber que el verdadero acto de valentía es vivir sin respuestas definitivas, aceptando que el mal, la incertidumbre y la ausencia de sentido están ahí, tan reales como nosotros mismos.


“El único vínculo verdadero entre dos personas es la conciencia de culpa”


Gracias, Imre Kertész. Gracias, Adan Kovacsics (traductor)


©AnaBlasfuemia